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Políticamente... conservador

Derecha política, hoy

Un navarrismo encorsetado.

Un navarrismo encorsetado.

Un navarrismo encorsetado.

 

Repasando el listado de ciudades españolas en las que se ha celebrado, el pasado día 27 de septiembre, una de las actividades de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, en concreto los denominados “Observatorios de la Nación”, he advertido, con cierta sorpresa, que nuestra Pamplona no se encontraba entre ellas. Por el contrario, sí se celebró en otras capitales especialmente “sensibles” a la ofensiva de los nacionalismos excluyentes; Barcelona y La Coruña, por ejemplo. ¿Será, entonces, que en Navarra no tenemos ningún problema con los nacionalismos? ¿En nada nos afecta el desafío lanzado por nuestro simpático vecino Juan José Ibarretxe?

 

Pero, si miramos un poco más el panorama navarro, veremos que, esta aparente “ausencia”, en una de tantas expresiones del movimiento cívico de resistencia, no es caso único.

 

Así, no es ningún secreto afirmar que en una parte significativa de Navarra prácticamente es imposible estudiar en castellano. Pero si lo intentas -¡tamaña audacia!- se te informará, por parte de los directivos de los colegios públicos allí existentes, que el hacerlo así puede ser un grave problema para el futuro y la socialización de tus hijos; pues en las clases y en el patio únicamente interactuarán con un reducido número de alumnos, en buena mayoría “inmigrantes poco integrados y de bajo nivel cultural”... Conclusión inmediata: para estudiar en castellano, en tales supuestos, habrá que hacerlo en Pamplona, y en un centro concertado; ya vivas a 25 o 90 kilómetros de la capital navarra. Lo sorprendente es que, ante semejante contexto, gestado y desarrollado bajo gobiernos forales no nacionalistas, todavía no haya surgido en Navarra -¡qué menos!- ninguna asociación en defensa del idioma castellano; tal y como ha acaecido en Cataluña y Galicia. Y no será porque esta problemática no haya afectado expresamente a numerosos docentes y padres.

 

Y una constatación. Navarra no está jugando un gran papel, precisamente, en el seno de otro incipiente y extraordinario movimiento cívico: el de la objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía; por cierto, implantada en nuestra Comunidad Foral por el gobierno de UPN. Mientras tanto, los mejores puestos, de tan peculiar ranking, se los han ganado las comunidades de Castilla-La Mancha y Madrid… por goleada.

 

Estas peculiaridades, acaso, ¿son connaturales a la idiosincrasia navarra? Pero, ¿no era Navarra uno de los territorios españoles más vanguardistas en conciencia, organización y movilización sociales? O, ¿acaso se encuentran garantizadas, in saecula saeculorum, la continuidad nacional, la universalidad del castellano y el derecho de los padres a que el Estado no deforme la conciencia de sus hijos?

 

Desde el análisis social, cultural y político,  no existen las coincidencias. Cada situación tiene antecedentes y causas, próximas y remotas. Y rastrearlas no es competencia exclusiva de sociólogos o profesionales de la cultura y la política; ni, mucho menos, manifestación de intereses ocultos o auténticas traiciones.

 

En Navarra disfrutábamos de un espejismo incuestionable: los consensos colectivos básicos parecían garantizados para varias décadas más. El centro-derecha ganaba elecciones sucesivamente, jugando el socialismo navarro –tanto político como sindical- el papel razonable de una oposición democrática. Salvo por parte de algún “iluminado”, “empeñado en encontrar problemas donde no los había”, las disciplinadas y fieles bases sociales de UPN apenas cuestionaban las decisiones de sus dirigentes, ya afectaran al partido o a las instituciones. Y, en coherencia, aunque se percibieran errores en las labores de gobierno, no se denunciaban. Ni, mucho menos, se organizaban movimientos críticos con “los nuestros”; no fueran acusados tales comportamientos de desleales o encubridores de apetencias personales inconfesables.

 

Pero el espejismo se ha roto. UPN ha ganado de nuevo, aunque sin alcanzar una mayoría absoluta; y el nacionalismo vasco ha avanzado aprovechándose del cierre en falso de la endémica crisis socialista, acentuada en esta ocasión por una mala asimilación de las decisiones tácticas de José Luis Rodríguez Zapatero.

 

La situación es nueva, estimulante, y muy inquietante. Por ello es muy importante reflexionar al respecto; lo que no quiere decir que ajustemos la realidad a los propios deseos. La izquierda en Navarra se está recomponiendo: todos están de acuerdo. Pero, ¿qué significa exactamente? En cualquier caso, es mucho presumir el asegurar que los espacios ganados por el nacionalismo vasco al PSOE puedan retornar a tan histórico partido por “arte de magia”. No en vano, si en algo es experto el nacionalismo vasco militante, es en la conquista de espacios sociales que sabe administrar muy bien. Además, ¿qué es más atractivo para un joven izquierdista hoy, un socialismo navarro burocratizado y en crisis, o una izquierda abertzale –en cualquiera de sus tendencias- que propone identidad, comunidad y objetivos?

 

El “no ir contra los nuestros”, antes descrito, es un comportamiento que jamás debe desdeñarse. Pero puede convertirse en una justificación del retraimiento y falta de miras de una sociedad acomodada. A su vez, puede ser el escudo protector de cortos intereses partidarios -o personales atrincherados en el partido- antepuestos al bien común.

 

Existen, además, algunas otras actitudes que, en política, pueden ser muy dañinas. Por ejemplo, el síndrome de hacerse perdonar la vida: conceder unilateralmente “guiños” a los rivales para tratar de ganar su confianza, aplicar algunas de sus políticas (en educación, cultura, idioma) para desactivar sus apoyos electorales y atraerlos… Pero, después, vienen las consecuencias. Así, si se hace el trabajo a la manera de los demás, es posible que sean ellos quienes cobren, finalmente, el jornal.

 

Y no nos olvidemos del síndrome centrípeto. De modo que, para “centrar” al partido, habría que alejarse de toda muestra de extremismo, real o ficticio; aunque luego tan respetable “centrismo” se concrete fundamentalmente en magnitudes macroeconómicas, marginando políticas, símbolos, e ideales “incómodos”… para los eternos rivales.

 

Alguien podrá alegar que asociar movimientos sociales con navarrismo es un exceso. Es evidente que no todos los movimientos sociales existentes son navarristas. Es incuestionable, también, que otros movimientos son vocacional y explícitamente vasquistas; muchísimos, por cierto. Existen iniciativas sociales imbuidas de ideologías distintas a las anteriores. Y, ¡cómo no!, todos conocemos numerosas entidades plurales en las que conviven sensibilidades ideológicas muy dispares. ¡Incluso las hay apolíticas…! Pero nadie puede negar que el navarrismo político ha sido -y es- un movimiento popular, enraizado en la sociedad y alimentado por su savia.

 

Entonces, vistas esas concretas diapositivas de nuestro paisaje social, debemos preguntarnos si el navarrismo está dormido. Más bien había que decir que su pulso vital está un poquito bajo; pues el corsé –ajustado voluntariamente en buena medida, pero también impuesto por convenciones no escritas- le está ahogando. Y, en consecuencia, se encuentra un tanto acobardado. El advertirlo no debe escandalizar a nadie: sus oponentes ya lo han hecho hace tiempo.

