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Identidad occidental

Ya son más de un millón

Ya son más de un millón

No es ninguna broma, los musulmanes son más de 1.130.000 en España. De ellos, tan sólo unos 33.000 son conversos, cifra que indica la dificultad de penetración de esta ‘religión’ entre los europeos. Sin duda, el maltrato a las mujeres, la ablación, la violencia, la tortura de homosexuales y los asesinatos continuados son una barrera que frena al Islam entre los ciudadanos españoles.

 

Los datos los aporta el primer censo de ciudadanos de esta confesión, realizado por la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE), y que sitúa en el 2,5% el porcentaje que abraza el Islam del total de ciudadanos. Por comunidades, la autonomía con mayor población de musulmanes es Cataluña, con un total de 279.037 personas, seguida de Madrid, Andalucía y Valencia. Entre las cuatro, concentran el 70% del total.

 

Los datos serán trasladados próximamente al Ministerio de Justicia, del que dependen los asuntos religiosos, y tienen como base el padrón municipal a finales del año pasado, los registros de la Administración General del Estado y los archivos de las mezquitas españolas.

 

Con todos estos datos, la UCIDE ha realizado el Estudio demográfico sobre conciudadanos musulmanes, que señala que de cada mil personas 25 son musulmanas, la mitad procedentes de Marruecos y 33.750 españoles conversos. La mayoría de los fieles son suníes que practican el culto por el rito de las cuatro escuelas reconocidas en el mundo islámico.

 

El 70% del total de musulmanes residentes en España se concentra en cuatro comunidades, siendo los principales asentamientos en Cataluña (279.027), Madrid (196.689), Andalucía (184.430) y Valencia (130.471). En el resto de comunidades, los datos son los siguientes: Aragón (30.982), Asturias (2.731), Baleares (25.859), Canarias (54.636), Cantabria (2.179), Castilla La Mancha (32.960), Castilla y León (17.366), Ceuta (30.537), Extremadura (15.536), Galicia (6.709), La Rioja (10.373), Melilla (34.397), Murcia (63.040), Navarra (10.884) y País Vasco (16.608).

 

En cuanto al alumnado musulmán, éste se concentra más o menos en la misma proporción que en la lista anterior, ya que en Cataluña estudian 30.000 personas, en Madrid cerca de 25.000, en Andalucía 19.000 y en Valencia alrededor de 11.000. Del resto de regiones, tan sólo Murcia, Canarias, Ceuta y Melilla registran algo más de 5.000 estudiantes, ya que el resto no llegan a esta cifra.

 

El informe de UCIDE lamenta que “sólo se atiende una demanda básica en las comunidades de Andalucía, Aragón, Canarias, Ceuta y Melilla, quedando alumnos musulmanes todavía sin clases y profesores en el desempleo”. De esta forma, la asociación pide el cumplimiento del contenido curricular de las clases de Enseñanza Religiosa Islámica, aprobado en 1996 y que establece también la contratación de los profesores para impartir la asignatura.

 

Minuto Digital, 18 de marzo de 2008.

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Socialistas y comunistas unen fuerzas para una nueva Desamortización

Socialistas y comunistas unen fuerzas para una nueva Desamortización La Iglesia navarra está en peligro. La izquierda quiere expropiar los templos usando una Ley franquista. Ignorancia y anticlericalismo se complementan en una pretensión absurda. 

 

El PSOE, Izquierda Unida y los abertzales de Nafarroa Bai han aprobado en el Parlamento de Navarra una moción que insta al Gobierno de Miguel Sanz a discutir la propiedad de los edificios y bienes religiosos en la Comunidad Foral. Acosado por las izquierdas, el Ejecutivo se debate entre los derechos de la Iglesia y las exigencias del PSN-PSOE, del que depende para sostenerse en el poder. En torno a la cuestión se ha revivido la alianza de izquierdistas y abertzales que se rompió en la crisis del verano de 2007. Pero lo que está en juego es mucho más importante que un gobierno regional.

 

Una cuestión histórica nada complicada

 

En principio, Izquierda Unida exigía del Gobierno que empleara "todos los procedimientos legales oportunos para impedir la privatización de los edificios y bienes públicos de uso religioso de Navarra". Añadiendo la imprecisión a la mentira, los comunistas navarros de Ion Erro olvidaban en su petición tres aspectos esenciales: 1) Los inmuebles de la Iglesia no pertenecen a las instituciones públicas, 2) su uso religioso no es circunstancial y no admite límites y 3) si hasta el momento no se habían podido inscribir en el Registro de la Propiedad se debía a una legislación franquista ahora modificada o derogada. Tres importantes razones que permiten dar la vuelta al asunto: la Iglesia no está usurpando lo que siempre ha sido suyo, sino que la izquierda trata ahora de nacionalizarlo.

