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Políticamente... conservador

¿Es la pela o es el Volkgeist el fin del nacionalismo catalán?

“La pela es la pela" es uno de los tópicos más conocidos de este país para referirse al carácter avaro, materialista, interesado de los catalanes. Y como todos los tópicos, sólo sirve para falsificar o simplificar la realidad. Cualquier análisis sobre Cataluña acaba con el siguiente diagnóstico: el nacionalismo catalán es la tapadera para llevarse por delante el presupuesto nacional. ¡Qué inmenso error! Si fuera así de fácil…

 

Se echa a faltar análisis menos míticos y más empíricos, basados en el detalle diario de la política catalana de los últimos 25 años. No es serio reducir toda una sociedad a un rasgo único. ¡Como si en Jerez de la Frontera trabajaran por altruismo! Pero hoy más que nunca vivimos en un mundo de titulares y tópicos. En este caso, el tópico insultante deviene para el nacionalismo en un aliado inesperado. Mientras el resto de España siga creyendo en la avaricia de los catalanes, el nacionalcatalanismo avanzará sin levantar demasiadas sospechas. Me explicaré.

 

 

 

Es posible que el interés del catalanismo histórico tuviera como objetivo gobernar España para servir mejor a sus intereses económicos. La burguesía catalana necesitó siempre aranceles férreos para monopolizar el mercado español. De él nació, con él creció y sin él tendría serios problemas. Pero el pujolismo es otra cosa. Si el espíritu catalanista fue la disculpa entonces para asegurarse intereses, con Pujol es al revés: los intereses económicos son la disculpa para hacer germinar y extender el Volkgeist o espíritu nacional.

 

 

 

Es verdad que, si se repasan las líneas más gruesas de las relaciones comerciales entre Cataluña y el resto de España, se puede caer en la tentación del economicismo para explicar la continua queja del nacionalismo. Repasemos unas cuantas: en 1802 el Gobierno español prohíbe la importación de hilaturas para que la industria textil catalana no tuviera competencia en su incipiente industrialización. Los numerosos aranceles del siglo XIX a la importación textil preservaron el mercado español para el textil catalán, frente al más competitivo europeo.

 

 

 

Curiosamente, el despegue económico de Cataluña comienza con la liberación del comercio con América, a partir del Decreto de Nueva planta de 1716. Paradójicamente, firmaba ese decreto el rey más odiado por los catalanes: Felipe V, al que le achacan su frustración nacional. Y continúa con las políticas arancelarias de sucesivos gobiernos españoles, a lo largo del XIX y principios del XX, para preservar la producción de la industriosa Cataluña.

 

 

 

Cualquier empresario sabe que sin mercado no hay negocio; por eso mima al cliente y reconoce en él la fuente de sus ganancias. A ninguno de ellos se le ocurriría insultarlo, tratarlo con condescendencia, despreciarlo y, menos aún, prescindir de él. Sin embargo, el nacionalcatalanismo, hoy, hace todo eso o permite que otros lo hagan sin darse cuenta de que, gracias a España, Cataluña ha llegado a ser "rica y plena".

 

 

 

¿Se ha vuelto loca la burguesía catalana? ¿Han encontrado otros mercados, o están en disposición de hacerlo? Ni una cosa ni la otra. Más bien han caído de lleno en los ensueños románticos de un cura frustrado en pos de un Dios pagano: la nación. Me refiero a Pujol. No es ni raro ni único: múltiples sociedades han pasado por trances étnicos parecidos.

 

 

 

Quedó claro una vez más a propósito del boicot al cava catalán. Pujol pidió cordura, pero advirtió a los empresarios de "que Cataluña no puede aflojar" por lo del boicot. Él, que predica en la capital del reino que España y Cataluña se necesitan, asume los daños colaterales de su sueño. Al fin y al cabo, la nación es eterna; las cuitas económicas de un período histórico, circunstanciales.

 

 

 

Su última entrevista en el programa de TV3 De la nit al dia nos refrescó esa pesadilla, como quien no quiere la cosa, dando una lección magistral a los estridentes tripartitos. Allí apareció el gran brujo con la insufrible retahíla de lamentos victimistas. Ni Maragall ni Carod Rovira pueden generar ese sentimiento de frustración virtual con el que siempre nos acosó, y ahora, con el contraste de su ausencia, te das cuenta de por qué es el gran brujo nacionalista. Su sola presencia y cuatro insinuaciones hicieron surgir todos los fantasmas lastimosos con que nos ha desarmado moralmente durante las últimas tres décadas: nuestra patria es pequeña y desgraciada, no quieren entendernos, el pueblo catalán ha de estar unido porque los enemigos de fuera son muy poderosos, pero nuestra voluntad de ser persistirá…

 

 

 

El dichoso pueblo elegido. Era como tener la sensación de que todos le debemos algo, aunque no se sepa el qué. ¡Qué hartazgo llorón, qué iluminismo insufrible, cuánta perversión política! Por delante de la pantalla pasaron 23 años de acoso moral a la sociedad y construcción nacional.

