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Teoría política

"Respuestas penitenciarias españolas al terrorismo de ETA".

"Respuestas penitenciarias españolas al terrorismo de ETA".

 

El pasado 29 de mayo de 2008 se celebró, en los locales de la Fundación Leyre en Pamplona, una nueva sesión de los "Talleres de realidad". Dirigida por el escritor José Basaburua, se analizó la respuesta estatal española al terrorismo desde la perspectiva de la ejecución penal-penitenciaria.

 

Al igual que en otras ocasiones, presentamos las siguientes conclusiones:

 

1) Como organización nacionalista, revolucionaria, totalitaria, militarizada y centralizada, ETA cuenta con un importante número de militantes encarcelados, cuya realidad organizativa nunca ha descuidado; independientemente de su mayor o menor peso en la toma de decisiones.

2) El ordenamiento penitenciario democrático español se asienta en dos grandes principios: Régimen, o conjunto de actividades encaminadas al orden, la seguridad y la disciplina; Tratamiento, o suma de actividades expresamente dirigidas a la reeducación y reinserción social de los presos y penados.

3) El sistema tratamental español se concreta en los tres grados penitenciarios en que los penados pueden ser clasificados, inicial o sucesivamente. El primer grado se aplica a internos de trayectoria, pena u otras circunstancias reveladoras de una particular y persistente peligrosidad. Así, la mayor parte de los terroristas son clasificados en dicha modalidad.

4) Desde la lógica interna propia de su naturaleza, ETA enjuicia este sistema como “pseudo fascista”, de modo que sus presos no serían meros delincuentes, sino “encarcelados políticos vascos”. Y no sería otra cosa que un ámbito más de la actuación represora de un Estado ilegítimo que no reconocen. El tratamiento penitenciario sería un instrumento más dirigido a la desmoralización de los “gudaris”.

5) Es el “frente de makos” de la dirección de ETA la encargada de esos presos. Sus decisiones se determinan mediante una variedad de la cultura organizativa marxista-leninista del “centralismo democrático”, denominada Batzarre. Así, no se admiten discrepancias a la línea política de la organización; toda decisión personal y colectiva se debate; se toman acuerdos, se hacen llegar a la dirección y ésta acepta o rechaza; los presos de ETA no aceptan los grados penitenciarios: ni los piden ni los recurren. No aceptan los destinos laborales; concebidos como fórmula de “colaboracionismo” con la represión española.

6) No siempre han mantenido los mismos criterios inamovibles. De modo que en su día modificaron su postura en una cuestión muy relevante, para las expectativas personales de sus presos y de sus familiares, al aceptar las redenciones extraordinarias con efectos retroactivos. Su objetivo era acortar las largas condenas, facilitando el adelantamiento de su excarcelación y, de paso, acceder a las peticiones de unos familiares desmoralizados y agotados.

7) La respuesta democrática penitenciaria española al terrorismo arranca en 1977 con la amnistía de octubre; y se configura progresivamente con: la Ley Orgánica 1/1979 de 26 de septiembre, General Penitenciaria (LOGP); la dispersión de 1989; la eliminación de las redenciones de penas por el trabajo por Ley Orgánica 10/1995 de 23 de noviembre de reforma del Código Penal; la canalización de los estudios universitarios en prisión por medio de la UNED a partir de 2003; la reforma de 2003 por la que se crea el Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria, en la Audiencia Nacional, en Madrid, con la misión de unificar los criterios para el control del cumplimiento de las penas impuestas, entre otros, a terroristas; la Sentencia 197/2006 de 28 de febrero del Tribunal Supremo español que formula la “doctrina Parot”.

8) Si ya en 1977 se acreditó, pese a la reciente amnistía, la voluntad criminal de ETA y otras bandas como el GRAPO, ¿por qué se ha tardado tantos años en elaborar una respuesta “global” al desafío terrorista en su proyección carcelaria? Anticiparemos algunas respuestas: la carencia de una estrategia global del Estado frente al fenómeno poliédrico del terrorismo de ETA; ausencia de instrumentos teóricos analíticos; las complicidades de ciertas izquierdas; los complejos de la derecha; el halo romántico de los nacionalismos y la “bula antifranquista”; el empacho garantista de los primeros años de la democracia; las aparentemente relaciones confusas de las diversas familias nacionalistas entre sí.

9) Ha sido la acción de unas pocas personas –víctimas del terrorismo, activistas, políticos, comunicadores-, la que ha impulsado las más relevantes reformas elaboradas frente al terrorismo. Una acción que ha facilitado el cambio de la opinión pública y la subsiguiente rectificación política.

10) Ello evidencia unas improvisaciones, unas rutinas, y unas carencias, que lindan con la apatía o incapacidad políticas de sucesivos responsables del Estado, y que en todo caso merecen un duro juicio moral.

11) Una importante cuestión terminológica. La supuesta distinción –presos comunes/presos políticos- es una manipulación más de un lenguaje pervertido que pretende ganar otra batalla en el ámbito de las ideas y de la propaganda.

 

Pamplona, 30 de mayo de 2008

 

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¿Ha muerto el conservadurismo americano?

¿Ha muerto el conservadurismo americano?

William F. Buckley Jr. empezó a cobrar notoriedad intelectual con God and Man at Yale (Dios y el Hombre en Yale), que publicó en 1951, al poco de graduarse por esa prestigiosa universidad. Se trataba de la primera denuncia de la preponderancia de la izquierda en las grandes universidades. Cuatro años más tarde fundó la National Review, y con ello consiguió poner los cimientos del conservadurismo norteamericano moderno.

 

Con gran habilidad, Buckley logró unir en torno a su proyecto a libertarios, tracidicionalistas y anticomunistas, incluso a algún ex comunista redimido. Aunque sostenían puntos de vista diferentes, compartían su oposición al comunismo y al avance del socialismo en Estados Unidos.

 

Fue en la casa de Buckley en Sharon (Connecticut) donde nació la Young Americans for Freedom, un grupo de jóvenes comprometido con la libertad individual, el Gobierno Limitado, la Constitución, el federalismo, la economía de libre mercado y la defensa nacional, principios todos ellos respaldados por la National Review y que se encontraban en la base de la campaña de Barry Goldwater de 1964, en la que llevó a Reagan a la Casa Blanca (1980) y en el Contrato con América de Newt Gingrich (1994).

 

Mediante el referido Contrato con América, los conservadores ofrecían a los norteamericanos terminar con los Gobiernos demasiado grandes, demasiado intervencionistas y despilfarradores del dinero público. Tanto en 1980 como en 1994, los conservadores que seguían a Goldwater y a Buckley pensaban que sus principios habían triunfado.

 

En el año 2000, los republicanos no sólo lograron mantener su control sobre el Congreso, sino conquistar, con George W. Bush, la Casa Blanca. Por fin podrían aplicar su programa.

 

Pero las cosas tomaron un derrotero muy distinto del que imaginaban. Durante los seis años siguientes, los republicanos incrementaron el gasto en un billón de dólares, multiplicaron los programas sociales, metieron las narices del Gobierno federal en la educación (hasta entonces competencia exclusiva de las administraciones locales), concedieron poderes sin precedentes a la Casa Blanca y, con la intervención en Irak, dieron inicio a la vasta empresa de "construir democracias" por todo el mundo.

 

Lo peor de todo fue que el movimiento intelectual conservador se olvidó de sus vínculos con el Gobierno Limitado. Los neoconservadores viraron hacia la izquierda radical e implicaron al Gobierno en la vida social y económica de la nación, mientras que la derecha religiosa reclamó al Gobierno que impusiera sus valores al resto del país.

 

Los conservadores que en el pasado creían a pies juntillas en la máxima de Reagan: "El Gobierno no es la solución a nuestro problema; el Gobierno es el problema", ahora se han convertido en fieles seguidores de Bush, que dice cosas bien distintas; cosas como ésta: "Cuando alguien padece, el Gobierno tiene que actuar".

