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Historia

Aniversario de Krasni Bor

Aniversario de Krasni Bor

Ayer se cumplió el 65 aniversario de la batalla de Krasni Bor. La División Azul combatió como las mejores alemanas, no cometió los crímenes y matanzas que perpetraron muchas de estas, y sirvió de advertencia a cualquier posible agresor de que una invasión de España podría resultar muy costosa.

De Años de hierro:

 

"Todavía sería más furioso el combate de Krasni Bor, en el extremo del sector español.  Desde allí se percibía, en la cercana Kolpino, el trasiego de armas y tropas: los rusos preparaban un golpe tremendo. Los desertores y prisioneros también informaban de él. “La noche llega a las reservas del Batallón de Reserva Móvil… Sobrecoge el silencio (…) y el capitán Miranda, siendo plenamente consciente de la situación, (…) recuerda el capitán Oroquieta, tuvo la feliz iniciativa de rogar al Padre Pumariño (…) que oficiase una misa en el búnker de mi compañía, para que así asistiera el mayor número posible de voluntarios (…) La comunión puso una paz total en nuestro espíritu, confortándonos para todo aquello que pudiera sobrevenir”. Alfredo Miranda, un capitán campechano y  audaz,  advirtió al páter que probablemente ninguno sobreviviría..

 

“Miranda se enderezó y sonrió, subió las escaleras y marchó a la 2ª compañía de Ulzurrun, a la izquierda. Oroquieta volvió a sentarse, y en ese momento un centinela llamó a la puerta. “Ruidos, mi capitán”. Echó a correr el oficial hacia la fría oscuridad y oyó paladas, martillazos y voces de mando rusas. Preparaban los emplazamientos para la nueva artillería. Luego, un sonido distinto: el fuerte rugido de motores de carros de combate, a distancia”.  Los motores funcionarían toda la noche,  por temor a que la helada les impidiera arrancar por la mañana.  “Palacios envió a buscar a los tres jefes de sección de la 5ª Compañía. “Mañana correrán los toros”, les dijo, y les dio instrucciones de doblar la guardia y comprobar el estado de las posiciones, pero no de despertar a los soldados. “Dejadles dormir”, musitó. “Para muchos puede ser su último sueño” .

 

El ataque artillero superó todo lo imaginado, uno de aquellos de los que los hombres solo podían salir para el cementerio o para el manicomio, en frase de un general ruso. “Eran las siete menos cuarto de la mañana del miércoles 10 de febrero de 1943. Kolpino entró en erupción como un volcán colérico. Ochocientas bocas escupían fuego sobre el sector de Sagrado. La tierra temblaba y se movía”; “El bombardeo sorprendió a Palacios bajando a “El Trincherón” (…). Los pinos estallaron en llamas como luminarias. Los fogonazos de las granadas le cegaban pero, en unos segundos, también ellos quedaron oscurecidos por una sucia nube de turba, humo y cristales de hielo (…) El acre olor de la cordita le ahogaba. Se hundió la trinchera. Desapareció el fortín de mando. Callaron los teléfonos”;  “Negro contempló fugazmente el frente. Los puntos rojo herrumbre de las granadas soviéticas se concentraban en las compañías 5ª y 6ª. Los puntos se expandían, devoraban el humo, se clavaban al cielo y subían como un acantilado de fuego rojo. Negro se pegó al fondo de la trinchera”. 

 

Parte del frente español quedó volatilizado, pero no todo. “Convencidos de que las líneas españolas estaban destruidas [los ivanes] venían confiados (…). A Negro se le hizo un nudo en la garganta. ¡Tantos rusos! “Calma, calma”, tranquilizaban los oficiales”. La angustia que precede al choque se desvaneció de golpe: “Negro vio a sus compañeros ponerse en pie. Gritando, riendo, saltando, lanzaban ráfaga tras ráfaga y tiraban bombas y más bombas a las figuras que pugnaban más abajo con la barrera (…) Toda la tensión acumulada durante hora y media de bombardeo saltaba como un resorte. (…). La 63ª de Guardias [soviética] se retiró, dejando atrás los cuerpos mutilados de sus compañeros. Siguió un sepulcral silencio” .

