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Políticamente... conservador

Fundación Humanismo y Democracia: crónica de una muerte anunciada (la de la Democracia Cristiana española).

La profunda crisis experimentada por la democristiana Fundación Humanismo y Democracia, que puede terminar con sus responsables ante los tribunales, es el último acto de una agonía política: la de la Democracia Cristiana española. Debemos preguntarnos, ¿le resta todavía, a esa identidad política, algún futuro?

 

El fracaso político de la Democracia Cristiana española.

 

                En algunas ocasiones hemos reflexionado en torno a las experiencias, enseñanzas y expectativas de los hombres y mujeres que, de manera muy plural, constituyeron las diversas expresiones de la moderna Democracia Cristiana española.

 

                Así lo hicimos al comentar en esta revista electrónica, en su número 49 (septiembre de 2001), un interesante libro de Donato Barba: La oposición durante el franquismo/1. La Democracia Cristiana. 1936 – 1977, (Ediciones Encuentro, prólogo de Javier Tusell y presentación a cargo de José Andrés Gallego, 302 páginas, Madrid 2001. Allí concluíamos que las ideas de la Democracia Cristiana, en muchos aspectos, triunfaron en la transición española a la democracia, para ser desbordadas en los años posteriores; siendo este fenómeno paralelo (y tal vez una consecuencia) de su incapacidad para crear una alternativa unitaria y nacional democristiana que proporcionara rostro a un porcentaje importante de la sociedad española que así lo demandaba. Una auténtica paradoja histórica que concretaba el fracaso político de los democristianos españoles.

 

Las fundaciones políticas  populares.

 

                También analizábamos el estado de esta expresión política desde la perspectiva y evolución de las fundaciones del entorno del Partido Popular, en el artículo La “macrofundación” de Aznar y los democristianos del Partido Popular (revista digital Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, número 52, diciembre de 2001). Podíamos deducir que la decisiva función de “laboratorio de ideas”, así como la formación y selección de cuadros para ese partido, recaería en la fundación liberal-aznarista FAES, reduciéndose Humanismo y Democracia a la gestión de diversos proyectos de cooperación al desarrollo; lo que acreditaba la pérdida de peso de los democristianos en el seno del Partido Popular y su carencia de un proyecto político propio.

 

A lo largo del mes de julio, venimos asistiendo, particularmente a través de numerosas informaciones publicadas en Diario de Navarra, del último acto de esta agonía democristiana. Al parecer, y desde el propio Gobierno de Navarra, se habían advertido diversas anomalías en la gestión de algunos fondos concedidos a la citada fundación; lo que podría, incluso, constituir indicios de delito. Ricardo de León, antiguo Consejero de este Gobierno, posteriormente Gerente de la Fundación de la discordia y ulteriormente Delegado del Gobierno de Navarra en Madrid, junto a otros nombres bastantes conocidos y conflictivos, se encontrarían en el ojo de huracán. Por cierto, lo que empezó como un “escándalo navarro”, ha empezado a extenderse a otras comunidades, como Madrid, Valencia y La Rioja, donde los socialistas, encantados, buscan exprimir este limón para ver si encuentran, por ejemplo, un supuesto de financiación ilegal del Partido Popular que explotar políticamente.

 

La crisis de la Fundación Humanismo y Democracia.

 

No nos corresponde a nosotros manifestarnos sobre lo realmente acaecido en esa fundación; especialmente en lo que respecta a sus implicaciones legales. Pero sí que podemos reflexionar en torno a las causas de esta evidente decadencia y su pérdida del “norte”.

 

La Fundación Humanismo y Democracia, según veíamos, es el último residuo organizado de una identidad política en lenta agonía. Actualmente, la Democracia Cristiana española carece de cualquier instancia organizativa, medio de comunicación o liderazgo visible. Salvo los catalanes de Unión Democrática de Cataluña (UDC), la única presencia democristiana que quedaba era esta fundación. Nacida como “laboratorio de ideas”, se le agregó la posibilidad de participar en la cooperación al desarrollo; un rico pastel al que cada vez mayor número de comensales, muchos con oscuras intenciones, trataban de hincarle el diente. Con la reordenación de las fundaciones populares del año 2001, Humanismo y Democracia se alejó, todavía más, de la realidad viva de la sociedad y del pueblo del que, remotamente, procedía. Se convirtió, así, en una estructura vacía, sin rumbo fijo, alejada de los ideales de antaño. Aunque algunos patronos lo intentaran, y se también editaran algunos libros interesantes de escasa difusión y mínima distribución, no era fácil que esta entidad se mantuviera fiel a la línea fundadora en sus actuaciones, pues: ¿a quién o a qué servir? Se vivía, pues, en una etapa de crisis…, aunque no faltaran sustanciosos fondos económicos procedentes de diversas fuentes públicas, principalmente.

 

No en vano, su crisis era la de la misma familia ideológica de la que procedía. Así, ¿por qué decayó la Democracia Cristiana en España? Recordemos algunos factores: su desconexión de la base del pueblo cristiano, la falta de apoyo de la jerarquía católica española en momentos clave de su reciente historia, la ausencia de un proyecto claro y unánime de futuro, su propia división interna, la pérdida del sentido de pertenencia eclesial y la crisis de identidad de alguno de los movimientos eclesiales que encontramos en su origen...

 

En este contexto, Humanismo y Democracia, limitándose a mero gestor de proyectos de cooperación al desarrollo, había perdido su auténtica razón de ser. El terreno estaba abonado para una crisis; la que fuera.

 

¿Qué sucederá ahora? Termine, o no, en los tribunales, este hecho constituye una magnífica excusa para que la entidad sea suprimida definitivamente; antes o después… Discretamente, en todo caso. El triunfo liberal-reformista, dentro del Partido Popular, será total. Sobrevivirán, acaso, algunos escasos democristianos en la primera línea del Partido Popular, quienes deberán acreditar, más que ninguno, su adhesión inquebrantable al liderazgo y a las políticas populares. Así las cosas, esos supervivientes, ¿podrán defender un programa democristiano? Divididos, desprestigiados, en número decreciente, perdidas casi todas sus influencias, sin una base militante y social que les apoye, sin ninguna referencia organizada… Poco futuro les espera bajo tal identidad. La Democracia Cristiana, por lo tanto, ha muerto en España. Mientras tanto, un sector social importante –nos referimos a buena parte de ese pueblo católico que en su día depositó en ella sus esperanzas- se reorganiza, se manifiesta, reconstruye su identidad… huérfano de líderes y etiquetas.

 

La Democracia Cristiana española ha muerto, ¿¡viva la Democracia Cristiana!?

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 95 – 96, julio - agosto de 2005.
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