 

Habrá que seguir, entonces, las pautas del médico: buenas costumbres, alimentación sana, y ¡a moverse!; no sea que por permanecer tanto tiempo en la cama, al paciente se le olvide andar. Todo lo anterior, en política, se traduce en adhesión sincera a los principios, prácticas democráticas y trabajo militante. Y, especialmente, acogida e impulso de las libres iniciativas sociales partícipes de los ideales comunes. No nos engañemos: Navarra y el navarrismo no sobrevivirán si la sociedad civil no es libre y creativa.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta 

Diario Liberal, 30 de septiembre de 2007


La tentación napartarra.

La tentación napartarra.

Aquí, en Navarra, el término napartarra suele emplearse por algunas personas en autocomplaciente ejercicio de refinamiento político o, por el contrario, con ánimo descalificador de actitudes un tanto confusas.

 

Un poco de historia.

 

Pero, con rigor, ¿qué significa hoy ser napartarra? Tan esotérico término, especialmente para los lectores no navarros, ¿responde a un etéreo estado mental o, acaso, a una elaborada concepción política?

 

Antes de reflexionar, brevemente, en torno a esta cuestión, que puede explicar algunas actitudes manifestadas ocasionalmente en la política navarra, haremos una rapidísima incursión histórica.

 

El término Napartarra fue elegido por el Partido Nacionalista Vasco como cabecera de su primer semanario lanzado en Navarra, allá en 1911, hasta que en 1919 fue sustituido por La Voz de Navarra.

 

El término, que podría significar, aproximadamente, navarrismo de vocación vasquista, estuvo presente en diversas discusiones internas del nacionalismo vasco en las décadas siguientes; de modo que así calificaría a la vía navarra al nacionalismo vasco.

 

Bastantes años después, el día 17 de marzo de 1983, se presentó en público Napartarra-Partido Nacionalista Navarro, fundado por José Estornés Lasa, un histórico nacionalista vasco de origen roncalés, y José Luis García Falces. Salvo con algún escrito recogido en la prensa, este amago partidario no prosperó.

 

Y, ya en abril de 2007, nos sorprendió la noticia de que un Alberdi Napartarra había sido registrado por miembros de Aralar -la escisión abertzale fundada por Patxi Zabaleta- tanto en Navarra como en la Comunidad Autónoma Vasca. Según informaron a la prensa, les habría cedido la marca su último militante vivo, casualmente, un octogenario afiliado a la formación abertzale.

 

Napartarra = nacionalismo vasco.

 

También hemos encontrado este concepto en foros nacionalistas vascos en Internet. Así, por ejemplo, algunos que propugnaban como auténtica bandera vasca el navarro Arano Beltza (silueta en negro de un águila sobre fondo amarillo), más que la propia ikurriña, entendían que su actitud pudiera interpretarse como napartarra, que otros la definían, por otra parte, como “Imperial navarra”. En definitiva: la vía navarra a la nación vasca. Así, si el único Estado vasco de la historia fue el Reino de Navarra (salvo la Vizcaya de Aguirre durante la guerra civil), habría que partir de la realidad e historia navarras para reconstruir el Estado que agrupe definitivamente a todos los vascos. ¿A que no suena nada mal? Vamos, que si muchos navarros tienen miedo a los vascos, hagamos que los vascos se hagan navarros; así, todos contentos. Una chistosa propuesta que únicamente puede convencer a sus sagaces impulsores.

 

Pero, al comienzo de este artículo, afirmábamos que existe un cierto sentimiento napartarra que, para unos, es seña de identidad y, para otros, prueba de intereses poco claros.

 

De entrada, no sería temerario afirmar que el sentimiento napartarra, pues no existe un mínimo y unánime sistema teórico desarrollado al respecto, es transversal: lo encontramos en la derecha y en la izquierda, entre nacionalistas vascos y entre los propios navarristas…

 

Para los nacionalistas vascos, según veíamos, el término constituye una “rareza”, un divertimento… si bien en su momento fue uno de tantos ingredientes que cuajaron el imaginario nacionalista, hasta el punto de que un barco de la marina de guerra auxiliar vasca del 36, un pesquero reconvertido en dragaminas, se le rebautizó para tales fines, Napartarra.

 

¿Navarristas y/o napartarras?

 

Entre los navarristas también se emplea el término. Y no olvidemos que en su día, se escucharon voces muy cualificadas que pretendían reconvertir a Unión del Pueblo Navarro en un partido nacionalista, no en vano, para algunos, “Navarra es una nación”. Faltaría más.

 

Así, el virus de los nacionalismos, extendido desde Galicia, Euskadi y Cataluña como propuesta liberadora del opresor nacionalismo castellano/españolista, habría infectado a algunos más. Y no sólo a unos pocos asturianos, cántabros, leoneses, andaluces, ¡también a navarros!; aunque para ello deban rastrear minúsculas raíces o artificios irrelevantes del pasado, o sencillamente inventar éste aceptando en buena medida la vulgata pseudo-histórica de los napartarras... vasquistas.

 

No obstante, consideramos que tal concepción sería tan legítima como cualquier otra. Y existen cauces públicos muy diversos para su difusión. Otro asunto muy distinto es tratar de modificar la naturaleza y las esencias de un partido, o de amplísimas capas de la población navarra, que siempre han concebido navarrismo como sinónimo de pertenencia española; lo que sería, sin más, una estafa.

 

El navarrismo no puede deslindarse de la identidad y pertenencia españolas. La historia de Navarra es inseparable e incomprensible sin la del resto de España; salvo para ideólogos que no asumen la realidad, sino que la interpretan desde peculiares filtros sectarios. De hecho, para el núcleo sociológico que dio vida a UPN y sigue nutriéndola, Navarra siempre ha sido -y es- una parte cualificada de España por sí misma, y no porque unos navarros lo afirmen y sólo una minoría lo niegue: Navarra no es “lo que los navarros digan”, aunque es bueno que la realidad histórica coincida con el machacón soniquete de cuño napartarra. Y, hoy día, España es, más que nunca, sinónimo de pluralidad y universalismo alejado de cualquier nacionalismo reduccionista. Si el navarrismo dejara de mirar al resto de España, seccionando troncos y ramas de sus raíces, ya no sería navarrismo. Sería otra cosa: ¿habría devenido en una criatura napartarra? Y no olvidemos que la vía napartarra tiene un único sentido y destino: el “sol” vasquista.

 

Pero, volviendo a la cuestión, un sentimiento napartarra, más o menos difuso, ¿puede manifestarse entre los navarristas? Pues sí. Por ejemplo, cuando algunos pretenden deslindar la situación navarra de la española; llevando hasta sus últimas consecuencias –o a otras más próximas- esa jota que tanto marcó a los navarros y al navarrismo: “Si se hunde el mundo, que se hunda. Navarra siempre p’alante”. Sustituyamos “el mundo” por “España”, ya sea por complejo, mera táctica, comodidad, miedo escénico… y ya tenemos un perfecto napartarra. De buena fe, en principio, pero difícilmente de felices consecuencias.