 

Pese a una resistencia febril, Krasni Bor cayó en manos rusas, porque la ayuda alemana llegó tarde. Los rusos podrían haber avanzado mucho más, dado el agotamiento de sus enemigos, pero se detuvieron, debido a sus pérdidas extraordinariamente altas, entre 7.000 y 9.000 hombres, según estimaciones alemanas, aparte de numerosos tanques, hasta el punto de que los rusos interrogaban a los prisioneros de la División sobre una supuesta arma secreta que explicaría tal efectividad. En menos de 24 horas la División Azul tuvo 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos, además de 300 prisioneros. Las pérdidas más fuertes, con diferencia, tenidas hasta entonces en una sola batalla. Pero, en conjunto, fue una victoria pues, en combinación con las defensas alemanas, desbarató los ambiciosos planes de ofensiva soviéticos".

 

“Atrás quedaban dos años de combates incesantes en las condiciones casi inconcebibles (para los dos bandos) del frente ruso. Atrás quedaban los nombres y a menudo los hombres: Román, Ordás, Ulzurrun, Garay, Palacios, Escobedo y tantos otros, en  escenarios apenas pisados nunca antes por españoles.  Habían nutrido la división, en distintos relevos,  más de 45.000 soldados o guripas, que dejaban en tierra rusa unos 4.000 cadáveres, el 9%, y en torno a 400 prisioneros (Según Morán, en el bando soviético lucharon 749 españoles, con 204 muertos, una tasa tremenda del  28%. Los rusos se habían opuesto al principio a su participación, pensando reservarlos para futuras operaciones políticas o militares en España, pero muchos de ellos se habían enrolado, incluso saltándose las rígidas normas soviéticas). Los heridos pasaban un poco del doble. Habrían infligido a los soviéticos más del triple de bajas, unas 50.000, dato difícil de comprobar  pero muy posible, habida cuenta del escaso ahorro de vidas propias por parte del Ejército rojo. Las bajas hispanas  por enfermedad y congelación habrían elevado la cifra  en 9.000 más. La proporción de oficiales caídos fue alta, por la costumbre atacar a la cabeza de sus hombres. Hubo muy pocas deserciones, y quienes se alistaron con intención de pasarse a los soviéticos tuvieron la brutal sorpresa de ser recluidos también en el GULAG, donde sobrevivía asimismo un número de pilotos y marineros españoles del Frente Popular, retenidos en 1939 e internados por no aceptar la ciudadanía soviética. De los prisioneros morirían en los campos un 30%(*).

 

La división ganó dos cruces de caballero de la cruz de hierro, una de ellas con hojas de roble, 2 cruces de oro, 2.497 cruces de hierro (138 de primera clase), 2.216 cruces del mérito militar con espadas (16 de primera clase), innumerables distintivos, pasadores y ostmedaillen de 1942, más una medalla específica de la división, ordenada por Hitler, distinción que ninguna otra unidad tuvo. Y por parte española, 8 laureadas, 44 medallas militares y otras condecoraciones.

 

Aunque Moscú acusó a la división de crímenes de guerra,  parece más cierto que no los hubo. El trato de los voluntarios a los civiles rusos fue en general correcto, incluso afectuoso y correspondido por los paisanos, que a menudo los protegían frente a los partisanos;  tampoco hubo crueldades con los prisioneros, aunque en algunos casos extremos los divisionarios no admitieran la rendición de enemigos. Hay testimonios del buen recuerdo dejado por la unidad cuando algunos veteranos, ya viejos, volvieron de visita por aquellas tierras. Con los alemanes no faltaron roces y malentendidos, fuera por la disciplina poco estricta o la grosería de algunos españoles con las mujeres germanas, o por su protección a grupos de judíos, o por la altanería de algunos mandos teutones, o por el abandono de estos en Krasni Bor, durante unas horas. Pero prevaleció ampliamente la camaradería y  el respeto mutuo.

