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Políticamente... conservador

A los obispos españoles

A los obispos españoles LEO algunas de las vilezas que un locutor de la radio de los obispos ha dedicado en su programa al director de este periódico: «Detritus», «escobilla para los restos», «miserable», «pobre enfermo», «despojo intelectual». Decía Cernuda que los insultos son «formas amargas» del elogio; y, desde luego, según quien los profiera pueden considerarse incluso timbres de gloria. De José Antonio Zarzalejos, como hombre que es, seguramente podrían predicarse algunos defectos; pero, desde que asumiera la dirección de ABC, se ha esforzado por preservar y aquilatar uno de los rasgos distintivos de este periódico centenario, que no es otro sino la defensa de los valores cristianos, «faro de civilidad» para España, como resaltaba el cardenal Bertone en la entrevista que nos acaba de conceder y como el propio Zarzalejos se encargaba de glosar en su Tercera de ayer. Esta vindicación de los valores cristianos no la hace Zarzalejos de modo retórico o puramente formulario: la hace porque cree en ellos, porque defiende su vigencia y estima la fuerza irradiadora y benéfica que siguen ejerciendo sobre la sociedad española; la hace porque forman parte de su genealogía espiritual, que es la misma de este periódico.

Desde hace años, la radio de los obispos ampara la sórdida campaña denigratoria que uno de sus locutores mantiene contra José Antonio Zarzalejos. Una campaña sostenida sobre sugestiones propias de la propaganda más manipuladora que ha causado enorme quebranto a este periódico; y, pese a todo, seguimos donde estábamos, defendiendo los valores cristianos en los que creemos, mientras nos llueven las bofetadas. A los obispos españoles les atañe una grave responsabilidad: están permitiendo que caigan el baldón y el desprestigio sobre quienes cada día nos partimos la cara por defender unos valores de los que se supone que ellos son custodios; están permitiendo (y esto es aún más estremecedor) que el odio perlado de espumarajos de alguien que jamás ha defendido esos valores -sino que cada día los refuta y contribuye activamente a que su influjo sobre la sociedad española sea cada vez menor- se propague desde los micrófonos de una emisora cuya principal misión debería ser evangelizadora. A la vez, están promoviendo a una derecha sin Dios cuyo ascenso causará a la Iglesia española aún más calamidades que las que hoy le causa el clima de relativismo progre imperante: una derecha cínica de la que ya ha desertado cualquier atisbo de humanismo cristiano; una derecha igual de laicista, desdeñosa de la dignidad de la vida y permisiva en lo moral que la izquierda más cochambrosa, pero con el agravante de que esta derecha que los obispos están contribuyendo a encumbrar traerá, además, la impiedad del neoliberalismo más crudo.

¿Por qué los obispos no ponen al frente de sus programas a periodistas católicos, que combatan los males de nuestro tiempo desde presupuestos acordes con la doctrina de la Iglesia? La falta de confianza en esos periodistas -que, sin duda, existen- denota, a la postre, falta de confianza en Quien los inspira; y esta falta de confianza constituye un pecado gravísimo, del que los obispos tendrán que rendir cuentas algún día. Entretanto, los obispos están dejando escapar la ocasión de brindar a la sociedad española, junto a la condena del estado de las cosas, una alternativa ilusionante fundada en el Evangelio, una alternativa que traiga esperanza a la sociedad española, y no el aciago encono que en ella se está enquistando. Un encono que halla una de sus expresiones más irracionales y energúmenas en los vituperios lanzados desde la radio de los obispos contra este periódico, defensor de los valores cristianos, y contra la persona que lo dirige, José Antonio Zarzalejos, gracias a quien todavía un bradomín como yo puede seguir manteniendo un rincón de papel y tinta para defender a la Iglesia.

Señores obispos: vuelvan a leer los denuestos que figuran el principio de este artículo; sospecho que los sayones que se ocuparon de zaherir a Jesús no se emplearon con mayor saña. Aunque también sospecho que el dolor más amargo no se lo causaban a Jesús los sayones que lo zaherían, sino el que los suyos no lo hubiesen conocido. Y ese mismo dolor es el que en ABC sentimos cuando comprobamos que ustedes siguen amparando tanta vileza.

 

JUAN MANUEL DE PRADA (www.juanmanueldeprada.com)

ABC, 12 de noviembre de 2007

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