 

Los napartarras vasquistas saben perfectamente de lo que hablan. Además,  aún tratándose de matices, persiguen lo mismo que los demás nacionalistas vascos: un Estado vasco independiente que incorpore a Navarra, en todo caso.

 

Pero, dentro del navarrismo, salvo que alguien desarrolle una concepción política novedosa que haga “caer del caballo” a los demás navarristas, manifestarse napartarra, o actuar como tal, sólo añade confusión en el mejor de los casos y, seguramente, familiaridad con un peligroso caballo de Troya en el peor. No en vano, ¿qué sentido tiene declararse napartarra? ¿Se trata de una tercera vía política entre el navarrismo histórico y el nacionalismo vasco? ¿Sería secesionista navarro? ¿Perseguiría la confederación con Euskadi?

 

Hemos valorado, en ocasiones, que el navarrismo no siempre muestra el entusiasmo contagioso que toda empresa política requiere; y más cuando los rivales son militantes entregados, 24 horas al día y en todas partes, a una alternativa antagónica. Y para tomar la iniciativa desde el navarrismo, también en la actual coyuntura política, es imprescindible una premisa básica: ideales claros enarbolados sin complejos.

 

¿Napartarra? No, gracias.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 24 de septiembre de 2007

Gustavo de Arístegui encuentra una derecha más que viva

Gustavo de Arístegui encuentra una derecha más que viva

Estos días está teniendo lugar en Roma la fiesta nacional de Azione Giovani, que es la rama juvenil de Alianza Nacional, la derecha ahora en la oposición. Este partido, que preside el ex ministro de Asuntos Exteriores, Gianfranco Fini, es ahora mismo un laboratorio de ideas en ebullición ante la necesidad de reconstruir una derecha más fuerte y más desinhibida. Las juventudes del partido son todo menos un aparato burocrático de futuros políticos profesionales. A veces incómodas, y siempre exigentes, muchos partidos de centroderecha querrían una contribución tan activa de sus retoños, y casi ninguno la tiene. La última que han montado, con esta fiesta, afecta además directamente a España.

 

Por la fiesta, junto al Coliseo, están pasando hombres y mujeres que representan todas las sensibilidades y tendencias vivas del centroderecha europeo, desde Marcello De Angelis hasta Silvio Berlusconi e incluyendo desde deportes hasta conciertos. Este sábado, 15 de septiembre, el vicepresidente de AG Vittorio Pesato ha entregado en el curso de su fiesta el premio Atreju 2007 al sacerdote don Pierino Gelmini; poco después, a las cinco de la tarde, ha tenido lugar el acto político más significativo del día, con una mesa redonda moderada por el presidente de Azione Universitaria, Giovanni Donzelli, en la que han participado el ex ministro, ex vicepresidente de AN y miembro de la Ejecutiva de ese partido, Maurizio Gasparri, el responsable de relaciones internacionales de la UMP de Nicolas Sarkozy, Thierry Mariani, y el diputado del Partido Popular español Gustavo de Arístegui. Tres presencias significativas para un tema central: "Agredir la homologación: la derecha europea frente a la identidad y la inmigración" .

 

La cuestión no es un juego para ninguno de los tres partidos, ni desde luego para ninguno de los tres países. Los tres partidos tienen en su historia, naturaleza y principios una defensa cerrada de la identidad y libertad de las naciones, así como de la soberanía y autoridad de los respectivos Estados. Ahora bien, hacer eso en un contexto de migraciones masivas, dentro de la Unión Europea y en las condiciones del siglo XXI exige elaborar una respuesta inteligente, positiva y atrevida, que no sea en modo alguno una mera gesticulación xenófoba ni un gimoteo nostálgico, ni por supuesto el relativismo suicida de la izquierda. Sarkozy, que ya es presidente de su país, y Fini y Mariano Rajoy, que se acercan al Gobierno, necesitan esa reflexión, y es interesante que la hagan aproximándose, porque los tres partidos y los tres países se beneficiarán. Una excelente iniciativa por parte de Arístegui.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 16 de septiembre de 2007

Una lectura política de la desaparición de Época Navarra.

Una lectura política de la desaparición de Época Navarra.

La noticia de la desaparición, en pleno verano, del semanario Época Navarra, versión ampliada regional de la histórica cabecera política del Grupo Intereconomía, apenas ha sido valorada en los medios de comunicación locales.

 

Adiós, Época Navarra.

 

Conforme la interpretación más extendida, esta medida de ahorro respondería a la estrategia empresarial, de este dinámico Grupo, empeñada en un nuevo ambicioso proyecto; acaso, el lanzamiento de un diario de ámbito nacional.

 

En todo caso, esta casi irrelevante incidencia mediática también debe ser analizada desde una perspectiva política.

 

No fueron pocos los que interpretaron su aparición, allá en mayo de 2006, como una operación con fecha de caducidad. Su mirada estaría marcada por la no demasiado lejana convocatoria de unas elecciones forales y municipales que se entendían, ya entonces, como decisivas. Así, la posibilidad de captación de nuevos anunciantes para el Grupo, junto a la supuesta existencia de una opinión pública muy preocupada por su futuro político, habría empujado a sus directivos en su cesión final. Ello se materializó mediante la creación de una pequeña redacción en Pamplona, y una audaz campaña de lanzamiento en la que se invocaban los ideales de la mayoría constitucionalista de Navarra, frente al activismo del nacionalismo abertzale: el célebre “Muévete. Ellos lo hacen”, junto a una ilustrativa fotografía que retrataba a diversos dirigentes abertzales puño en alto.

 

Se celebraron tan esperadas y temidas elecciones… y ya sabemos qué sucedió desde entonces: un espectáculo político tan bochornoso como decepcionante.

 

¿Acaso no leen los navarristas?

 

Pero, ante semejante contexto, ¿no habría sido lo natural que una publicación como Época Navarra fuera sucesivamente “devorada” por tantos ciudadanos expectantes?

 

Navarra alardea de ser una de las comunidades españolas con mayor índice de lectura de diarios. Y de libros. Es cierto.

 

¿Cómo es posible, entonces, que una publicación política especializada fracasara, y más cuando la demanda debiera ser muy superior a la propia de momentos más apacibles? Seguramente, y salvo que juzguemos a Época Navarra como un producto que no supo proporcionar los contenidos que los lectores aguardaban, deberemos considerar la posibilidad de que esa premisa sea falsa; lo que nos llevaría a entender que la opinión pública de centro-derecha, en buena medida, carece de inquietudes y formación política (¡!).

 

Pero el que una opinión pública no esté formada políticamente no es únicamente responsabilidad de sí misma. También lo es de los propios medios de comunicación y, especialmente, de los partidos políticos.

