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Políticamente... conservador

INMIGRACIÓN, INTEGRACIÓN Y ENCUENTRO CULTURAL

 


Se reflexiona sobre algunos puntos que afectan a los factores psicosociales que concurren en la cuestión social e individual de la inmigración, tales como: su concepto y dimensión psicosocial, la disonancia cognoscitiva del inmigrante, la diferenciación entre adaptación e integración, la actitud de la sociedad de acogida y la del inmigrante, la inserción laboral y educativa y el inevitable encuentro cultural.

 

                Elemento fundamental para entender algunos de los más graves problemas sociales del mundo de hoy, es el desarrollo demográfico que ofrece un desplazamiento de la población mundial, hacia los países más pobres o menos desarrollados. Ello nos lleva al contraste entre países jóvenes, de amplia población y países envejecidos en proceso descendente o con un mínimo aumento que no cubre sus necesidades de mantenimiento y desarrollo. Lo curioso es que el mundo del estado de bienestar es el que envejece y el mundo en proceso de desarrollo es el que aumenta de población de forma incontenible. Ello conduce a la «extraña paradoja de que el sur no tiene los medios económicos para su crecimiento demográfico y el norte no tiene los medios demográficos para su crecimiento económico» (Labrador, 2000, pag. 11) .
Concretamente España, según las naciones Unidas, dentro de 50 años será el país más viejo del mundo con un 37 por ciento de población mayor de 65 años frente al 17 por ciento actual y la población actual se habrá reducido a 30 millones de habitantes. De esto se deduce que «España  necesita inmigrantes y los necesita porque si no vienen, dentro de muy poco, solo 6 de cada 10 ciudadanos estarán en condiciones de contribuir a atender las necesidades económicas de los otros cuatro» (García-Hoz, 2000). Como consecuencia de esta circunstancia Naciones Unidas estima que España necesitará 12 millones de inmigrantes hasta el año 2050 para poder mantener el desarrollo actual y poder hacer frente al cada vez más alto gasto de las pensiones. Concuerdo con el profesor Barea (2000) que las cifras que se barajan son exageradas y sostiene que según su estimación «los inmigrantes necesarios para que España conserve, en el 2050, la capacidad productiva existente en la actualidad, da como resultado que sería necesaria una entrada de sólo 5 millones de inmigrantes en igual período, en el supuesto de que la tasa de actividad española aumente paulatinamente como ha ocurrido en los últimos 10 años» (Barea, 2000).
Lo que parece evidente, es que la cifra de inmigrantes se moverá entre 5 y 12 millones para España, lo cual significa más o menos que para Europa nos moveremos en cifras de 50 o más millones de inmigrantes. Sea cual sea la cifra creo que estas cantidades sirven para entender la magnitud del problema migratorio y de la inmigración en España y en Europa.
Sobre la inmigración, como problema social, que lleva al tema central de la integración en la sociedad de acogida o, dicho de otra manera a la adaptación al nuevo medio y ambiente, pretendo hacer en esta ocasión, algunas observaciones que pueden ser de utilidad ante las muchas y diversas disquisiciones académicas y periodísticas que con tanta profusión aparecen y son objeto de jornadas, congresos, cursos y otros eventos.
1.- Desde el punto de vista de la inmigración como cuestión social, hay que dejar de hablar de los extranjeros en general para concretarnos en los inmigrantes que vienen  a causa de la precariedad y el desempleo crónico de su país, que, en su mayoría, tienen un nivel de cualificación bajo o muy bajo, aunque también los hay con media y alta cualificación profesional. Son aquellos que vienen a buscar trabajo o a ganar más dinero. A estos hay que añadir los que abandonan su país por conflictos políticos y armados que ponen en peligro la vida o la libertad de las personas y que, al ser acogidos como refugiados, también necesitan buscar trabajo para sobrevivir. En definitiva es la necesidad de trabajar la que caracteriza al inmigrante en sentido estricto.
Estas personas son las que plantean las cuestiones vitales que van a afectar a la convivencia y a la estabilidad de la sociedad de acogida. Los demás sectores que, a veces se señalan, tales como aquellos que han venido acompañando a la inversión de capital transnacional, los rentistas y jubilados o personas cualificadas que vienen a establecerse en España, etc., no constituyen problema significativo, especialmente desde la perspectiva de la adaptación o de la integración  social.
