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El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte III.

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte III. La Tierra Media vista por un hobbit del siglo XXI

Los hobbits tienen la reputación –entre los adultos de hoy- de ser los niños de la Tierra Media. Esto se debe a que no tienen un papel muy importante en el mundo de Tolkien, y claro está a que son bajitos y en apariencia tiernos, insignificantes, comodones e incapaces de cosas importantes. Pero los hobbits, por muy pequeños que sean, son muy importantes en la historia del Anillo y eso llega a los chavales que disfrutan de la obra y les/nos hace pensar que aunque sean insignificantes pequeños y estén “al borde del ancho mundo” también pueden/podemos luchar porque cambien las cosa. Sin rendirse a la Oscuridad.

Un niño asiste a las películas de El Señor de los Anillos de una forma que no se aleja demasiado de lo que nos transmite el libro. No puede ser de otro modo: el bando de la Luz lucha para que reine el bien y no haya maldad. Enfrente, la Oscuridad crece donde triunfan el miedo, la ignorancia, la codicia y los “caminos fáciles”.

Los más jóvenes, al fin y al cabo, podemos entender esto muy bien, aunque no hayamos leído hasta hace poco los libros de Tolkien, y aunque no sepamos dónde se inspiró él. El honor de Boromir –que vence pese a la tentación de la Oscuridad-, la abnegación de Aragorn y amistad entre Legolas y Gimli -que florece en una lucha sin esperanza- son algo fácil de comprender incluso en el patio de un Instituto. Son principios que llegan a nosotros través de Tolkien y del cine, porque no es demasiado frecuente que se nos ofrezcan.

Nunca se es demasiado pequeño para entenderlo. No importa que los hobbits sean las criaturas mas pequeñas y más insignificantes, pues tienen un valor inimaginable. Es Frodo quien lleva la carga del anillo y Sam quien siempre está a su lado, y aunque se encontraban en las peores situaciones no se lo pensaban dos veces ni tampoco pensaban en su beneficio. Siempre miraban hacia delante, como tal vez el más forzudo y barbudo guerrero no habría conseguido hacer. Además de la fuerza física, está la fuerza que cada uno lleve dentro, y eso es verdad aunque la programación de mi E.S.O. tenga más en cuenta otros valores.

Pippin y Merry podían haberse vuelto a la Comarca y vivir en paz sin que nadie les molestase. No piensan en ellos mismos y siguen luchando y gracias a sus esperanzas los ents luchan en Isengard y dan un gran paso en contra de Sauron.

Aunque el libro no es fácil de leer para un niño merece la pena. Yo encuentro triste, en cambio, que haya jóvenes que no hayan leído el libro y hayan ido a ver la película haciéndose unas ideas falsas de lo que representa El Señor de los Anillos. Por ejemplo el amor entre Aragorn y Arwen, que no es esencial en la acción del libro pero que en la película tiene mucha importancia. Jackson, que ha hecho una película muy buena, ha tenido que pensar en esa inmensa mayoría de espectadores que (aún) no ha leído el libro, y sobre todo en la parte de la juventud que normalmente no lo leería y apreciaría. No es que disguste ver más a Lyv Tailer, pero lo mejor de la trilogía tolkieniana es todo lo que hay en ella de tolkieniano, la épica, las batallas, los héroes, la pasión, la fe y la victoria sobre la debilidad humana. Jackson & Tolkien nos han abierto una puerta a todo un mundo, mucho más importante que las armaduras, que los efectos especiales y que los millones gastados en el rodaje. Espero que se ruede finalmente El Hobbit y se complete el proyecto, pero lo que es seguro es que gracias a esta oportunidad hay muchos más chicos dispuestos a ser hobbits.

Jaime Fontaneda Calzada, 2º E.S.O.


La Tierra Media y España

La tercera entrega de "El Señor de los anillos" ya está en las pantallas españolas. La película tiene ciertas diferencias con el libro, pero en general conserva su esencia y su mensaje.

La esperanza, la solidaridad, la unidad y la férrea voluntad son valores que inundan el libro y también la película. "Donde no falta voluntad siempre hay un camino" dice Eowyn a Merry en este tercer libro. Valores en un mundo imaginario que fueron la base de un mundo real que desapareció y que son recordados por Tolkien en forma de cuento fantástico.

