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Políticamente... conservador

La agresión contra Palestina

Habrá quienes se sorprendan de que un asesinato arrastrara a más de treinta países a una guerra que abarcó medio planeta, derrumbó cuatro imperios y dejó un saldo de ocho millones de muertos y otros tantos inválidos. Serán los que atribuyan la Primera Guerra Mundial exclusivamente al magnicidio, en Sarajevo, del archiduque Francisco (28-6-14), una ligereza similar a atribuir el reciente operativo israelí en Gaza (28-6-06) sólo al secuestro de ciudadanos israelíes por parte del Gobierno palestino (uno de ellos, el adolescente Elías Asheri, fue asesinado minutos después de ser raptado).

De la magnitud de la operación Lluvias Estivales uno podría destacar que si nuestro país moviliza a miles de sus soldados para rescatar a un compañero de las garras del terror es porque está comprometido hasta el tuétano con defender la vida de su población, en contraste con nuestros enemigos, que enseñan a sus hijos a matarse desde pequeños y no hacen más que generar en sus propios ciudadanos penurias y sufrimiento.  Dicho compromiso viene ya registrado en el Talmud, que coloca el rescate de cautivos como uno de los preceptos centrales del judaísmo (tratado de Bava Batra, 8).

Mañana, precisamente, se cumplen treinta años de un célebre rescate: el de Entebbe, en Uganda, cuando la Fuerza Aérea Israelí liberó (4-7-76) a cien civiles secuestrados por dos bandas terroristas: la alemana Baader-Meinhof y la palestina FPLP. Del avión, de Air France, habían sometido como rehenes a los pasajeros judíos (no sólo a los israelíes). Y el piloto francés Michel Bacos, por haber intentado permanecer solidariamente con sus pasajeros en cautiverio, al regresar a Francia fue… sancionado.  

El heroísmo de la acción en Entebbe fue documentado en muchos libros y películas, y en Israel acaba de publicarse un epistolario del comandante del operativo, Ionatán Netanyahu (hermano del jefe de la actual oposición), que murió durante la gesta. En cuanto a los medios europeos, ni siquiera permiten que el evento se recuerde. Ningún testimonio de la agresión que sufre Israel se filtra en sus páginas o informes, ya que ello podría despertar a los europeos acerca de quién es el agresor en Oriente Medio. 

Pero lo fundamental es que el presente operativo israelí trasciende tanto el secuestro de Guilad Shalit como otros secuestros y qasams, los atentados suicidas y diversas variantes del islamismo, todas ellas meros medios de su empecinado objetivo: aniquilar el Estado hebreo.  Una vez más, Hamas declara su necrofilia: "Preferimos morir todos antes que aceptar el derecho de Israel a existir"; mientras el Ministerio de Exteriores francés declara su cinismo: "Pedimos que se libere a los líderes de Hamas".  

El secuestro de nuestros jóvenes no fue sino la gota final de esta etapa del persistente ataque que padecemos, la única verdadera "agresión contra Palestina": la que los regímenes árabes vienen perpetrando contra los judíos durante un siglo.  

Mientras el sionismo ha dedicado sus mejores esfuerzos a la construcción de Palestina, y creado en ella ciudades y forestación, parques industriales, universidades y escuelas para judíos y árabes, el islamismo no ha aportado a los palestinos más que bombas y el entrenamiento de párvulos en la sacra inmolación. Es un dato que deberían sopesar quienes se consideren "propalestinos": es mejor el apoyo al pueblo palestino por medio de ayudarles a vivir en vez de alentarlos a morir para matar.  

Dos grandes contradicciones  

Hasta 1948 los "palestinos" eran los judíos de la Tierra de Israel. Incluso la Brigada Palestina de voluntarios que defendieron la República española estaba compuesta por israelitas. El gentilicio no se aplicaba a los árabes sino a los hebreos: diario palestino, orquesta palestina y banco palestino; todos judíos.  Además, como no había "ocupación", los árabes que habían inmigrado a Palestina (atraídos por el florecimiento económico promovido por el sionismo) podrían perfectamente haber establecido su Estado en los territorios que hoy dicen reclamar, que no estaban en poder de Israel.

Si jamás crearon su Estado, ni nada, fue porque nunca fue su objetivo crear, sino aniquilar lo que creemos nosotros.  Cuando nació el Estado judío (14-5-48), la apropiación del término "palestinos" facilitó a Europa la instalación del mito de que alguna vez existió "un Estado palestino".

