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Políticamente... conservador

La insoportable levedad del pensamiento disidente

Durante muchos años, la crítica al nacionalismo lingüístico o al nacionalismo a secas no tenía cabida en los medios de comunicación catalanes. A quienes tratábamos de hacerlo sólo nos quedaba el espacio reducido de revistas disidentes, muy marginales, como Cervantina o Tolerancia. De escaso presupuesto y círculos cercados, su influencia era muy escasa. Recuperaré de vez en cuando algunos de aquellos artículos que de tanto haber sido ocultados siguen siendo vigentes. En este caso, una reflexión realizada en 1997 en la revista Tolerancia que, lejos de apolillarse, ha debido completarse ahora con otra mucho mayor y que se publicará en el próximo número de La Ilustración Liberal. 'El Síndrome de Catalunya', que así se titula, intenta dar cuenta de las patologías sociopolíticas que padecemos hoy en Cataluña. Como Albert Boadella, doy por supuesto que Cataluña está enferma, y trato de comprender su enfermedad, clasificar sus virus, comprender qué nos pasa, descubrir por qué no nos atrevemos a ponerle cura.  Ese estudio empezó en ideas como las que vertí entonces en Tolerancia, y de las que vuelvo a dar cuenta ahora. A menudo he reflexionado sobre la excesiva "prudencia" en los juicios que los disidentes al nacionalismo en Cataluña han dirigido al proceso de normalización lingüística. No me refiero con "prudencia" al juicio que discierne y distingue lo bueno de lo malo en aras de escoger lo más conveniente, sino más bien a su acepción de "cautela", es decir, a la astucia, maña o sutileza para no provocar rechazo social cuando se arremete contra ideas integristas. He buscado razones y, me las he, me las han dado. De todo tipo: estratégicas, altruistas, ejemplarizantes… Ninguna me ha acabado de convencer por completo. Todas eran muy respetables. Dicen los clásicos que la madurez es saber conformarse con una realidad que nunca será la soñada. Algunos. Otros han asegurado que sólo de la insatisfacción nace la libertad y se recrea la vida. No sé cuál de los dos caminos será el acertado, o si lo son los dos, ninguno o se le suman otros, pero sé cuál de ellos nos invita a la fatalidad. Por eso, a menudo, cuando he buscado razones sólo me he topado con coartadas. ¿Nacidas del pudor a la verdad oficial imperante? ¿O, más bien, del cálculo por la posición política ocupada?… Puede que de la astucia o de la inteligencia a secas. De todo debe de haber. Pero, nazca de donde nazca esa prudencia, se comprueba cada día que es el más eficaz de los somníferos de los que el nacionalismo se aprovecha para tener congelada la protesta social contra sus excesos. "El miedo guarda la viña", dice un refrán castellano. La "prudencia intelectual" en Cataluña deja hacer al nacionalismo y desactiva a quienes lo sufren. Es su arma más sofisticada y cruel: hacer creer culpables a sus víctimas. Alto precio a pagar, justificado por parte del catalanismo lingüístico por el capital moral acumulado durante los años del franquismo, que ha pasado a cobrar en la etapa democrática, en su calidad de víctima.  Todo aval se acaba si se abusa de él. Todavía no en Cataluña. El estatuto de víctimas alimenta la prudencia intelectual, ésta deja hacer al nacionalismo y paraliza a quienes soportan sus consecuencias. Desde hace años, la disidencia es rehén de un laberinto de conceptos, opiniones, lugares comunes y siglas históricas que nombran lo que ya no son. "Continuaremos suponiendo a Dios –decía Nietzsche– mientras sigamos creyendo en la gramática". Seguirá aturdida y subyugada en Cataluña mientras no ponga en cuestión los dogmas conceptuales que el nacionalismo ha impuesto o depuesto, según su conveniencia: "inmersión", "doble red escolar", "lengua materna", "hecho diferencial", "España", "lengua propia", "inmigración", "autodeterminación", etcétera. Seguirá flagelándose mientras siga "creyendo" que detrás de las siglas de algunos partidos y sindicatos están sus sueños progresistas y no sus carceleros.  No es capaz de admitir que buena parte de nuestra clase política vive en una nación frustrada; o sea, envenenada por ser, ansiosa por encontrar disculpas que la justifiquen, encabronada por una realidad que la niega, dispuesta a consumar el engaño utilizando valores y reivindicaciones loables, nobles, democráticas; con todo el cinismo del mundo, sin un maldito amago de vergüenza.  