 

Los conservadores como Buckley denunciaban la transferencia de poder desde los estados federados a Washington y desde el Congreso a la Presidencia imperial. Hoy, son muchos los que quieren que el presidente no dependa ni del Congreso ni de los tribunales, especialmente en lo relacionado con la política exterior.

 

En 2006, Buckley lamentó que Bush careciera de una ideología conservadora consistente, y que hubiera incurrido en una política de gasto "extravagante". Asimismo, aseguró que el creciente intervencionismo en el exterior estaba resultando un fracaso. En 2008, Buckley ha muerto. Descanse en paz también el conservadurismo norteamericano.

 

 

© AIPE

 

Por DAVID BOAZ, vicepresidente ejecutivo del Cato Institute y autor de LIBERALISMO. UNA APROXIMACIÓN.

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 5 de marzo de 2008

 

Rosa Díez, progre sin más. Reflexiones sobre “Progreso y Democracia”

Rosa Díez, progre sin más. Reflexiones sobre “Progreso y Democracia”

Infokrisis.- A cualquier cosa que tienda a debilitar a los dos grandes partidos hay que concederle un margen de confianza y beneficio; al menos en principio y mientras no se demuestra lo contrario. De ahí que hayamos contemplado con esperanza e interés la fundación del “partido de Savater y Rosa Díez”. Dicho lo cual veamos si hay algo más allá del relumbrón de sus dos promotores y si, a la postre no van a terminar reforzando a uno u otro de los dos grandes.

 

Hay gente que en las distancias cortas gana. No es el caso de Rosa Díez ni de la UPD. El analista, a la que se va acercando, va perdiendo poco a poco esa predisposición a darles un voto de confianza. Es el sino de todo partido de nuevo cuño, que demuestra el hartazgo creciente de la sociedad hacia la “banda de los 2+2” (dos partidos estatalistas y dos nacionalistas). Hace falta mirar con muy buenos ojos a Rosa Díez para no espetarle: “Para ese viaje no hacían falta alforjas”.

 

En efecto, el viaje ideológico de la UPD es pobre, tirando a pobretón. Pobre porque no va más allá de un rechazo a la política pronacionalista y antiterrorista de Zapatero y a pedir mano dura contra ETA. ¿Cómo podríamos estar en contra de tan loables intenciones? Que la política antiterrorista de ZP ha sido hedionda como se podía intuir desde el principio es algo de lo que no puede dudarse a poco que uno haga trabajar la materia gris.

 

Claro está que el partido propone otras cosas en su manifiesto fundacional y en sus estatutos. ¿Qué propone? Propone esto y copiamos:

 

“1 - Promover la regeneración y renovación del sistema y las instituciones democráticas de España, preservando el carácter unitario y descentralizado del Estado, mejorando el sistema electoral, la representación de la ciudadanía, la democracia interna de los partidos políticos, la transparencia de su financiación, así como las reglas para establecer pactos poslectorales y otras medidas conducentes a limitar los mandatos de los representantes, potenciar la vinculación entre representantes y representados, y la capacidad de iniciativa política de la ciudadanía.

 

2 - Promover la reforma de la Constitución española de 1978 para mejorar la separación de poderes, potenciar la igualdad y la libertad de las personas, y cerrar el modelo de organización territorial dando a todas las comunidades autónomas las mismas competencias y reservando al Estado ciertas competencias intransferibles con vistas a garantizar su viabilidad, la solidaridad interterritorial y la gobernabilidad del Estado.

 

3- Promover una reforma de la legislación electoral española congruente con los fines específicos citados.

 

4 – Promover cualquier política adecuada para el progreso de las libertades y la igualdad jurídica de los ciudadanos españoles, con independencia del lugar de España donde residan, así como de su lengua, orientación sexual e ideas políticas, religiosas, identitarias o de cualquier otra clase.

 

5 – Promover y defender aquellas políticas y medidas sociales, económicas, educativas, científicas, medioambientales o de cualquier otro ámbito, sean municipales, autonómicas, nacionales e internacionales, que:

 

a - Potencien y protejan la libertad e igualdad de las personas y la cohesión nacional de la ciudadanía contra las políticas regionales centrífugas, antiigualitarias y discriminatorias.

 

b - Potencien y protejan la solidaridad y bienestar social, la igualdad fiscal y jurídica, y el derecho a la iniciativa empresarial, al trabajo y a las prestaciones sociales básicas y universales.

 

c - Potencien y protejan la cooperación internacional, y muy particularmente la integración de Europa hacia formas superiores de organización democrática.

d - Potencien y protejan la laicidad de la educación y de las instituciones públicas, y el impulso, difusión y acceso al conocimiento, la educación y la investigación científica y humanística.

 

e – Se opongan activamente a la difusión del fanatismo, la ignorancia, el fundamentalismo político o religioso y la justificación del terrorismo y de la violencia y la discriminación política en cualquiera de sus formas.

 

f – Protejan el medio ambiente, la herencia natural y la biodiversidad.

 

6- Promover políticas que favorezcan la proyección internacional de España, contribuyan al fortalecimiento de la Unión Europea y promuevan las relaciones pacíficas entre los distintos países del mundo, así como el desarrollo económico y social de los menos favorecidos.

 

7 - Apoyar y desarrollar en el futuro cualquier otra política congruente con la consecución de estos fines generales en cualquier nuevo ámbito”.

 

El máximo elogio que podría decirse de este programilla es que es “honesto”. Cuando no se puede decir nada de alguien se alude a su honestidad, como si no fuera lo mínimo exigible para entrar en política. Podríamos decir recurriendo a la pomposidad que nunca hubo tanta ambigüedad en tan pocas líneas. Y en cuanto a la honestidad, como el valor al soldado, se le supone.

 

Tampoco cuesta tanto explicar cómo se va a regenerar el sistema político –que falta le hace- y en cuando a eso de las políticas que “protejan el medio ambiente” es, desde luego mejor que las políticas “que masacren al medio ambiente”. Una obviedad, tópica por lo demás. Como la alusión a la paz mundial. Faltaría más. Mejor "paz mundial" que "guerra universal" que diría un profesor de semántica. ¿Quién puede estar contra eso? Un partido así concebido, carece de lo que en filosofía se llama -y Savater debería saberlo como mínimo- "principio de razón suficiente".

 

Si esta es la “doctrina” de un partido, menuda doctrina de chichinabo. Pobre pobrísima, con una falta de imaginación, una merma de sangre y de nervio que puede concitar adhesiones de boy-scouts recién juramentados y capadillos varios.

 

El espacio centrista como paradigma del oportunismo

 

Seamos serios: ¿esa es la alternativa? No; es, como máximo, un intento de conquistar un espacio centrista que, según han oído los fundadores de la UDP es donde reside la mayoría del país y cuyo dominio da o resta mayorías absolutas. Desde que Suárez inventó en centrismo, todos los listos que en España han sido se han apuntado al invento que dice poco, compromete a menos y obliga a nada. Un sindicalista vertical de toda la vida, devenido “líder sindical independiente” (esto es, "centrista”, me decía hace 30 años: “Ernesto esto del centrismo es lo mejor, ni derechas ni izquierdas”. Y a él que procedía de la falange, eso, desde luego, le sonaba. Sólo que Primo no era “centrista”. Cuando alguien se declara centrista atención: pretende trincar eludiendo entrar en disquisiciones doctrinales.

 

Lo que se le escapa a Rosa Díez (segunda división del PSOE en las dos legislaturas anteriores a causa de sus enganchones con Zapatero por el tema vasco) y a Savater es que –como comprobó Suárez- en el centro no hay espacio porque el centro es una ficción política deconstruida por la presión del centro-izquierda y del centro-derecha. El centro, si es algo –y es poco- apenas es un apelmazamiento de moderación, ambigüedad y actitud sosegada o aparentemente tal. El centro es una forma de ser apolítico en unos casos e iletrado político en otros. Nada.