 

La Ley Hipotecaria de 1946, continuando una tradición centenaria, excluía de la publicidad registral los bienes de la Iglesia. Al modificarse esta Ley y su Reglamento, y en cumplimiento de los acuerdos entre la Iglesia y el Estado, las diócesis están inscribiendo sus bienes, ¿o acaso no tienen derecho? ¿Añora la izquierda la situación del franquismo? Quizás, sencillamente, no sabe a qué era debida.

 

España, desde la conversión de Recaredo en 589 hasta la entrada en vigor de la Constitución de 1978, con pocas interrupciones y algunos altibajos, fue un país católico. No hablo de la cultura, la tradición y la religión predominantes (que siguen siendo las mismas) sino de la unidad católica, fundamentada en la confesionalidad de los poderes públicos y en la alianza estrecha entre Iglesia y Estado. Se presumía la catolicidad de España y de los españoles, de manera que no había razón para marcar límites entre lo público y lo eclesial. Y no porque no existiesen.

 

Ahora bien, tanto la Iglesia como sus partes tienen hoy una personalidad jurídica plena, y el Estado no es confesional. Si legalmente tiene hoy razón Manuel Azaña, y España ha dejado de ser católica, no es menos cierto que la Iglesia sigue existiendo, y sigue poseyendo lo que era ya suyo. Mendizábal en 1837 planteó –con la excusa de una desamortización- el expolio de las órdenes religiosas; y al extenderse después la desamortización a los restantes bienes eclesiales quedaron excluidos, precisamente, los destinados al culto y aquellos cuya venta no se logró. La Iglesia posee por tanto, hoy, los restos de su patrimonio inmemorial y lo que haya podido recibir en el último siglo y medio. Y como todo propietario, puede acudir al Registro de la Propiedad: no para quitar a nadie lo suyo, sino para evitar, precisamente, lo contrario.

 

Se escandaliza nuestra izquierda de que se han inscrito en el Registro "más de mil propiedades", entre "iglesias, ermitas, parroquias y cementerios", a nombre de las diócesis de Pamplona y Tudela. El PSOE, con aire moderado, pide al Gobierno foral "que medie" entre el arzobispado de Pamplona-Tudela y los Ayuntamientos afectados para que se conozcan las razones de esta escrituración de las propiedades eclesiales. Y el presidente del PSN, Román Felones, ha hablado pausadamente de la dificultad de un problema "nada sencillo y sensible" según él.

 

Una cuestión política, entre fanatismo y complejos

 

Felones sabe bien, sin embargo, que este asunto de las "iglesias propias" ya se planteó y se resolvió hace unos cuantos siglos. Quizás hablaríamos de otro modo si el emperador Enrique (q.D.g.) hubiese derrotado a Hildebrando y a la condesa Matilde, o si el clero no se hubiese manchado las manos en la vergüenza de Tagliacozzo, pero la Historia ya pasó por este punto: tanto las dignidades eclesiásticas como los bienes de la Iglesia están sometidos a la disciplina de Roma, y desde luego no a los caprichos de las autoridades seculares. Y menos aún cuando presumen de su acatolicidad, laicismo o anticristianismo, por cierto.

 

Es divertido ver a un heredero de Lenin como Erro diciendo que son "bienes públicos de uso religioso", y hablando con pretendida seriedad de "apropiación indebida"; o a uno de Sabino Arana, como Maiorga Ramírez, de Nafarroa Bai, lamentado la "nocturnidad y alevosía" con la que cree que ha actuado la Iglesia en este asunto.

 

Pero en definitiva, ¿de qué se trata? De saber a quién pertenecen las parroquias, las ermitas y las casas parroquiales. Según los indignados izquierdistas "numerosas facturas y documentos que acreditan y garantizan que esos edificios fueron costeados en su mayor parte desde la voluntad pública". En efecto, así es: o así fue al menos mientras el Estado fue católico. Esos bienes, creados por el pueblo (de Dios: es decir la Iglesia) para el culto, han servido a todo el pueblo mientras el pueblo ha sido católico. Ahora bien, si las instituciones ya no son confesionales es ilógico privar a la Iglesia de su derecho a registrar sus bienes (cosa que sí intentó hacer la Segunda República, pero la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas de 1933 no está en vigor).

