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Políticamente... conservador

Revolución (homo)sexual en España

"Revolución sexual en España", titulaba hace unos días la CNN. Es difícil saber bajo qué conceptos pasará Zapatero a la historia, pero ya hay uno que, sin duda, permanecerá: la transformación de la homosexualidad en condición generadora de derechos civiles. Y esto sí que es nuevo.

Muchas civilizaciones, antes que nosotros, han manifestado una tolerancia extraordinaria hacia la homosexualidad. Los griegos, claro: entonces la sodomía no era pecado nefando. Pero también mucho después, ya en tiempos cristianos: la corte versallesca, por ejemplo. O sea que el mundo no ha tenido que esperar a la llegada de Zerolo y ZP para "entender". Ahora bien, nunca nadie antes, en ningún tiempo ni en ningún lugar, había considerado que la homosexualidad pudiera generar derechos civiles, derechos sociales; nunca nadie antes había pretendido deducir de la condición homosexual un estatuto de vida pública.

Ocurre que una sociedad no se organiza según criterios de placer o según criterios de amor, sino según criterios de conservación de la especie y de reproducción del propio modelo social heredado. ¿Suena "reaccionario"? Bien. ¿Podemos imaginar una sociedad organizada según criterios, no de conservación y reproducción, sino de extinción y esterilidad? No, ¿verdad? Sería una sociedad suicida. Pues ahí, mucho más allá de la "libertad de costumbres", está la nuez del asunto. El patrón natural de conservación y reproducción de cualquier sociedad pasa por un varón, una mujer y unos hijos. Patrón natural, sí: hablamos de antropología, no de qué bonito es el amor –que lo es. Y como lo humano es la antropología, y no la simple zoología, la unión heterosexual se eleva a la condición de vínculo jurídico para dar estabilidad a ese mecanismo de conservación y reproducción y, además, proteger a sus protagonistas. Se mire como se mire, una pareja homosexual, por mucho corsé legal que le pongan, ni garantiza la conservación de la sociedad (porque la procreación necesita un elemento masculino y otro femenino) ni garantiza la reproducción del modelo social (porque toda sociedad se compone de mujeres y de hombres juntos). Y por eso a nadie se la ha ocurrido jamás conceder a las uniones homosexuales la misma vigencia social que al matrimonio heterosexual. A nadie, hasta que ha llegado ZP.

Que se preparen en la CNN: nos esperan jornadas asombrosas.

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 17 de enero de 2005

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