 

En la unidad combatió una representación peculiar de la sociedad española, pues la integraron personas de todas las regiones y de capas sociales urbanas. Si bien muy pocos campesinos, en aquella España todavía mayoritariamente rural. Fue absolutamente desusado el porcentaje estudiantes universitarios e intelectuales, sobre todo en las primeras expediciones: el 25%. Abundaron los empleados –pero no los funcionarios– los obreros mecánicos, conductores etc., y pocos de la construcción.

 

Al margen de su significación moral como cancelación bien sobrada de la deuda de sangre con Alemania y en parte de la deuda económica, la división tuvo otros valores, desde el punto de vista del régimen: contribuyó, aun si modestamente, a frenar al comunismo, pero sobre todo cumplió un doble papel político muy relevante: sirvió para calmar un tanto los recelos y actitudes amenazantes de Berlín, y ofreció una prueba palpable, a los Aliados y al  Eje, de que una agresión a España no saldría barata.

 

(*) La mayoría restante, unos 250, volverían a España en 1954, en el buque Semíramis, que recibió en Barcelona una acogida entusiasta y multitudinaria. Unos pocos se casaron y se afincaron en Rusia, y no volvieron.

 

Pío Moa

Libertad Digital, 11 de febrero de 2008

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CARLISMO VERSUS NACIONALISMO. Navarra, foral y española

CARLISMO VERSUS NACIONALISMO. Navarra, foral y española El carlismo tiene hoy muy mala imagen, y muy mala prensa. Se dice que es un tradicionalismo atávico fundado en un patriotismo local medieval y en un integrismo católico, y, por tanto, una oposición furibunda a todo atisbo de modernidad liberal en España. No pocos piensan que el nacionalismo vasco, incluido el terrorista, no es sino una variedad evolutiva del carlismo. Puede, sin embargo, que este análisis sea demasiado superficial y tosco, y que las cosas sean bien distintas.

 

Ya comprendo que no es de buen tono, en los tiempos que corren, intentar penetrar en el espíritu de fondo del tradicionalismo carlista, pero creo que no queda más remedio que hacerlo. Pues la cuestión es, a mi juicio, que, más allá de sus determinaciones históricas concretas –más allá de la cuestión de la legitimidad sucesoria, más allá incluso de su oposición al constitucionalismo moderno liberal–, yace en el fondo del tradicionalismo carlista un espíritu que forma parte esencial e irrenunciable de la historia espiritual y moral de España. Y es que el carlismo supo captar el sentido de la muy singular forma en que se constituyó históricamente nuestra nación.

 

Debido a las circunstancias concretas de su formación histórica –la inexorable confluencia de los grandes reinos cristianos en su reivindicación, común e independiente, de la unidad hispánica visigótica previa frente a la invasión musulmana–, España fue adquiriendo una morfología histórica muy singular, que contrasta con la de cualquier otra nación política moderna de Europa.

 

España, ciertamente, antes que ser una nación política más, analogable a las de su entorno, fue un proyecto espiritual (o metapolítico) universal, en cuanto que católico, de fraternidad comunitaria ilimitada entre fraternidades comunitarias locales; una fraternidad que, por tanto, no quería ni podía limitarse a sus iniciales fronteras geográficas ibéricas, sino que, movida por su propio impulso, universal en cuanto que católico, se veía impulsada a extenderse ilimitadamente por el orbe. De ahí que ya antes, pero sobre todo después, de la unificación nacional realizada por los Reyes Católicos los patriotismos locales, lejos de ser incompatibles con el patriotismo común español, siempre hayan requerido y exigido a éste como garantía de su propia existencia.

 

Los patriotismos locales y el patriotismo español, lejos de oponerse, se han conjugado inexorablemente en la formación histórica de España. Ésta es la singularidad histórica a la que desde siempre supo ser fiel, en su espíritu último, el tradicionalismo carlista.