El libro de Tolkien y ahora la película reflejan el ideal que ha caracterizado a la original nobleza europea, que es también la de los antiguos caballeros cristianos. Éstos, a semejanza del Cid, eran fieles a su patria, amantes de la familia, generosos con el enemigo vencido, cautos y prudentes en el gobierno, serenos y humanos en la justicia, defensores de una causa despreciando lo mezquino, arrojados, intrépidos, altivos, cultivadores del honor, conocedores del valor de la vida y de la muerte.

Muchos pueblos del mundo reconocerán en sus historias legendaria hechos y gestas que se asemejen a los protagonizados por Aragorn, Frodo, Legolas, Gimli... La unión por una idea del bien, de la belleza, de la tierra, de la amistad. España, por ejemplo, al igual que Gondor y Rohan, contuvo la expansión del invasor musulmán durante ocho siglos de reconquista.

En palabras de Sánchez Albornoz "siempre en permanente actividad colonizadora, siempre llevando hacia el Sur el romance nacido en los valles septentrionales de Castilla, siempre propagando las doctrinas de Cristo en las tierras ganadas con la espada, siempre empujando hacia el Sur la civilización que alboreaba en los claustros románicos y góticos de catedrales y cenobios, siempre extendiendo hacia el mediodía las libertades municipales, surgidas en el valle del Duero, y siempre incorporando nuevos reinos al Estado europeo, heredero de la antigüedad clásica y de los pueblos germánicos."

Castilla como Gondor fue en un tiempo de caos la esperanza en la que los distintos reinos de la Tierra ibérica se apoyaron para recobrar una idea de bien y de unidad que se llamo en un pasado anterior y remoto Hispania y que tras el triunfo de esa unidad se llamo España. La unidad de España no fue una leyenda tolkeniana sino una realidad histórica refrendada hoy por una Constitución democrática.

Hoy, cuando en España algunos orcos instigados por algo oscuro y egoísta plantean la división, la insolidaridad y el odio, creo que es oportuno recordar la vigencia española del pensamiento de Tolkien, ya que "en verdad nada revela tan claramente el poder del señor oscuro como las dudas que dividen a quienes se le oponen". Y tal vez "...no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que esta en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza".

Realmente me ha emocionado todo lo positivo que hay en la película y que no es fácil de encontrar en la mayoría de las producciones hollywodienses. Aun así es fundamental leer esta obra magistral del siglo XX. Es posible imaginar a nuestro don Quijote en el mundo de Tolkien, y sabemos qué lugar ocuparía. Tampoco es difícil imaginar dónde estarían las fuerzas del mal en nuestra Mancha y en nuestra España.

Alonso Calatrava

(22 de diciembre de 2003)


Esperando al rey que retornará

La avalancha de naves espaciales, mutantes y psicópatas asesinos que pululan por el cine actual tiene el nefasto cometido de aislarnos respecto de los relatos que conforman nuestra propia tradición y que nos ubican a todos en un determinado contexto cultural.

Se debe a eso que el estreno de “El retorno del rey” evoca precisamente una tendencia contraria. Bajo el título épico late con fuerza el eterno arquetipo de la Restauración en el origen. Se trata de un mito; un mito “oscurantista y opaco”, que diría Gustavo Bueno, pero lleno de luz para los que hace tiempo que no confiamos en esa racionalidad en apariencia omnipotente. El mito del retorno del rey, la esperanza en el rey que ha de volver, es algo común a todas las civilizaciones que a hombros de la religión han intentado elevarse sobre el materialismo puro. Así, el rey es el símbolo de luz que baja a la Tierra para acabar con las potencias del caos. En la tradición hindú, el Kalki Avatara, encarnación providencial de Dios, restablece de nuevo el orden perdido. Para el Islam, es el Mahdí y para el budismo el Buda Maytrey, quienes devuelven la claridad a la época oscura.