Son los que buscan trabajo y nuevas condiciones de vida, que, además, pueden constituir grupos étnicos que se establecen como minorías con pautas culturales muy diferenciadas, los que obligan a planteamientos de regularización y de oferta de posibilidades de vida dignas dentro de nuestra sociedad.
2.- Cuando se habla de extranjeros en España, que según las estadísticas de 1998 eran 719.647, se contabilizan los procedentes de la Unión Europea, olvidando que los miembros de la Unión tenemos una ciudadanía común y una libertad de movimiento personal que no nos permite considerarlos extranjeros sino, como máximo, forasteros.
Esta idea de Europa y sus ciudadanos, no termina de entrar en nuestras cabezas y entender que estamos ante una figura que no es la de extranjero. En todo caso se podrán contabilizar dentro de la movilidad entre países de la Unión, pero considero erróneo que se utilicen, en los estudios de inmigración, como componentes de la misma.
3.- De la integración se habla con profusión, pero no he encontrado un tratamiento serio de lo que es y como se produce. No me extraña, pues, normalmente, se plantea como una cuestión de adaptación material a una convivencia, pero se soslaya que, por tratarse de personas, estamos ante un tema psicológico o más propiamente psicosocial, por referirse a conductas en una situación social.
La integración no es una cuestión de todo o nada, sino que representa un proceso que se inicia con la simple adaptación, otro proceso dinámico, con diversas secuencias, y que termina con el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Psicológicamente se puede estar más o menos adaptado y más o menos integrado. La adaptación es un ajuste al medio y al ambiente, con un carácter más externo que interno; la integración implica un sentimiento interior de satisfacción personal, de agrado de sentirse a gusto con su vida y su situación. La integración es un paso cualitativo desde la mera adaptación. Se puede estar bien adaptado y no sentirse integrado. Por el contrario, el que se siente integrado, indudablemente está bien adaptado. Hay una estrecha relación entre ambos conceptos pero están diferenciados. La adaptación en cierta manera representa la dimensión social mientras la integración representa la dimensión más subjetiva y profunda de la persona. Es desde la psicología social desde donde hay que enfocar esta cuestión con respecto a los inmigrantes.
A los inmigrantes, inicialmente, no hay que pedirles integración sino simplemente adaptación. La sociedad receptora ha de tener actitud y conducta abiertas que implican poner a disposición de los que llegan todos los medios necesarios para una igualdad de oportunidades respecto a la convivencia en su seno. Todos aquellos medios que ofrece a los miembros de su comunidad, trabajo, retribuciones, vivienda, educación etc., ha de ofrecerlos a los inmigrantes para que puedan adaptarse a las nuevas formas de vida. A medida que vayan alcanzando objetivos de vida satisfactorios se irá produciendo, con mayor o menos intensidad, el sentirse a gusto y satisfecho con su nueva situación.
Estamos ante un caso claro y terminante de disonancia cognoscitiva. El inmigrante tiene una doble disonancia cognoscitiva: inicialmente, por el dolor psicológico que supone dejar aquello que es conocido y familiar, posteriormente porque, como normalmente sucede, después de pasar esfuerzos y penalidades, en muchos casos muy fuertes, la realidad con la que se encuentran no suele ser igual a la que ellos se forjaron en su mente, cuando tomaron la decisión de emigrar de su país. Esta disonancia más o menos intensa se supera mediante el logro de objetivos positivos en la nueva situación, los cuales, por un lado, compensan aquello que dejaron atrás y, por otro, los van acercando a  la idea de la situación que pensaban alcanzar. Hay, pues, que ofrecerles el camino del logro de satisfacción de necesidades fisiológicas y primarias y de aquellas otras de autonomía o psicosociales. En este sentido el primer factor fundamental es la inserción laboral continuada con una adecuada remuneración.
El Profesor Izquierdo (2000) señala, que entre los «sin papeles» que llevan entre 5 y15 o más años de estancia en España hay un 55% que aún no saben si quedarse o marcharse, siendo su respuesta «depende de cómo me vaya». «El resto (45%) tiene ya decidido quedarse para siempre y, según mi punto de vista ya ha dejado de considerarse migrante [...] De los otros que no saben qué hacer, de esos “aún migrantes” diremos que junto a los ingresos (por debajo de 100.000 pesetas son más los dudosos), es la faceta de un trabajo continuado (menos de nueve meses trabajando durante el año) lo que les mantiene en la indefinición. La falta de integración laboral queda así reflejada en el inconcluso proyecto migratorio» (Izquierdo, 2000, pág. 52).