 

El centrismo se afirmó en la historia de España durante la transición y solamente como colchón para evitar que se produjera un choque indeseable entre izquierda y derecha. Todos contribuyeron a construir el centrismo porque el centrismo les aseguraba la alternancia en el poder, mientras que el enrocamiento en las posiciones propias hubiera sido peligroso en ese tiempo de polarización. Acabada la transición en 1983, acabó el centrismo. Cuando Suárez lo quiso resucitar con su CDS apenas pasó de ser un partidillo escasamente atractivo que motivaba menos que Chewaka con liguero y tacón de aguja. Y ahora se despierta la Díaz con una nueva reedición del centrismo…

 

Lo que se le ha escapado es que si los dos partidos tienden a conquistar el centro y pueden hacerlo es porque tienen atado y bien atado el voto de derecha y de izquierda respectivamente y el espacio común en disputa es el contiguo, precisamente, el situado en el centro. Pero un nuevo partido como el de la Díez carece de espacio propio y difícilmente puede conquistar el espacio centrista si carece antes de caladeros de votos en exclusiva. Estos no existen. Ni siquiera Redondo Terreros les ha querido acompañar en la aventura. Para Redondo es demasiado evidente que la nueva formación adolece de más defectos que Windows Vista y que está llamada a la esterilidad.

 

¿Por qué Rosa Díez ha tirado adelante con su aventura? Es fácil de entenderlo. Simplemente porque no leyó las instrucciones de Alfonso Guerra: se movió y dejó de salir en la foto. Hace poco un dirigente socialista catalán me decía: “esto es terrible, si fallas una vez, te excluyen para siempre”. Así que ese partido que se presenta como paradigma de la democracia exige una fidelidad absoluta e inconmovible del mismo fuste que la solicitada por los sátrapas tercermundistas. La Díez había ido a parar a Europa. En el PSOE solamente se llega a Europa en dos circunstancias: cuando se es miembro de la masonería o cuando existen fundadas sospechas de que la persona en cuestión se puede “mover”, pero aún no es tiempo de prescindir de ella. La patada para arriba es previa a la defenestración. La Rosa de los puertos se fue a Europa, se desenganchó de la política nacional, dejó de aparecer cada día en tertulias e informativos, se fueron olvidando de ella y era evidente que en esta nueva legislatura que se avecina ya no tendría lugar ni en Europa ni en lugar alguno bajo el rótulo PSOE.

 

Ahora bien, dedicarse a la política es un buen asunto: mucha fama, poco esfuerzo y aquí cualquier inútil es saludado como "político influyente" por los medios. Así que la Díez quiso seguir reenganchada al campo de la política con ayuda de Savater. La pregunta del millón es: ¿su honestidad política es superior a su afán de protagonismo? ¿se fue del PSOE por coherencia… o porque ya no tenía nada que hacer allí? ¿es una “idealista” o una “profesional de la política”? Si es idealista no creemos que por un ideal centrista descafeinado, ambiguo y con menos garra que un tigretón alguien arriesgue ni la poltrona ni la paga. Así que se trata más bien de una profesional de la política que se movió y la pifió…

 

La “cosmovisión” de la Díez y Cía

 

Lo más deprimente de todas estas opciones nuevas que van surgiendo son sus opiniones sobre la “cuestión nacional”. Ya hemos visto la de la Díez: “descentralización y afirmación de la unidad del Estado”… Está bien esto. Pero, a poco que se profundiza un poco más en las declaraciones de todo este sector sorprende toparnos con… un universalismo indisimulado del que Arcadi Espada es la quintasencia y Savater el inspirador en la UPD. Verán…

 

Rosa Díez no es la ideóloga de todo esto. Es el rostro. El ideólogo es Savater. ¿Qué es Savater? Un invo-evolucionista en lo ideológico que ha ido desde el pensamiento antiprogresista de sus orígenes ligado a los medios libertarios hasta el –y cito la definición que da Wikipedia de él- “individualismo democrático, socialdemócrata, liberal y universalista”.

 

Laico hasta las trancas propone superar todos los “sectarismo identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro que pretenda someter los derechos de la ciudadanía abstracta e igualitaria a un determinismo segregacionista”. Libertario en su juventud, devino liberal en su madurez y de antiprogresista se convirtió en ultraprogresista.

 

Así como Rosa Díez basa su “doctrina” en el rechazo visceral al hijoputa de HB que la ha insultado y amenazado, lo de Savater tiene “raíces inteelctuales profundas”. No es que se oponga al nacionalismo vasco desde el punto de vista del “patriotismo” español, sino que lo hace ubicándose en un abstracto universalismo situado, no por encima del regionalismo exaltado, sino por debajo de cualquier identidad. Es ahí mismo en donde se sitúa Arcadi Espada quien coloca en el mismo saco el patriotismo que el independentismo, la visión imperial de España que el túrmix centrifugador. ¿En beneficio de qué? De un universalismo que se reconoce en una ausencia absoluta de señas de identidad (cada cual es libre de reconocerse en tal o cual identidad, claro, y de intentar sentar sus posaderas en el vacío hasta el castañazo final) y que, por eso mismo, es la negación de la naturaleza humana.

 

Si, porque este Savater que dice haber mamado de Nietzsche –sin aclarar qué parte de él ha degustado con más fruición- olvida que una de sus geniales intuiciones fue aquello de que “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”, frase que podía ser el paradigma de la etología que florecería sólo después de que la hermana de Nietzsche le recogiera la baba ya sumergido en plena locura. Se mire como se mire parte de nuestra naturaleza es animal, con perdón. Y en tanto que animal, instintiva. Somos animales territoriales como cualquier mamífero superior, tenemos instintos de supervivencia, reproducción, conservación y agresividad; además del instinto territorial que modulado por el cerebro humano se transformar en arraigo e identidad. Borra todas las referencias en beneficio de un brumoso universalismo y tendrás a un cretino que se cree ciudadano del mundo dispuesto a identificarse con cualquiera, menos con el lugar que le ha visto nacer no sea que eso suponga adquirir una identidad que desmienta el universalismo galáctico.

 

Porque si la Díez, Savater o Espada son algo, son sobre todo utopistas bienintencionados, pero no por ello libres del pecado de progresía. ¡Mira que llamar al partido “progreso y democracia”, pero sobre todo “progreso”…! Henos aquí ante otros “ciudadanos del mundo”, libres de cualquier rasgo maldito, esto es, identitario. Y me pregunto: a fin de cuentas ¿estos papanatas en qué se diferencian del PSOE? Está claro: el PSOE tiene las riendas y ellos se movieron de la foto. Esto es todo. No salen en la foto del pesebre y aspiran a crear una fotocopia reducida del mismo cuya íunica seña de identidad -también ellos precisan algo de eso- es el progresismo y su cara complementaria, el universalismo.

 

Haber llegado hasta 2008 en las filas del PSOE, como si nada hubiera pasado, indica que, o bien la Díez no es un portento de inteligencia política (¿hay algo diferente en el PSOE de ZP que en el de González, aparte de distintos grados de zafiedad? ¿hay alguna diferencia sustancial entre definirse como socialdemócrata como hace Savater o militar en un partido socialdemócrata como hace ZP? ¿es posible diferenciar al progre zapatista del progre demócrata de la UPD?) o bien solamente ha roto con él cuando su movimiento convulsivo le ha hecho imposible salir en la siguiente foto del cartel electoral.