 

Por lo demás, creo que no está de más recordar que este doble patriotismo comunitario trajo consigo una forma propia de liberalismo, hispano en cuanto que católico, anterior y distinto al moderno y puramente económico del librecambio (aunque no necesariamente incompatible con él). Un liberalismo que descansaba en la liberalidad o generosidad propia de la vida comunitaria local (generosidad que, por su propio impulso, no podía dejar de propagarse entre las distintas comunidades de su órbita espiritual) y que servía de freno a toda posible intromisión del Estado en las libertades y formas comunitarias de vida tradicionales, así como en la libertad y  dignidad de cada persona.

 

En este sentido, puede que el viejo tradicionalismo español no resulte una rémora tan atávica y oscurantista, sobre todo cuando pensamos en que el moderno Leviatán –ése cuyo prototipo hemos de cifrar en la Revolución Francesa– ha mostrado sobradamente una irrefrenable compulsión totalitaria a hacer y deshacer en la vida civil y en la de las personas.

 

Sólo cuando se alcanza a ver esta singularidad de la morfología histórica de España, a la que el tradicionalismo carlista supo ser fiel en su espíritu último, pueden comprenderse las diferencias esenciales que lo distinguen del nacionalismo vasco. La tenue línea de continuidad genética que pueda haber entre uno y otro no debe impedirnos ver la nítida discontinuidad estructural que los separa.

 

Puede, en efecto, que el nacionalismo vasco prosiguiera, en el ámbito territorial que inventó, con la defensa carlista del patriotismo local, pero se dejó por el camino ni más ni menos que el sentido español de dicha defensa, reduciendo de paso el contenido de ésta a su forma más siniestra y pervertida: el racismo.

 

Sabido es que el señor Sabino Arana llegó a delirar con la idea de una presunta raza vasca incontaminada por ninguna otra, ni española ni del resto del mundo, como fundamento de su programa político nacionalista, organizado en torno a un odio racista sistemático hacia España.

 

Difícilmente se puede pervertir más el espíritu hispano, en cuanto que católico, del viejo carlismo español. El nacionalismo vasco es intrínsecamente racista, y por eso es siempre potencialmente terrorista. No es de extrañar, entonces, que llegara a combinarse, en una de sus facciones, siempre útiles al conjunto, con una de las formas más depuradas del terrorismo totalitario moderno, la debida a los métodos marxistas revolucionarios de guerrillas de liberación nacional, formando de ese modo una mixtura tan siniestra en la teoría como letal en la práctica.

 

Una vez comprendidas estas profundas e insoslayables diferencias entre el carlismo español y el nacionalismo vasco, puede que comencemos a vislumbrar, con una nueva esperanza acaso no esperada, el horizonte que se nos abre a todos los españoles en el momento mismo en que la bestia del nacionalismo vasco se ha decidido a ir a por Navarra. Pues lo cierto es que el viejo reino de Navarra es el único que tendría derecho histórico a incluir en su unidad política buena parte de las tierras vascongadas, justo aquéllas que ingresaron en la historia de la mano de la historia de Navarra, y con ello en la historia de España, y por lo mismo en la historia universal; así como otras partes vascongadas deberían ser políticamente integradas en la vieja Castilla por las mismas razones históricas (en realidad, las provincias vascongadas no deben tener derecho a otro tipo de unidad más que a la propia de una suerte de comarca de tipo folclórico).

 

Así pues, puede que esta vez el nacionalismo vasco haya pinchado en hueso, en el hueso de la sustancia histórica de España, acaso mucho mejor representada hoy por Navarra, la vieja tierra foral española, que por el conjunto de nuestra debilitada y acobardada España constitucional. Y puede que las palabras con que el presidente de la Comunidad Foral terminó su discurso en la manifestación del pasado sábado tengan un fondo y un alcance históricos mucho más profundos de lo que podamos imaginar: "Viva la libertad de Navarra, viva Navarra foral y española".

