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Políticamente... conservador

La roca del amor total

El pasado fin de semana, el Papa ha confirmado su presencia en Valencia, el próximo mes de Julio, para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias, un evento que podemos calificar de profético en la medida en que anunciará a los cuatro vientos la verdad sobre la familia, cada día más oscurecida en la conciencia social. El anuncio del Papa se producía a los pocos días de presentarse en el Parlamento Europeo un demoledor informe sobre la evolución de la familia en Europa, elaborado por el Instituto de Política Familiar (IPF).Todos los parámetros manejados por el informe (caída de la nupcialidad, aumento vertiginoso de las separaciones y divorcios, disminución del tamaño de los hogares, nacimientos fuera del matrimonio, frecuencia del aborto, etcétera) indican que la familia transita en Europa por una estación gélida, e incluso hacen pensar que hay extensas franjas de la sociedad europea en las que se haya en trance de desaparecer como tal. Por supuesto esto no es fruto de la casualidad, ni siquiera es fruto de una simple degeneración natural. Con todas las matizaciones y diferenciaciones necesarias, no es exagerado decir que este panorama es el resultado de la difusión de una cultura anti-familiar promovida por poderosos grupos mediáticos, unida a una política suicida de los gobiernos, que han abandonado la tutela de la familia como parte esencial del bien común. Y por supuesto, este proceso de disolución de la familia camina de la mano de la secularización galopante que experimenta la sociedad europea.Por todo ello, el Encuentro de Valencia no puede ser una cita convencional, sino un verdadero aldabonazo en las conciencias. En un reciente discurso dirigido a los miembros del Instituto Juan Pablo II de estudios para el matrimonio y la familia, Benedicto XVI ha subrayado que "sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer, es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres". Ciertamente, la crisis moral y educativa que aflige a las sociedades occidentales es inseparable de la disolución de la familia basada en la unión fiel entre hombre y mujer, y abierta a la transmisión de la vida. En este terreno estamos recibiendo el último reflujo de la marea del 68, con su designio de "matar al padre". La familia ha sido vilipendiada y acosada por la cultura radical, que ha llegado a convertirse en dominante en amplios círculos europeos. Los frutos están a la vista. El "amor débil", por utilizar las palabras del Papa, que caracteriza a otras formas de convivencia hoy equiparadas a la familia, es incapaz de rendir frutos de cohesión social, de transmisión de sentido, de generación de comunidad estable. Occidente pagará una factura muy elevada por este sinsentido que muy pocos se atreven a denunciar.Pero por supuesto, las denuncias no bastan cuando se ha oscurecido hasta tal punto la conciencia, cuando se ha perdido el rastro y el gusto de toda una forma de vida. La Iglesia no puede cansarse de presentar la verdad de la familia, aunque sea contra la corriente de la cultura dominante. Pero no puede convertir esa presentación en un mero elenco de valores abstractos, sino que debe saber mostrar la correspondencia de su propuesta con la espera del corazón humano, tal como intuyó genialmente Juan Pablo II. En este campo es especialmente necesario abandonar la pura trinchera y lanzarse al encuentro del drama de los hombres y mujeres de nuestra época: partir de su oscuridad y de su incapacidad, escuchar su grito de insatisfacción, acompañar su búsqueda tumultuosa, para conducirles a la gran promesa del amor cristiano.Benedicto XVI ha señalado una conexión muy interesante entre la nueva evangelización y la recuperación del matrimonio y de la familia: del mismo modo que la destrucción de ésta se ha producido en el contexto de la descristianización, su recuperación sólo será posible, en términos sociales, en un contexto de nueva atención a la propuesta cristiana. En el inmediato futuro, la Iglesia será más que nunca una red de familias que se sostienen en la vida diaria, desde el juicio necesario para situarse en el mundo, pasando por la educación de los hijos, hasta la construcción de espacios comunitarios diversos. De esta forma, las familias cristianas constituirán un reclamo de indudable belleza para un mundo aterido de soledad y de olvido. Valencia tiene que ser la ocasión de tomar conciencia de todo ello.

Por José Luis Restán Libertad Digital, suplemento Iglesia, 18 de mayo de 2006
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