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Políticamente... conservador

¿El final de Fukuyama?

A Francis Fukuyama, el analista americano metido a filósofo, suele acompañarle la suerte. De hecho, podría decirse que su mejor virtud es su habilidad para abordar, en el momento justo, el tema de moda. Ensalzado en su día por un artículo no sólo abstruso sino que casi nadie ha leído, aunque todos hacen referencia a él ('The end of History?', The National Interest, verano de 1989), Fukuyama ha sabido ir saltando de debate en debate y mantenerse como una referencia obligada en todo momento.
 Así, escribió sobre el nation building a mediados de los 90, cuando la comunidad internacional tenía que lidiar con la crisis de los Balcanes y el horror étnico en otras zonas perdidas del globo; y sobre manipulación genética justo cuando el debate sobre los transgénicos y la clonación, entre otros asuntos, saltaba a la luz pública. En ese sentido, su editor puede sentirse más que satisfecho. Otra cosa son las ideas que Fukuyama defiende.
 
El autor ahora nos quiere sorprender con una nueva obra dedicada a la política internacional norteamericana y el papel de los Estados Unidos en el mundo, un tema, por lo demás, recurrente. Con todo, hay que reconocerle el mérito de volver a dar con un asunto candente, pues es cierto que la reflexión en Norteamérica sobre qué hacer y con qué objetivos está a la orden del día, tras las complicaciones en Irak y el sombrío horizonte que se entrevé con Irán. De hecho, las ediciones europea y estadounidense de la nueva obra de Fukuyama llevan títulos distintos: allí, America at the crossroads (América, en la encrucijada); aquí, After the neocons (Tras los neocon).
 
El libro era esperado porque ya en verano Fukuyama publicó un breve ensayo, 'El momento neoconservador', donde dejaba entrever algunas de las tesis que sostiene en aquél. Y porque, a pesar de haber defendido en su día la intervención en Irak y haberse alineado y casi casi identificado con las tesis de los neoconservadores, ahora Fukuyama pretende renegar de sus postulados políticos y estratégicos más recientes denunciando el campo en que, voluntariamente, se había metido. Sin embargo, su nueva obra, más que servir de demolición de las ideas neoconservadoras, en realidad es una revisión de las tesis que el propio Fukuyama elaboró en 1989 y que tanto éxito le han dado todos estos años. En ese sentido, After the necons podría entenderse mejor como "el final de Fukuyama".
 
Conviene tener presente el origen de la historia, más que su final, para entender el porqué, el cómo y el cuándo de este libro. Francis Fukuyama, a pesar de lo que dice de sí mismo, nunca ha sido un neocon. De hecho, su vinculación con destacados neoconservadores de su generación, esto es, los Bill Kristol, Robert Kagan, Bruce Jackson, Peter Berkovitz o Gary Schmitt, se sostiene únicamente en su adscripción al Project for the New American Century, al que prestó su firma en el momento de su lanzamiento, allá por 1996. Hay que recordar que por aquellos días las críticas a la Administración Clinton estaban a la orden del día en todos los terrenos, y que suscribir una apuesta alternativa no era algo descabellado. De hecho, para alguien como Fukuyama, con sentido de la historia, resultaba hasta lógico.
 
También es verdad que por aquellos días se daba una coincidencia entre la defensa que hacían los neocon de intervenir en los Balcanes y algunos de los planteamientos de Fukuyama, como la extensión de los valores liberales. Promover la democracia mediante el uso de la fuerza –la tesis neocon por excelencia– se confundía con el mensaje fukuyamista del triunfo de la democracia liberal en el mundo. Precisamente por esa aparente coincidencia, Francis Fukuyama vio lógico y necesario deponer y eliminar a Sadam Husein en 2003. Aunque ahora podamos comprobar que no estaba preparado para sostener una guerra que se mueve en la intrahistoria y que no ha superado esa fase de barbarismo a la que él tanto ha apuntado.
 