Elemento imprescindible de adaptación y de una posible integración es la inserción laboral, que constituye uno de los factores psicosociales del proceso. Por consiguiente, al inmigrante, en un período relativamente corto, hay que ofrecerle la posibilidad real y efectiva de trabajar. Echarlos de los centros de acogida sin tener un trabajo ni medios de subsistencia, como se hace a diario, representa una total irresponsabilidad social.
4.- Cuando se habla de derechos culturales, hay un enfoque que considero muy teórico y, aún, más concretamente, muy académico, producto de todos esos tópicos y utópicos planteamientos que los antropólogos han trasladado, como verdades axiomáticas, a las ciencias sociales y a una opinión pública que se presenta como progresista. El mito de la igualdad si bien constituye un factor motivador hacia una sociedad y convivencia más justa y equilibrada, ha conducido, también, por una excesiva interpretación, a ideas y tendencias que crean problemas innecesarios, en vez de soluciones reales. No todo es igual, ni todo tiene el mismo valor. Una cosa es la igualdad en el respeto a las personas, las culturas y las sociedades y otra muy distinta es considerarlas iguales en valor absoluto. No todas las culturas son iguales, no todas tienen el mismo valor. Si así fuera, no tendría ningún sentido la defensa de unos derechos humanos universales, que se pretenden aplicar y respetar en todas las culturas y sistemas sociales del mundo. No todas ofrecen posibilidades de desarrollo personal en libertad, ni ponen a disposición de sus miembros los medios para su autonomía, sino que, por el contrario limitan la libertad de decisión y no ofrecen o impiden el acceso a las posibilidades que el mundo de hoy ofrece a las personas.
                La visión de la importancia y significado de cada cultura que merece todo el respeto, protección y consideración, que ha favorecido la comprensión del mundo como pluralidad, ha dado paso a una especie de demagogia antropológica de la igualdad y de unos conceptos de respeto que considero inadecuados y, sobre todo, ignorantes de lo que son los procesos históricos que suponen permanentes encuentros e interrelaciones culturales.
El caso de la inmigración es más sutil. Aun partiendo de la máxima dignidad de la cultura del inmigrante, respecto a sus formas de vida, esta persona viene a convivir en otra cultura, con sus formas de vida propias. Llega a una estructura social, económica y vital diferente, en la que quiere alcanzar la satisfacción de sus necesidades y anhelos personales. Si quiere alcanzar estos objetivos es indudable que ha de aceptar las nuevas formas, por ejemplo, en todo aquello que es imprescindible para trabajar y conseguir la remuneración necesaria para su subsistencia. Ha de aceptar la forma de trabajo, los horarios, los días de trabajo y de descanso y así, sucesivamente, multitud de esas costumbres de la sociedad de acogida. Paralelamente, es posible conservar, en su ámbito personal y particular, usos y costumbres propios sobre formas de vestir, comidas, relaciones interpersonales y, por descontado, creencias religiosas y cosmovisión particular.
La sociedad de acogida ha de ofrecerles las mismas posibilidades de trabajo, salud, formación y desarrollo que ofrece a sus miembros, para que puedan ser usados por la familia inmigrante. Estas personas encuentran posibilidades y satisfacciones que hasta ahora les eran desconocidas y que aceptan, usan y disfrutan plenamente. Es imposible permanecer en un ámbito social y en interacción con otras personas, sin ser influido por ese ámbito y esas personas. Los que hablan de derechos culturales como la conservación pura de usos y costumbres de un grupo minoritario, dentro de situaciones sociales mayoritarias, ignoran lo que es la influencia interpersonal y social. Esta influencia se produce por el simple contacto y no por imposición, como generalmente se plantea, al hablar de grupos o culturas dominantes, expresión peyorativa que, hoy día, en Occidente no responde a la realidad.