 

Sí, ya sé que el carlismo tiene hoy muy mala imagen –y muy mala prensa–. Pero, no sé, tengo para mí que puede que la bestia artificial y antiespañola del nacionalismo vasco haya comenzado a cavar su propia tumba donde el viejo carlismo arraigó con tan honda fuerza, en las viejas tierras navarras, forales y españolas.

 

 JUAN B. FUENTES, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Libertad Digital, suplemento Ideas, 21 de marzo de 2007

Sanz Briz: el ángel español de Budapest

Sanz Briz: el ángel español de Budapest Los héroes existen en todo tiempo y lugar, pero es en las guerras y allá donde se ceba la injusticia donde dan su verdadera talla. A veces hasta pasan desapercibidos y nadie sabe de su gesta durante años. Ángel Sanz Briz, un joven diplomático español destinado en la embajada de Budapest durante la guerra mundial, pertenece a esta última categoría de hombres de acero. Su nombre es desconocido y sólo unos pocos se han preocupado de recordar lo que hizo. Salvó la vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y, por descontado, la vida.

Multiplicó por cinco la lista de Schindler pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz. Hagámoslo nosotros. Se lo merece.

En marzo de 1944 la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Los rusos avanzaban decididos por el este y, al otro lado del canal de La Mancha, se ultimaban los preparativos del gran desembarco de Normandía. Ante tan sombrío panorama Hitler decidió invadir Hungría, el único país de Centroeuropa que se había librado de la zarpa nazi. Entró para saquear y dar buena cuenta de una próspera y centenaria comunidad judía que aun permanecía intacta. Las deportaciones dieron comienzo con el despuntar de la primavera. Todos los judíos húngaros fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David y, casi de seguido, a embarcar en trenes de ganado que los llevarían hasta el sur de Polonia, hasta Auschwitz. En Hungría no hubo guetos. No fueron necesarios.

Mientras el Gobierno proalemán de Miklos Horthy colaboraba de no muy buena gana con los nuevos amos del país, el cuerpo diplomático se estremecía con los pogromos, las persecuciones por las calles y los campos de tránsito que los nazis húngaros de la Cruz Flechada instalaron para concentrar a los judíos antes de su envío al matadero. En la legación española, que no era ni mucho menos sospechosa de flirtear con los aliados, el encargado de negocios, Miguel Ángel de Muguiro, escribió a Madrid escandalizado por los registros, las palizas y otras especialidades de la casa que los miembros de las SS practicaban con deleite.

En Madrid conocían a la perfección lo que tramaba el "amigo alemán" en Hungría. Un año antes, Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, había escrito al ministerio de Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: "Si España se niega a recibir a esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a muerte, pues esta es la triste realidad". La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Tanto Oliván en Berlín como Muguiro en Budapest habían rescatado un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato la nacionalidad española. Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Madrid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se agarró a él para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los sefarditas. El problema es que en Hungría, sefarditas, lo que se dice sefarditas, había muy pocos. No daban ni para llenar un tren.

Eso no le arredró, se mantuvo en sus trece e informó a Madrid del negro porvenir de la desventurada comunidad hebrea. Haciendo valer su condición de diplomático intercedió a favor de todos los judíos que pudo y culminó su obra apropiándose de un cargamento de niños, 500 exactamente, cuyo destino era una cámara de gas en Polonia. Consiguió visado para todos y los despachó a Tánger, que por entonces era algo parecido a una colonia española. Esta y otras bravatas le granjearon muy mala fama entre húngaros y alemanes, que presentaron una queja ante su superior. Muguiro fue cesado fulminantemente. El puesto se lo quedaba su secretario que, no tan casualmente, estaba metido en el ajo del salvamento a granel de judíos. Se llamaba Ángel Sanz Briz, era zaragozano, tenía 32 años, una mujer hermosa y una niña recién nacida.

