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Políticamente... conservador

¿Son liberalismo y catolicismo incompatibles? Católicos, antiliberales y El País

El pasado 18 de marzo Francisco Laporta publicaba en las páginas del diario El País un artículo titulado "Ser liberal", donde pretendía demostrar que "ser a la vez liberal y católico es en el fondo imposible". Como es habitual, a los republicanos les encanta repartir títulos nobiliarios. Ya de entrada, uno no puede evitar preguntarse a qué autores liberales habrá leído Laporta, aunque es evidente que no conocerá ni a Luis de Molina, ni a Francisco Suárez, ni a Juan de Mariana, ni a Frédéric Bastiat, ni a Alexis de Tocqueville, ni a Lord Acton, ni a Erik von Kuehnelt-Leddihn, ni a Robert Sirico ni a Jörg Guido Hülsmann ni a Thomas Woods; todos ellos confesos católicos y adscritos a la defensa de la causa liberal.
Claro que tal vez Laporta esté intentando excomulgarlos del parnaso liberal por herejía católica; ya se sabe que el empecinamiento, la tozudez y la ignorancia suelen conducir a tesis disparatadas. Pero más interesante que destacar a personajes notables del pasado y del presente liberal que han profesado sin ningún problema la fe católica, podrá resultarnos analizar los argumentos que ofrece Laporta para sustentar la radical incompatibilidad entre ambos.
Para el articulista el liberalismo se basa en el "libre desenvolvimiento de la personalidad", de manera que todo liberal "ha de exigir para toda persona al menos estas cosas: el máximo de libertad, tanto externa como interior, compatible con una igual libertad para los demás". Es una caracterización bastante correcta del liberalismo. En efecto, para los liberales todo individuo tiene el derecho a vivir como quiera (o a desenvolver su personalidad) siempre que no ataque a los demás.
Sin embargo, no veo en estas líneas ningún punto que colisione con el catolicismo; de hecho, el libre desarrollo de la personalidad entronca con la posibilidad del desarrollo de la fe católica en una comunidad voluntaria de convicciones. Si el liberalismo imposibilitara el catolicismo entonces el liberalismo sería contradictorio en sus presupuestos; no puede reivindicarse el libre desarrollo de la personalidad para luego impedir ese desarrollo.
De ahí que la afirmación central de Laporta sea un despropósito mayúsculo: "el liberal no puede nunca aceptar la supremacía incondicionada de ninguna iglesia en materia de convicciones morales". ¿Acaso la aceptación de la supremacía de las convicciones morales católicas para la vida propia no suponen un claro ejercicio del libre desarrollo de la personalidad? En ese caso, ¿por qué resulta imposible reivindicar la libertad de elección ajena y hacer un uso católico de la propia?
Laporta cae en la tremenda y peligrosa confusión entre justicia y moralidad. El liberalismo defiende una justicia basada en la libertad individual y la propiedad privada, pero no establece qué comportamientos deben seguir las personas cuando hacen uso de su libertad y de su propiedad; en otras palabras, el liberalismo no es una teoría moral, precisamente porque la moralidad de cada individuo constituye una manifestación de su propia libertad. Si el liberalismo predeterminara la elección moral de las personas, entonces se totalizaría convirtiéndose en una dictadura ideológica. ¿Cómo podría defender el libre desarrollo de la personalidad si ya impusiera a priori la personalidad a desarrollar?
O dicho de otro modo, un liberal puede defender el derecho a las drogas sin que por ello considere moral el consumo de dichas sustancias (hasta el punto de emprender campañas de persuasión para que la gente, voluntariamente, deje de tomarlas). Una cosa es el derecho a consumir drogas y otra muy distinta la moralidad del consumo de drogas.