Psicológicamente, cuanto más se mantenga el grupo inmigrante apartado de la nueva realidad social y cuanto más se cierre sobre sí mismo, más difícil será su adaptación y, por descontado, más lejos estará de una posible integración. Difícilmente puede superar la disonancia que la condición de emigrante ocasiona si no se produce un grado satisfactorio de adaptación. Cuanto menos adaptación mayor será la influencia en su vida y sentimientos de los marcos de referencia de procedencia y más vivo será el deseo de regresar a su país de origen, lo cual si prácticamente es imposible, aumentará la intensidad de la disonancia y de la frustración que ello representa, viviendo en una tensión interior que imposibilita un ajuste personal adecuado y positivo. El profesor Izquierdo lo expresa muy agudamente, cuando señala que «pensando en la integración de los inmigrantes extranjeros se puede sostener que mientras hay proyecto migratorio la integración estará psicológicamente condicionada» (Izquierdo, 2000, pág. 47). Mientras hay proyecto migratorio, puede haber adaptación positiva, pero no habrá integración. «Con proyecto hay convivencia cotidiana, hay inserción laboral,  incluso mestizaje, pero no se alcanzará el sentimiento de pertenencia a una comunidad» (Izquierdo, 2000, pág, 47).
No hay incompatibilidad entre adaptación e, incluso, integración, y el mantenimiento de valores y hábitos de la cultura propia, pero no habrá situación igual, porque ésta ha cambiado y se verá influida por la cultura de acogida, produciéndose, en mayor o menor grado, una reciprocidad de intercambio de conocimiento, usos y costumbres. Apostamos, con Izquierdo (2000), por la convivencia respetuosa de las diferencias y no por la disolución de la diversidad en una identidad, hecho que, históricamente, no se ha producido jamás. Aquéllos que defienden y pretenden que los inmigrantes permanezcan aferrados a su cultura de origen, van contra la propia naturaleza de la inmigración como cuestión social e individual, pues se trata de unas personas que vienen voluntaria o necesariamente a convivir en el seno de otra sociedad, con formas culturales propias. Además, en teorías, análisis académicos y ciertas prácticas de los expertos parece que hay un empeño en mantener y desarrollar las diferencias, incluso contra el criterio y deseo del propio emigrante. La tolerancia que defendemos se basa en la libertad de pensamiento y la autonomía personal para tomar decisiones propias. Por lo tanto ofrezcamos al inmigrante la igualdad de posibilidades y dejemos que él vaya tomando sus propias decisiones.
5.- La inserción laboral es el factor más deseado por los inmigrantes con el objeto de conseguir una estabilidad económica que le permita normalizar su vida. Sin embargo, lo que les va a abrir a la inicial adaptación y a futuros progresos laborales es el conocimiento del idioma. A los inmigrantes de lenguas ajenas al español, lo más primordial es enseñarle español en un nivel suficiente para comunicarse con normalidad. Se invierten millones en multitud de cuestiones, pero aunque se le ofrecen posibilidades gratuitas de estudio y conocimiento de español, no hay un sistema organizado que exija este aprendizaje. Cuanto menos conozca el idioma de la sociedad receptora tanto más lejos estará de una adaptación a la misma y persistirá la disonancia inicial o se agrandará al comprobar directamente la grave y frustrante dificultad que tiene para entender y hacerse entender. Hay quien al año o dos de estar en España no es capaz de expresarse en español. Eso es fomentar la inadaptación y que se sientan llenos de dificultad en nuestro país. Para aquellos que no trabajan, el aprendizaje del idioma es la forma de irles dotando del instrumento adecuado para buscar e insertarse positivamente en el ámbito laboral y los que trabajan deben, también, paralelamente, asistir a clases de aprendizaje del idioma, única manera de favorecer su asentamiento y progreso social.
Con respecto a los hijos de las familias inmigrantes el tema es más sencillo ya que, efectivamente, se insertan en la escuela española. Sin embargo, a los alumnos que la inician con una cierta edad, habrá que impartibles unas clases más intensivas de dedicación a la lengua hablada y escrita. En cuanto dominen la lengua, vehículo necesario para la comprensión, se insertarán con toda normalidad y su proceso educativo será paralelo a los autóctonos. Esta acción, implica disponer de un profesorado especializado en la enseñanza del español como segunda lengua. La inserción ha de ser plenamente en nuestro sistema educativo, considerando un error esas propuestas e incluso programas pilotos que se presentan con el fin de valorizar y reforzar los referentes culturales e identidad de origen de los alumnos pertenecientes a grupos de inmigrantes. Una cosa es que el profesorado aproveche la presencia de estos alumnos para presentar al conjunto de la clase los contenidos culturales de origen de esos alumnos como medio de un más amplio conocimiento y de promover y desarrollar el respeto y la tolerancia hacia la diversidad y otra, muy diferente, seguir enseñándoles contenidos y formas de su cultura de origen. Eso no tiene sentido, ya que favorecen las diferencias y consiguientemente se dificulta la incorporación plena a la dinámica del aula y el sistema. Privadamente, cada minoría, puede hacer los planeamientos que crea convenientes, pero el sistema educativo no debe presentar excepciones, salvo aquellas medidas necesarias para el logro del instrumento básico de incorporación a la escuela que es la lengua. La relevancia del factor lingüístico queda patente cuando en estudios realizados se comprueba, respecto a las calificaciones que «los niños extranjeros hispanohablantes se acercaban en sus resultados a los chicos autóctonos» (Franzé, 2000, pág. 71).
