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Políticamente... conservador

Que va oliendo a Resistencia

Me lo contaba un cura este domingo: se acaba de legalizar la clonación terapéutica. El PSOE ha despreciado las enmiendas introducidas por el PP en el Senado, de manera que la Ley de Reproducción Asistida (vulgo tráfico de embriones) vuelve a su objetivo inicial. Como andábamos todos con la atención distraída por la bronca parlamentaria, los estragos del Estatut y el timo de las estampitas, apenas nadie ha caído en la cuenta del suceso. Y también ha pasado casi desapercibido –no para mi cura- ese disparate de la Diputación General de Aragón que pretende conceder a las menores de edad el derecho a abortar sin el consentimiento de los padres de la niña. El gobierno aragonés incluye esta medida dentro de una ley llamada "del Derecho de la Persona". Qué cuajo, carajo.

Con todo, lo peor es que semejante marejada nihilista se está asentando en medio de una cierta indiferencia. Se diría que no hay nadie con voz suficiente para plantar cara. Ese papel debería corresponder a la oposición parlamentaria, pero ésta anda muy ocupada en otras cosas. Esta semana la veíamos en vehemente protesta por ese asunto de las detenciones ilegales. ¿Bronca callejera? ¿Barricadas incendiarias? ¿Asalto de ministerios? ¿Manifestaciones ante Ferraz? No, no: simplemente, una gamberrada en las Cortes. En esta actitud del PP hay algo tristemente cómico, como aquella vez que ese muchacho tan formalito, el primero de la clase, espejo de virtudes burguesas, hizo una pintada en el retrete y pasó a considerarse un audaz subversivo. No es más decente, por cierto, el malestar de los medios "moderados" ante este episodio, que juzgan inconveniente para el buen orden parlamentario: esos prudentes opinadores son el tipo de hombre que asiste a una matanza y sólo se preocupa porque la sangre ensucia la alfombra. El glosario popular tiene un nombre para ellos: "cagapoquito".

Como tampoco hay una oposición civil vertebrada, la única institución en condiciones de responder es la Iglesia. A muchos nos podrá resultar incómodo que el debate social, en España, lo protagonicen las sacristías, pero las cosas son como son: fuera de los ámbitos católicos, parece no haber nadie con criterio –ético, filosófico, social- para mantener la cabeza en su sitio. Y esto, seguramente, también forma parte de la enfermedad general.

Conviene no perder de vista dónde estamos: nos encontramos ante un profundo proceso de transformación de la sociedad española en su sistema político y en sus principios éticos. En ambos frentes, el zapaterismo pretende trastocar las cosas sin el necesario consenso social. Si va ganando –y nadie dude que así es-, ello se debe sobre todo a la incapacidad de quienes deberían oponer resistencia.

- ¿Y qué puedo hacer yo? –pregunta el ciudadano desbordado por la marea.

Hablar. Mucho y en todas partes. Que nadie calle. No hay resistencia más inútil que la del disidente mudo.

(Y si hablar no basta, habrá que actuar).

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 15 de mayo de 2006
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