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Políticamente... conservador

Patriotismo descremado, bajo en calorías

Hay que alegrarse del éxito de crítica y público que está cosechando la plataforma Ciutadans per Catalunya. En una vida pública como la catalana, tan aherrojada, tiene mucho mérito lanzarse al ruedo contra el asfixiante nacionalismo local. Lo que resulta llamativo es que el principal apoyo de este grupo sea la (exigua) derecha mediática. A juzgar por estos medios, la Plataforma sería una sana erupción del mejor patriotismo español contra la hidra separatista. Y, en efecto, el discurso de la Plataforma no puede ser más nítidamente antiseparatista; sin embargo, ¿puede definirse lo suyo como "patriotismo español"?

En todo esto hay una confusión que conviene disolver. Como los nacionalismos periféricos se nos han presentado en forma invasiva y agobiante, con ánimo de regular hasta las etiquetas de la ropa interior, el desafío separatista se está confundiendo con un desafío a la libertad. Y es verdad que ambos desafíos concurren simultáneamente, pero hay que subrayar que ocupan planos distintos. La salvaguarda de los derechos individuales –por ejemplo, que yo pueda rotular el nombre de mi negocio en la lengua que me dé la gana- es una guerra, y la defensa de la unidad nacional –por ejemplo, que no haya más "realidad nacional" que España- es otra guerra distinta. La Plataforma está alineada sin sombra de duda con las libertades públicas, pero su discurso lo mismo podría servir para la nación española que para la francesa… o para una nación catalana respetuosa con la libertad de los individuos. Porque, en efecto, si nuestros nacionalismos no fueran tan opresivos, ¿habría nacido esa Plataforma?

Al fondo hay un problema de tipo filosófico-político. Los medios que se han atribuido el monopolio del patriotismo están subordinando la idea de España a una determinada interpretación de la democracia; una interpretación que se reduce al molde del individualismo liberal y en la que provoca urticaria cualquier cosa que suene a comunidad, a sentimiento colectivo, a pertenencia. Ahora bien, ¿qué es el patriotismo sino un sentimiento colectivo, de comunidad, de pertenencia? Sin una dimensión comunitaria, el patriotismo puede servir para pasar por "políticamente correcto", pero será un patriotismo descremado, bajo en calorías.

Lo que necesitamos es otra cosa. Precisamente el gran pecado de la España constitucional ha sido su incapacidad para construir un patriotismo adaptado a las instituciones democráticas y, viceversa, para edificar una democracia que no se manifieste como abominación del patriotismo. Nuestro país no ha sido capaz de conjugar las libertades individuales y la descentralización del Estado, que son las señas de la Constitución de 1978, con un mínimo sentimiento comunitario que permita a la gente reconocerse en su propio país. El resultado de esa carencia, treinta años después, lo tenemos a la vista: surgen "realidades nacionales" por todas partes mientras que declararse "patriota español" se convierte en algo sospechoso. Tan sospechoso que nadie osa dar el paso crucial: pensar democracia, comunidad y patria al mismo tiempo.

España neurótica.
 José Javier EsparzaEl Semanal Digital, 12 de mayo de 2006
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