 

Durante unos cuantos lustros, a causa, en parte, del descrédito ganado por un sector de la clase política española, junto a otras circunstancias socioculturales complejas, los partidos políticos del centro-derecha español rebajaron ciertas dimensiones ideológicas de sus expresiones organizativas y discursivas. Además de perder arraigo popular, por mucho que hablen de cientos de miles de afiliados, se transformaron gradualmente en estructuras movilizadas casi exclusivamente con motivo de las diversas convocatorias electorales; rehuyendo  verdaderos debates políticos internos... no terminaran surgiendo tendencias organizadas pues, ya se sabe, ¡cómo terminó la UCD! Así, sus afiliados no pudieron beneficiarse de una formación política que fuera más allá de fáciles lemas y consignas electorales, careciendo además de cauces adecuados para una actividad política “a pie de obra”; lo que también redundó en una despolitización casi generalizada de los sectores sociales afines. Navarra no fue, en ello, una excepción.

 

Pero, al existir tales espacios libres, fueron otros -una pretensión democrática y legítima, en cualquier caso- quienes trataron de cubrir los huecos existentes: algunas entidades del incipiente movimiento cívico de resistencia, determinados medios de comunicación muy politizados (pensemos en ciertos espacios de Cadena COPE y Libertad Digital), y muy concretas entidades de marcada vocación metapolítica (FAES, GEES…). En buena medida lo lograron, formando y encauzando especialmente a minoritarias capas sociales afines ya predispuestas.

 

Unión del Pueblo Navarro: casa común del navarrismo.

 

Debemos realizar, ahora, una pregunta muy relevante. Ya que hablamos de Navarra, y como “casa común” del navarrismo, ¿qué formación política ha proporcionado Unión del Pueblo Navarro a sus afiliados y simpatizantes? Sus juventudes, ¿trabajan con el objetivo de ganar espacios sociales o para garantizarse un hueco en la categoría de políticos profesionales? Los dirigentes de UPN responsables de la apertura del partido a la sociedad y en el impulso de nuevos movimientos sociales, ¿han cumplido su papel o lo han apartado, tal vez más preocupados en garantizarse un puesto retribuido y gratificante?

 

Debemos destacar, ahora, otra circunstancia en parte paralela a la apuesta de Época Navarra.

 

Allá, por la primavera pasada, se inició un movimiento organizativo en torno a la denominación Ciudadanos de Navarra. De modo un tanto confuso, apelando veladamente al novedoso y entonces impactante partido de Albert Rivera, Ciudadanos de Cataluña, celebraron diversas reuniones, instalándose una web, diseñando un logo atractivo, emitiendo algunos comunicados públicos… logrando suscitar la curiosidad de varios cientos de navarros interesados en ese creciente fenómeno que reclamaba una renovación política; sumándose, en el caso navarro, una gran preocupación por el futuro inmediato de la Comunidad. Su indefinición posterior, falta de iniciativas, la reiteración de reuniones en las que se repetía la necesidad de “hacer algo” sin que llegara a concretarse casi nada, fueron secando el fenómeno.

 

Ese agotamiento, para algunos, fue la confirmación de su previsión inicial: únicamente se trataría de un movimiento interesado en la suma de apoyos electorales a UPN procedentes de antiguos votantes de otros partidos (CDN y PSN); a la vez que se estrangulaba la posibilidad de que se extendiera a Navarra el incontrolable fenómeno de Albert Rivera. Unas pretensiones legítimas –hablamos de política- pero que, dado el letargo actual de Ciudadanos de Navarra, desvela la incapacidad de algunos de los estrategas de UPN para el diseño de instrumentos ciudadanos de participación y movilización que trasciendan los cortos y estrechos cálculos de corte electoral.

 

Recordemos, por otra parte, que no es la primera vez que en el seno del navarrismo se frustran lo que pudieron ser interesantes iniciativas sociales.

 

Unas iniciativas necesarias de la mano de Jaime Ignacio del Burgo.

 

A partir de finales de 2001, el veterano dirigente de UPN Jaime Ignacio del Burgo impulsó diversas iniciativas, con una lúcida perspectiva de futuro, consciente de la necesidad de dotar al navarrismo de unos instrumentos socio-culturales que, tradicionalmente, ha carecido.

 

La primera de ellas fue la constitución, en octubre de ese año, de la Sociedad de Estudios Navarros, una entidad a modo de think-tank navarrista, con la que se cubriría el ámbito cultural y de la investigación sociológica e histórica de Navarra.

 

En segundo lugar, con la revista mensual Navarra en marcha se pretendía vulgarizar los conceptos básicos del navarrismo, así como el sostenimiento e impulso de la opinión pública afín, poco dotada de instrumentos conceptuales y culturales; una labor a la que contribuiría, en tercer lugar, Laocoonte editorial, entre cuyos objetivos figuraba la edición de diversas investigaciones historiográfica, sociológica, etc., de alcance.

 

Las tres iniciativas se agotaron pronto; resistiéndose la SEN a morir, de modo que todavía en 2006 se realizaron algunas actividades bajo su amparo. Seguro que si un día Jaime Ignacio del Burgo se anima a relatar todo lo acaecido, en torno a estos asuntos, nos relevará episodios muy jugosos.

 

Así, y visto todo lo anterior, aparentemente con la desaparición de Época Navarra nos encontramos con un nuevo capítulo de esa especie de “alergia” navarrista a la formación política… ¿y al compromiso militante?

 

Editar libros navarristas: un acto heroico.

 

Una par de anécdotas complementarias.

 

En Navarra aparecen, esporádicamente, diversas editoriales que lanzan numerosos títulos al mercado desde una perspectiva marcadamente nacionalista vasca. Y los encontramos en muchísimos puntos de venta, ferias diversas, en todas las librerías públicas; siendo motivo de orgullo, y manifestación de su compromiso político, su adquisición por la militancia abertzale navarra.

 

Por el contrario, editar un libro navarrista es una verdadera carrera de obstáculos. Fue el caso de la reedición del libro de Víctor Pradera (Bilbao, Grafite, 2003) Fernando el Católico y los falsarios de la historia; una obra clásica y decisiva en torno a la veracidad de las raíces históricas del navarrismo.

 

Otro caso más reciente: el del libro escrito por el concejal de UPN de Leiza Pello Urquiola, Nere hitze bertsoatan (Mi palabra en bertsos), editado por Sahats en la primavera última.

 

En ambos casos no puede afirmarse, precisamente, que encontraran facilidades desde instancias oficiales, supuestamente afines. Y la difusión de ambos corrió a cargo del entusiasmo y el compromiso político de unas pocas personas que invirtieron tiempo y dinero, sin afán de protagonismo alguno; lo que para algunos profesionales de la política es incomprensible.

 

Con todo, encontramos aspectos positivos.

 

Internet, donde existe mayor libertad y posibilidad de acceso a modernos cauces difusores de los contenidos más variopintos, viene acogiendo diversas iniciativas mediáticas, de alcance muy desigual, que están incidiendo gradualmente en la opinión pública más comprometida. Así, Navarra Confidencial, Reportero Digital Navarra, las interesantes iniciativas vocaciones blogueras que ha amparado el segundo, las webs de diversas entidades ciudadanas navarras, el blog “de culto” Ruta Norte publicado casi a diario en El Semanal Digital, etc., vienen configurando un espacio creciente, de pluralismo y libertad, que no rehuye ni los ideales ni los compromisos concretos.