 

Dos puntos de humor del asunto

 

Para reír, la ocurrencia del centrista José Andrés Burguete (CDN) que con su noble trayectoria jurídica se lava las manos diciendo que "estas cuestiones deben dirimirse en el ámbito judicial". Cierto, cierto: pero si vamos a abstenernos ante todo intento de usurpación entonces no cobremos el sueldo a fin de mes. La pelota, al final, va a parar al tejado del Departamento de Cultura de Juan Ramón Corpas y a la Dirección General de Pedro Luis Lozano Úriz: si lo que está en juego no fuese tan serio sería divertido ver cómo consiguen rechazar las pretensiones de los socialistas sin parecer, por Dios, que dan la razón a la Iglesia.

 

Esto tiene pinta de colear mucho tiempo, pero al fin y al cabo se debe a un problema social muy español: ya no somos católicos (las instituciones no lo son y muchos ciudadanos tampoco) pero no queremos renunciar a lo que nos gusta de las etapas anteriores. Es decir, no voy a Misa pero quiero que mis niños se bauticen y comulguen, no doy limosna pero quiero casarme en la iglesia, el chaval no cree en nada pero quiero que se confirme y así sucesivamente. Y ahora éstos, que son abiertamente enemigos de la Iglesia, que no quieren ser parte de ese "pueblo de Dios" que construyó, mantiene y llena los templos, quieren tenerlos en propiedad. Incluso cuando son edificios anteriores en varios siglos a la constitución del primer Ayuntamiento navarro. Rozan el ridículo pero causan un gran daño a la convivencia pacífica.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 20 de marzo de 2008

¿Qué sucede en Dinamarca?

¿Qué sucede en Dinamarca? Sorprende el escasísimo eco de los acontecimientos que tienen lugar estos días en las frías tierras de Jutlandia en los medios de comunicación occidentales. Sorprende por la gravedad de los hechos en sí mismos y por el calado del problema que revelan. Desde que la policía danesa desbaratase un avanzado proyecto para asesinar a uno de los dibujantes de las tristemente célebres viñetas de Mahoma, las calles de Copenhague y de otras ciudades del reino se convierten cada noche en un campo de batalla, en el que sólo la policía y las bandas radicales, islámicas y de ultraizquierda, tienen salvoconducto para transitar.

 

Recordemos la película de los hechos. El pasado 11-F los servicios secretos daneses desarticulaban una célula terrorista que pretendía asesinar al dibujante Kurt Westergaard, uno de los caricaturistas del periódico Jyllands-Posten, que publicó en septiembre de 2005 unas viñetas ofensivas para la sensibilidad de los musulmanes. El incendio provocado por estas viñetas recorrió el mundo provocando un centenar de muertos, y puso a Dinamarca en el punto de mira del islamismo radical. Por lo que se ve, las amenazas no eran vanas. De hecho Westergaard vive escondido desde entonces y bajo estricta vigilancia policial.

 

Tras la captura de los terroristas, la prensa danesa decidió publicar nuevamente las viñetas en un gesto de solidaridad con el caricaturista, y para subrayar el sacrosanto principio de la libertad de expresión. Cierto es que podrían haberse encontrado otros procedimientos, porque la libertad no debería utilizarse nunca para el escarnio de las convicciones religiosas, pero la violencia desatada en las calles pone al descubierto un tremendo problema que en Occidente no se desea mirar a la cara: que hay barrios enteros en los que el estado de derecho ya no es efectivo, sino que rige de facto la sharía o ley islámica. De hecho, entre los levantiscos figuran inmigrantes de tercera generación, ciudadanos daneses que no han sabido o no han querido integrarse en la sociedad que les acoge, sino que han preferido construir un gueto. Naturalmente, esto no sucede de la noche a la mañana, se trata de un proceso que pone en evidencia el fracaso del llamado multiculturalismo y todas las políticas de integración.

 

Dejemos clara una cosa. No simpatizo en absoluto con los autores de las caricaturas de Mahoma. Pertenecen a esa orientación iconoclasta y nihilista que está vigente en tantas franjas de la intelectualidad europea, que entiende la libertad como ausencia de vínculos y como visa para la mofa y el escarnio de los valores. Hay base y hay procedimientos democráticos para enfrentarse a lo que muchos pueden considerar una agresión a lo más sagrado: la crítica cultural, para la que existe amplio espacio en la Europa libre, las respuestas razonadas en los medios de comunicación, el recurso a los tribunales de justicia, y el testimonio público de que lo que manifiestan las viñetas es mentira. Pues bien, nada de eso ha sido aprovechado por los supuestamente agraviados, sino que se ha justificado la violencia y la barbarie contra toda una sociedad y su sistema de libertades.