 

Los alegres muchachos de Ciutadans, liberados de la tutela de los armadores Boadella y Espada, intentaron ponerse en contacto con Savater y la Díez. Era normal que lo intentaran. En el fondo ambos son “alternativas”. Pero retornaron en el puente aéreo cabizbajos y desolados: la Díez les dijo que iban a intentar presentarse solos en toda España. Con dos cojones. A la falta de inteligencia estratégica, les une a ZP el mismo “optimismo antropológico” que lleva al presidente a afirmar que tendrá mayoría absoluta el 9 de marzo. Hasta en esto son hijos de la misma madre (la izquierda descompuesta) y de padres surgidos del mismo sumidero progresista.

 

Nos hemos leído el manifiesto del grupo. Y hemos pasado de la esperanza al bostezo sin solución de continuidad. Sería difícil encontrar tal falta de originalidad y una amalgama tan condensada de tópicos progres. Vean su autodefinición: “Nosotros preferimos hablar de progresismo en vez de izquierda o derecha. Ser progresista es luchar contra las tiranías que pisotean la democracia formal, así como contra la miseria y la ignorancia que imposibilitan la democracia material”. El problema es que quienes pisotean la democracia formal cada día se definen como “progresistas”. Pero claro, se trata de “falsos” progresistas. Nuevamente el pelo de la dehesa falangista se impone: a la lucha contra la derecha y la izquierda, se une la consideración de “lo nuestro es lo auténtico”, lo demás es “falso”.

 

Y todo para llevarse unos cuantos votos.

 

Resumiendo: este partidillo improvisado y llamado a generar el más rotundo de los desengaños vuela bajo y parece difícil que pueda remontar el vuelo algún día. De hecho, la única duda es quien se quedará con las deudas tras el 9-M. UPD apenas es una muestra más de la crisis de la identidad de la izquierda que perdido el marxismo quedó con el culo al aire. La izquierda como el rey del cuento está desnuda, sólo que algún limitado mental le ha contado que el progresismo es un taparrabos que cubre sus vergüenzas. Y se lo han creído.

 

Con un programa como el que se define en sus documentos lo más que puede hacer es arañar unos cuantos votos de centro-izquierda hartos del doble lenguaje zapateriano en relación al terrorismo y a la articulación del Estado. Esos pocos cientos de votos pueden hacer algo de daño al PSOE, restándole algún diputado que irá a parar a la odiada derecha… poco más. Pobre, demasiado pobre. En realidad, miserable.

 

 

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

Viernes, 25 de Enero de 2008 22:51 #.

EL NEOMARXISMO

EL NEOMARXISMO Se podría pensar que con la «Perestroika», la caída del Muro de Berlín y la apertura del Este, el comunismo ha sido superado. De hecho, los países satélites del Pacto de Varsovia han sido liberados de la dominación soviética y cuentan hoy con estructuras democráticas similares a las del occidente europeo; el muro de Berlín cayó y las dos Alemanias se han reunificado. El sistema económico del comunismo ha sido sustituido por sistemas orientados a la economía social de mercado occidental. Incluso en China se asiste a transformaciones económicas sustanciales por más que permanezca en pie el modelo político. Lo de Cuba parece cuestión de tiempo… En cambio, también podemos constatar el auge que está alcanzando, bajo el liderazgo de Hugo Chávez, el « socialismo del siglo XXI» así como el protagonismo de Lula, Evo Morales, Kirchner, Nicanor Duarte, Rafael Carrera, Daniel Ortega y Rodríguez Zapatero. Estos izquierdistas de comienzos del siglo XXI idolatran a Fidel Castro, uno de los déspotas más sanguinarios de la historia, y buscan eternizarse en el poder mediante el cambio de la constitución de sus países y la reelección ininterrumpida. El socialismo sigue avivando el populismo, inspirando despotismo e intolerancia, sembrando el odio, debilitando la libertad y el imperio de la ley y frenando el progreso de los pueblos.

 

La interpretación de este hecho puede ir en la siguiente dirección: el comunismo en cuanto aplicación de una filosofía, de una concepción de la vida, es un principio que puede ser realizado de distintos modos, conforme a las distintas características de los diversos períodos históricos. Aún más, su acción se adapta de modo necesario a las condiciones históricas. Por tanto, si bien el comunismo bolchevique se derrumbó, el comunismo mantiene una vigencia histórica, bajo formas calificadas como neomarxismo, neocomunismo o neosocialismo. Aunque también podríamos hablar de neoconservadurismo o neoliberalismo. Sería el magma en el que se mueven todos los que se desenvuelven en el ámbito democrático, una ideología común que va más allá de la aparente división entre derechas e izquierdas. Hoy más que nunca aparece recompuesta la unidad de los vencedores en la Segunda Guerra Mundial, rota temporal y aparentemente durante los años de la Guerra Fría.

 

Como consecuencia de esa adaptación a la realidad, el modelo de insurrección bolchevique fue descartado para definir y asumir un modelo distinto, más complejo y más profundo pues compromete orgánica e integralmente las conciencias de las personas. De hecho, la estrategia de acción política directa dio paso a una estrategia de acción cultural indirecta, fundada en un proceso de transformación de las mentalidades.

 

Fue el propio Carlos Marx quien estableció el principio materialista dialéctico según el cual la infraestructura (economía/materia) determina la superestructura (cultura/espíritu), razón por la cual la revolución debía ser realizada por el proletariado contra la burguesía, es decir, de abajo hacia arriba. Con el afán de realizar la revolución mundial y observando las dificultades que enfrentó el proceso revolucionario en Rusia, Antonio Gramsci, Secretario General del Partido Comunista italiano (1891-1937), profundizó el principio del materialismo dialéctico y adaptó el comunismo a la realidad de Occidente.

 

 

La estrategia gramsciana

 

Gramsci desarrolló entonces el concepto de hegemonía ideológica consignando que el movimiento entre infraestructura y superestructura es de carácter dialéctico. Es decir, que si la infraestructura material determina la superestructura ideológica, política, cultural y moral, esta superestructura a su vez puede tener vida propia y actuar sobre la infraestructura.

 

Partiendo de tal premisa, estableció un modelo revolucionario según el cual la hegemonía cultural es la base de la revolución comunista, significando con ello que ésta depende de la capacidad que las fuerzas revolucionarias adquieran para controlar los medios que permiten dirigir la conciencia y conducta social. Una revolución así entendida consiste en modificar de manera imperceptible el modo de pensar y sentir de las personas para, por extensión, terminar modificando final y totalmente el sistema social y político.

 

La estrategia gramsciana estaba diseñada del siguiente modo:

 

1. Para imponer un cambio ideológico era necesario comenzar por lograr la modificación del modo de pensar de la sociedad civil a través de pequeños cambios realizados en el tiempo en el campo de la cultura. Había que construir un nuevo pensamiento, entendido como el modo común de pensar de la gente que históricamente prevalece entre los miembros de la sociedad. Para Gramsci, esto era más importante, y prioritario, que alcanzar el dominio de la sociedad política (conjunto de organismos que ejercen el poder desde los campos jurídico, político y militar).

 

2. Para lograr este objetivo era necesario adueñarse de los organismos e instituciones en donde se desarrollan los valores y parámetros culturales: medios de comunicación, universidad, escuela... Después de cumplido este proceso, la consecución del poder político caería por su propio peso, sin revoluciones armadas, sin resistencias ni contrarrevoluciones, sin necesidad de imponer el nuevo orden por la fuerza, ya que el mismo tendría consenso general.

 

Un modelo histórico de actuación de acuerdo con estos principios sería la mentalidad ilustrada preparando el terreno para lo que luego sería la Revolución Francesa y el liberalismo extendido por toda Europa y América gracias al cambio de pensamiento hegemónico promovido desde el siglo anterior.

 

3. Para tener éxito, habría que sortear dos obstáculos: la Iglesia Católica y la familia.

 

 

La Escuela de Frankfurt

 

La estrategia dispuesta por Gramsci fue proyectada por la llamada Escuela de Frankfurt, originalmente fundada en 1923 como Instituto para el Nuevo Marxismo y luego denominado Instituto para la Investigación Social para encubrir su objetivo sentido político.