 

El navarrismo y su futuro.

 

Todas estas circunstancias evidencian, pensamos, que el navarrismo en su conjunto debe realizar una realista y generosa autocrítica. Ciertamente, UPN ganó las elecciones, consiguiendo unos buenos resultados. Pero lo posibilidad de pasar a la oposición, en unos meses o en unos años, ya no puede desdeñarse. UPN, entonces, ¿seguirá apoyándose, sustancialmente, en la “venta” de su gestión económica? Y, aunque se mantenga en el Gobierno, ¿permanecerá expectante ante la larga batalla cultural que, por el cambio de las mentalidades y finalmente, por el cambio político, ha sido desplegada por el nacionalismo vasco?

 

El navarrismo, para afrontar el futuro, debe encarar y estar presente en esas dimensiones que, por los motivos que sean, pero que sería imprescindible analizar con rigor, ha abandonado en gran medida.

 

La lucha cultural (investigación, difusión), la formación de activistas socio-culturales, el impulso de nuevas entidades cívicas sin pretender su instrumentalización, la formación política y el encuadramiento de militante y simpatizantes, el apoyo sin complejos a medios de comunicación afines, la movilización cotidiana, etc., son dimensiones decisivas que todo partido político realista debe desarrollar. Y más cuando en su ámbito territorial e histórico operan, con bastante éxito por cierto, partidos y movimientos sociales que persiguen con entusiasmo y convicción un cambio histórico rupturista y sectario.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 17 de septiembre de 2007

La estrategia progresista del centro

La estrategia progresista del centro

La acuidad de los “progresistas”, según la antigua retórica soviética, ya ha comenzado, a seis meses de las elecciones generales, con la disputa del voto moderado al PP, recuperando los símbolos de España y postergando la disputa territorial. La vacía y abisal estrategia del centro, utilizada por los “populares” en multitud de ocasiones, no pasa de ser un discurso evanescente, una propuesta dirigida al hombre masa y acéfalo, incapaz de orientar su vida desde convicciones personales.

 

En el número 96 de la revista “Razón Española”, Gonzalo Fernández de la Mora desmitifica hasta la extinción los términos “derecha” e “izquierda”, considerándolos como una distinción más histórica que lógica y, consecuentemente, con un valor nominal y de contenido mutante. “La izquierda propugna más Estado, la derecha menos Estado”. Esta es, según el autor citado, la actual caracterización objetiva y mensurable del binomio o del dualismo terminológico de la política contemporánea. El centro en política sería así pura abstracción y, sobre todo, un engaño.

 

El centro tantas veces invocado por los “populares” se habría dirigido a captar la indeterminación que deviene un sector importante del pueblo español, el escepticismo, la derecha agnóstica de Ortega y Gasset, el hombre desorientado, perplejo, el parcialmente frustrado de sus decisiones pretéritas. El imaginario centro, que también invocará Savater con su híbrido, es toda una pseudopedagogía, una falacia capaz de concitar opiniones contrapuestas, confundidas por el equívoco de la vaguedad, todo un truco provocado por la psicología y de una enorme hipocresía irracional.

 

La estrategia del centro pretende aparecer como un modo, un estilo de virtud, el in medio virtus aristotélico, un postulado entre un exceso (el franquismo) y un defecto (el comunismo). Esta moderación exigible a todo político es una semántica vacía desde al momento mismo en que surge la praxis política, que necesariamente lleva a la asunción de una determinadas posiciones en el ámbito público.

 

Nadie ha definido una presunta ideología centrista, ni una filosofía, ni una economía, ni una sociología, ni una moral. El centro de las estrategias electorales, asumido ahora por el Ejecutivo, es la traducción semántica de un complejo de inferioridad o de un ardid para captar votos incautos y supuestamente desencantados. La sociedad española no debería encontrase nada cómoda en la indeterminación, en la confusión inverecunda que demanda el Gobierno, con una propuesta centrista que cautiva la emoción y termina por paralizar la reflexión.

 

Pero hay algo peor: el irresistible discursus moralis de unos políticos que electoralmente lo sepultan porque no es rentable, sino más bien una fuga torpe de votos hacia el limbo. La ética de las sociedades democráticas es una ética sin referentes trascendentes, una ética civil que aspira a la justicia, una ética formal y de mínimos que funciona con los principios de autonomía y libertad.

 

La sociedad española no necesita sólo una mera ingeniería social, sino que precisa una elevación del nivel moral capaz de trascender la fragilidad y el peligro, la utilización de una estrategia de envilecimiento como lo es la estrategia progresista del centro.

 

El carácter radicalmente laico de la política no significa la exclusión de lo que importa a muchos sectores de la sociedad porque interesa y da sentido a la vida del hombre. La religión y la moral no pertenecen al fuero interno y privado del elector, sino que forman parte integrante de su propia vida. El hombre, en feliz expresión de Zubiri, está religado, atado a Dios, y sin Él la vida no sería posible. Este anclaje de la vida del hombre en lo Trascendente debe ocupar también el tiempo electoral de nuestros políticos.

 

Roberto Esteban Duque

Diario Liberal, 28 de agosto de 2007

Por qué ha fracasado Le Pen

Por qué ha fracasado Le Pen Ha sido la sorpresa de las elecciones francesas: el fracaso de Le Pen. Hace cinco años pasó a la segunda vuelta: un éxito histórico para el Frente Nacional. Desde entonces, los problemas que Le Pen denunciaba se han convertido en realidad dramática: la violencia “étnica”, la mala integración de la segunda generación de inmigrantes, la inseguridad, el colapso social… Y sin embargo, con todo a favor, sus resultados lectorales han sido los peores en veinte años. ¿Qué ha pasado? Los analistas apuntan a un error estratégico de la jefe de campaña, Marine Le Pen, hija del líder del FN. Lo explicamos.   

    

EMC (París)

Rara vez el contexto político electoral había sido tan favorable a Jean-Marie Le Pen como en la elección presidencial del 22 de abril de 2007:

 

 

- Primero, por la gran visibilidad de sus temáticas tradicionales: la opinión pública no podía dejar de lado su preocupación por los problemas de la inmigración y la inseguridad, sobre todo porque el recuerdo de las violencias del otoño de 2005 fue avivado por las recientes violencias de marzo y abril, directamente atribuibles a “bandas étnicas”.

 

- Después, porque Jean-Marie Le Pen se ha beneficiado de una muy buena cobertura mediática: a diferencia de 1988, 1995 o 2002, ahora ha sido constantemente presentado –y con razón- como uno de los cuatro finalistas posibles en la segunda vuelta.

 

- Por último, porque el “voto útil”, en la derecha, no tenía esta vez “razón técnica” de ser, ya que la calificación de Sarkozy para la segunda vuelta era evidente. Un voto Le Pen en la primera vuelta no corría el riesgo de privar al elector de la posibilidad de elegir, en la segunda vuelta, entre su primera y su segunda opción.

 

Un fracaso manifiesto.

 

 

Ahora Le Pen no sólo no accede a la segunda vuelta, sino que debe contentarse con el cuarto lugar. No ha sido capaz de reunir todos los votos de su corriente (un total del 19,3% con los votos de Bruno Mégret, que le había dado su apoyo) y ni siquiera el total de sus propios votos personales (16,9%).