 

Ahora el Gobierno danés advierte que va a emplear mano dura, desde la policía hasta la retirada de determinados beneficios sociales e incluso la expulsión del país. Todo eso puede tener su razón de ser, pero el problema seguirá presente. Un flanco interesante (y preocupante) es la connivencia de células de ultraizquierda con el extremismo islámico, que se ha evidenciado estos días en las calles de Copenhague. El nihilismo occidental y el fundamentalismo islámico, irracionalidad e irracionalidad van de la mano, como ya sugería el denostado discurso del Papa en Ratisbona. Y la gran pregunta que surge es si las sociedades occidentales están en condiciones de asumir el desafío de la defensa de su propia identidad y sus valores, así como de la acogida e integración armónica de los inmigrantes, especialmente los de religión musulmana. Esto sólo será posible si Occidente dispone d e una fortaleza espiritual y moral que ahora mismo brilla por su ausencia.

 

Ahora se ve bien a las claras que el relativismo no puede ser fundamento para la democracia y que las mejores estructuras políticas y económicas (Dinamarca las tiene) no bastan para asegurar una convivencia civil que merezca ese nombre. No es cuestión de mano dura sino de claridad de conciencia, de construir un tejido comunitario vivo y de ofrecer una auténtica propuesta educativa, basada en el gran patrimonio que conforman la tradición judeo-cristiana, la herencia greco-latina y la mejor ilustración. En Copenhague se han encendido las sirenas de alarma.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 21 de febrero de 2008

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos

En su libro "Los islamistas y los ingenuos", dos daneses critican una sociedad plural en que los inmigrantes y sus hijos no se integran.


El multiculturalismo ha entrado de nuevo a ocupar la atención de analistas,  medios de comunicación y dependencias gubernamentales de países europeos, americanos y, en menor medida, asiáticos.

 

En entrevista para el diario ABC español (3 de Febrero de 2008), los daneses Karen Jespersen y Ralf Pittelkow han evidenciado los factores de discordancia que siguen suponiendo políticas de gestión de la diversidad cultural como el multiculturalismo. De hecho, en su libro “Los islamistas y los ingenuos” (“Islamister og naivister”) critican ferozmente el concepto de multiculturalismo  y la falsa integración de los extranjeros o hijos de extranjeros que se establecen en Europa, especialmente musulmanes.

 

Ciertamente las respuestas de Jespersen y Pittelkow ameritan precisiones puntuales en cuanto a la concepción de los valores auténticamente tales, en la identificación de los valores que ellos consideran propios de Europa y en lo tocante a la relación entre libertad de expresión y respeto a la religión (uno y otro llaman derecho a criticar la religión, a las burlescas caricaturas del Jyllands-Posten sobre Mahoma entendiendo por libertad de expresión una mala expresión de la libertad).

 

 

 

 

En los últimos días, tras años de promoverla en lo secreto, exponentes musulmanes del Reino Unido han impulsado una campaña abierta que pretende la entrada en vigencia de la sharia de manera que los musulmanes puedan legislar en ese país a partir de ella.

 

The Sunday Telegraph (10 de Febrero de 2008) reportó dos comentarios significativos y de peso que manifestaban la polarización de la sociedad que en este campo suscitaba la polémica iniciativa. Por un lado el primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, haciendo ver –según él– “la inevitabilidad de la adopción de algunos aspectos de la sharia o ley islámica en Gran Bretaña”. Incluso, como reportaba la BBC en su portal de internet (11 de Febrero de 2008), defendió su apertura a la ley islámica ante el Sínodo general de la Iglesia de Inglaterra diciendo que es justo considerar la preocupación de las otras comunidades religiosas.

 

Por otro lado, el cardenal arzobispo católico de Westminster, Cormac Murphy-O'Connor, expresaba su oposición al afirmar: “Yo no creo en una sociedad multicultural”.

 

No nos entretenemos en el debate de licitud y validez que sugiere este tema (indirectamente, en líneas generales, lo abordamos en nuestro ensayo “Creer, migrar e integrarse” que se puede leer en el siguiente enlace) pero si destacamos el hecho real y no exclusivo que constituye, hoy por hoy, la realidad de muchos países: la pluralidad cultural.

 

El dato de hecho nos remite a la necesidad de una gestión del mismo. Y es que, aunque se suela confundir, multiculturalismo no es lo mismo que pluralidad cultural.

 

La pluralidad cultural es la realidad que se necesita gestionar. El multiculturalismo es un modo, una política de gestión de la pluralidad de las culturas.

 

¿Es el único y es válido? No. Hay otras maneras de encauzarlo, si bien también deberíamos examinar su validez. Así están, por ejemplo, la política de la asimilación donde el extranjero debe uniformarse a la cultura de la nación que lo aloja renunciando, de algún modo, a la anterior. A cambio recibe todos los derechos civiles.

 

La asimilación limitada trata de favorecer una asimilación lenta; se tolera el que se conserven aspectos de la cultura anterior. El “Meeting post” afirma la asimilación y unidad progresiva de todos.