 

Por autores como Georges Lukács, Max Horkheimer, Theodor Adorno, Wílhelm Reich, Erich Fromm, Jean Paul Sartre, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, etc., se formula la doctrina del neomarxismo y a partir de él la izquierda elabora un concreto programa de acción estructuralista que logra una decisiva influencia en distintos campos del pensamiento, en la psicología (Lacan), la educación (Piaget) y la etnología (Levi Strauss), entre otros.

 

 

El neomarxismo regresa a Europa

 

Fueron básicamente estas elaboraciones ideológicas las que activaron y sustentaron el proceso revolucionario de los años sesenta del siglo XX, siendo particularmente efectivas entre los estudiantes de las Universidades de Francia y Alemania. Asimismo, estas ideas también serían la base tanto del llamado eurocomunismo como del neosocialismo desarrollado en distintas latitudes durante los años ochenta y noventa.

 

Estas raíces norteamericanas de la actual izquierda europea han sido expuestas con detalle por Paul Edgard Gottfried (La extraña muerte del marxismo, Ciudadela, Madrid, 2007) y es una de las circunstancias que explican la escasa repercusión que en los comunistas y socialistas ha tenido la caída de la Unión Soviética: ideológicamente estaban más vinculados a USA que a la URSS y, probablemente, un régimen «duro» que se presentaba como paradigma de la ortodoxia comunista resultaba para ellos un obstáculo más que una referencia.

 

 

Componentes de la mentalidad y de la estrategia neomarxista

 

El principio constitutivo de esta creencia radica en un materialismo que niega la existencia de un principio anterior y superior al hombre. Explícitamente se niega la existencia de un Dios creador, se rechaza la existencia del alma humana y, por tanto, de toda esencia y toda trascendencia del ser. Se impone un sistema teóricamente multiculturalista basado en un relativismo absoluto, el cual implica la negación de la existencia de verdades absolutas de validez universal.

 

Asumiendo tales premisas, ¿cómo se manifiesta concretamente este nuevo tipo de acción revolucionaria?

 

La aplicación de este sistema procura generar un ánimo hostil contra todo tipo de autoridad, contra toda forma de jerarquía y orden sea en el terreno religioso o en el civil. La autoridad se degrada sistemáticamente en la Iglesia, el Estado, la familia o la enseñanza. Este quebrantamiento del orden natural conduce a una completa pérdida de principios y un radical decaimiento en la moral. Se desencadenan las pasiones en los niños y adolescentes a través de una educación sexual estatal o de los medios de comunicación que gestan un ambiente de impureza omnipresente. A fin de romper la estructura del sistema social, se introduce un igualitarismo radical proyectado en la ideología de género que proclama la superación del actual modelo de sociedad mediante la transformación de la diferenciación sexual en puras categorías culturales y, por consiguiente, opcionales y elegibles.

 

Una vez destruido el universo de valores hasta entonces vigentes, su lugar está siendo ocupado por una nueva hegemonía: la de esa mentalidad, hoy dominante, sustrato permanente de una práctica política socialista que es, al mismo tiempo, la consecuencia y el principal motor del proceso.

 

Al servicio de esta estrategia se ponen medios tan dispares como la democracia, la demolición del Estado nacional, la inmigración, la infiltración y auto-demolición de la Iglesia, la memoria histórica, la educación para la ciudadanía o la cultura de la dependencia promovida por una gestión económica de los recursos dirigida por el Estado.

 

 

¿Hay alternativa?

 

Si existe, únicamente será posible en la medida que tenga lugar la recuperación de la hegemonía en la sociedad civil. Algo que implica la lucha por la Verdad, que no se impone por sí misma, y la capacidad de generar instrumentos coercitivos que, al amparo de la ley, actúen como freno de las tendencias disgregadoras.

 

Ángel David Martín Rubio

Conferencia pronunciada el día 24 de octubre de 2008, en la Universidad San Pablo-CEU, en el marco del ciclo “Conversaciones en el Valle”, organizado por la Hermandad del Valle de los Caídos

 

¿De verdad el enemigo es el Estado?

¿De verdad el enemigo es el Estado? El discurso liberal ha terminado por calar en mucha gente: el Estado es el enemigo; cuanto menos Estado, mejor. Sin embargo, quien dicta hoy leyes de muerte o de supervivencia, quien guía las conciencias y los estilos de vivir, ya no es el Estado, sino el Mercado. Y en los Estados Unidos, que son la Meca de esos liberales denigradores del Estado, ha tenido que ser el poder ejecutivo el que intervenga para frenar la crisis hipotecaria, es decir, para enmendar la plana a los desmanes del Mercado. Intervención ésta, por cierto, que no es en absoluto nueva en los Estados Unidos, nación donde el discurso liberal rara vez ha llegado a los extremos de inhibición política que en Europa predican los neoliberales. Pongamos las cosas en su sitio.  

    

El Estado es un monstruo, cierto. El más frío de todos los monstruos fríos, decía Nietzsche. El terrible Leviatán que caracterizó Hobbes. Claro que sí. Pero esa cualidad monstruosa no descansa en el Estado en sí, ni es algo que pertenezca en exclusiva al Estado. El Estado es un aparato: una burocracia, una organización de poder. Como corresponde a todo poder, siempre intentará ocupar todo el espacio disponible. Así fue en el pasado, cuando suplantó a las comunidades naturales. Pero no es imposible ponerle freno: los hombres siempre han sido capaces de hacer frente a Leviatán –a veces, es verdad, a costa de su propia vida-. Dominar al monstruo ha sido uno de los grandes retos de la modernidad; nunca se ha resuelto el problema por completo, pero hoy estamos asistiendo a la agonía de los Estados, desmantelados por la globalización. Prevenir contra el poder del Estado, hoy, aquí, tiene algo de danza macabra: bailamos sobre un cadáver.

 

Y mientras el Estado agonizaba ha surgido un poder nuevo, radiante, triunfal, que muy rápidamente ha ocupado su sitio: el poder del Mercado. El Mercado no se nos presenta como el guardián férreo del orden, sino al contrario, como aquel que vela por la libertad. Ahora bien, ¿la libertad de quién? La libertad del Mercado. Él dicta sus leyes conforme a sí mismo. El resultado es la tendencia al vacío. En eso el Mercado ya no es Leviatán, sino el otro monstruo mítico-político, Behemoth, que Hobbes caracterizó como el caos y la fuerza desatada, la absoluta ausencia de norma, donde sólo encuentra cobijo quien sacrifique en el altar del propio Mercado. ¿Y es posible guiar a este monstruo del ronzal? Sólo si el osado se aparta de la ley de Behemoth; el Mercado es un monstruo al que sólo se puede dominar desde fuera. Cierto que, en ese caso, no faltará quien clame por la libertad perdida. Pero repetimos la pregunta: ¿la libertad de quién?

 

Lo que de verdad importa

 

El poder del Mercado, Behemoth, puede ser más terrible que el del Estado, Leviatán, porque es menos controlable. El Estado se asienta en leyes y normas; fija un campo de lucha y tampoco oculta que lo que está en juego es el poder. Por el contrario, el Mercado se asienta en una supuesta espontaneidad de agentes libres, tiende a rehuir normas y leyes (salvo la sacrosanta ley del mercado); no fija un campo de juego, sino que pretende extenderse a todos los campos, y oculta su lógica de poder bajo la nube de humo de la búsqueda de felicidad. Pero cuando el Mercado se extiende a escala planetaria, entonces es cuando todas las caretas caen: lo que de verdad contemplamos no es la emancipación (la libertad de los individuos), sino la dominación (la sumisión de la vida entera de las personas).