Israel no está exento de culpa en la difusión de esa farsa, ya que, en su judaica obsesión por alcanzar la paz, optó por auxiliar a los líderes palestinos (árabes) que fingían moderarse.  Pero ahora todo está claro. El Gobierno palestino (árabe) es Hamas, promete destruir Israel y actúa en consecuencia. Su plataforma cita a Los Protocolos de los Sabios de Sión, tal como hiciera hace poco el delegado sirio ante la ONU (31-5-06), cuando culpó a Israel de las dos guerras mundiales.  

Y así caen en dos grandes contradicciones. La primera es que por un lado se niegan a reconocer el hecho de que Israel es un Estado judío, pero por el otro continúan blandiendo contra éste la judeofobia trasnochada, acusándolo de los mismos cargos que antes se agitaban contra el judío no estadual: sanguinario, dominador del mundo, incurablemente pérfido. La segunda es que por un lado esgrimen combatir contra la ocupación, pero por el otro atacan sin pausa a un Israel que precisamente, de palabra y acción, quiere retirarse para terminar con toda ocupación.  

No sólo rechazan misteriosamente el repliegue unilateral de Israel: se oponen incluso a la alternativa de que Israel se retire de territorios bajo su soberanía habitados por árabes. Su aspiración parece ser "Israelíes, ¡fuera!... Pero llévennos con ustedes". Un mensaje paralelo al de los moros melillenses con respecto a España, o al de muchos hispanoamericanos ante EEUU.  

Es que la retirada israelí los privará del chivo expiatorio perfecto para seguir trinando contra el "fuera" mientras siguen conformando un resabio medieval en pleno siglo XXI. Cuando proceden a manifestaciones multitudinarias, son siempre violentas, pero nunca contra sus propias lacras. Sólo saben denunciar las "agresiones" que reciben de ajenos. Y eso que los palestinos (árabes) recogen del exterior una ayuda sesenta veces mayor que la que reciben, por ejemplo, los africanos.  

Nunca se ha visto una manifestación masiva árabe-musulmana en aras de la paz, de esas que asiduamente pueblan Occidente en general e Israel en particular. Y secuestran también los foros internacionales.  

La nueva Agencia de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra debutó con el pie izquierdo: en su primera reunión (30-6-06) decidió por 29 votos (árabe-musulmanes) contra 12 (europeo-occidentales) que en todas sus asambleas se monitoree "la violación de Derechos Humanos por parte de Israel". Así quedará asentado que los países árabes respetan sin restricciones los Derechos Humanos y que la ONU hará bien en concentrar sus esfuerzos en uno solo de los 192 países que la componen.  

Si Israel desapareciera buscarían otro chivo expiatorio, una vez quedara claro que el mundo árabe permanece tan misógino, opresor y corrupto como siempre. Como dijera Israel Zangwill en 1920: "Si no hubiera judíos, habría que inventarlos (...) Son indispensables como antítesis de una panacea; causa garantizada de todos los males". Pero Israel no va a desaparecer, entre otros motivos gracias a la actual acción militar, que apunta a dar un golpe certero a la infraestructura terrorista palestina. Así lo expuso (30-6-06) el ministro de Defensa y jefe del laborismo israelí, Amir Peretz: ''Los palestinos no recogen ninguna oportunidad de paz que se les ofrece. No permitiremos que se disfracen de policías durante una parte del día y de terroristas la otra, y se aprovechen de los trajes y las corbatas para encubrir el terror y el secuestro''.  

Fueron declaraciones bastante más atinadas que las de Jack Straw, que pedía "no castigar al pueblo palestino por haber elegido incorrectamente en las elecciones". Pero si no es por eso: es porque no dejan de matarnos, porque se adoctrinan para el terror suicida, porque mantienen a sus pueblos bajo la opresión y la miseria en lugar de dedicarse a construir. Esa es la verdadera ocupación.  

Nuestra lucha no se remite a liberar a un soldado cautivo, y tampoco es por un pedazo de tierra. Es existencial, por la supervivencia de Israel.   

Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada (Inédita Ediciones) y Grandes pensadores judíos (Universidad ORT de Uruguay). 

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 4 de julio de 2006 

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