6.- Dadas las cifras de inmigrantes que llegan a España y Europa y, sobre todo, las cifras de los que necesariamente han de venir, hay que plantearse qué inmigrantes y cómo. Inicialmente, y para que no queden dudas al respecto, Europa y España deben estar abiertos a toda persona que quiera venir a trabajar y vivir en la Unión, sin ningún tipo de discriminación por nacionalidad, etnia, religión, sexo, etc. La actitud de acogida ha de ser sin ningún tipo de prejuicios. Pero esto no quiere decir que en su política de inmigración no haya preferencias en orden a la normal convivencia y adaptación de las personas. Parece indudable que España ha de tener preferencia, en la captación de inmigrantes, por los naturales de países iberoamericanos que por contar con una cultura común, la misma religión, la misma lengua, costumbres y usos comunes, etc., son de una fácil inmediata adaptación y disponen de mayores posibilidades de integración. No podemos olvidar que hace menos de doscientos años eran ciudadanos españoles y, algunos, como los cubanos, apenas cien años atrás eran españoles de pleno derecho. Es lamentable y añadiría  bochornoso, el trato que reciben algunos hispanohablantes que intentan entrar en España y aún más indignante cómo se les devuelve a sus países cuando, por nuestra frontera del sur, entran sin control posible, miles del Magreb y del África Subsahariana. Espectáculos como el del verano del 2000, en el que se retenían, durante días, en unas condiciones mínimas, en el aeropuerto de Barajas, a un grupo de cubanos, con la amenaza de devolverlos a Cuba, sobre el cual recayó el más absoluto de los silencios sin que sepamos, después de publicar la prensa que una parte fue admitida por razones humanitarias, cuál fue el final del resto, demuestra la falta de sensibilidad de las autoridades españolas por problemas concretos de personas concretas. Lo que en este momento parece un atentado al más elemental de los derechos humanos es devolver a Cuba personas que han logrado salir de aquella situación, pública y notoriamente conocida. Si esto lo hace España la acción es inconcebible e ignominiosa.
Reitero que no defiendo que se cierre la puerta absolutamente a nadie, pero hay grados de facilidad para la adaptación sin conflictos significativos. Cuanto más distantes culturalmente y más rígidos en sus creencias más dificultad. De ahí proceden los obstáculos que, en este proceso, presentan los islámicos en general, cuyo concepto religioso se traslada como norma, en exigencia de formas de vida que son antagónicas con las de nuestras sociedades receptoras. Si a esto añadimos el fundamentalismo cada vez mas extendido, evidentemente estos grupos pueden llegar a constituir grupos de riesgo para una pacifica y normal convivencia y, siempre, presentan mayores dificultades de adaptación. En esta cuestión hay mucha ingenuidad cuando no demagogia. Mientras los islámicos sigan con una concepción totalitaria de la vida, consecuencia de una religión etnocentrista, serán un grupo excluyente y de adaptación difícil y siempre superficial y, por descontado, sin posible integración. Han de renunciar a diversas aplicaciones, de su concepción de vida, para poderse integrar en un mundo donde se exige el respeto y la igualdad para la autonomía personal. La cuestión es más ardua, ya que esto afecta a sus descendientes, que tienen dificultades para insertarse en la escuela y en el sistema educativo. Lo denomino como ejemplo burdo pero real, «el problema de la fabada». Si estos jóvenes están en un centro donde los alumnos comen, el día que, según nuestra dieta, haya fabada, se presenta una cuestión que habrá que resolver. Este problema tan simple, como real y cotidiano, no aparece con los procedentes de otros ámbitos culturales.