 

Entendámonos: no se trata de elegir entre el Estado o el Mercado; se trata de elegir la libertad en el sentido más profundo del término, es decir, la autonomía de las personas y de las comunidades para decidir sobre su propia forma de vida. Si el Estado la amenaza, habrá que combatir contra el Estado; si el Mercado la conculca, entonces habrá que combatir contra el Mercado. En ambos casos, los hombres disponen de un arma privilegiada: lo político, es decir, la capacidad para dar forma a la vida colectiva según unos principios cargados de sentido.

 

La fórmula es mucho más material de lo que parece. Por ejemplo, un elemental sentido de la justicia lleva a considerar abusivo que los hombres tengan que pagar por un techo cantidades multiplicadas hasta la usura; en esa situación, la intervención política natural llevará a congelar las hipotecas, que es lo que acaba de hacer Bush en los Estados Unidos. Las mismas consideraciones pueden hacerse extensivas a cualesquiera otros campos. También, por supuesto, a aquellos en los que lo político no ha de dirigirse contra el Mercado, sino contra el Estado; por ejemplo, cuando el ciudadano ha de revindicar su soberanía personal contra un Estado que intenta adoctrinar a sus hijos, tal y como está ocurriendo en España con la EpC.

 

Si es suicida dejar lo social a los socialistas, no sería mucho más seguro dejar la libertad a los liberales. Ambos credos reposan sobre una teoría del poder disfrazada de redención. Ambos tuvieron sus días de gloria, que ya no son los de hoy. En los tiempos del Estado-mamá y del Mercado-Dios hacen falta nuevas formas de entender el orden y la libertad.

 

José Javier Esparza

ElManifiesto.com, 12 de diciembre de 2007

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Balance legislatura I. Raíces antropológicas y culturales de la política de Zapatero

Balance legislatura I. Raíces antropológicas y culturales de la política de Zapatero

“No es la verdad la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos”. Esta frase resume la orientación cultural de la legislatura Zapatero: la acción política no debe tener una referencia antropológica y moral, no está vinculada a tradiciones filosóficas o espirituales, sino que es la expresión de la autodeterminación total: los deseos individuales se convierten en derechos, y el poder es la garantía de que eso se cumple. Es la política de “extensión de los derechos”, que Zapatero sitúa como la perla de su legislatura.

 

El ser humano y la vida social serían como una página en blanco, son susceptibles de reinventarse por completo en función de un consenso social, que en la práctica es tremendamente moldeable por el poder (político, mediático y cultural). En el fondo es la victoria política de la corriente cultural del 68. Entonces fue derrotada políticamente, pero ha ido ganando palmo a palmo en el terreno de la cultura-mentalidad social. Es sintomática la admiración que el “atrevimiento” de Zapatero suscita en algunos intelectuales emblemáticos del progresismo. Paolo Flores d’Arcais lo demuestra durante su larga entrevista al presidente español en la revista Micromega. Es como si dijera: “tú te has atrevido a llevar a cabo en la realidad lo que nosotros manteníamos como hipótesis intelectual”.

 

Digamos, aunque sólo sea como apunte, que esta base nihilista del proyecto radical de ZP no explica sólo las políticas en materia de familia, bioética, educación y libertad religiosa, sino que está en el fondo de su aventura del pacto con ETA y la nueva configuración de España (la segunda Transición). De hecho, como señala el documento “Orientaciones morales ante la situación actual de España”, de la CEE, la Transición se basó en el ethos cristiano que compartía la inmensa mayoría de la sociedad española a finales de los setenta. Hoy la situación es distinta, y lo que queda de ese ethos sufre un verdadero fuego cruzado. Entre otras cosas, también por eso ZP desea una nueva Transición, basada sobre otra matriz cultural y de valores.

 

Lógicamente, aquellas tradiciones e instituciones que han moldeado nuestra historia común y que todavía hoy tienen un papel vertebrador, generador de comunidad y transmisor de valores, suponen un obstáculo para esa política de tabla rasa. El desprecio, más aún, la hostilidad hacia ese tejido de sociedad civil organizada ha sido una constante de la legislatura, y ello porque el poder se concibe como salvador, como educador y configurador de la sociedad. Así pues, no es difícil de entender que la Iglesia católica y la familia basada en el matrimonio hayan estado en el punto de mira.

 

Zapatero no ha ahorrado referencias a una sociedad marcada por una moral “carca”, atrasada en el desarrollo científico y cultural debido a los prejuicios religiosos y morales que traban todo su desarrollo. Aquí se perfila la idea de modernización que tanto gusta al PSOE, y que acaba de ser repropuesta como bandera para la próxima legislatura: ZP ha pedido cuatro años más para completar la modernización de España.

 

El punto de partida es claro: la España que conocemos es fruto de un complejo proceso histórico que nuestra izquierda no termina de digerir, y por eso pretende modelarla de una vez por todas según sus propios parámetros ideológicos. La política llevada a cabo en materia de familia, investigación biomédica, cultura y libertad de educación no deja lugar a dudas. Es significativo que los fichajes-estrella del Gabinete Zapatero en los últimos tiempos hayan sido los ministros Bermejo y Soria, caracterizados ambos por un fuerte componente anticatólico y una cultura política radical. Y no es difícil presumir que en el horizonte de esa modernización todavía incompleta, el PSOE de Zapatero contemple ya el dossier de la eutanasia (Bernat Soria ya lo ha dejado caer) y una revisión a la baja de los Acuerdos Iglesia-Estado (tal como reclaman los círculos de Peces-Barba, que llevan años calificándolos de “anomalía preconstitucional”).

 

La consolidación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, cuyo afeitado no está dispuesto a aceptar de ningún modo el Gobierno, es parte esencial de esa estrategia “modernizadora”. Se trata de “modelar” al buen ciudadano, que sólo podrá serlo si se alimenta de los valores definidos por un consenso que en última instancia controla y pilota el Estado a través de diversos instrumentos. Como ha dicho en varias ocasiones Peces-Barba, un católico, en cuanto tal, no puede ser un buen ciudadano; o con una formulación más blanda, no puede ser protagonista político.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 25 de octubre de 2007

Salir del pesimismo

Salir del pesimismo

A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: "de lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa". Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha. Podemos estar seguros de que algo de este planteamiento sostiene la confrontación política cuando el discurso encaminado a mostrar que los otros son peores ocupa todo el escenario. Pero revela muy propia confianza en el propio proyecto, ideas y convicciones.

 

Así funciona, con escasas excepciones, el actual antagonismo entre la izquierda y la derecha. Por eso los análisis que en estas mismas páginas han hecho Sami Naïr de la política de Sarkozy o José María Ridao acerca del entorno ideológico de Bush son magníficas descripciones de lo equivocada que está la nueva derecha, pero dicen muy poco acerca de lo débil que es la izquierda. ¿Y si invirtiéramos la máxima de aquel personaje de Goethe y pensáramos qué culpa tiene la izquierda en el triunfo de la derecha? Este tipo de análisis suelen ser más provechosos porque no se enturbian con el prejuicio de pensar que si nuestros competidores son muy malos, entonces nosotros tenemos necesariamente razón. Creo que buena parte de lo que le pasa a la izquierda en muchos países del mundo es que se limita a ser la anti-derecha, algo que no tiene nada que ver, aunque lo parezca, con una verdadera alternativa. Se ha dicho que la izquierda tiene dificultades en movilizar a su electorado y hay quien piensa que esa operación vendría a ser, no tanto despertar la esperanza colectiva como inquietar al electorado para ganarse la preferencia que resignadamente nos hace decidirnos por lo menos malo.

