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Políticamente... conservador

No neguemos que hay musulmanes a los que les pone la yihad

Si yo fuera un pacifista rojelio, estaría muy deprimido con las protestas por el aniversario de la guerra de Irak. Unos pocos cientos de personas se dejan caer por aquí y por allí para ver cómo detienen a Cindy Sheehan por decimoquinta vez, y Charlie Sheen desvela su teoría conspiratoria, aclamada por la crítica, de lo-del-World-Trade-Center-fue-una-explosión-controlada. Susan Sarandon va a interpretar a Cindy en la película, o a Charlie, o a ambos; de todas formas, podrían darle el Óscar durante los títulos de crédito iniciales. Si bien Charlie Sheen es, indudablemente, un esforzado líder, era inevitable advertir que la muchedumbre pacifista había mermado con ocasión del tercer aniversario. El fin de semana siguiente, medio millón de inmigrantes ilegales (ups, lo siento: medio millón de honorables miembros de la Comunidad Indocumentado-Americana) tomaron las calles, y de pronto te dabas cuenta del aspecto que se supone tiene una gran manifestación. En teoría, estos tíos ni siquiera deberían estar en el país, pero pueden organizar un movimiento de protesta pública mejor que ninguna de las concentraciones contra la guerra promovidas por los medios y por Hollywood 24 horas al día, siete días a la semana.

Bueno, vale, se supone que la mitad de la peña antiguerra tampoco está en el país, si es que mantuvieron su promesa de irse a Canadá tras las últimas elecciones. Pero lo que pienso es que no existe un movimiento antiguerra de masas. Algunos comentaristas se confesaron atónitos por la escasa asistencia, en un momento en que las encuestas muestran que lo de Irak es cada vez más impopular.

El caso es que hay dos tipos de personas que ponen objeciones a la guerra: está la izquierda caduca, la de Sheehan-Sheen, que en la práctica urge a América a fracasar en Irak, y está el grupo, potencialmente mayor y a la derecha de aquélla, cada vez más receloso de la concepción oficial de la guerra. Los segundos no quieren que América pierda; quieren que gane, y decisivamente. Con los titulares del día, desde la yihad de las viñetas danesas hasta el afgano que afrontaba la pena capital por apostasía, la descorazonadora respuesta de la "diplomacia pública" corre el riesgo de sonar sólo un poco menos demente que Charlie Sheen.

La madre del cordero, aquí, es el "respeto". Todo el mundo está ocupado profesando su "respeto"; todos "respetamos" al Islam: presidentes, primeros ministros y ministros de Exteriores se deslizan tan cotidianamente por la rutina del profundo-respeto-a-la-religión-de-la-paz que olvidan que, por acumulación, todo eso empieza a sonar menos como "¡Movámonos!" y mucho más como "¡Démonos la vuelta!".

Jack Straw, el secretario británico de Exteriores, pronunció el otro día el discurso típico del gobernante occidental: "Un gran número de musulmanes [en el Reino Unido] estaban comprensiblemente molestos por que esas viñetas fueran reimpresas en Europa, y de corazón consideraban que sus creencias estaban siendo injuriadas. Expresaron su rabia y su dolor, pero lo hicieron de una manera que reflejaba la pacífica e ilustrada religión del Islam".

¿"La pacífica e ilustrada religión del Islam"? ¿Qué serían, pues, los tipos que desfilaron por Londres con pancartas que rezaban "Decapitad a los enemigos del Islam" y "La libertad de expresión es el terrorismo occidental", y prometiendo un nuevo Holocausto en Europa? Esto es geopolítica según la Doctrina Aretha Franklin: cuanto más proclama el mundo su r-e-s-p-e-c-t, más nos golpean los islamistas.

La retórica del secretario de Exteriores no está a la altura de la realidad. Lo que están diciendo los líderes gubernamentales a sus ciudadanos es, esencialmente: ¿a quién vais a creer, a los banales escritores de mis discursos o a vuestros propios ojos?

Si quieres ganar la guerra, no marees. Hay millones de ciudadanos que no van a mantenerse firmes con lo de "una larga guerra" (como la Administración la llama ahora) si creen que se les está hurtando la naturaleza de la misma. Una de las razones por las que consideramos a Churchill un gran hombre es que sus discursos acerca de la naturaleza del enemigo no exigían devaneos o circunloquios.

Si tuviera que proponer un modelo para la retórica occidental, sería el australiano. En los días posteriores al 11 de Septiembre los franceses recibieron toda la atención por ese titular de Le Monde: "Nous sommes tous Americains" ("Todos somos americanos"), aunque realmente no lo pensaban, ni siquiera entonces. Pero John Howard, el primer ministro australiano, lo dijo mejor y mantuvo su palabra: "Este no es el momento de ser aliado al 80%". Genial.

Más recientemente, Howard brindó algunas reflexiones sobre lo que diferencia a los musulmanes de otros grupos de inmigrantes. "No se puede encontrar ningún equivalente en la inmigración italiana, o griega, o china o báltica en Australia. No existe un equivalente al entusiasmo por la yihad", dijo, afirmando lo obvio como no se atrevería a hacerlo la mayor parte de los líderes políticos. "Realmente, no tiene mucho sentido simular que no existe".

Por desgracia, demasiados entre sus homólogos insisten en simular (al menos ante su ciudadanía) que no existe. ¿A qué porcentaje de musulmanes occidentales le pone la yihad? ¿Al 5 por ciento, al 10, al 12? Teniendo en cuenta que el conocimiento de esta identidad panislamista es crucial para la victoria, ¿por qué no podemos reconocerla honestamente? "Entusiasmados con la yihad" es una oración que cumple la ley que se solía llamar "la prueba del hombre razonable": si usted está viendo en el noticiero unas imágenes de una protesta musulmana en la que se promete el desencadenamiento de un nuevo Holocausto, la frase de John Howard sirve.

¿Se trata de algo puntual? Escuche a los colegas de gabinete de Howard. He aquí al ministro de Finanzas, Peter Costello, dando consejos a los musulmanes occidentales que quieran vivir bajo la ley islámica: "Existen países que aplican la ley religiosa, o sharia, empezando por Arabia Saudí e Irán. Si alguien quiere vivir bajo la sharia, esos son países donde se sentirán cómodos. Pero no Australia".

La mayor parte de los jefes de Gobierno occidentales callan, y su silencio es interpretado correctamente como vacilación por el Islam renaciente. También atendí a este jugoso resumen de mi ministro de Exteriores favorito, el australiano Alexander Downer: "El multilateralismo es un sinónimo de ineficacia y de política descentrada que implica el internacionalismo como mínimo común denominador". Recuerde el genocidio sudanés, los misiles nucleares iraníes, la chapuza de la respuesta de la ONU al tsunami, etcétera. Está bien, eso de que para ser ministro del Gobierno australiano no se necesite la confirmación de John Kerry y Joe Biden.

Mi temor es que, en esta nueva guerra, las banalidades oficiales sean el equivalente al parloteo de la fase relajada de la Guerra Fría, en los años 70, cuando Willy Brandt y Pierre Trudeau y Jimmy Carter simulaban que el enemigo no era lo que era. Después llegó Ronald Reagan. No era sólo lo del Imperio del Mal: sus bromas también iban de dinero. A su propia manera depravada, los islamistas son mucho más ridículos que los comunistas, y unos cuantos chistes no vendrían mal. Si ésta es una "larga guerra", se precisa una retórica que sirva hasta el final. El libreto actual no pasa el examen.

Por Mark Steyn

Libertad Digital, Revista de fin de semana, 4 de abril de 2006

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