La aparición, ahora, de esta confesión de autor, reconociendo sus supuestos errores, se enmarca en la fatiga política que está causando en Estados Unidos la guerra de Irak. Es obvio que la victoria decisiva que esperaba el Pentágono no se ha materializado, y eso ha dado pábulo, por un lado, a una corriente revisionista que se cuestiona los principios y las razones que justificaron la intervención; por otro, ha servido de instrumento político para que los demócratas americanos fustiguen al actual inquilino de la Casa Blanca en su deseo de ganar tanto las elecciones de noviembre de este año como las presidenciales de 2008. Fukuyama sirve a esta segunda, aunque se base en la reflexión intelectual de la primera. Pero si el libro tiene éxito no será tanto por sus planteamientos teóricos cuanto porque sirva como otro elemento con el que espolear a un Bush progresivamente acosado. De todas formas, está por ver que tenga éxito.
 
En todo caso, la nueva obra de Fukyama encierra algunos méritos. Por ejemplo, toda su extensa primera parte, donde aborda una suerte de historia del pensamiento neoconservador. Y aunque tiende a perderse en los vericuetos de la supuesta influencia de Leo Strauss sobre algunos de los cabecillas americanos, tiene notables aciertos al tratar a la nueva generación de neocon. De Irving a Bill Kristol pasan muchas cosas en el país y en el mundo que obligan a planteamientos nuevos. En esa medida, esta parte del libro puede considerarse una buena introducción al neoconservadurismo.
 
Mucho más dudosa es la utilidad de la disección que hace de las principales escuelas americanas de política internacional. Fukuyama habla de los realistas clásicos, de los wilsonianos liberales, de los nacionalistas jacksonianos y de los neoconservadores siguiendo clasificaciones ya bien asentadas por otros. Sin embargo, cuando trata de desvincularse de los neocon para pasar a describirse como "wilsoniano robusto" se vuelve más bien confuso. De hecho, muchos neocon se definen, precisamente, como "wilsonianos robustos". No obstante, Fukuyama aspira a clarificar su posición afirmando que él fue un neocon no de la rama de Kristol, sino de la del "realismo democrático" de otros autores, como el comentarista Charles Krauthammer. Pero esto son piruetas más académicas que prácticas que quedan muy alejadas de las polémicas sobre los neocon en Europa y España.
 
Y todo esto lo hace Fukuyama para permitirse construir la última parte de su libro, destinada a proponer un nuevo curso a la acción exterior americana. Sin embargo, es esta parte, con mucho, la más endeble de todo su entramado intelectual. Fukuyama sólo encuentra como alternativa al cambio que defienden los neocon la estabilidad defendida por los realistas clásicos, aunque también reniegue de éstos. Pero su postulado de que más vale un dictador estable en Oriente Medio que el caos por querer imponer la libertad y la democracia podía perfectamente haber salido de la boca de un Henry Kissinger en los 70.
 
Como Fukuyama no tiene un ápice de tonto y es consciente de su contradicción, intenta superarla con piruetas intelectuales tan llamativas como inconsistentes. Así, por ejemplo, llega a proponer un sistema de controles supraestatales, basados en no se sabe muy bien qué legitimidad, y con qué garantías democráticas. El concepto por el que se siente atraído, "la supervisión horizontal" de los Estados nacionales, tiene pocos visos de llegar a ser operativo y eficaz en el mundo en que vivimos.
 
En suma, el libro no ofrece planteamientos novedosos, y cuando se dispone a avanzar alguna idea alternativa o bien da un salto atrás, a un pasado cuyos efectos ya conocemos, o se adentra en construcciones teóricas nada prácticas. Y es que la misión de Fukuyama, exculparse de su apoyo a la guerra de Irak y a una política intervencionista americana, no es difícil de lograr. Dar con un alternativa a los planteamientos de sus antiguos compañeros de viaje, los neocon, es ya otra cosa.
 
Porque la realidad es que, hoy por hoy, ni los realistas, con sus dictadores preferidos que sólo han servido para alimentar el odio y el fundamentalismo, ni los institucionalistas liberales, que esperan de la ONU lo que ésta no puede dar, pueden dar soluciones a los problemas del terrorismo islámico o la gobernabilidad del mundo.
 
Puede que los planes de los neocon no hayan salido como se esperaba en Irak, pero la verdad sigue siendo que cualquier otra cosa hubiera sido mucho peor.
 
 
Francis Fukuyama: After the neocons. Profile Books (Londres), 2006.
Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital, suplemento Libros, 27 de abril de 2006

 

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