 

Por decirlo sintéticamente: hoy la derecha es optimista y la izquierda pesimista. Tal vez el antagonismo político se articule actualmente más como disposición emocional que como proposición ideológica. Lo que ocurre es que las emociones y las ideas se relacionan más estrechamente de lo que solemos suponer. Si examinamos las cosas de este modo, percibiremos el desplazamiento ideológico que está teniendo lugar. Tradicionalmente la diferencia entre progresivo y conservador se correspondía con el pesimismo y el optimismo, en el orden antropológico y social. Mientras que el progresismo se inscribía en un desarrollo histórico hacia lo mejor, el conservadurismo, por decirlo con expresión de Ernst Bloch, ha estado siempre dispuesto a aceptar una cierta cantidad de injusticia o sufrimiento como un destino inevitable. Pero esto ya no es así, en buena medida. El estado de ánimo general de la derecha, que tiene su mejor exponente en Sarkozy, es todo lo contrario de la resignación: decidida y activa, sin complejos, confiada en el futuro y con una firme resolución de no dejar a nadie el mando de la vanguardia. Esta disposición es lo que está poniendo en dificultades a una izquierda que, aun teniendo buenas razones para oponerse, no las tiene a la hora de proponer algo mejor. Si recoge las causas de los excluidos o se convierte en abogada del pluralismo, no lo hace para construir a partir de todo ello una concepción alternativa del poder, y eso se nota en la mala conciencia de quien sabe que no está haciendo otra cosa que reclutar aliados.

 

La izquierda es, fundamentalmente, melancólica y reparadora. Ve el mundo actual como una máquina que hubiera que frenar y no como una fuente de oportunidades e instrumentos susceptibles de ser puestos al servicio de sus propios valores, los de la justicia y la igualdad. El socialismo se entiende hoy como reparación de las desigualdades de la sociedad liberal. Pretende conservar lo que amenaza ser destruido, pero no remite a ninguna construcción alternativa. La mentalidad reparadora se configura a costa del pensamiento innovador y anticipador. De este modo no se ofrece al ciudadano una interpretación coherente del mundo que nos espera, que es visto sólo como algo amenazante. Esta actitud recelosa frente al porvenir procede básicamente de percibir al mercado y la globalización como los agentes principales del desorden económico y las desigualdades sociales, dejando de advertir las posibilidades que encierran y que pueden ser aprovechadas. Movilizar los buenos sentimientos e invocar continuamente la ética no basta; hace falta entender el cambio social y saber de qué modo pueden conquistarse en las nuevas circunstancias los valores que a uno le identifican.

 

La primera dificultad de la izquierda para configurarse como alternativa esperanzadora procede de esa especia de heroísmo frente al mercado (Zaki Laïdi) que le impide entender su verdadera naturaleza y le hace pensar que el mercado no es más que un promotor de la desigualdad, una realidad antisocial. Para una buena parte de la izquierda razonar económicamente es conspirar socialmente. Piensa que lo social no puede ser preservado más que contra lo económico. La denuncia ritual de la mercantilización del mundo y del neoliberalismo procede de una tradición intelectual que opone lo social a lo económico, que tiende a privilegiar los determinismos y las construcciones frente a las oportunidades ofrecidas por el cambio social. Desde este punto de partida es difícil comprender que la competencia es un auténtico valor de izquierda frente a las lógicas de monopolio, público o privado, sobre todo cuando el monopolio público ha dejado de garantizar la provisión de un bien público en condiciones económicamente eficaces y socialmente ventajosas.

 

Y es que también hay monopolios públicos que falsifican las reglas del juego. A estas alturas sabemos bien que existen desigualdades producidas por el mercado, pero también por el Estado, frente a las que algunos se muestran extraordinariamente indulgentes. En ocasiones, garantizar a toda costa el empleo es un valor que debe ser contrapesado con los costes que esta protección representa respecto de aquellos a los que esa protección impide entrar en el mercado de trabajo, creando así una nueva desigualdad. Enmascarada tras la defensa de las conquistas sociales, la crítica social puede ser conservadora y desigualitaria, lo que explica que la izquierda está actualmente muy identificada con la conservación de un estatus.

 

Esta actitud conservadora podría redefinirse en términos de innovación política modificando los procedimientos en orden a conseguir los mismos objetivos: se trata de poner al mercado al servicio del bien público y la lucha contra las desigualdades. La nostalgia paraliza y no sirve para entender los nuevos términos en los que se plantea un viejo combate. No es que una era de solidaridad haya sido sustituida por una explosión de individualismo, sino que la solidaridad ha de articularse sobre una base más contractual, sustituyendo aquella respuesta mecánica a los problemas sociales consistente en intensificar las intervenciones del Estado por formulaciones más flexibles de colaboración entre Estado y mercado, con formas de gobierno indirecto o promoviendo una cultura de evaluación de las políticas públicas.

 

Y la otra causa de que la izquierda se presente actualmente un aspecto pesimista es su concepción únicamente negativa de la globalización, que le impide entender sus aspectos positivos en orden a la redistribución de la riqueza, la aparición de nuevos actores o el cambio de reglas de juego en las relaciones de poder. Al insistir en las desregulaciones vinculadas a la globalización, la izquierda corre el riesgo de aparecer como una fuerza que protege a unos privilegiados y rechaza el desarrollo de los otros. Es cierto que la dinámica general del mundo nunca había sido tan poderosa, pero también tan prometedora para muchos.

 

Por eso la izquierda del siglo XXI debe poner cuidado en distinguirse del altermundialismo, lo que no significa que no haya problemas graves a los que hay que buscar una solución, sin ceder a la letanía de deplorar la pérdida de influencia sobre el curso general del mundo. En lugar de proclamar que "otro mundo es posible" más le vale imaginar otras maneras de concebir y actuar sobre este mundo. La idea de que no se puede hacer nada frente a la globalización es una disculpa de la pereza política. Lo que no se puede es actuar como antes. La izquierda no se librará de ese pesimismo que la atenaza mientras no se esfuerce en aprovechar las posibilidades que genera la mundialización y orientar el cambio social en un sentido más justo e igualitario.

 

Un proyecto político tiene que encarnar una esperanza, razonable e inteligente, o no pasará de ser más que la inercia necesaria para seguir tirando.

 

DANIEL INNERARITY 

Diario de Noticias de Navarra, 18 de septiembre de 2007

 

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Calmante para el exceso de "sarkomanía". El lado oscuro de Sarkozy según Alain de Benoist

Calmante para el exceso de "sarkomanía". El lado oscuro de Sarkozy según Alain de Benoist

La victoria de Sarkozy en Francia ha despertado muchas ilusiones en la derecha social. Ahora la cuestión es saber si el discurso de Sarkozy representa un proyecto político real, o si se trata de un mero maquillaje retórico para encubrir un simple capitalismo despiadado al compás de la globalización. El pensador francés Alain de Benoist, principal firma histórica de la llamada “nouvelle droite”, lo tiene claro: lo que ha triunfado con Sarkozy es una derecha capitalista incapaz de comprender que el capitalismo es lo que más destruye los valores de la derecha. Para leer y reflexionar.   

 

Al comienzo, Sarkozy era ante todo el candidato de la patronal, de la gran burguesía, del complejo militar-industrial francés (que controla por lo demás lo esencial del sistema mediático) y de los neoconservadores americanos. George W. Bush ha sido el primer jefe de Estado en felicitar a aquel que, apenas elegido, se ha apresurado a “lanzar una llamada a nuestros amigos americanos para decirles que pueden contar con nuestra amistad” (no se había visto jamás a un Presidente recién elegido saludando con calor a un pueblo distinto al de sus electores). Sus comanditarios, los mismos a los que se dirigió a rendir cuentas la tarde de su elección, esperan ahora el retorno de su inversión. En claro: se pone fin a la “excepción francesa” , en el doble nivel del sistema social y de una política exterior que antes de él no había nunca roto totalmente con la tradición “gaullista” de independencia.