Nosotros, dentro de la tradición europea y cristiana que nos ha formado y dentro de la cual muchos nos sentimos propiamente “en casa”, la Parusía de Cristo –su segunda venida- es la idea más arquetípica del retorno de Rey que, sin embargo, late también en otros mitos como Lohengrin, el Sebastianismo o el emperador Barbarroja. En la historia de Lohengrin, bellísimamente representada en el drama wagneriano y hoy mancillada por el escenógrafo semidelictivo Harry Kupfer, la injusticia de la acusación de fratricidio que pesa sobre Elsa de Brabante es dirimida por un personaje de origen divino que irrumpe en la escena, procedente del reino del Graal, a bordo de una barca tirada por un cisne. Para la nación portuguesa, el rey don Sebastián, encarnación del caballero cristiano, no ha muerto a orillas del río Mezajen, en el campo de batalla de Alcazarquivir, sino que vive oculto y espera su momento para retomar los más altos destinos de su pueblo. Tampoco el emperador Federico Barbarroja ha muerto en las cruzadas, solo duerme en la montaña Kyffhauser, en los bosques de Turingia, y volverá con sus caballeros al final de los tiempos para combatir al Anticristo; según otra versión es su nieto –Federico II- quien reposa en el seno del Etna esperando la hora de su despertar.

Todas estas historias son diferentes versiones de la irrupción de las potencias de la luz en plena era de tinieblas, a fin de restablecer un orden perdido. La misma nación española se cimienta, durante la Reconquista, sobre la idea motor de “la España perdida”, anhelada por todo el pueblo cristiano y defendida en los campos de batalla durante ocho siglos. Una idea que arranca de lo sucedido en el Santuario de Covandonga. En relación con esto hay varias versiones, unas afirman que Pelayo vio en el cielo una cruz rodeada de luz con las palabras "In hoc signo vincitur inimicus" (se vence al enemigo con el signo de la cruz), mientras que otras afirman que Pelayo llegó a la Cueva del Auseva persiguiendo a un malhechor y que un ermitaño que cuidaba con veneración una imagen rústica de la Virgen, le dijo que invocara la protección divina de la Virgen para lograr el triunfo de las armas cristianas. Como reza un monolito en la misma Covadonga "aquí en el monte Auseva, morada inmemorial de la Virgen, renació la España de Cristo con la gran victoria de Pelayo y de sus fieles sobre los enemigos de la Cruz". Siempre es la misma idea: Dios reconduciendo los destinos humanos bien directamente o bien a través de un instrumento providencial.

En paralelo con la más antigua tradición europea y cristiana, desde lo más genuino de la “sophia peremnis”, la obra de Tolkien, con sólidos fundamentos religiosos, describe una tierra sumergida en las tinieblas, cuya salvación depende de dos personajes de apariencia humilde pero interiormente gigantescos, unos personajes que pese a sus limitaciones se empeñan en seguir la senda del Bien y de la Verdad. Que esta obra nos sirva, en esta época oscura, sin certezas y con tantas sombras, para renovar la esperanza, para aguardar vigilantes el Retorno del Rey.

Eduardo Arroyo


E. Segura y G. Peris, eds., Tolkien o la fuerza del mito. La Tierra Media en perspectiva. Libroslibres, Madrid, 2003, 268 p.. ISBN 84-96088-08-1

Todo lo que J.R.R. Tolkien escribió en vida ha sido publicado; incluso lo que no escribió o lo que tal vez no deseó publicar, pero ese es otro tema distinto del que nos ocupa. Lo cierto es que la Tierra Media, su creador, su vida, su obra y sus ideas están hoy de moda, gracias en parte a la lectura de sus libros, pero gracias sobre todo a la proyección de la trilogía cinematográfica basada en El Señor de los Anillos.

Después de Tolkien, han surgido los tolkienólogos y los tolkienianos, y basta una exploración superficial en la red o en la librería de la esquina para comprender que todo lo que se publique de, sobre o en torno al ilustre oxoniense tiene lectores y ventas garantizados. Y además han surgido las interpretaciones más o menos autorizadas del fenómeno, lo que no deja de ser curioso tanto si se considera el carácter del autor como la naturaleza íntima de su obra épica.

Eduardo Segura y Guillermo Peris son parte de esta gran e imparable corriente. Su obra, oportunamente editada en vísperas del estreno de la tercera parte de la obra de Peter Jackson, no es sin embargo un artículo para todos los públicos, sino un intento serio, aunque plural y diverso, de adentrarse en las intenciones de Tolkien como narrador y en las connotaciones sociales y culturales de su “mundo secundario”.