Perdidos en esa telaraña de conceptos, cada atrevimiento se frustra por temor a desagradar al señor de la viña: no se debe decir esto, nombrar lo otro, remarcar lo evidente. Y todo esto, en el mejor de los casos. En el peor, el disidente, presionado por el ambiente estético nacionalista, se desdibuja en la defensa de sus convicciones más profundas y utiliza descalificaciones propiamente nacionalistas contra sus propios compañeros de disidencia. Es la consecuencia del excesivo pudor que siente ante la liturgia estética de auditorios llenos de "progres" estancados en reivindicaciones biempensantes, como si el mundo acabara en las leyendas universitarias de su generación. Con esa actitud mezquina vende a sus propios compañeros, refuerza las descalificaciones nacionalistas al uso, pero sobre todo se hace esclavo de su propia mediocridad al traicionarse a sí mismo.  Así, a costa del desprestigio de sus propios compañeros, construye su respetabilidad. Se siente a salvo, fuera de la satanización nacionalista, sin más porvenir que ir renunciando cada día un poquito más a sus propias convicciones. La vergüenza de la madre soltera de antaño nos recuerda la condescendencia que suscitan estos personajillos amordazados por la presión de esta época. Tomar conciencia de esta ingratitud contra uno mismo podría constituir el principio del fin del caciquismo nacionalista. La disidencia ha de tener el valor intelectual de romper la baraja. Crear espacios para poder respirar. Se han enquistado demasiados conceptos demonizadores en el imaginario popular, causantes directos de sutiles complejos. Han minado sus referencias ideológicas, culturales, lingüísticas, nacionales e internacionalistas, han ocupado todo el territorio mental e ideológico. Juegan siempre en campo propio. Atreverse a colectivizar esa hegemonía la obligará a vivir a la intemperie. Pero proseguir en su consentimiento la hará un poco más esclava cada día.  Es preciso nombrar lo denostado: debería hablar de bilingüismo, de pluralidad, de mestizaje, de tolerancia; de izquierdas y derechas; debería nombrar a España y no dejarse acomplejar por utilizar democráticamente los colores de la bandera constitucional. Debería incorporar a su lenguaje la legitimidad de conceptos como república, federalismo, ciudadanía… Debería hacer referencias a las lenguas de Cataluña cuando hablemos de lengua propia. Es preciso defender lo evidente, recuperar el español como lengua común. Esas minas virtuconceptuales que la frenan cederán espacio a cada atrevimiento, y cada espacio conceptual liberado obligará al nacionalismo a rebatirla con argumentos, no a descalificarla con insultos. No hay que tener miedo a ser contundentes. El problema no está en la radicalidad de los conceptos utilizados, sino en la naturaleza de los pensamientos que los nutren. Demasiadas veces se ha confundido la contundencia con la defensa de posturas antidemocráticas, o con la violencia, ese camino impaciente del apresurado que lo quiere todo ahora porque es incapaz de apreciar la complejidad de la vida o dudar de sus propias convicciones. Ahí no hay contundencia, determinación o ausencia de complejo; ahí sólo hay intolerancia, cutrez, autoritarismo y en algún caso fascismo.  El marco de la contundencia debe ser rigurosamente democrático. Sin excepción alguna. Pero, dentro del Estado Democrático, "la convivencia a cualquier precio –lo diré con palabras de Francesc de Carreras– es indignidad".  Empezando por el derecho a poder decir en palabras razonables lo que nuestro corazón siente: hablar de tolerancia es respetar y atreverse a convivir con el que no piensa como tú sin renunciar a denunciar aquello que nos parece indecente, exigir el bilingüismo es crear las condiciones para que la sociedad catalana entera lo sea sin traumas, no utilizarlo como coartada para marginar a aquellos ciudadanos que nunca pudieron dominar una de las lenguas. Nombrar a España es ejercer el derecho a construir una nación de ciudadanos, compatible con las aspiraciones ideológicas, religiosas, económicas, culturales, lingüísticas, etcétera, de cada uno de los ciudadanos que la componen. Y en todo caso, disfrutar del derecho a sentirse como cada uno quiera en la misma proporción que lo disfruta quien únicamente admite la nacionalidad catalana. Españas ha habido muchas. Nosotros tenemos derecho a la nuestra: un Estado de Derecho donde el ciudadano sea la referencia moral y política por excelencia y cuya estructura aspire a fundirse en un mundo sin fronteras. Existen razones objetivas para confiar en la bondad y acierto de estos pensamientos. Hace cinco años [recuerde el lector que esta reflexión data de 1997] era imposible ser una persona decente si se defendían posturas lingüísticas distintas a las nacionalistas. Hoy sólo son ciudadanos discrepantes. Los únicos perjudicados han sido los psiquiatras. Por Antonio Robles  antoniorobles1789@hotmail.com

Libertad Digital, suplemento Ideas, 16 de mayo de 2006

 
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