Desde esta perspectiva, los subsaharianos no islámicos no ofrecen ninguna dificultad en su adaptación, salvo el conocimiento del idioma, que pueden adquirir si nos lo proponemos y se lo proponen. Por consiguiente, que nadie crea que hay actitudes racistas y xenófobas como ahora se quiere presentar en cuanto se pretende estudiar este fenómeno con serenidad y realismo. Los procedentes del África Subhariana no islámicos y los procedentes de los países del Este, sólo presentan el obstáculo de la comunicación y del nivel de formación, en su caso, pero nunca vienen con unas formas de vida rígidas y exigidas por una religión impositora, excluyente y expansiva.
A pesar del idioma, parece lógico que también los iberoamericanos se pueden adaptar con bastante facilidad en el resto de los países de la Unión Europea, aunque es comprensible que los procedentes de los países del Este, por su formación sean deseables en muchos países, pero hay que tener en cuenta que, en un futuro próximo, las naciones de procedencia se irán integrando a la Unión Europea, por lo que se extenderán, con pleno derecho, por toda Europa, sin trabas ni obstáculos administrativos.
7.- Con estas reflexiones se pretende poner de manifiesto algunos de los factores psicosociales que inciden en la cuestión social que la inmigración representa para nuestros países europeos, pero además, destacar que estamos ante un problema humano, personal e individual de cada inmigrante. Todo ello nos lleva a la consideración de lo indispensable, amen de urgente, que es detectar y analizar cuáles son los factores psicosociales que concurren, con mayor o menor incidencia, en el proceso dinámico de la integración. Es evidente que el mundo es pluricultural y, con globalización incontenible, las sociedades van a ser cada vez más pluriculturales y pluriétnicas, lo que exige tolerancia, aceptación y comprensión por las diferentes partes. No se trata de una tolerancia autosuficiente o prepotente, según expresiones del profesor Tornos (2000), pero la tolerancia implica voluntad y acción de las dos partes, por lo que el inmigrante ha de respetar y aceptar las formas de vida y culturales de la sociedad de acogida. Supongo que cuando se habla de derechos culturales, se está hablando de unos derechos para todas las culturas. Percibo, en algunos de estos planeamientos de defensa cultural, un sentido de estigma hacia la cultura occidental a la que se la quiere presentar como absorbente, impositiva y destructiva de las otras culturas. El proceso histórico es claro, la cultura más fuerte y extendida se impone, en ciertos aspectos, porque es aceptada por las personas de otras culturas en contacto con ella; pero también la historia nos enseña que, en la mayoría de los casos, las culturas más débiles o minoritarias no desaparecen totalmente, sino que conservan muchos aspectos característicos. 
La cultura más desarrollada es la Occidental, con base cristiana, y en ella se han alcanzado las más altas cotas de libertad, desarrollo personal, nivel de vida material. No es el mejor mundo posible, pero sí es el mejor mundo alcanzado. Hoy por hoy, digan lo que digan los detractores, es el mundo al que aspira la gran mayoría de los miles de millones que habitan en el resto del planeta. Representa la referencia deslumbrante para todas aquellas personas que no ven en sus países la posibilidad de alcanzar las cotas de bienestar y libertad logradas en el denominado primer mundo. Es verdad, también, que los países del bienestar han de ser conscientes y convencerse que aceptar inmigrantes no es un acto de gracia o de caridad cristiana, sino de absoluta necesidad, ya que la inmigración es imprescindible para mantener su progreso. De aquí su actitud abierta y acogedora, pero paralelamente, el inmigrante ha de llegar, también, con actitud abierta para insertarse en la sociedad de acogida. El profesor Tornos (2000) indica que «la posibilidad práctica que nos queda para avanzar en el pacífico funcionamiento de las relaciones interculturales es procurar aquel grado de tolerancia pública y privada de las diferencias que puede permitir que ellas, lejos de envenenarse y endurecerse, puedan objetivarse y evaluarse equilibradamente» (Tornos, 2000, pág.62). Ese grado de tolerancia, entiendo, se sitúa en aceptar y respetar la cultura del grupo minoritario en todo aquello que no afecte al buen convivir dentro de la cultura de acogida. Y todo ello dentro de un contexto de plena libertad para que cada individuo pueda escribir su propia biografía.

Por Dr. Luis Buceta Facorro

Universidad Pontificia de Salamanca

El Brocal, 6 de abril de 2002

 

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