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Políticamente... conservador

Sin sexo y sin cultura

 “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. El ya viejo programa de Alfonso Guerra, formulado en los años 80, se está materializando ahora de forma silenciosa con los nuevos derechos que consagran los estatutos de autonomía. El blindaje de competencias, el sistema de financiación y las políticas lingüísticas nos tienen muy ocupados. No es para menos. Pero están pasando inadvertidos los modelos de convivencia auspiciados por los nuevos estatutos, que son auténticas constituciones. Merece la pena bucear en el texto del proyecto de reforma del Estatuto de Andalucía porque contiene algunas sorpresas. En el artículo 35, bajo el título Orientación sexual, se establece que “toda persona tiene derecho a que se respete su orientación sexual y su identidad de género”. El respeto a la orientación sexual de cada ciudadano es, sin duda, algo que una norma de referencia debe tutelar. Pero las tres últimas palabras del artículo van más allá y suponen una gran conquista de la ideología que durante las últimas décadas ha venido intentando destruir el valor de la diferencia sexual. La ideología del género teoriza que no hay sexos, que las fisonomías diferenciadas son un producto de las circunstancias. Cada persona, a través de opciones sucesivas, se adscribe a uno de los números géneros (homosexual, bisexual, heterosexual... la lista está siempre abierta). Es una concreción más de una cultura en la que el deseo de felicidad se expresa como una revuelta violenta contra la fisonomía con la que cada uno ha venido al mundo. La identidad que nos viene dada es, por fuerza, considerada algo malo y algo que nos limita, algo de lo que tenemos que librarnos. La única identidad que nos vale es la que podemos construir con nuestra voluntad. La revuelta contra la identidad sexual recibida tiene un paralelismo con el rechazo de la tradición cultural en la que se ha nacido. No se aceptan los valores de referencia en los que uno se ha criado, no se utilizan como punto de partida para desarrollar la personalidad de cada uno y para desarrollar un proyecto comunitario. En lugar de poner a prueba esa tradición, se relativiza a través de un multiculturalismo que confiere el mismo peso, es decir, ninguno, a todas las hipótesis. El artículo 37 del proyecto de Estatuto de Andalucía, el que define los principios rectores, establece que “los poderes de la Comunidad Autónoma orientarán sus políticas públicas para garantizar (…) la convivencia social, cultural y religiosa de todas las personas en Andalucía y el respeto a la diversidad cultural, de creencias y convicciones, fomentando las relaciones interculturales con pleno respeto a los valores y a los principios constitucionales”. Afortunadamente, no se ha introducido el término multiculturalidad. Es absolutamente necesario que se tutele el respeto a las creencias de todos. Pero sin haber formulado alguna referencia –como hizo Jefferson en la constitución estadounidense al consagrar el derecho a la felicidad-, es fácil que este precepto sirva para argumentar que todas las culturas tienen el mismo valor. Sin sexo y sin una cultura que sirva de hipótesis, el deseo de felicidad que Jefferson elevó a categoría constitucional fácilmente se extravía.  Fernando de Haro  Páginas Digital, 17 de mayo de 2006
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