Este concepto, el de mundo secundario, recorre los artículos que componen el libro, que en realidad son ponencias de un congreso celebrado hace once años, con motivo del centenario de Tolkien, a los que se han añadido dos más. Mundo secundario y mito, en realidad, son dos aspectos complementarios, tanto desde el punto de vista académico como en la narración de Tolkien. Cierto es que Tolkien partió de las lenguas y de su entorno como creador de este nuevo/viejo mundo, pero no menos cierto es que pronto asumió –mucho antes de publicar El Señor de los Anillos- que su Tierra Media tendría una interacción con nuestro mundo moderno.

Es interesante comprobar –con Thomas Shippey- en qué contexto histórico y cultural escribió y vivió Tolkien (con las naturales consecuencias narrativas), o de qué manera retomó la tradición romántica decimonónica, que según Chris Seeman precisamente gracias a él va a entrar viva en el siglo XXI. Sin embargo, lo radicalmente novedoso, positivo y apasionante del libro de Segura y Peris es la convicción, iluminada desde ángulos muy diversos, de que hay de un modo sublime en Tolkien una nueva y vieja ética, un nuevo pero eterno modo de entender la vida y el mundo, que está “profundamente enraizado en la cultura autóctona” (europea), en palabras de Patrick Curry.

El mito ha sido objeto de descrédito, de mofa y de disección desde que la parte occidental de Europa eligió el materialismo y el individualismo progresista como filosofía de vida. Sin embargo el mito no es más que una manera de transmitir conocimiento y de conocer, tan aceptable y tan falible como la razón o la experiencia directa, y con la ventaja añadida de permitir el legado cultural de principios y verdades intemporales. Un mito no es rechazable por ser mito, sino por transmitir valores negativos; y de hecho el mito es parte inevitable de la conciencia individual y comunitaria de los hombres, incluso de aquellos que se presumen inmunes a él. Como citaba hace unas décadas Adriano Romualdi –en cuyo entorno se produjo uno de los redescubrimientos de J.R.R. Tolkien- el mito “es el sentido de lo infinito que arde en el interior del hombre”.

La obra de Tolkien es voluntariamente mitopoyética, porque retoma los viejos materiales míticos europeos, incluyendo no pocas constantes religiosas, y los vuelca en un continente moderno, contemporáneo, asumible desde la crisis de la postmodernidad. Es lógico que una parte creciente de la juventud vuelva sus ojos a Tolkien en busca de las respuestas que el mundo hoy no da. Y el libro de LibrosLibres ayuda a entender qué se va a hallar en Tolkien, por qué se acumula allí ese depósito precioso de sanos principios y adónde puede llevar todo esto a nuestra cultura.

Pascual Tamburri


Peter Jackson se convierte en "El Señor de los Globos"

Si se cumple la tradición y los Globos de Oro anticipan los Oscar, el director de "El Señor de los Anillos" recibirá de la Academia el homenaje que ya certificaron los espectadores.


Hoy sabremos quiénes son los candidatos a los Oscar, y todo parece indicar que El retorno del rey, tercera parte de El Señor de los Anillos, recibirá el 29 de febrero, de manos de la Academia de Hollywood, el homenaje que ya merecieron, sin conseguirlo, las dos entregas anteriores. La prueba del nueve puede haber sido la gala de los Globos de Oro del pasado domingo.


Estos premios los entrega la HFPA (Hollywood Foreign Press Association [Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood]), de la cual forman parte sólo dos españoles, españolas para mayor exactitud: Rocío Ayuso (EFE) y Paz Mata. La HFPA nació en 1943 con el impulso del diario británico Daily Mail, que respaldó diversas iniciativas en curso desde 1940. No tiene ánimo de lucro y en ellas están representados medios de comunicación de 55 países que llegan a un total de 250 millones de personas.


La LXI edición de los Globos de Oro tuvo un protagonista indiscutible: El Señor de los Anillos. Cosechó cuatro premios: mejor película dramática, mejor dirección, mejor banda sonora (obra de Howard Shore) y mejor canción (Into the West). Podrían ser el anticipo de una "barrida" en la gala de los Oscar, venciendo la resistencia de la Academia ante las dos primeras partes con que Peter Jackson llevó a la gran pantalla la epopeya de J.R.R. Tolkien: "El Oscar es el máximo logro y estaría muy orgulloso si lo recibiera, ya que sería la culminación", afirmó.


El neozelandés, de 43 años, era conocido por haberse especializado en películas de terror –algunas de serie B–, cuando en 1998 se supo que gestionaría artísticamente los 130 millones de dólares que New Line Cinema pensaba invertir en llevar al cine la trilogía.


