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Políticamente... conservador

Curar la quiebra conservadora

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…” Esa descripción dickensiana de Europa durante la Revolución Francesa se mantiene vigente hoy para los conservadores norte-americanos.
En la edición estadounidense actual, no obstante, las dos ciudades de nuestro cuento no son Paris y Londres. Son “Washington, D.C.” y “el resto del país”.
Más allá de los confines de Washington, este es el mejor de los tiempos para el conservadurismo. La inmensa mayoría de los norteamericanos comparten los valores sociales tradicionales y, como política, los principios más básicos del conservadurismo tales como un gobierno limitado, el estado de derecho y el mercado abierto. La expansión económica continúa veloz (estimulada por prudentes recortes de impuestos), con una creación anual de millones de empleos, el desempleo cerca de mínimos históricos y con la inflación estrictamente contenida. El mejor de los tiempos, sin duda.
Sin embargo, a los conservadores que se atreven a mirar lo que está pasando dentro de Washington no se les puede echar en cara que piensen que es el peor de los tiempos.
Es paradójico. Políticos auto-proclamados conservadores han dirigido el gobierno central (tanto la vertiente ejecutiva como la legislativa) durante media década. Sí, han conseguido mucho. Pero también han metido la pata, una y otra vez.
El gasto público se ha disparado (ha incrementado casi el 50% desde 2001). El Congreso “conservador” estuvo al mando durante el incremento del 40% del gasto público para financiar proyectos escolares locales (“No Child Left Behind”) y promulgó el programa nuevo más caro de los últimos 40 años (el programa Medicare para medicamentos). Desde la seguridad nacional, pasando por la ayuda a las granjas y hasta las carreteras, no ha habido un solo problema que este “conservador” gobierno no haya intentado empapelar con dinero. Montones de dinero. Y más dinero.
Es un problema enorme. A medida que el estado gasta más y más, se implica más amplia y más profundamente en nuestra vida cotidiana. Pero las personas pueden crear y mantener una sociedad sana solamente cuando son libres para crear su propio destino, para esforzarse, para cometer y superar sus errores y para alcanzar el éxito a su propia manera.
Érase una vez los políticos conservadores tenían esto presente. Llevaban consigo los principios de gobierno limitado hasta su cargo público. Pero después de sostener las riendas del poder durante un tiempo, hay demasiados dispuestos a cambiarse de caballo para transitar por los montes del Gran Gobierno, originarios de Washington.
Los líderes del Congreso han de volver a sus puestos originales para poder enderezar al Gobierno nuevamente.
La mayoría conservadora que les votó puede contribuir haciendo un seguimiento detenido de los debates y asegurándose de que sus representantes llamados conservadores responden como tal.
Aquí hay seis sencillas preguntas que nuestros políticos, y quienes les votan, deberían tener presente al debatirse sobre una propuesta de actuación gubernamental:
  1. ¿Es cosa del gobierno?  El poder Central solamente debería cargar con aquello que no puede ser manejado de forma más eficiente por un estado, una comunidad o un individuo
  2. ¿Promueve la auto-confianza? Hay demasiados programas gubernamentales que castigan la iniciativa individual; algunos incluso crean una permanente subclase dependiente.
  3. ¿Es responsable? Demasiados creadores de políticas públicas tratan el Tesoro Público como un pozo sin fondo. No lo es. Las promesas sin fondos de Washington tarde o temprano habrán de ser pagadas. ¿De dónde ha de venir ese dinero?
  4. ¿Contribuye a la prosperidad de los EUA? Los políticos alardean de “llevarse el gato al agua”. Pero todos los proyectos para el gato así como los programas ilimitadamente financiados acaban por agotar la prosperidad de los EUA.
  5. ¿Contribuye a nuestra seguridad? El Congreso exige que casi el 40% del gasto central en protección antiterrorista se divida equitativamente entre los estados de la Unión. ¿Es realmente equiparable la amenaza terrorista en Montana, a la de California o Nueva York? El primer deber del Gobierno es proteger a la nación, no hacer un “café para todos”.
  6. ¿Nos unifica? Nuestro país se hace más fuerte a través de la integración y del crecimiento, no a través de la división y la substracción. Las políticas públicas deberían fomentar el patriotismo, los valores norte-americanos y una lengua común para promover una identidad nacional unificada.
El Gobierno es tan bueno como las personas a las que representa. Y, de hecho, eso nos favorece. El “experimento americano” es el “experimento” de más éxito de la Historia. Un puñado de inmigrantes arracimados en la costa del Atlántico cuando ganaron su libertad, dispuestos a conquistar un continente. En una centuria lo habían logrado.
Si nosotros, los ciudadanos, empezamos a reclamar que nuestros legisladores respondan a las seis preguntas anteriores, podremos conseguir que sigan andando por buen camino; el camino forjado por los Fundadores y por aquéllos que les siguieron.
Como todo en la vida, estos los puntos de referencia son independientes. Por supuesto los políticos han de ceder algunas veces. Pero se les paga por tomar decisiones difíciles, no por socavar los principios en los que articulan la campaña electoral.

Con la implicación de una ciudadanía comprometida, esos a quienes eligieron deberían poder aferrarse a los principios y políticas públicas conservadores que expanden la libertad, las oportunidades y la prosperidad para todos. Eso produce un futuro que es simplemente “el mejor de los tiempos”.


 Edwin Feulner es presidente de The Heritage Foundation, un instituto de investigación de políticas públicas asentado en Washington y co-autor del Nuevo libro Getting America Right.
Publicado en Heritage Foundation por Edwin Feulner
American Review, 05-04-2006

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