 

Semejante fracaso se explica por causas profundas que hay que buscar, por un lado, en el desmantelamiento de todo el aparato militante de conexión entre la dirección del Frente Nacional y los electores, y por otro, en una cierta laxitud de estos últimos (que se han preguntado: “Después de todo, ¿para qué?”).

 

 

Pero el fracaso es también, y quizá sobre todo, consecuencia de decisiones estratégicas inspiradas por Marine Le Pen, hija del líder y directora de la campaña. Errores estratégicos que han sido sobre todo dos : basarse de manera casi exclusiva en la seducción de los medios de comunicación y mostrarse demasiado próximo a Nicolás Sarkozy.

 

 

Marine Le Pen

 

Primer error: haber buscado ante todo gustar a los medios de comunicación.

 

 

La “directora estratégica” de la campaña de Jean-Marie Le Pen, su hija Marine, ha impuesto una línea clara: desdiabolizarse banalizándose; complacer a los medios normalizando el discurso respecto a la ideología dominante. Así el lugar simbólico habitual de lanzamiento de la campaña (en 1988, 1995, 2002), el Monte Saint-Michel, ha sido sustituido por Valmy: un lugar republicano abstracto donde se pronunció un discurso clásico sobre la República y la nación como cualquier otro dirigente político podía haberlo hecho. Además de eso, el cartel clave de la campaña representaba a una mujer mestiza con aire de “liberada”. La justificación que dio Marine Le Pen para esta elección iconográfica fue la siguiente: “La candidatura de unión del pueblo francés desembarazado de sus especificidades étnicas, religiosas e incluso políticas, esa es la candidatura de Jean-Marie Le Pen”. Pero un pueblo francés desembarazado de toda especificidad, ¿qué necesidad tendría ya de una candidatura Le Pen? Para defender una Francia republicana puramente abstracta hay otros que son a la vez más creíbles y más eficaces. Por último, el “golpe” final de la campaña se celebró en Argenteuil, donde Jean-Marie Le Pen explicó ante un parterre de mujeres con velo que los mestizos y los africanos son “ramas del árbol Francia”. Discurso que Bayrou, Royal o Sarkozy habrían podido igualmente mantener.

 

A este conjunto de decisiones estratégicas hay que reconocerle el mérito de la coherencia: aspiraba a vincular al Frente Nacional a la concepción hoy dominante de una nación francesa abierta al mundo y desencarnada, a la cual se pertenecería por simple localización geográfica y adhesión ideológica minimalista; concepción que sin embargo se aleja de esa doble realidad que son los persistentes problemas en los suburbios y el fracaso de las políticas de integración.

 

 

Antaño, Jean-Marie Le Pen ironizaba ampliamente sobre sus rivales que le copiaban, diciendo que los electores prefieren siempre el original a la copia. Esta vez es Jean-Marie (o Marine) Le Pen quien ha copiado a los otros… y los electores, efectivamente, han preferido el original.

 

Segundo error: restringir social y geográficamente la diana electoral.

 

 

Jean-Marie Le Pen y el Frente Nacional han mantenido durante mucho tiempo un discurso global que se dirigía a todas las categorías de la población. Y su electorado también ha sido diverso sociológicamente: Neuilly y Nanterre daban frecuentemente resultados comparables. Esta vez, bajo la influencia del brillante ensayista marxista Alain Soral, Marine Le Pen ha impulsado la izquierdización del discurso y la búsqueda preferencial del voto de los “suburbios”. Pero los suburbios no son una buena reserva de votos para el Frente Nacional: porque los franceses que más sufren el exceso de inmigración se han marchado; porque si es verdad que hay franceses de origen inmigrante que votan al FN, éstos siguen siendo minoritarios; y porque los beneficiarios de los servicios asistenciales, cuando votan, lo hacen más bien por los partidos de izquierda que los han “clientelizado”. Y al contrario, algunos acentos de demagogia obrerista han podido contribuir a que el FN pierda a los trabajadores sensibles a la evocación del “valor trabajo” que han recuperado Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal. Señalemos, de paso, que la clase obrera está sociológicamente en vías de desaparición y que las categorías socioprofesionales en expansión, que son las de los empleados y profesiones intermedias, no son sensibles a la misma liturgia ideológica y política. El análisis en términos de clase no ha perdido necesariamente su sentido, pero debe ser actualizado.

 

Tercer error: cuidar a Nicolas Sarkozy.

 

 

Jean-Marie Le Pen ha dado la impresión de abandonar sus temas predilectos en el mismo momento en que sus principales adversarios los tomaban, al menos en la forma: Royal lanzaba en Vitrolles una campaña de unificación “de lo social y de lo nacional” para reivindicar después a Juana de Arco, la bandera tricolor y la Marsellesa; Nicolás Sarkozy presentaba su visita al Monte Saint-Michel como un hito esencial de su campaña antes de preconizar la creación de un “ministerio de la inmigración y de la identidad nacional”. Y si el líder del Frente Nacional ha atacado a Ségolène Royal, a veces en términos un poco machistas, por el contrario ha favorecido a Sarkozy hasta el punto de dejar entender que sería posible llegar a acuerdos con él… ¡lo que equivalía a autorizar a sus electores a votar por Sarkozy desde la primera vuelta! Sarkozy ha sacado una ventaja notable de esta actitud ambigua: se le ha ahorrado toda crítica de su balance y toda denuncia de sus contradicciones y sus posturas. Resultado: eso, más los ataques diabolizantes de la izquierda, han podido persuadir a bastantes electores del Frente Nacional de que Sarkozy era una opción interesante, porque él podría hacer mañana lo que Chirac no le dejó hacer ayer y que Le Pen, después de todo, no iba a poder hacer. Al cuidar tanto a Sarkozy, los dirigentes del Frente Nacional han desplegado para él la alfombra roja del voto útil. 

 

Le Pen ha sentido crecer el peligro en los últimos días de la campaña y ha optado, tardíamente, por atacar a Sarkozy, y ello menos por su política de los años anteriores como por sus orígenes griegos y húngaros, arriesgándose así a pasar por incoherente tras haber explicado y repetido que los franceses nacidos de la inmigración (árabe y africana) eran tan franceses como los demás.

 

 

Cuarto error: la casi ausencia de toda campaña sobre el terreno.

 

Históricamente, el Frente Nacional siempre ha trabajado a la vez sobre dos vías: la captación del voto sobre el terreno, a través de su aparato militante, y los medios de comunicación, mediante la presencia de su carismático presidente. Pero hoy casi ha desaparecido el aparato conducido y construido por Jean-Pierre Stirbois, Bruno Mégret y Carl Lang. Marine Le Pen ha visto en él –y desde su punto de vista, con razón- un peligro para su estrategia de normalización mediática, porque uno puede hablar con más libertad cuando está solo que cuando tiene alrededor un gran número de hombres y mujeres comprometidos. De ahí esa actitud un tanto despectiva hacia los cuadros y cargos electos del Frente Nacional. Estas decisiones y estas actitudes han tenido al final muchas consecuencias. Primero, porque han conducido a ir cada vez más lejos en el sentido de un discurso que gustara más en las redacciones de los medios que en las profundidades de la opinión. Después, porque eso ha contribuido a desmovilizar a las últimas buenas voluntades que habrían podido ayudar a la campaña lepenista en sus terrenos tradicionales, pero también y sobre todo en Internet. Y en una campaña marcada por la incertidumbre, como era esta, lo que inclina la balanza de los indecisos son las acciones individuales de los convencidos en el ámbito de sus familiares y sus amigos.

