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Políticamente... conservador

La lección canadiense

La lección canadiense Cómo se pueden ganar las elecciones con un programa conservador aprovechando las políticas de la izquierda. Las contradicciones del Partido Popular ante el cumplimiento de la Transición  

El 6 de febrero de 2006 se ha constituido el nuevo gobierno canadiense de la mano de Stephen Harper, candidato del Partido Conservador, a pesar de que las elecciones no le hubieran otorgado la mayoría absoluta. Con su victoria ha sido derrotada una izquierda que gobernó durante trece años y ha sido confirmado – a ejemplo de las presidenciales americanas de 2004 – que es posible ganar unas elecciones con un programa neoconservador en política exterior (esto es, conscientes que las fronteras de Occidente se defienden interviniendo allí donde se presentan los peligros) y de “conservadurismo compasivo” (defensa de la vida, de la familia, de la identidad e historia nacional, principio de subsidiariedad, etc.) en política interior.

A menudo se considera a Canadá más próximo a Europa que a Estados Unidos, y de hecho en el 2005 fue aprobado el “matrimonio” homosexual cuando en 2004 el mismo fue rechazado por mayorías abrumadoras en once Estados de los Estados Unidos. Sin embargo, los sondeos demuestran que en Canadá (como en España) un número importante de electores no aprueba la unión “matrimonial” entre personas del mismo sexo. El punto ha sido uno de los temas de la campaña electoral del Partido Conservador y Harper ha anunciado que solicitará la abrogación de la ley. Quizás en el parlamento no hay la mayoría necesaria para su abrogación, lo cual, con toda probabilidad, le obligaría a pasar a una segunda fase, esto es, a convocar un referéndum popular.

Por otra parte, también han fracasado las maniobras para presentar a Harper como un meapilas manipulado por las denominaciones evangélicas más conservadoras cuando ha anunciado que no modificaría la ley del aborto, sino que trataría de aplicarla también en las partes que prevén medidas preventivas y disuasorias con el fin de reducir el número de abortos en lugar de multiplicarlo. Lo cual, a pesar de dejarme cierta insatisfacción ya que considero el aborto como un crimen abominable – cuando no como un auténtico genocidio digno de un severísimo Juicio de Nuremberg –, representa un primer paso hacia un cambio de actitud respecto del aborto: ya no es una “conquista civil”, sino un mal que hay que tolerar, y en la medida de lo posible, evitar. Ello sin contar las muchas víctimas inocentes que se conseguiría salvar si de verdad hubiera un compromiso serio y firme de utilizar todos los recursos que la ley ofrece para prevenir y/o disuadir, y para castigar los abusos y las ilegalidades (nuestras clínicas abortistas nos aleccionan al respecto...).

Repito: no es nada más que un primer paso en la justa dirección ya que la batalla a favor de la vida ha de proseguir hasta que el aborto en todos sus supuestos sea una mala pesadilla de la historia.

Otro de los problemas que ocupó el centro de la escena durante la campaña electoral canadiense fue el de la inmigración y el de la multiculturalidad. Canadá vive de inmigrantes y está orgullosa de la pacífica convivencia entre culturas distintas, las cuales, a pesar de sus diferencias, hallan en la identidad nacional canadiense su elemento de unión. La izquierda, sin embargo, ha confundido el recurso de la multiculturalidad, que es antes que nada un hecho, con la ideología de un multiculturalismo exasperado, según el cual todos los sistemas de valores – ya sean o no conformes a la historia y a la Constitución del país – tienen que ser acogidos sin más.

El símbolo de este multiculturalismo exasperado ha sido la ley de la Provincia de Ontario que permitía a los cónyuges musulmanes que lo desearan remitir las controversias en materia de derecho familiar a tribunales coránicos que aplicarían la ley islámica. La ley ha sido paralizada por el veto del gobernador de Ontario, pero ha sido merced a estas “escapadas” multiculturalistas de la izquierda que Harper ha jugado inteligentemente su partida proporcionando una sonora derrota a la izquierda.

Una lección esta última que sirve también para España, donde temas como los “matrimonios” homosexuales, la jurisprudencia sobre las uniones civiles, las políticas anti-vida, el proyecto social-comuno-nacionalista de destrucción de la unidad histórica, cultural y religiosa de España, las políticas sesentayochistas y multiculturalistas en tema de islam e inmigración, etc., merecerían toda la atención por parte del partido de la oposición, en lugar de la indecisión, ambigüedad y confusión que está demostrando.

No basta, por ejemplo, con oponerse tibia y contradictoriamente a los Estatutos “nacionales” de las varias regiones de España (cuando al mismo tiempo sus representantes elaboran o aprueban otros que son un calco de los criticados), o presentar en el último momento un recurso al Tribunal Constitucional – sin la firma del presidente del partido – contra el “matrimonio” homosexual (mientras – sólo por poner un ejemplo más de los muchos que se podrían poner – dirigentes homosexuales regionales y nacionales se “casan” con el beneplácito y/o silencio de las direcciones locales y nacionales).

Ello, sin contar la contradicción que representa tener como único referente a la Constitución vigente, cuando es precisamente esta última la que con sus ambigüedades, sus contradicciones (España como Patria indivisible de los españoles acompañada por el reconocimiento de “nacionalidades”...), sus silencios (ni una palabra sobre la imposibilidad de entender y vivir España sin la referencia obligada al Catolicismo y a la Iglesia, ni tampoco sobre la necesidad de blindar los derechos fundamentales de la persona empezando por la defensa de la vida, en todas sus fases, y el reconocimiento de la familia tradicional – única posible – como cimiento de la sociedad), etcétera, representa el punto de encuentro de todos los errores que se han dado cita (por la ingenuidad – por no utilizar otra palabra más fuerte, que aunque reconocida por la Real Academia, mal se adapta al estilo sobrio de esta publicación... – el oportunismo, las derivas ideológicas de los procuradores franquistas y el revanchismo de otros) en la reforma-ruptura que ha dado lugar a la conocida como “Transición”.

Pues bien, hasta que el Partido Popular no se decida abandonar el vacío doctrinal que le aboca al suicidio en el nuevo régimen social-comuno-nacionalista que da cumplimiento cabal a la “Transición” (no cabe olvidar que la primera transición fue sólo un apaño temporal para llegar a la actual fase, verdadero objetivo de las izquierdas y de los nacionalistas de todos los colores junto, como no, a los muchos topos de la “derecha”), la Derecha española (entendida como defensa de la ley natural y cristiana y como actualizadora de la misión histórica de España – Ramiro de Maeztu con su Defensa de la Hispanidad, enseña ), se verá abocada a buscar nuevas formas de representación y actuación (como ya, providencialmente, ocurre), abandonando el “centro-reformismo” a su suerte, que no es otra que la de ahogarse en el vómito con el cual Dios castiga a los tibios y a los fríos de corazón.

Ángel Expósito Correa

Revista digital Arbil, Nº 105, mayo de 2006

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