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Políticamente... conservador

Estamos atrapados entre una derecha cobarde y una izquierda ignorante

Estamos atrapados entre una derecha cobarde y una izquierda ignorante El fracaso de las derechas no es sólo organizativo, sino intelectual y espiritual. Rajoy no puede ser cobarde ni conservador para vencer a un Zapatero que ya tiene su Prestige en Galicia.


El pasado sábado, mientras Galicia empezaba a arder y Zapatero seguía tomando el sol, tuve la oportunidad de hablar durante unos minutos ante un grupo de navarros de la Montaña. Gente endurecida por la presión terrorista de ETA, por la manipulación partidista de unos y por la desidia oficial de los otros. Pero españoles de una pieza, conscientes del problema fundamental de la España de hoy, que no es la política, ni la miseria moral, ni la indigencia exterior, ni los apátridas interiores, ni el pobre Zapatero, sino, sencillamente, la cobardía.

Y es que somos cobardes. Cuando intuimos parte de la verdad sobre la crisis de España, cuando vemos las raíces de lo que se nos avecina, nos da miedo. No importa si votamos a un partido, a otro o a ninguno, porque lo realmente grave es que nos escondemos. Tenemos al menos la tentación de huir de la realidad, de cerrar los ojos, de buscarnos un paraíso artificial, un mundo imaginario, utópico o ucrónico, para no afrontar la realidad. Siempre hay una ficción, una ensoñación, un pasado imaginado o ajeno, una presunta lealtad fosilizada, un enemigo de fantasía, una sutileza ideológica, una querella personal, una familia, un negocio, un bar de copas o una discoteca donde escondernos del deber. Porque abrir los ojos a los problemas reales de la patria nos obligaría a actuar con realismo en la España de 2006.

Así las cosas, la cobardía es el vicio más peligroso para los españoles que son conscientes de los males de España y son contrarios a ellos, la derecha. Y la ignorancia de esos males es el vicio más característico de la izquierda de buena fe, que también existe. De la izquierda y la derecha de mala fe –los pancarteros ambidextros del Prestige y de una mal llamada paz, que hoy callan ante los incendios o invierten sus argumentos para Líbano- hablaremos otro día.

Sin miedo a las palabras

¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Tienen aún sentido esas palabras? Desde un punto de vista histórico, la "izquierda" ha sido en los dos últimos siglos la fuerza que en cada momento ha impulsado la destrucción del orden –tradicional- y su sustitución por los principios modernos, ilustrados y revolucionarios. Y la "derecha" ha sido el conjunto de fuerzas (nótese el plural) que se han opuesto a esa voluntad de la izquierda, rechazando en todo o en parte los sistemas, ideas, elementos y política de la modernidad. Así que ha habido diferentes "derechas", superpuestas, enlazadas, mutuamente enfrentadas, según los tiempos y los modos de su lucha contra los efectos de la modernidad. Ha habido muchas derechas políticas, llamándose así o no, y diferentes derechas ideológicas y metafísicas, que no son una mera ficción interna del modelo político actual.

Las derechas han acertado en parte en sus diagnósticos espirituales e intelectuales del proceso revolucionario y antiespañol; han fracasado a menudo en su acción política, social y cultural; pero precisamente de cada uno de esos fracasos ha surgido un nuevo haz de derechas, dado que cada paso de la izquierda genera nuevos resistentes y nuevos descontentos. Los politólogos no nominalistas llaman a eso "derecha". Por cierto: un signo claro de la cobardía derechista que nos ocupa es que nadie o casi nadie se reconoce en la palabra "derecha", como si estuviese contaminada o como si pese a su imperfección hubiese una mejor. Sea pues, no es grave, las palabras preocupan más que su significado sólo a los dogmáticos: no la utilicemos si prácticamente no es conveniente, pero saquemos los colores a quienes huyan de ella sólo por comodidad personal, si no es por ignorancia.

Una lucha que no cesa, salvo si se huye de ella

Así que el fracaso de las derechas españolas no es sólo organizativo, sino antes de eso intelectual y espiritual. Todo movimiento social que se oponga a la revolución moderna será una "derecha", de entre las muchas posibles. Ahora bien, la modernidad ha tenido lugar. El ciclo revolucionario iniciado en lo espiritual con el güelfismo, en lo cultural con el Renacimiento, en lo religioso con la Reforma, en lo político con la Revolución Francesa y en lo económico con la Revolución Industrial y el liberalismo nos ha dado siglos de sangre y sufrimiento por un lado, y de progreso por otro. Sus valores hoy imperan. No se trata ya de un cambio político, sino de un cambio radical que hace de todos nosotros, sean cuales sean nuestras convicciones, hombres en todo o en parte modernos. No podemos fingir que los revolucionarios -Gregorio VII, Maquiavelo, Martín Lutero, Robespierre, Adam Smith, Lenin- no han existido, no han condicionado lo que hoy somos o pueden ser aún hoy combatidos como si no hubiesen triunfado. Somos hijos de la modernidad, incluso quienes desearían otra cosa.

