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Políticamente... conservador

El seudofeminismo almodovariano

Me encantaría hablar alguna vez de cine. Pero no puedo porque cada vez que voy al cine me encuentro con otra cosa. En este caso, con Almodóvar. Con una película titulada Volver, en la que una Penélope Cruz pretendidamente disfrazada de Anna Magnani –para que al público no le queden dudas, hay una cita explícita en una tele, tele dentro del cine– canta el tango homónimo en versión seudoflamenca con la ostensible intención de que las cenizas de Gardel –el hombre murió quemado– den unas cuantas vueltas en su tumba.
Confieso que me he visto sorprendido desde el principio, cuando apareció en la pantalla el sello del Ministerio de Cultura, no después del detalle de los productores privados y la consabida frase "con la ayuda de", sino antes, como anunciando que lo que se va a presenciar es un producto oficial. Y lo es.
 
Permítanme un apresurado resumen del argumento, para los lectores que no la hayan visto. Penélope Cruz vive con un señor y con la que se supone es hija de ambos. Penélope Cruz ha perdido a sus padres en un incendio. Hasta ahí todo bien. Pero empiezan a ocurrir cosas: el señor que vive con PC intenta violar a la hija que se supone de ambos y la chica, una adolescente, lo repele con un cuchillo y lo mata. Mientras esto ocurre, él le dice que no es su padre. La niña le cuenta lo ocurrido a su mamá, PC, y ésta se ocupa de hacer desaparecer el cadáver: finalmente, el asesinato quedará impune, nadie descubrirá el cuerpo del delito.
 
Entre tanto, la madre de PC, de la que todo el mundo cree que ha muerto en el incendio con su marido, reaparece en la vida de su hija. No ha muerto, ha quemado vivos a su marido y a la amante de éste y se ha largado. No lo ha hecho como mujer despechada ni para castigar el adulterio, sino porque el padre de PC, su marido, ha abusado de su hija: la niña que acaba de matar a su supuesto padre descubre que es fruto de una violación, para colmo incestuosa, y que es hija de su abuelo y hermana de su madre. Desde luego, pasan muchas cosas más en el proceso, pero lo esencial es lo que acabo de contar.
 
Hay tres papeles masculinos con letra (brevísima): el padrastro muerto (un hombre que, bien o mal, se ha casado con una mujer embarazada), el propietario de un bar que PC usurpa sin mayores cargos de conciencia y un cliente de ese bar que dice dos frases. Los demás son papeles femeninos. De las tres protagonistas, dos, la hija y la madre reaparecida de PC (Carmen Maura), han matado cada una a un hombre entregado a los abusos deshonestos, que, al parecer, son el deporte favorito de los varones. La tercera, PC, es cómplice activa de su hija y comprende perfectamente a su madre porque el abrasado ha sido su propio padre incestuoso.
 
Almodóvar, naturalmente, conoce algunos principios elementales de su oficio, pero los elude sin vacilar. Así como no se siente obligado, en su papel de narrador, a respetar el principio de verosimilitud (la historia se sostiene con dificultad y choca con evidentes imposibles), no se siente ligado a la idea de generalización que tan bien explicó en su día Bertolt Brecht: si en una obra (o película) hay un solo personaje judío y es el malvado, la obra es antisemita; si en la obra hay varios personajes judíos y son todos indeseables, la obra es antisemita. De modo que si en la obra hay sólo dos personajes masculinos y son archimalvados, violadores, estupradores e incestuosos, la obra es misándrica e intenta convencer de que todos los hombres (en el film, ése es el universo masculino) son como los que en ella se pintan. Y si en la obra la mayoría de los personajes femeninos son asesinas, sus crímenes quedan impunes y, además, son justificados por el narrador fundándose en el horror de la condición masculina, la obra es filogínica, falsamente feminista y, nuevamente, misándrica.
 
Pero resulta que eso mismo –y permítaseme atribuir un pensamiento a un colectivo, como licencia sintáctica– es lo que piensa el Gobierno del presidente de la sonrisa, y para eso ha creado una ley de igualdad que finalmente es de desigualdad: los varones son el depósito de lo peor, y todo lo peor se expresa siempre como violencia; las mujeres son la expresión de todo lo opuesto (y mejor), y son siempre víctimas de los varones. Hay quienes, atosigados por los telediarios y la prensa basura, que cada día dedican al tema una porción de palabras, dan por buena esta teoría, y si alguien dice lo contrario lo rebaten con un argumento ad hominem, tildándole de machista aunque ese alguien sea mujer.
 
Fundándose en tan peregrina concepción del mundo, de los sexos y de los géneros, el Gobierno ha conseguido abolir de hecho en la legislación española la noción de ciudadano, instaurando dos categorías, los ciudadanos y las ciudadanas, con diferentes derechos y deberes. Dado que tal cosa es tan insostenible como manifiesta, y pueden quedar almas cándidas capaces de discutirla, hay que dotarla de forma cultural y social, generando un arte que la cuele en las cabezas de la plebe, que para eso están Carmen Calvo y los numerosos almodóvares dispuestos a colaborar con ella en labores de agit-prop. Nada de esto es nuevo, pero pocas veces el resultado ha sido tan penoso como en Volver, donde cada vez que un hombre muere en forma violenta, una mujer se libera. Sin cargos de conciencia.
 
Tenemos los datos objetivos: hay muchas muertes de mujeres a manos de varones, más que de varones a manos de mujeres. Eso es lo único cierto, y no hay por qué traducirlo en: 1) las mujeres tienen un derecho de venganza e impunidad del que no tienen por qué gozar los varones (o: los negros tienen un derecho de venganza e impunidad del que no tienen por qué gozar los blancos); 2) una legislación diferencial que, por un mismo crimen, castigue muchísimo menos a la mujeres que a sus conciudadanos varones; 3) la idea de que todos los varones son malvados violadores estupradores incestuosos y, en cambio, ninguna mujer es nada de eso. Chesterton decía que un error es una verdad que ha perdido la razón.
 
Lo de Volver es un alegato a favor de las tres falsas conclusiones que enumero en el párrafo precedente a partir de la constatación de que hay más hombres que matan mujeres que al revés. Al menos, mediante la acción violenta. La tragedia de la historia de Almodóvar, no obstante, no es que esos hombres de los que él se vale para explicar la maldad del colectivo masculino no existan (existen, pero son minoría), sino que esas mujeres que matan y celebran no existen en absoluto, ni como mujeres ni como seres humanos, porque no existe persona que mate sin inmutarse, sin trauma ni limitación, a menos que se trate de un sociópata peligroso que rara vez queda impune.
 
Y lo curioso es que hay críticos que se extasían escribiendo hiperbólicos elogios del conocimiento del alma femenina que posee el director manchego. Si el alma femenina es la de estos personajes, hay que pensar en deshacerse de algunos libros de García Lorca, de Chejov, de Ibsen o de Lawrence Durrell, en los que la creíamos reflejada. Y no digamos nada del alma masculina. Al final, sólo nos quedará el paradigma moral de Aníbal Lecter.

 

 

 

Por Horacio Vázquez-Rial
 
Libertad Digital, fin de semana, 22 de abril de 2006
 
vazquez-rial@telefonica.net
www.vazquezrial.com
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