El cargo que ocupaba era el de encargado de negocios, clásica covachuela que tienen las embajadas y que no suele servir de gran cosa, pero Sanz Briz le dio un nuevo significado inaugurando un negociado único en su especie, el de salvar vidas. Junto a Giorgio Perlasca, un italiano que había combatido en la Guerra Civil, depuró y perfeccionó los procedimientos de Muguiro. Se trataba de hacer lo mismo pero sin armar escándalo y planificándolo mejor. A Perlasca le nacionalizó español y, para conjurar las habladurías, le contrató en la embajada. Pasó entonces Giorgio, en una mutación onomástica muy habitual en la época de Franco, a llamarse Jorge, o don Jorge, porque tanto él como Sanz Briz fueron siempre y por encima de todo un par de caballeros, en todos los sentidos de la palabra.

Había en Budapest otros diplomáticos embarcados en similar tarea. La embajada de Suecia, por donde paraba Raoul Wallenberg, se convirtió en un tablón al que se agarraron miles de condenados a muerte. En la de Suiza Carl Lutz se inventó los llamados "schutzbriefe", es decir, salvoconductos de protección, que pronto entre los judíos adoptaron el nombre de "certificados de la vida". Ese fue el modelo que inspiró a Sanz Briz. No podía informar al ministro de sus intenciones porque le hubiera supuesto el cese, pero si hacerle partícipe de las "monstruosas crueldades que nazis y cruzflechados están perpetrando en Hungría contra individuos de raza judía". Madrid respondía con el silencio. Ni sí ni no. Algo así como "haga usted lo que crea conveniente pero no enrede más de la cuenta y nos complique".

Lo que no parecía del todo mal en Madrid es que los sefarditas regresasen a su patria, aquella que, injustamente expulsados, habían abandonado cinco siglos antes. Los nazis no terminaban de entender que la España de Franco, a la que habían auxiliado en su cruzada, se preocupase de unos judíos desterrados tanto tiempo atrás. No lo entendían pero tragaban. En 1943 la embajada de Berlín había conseguido sacar de Bergen-Belsen a 365 judíos que, a decir del embajador, eran sefarditas, esto es, españoles, es decir, súbditos de un tipo de quien se decía que el mismo Führer prefería ir al dentista antes de entrevistarse con él. Un caso inaudito y probablemente único en la historia de los campos nazis. Por una vez los presos que entraron en tren salieron en tren y no por la chimenea.

Los nazis de Hungría no conocían el número exacto de sefardíes pero sabían que eran pocos, por lo que estaban dispuestos a transigir. Previo pago, claro. Sanz Briz envió una carta muy educada a Adolf Eichmann, gauleiter (gobernador) de Hungría, acompañada de una importante suma de dinero para asegurarse que los batallones descontrolados de las SS no importunasen a sus judíos. Eichmann era un asesino, un ladrón y un sinvergüenza, un deshecho humano de pies a cabeza, pero procuraba guardar las formas, especialmente si las formas se las había cobrado con antelación.

Las autoridades, debidamente reblandecidas con dinero y cortesías, otorgaron al representante español un cupo de 200 personas, que era, más o menos, el número de hebreos de ascendencia sefardí en todo el país. Sólo podía emitir 200 pasaportes, ni uno más. Sanz Briz lo aceptó sin rechistar y dio órdenes en la embajada para preparar los salvoconductos, pero no 200 sino muchos más, tantos como fuese posible. El truco residía en que ninguno de los pasaportes tenía un número mayor al 200, pero tampoco estaban repetidos. Fue creando series que iban del 1 al 200, así, por ejemplo del pasaporte número 50 había varios: de la serie A-1, de la A-2, de la A-3...

El engaño era perfecto pero insuficiente. Para salvar a 1.000 necesitaba cinco series, para 2.000 diez, y así sucesivamente. Podía irse todo al traste si un agente de las SS paraba por la calle, en el mismo día, a dos portadores del mismo número pero de diferente serie. Para reducir las comprometedoras series reinterpretó el cupo concedido por los nazis aplicándoselo no a individuos sino a familias. Así, el pasaporte 50 de la serie A-1 podía pertenecer a cinco o seis personas. Esto, sin embargo, creaba otro problema, el de la cantidad. Los nazis se escamarían si veían demasiados judíos "españoles" por la calle.