 

Es decir, no es necesario obligar a los ciudadanos que llegan adopten apenas hacerlo el todo de la cultura que les recibe. El multiculturalismo, por último, privilegia el derecho de ser irreductiblemente diversos haciendo de un construido “derecho” a la diversidad un absoluto.

 

Siendo así, qué problema plantea el multiculturalismo? Primeramente es una utopía. Una sociedad implica unidad, una cohesión que camina junta al mismo destino.

 

El multiculturalismo promueve la división, infravalora la unidad y lleva a la creación de grupos-clanes cerrados. Empero, el error más grave se evidencia en el relativismo sobre el que se cimienta y a partir del cual sigue construyendo.

 

¿Y es que no todas las culturas son iguales? Más que a la igualdad, el relativismo nos remite a una valoración de la verdad que hay o no en ellas. Es innegable reconocer los valores universales que muchas de ellas poseen.

 

Sin embargo, no queda dicho que todas las manifestaciones propias sean dignas de respeto y mucho menos que debamos promoverlas y tolerarlas.

 

¿Quién estaría dispuesto a que se coman a su madre sólo porque en la cultura de los caníbales eso está bien visto?

 

¿Quién permitiría que apedrearan a su hija porque tuvo una relación fuera del matrimonio sólo porque esa es una manifestación de la cultura islámica?

 

¿Haría estallar a su esposa sólo porque en la cultura “X” inmolarse es una muestra de fe?

 

¿Está bien que maten a las niñas sólo porque en tal cultura prepondera el patriarcado o se pueden tener sólo cierto número de hijos?

 

Las culturas no son iguales. Unas son más perfectas y otras son perfeccionables; unas son ricas y otras pueden enriquecerse. No es imponer el proponer la verdad a quienes aún no la conocen en plenitud. Al contrario, es un rasgo de solidaridad e interés por el hombre.

 

El tema del multiculturalismo vuelve a estar en el punto de mira. Es verdad que las discusiones en congresos, debates o foros, mientras busquen la verdad, ayudarán de algo para llegar a conclusiones que marquen pautas de acción. Pero, en definitiva, de nada servirán mientras no se evidencie la necesidad de construir una civilización donde los auténticos valores liderados por el bien y la verdad ordenen y funden cualquier política encaminada a gestionar la diversidad cultural.

 

El peligro de errar en una aplicación viciada como el multiculturalismo tiene sus consecuencias negativas. Aún se está a tiempo de re-encauzar los caminos y sentar cimientos. Después, quizá sea demasiado tarde.

 

Jorge Enrique Mújica   

Forum Libertas, 18 de febrero de 2008

 

 

 

 

 

Un debate que es necesario afrontar

Un debate que es necesario afrontar ¿Es preciso ser pro americano?


La derecha española, contra lo que se dice por ahí, siempre ha sido bastante proamericana; al menos, desde el abrazo de Franco y Eisenhower, y va ya para sesenta años. La izquierda, al contrario, ha blasonado mucho de antiamericanismo, pero de boquilla: fue la izquierda la que metió a España en la OTAN y es la izquierda la que, controlando los canales de la cultura nacional, ha allanado el camino a la completa americanización de nuestras vidas. Sucesos episódicos como el de la guerra de Irak disparan la polémica, pero suele faltar una reflexión de fondo. La pregunta podría plantearse así: como españoles, como europeos, ¿nos conviene o no nos conviene ser proamericanos? Vale la pena plantear el debate.

 

Los Estados Unidos son un gran país. Digno de admiración en muchas cosas, digno de misericordia en otras, sencillamente odioso en otras tantas. Eso, por cierto, nos pasa a casi todos los países. En el caso de Norteamérica, como es el país más grande y poderoso del mundo, tanto las virtudes como los defectos resultan amplificados. Así hoy podemos ver en los Estados Unidos una cosa y su contraria, y una y otra nos parecen, contradictoriamente, decisivas.

 

De Norteamérica nos vienen la defensa de las libertades individuales, la vida pública conforme a la moral religiosa, un conservadurismo social muy acendrado, el espíritu comunitario, el patriotismo sin traumas; pero de Norteamérica nos vienen también el apoyo inmoral a las tiranías y a la corrupción en el “tercer mundo”, el nihilismo social y cultural, la obsesión por el progreso tecnoeconómico, el individualismo a machamartillo, la execración de las pertenencias nacionales y culturales… La subcultura “underground” y el nihilismo del 68 nos vinieron de América, como la “revolución conservadora” y el rescate de los valores tradicionales. ¿Contradictorio? Por supuesto: tanto como la cultura occidental moderna en su conjunto, de la que los Estados Unidos son la máxima y más destilada expresión.