 

 

 

Durante ellos ha habido suficientes hechos como para darse cuenta de que Pujol no es un pesetero, sino un místico, un elegido en busca de su Ítaca con barretina. O dicho de otro modo, no desatiende la pela, pero ésta no es el motor de su sueño. Veamos:

 

 

 

– Ha tenido varias oportunidades para ser ministro. No sólo no lo fue, sino que impidió que lo fuera cualquiera de los suyos. El propio Aznar le llegó a ofrecer la presidencia del Gobierno español. Una apuesta fingida, sin duda, pero Pujol ni se dignó valorarla.

 

 

 

– Desde que llegó al poder ha abierto sedes catalanas en varios estados del mundo. Cuestan mucho dinero, pero es una inversión de futuro. La red de embajadas no se improvisa.

 

 

 

– Creó TV3 con los mismos canales que la televisión pública española. Cuesta mucho dinero, pero es imprescindible para construir una conciencia nacional catalana. Cualquiera que se haya acercado a sus estudios en Sant Joan d'Espí se habrá dado cuenta de que está física y psicológicamente mejor protegida que un cuartel militar. Muros alambrados, circuitos cerrados de televisión, imponentes medidas de seguridad. Es más fácil asaltar la cárcel Modelo de Barcelona que el recinto amurallado de TV3. Cada cual da importancia a las armas de que dispone.

 

 

 

– Subvenciona medios de comunicación escritos y audiovisuales con la determinación de quien compra voluntades. La realidad virtual que imponen sus sueños necesita unanimidades. Podría haber invertido todos esos dineros en incentivar la inversión, la producción, las infraestructuras, la mejora de la seguridad social, pero ha preferido hacerlo en la construcción nacional.

 

 

 

– La red de asociaciones, fundaciones, cursos, congresos, campañas, etcétera, destinadas a promocionar "la lengua propia de Cataluña" es tan escandalosamente amplia y cara que, si se destinara a educación y sanidad de verdad, las escuelas catalanes podrían disponer de un ordenador por alumno, y los hospitales afrontar las nuevas necesidades sanitarias de la inmigración. Si la pela fuera el fin último de su política, procuraría utilizar los recursos de la escuela para crear jóvenes competentes y competitivos en el mercado laboral. Pero de todo el conocimiento sólo le importó si utilizaban el catalán en lugar del castellano. Ya saben, una nación, una lengua. El Volkgeist.

 

 

 

– Rechazó el trasvase del Ebro para cubrir las necesidades de agua del área metropolitana de Barcelona por el del Ródano francés. No quiere dependencias de recursos españoles: es un inconveniente para la independencia nacional futura.

 

 

 

– Y lo que es más importante, la escuela. La conmemoración del milenario de Cataluña en 1992 constituyó la mayor metáfora de su misticismo. Con él cuajaron definitivamente todos los mitos, tergiversaciones, silencios interesados para borrar de la memoria hechos históricos inconvenientes, mentiras y exageraciones con los que tratan de romper los afectos con el resto de España. Si colaba esa patraña, colaban todas. Como así ha sido.

 

 

 

Hoy ya existe una generación y media de catalanes que odia a España. Es un odio irracional, basado en estímulos conductistas; la imagen de la bandera española los dispara, la misma palabra "España" les legitima para ser groseros, impertinentes o violentos, y todo con una autosuficiencia moral que da miedo. Son jóvenes monocultivados, envueltos en barras y estrellas con un horizonte independentista maravilloso. Es la clásica generación con un sueño. Tras ese sueño adivinan paraísos de leche y miel. Al fin y al cabo, la puta España tiene la culpa de todo.

 

 

 

Estos sentimientos ya no provienen de estrategias negociadoras para conseguir más presupuestos de la tarta del Estado: han nacido del resentimiento de un personaje menor. Fue él quien puso Banca Catalana al servicio de ese sueño nacional; le importó más la enciclopedia catalana que la cuenta de resultados o los accionistas. Y la hundió y no le importó, y cuando Felipe González quiso meterle en la cárcel llamó a rebato nacional y venció.