Ayer los productores, que no pueden sentirse más satisfechos tras el increíble éxito de público y taquilla, sólo comparable a la pottermanía, afirmaban que Jackson es el único alma de la obra, y que gustosos le confiarían otra trilogía entera.

(27 de enero de 2004)


Jackson, ante la última oportunidad para la saga de Tolkien

En el papel, son cinco las películas que compiten por quedarse con el honor de ser elegida la mejor producción del año 2003. Pero hay una que es la gran favorita. Los hobbits de Peter Jackson deberán olvidarse de Saurón y preocuparse de la tripulación de Johny Depp y "Los Piratas del Caribe". Tampoco podrán descuidarse de los trucos de Aubrey y su tripulación del "Capitán de Mar y Guerra" o darle la espalda a Jimmy Markum y su pandilla de "Mystic River". Las arremetidas de Seabiscuit y su "Alma de Héroes" no son algo que deba ser tomado a la ligera y la orientación para llegar a la meta de los "Perdidos en Tokio" puede dar más de una sorpresa. Pero con los premios de la Academia nunca se sabe.

El Rey lucha por una nueva corona


La tercera parece ser la vencida para los hobbits, elfos y hombres. La trilogía de "El Señor de los Anillos" fue candidata el 2002 y el 2003, pero "Una mente brillante" y "Chicago" la vencieron sin apelación. Este año la situación es diferente. La saga fílmica basada en la obra de Tolkien es la gran favorita por las 11 nominaciones que logró para los premios de la Academia.


La avalan también los Globos de Oro que ganó, el premio que le dieron los directores a Peter Jackson y su reciente triunfo en los Bafta, los galardones que entrega la academia cinematográfica británica. ¿Se justifica tanta expectación? La película tiene méritos suficientes para ganar varios de los premios a los que postula. El de mejor película lo tiene casi asegurado, sólo podrían evitar su celebración "Mystic River" y "Capitán de Mar y Guerra", pero el favoritismo que ha generado en el público y las dos postergaciones que ha recibido podrían inclinar la balanza a su favor y brindarle un reconocimiento que le ha sido esquivo, por ser la última vez en que podrá aspirar a él.


En el capítulo de los efectos especiales tampoco tiene competidores de peso. Lo único que podría jugar en contra del trabajo de la compañía Weta, en la creación de los personajes y los escenarios de la Tierra Media, es que ya ganó los últimos dos años y los miembros de la Academia podrían optar por darle el premio a alguien nuevo, en este caso "Capitán de Mar y Guerra" o "Los Piratas del Caribe".


En las categorías musicales, la saga protagonizada por Elijah Wood, Viggo Mortensen y Sir Ian McKellen también puede obtener beneficios. En el premio otorgado a la banda sonora original, Howard Shore debería tener la posibilidad de escuchar por segunda vez la melodía del éxito gracias a su trabajo en la saga del anillo, que ya le dio un Oscar en 2002, por la primera parte de la película.

"El retorno del rey" iguala el récord de "Ben Hur" y "Titanic

La edición 76 de la gala de los Oscar ha encumbrado a "El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey" como la mejor película del año 2003. Ganó en las once categorías en los que estaba nominado, incluyendo los más importantes: el de mejor película y mejor director. El neozelandés Peter Jackson, su director, se convirtió esta madrugada en El señor de los Oscars.


La película logra empatar el récord de 11 estatuillas de "Ben-Hur" y "Titanic" y se convierte en el tercer filme que conquista todas las categorías en las que estaba nominado, después de "Gigi" y "El último emperador", ambos con nueve de nueve.

(1 de marzo de 2004)


Un nuevo ejemplo de manipulación impune

El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es tan propio de Tolkien como del ecologismo. Que no son de izquierdas.


Con la trilogía de películas de El Señor de los Anillos, la sociedad española ha redescubierto a John Tolkien y todos los temas propios del filón cultural al que el genial inglés perteneció. Los ha reencontrado la derecha cultural y era bastante lógico porque es uno de sus espacios propios de acción; pero también los ha descubierto –como quien descubre el Mediterráneo- la izquierda. Y esto merece una reflexión más profunda.


El mundo de Tolkien, siendo una ficción literaria, es real y en él se juega con las mismas reglas que en la realidad. De hecho, para una parte creciente de la juventud española, Frodo es más real que Hernán Cortés, por la sencilla razón de que casi nadie estudia ya quién fue el extremeño y todos han visto el ejemplo vital del hobbit.