Para Werner Sombart la modernidad implica un determinado tipo psicológico al que el capitalismo ha permitido predominar. Pero el egoísta, egocéntrico, ególatra (dicho sea sin matices negativos: de eso se trata en la cultura de la razón individual y del beneficio individual) siempre ha existido. Para André Gide, podía haber burgueses tanto entre los nobles como entre los obreros. El hombre moderno se reconoce por el nivel de sus pensamientos. Es ajeno a la gratuidad, al desinterés, a todo lo que no puede llegar a entender, o a calcular. Para Gilles Lipovetsky, la acción conjunta del Estado moderno y del mercado (que históricamente han sido aliados y no adversarios, contra la vulgata liberal) ha dado lugar al tipo de sociedad en el que el hombre individual se toma a sí mismo por fin último y existe sólo para sí. He ahí una verdad auténticamente exportable.

La derecha no puede ser ni cobarde ni conservadora

En la medida en que la izquierda alcanza sus objetivos se convierte en conservadora, y la derecha, en la medida en que deja de tener posiciones que conservar se torna revolucionaria en nombre de los principios permanentes que defiende. Hasta ahora, en España, una cierta derecha ha sido conservadora porque tenía más que conservar, pero estamos viviendo un punto de inflexión a partir del cual las derechas o aceptan el desafío de ser modernas y revolucionarias o tendrán que resignarse a no existir, a vagar en el limbo de los ensueños y a reducirse a ser tropas auxiliares de la izquierda triunfante.

La valentía necesaria en la derecha empieza por aceptarse a sí misma, si no en el nombre –realmente insignificante pese a su vigor histórico obvio- sí en el contenido, complejo y contradictorio. Tomando una idea de Filippo Ceccarelli, la "derecha" es esa acumulación compleja de liberales e intervencionistas, de proamericanos y antiamericanos, de europeístas y nacionalistas, de católicos tradicionales, anticlericales, laicos y paganos, de moderados y de integristas, de güelfos y gibelinos, de tradicionales y progresistas. Un sujeto para algunos imposible e indefinible, que causa más miedo a sus propios componentes –especialmente a los que niegan serlo, claro- que a la izquierda. Un sujeto que tenga como meta no el regreso, sino la superación, y que en vez de manejar viejas colecciones de lugares comunes sea valiente al articular las "nuevas síntesis" de las que viene hablando Marco Tarchi. Un sujeto necesario.

No todos son cobardes, ni ignorantes

La cobardía en la defensa de un principio es la mejor ayuda en su destrucción. Negarse a aceptar que la situación es de una determinada manera sería, por ejemplo, intentar hacer política en España sin conocer las características del sistema político y social, el nombre de los gobernantes o la historia del país. Cobardía, al fin, porque la consecuencia sería la inacción, el abandono de posiciones, la traición a los compañeros de trinchera. Y así la cobardía de unos reforzaría la ignorancia de otros y la habilidad de quienes impulsan la destrucción por principio.

Lo más curioso es que en las calles está más viva que nunca esa "derecha social española" de la que hablaba Juan Ramón Calero en 1985, "es decir, la de cuantos creemos que la persona es más importante que la sociedad y ésta más que el Estado". Mientras que algunos de los que se suponían más capaces, informados y formados huyen con distintas excusas de los tiempos recios que decían anhelar, la gente normal resiste, aunque sea por instinto. Ya saben ustedes, comunidad viva, como la resistencia españolista en algunas zonas de Navarra.

Tengo un amigo que en breve va a escribir "Cómo ser de derechas y no morir en el intento" y otro empeñado "En busca de la derecha perdida". Ambos usan sin pudor la palabra maldita, y ambos desean superar esa mecanización y esa soberbia que J.R.R. Tolkien consideraba definitorias del mundo moderno. Porque no todo empeora, y ahora toca construir, dejando atrás las ruinas y quienes se aferren a ellas. Toca superar, y no negar evidencias, porque estamos más que sobrados de miedos y de ignorancia.

Pascual Tamburri


El Semanal Digital, 11 de agosto de 2006

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