 

Ser “antiamericano” es una simpleza; ser “proamericano” es otra simpleza gemela de la anterior. Pocas realidades admiten una posición “anti” o “pro” elementales, apriorísticas, sin matices; desde luego, las realidades humanas son las que menos admiten actitudes tan primarias. La manera más sensata de plantearse una actitud determinada hacia los Estados Unidos es, ante todo, preguntarse de qué estamos hablando. Y aquí no estamos hablando de filias o fobias, de afinidades ideológicas o de otra índole, sino de elementos mucho más neutros que todo eso: los elementos del poder, de la política. Esos elementos se derivan de una serie muy amplia de variables: la geografía, el sistema político, la economía, la potencia militar, etc. Y sumando todas estas variables, a ellos, americanos, les sale un vector que apunta en una dirección, y a nosotros, europeos, nos sale otro vector distinto.

 

Lo que de verdad cuenta

 

Los intereses políticos de los Estados Unidos no son los nuestros. No pueden serlo. No porque ellos sean mejores o peores que nosotros, sino, simplemente, porque sus circunstancias objetivas son completamente distintas a las de los europeos. Ellos son una potencia mundial asentada en un gran territorio aislado entre dos océanos, el Atlántico y el Pacífico; nosotros, europeos, somos una asamblea de países inserta entre dos continentes, África y Asia. Ellos poseen recursos energéticos propios en abundancia, tanto naturales –petróleo, carbón- como artificiales –nuclear-, de donde pueden obtener la autosuficiencia en ese terreno; nosotros, para ser autónomos en materia energética, no tenemos otra opción que crear energía nuclear o importar recursos de otros países. Ellos disponen de una potencia militar abrumadora que incluye bombas atómicas y que usan –porque pueden- sin dar cuentas a nadie; nosotros somos una reunión de enanos en materia militar que sólo subidos unos encima de otros podríamos aspirar a cierta independencia. Ellos configuran una unidad política homogénea; nosotros, no. Ellos constituyen un sistema económico centrado sobre el propio territorio nacional; nosotros apenas hemos comenzado a conformar una unión económica y monetaria. Y así sucesivamente.

 

Esto no son consideraciones abstractas; al revés, encuentran una plena aplicación práctica todos los días. Los Estados Unidos pueden, si lo estiman oportuno, predicar un orden económico mundial que esquilme África, por ejemplo; nosotros no deberíamos hacerlo, porque la población desalojada por la pobreza llegará a nuestras costas (¡aún así llevamos medio siglo alimentando esa política!). Los Estados Unidos pueden, si lo consideran oportuno, desencadenar una sucesión de guerras de baja intensidad en Oriente Medio, porque se trata de áreas situadas a 10.000 kilómetros de su territorio nacional; nosotros, por el contrario estamos a escasos 3.000 kilómetros de Bagdad. Los Estados Unidos pueden, si lo consideran adecuado a su estrategia, amparar el nacimiento en el corazón de Europa de un enclave independiente musulmán, como acaban de hacer con Kosovo; pero nosotros, europeos, no deberíamos secundarles en esa idea, porque el Kosovo, que para los americanos es un exótico rincón en un mundo lejano, para nosotros es nuestro propio suelo.

 

No sobrará insistir en esta idea fundamental: aquí no se trata de decidir quién nos resulta más o menos simpático –penoso error del antiamericanismo izquierdista-, sino de saber qué es lo mejor para la independencia de los países europeos, tanto en nuestra soberanía política como en nuestra seguridad militar, tanto en nuestra identidad cultural como en nuestra libertad personal. Y hay razones para pensar que los Estados Unidos, aliados en tantas cosas, no pueden ser, sin embargo, quienes marquen nuestro destino.

 

José Javier Esparza

El Manifiesto.com, 21 de diciembre de 2007

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Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas

Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas Histórico discurso en la basílica de San Juan de Letrán 

ROMA, jueves, 20 diciembre 2007 (ZENIT.org).- El presidente de Francia, Nicholas Sarkozy, pronunció un histórico discurso este jueves en Roma en el que presentó una visión de la «laicidad positiva», que no tiene derecho de cortar las raíces cristianas de su país.

El jefe de Estado ofreció un amplio análisis de su visión sobre la religión en el discurso que pronunció tras tomar posesión oficialmente del título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán, pronunciado en la Sala de la Conciliación del palacio contiguo a la catedral del Papa.

 

El presidente, después de haber sido recibido por el Papa en el Vaticano, explicó que «ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar una religión y libertad de cambiar, libertad de no ser herido en su conciencia por prácticas ostensibles, libertad para los padres de dar a los hijos una educación conforme a sus creencias, libertad de no ser discriminado por la administración en función de su creencia».