Y considerando la importancia del fenómeno Tolkien, profundo, vigoroso y destinado a durar, se está produciendo últimamente en España un singular acontecimiento: la izquierda, ajena por completo a los valores tradicionales de Tolkien y de su obra, alérgica a los ejemplos de virtudes propuestos en El Señor de los Anillos –cine o libro, tanto monta-, intenta capitalizar, deformándolo, el mensaje.


Es una tentación eterna de todas las izquierdas existentes o por existir, al menos desde Antonio Gramsci: si un símbolo o un universo conceptual no pueden ser destruidos se trata por todos los medios de capitalizarlos, manipulándolos sin pudor si es preciso. Es el caso de Tolkien.


Tolkien, en verdad, puede ser considerado un ecologista. El respeto por el medio ambiente, sin ocultar la dureza de la vida y de la naturaleza, y sin negar –sino más bien afirmando con energía- la dimensión trascendente de nuestro entorno, es uno de los rasgos esenciales del fenómeno Tolkien. Pero decir que Tolkien fue un ecologista es tanto como decir que lo fue san Francisco de Asís, en otro orden de cosas, y en definitiva no deja de ser una extrapolación parcial, extemporánea y que debe tomarse con cautela. Amar la naturaleza no equivale, precisamente, a afiliarse al partido de Joschka Fischer. Denunciar los abusos de la modernidad no hace a Tolkien, ni al pobrecillo de Asís, militantes de Llamazares.


Pero la desfachatez de la izquierda no conoce límites. En realidad la izquierda que conocemos en España, progresista, negociante, especuladora, incapaz de crear riqueza sin destruir esperanzas, sólo es ecologista en el sentido superficial, material y electoral del término. El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es ajeno al ecologismo político, aunque ciertamente sea tan propio de Tolkien como del franciscanismo. Que no son de izquierdas, y que están esperando un centro derecha que deje de estar a la defensiva culturalmente.

Editorial del 8 de julio de 2004


J.R.R. Tolkien en Erech: nociones de política actual

"En Erech hay todavía una piedra negra que Isildur llevó allí de Númenor… y la puso en lo alto de una colina, y sobre ella el Rey de las Montañas le juró lealtad; pero cuando el enemigo regresó y fue otra vez poderoso, Isildur les exhortó a que cumplieran el juramento, y ellos se negaron".


Carl Schmitt estableció como base esencial de la política, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, la distinción entre amigo y enemigo. El resto son florituras y matices, porque toda forma política tiene en cuenta esa realidad esencial.

Ahora bien, la amistad (política o no) supone la lealtad. La lealtad puede solemnizarse o no, pero es la premisa de la acción política. Y, viceversa, la deslealtad, en cualquiera de sus formas, es una forma de antipolítica, o de enemistad política. Es la negación de la amistad, y la afirmación de un enfrentamiento.

Por eso no es casualidad que otro católico como Schmitt, John Tolkien, incluya en la tercera parte de El Señor de los Anillos una reflexión sobre la vigencia permanente de la lealtad (dicho en palabras escandalosas para oídos modernos: total, absoluta e imprescriptible). Sin lealtad no hay acción política posible; y la deslealtad deslegitima permanentemente al desleal, al menos hasta que no haya enmendado su culpa.


"No conoceréis reposo hasta que hayáis cumplido el juramento".

El tema de Tolkien, leído a través de Schmitt, es eterno. Es el tema de Las cuatro plumas, para quienes fuimos niños cuando aún era costumbre leer; y es la esencia de Tres lanceros bengalíes, cuando aún era costumbre ver cine en blanco y negro. Pero no se trata de una cuestión esencialmente moral: es un tema básico de ética política, porque nadie en su sano juicio confiará una empresa, un secreto o una meta a quien ya antes demostró su deslealtad, a la escala que sea.

"Y ante la cólera de Isildur, ellos huyeron y no se atrevieron a combatir; se escondieron y no tuvieron tratos con otros hombres".

