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Políticamente... conservador

Reescribir la Historia

La prosaica e idílica paz que se vivía en la II República fue tristemente truncada por un golpe violento que dieron, apoyados por los curas, un grupo de militares de ceño fruncido acompañados por dos marqueses y una baronesa que no había ido a veranear a Estoril aquel tórrido verano. Apoyados por los nazis y por los fascistas italianos derrotaron cruelmente a un pueblo, ansioso de libertad, que opuso sus manos blancas ante los tanques y fusiles que acababan con sus vidas y cercenaban sus esperanzas.


El exilio fue la única salida posible para aquellos próceres que, con sus calmados discursos, tranquilizaban al pueblo español que se aprestaba a afrontar el peor de los oscurantismos durante cuarenta años de un feroz régimen donde los paseos, las torturas, los fusilamientos en masa y el asesinato selectivo no cesarían hasta el 20 de Noviembre de 1975. Así, Carrillo, la Pasionaria, Negrín, Prieto, Largo Caballero y Martínez Barrio pudieron, muy a su pesar, huir para, desde paraísos de democracia como la URSS o el Méjico del PRI, instruir a sus cachorros sobre como gobernar cuando finalizase la oprobiosa Dictadura.

Pero hete aquí que, a la muerte del que llamaban Caudillo, los hijos de los curas y los aristócratas que apoyaron aquel genocidio decidieron reformar el infausto Régimen y evitar una ruptura que trajese la auténtica isla de libertad que había sido la República del Frente Popular. La infausta Constitución de 1978, heredera directa de las leyes Fundamentales del Reino, no era la que se merecían tantos y tantos millones de españoles que, por activa y por pasiva, se habían dejado la piel en su lucha contra el franquismo. Todo olía a traición y lo peor llegó cuando en el año 2000 alcanzaron el poder los herederos directos de aquel líder monárquico, antidemocrático y fascista que se llamó Gil Robles.

Menos mal que aún sobrevivía Carrillo para seguir guiando espiritualmente a sus discípulos entre los que destacaba, por su rigor intelectual y su talante moderado, un tal Rodríguez, nieto del heroico capitán Lozano que había dado su vida en defensa de la libertad y la democracia. Una truculenta jugada de billar a tres bandas, y nunca mejor dicho lo de bandas, propició que, por fin, el punto de partida retornase a aquel añorado Febrero de 1936. Todo lo demás, a Marx gracias, podrá ser destruido y, mediante una Ley ad hoc, la memoria será selectivamente impuesta en los cerebros de un pueblo que no se ha merecido pasar tanto calvario.

Por fin podremos rehabilitar la memoria de un buen hombre, valiente y leal como Companys, tal y como solicita Maragall o reconocer la valentía de gudaris como Txapote a imagen y semejanza de aquellos aguerridos soldados que se enfrentaron sin dudar, y hasta su último aliento, contra los italianos en Santoña. Se destruirá el Valle de los Caídos donde fallecieron, a causa del fiero sistema de trabajos forzados impuesto, cientos de miles de honrados republicanos y, una vez desposeído el ciudadano Juan Carlos de los privilegios con que le invistió Franco, la III República cerrará un círculo que nunca debió abrirse. Para los que no aceptemos esta versión, ¡que Dios nos coja confesados!

Santiago Casero

Minuto Digital, 19 de julio de 2006

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