 

«Francia ha cambiado mucho --reconoció Sarkozy, quien ha escrito el libro «La República, las religiones, la esperanza»--. Los franceses tienen convicciones más diferentes que antes. Ahora la laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad».

 

Dejando claro esto, dijo, «la laicidad no debería ser la negación del pasado. No tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido».

 

«Como Benedicto XVI, considero que una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia comete un crimen contra su cultura, contra el conjunto de su historia, de patrimonio, de arte y de tradiciones populares que impregna tan profunda manera de vivir y pensar».

 

«Arrancar la raíz es perder el sentido, es debilitar el cimiento de la identidad nacional, y secar aún más las relaciones sociales que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria».

 

«Por este motivo, tenemos que tener juntos los dos extremos de la cadena: asumir las raíces cristianas de Francia, es más valorarlas, defendiendo la laicidad finalmente llegada a madurez. Este es el paso que he querido dar esta tarde en San Juan de Letrán».

 

Por este motivo, dijo, «hago un llamamiento a una laicidad positiva, es decir, una laicidad que velando por la libertad de pensamiento, de creer o no creer, no considera las religiones como un peligro, sino como una ventaja».

 

El título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán fue atribuido por los Papas a los reyes de Francia desde tiempos de Enrique IV, en 1593.

 

Por Jesús Colina

 

 

 

Miseria del multiculturalismo (mirando a Córdoba y su catedral)

Miseria del multiculturalismo (mirando a Córdoba y su catedral)

Los musulmanes quieren usar la mezquita-catedral. El asunto ha levantado de nuevo un debate muy espinoso. Conviene plantear las cuestiones de principio.

 

Hay que comprar el último número de El Manifiesto: "Inmigración, ¿cuántos más cabemos?", porque plantea unas cuantas cuestiones absolutamente cruciales sobre la inmigración, la identidad, el racismo y la integración. Una de esas cuestiones es la del multiculturalismo, que empieza a ser actualidad diaria: ¿pueden coexistir a la vez, en un solo espacio, varias culturas distintas, incluso contradictorias? El que viene de fuera, ¿puede seguir siendo distinto y, al mismo tiempo, beneficiarse de los derechos que el sistema concede a todos los demás? O como en lo de Córdoba, ¿podemos renunciar a parte de nosotros mismos para entregárselo a otro que lo codicia? Lo de la mezquita-catedral de Córdoba puede servir como punto de partida para una reflexión en profundidad. Lo que hay al fondo es mucho más que una cuestión de uso de un espacio religioso; es un conflicto entre una cultura arraigada y otra que viene de fuera.

 

En este tipo de asuntos no hay error más grave que hablar con medias palabras. El multiculturalismo tiene un límite claro: la incorporación de las minorías a la vida pública, la capacidad de decisión en las cosas de la comunidad. En plata: usted o yo no tendríamos demasiado problema en que los musulmanes que viven a nuestro lado lo hagan conforme a sus propias leyes, siempre y cuando éstas no pretendan convertirse en hegemónicas ni supongan una merma de nuestra forma autóctona de vida, de nuestros principios, de nuestra identidad. Es decir, siempre y cuando ellos no puedan decidir sobre nuestro sistema ni cambiar nuestras costumbres.

 

Una sociedad puede soportar perfectamente que en su seno se instalen minorías organizadas de forma autónoma: por ejemplo, musulmanes con sus propias escuelas, iglesias y asambleas. No habrá problema mientras esas minorías, auto-organizadas, establezcan en su interior un orden que coopere con el orden general de la comunidad. Puede sonar muy difícil, pero los que hemos vivido en barrios periféricos de las grandes ciudades, cuando los salvajes aluviones demográficos de los años sesenta y setenta, sabemos perfectamente qué fácil era convivir con los gitanos si sus propios clanes se encargaban de mantener el orden, generalmente de acuerdo con la policía (y al revés, el infierno que era aquello cuando no se encontraba a nadie capaz de disciplinarlos desde dentro). Ello, por supuesto, bajo la condición de que el orden interno de esa minoría no pretenda determinar el orden general. El mundo medieval también funcionaba así. La famosa "España de las tres culturas", que tanta fantasía morisca ha suscitado, sólo existió de verdad cuando una de esas culturas, la cristiana, toleró a las otras dos, islámica y judía, pero sin considerarlas nunca en un plano de igualdad.