La deslealtad inhabilita; poco importa que se deba a debilidad de carácter, a simple cobardía, o a cálculo de intereses. El desleal está en posición de inferioridad, y recurrirá siempre, mientras se mantenga así, a mecanismos de defensa bien estudiados: la huida a otros lugares o a otros modos de vida, la negación de la situación, la desviación de las culpas, la agresividad. Pero lo cierto es que no podrá ser sujeto de ninguna actividad pública digna, al menos entre hombres de bien.


"- Perjuros, ¿a qué habéis venido? - A cumplir el juramento y encontrar la paz".

Sólo la redención hace posible que el desleal pueda volver a ser "amigo" en política. Es decir, a hacer política. Consideraciones éticas aparte, el desleal no puede estar en paz consigo mismo ni con los demás mientras su deslealtad siga viva. De hecho, es un cadáver moral; y en una comunidad tradicional europea es, de hecho, un muerto. Un muerto en vida, a quien no le es dado el descanso ni tampoco la vida.


Marco Tarchi, hace muchos años, fundó en Italia una editorial que se llama aún La Roca de Erech. Y en su larga experiencia política, salpicada de desilusiones y de abandonos, de olvidos y de cobardías, hay dos certezas, heredadas del pequeño politólogo alemán: que los libros son los únicos amigos que nunca traicionan y que nunca olvidan, y que mientras hay vida es posible seguir bregando en política con la esperanza de que parte de quienes traicionaron satisfarán su deuda y volverán a merecer la dignidad de vivos. En un siglo que, contra Tolkien, prima la doblez, no es pequeño síntoma de esperanza.

"- Habéis cumplido vuestro juramento. ¡Retornad, y no volváis a perturbar el reposo de los valles! ¡Partid, y descansad!".

Tirso Lacalle

11 de noviembre de 2004


El Tolkien de la LOGSE

Hay cosas que no se pueden discutir. Incluso el más acabado producto de la cultura contemporánea terminará por admitir que un libro es un libro, y que en él se dice lo que su autor quiso decir. Sin embargo, con la conversión de la obra del profesor Tolkien en objeto de culto y de comercio, se le está exponiendo a todas las tentaciones de la LOGSE.

Cuando, entre 1936 y finales del siglo XX, la Tierra Media fue campo acotado para quienes la leían, y para quienes se recreaban en ella, la saga de Tolkien cumplió las múltiples funciones que su creador entrevió en la literatura épica y mitopoyética. Tolkien dio nuevo cauce a los valores eternos de lo europeo, y criticó desde ellos los avances de la modernidad. Esos avances, sin embargo, han globalizado a Tolkien, lo han hecho universalmente conocido, aunque no universalmente estimado ni entendido. Lo que es un problema.

Hace un año –denso de acontecimientos, pequeños y grandes, positivos y negativos– se anunció en estas páginas el estreno de la tercera y última parte de la trilogía cinematográfica basada en El Señor de los Anillos. Y ya entonces, con indudable acierto, se señalaba la contradicción entre la tradición recreada por el oxoniense y la cultura de la LOGSE, del botellón, de la discoteca, de lo primario. En efecto, resulta poco probable un Samsagaz que, ocupado en sus asuntos o en su resaca, se negase a la áspera tarea de servir hasta el extremo la causa ¿perdida? de Frodo Bolsón. Y resulta risible la idea de un Peregrin o un Meriadoc que, en plena epopeya, se nieguen a aceptar como más autorizadas las decisiones de Théoden, Elrond o Galadriel.

La contradicción entre el modo de vivir que hoy se nos propone y el mito-Tolkien es radical. Sin embargo, la difusión por todos los medios de la historia por él narrada, ¿contribuye a difundir sus valores o más bien los adultera?

Un día de optimismo puede pensarse lo primero. La realidad cotidiana de la mayor parte de nuestra juventud prueba la segundo. El héroe de la LOGSE es Boromir, porque es el más violento, el más duro, el más gallo. En él se aprecia el pragmatismo, y en definitiva se entiende que pida el Anillo del mal; cuando en realidad sólo su redención por amor en sacrificio extremo lo hace heroico.

El Tolkien esencial de los medianos humildes y alegres, los elfos lejanos y sabios y los guerreros terribles de nuestra tradición, sigue vivo donde siempre estuvo: no en las hipergonadales víctimas de la LOGSE, sino en los campos hobbit, en las iniciativas que surgen vigorosas y, ay, siempre minoritarias, de nuestro filón espiritual. Para quien sepa resistir.

Tirso Lacalle

17 de diciembre de 2004

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