Laporta confunde deliberadamente ambas esferas; en su opinión, todo lo legal debe ser moral, pero ello nos traslada a una conclusión inquietante y antiliberal: nuestra moral está determinada por la ley. Hemos pasado de que los liberales no pueden aceptar la supremacía moral de ninguna Iglesia a que los liberales deben erradicar la moral de sus vidas. Esto es, mientras que para Laporta el liberal no puede defender el derecho individual a aceptar la supremacía moral de una Iglesia, sí considera que un liberal debe defender la obligación de erradicar su moralidad.
Así por ejemplo, para Laporta, un liberal debe ser "veraz, independiente, imparcial y limpio". ¿Qué pasa entonces con aquellas personas que no quieran ser independientes o imparciales pero que respeten y defiendan el derecho de otros individuos a serlo? ¿Acaso dejan de ser liberales por no someterse a la dictadura de los buenos modales que patrocina Laporta? Triste pero cierto, el liberalismo de nuestro articulista queda reducido a la muy marañoniana y gallardoniana definición de que "liberal es saber escuchar": un liberalismo vacío y sometido al oyente, que nunca tendrá nada que decir.
Lo más curioso es que, sin embargo, la Iglesia Católica sí ha asimilado en buena medida el auténtico mensaje liberal sobre la necesaria distinción entre justicia y moral. Joseph Ratzinger ya ha expresado en numerosas ocasiones que: "Cristo no vence al que no se quiere dejar vencer. Él vence sólo por convicción. Él es la palabra de Dios", que "Dios quiere ser adorado por hombres libres" o que "Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos". Es decir, el mensaje católico no debe recurrir a la violencia para imponerse: "La verdad y el amor son idénticos. Esta proposición –comprendida en su profundidad– es la suprema garantía de la tolerancia; de una relación con la verdad, cuya única arma es ella misma y que, por serlo, es el amor".
La Verdad no tiene otras armas que la propia Verdad; el ser humano es libre para condenarse rechazando a Dios, la Iglesia sólo muestra el camino pero no obliga a seguirlo. No está en la naturaleza de la Iglesia convertirse en Estado y asumir sus funciones coactivas y antiliberales. Las palabras de Ratzinger, en este sentido, son iluminadoras: "Es muy importante no suprimir esta distinción: la Iglesia no debe erigirse en Estado ni querer influir en él como un órgano de poder. Cuando lo hace, se convierte en Estado y forma un Estado absoluto que es, precisamente, lo que hay que eliminar. Confundiéndose con el Estado, destruye la naturaleza del Estado y la suya propia".
Ni todos los liberales son católicos, ni todos los católicos son liberales. Pero es absurdo tratar de descubrir una incompatibilidad entre el catolicismo y el liberalismo. Por un lado, como ya observara Ratzinger en su "Introducción al Cristianismo", la libertad se halla en la base del catolicismo, hasta el punto de que podría renombrarse el cristianismo como "filosofía de la libertad". Por otro, el liberalismo no puede convertirse en un dogma moral; no nos impone decisiones, sino que faculta la elección voluntaria.
La libertad que defiende el liberal incluye el catolicismo entre sus elecciones morales, algo que nuestro autor parece incapaz de comprender.
De ahí que Laporta al comenzar su artículo descalifique la adscripción liberal de Rafael Termes por haber sido miembro del Opus Dei. Quizá si Laporta se hubiera pasado por las páginas de su "Antropología del Capitalismo", habría evitado este sumatorio de torpes errores publicado en El País: "Si queremos que el capitalismo dé sus mejores frutos desde todos los puntos de vista, no debemos intentar corregir coactivamente el funcionamiento del sistema, sino regenerar moralmente el entorno en el que funciona. Es decir, impulsar la mejora del sistema ético-cultural y de sistema jurídico-institucional para adecuarlos a una antropología basada en la naturaleza y valor del hombre, como ser racional y libre, con un fin propio que es, al mismo tiempo, inmanente y trascendente. Ésta es la antropología que necesitamos para que el capitalismo funcione también éticamente".
Aún hoy, el "antiliberal" católico Rafael Termes tiene esenciales lecciones que enseñar a algunos expedidores de carnés liberales.

 
Por Juan Ramón Rallo

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