 

 

Por supuesto, con este solo apoyo Sarkozy no habría podido obtener la victoria. Ha vencido atrayendo a una parte de las clases populares y “secuestrando” en su provecho una gran parte del voto lepenista. François Miterrand había comprendido muy bien en 1981 que aliarse al Partido Comunista era el modo mejor de crear las condiciones de su declive histórico. También él, Sarkozy, ha comprendido muy bien que el mejor modo de debilitar al Frente Nacional no era oponérsele frontalmente, sino asumir lo esencial de su discurso. Eso es lo que ha hecho durante su campaña, no retrocediendo ante ninguna palabra ni gesto que le permitiese seducir al electorado del FN. Estrategia rentable que muestra, una vez más, que la derecha clásica está siempre mejor colocada que la izquierda o que la extrema izquierda para detener el crecimiento de la derecha radical. Históricamente, en efecto, la derecha dura nunca ha sido derrotada por la izquierda, sino siempre por una derecha moderada más hábil para captar su herencia. Nunca ha sido debilitada por el “cordón sanitario”, sino por el abrazo que mata. Si la derecha chiraquiana lo hubiera comprendido antes, el FN habría desaparecido hace ya tiempo.   

 

De la gran burguesía a los pequeños comerciantes

 

 

Habiendo tomado las medidas de ese fenómeno lógico que es la lógica (y el temor) del desclasamiento social (el 68% de los empleados piensan hoy que “habría que dar más libertad a las empresas”, y el 66% que “los parados podrían encontrar trabajo si quisieran”), Nicolas Sarkozy, desde la primera vuelta, ha irrumpido en el electorado de Le Pen, con los dos tercios de los pequeños artesanos y comerciantes, de los empleados, de los trabajadores independientes y de las capas inferiores de la pequeña burguesía asalariada, público de perfil autoritario, hostil a la libertad de costumbres, pero favorable al liberalismo económico, que conjuga tradicionalmente el gusto del beneficio y las crispaciones xenófobas. Es la adhesión de esta derecha autoritaria, en espera de una vuelta del orden, lo que le ha permitido franquear en la primera vuelta la barrera del 30% y ser elegido en la segunda vuelta.

 

Sarkozy ha sido elegido porque ha sabido coagular perfectamente el voto de la gran burguesía y el de los pequeños comerciantes y una parte de las clases medias. Lo ha conseguido gracias a la derechización general de la sociedad, utilizando un discurso sobre la seguridad sacado directamente del Frente Nacional, sin vacilar a la hora de insertar abiertamente los “asuntos que crispan” (inmigración e identidad nacional) en el debate público, prometiendo bajadas de impuestos y multiplicando las referencias a la nación para responder a la crisis de identidad del país. Hablando con lirismo de Francia como de un banco que le hubiera ofrecido un préstamo sin límites, provisionalmente convertido –gracias al escritor de sus discursos, Henri Guaino- en el cantor de la identidad francesa después de haber ido a Washington a decir cuánto le complace que le llamen “Sarko el americano”, ha  llegado incluso a celebrar la unión del suelo y la sangre: “Nadie puede comprender el vínculo carnal de tantos franceses con la tierra francesa si antes no recuerda que por sus venas corre sangre campesina consagrada durante siglos a fecundar el suelo francés” (28 de marzo). El efecto de catarsis que esto ha producido le ha permitido imponerse como el primer candidato de una derecha “sin complejos”, elegido por primera vez en treinta años sin haber hecho concesiones a la izquierda y sin haber mendigado los votos del centro.

 

 

Candidato de una derecha liberada del “superego” de izquierda que antaño la inhibía, apoyado en una enorme maquinaria de guerra y de marketing, Sarkozy ha hecho campaña sobre el valor del trabajo, prometiendo a la “Francia que madruga” favorecer a aquellos que quieren “trabajar más para ganar más” –dejando entender que quienes no tienen como finalidad esencial en la vida el “ganar más”, podrán legítimamente ser sospechosos de pereza o de fraude, y ser abandonados al borde del camino. A las clases medias, víctimas de la inseguridad y de la rapacidad del capital globalizado, de la violencia de los suburbios y de la tiranía del CAC 40, les ha hecho creer que restablecerá el orden luchando contra el “asistencialismo” y favoreciendo la “flexibilidad”. Con ello anunciaba en realidad la instauración de una sociedad más competitiva, más dura, más ajena a los valores, en la que se daría la prioridad a la eficacia y a la rentabilidad sin consideración de costes sociales. Es el mismo principio de la “meritocracia” a la americana.

 

Contradicciones del nacional-liberalismo

 

 

Mientras que la burguesía liberal próxima al capitalismo financiero se reconocía instintivamente en el proyecto de Nicolás Sarkozy (que ha obtenido en la primera vuelta el 64% de los votos en el distrito 16 de París y el 72% en Neuilly), la pequeña y mediana burguesía autoritaria ha visto en Sarkozy un Le Pen elegible –un candidato más joven que Le Pen, más presentable y con mayores posibilidades de aplicar su programa. Es así que Sarkozy ha conseguido unir a dos electorados diferentes y con intereses materiales divergentes, obrando el prodigio de seducir a la vez a la derecha “securitaria” y a los cuadros superiores atiborrados de “stock options”, a los defensores del orden moral y a los “night clubbers” de la “jet society”, a los que se aprovechan de la mundialización y a las víctimas de la misma, a los que madrugan y a los que se acuestan al amanecer, el mundo del trabajo y el mundo de “operación triunfo”, a los patrones del CAC 40 adeptos al darwinismo social y a las clases medias inferiores portadoras de una reivindicación individualista-igualitaria que se concilia muy bien con el culto al jefe y con el deseo de orden y de autoridad. Un éxito que puede compararse en muchos aspectos al voto a Bush en los Estados Unidos. 

 

“Después de Chirac -decía Miterrand- cualquiera podrá ser elegido Presidente de la República”. Sarkozy es muy diferente de Chirac, con quien ha sido a veces comparado. Se parece más bien a Silvio Berlusconi, menos en el encanto latino. Se le representa generalmente como un hiperactivo, es decir como un excitado, fuerte con el débil y débil con los poderosos, que no ha retenido del bonapartismo nada más que el carácter autoritario. Con su tendencia a crear problemas allí donde afirma haberlos resuelto, se trata aparentemente de un hombre que no se detiene ante nada, especialmente ante los escrúpulos. “Por encima de la lealtad, está la eficacia”, señalaba a sus amigos próximos ocho días después de su elección. Se trata de un nacional-liberal. El nacional-liberalismo es el liberalismo para los ricos y lo nacional para los otros. Su quinquenio verá el reforzamiento de la tutela autoritaria del Estado sobre la existencia diaria, la privatización de los gastos públicos y la laminación de  los beneficios sociales con el pretexto de la invocación a la nación. Sarkozy encarna una derecha políticamente autoritaria y económicamente liberal que no dudará en adoptar una estrategia de violencia razonada con el concurso del aparato del Estado. Esta derecha liberal-securitaria  concibe la sociedad únicamente como un lugar de competición sometido enteramente a la lógica de la eficacia económica sobre el telón de fondo de la mercantilización del mundo. Es una derecha que predica sin reparos la individualización de las soluciones. Una derecha favorable al capitalismo que no llega a comprender que es el capitalismo el que más destruye los valores de la derecha. Una derecha que siempre ha querido evitar reflexionar sobre las condiciones de una vida en común en un mundo común. Una derecha que anuncia la era del sálvese quien pueda. Es el egoísmo como valor el que ha triunfado el 6 de mayo.

 

 

Comentando la elección presidencial de 2002, yo escribía hace cinco años, a propósito del “liberal-populismo”, que éste “asocia paradójicamente ultraliberalismo, individualismo consumista, darwinismo social y xenofobia. Incluso si desde un punto de vista estrictamente intelectual semejante mezcla puede sorprender, cabe esperar su extensión en Europa, porque en muchos aspectos está directamente conectada con la realidad del momento. Cabe preguntarse si el liberal-populismo no será mañana uno de los principales vectores de la ideología de la mercancía y de la Forma-capital”. Es exactamente lo que ha pasado.

 

ALAIN DE BENOIST 

El Manifiesto, 2 de junio de 2007

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