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Políticamente... conservador

Los complejos de la derecha.

¿Está la derecha condenada a avergonzarse siempre de sí misma? Esta pregunta surge de la observación de su falta de ánimo en defender los valores que tradicionalmente se le han atribuido. Esto viene ya de antiguo. El proceso comenzó posiblemente a principios del siglo XX con el cuestionamiento de la moral victoriana, y no hizo más que avanzar durante el siglo con el sucesivo desmoronamiento de los valores tradicionales, alcanzando su clímax en los años sesenta y posteriores, mostrando a una derecha cada vez más medrosa y dispuesta a adaptarse a los nuevos tiempos, abandonando u ocultando sus principios.

En el antivictoriano Grupo de Bloomsbury, con su Virginia Woolf, John M. Keynes, Lytton Strachey, E. M. Forster, Bertrand Russell, Clive Bell y demás, se observan ya los elementos que caracterizan al «progresista» moderno: odio al Imperio, pacifismo, desprecio a la religión y a la patria, individualismo, particularismo… y homosexualidad. Esta última estimulada en parte por el deseo de transgredir la moral tradicional. En este círculo estaba la semilla de lo que floreció plenamente cinco décadas después, en los años sesenta. Entonces se trataba de una elite, cuya influencia fue modesta de momento.

Un golpe devastador para la derecha burguesa fue el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, que tuvo muy poco de grandiosa, pese a los bellos delirios estéticos de S. M. Eisenstein. En aquel golpe de Estado no hubo grandes masas que se rebelaran contra la tiranía, ni hazañas titánicas, sino la ocupación de puestos clave por parte de un limitado número de personas con un también limitado número de muertos. Éstos ya vendrían después. Lenin confesó más tarde, en unos de sus raros momentos de franqueza, que aquella revolución sólo se podía haber dado en un país como Rusia. Pero el efecto de esta victoria sobre el pensamiento europeo fue inmenso. Al poco, triunfó Mussolini en Italia, y la intelectualidad se dividió a favor del comunismo o del fascismo. En aquella época, años veinte y treinta, las ideas liberales burguesas iban declinando y parecían destinadas a desaparecer. No ocurrió así, pues los fascismos fueron destruidos en la II Guerra Mundial, y la Unión Soviética se derrumbó cuarenta y cinco años más tarde, con lo que el comunismo desapareció como opción económica válida. Parecía que la derecha liberal burguesa era la lógica beneficiaria. Pero desde la llegada de Franklin D. Roosevelt a la Presidencia de Estados Unidos a principio de los años treinta, con la consiguiente ocupación por parte de «liberals» izquierdistas de toda la Administración, se había ido produciendo un fenómeno de cambio en las ideas de la sociedad liberal burguesa que iba dejando arrinconada en este terreno a la derecha tradicional. El cambio se había desarrollado fundamentalmente en el campo de la moral y las costumbres, afectando directamente a la cultura, transformándola. Siguiendo conscientemente o no la teoría marxista de Antonio Gramsci, quien preconizaba que había que atacar directamente y sin demora la cultura burguesa sin esperar el advenimiento de la dictadura del proletariado, se estima que los componentes de la Escuela de Frankfurt (M. Horkheimer, H. Marcuse, W. Benjamin, T. Adorno, E. Fromm, etc.) tuvieron un papel muy relevante en este cambio de cultura tanto en América como en Europa. La última vuelta de tuerca se dio en los años sesenta con la revolución contracultural. En estos momentos, estamos viviendo el resultado de estos ataques profundos a la tradición cristiana occidental. Quedan sólo residuos de la antigua moral victoriana, la cual, si bien toma su nombre de la reina Victoria de Inglaterra, lo cierto es que estaba vigente más o menos en todo el mundo occidental en sus líneas esenciales.

En el presente, los medios de comunicación (cine, televisión, Universidades, Editoriales, Prensa y Radio) están fundamentalmente en manos «progresistas» e izquierdistas, que detentan también la mayor parte del poder económico. La auténtica derecha, la clásica, la conservadora liberal, ha quedado muy disminuida. Se ha convertido en una derecha vergonzante, puesto que, ante la presión ambiental, no se atreve ya a defender los tradicionales valores cristianos que eran su patrimonio ideológico. En muchos de sus componentes anida el deseo de ser considerados también «progresistas», y esto les empuja a desempeñar un papel muy ridículo y lamentable. Más deplorable es aún la posición de las Iglesias, tanto la católica como las protestantes, que, salvando las excepciones de rigor de las altas jerarquías, están muy lejos, debido a su amilanamiento o a su participación en el pensamiento secular, de atreverse, no digo a combatir, ni siquiera a criticar levemente esta situación.

En España, donde las tendencias, las malas tendencias, de Europa se crispan y exageran, tenemos el caso curioso de un Presidente que, llegado al Poder a impulso de causas anómalas, empuja y acelera de forma enloquecida el proceso disolvente de la nación tanto en el campo político como en el moral. Y la derecha está más acomplejada que en ninguna otra nación de Occidente, pues el fantasma de la dictadura le sigue atosigando.

Parecería que la derrota final de la derecha está asegurada. Sin embargo, existen algunos datos externos que permiten la duda: en Estados Unidos se desarrolla una reacción muy fuerte que está consiguiendo triunfos importantes; en España se han dado manifestaciones de protesta de enormes dimensiones…

Y es que hay algo intrínseco al proceso disolvente con lo que creo que hay que contar: que es profundamente antinatural. Tanto el aborto como la unión sodomítica, que son las más graves consecuencias de la ideología que ha ido imponiéndose, constituyen transgresiones frontales de la ley natural. Sabemos que los «progresistas» niegan la existencia de tal ley. Pero los que pensamos que sí existe nos hacemos la pregunta: ¿puede una sociedad seguir un camino aberrante y permanecer próspera y tranquila por tiempo indefinido? Parece imponerse la respuesta negativa.

Es necesaria, por tanto, la recuperación de los principios tradicionales y esta tarea de regeneración le corresponde a la derecha (guste o no al mayoritario clero «progre»). La batalla partidaria ha de darse en el terreno moral más que en el de las ideas económicas, pues aquí apenas hay diferencias entre derechas e izquierdas. El acomplejamiento debe cesar necesariamente. Si es el miedo a perder votos lo que paraliza, conviene recordar que George W. Bush (guste o no este señor) ha ganado por dos veces la Presidencia de Estados Unidos gracias al voto decidido de la «Mayoría moral».

Antonio de Oarso

El Risco de la Nava, Nº 332, 18 de julio de 2006.

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