 

Ahora bien, si a esas minorías organizadas de forma autónoma, conforme a sus propios principios, se les concede una capacidad de influencia social equivalente a la de los ciudadanos autóctonos, que por su parte obedecen a sus propios principios y leyes, entonces el conflicto es inevitable. La equivalencia de dos o más leyes distintas dentro de una misma comunidad lleva a la rivalidad y, finalmente, a la guerra. Y eso es lo que podría pasar hoy. Como estamos en una civilización que ha elevado a sagrado el principio de la universalidad y la igualdad de los hombres, con independencia de su comunidad de origen, la mera hipótesis de una jerarquía entre sistemas de orden, entre principios, se hace intolerable. Por eso las políticas multiculturalistas modernas tienden a poner a todas las culturas en un plano de igualdad política y social. Y por eso todas esas políticas han ido fracasando, una detrás de otra, a medida que las minorías empezaban a gozar de un peso que la mayoría no podía soportar.

 

¿Cabría imaginar hoy una sociedad multicultural que discrimine políticamente a las minorías negándoles el ejercicio de los derechos básicos de ciudadanía, como el del voto tras un periodo mínimo de residencia? En una democracia actual, no. Por consiguiente, o imaginamos una democracia a la griega, es decir, con un concepto restrictivo del demos, o descartamos definitivamente cualquier tentación multicultural.

 

Y si excluimos el multiculturalismo, ¿qué nos queda? Para que la sociedad funcione con cierta normalidad, sólo nos queda el imperativo de la integración de las minorías en el marco de principios y leyes que ha fijado la mayoría. En los países europeos no es demasiado gravoso: disponemos de una política de libertad de cultos que permite la práctica de cualesquiera religiones, siempre que no ordenen cosas contrarias a la ley común. Pero eso implica la necesidad de que nosotros sepamos dónde hay que integrar a la gente, cuál es el marco de principios que define nuestra identidad. No se trata sólo de un ordenamiento legal, sino también de una identidad cultural, de una tradición, lo cual incluye unas manifestaciones religiosas específicamente nuestras. Identidad y tradición que nuestro sistema, en nombre de la autonomía individual, ha renunciado a convertir en ley obligatoria, pero cuya vigencia sería suicida ignorar –y cuya pujanza no será inconveniente estimular, porque nos ayuda a saber quiénes somos.

 

No todos estarán de acuerdo, como es natural (eso también forma parte de nuestra manera de ser). Pero la definición y la afirmación de nuestra identidad colectiva, como españoles y como europeos, se ha convertido hoy en un instrumento de primera importancia para guiar racionalmente la integración de quienes vienen de fuera. Hemos de definir y proteger nuestro propio espacio. Y podremos llamar al otro para que se integre en él, pero sin que deje de ser nuestro. De lo contrario, no veremos integración alguna, sino, propiamente hablando, una desintegración. Es lo que estamos viviendo ya.

 

José Javier Esparza 

El Semanal Digital, 26 de enero de 2007   

 

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LOS LATIN KINGS SON YA UNA ASOCIACIÓN LEGAL EN CATALUÑA (¡¡!!)

LOS LATIN KINGS SON YA UNA ASOCIACIÓN LEGAL EN CATALUÑA (¡¡!!)

El Gobierno regional aprueba los estatutos del grupo, que debe abandonar la violencia

barcelona. Los Latin Kings, una de las principales bandas latinas implantadas en España, se han constituido como una asociación cultural legal en Cataluña (noreste), después de que el Gobierno regional aprobara los estatutos del grupo.

Asociación Cultural de Reyes y Reinas Latinos de Cataluña es el nombre bajo el que la banda ha presentado su reglamento, que la Generalitat (Gobierno regional) ha aprobado tras más de dos meses de estudio, confirmaron ayer fuentes del Ejecutivo catalán.

La Dirección General de Derecho y Entidades Jurídicas del Gobierno regional no halló ningún principio que pudiera ser contrario a las leyes vigentes en Cataluña y en España, y procedió a dar su autorización, explicaron las citadas fuentes.

Según informó ayer el diarioEl Periódico de Catalunya , la constitución de este grupo como entidad legal permitirá a los Latin Kings disfrutar de los beneficios de una asociación reconocida, como recibir ayudas y subvenciones de las administraciones.

desde 2004 El proceso comenzó en 2004, cuando el Ayuntamiento de Barcelona activó un plan para convencer a los Latin Kings y a los Ñetas, la otra banda latina con fuerte presencia en España, de la necesidad de abandonar la violencia e iniciar un proceso de legalización. A lo largo de este período, un grupo de juristas y estudiosos ha colaborado con los líderes de los Latin Kings en la elaboración de los estatutos de la nueva asociación legal, que entre otras costumbres consagran el abandono de los ritos violentos de iniciación y obediencia que caracterizan a estos grupos. >efe

Diario de Noticias de Navarra, 10 de agosto de 2006

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