Alquiló entonces varias casas en Budapest para cobijarles. Sólo podían salir un rato por las mañanas, la embajada se encargaría del resto: de la comida, de la atención médica y de mantener a los nazis y cruzflechados lejos de la puerta. Para evitar disgustos mandó colocar en cada uno de los edificios una llamativa placa en húngaro y alemán que decía "Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial". Por si las moscas. Funcionó de maravilla, nunca fueron forzadas. Los judíos permanecían en las casas hasta que Sanz Briz conseguía un transporte para Suiza, para España o para cualquier parte donde no les matasen. Ya es curioso que, en un tiempo en que España padecía los peores años de la dictadura, un puñado de casas españolas en la lejana Budapest se transformaron en el templo de la libertad, en un refugio de vida.

Los certificados de la vida que expedía Sanz Briz sólo podían entregarse a sefardíes. Para el ángel español todos lo eran: "Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Josef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española", rezaba uno de los salvoconductos. Evidentemente, ni Mannheim ni el resto tenían más parientes en España que un joven aragonés que les estaba salvando la vida.

A finales de 1944 el Ejército Rojo estaba a las puertas de Budapest. La Unión Soviética no reconocía al régimen de Franco por lo que Asuntos Exteriores ordenó evacuar la embajada. Pero si él se iba, ¿quién se encargaría de sus judíos? Perlasca se ofreció voluntario, a fin de cuentas era también italiano, y para entonces Italia amigaba con los aliados. Como Perlasca carecía de título se lo inventó. Conchabado con Sanz Briz falsificó el nombramiento de embajador de España en Hungría y se presentó ante el Gobierno húngaro como el nuevo hombre de Franco en Budapest. Era todo mentira, pero a esas alturas carecía de importancia. Los judíos de Sanz Briz quedaron bajo su tutela hasta que el 16 de enero de 1945 los rusos irrumpieron en la capital poniendo fin al dominio nazi. Entonces Perlasca desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Misión cumplida.

En las casas de Sanz Briz esquivaron a la muerte unas 5.200 personas. Hombres, mujeres y niños que no dudaron en bautizarle, jugando con su nombre de pila, como el "Ángel de Budapest". A muchos los sacó de los trenes de deportación, a otros de las comisarías en noches en las que salía de casa cargado de pasaportes falsos, siempre del 1 al 200 y con la coartada aprendida de memoria. Para los nazis eran apestosos sefarditas, para Sanz Briz simples seres humanos cuyo derecho a la vida era sagrado.

De vuelta a España el diplomático no recibió ni felicitaciones ni censuras. Él no esperaba ninguna de las dos cosas. Cumplió con su deber de cristiano y prosiguió con su carrera diplomática. Fue destinado a los Estados Unidos y, durante 35 años estuvo representando a nuestro país por medio mundo. Murió en 1980 como embajador de España en el Vaticano.

Ha pasado a la historia como el Schindler español, aunque, en justicia, a Oskar Schindler debiera llamársele el Sanz Briz alemán. En 1991 el Gobierno de Israel reconoció su labor otorgándole la dignidad de "Justo entre las naciones" e inscribiendo su nombre en el muro del Jardín de los Justos de Jerusalén. Años después, el Gobierno húngaro honró su memoria descubriendo una placa frente al parque de San Esteban, en Budapest, en la fachada de una de las casas que alquiló como cobijo para sus judíos.