 

 

Quinto error: el débil interés por las nuevas tecnologías.

 

La campaña de Le Pen ha estado muy lejos de conceder a Internet la misma amplitud que las de Ségolène Royal (su blog desirdavenir.org y sus blogueros) o la de Sarkozy, que no ha dudado en difundir entre los internautas mensajes en su favor.

 

 

Esta debilidad de la campaña en Internet de Jean-Marie Le Pen se explica por dos razones. Primero, tanto los lastres sociológicos y administrativos del Frente Nacional como los intereses de los grandes barones encargados de las manifestaciones y la propaganda han conducido a efectuar inversiones financieras más en los métodos habituales que en los métodos nuevos. Así el uso del melbombing o de Youtube ha sido marginal. Por otro lado, y esto es lo esencial: Internet es un útil descentralizado y militante animado por constructores de opinión que sólo actúan si están suficientemente motivados. Pero la centralización mediática de la campaña era más bien desmovilizadora, además de que los temas y símbolos escogidos no podían sino desanimar a los bloggers nacionales o identitarios. Marine Le Pen, que ya había registrado unos resultados muy mediocres en las elecciones regionales de Ile-de-France en 2004, ignora manifiestamente que la primera regla de una elección, sobre todo en la primera vuelta, es ante todo la movilización de sus partidarios.

 

El Frente Nacional: ¿del faro a la sirena?

 

 

El fracaso de Jean-Marie Le Pen va a reabrir las especulaciones sobre su sucesión. A ojos de los medios que influyen en la opinión, la cosa está clara: Marine Le Pen lo habría hecho mejor que su padre. Pero eso es una paradoja, porque es precisamente su estrategia, seguida escrupulosamente, lo que explica el mediocre resultado obtenido.

 

También conviene subrayar que, al margen de las estrategias seguidas por los candidatos, hay una gran inercia en los fenómenos políticos y electorales. Por eso el resultado no ha sido aún peor: el peso y la velocidad adquiridos en las elecciones anteriores explican que la catástrofe haya sido limitada.

 

 

Sea como fuere, en el casting mediático-político de mañana, el establishment dirigente ha concedido ya a Marine Le Pen su papel: hacer progresar la ideología dominante en el sector de opinión que hasta ahora se había mantenido más reacio, es decir, los electores y simpatizantes del Frente Nacional.

 

Con sus virtudes y sus defectos, con su temperamento, Jean-Marie Le Pen ha trabajado durante mucho tiempo sobre la parte más nacional de la opinión, e incluso más allá de esta, jugando el papel de un faro: punto de referencia para unos, de advertencia para otros. Hasta el punto de que todo el mundo reconoce hoy, como el socialita Fabius hace veinte años, que Le Pen ha planteado “problemas verdaderos”.

 

 

Hoy su hija Marine le va a robar protagonismo. Gusta mucho a quienes no votan al Frente Nacional, que van a ayudarle a jugar el papel al que la han destinado: el de la sirena cuya música engañosa precipita a los marinos en los arrecifes.

 

Elmanifiesto.com, 30 de abril de 2007

La derecha que necesitamos

La derecha que necesitamos

Nadie dará las gracias a la derecha por camuflar su nombre. Tampoco Gallardón, que vive precisamente de ser “el verso suelto”, o sea, lo que no parece derecha dentro de la derecha que no lo parece. Pero todo esto son cuestiones menores, fulanismos de casino. Aquí lo que hay que saber es qué nos propone exactamente la derecha oficial, es decir, el PP. Nos gustaría encontrar en ella un referente de principios, de convicciones, a la altura de una situación crítica como la presente. No hallamos tal cosa. Lo único que vemos es una firme defensa del orden y la ley. Pero ¿y si la ley es injusta?

 

El discurso de la defensa de la ley y el orden –en nuestro caso, de la Constitución- está muy bien y es muy fácilmente comprensible, pero tiene un límite: ese punto en el que la ley y el orden –léase la Constitución- ya no significan estrictamente nada. Imaginemos, por ejemplo, algo tan verosímil como lo siguiente: el Tribunal Constitucional decide que el nuevo estatuto de Cataluña encaja dentro de la carta magna. Veremos así que pasa a convertirse en ley una norma muy obviamente ajena a la unidad nacional de España, un texto cuya incompatibilidad con la Constitución ha sido puesta de relieve por voces tan distintas como el Defensor del Pueblo y el propio promotor de la iniciativa, el president Maragall. Y bien, ¿qué hacer entonces? ¿Defenderemos el Estatut porque es ley, porque es orden? Aplíquese el mismo razonamiento a cosas como el aborto, por poner otro ejemplo obvio. Hay una ley restrictiva que se incumple sistemáticamente –salvo en Navarra, por ahora- y una realidad que es esta otra: en España se aborta a entrepierna libre con la inhibición cómplice de las instituciones. En ese contexto, ¿qué significa el discurso de la defensa de la ley y del orden sino la defensa del statu quo –de un statu quo escandalosamente injusto, por irracional?

 

La ley y el orden ya no son valores en sí. Eso lo podía pensar la vieja derecha, pero hace tiempo que todo ha cambiado. Hoy ya no es posible decir, como Goethe, “prefiero la injusticia al desorden”, porque el orden actual es profundamente injusto. La ley y el orden son valores positivos en la medida en que representan conceptos filosóficos acerca de la justicia y del bien común. Son esos conceptos los que dan sentido a la ley, que es una codificación, y al orden, que es una praxis de organización pública. Si la ley es injusta o falsa, entonces no merece ser defendida, sino cambiada. Si el orden es en realidad una forma de desorden, entonces no merece ser sostenido, sino reemplazado. Sobre la base de esos conceptos filosóficos –cómo entendemos el bien, la verdad, la justicia, la belleza- se construyen visiones del mundo, valga el término ideologías, y éstas, en la cultura moderna, se expresan a través de escuelas, corrientes de opinión, partidos políticos…

 

Los partidos ya no pueden ser hoy lo que fueron hace medio siglo o cien años, es decir, faros de la vida colectiva, pero siguen siendo las plataformas en torno a las cuales se agrupan los individuos según sus principios y convicciones. No son simples depósitos de voto a los que se confía una gestión “neutra” de un aparato técnico –el Estado. Eso es lo que le gustaría a mucha gente en la derecha, porque es más cómodo, pero es una ficción. Si los partidos no tienen ideas detrás, nada justifica su monopolio de la vida pública. Un partido tiene que ser capaz de expresar un cierto abanico de principios, más allá de la mera conservación institucional. Por puro sentido de la supervivencia, todos hemos aceptado que eso se module en tono bajo, suave, sin estridencias: ni el partido monopoliza los principios que defiende, ni la pugna entre partidos puede convertirse en una escenificación perpetua de la guerra civil. Pero la relajación en las formas no puede significar la extinción de las ideas de fondo. Cuando eso ocurre, todo el sistema político cae en el descrédito y no se recupera hasta que alguien es capaz de volver a formular principios. No es otra cosa lo que acabamos de ver en Francia, sean cuales fueren los recelos que inspira Sarkozy.