 

 

 

Ahora gobiernan sus discípulos. ¿Creen que les importa que sea su política nacionalista excluyente la peor tarjeta de visita para que triunfe la OPA de Gas Natural a Endesa? En absoluto. Si fuera una cuestión de pelas habría otras formas más amables de atraerse la voluntad del resto de españoles. Pero a los más radicales no les interesa ser amables, sino abrir una zanja sentimental entre Cataluña y España. ¿Acaso creen que las declaraciones humillantes que hace Carod contra España son fruto de una mente estúpida o enloquecida? No, trata de soliviantar y hacerse odioso para que el resto de españoles desaten su furia contra Cataluña y así poder él referenciar ante los suyos lo detestables que son los españoles.

 

 

 

Es verdad que el tinglado nacional es hoy tan enorme que decenas de miles de personas viven ya exclusivamente del cambalache y, aunque sólo fuese por seguir agarrados a la teta, serían capaces de cambiarse el nombre por conservarlo. Pero son sólo una consecuencia, no una causa. Ésta debe ser buscada en décadas de mentiras, en resentimientos largamente macerados por humillaciones reales y fingidas, en odios vehiculados a través de programas de TV3, Cataluña Radio, el Triangle o el Avui; con la colaboración de maestros y libros de texto; mediante retransmisiones deportivas sesgadas y aduladoras de los peores instintos gregarios y a través del Barça, esa selección de la República catalana que centrifuga andaluces y gallegos y los saca nacionalistas.

 

 

 

Estamos ante el nacimiento de una nación a través de una guerra de propaganda y manipulación de sentimientos. Es la amígdala, ese centro cerebral de las emociones y los instintos tribales, quien dirige hoy los fines nacionales de Cataluña. Es la casa del Volkgeist, lugar de ritos y mitos irracionales, de hordas y fanatismos.

 

 

 

Hoy Cataluña es un aquelarre, no una fábrica. Y contra eso no se puede razonar ni, posiblemente, luchar. Ahí tienen el ejemplo contemporáneo del terrorismo islámico. No sería suficiente todo el oro del mundo para comprar a los suicidas de Al Queda: lo hacen gratis, en nombre de Alá, una fuerza que nace del espíritu.

 

 

 

Un fantasma recorre España: el nacionalismo. Es una fuerza espiritual circunstancialmente vestida con harapos económicos. Hoy, en España el paro o el desastre educativo, la desintegración familiar o los programas basura de la televisión no movilizan fuerza alguna, pero dos ciudades enteras, Sevilla y Vigo, se echaron a la calle hace unos años ante la amenaza de que sus equipos bajaran a Segunda por no pagar los atrasos. A esa fuerza me refiero, la de las emociones, la de los sentimientos inflamados, la irracional. Cuando prende, nadie la para. Su mayor aliado es la indiferencia ciudadana, la ceguera intelectual ante su amenaza o el desprecio de su fuerza.

 

 

 

Pronto sustituirán a los actuales gobernantes las generaciones amamantadas en el resentimiento por una nación ocupada. La caja de Pandora espera, impaciente, la promesa del pueblo elegido.

 

 

 

Ese sueño lo alimentan cada día con lamentos y nuevas frustraciones. Material del espíritu: símbolos, senyeras, fútbol, quejas. Por eso, el peor error que podrían cometer nuestros gobernantes ahora sería cederles las selecciones deportivas.

 

 

 

Si Alemania o Francia tienen un sentimiento nacional profundo se debe fundamentalmente a su participación en las dos Grandes Guerras del siglo XX. Nada unió nunca tanto a los españoles como la Guerra de la Independencia. Esos tiempos de tragedia unen a la gente ante el enemigo, pero hoy no hay otro enemigo que el deportivo. Es en el fútbol, y en general en las competiciones deportivas, donde se pueden expresar legalmente sentimientos y pasiones por los colores o los símbolos y donde se permiten exabruptos, insultos u odio al rival.

 

 

 

Dadles las selecciones y España habrá dejado de existir como sentimiento colectivo. Representar un enfrentamiento España-Cataluña de fútbol sería la demostración inapelable de sus diferencias nacionales. Nadie podría ya coser esa fractura. Deshilachar el resto sólo sería entonces cuestión de tiempo.

 

Por Antonio Robles

 

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 19 de abril de 2006.

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