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Políticamente... conservador

¿Libertad de pensamiento?

Como la nada es indeterminable, vacía, el pensamiento fundado en ella es irresponsable y la irresponsabilidad una causa muy concreta de la anomia de las sociedades y del desgobierno. Así, para el pensamiento único nihilista imperante en las sociedades occidentales a partir de 1968, nada es verdadero y todo es posible, todo vale, todo es lo mismo, lo único real son los hechos, cualquier hecho es un hecho cultural igual a cualquier otro, todo es igual a todo, no hay nada firme y seguro. La estética, la moralidad, la religión, el derecho, la economía, la política, etc., son eminentemente subjetivos, a la carta, aunque quien sólo conoce su propia opinión y se aferra a ella no conoce gran cosa. Nunca se habría alcanzado una mayor libertad, pues lo privado, incluida la intimidad, para no ser sospechoso, ha de hacerse público. Todo eso constituye aparentemente la apoteosis de la libertad de pensamiento.
Sin embargo, la libertad de pensamiento del pensamiento único nihilista pone un límite a la libertad de expresión, la libertad de hablar y escribir. La oposición a esa libertad de pensamiento es anticuada, reaccionaria y debe ser omitida, ridiculizada, excluida o sancionada. Sólo se puede defender e imponer lo que siga el método de razonamiento neutral, pacifista, fundamentado en la indiferencia, pues lo que lo contradiga o se desvíe no es neutral sino belicista: el subjetivismo nihilista tiene así sus dogmas y prohíbe expresar la disconformidad con su método y con lo que difunde su unilateral pensamiento igualitarista. La censura política y social, incluso penal, cae implacable contra quien se aparte de esa línea pacifista, y los disconformes han de utilizar un lenguaje críptico, o de medias verdades concediendo de antemano que su crítica u oposición es sólo una relativa excepción a tener en cuenta. Dos ejemplos obvios: se puede defender públicamente con ardor el comunismo estalinista, pero no el racismo nacionalsocialista, aunque ambos son antecesores del pensamiento nihilista; se puede defender la homosexualidad con sus consecuencias y exhibiciones, mas resulta peligroso criticarla sin las debidas precauciones.
Tanto ha penetrado el nihilismo, que la libertad vacía del pensamiento nihilista se autoidentifica con el pensamiento democrático y hay ya una prohibición tácita -a veces expresa- de apelar a la libertad de conciencia. Como ésta siempre distingue entre el bien y el mal, no es neutral. La libertad de conciencia resulta ya casi tan extraña y provocadora como la apelación a la realidad o al sentido común, destruido por el nihilismo. No sólo de la tarea de escribir se puede decir que quien escribe se proscribe; también el decir normal, corriente, incluso coloquial, corre el riesgo de ser interpretado como agresivo a la sensibilidad pública. El pensamiento único nihilista ha sensibilizado tanto a las sociedades europeas que han perdido el sentido de la verdad y la realidad de las diferencias. Tocqueville descubrió en el siglo XIX una nueva forma de tiranía, la tiranía democrática, que Stuart Mill, más optimista, prefería llamar tiranía de la mayoría. De este último es el famoso párrafo: «Si toda la especie humana no tuviera más que una opinión y solamente una persona tuviera la opinión contraria, no sería más justo el imponer silencio a esta sola persona, que si esta sola persona tratara de imponérselo a toda la humanidad, suponiendo que esto fuera posible».
Tocqueville, Stuart Mill y muchos más, han visto en la tiranía de la opinión el mayor mal que amenazaba a las sociedades occidentales al paralizarlas, como está sucediendo, con el conformismo. Sin embargo, ninguno, salvo quizá Nietzsche, pudo pensar que esa tiranía -la tiranía totalitaria- llegaría a asentarse en opiniones fundadas en la nada. Creían que el mejor antídoto era la ilimitada libertad de pensamiento y expresión. No imaginaban que la libertad de pensamiento pudiera volverse contra sí misma y alcanzar el poder de aniquilar también la libertad de conciencia al oponerle dogmáticamente la del pensamiento.

Por Dalmacio Negro Pavón

La Razón, octubre de 2002

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