 

¿Cuáles son los principios que defiende y proclama el Partido Popular? Realmente me gustaría saberlo. Los que afirma públicamente no son insignificantes, pero sí son irrelevantes: la Constitución, la libertad, la democracia, la economía de mercado… todas esas cosas ya las defienden los demás o se dan por supuestas. Y las que son relevantes y significativas, porque sólo las defiende el Partido Popular, apenas las afirma públicamente: el humanismo cristiano –una fórmula no muy satisfactoria, por cierto-, la unidad nacional de España, etc. Es verdad que ninguna otra fuerza política importante está defendiendo en España la unidad nacional, el derecho a la vida, la familia tradicional y la libertad de educación, por ejemplo. Pero es igualmente cierto que en el Partido Popular hay voces muy ambiguas sobre lo que pueda significar exactamente “unidad nacional”, que el PP gobierna en comunidades –véase Madrid- donde se aborta sin la menor traba, que los gobiernos del PP no han tomado la menor medida eficaz para proteger a la familia y que sus conquistas en materia de educación son modestas por no decir paupérrimas. ¿Qué es, pues, lo que el PP nos quiere vender?

 

Allá ellos: después de todo, ellos son los profesionales. Pero no estará de más que escuchen lo que a algunos, quizá sólo cuatro locos, quizás una multitud, nos gustaría que defendiera el PP. Nos gustaría oír que el PP está dispuesto a defender la unidad de España, por ejemplo, reformando la Constitución para que exprese con claridad plena que la nación es una e indisoluble, y para que se señalen las competencias exclusivas del Estado. Nos gustaría oír que el PP va a defender el derecho a la vida actuando ya, allá donde gobierna, contra las cínicas abortistas que han convertido en una parodia la ley vigente, y proponiendo que esa ley sea cambiada por otra verdaderamente eficaz. Nos gustaría oír que el PP va a apoyar a las familias –y no sólo a los empresarios que contraten a mujeres- ayudando materialmente a las madres que se quedan en casa con sus hijos, como se hace en otros países europeos, y flexibilizando horarios laborales. Nos gustaría oír que el PP va a garantizar la libertad de ejercer el derecho a la educación implantando el cheque escolar, que permitirá a las familias gestionar de manera autónoma la educación de sus hijos. Y hablando de educación, también nos gustaría oír que el PP, allá donde gobierna, va a implantar asignaturas de construcción de la identidad nacional española, especialmente en materia de historia y cultura, para ver si así invertimos el galopante proceso de desmantelamiento que hoy padecemos. Y eso, para empezar.

 

Estas no tendrían por qué ser cosas exclusivas de la derecha. Pero el hecho es que hoy, en España, sólo la derecha está en condiciones de ponerse a ello. Mejor dicho: son las cosas que tendría que hacer la derecha que necesitamos. Porque el discurso de la ley y el orden ya no es suficiente. Ya no.

 

José Javier Esparza

El Manifiesto, 30 de mayo de 2007

La derecha vence, la izquierda fracasa y el centro no existe

La derecha vence, la izquierda fracasa y el centro no existe

Media Europa ha vencido moralmente con Nicolas Sarkozy. Otra media, que ha tenido el poder ideológico, intelectual y moral durante cincuenta años, se bate en retirada. Los últimos exponentes de esa Europa de los complejos, la decadencia y las derrotas son Romano Prodi y José Luis Rodríguez Zapatero. El presidente del Gobierno español se empeñó personalmente en la campaña de la socialista Ségolène Royal y ha perdido con ella. Prodi, más prudente, aguantó el chaparrón en silencio.

 

Royal, como Zapatero, era un vestigio del naufragio progre del siglo XX europeo. Como Sarkozy denunció en su discurso de cierre de campaña y recordó en estas páginas Luis Miguez, la derecha francesa apuesta fuerte por "pasar la página de Mayo del 68 y del relativismo moral e intelectual que ese movimiento introdujo en las sociedades occidentales, particularmente en las europeas".

 

La izquierda europea y la parte de la derecha sumisa a ella han estado décadas predicando que "todo vale". Pues bien, para los ciudadanos que pagan y padecen las consecuencias de ese fanático e intolerante hedonismo individualista, "no todo vale". La corrección política del nihilismo y del relativismo sin matices ha sido vencida en las urnas. Europa, al borde del abismo, se resiste a rendirse a la flacidez del pensamiento débil.

 

Vuelve la política, gana Sarkozy

 

Para el presidente Sarkozy, "el pensamiento único había denegado a la política la capacidad de expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable… años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer". Sarkozy se hace portavoz de "un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial". Porque no todo da igual, porque los europeos no son átomos sin identidad, sino hijos de naciones ricas de siglos y orgullosas de su libertad y de su soberanía.

 

Vuelve la moral, pierden Prodi y Zapatero

 

Sarkozy ha recordado el lema de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: "Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas". Quienes han presidido la decadencia de Francia y de Europa han negado toda regla y toda jerarquía. Sarkozy pretende poner orden en la política francesa del mismo modo que Benedicto XVI quiere restaurar el orden en la Iglesia. Frente a ellos Zapatero y Prodi quedan como residuo de un tiempo histórico caducado, como "la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores", y que reniega de la nación y de "una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada".

 

El centro ha fracasado

 

François Bayrou, que obtuvo el tercer puesto en el primer turno de estas presidenciales con los votos de los resentidos contra Sarkozy, de los paleoliberales y los democristianos, quiso condicionar la elección del presidente negando su apoyo a la derecha. El vencedor no lo ha necesitado, y la UDF se descompone, perdiendo militantes y representantes. José Javier Esparza ha señalado que también Mariano Rajoy, con "la derecha social más movilizada de nuestra historia reciente" tiene una oportunidad de no caer en el error de los consensos, los complejos y las renuncias, siempre "que escuche a esa derecha social y responda a sus preocupaciones con ideas fuertes, que esté a la altura de las circunstancias". La claridad gana.

 

Le Pen, el eclipse anunciado

 

El Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen observa ahora a distancia el triunfo de Sarkozy. El vencedor llega al Elíseo con muchas de las reivindicaciones históricas de un Le Pen que durante dos décadas no ha hecho política, con un discurso marginal que sólo consideraba el improbable caso de una victoria total. Sarkozy levanta sus banderas más populares con la posibilidad de llevarlas a lo concreto. El nuevo presidente ha tenido los votos de Le Pen, los de Bayrou, los del vizconde Philippe de Villiers y hasta el de Dominique de Villepin. Una derecha unida y plural llena de esperanzas y promesas esta nueva presidencia. ¿Las defraudará?

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 7 de mayo de 2007