No fue el único. Hubo más diplomáticos españoles que se la jugaron por una causa tan justa como quimérica en aquellos tiempos de barbarie. En Berlín, en la boca del lobo, José Ruiz Santaella arriesgó su vida para ayudar a los judíos alemanes perseguidos. En Sofía, Juan Palencia desafío a las autoridades nazis, salvó a 600 judíos búlgaros hasta que fue declarado persona non grata y expulsado del país. En París, Bernardo Rolland de Miota consiguió arrancar 2.000 judíos al Gobierno de Vichy y trasladarlos al Marruecos español. En Atenas, Sebastián Romero Radigales sacó 500 judíos del país enfrentándose con el todopoderoso embajador alemán. En Bucarest, José de Rojas se tomó tan en serio la protección de los sefardíes que mandó poner en las puertas de sus casas un cartel con una leyenda que no dejaba lugar a equívocos: "Aquí vive un español".

Se cuentan por miles los judíos que salvaron unos pocos diplomáticos españoles. Hombres de una pieza, héroes anónimos cuya determinación y perseverancia marcó la línea entre la vida y la muerte de tantos inocentes. Quizá parezcan pocos frente al concienzudo exterminio de seis millones de personas, pero cada vida cuenta y, como dice el Talmud: "Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero". Va por ellos.

Fernando Díaz Villanueva

www.diazvillanueva.com

Libertad Digital, revista Agosto, 15 de agosto de 2006

Bandung o la conferencia de los charlatanes

Bandung o la conferencia de los charlatanes

Hace poco más de cincuenta años se celebró en la ciudad indonesia de Bandung una de las mayores pérdidas de tiempo del siglo XX. Se le denominó Conferencia Afroasiática, y fue convocada para que unos cuantos dictadores de otras tantas repúblicas bananeras recién independizadas se diesen el gustazo de dar un buen discurso.

No sirvió para nada, para nada útil quiero decir. Acaso para dar carta de naturaleza a ese abstruso invento del Tercer Mundo con el que, todavía hoy, nos siguen dando la tabarra los nietos de aquellos tiranos y los que, entre nosotros, andan con el sentimiento de culpa a cuestas.

La tontería se fraguó en las privilegiadas cabecitas de los líderes de un puñado de antiguas colonias británicas, con la India y Egipto al frente. Era aquel un tiempo en el que se creía que, a base de buenas palabras y soflamas biensonantes, se podía cambiar el mundo. Así, para poner remedio a la pobreza de la India, Birmania o Ghana sólo había que decir que la pobreza era mala y que la hermandad entre las naciones pobres haría que ésta remitiese. Ese era el envoltorio, claro. Profundizando un poco, lo que los promotores de Bandung pensaban era algo bien distinto. Ahora que tenían mando en plaza querían ser poderosos y desquitarse de los años de colonización. Como representaban a más de la mitad de la población mundial de aquella época hicieron cálculos y se creyeron lo que no era. Suele suceder cuando no se piensa con la cabeza, o cuando no se tiene cabeza para pensar. Entre los prohombres de Bandung se combinaron ambas cosas.

Partían de una ilusión, de que en el mundo bipolar que había alumbrado la guerra mundial cabía una tercera opción: la buena, evidentemente. Frente al capitalismo liberal patrocinado por los Estados Unidos y el socialismo real propugnado por la Unión Soviética, serían ellos, acompañados de sus jóvenes pueblos, los que le devolverían la sensatez al mundo. Lo harían, además, con buen talante, de un modo didáctico y con palabras tan rotundas como justicia universal, hermandad multirracial, libertad, soberanía, cooperación o paz, mucha paz, la paz que no faltase. No es casualidad que los peores tiranos se hayan embutido el disfraz del pacifismo para ocultar sus verdaderas intenciones.

Se dio además la fatal circunstancia de que, de los 29 países que acudieron al llamado de Nasser, Sukarno y Nehru, la mayor parte de sus líderes eran unos charlatanes incorregibles. Casi todos llegados al poder por pura carambola e ineptos en el ejercicio del mismo hasta un extremo intolerable. En esto último no hemos ganado mucho a lo largo del último medio siglo. Hoy, el dictador tercermundista promedio sigue siendo un incapaz y un ladrón, pero al menos no da la paliza. Roba todo lo que puede hasta que viene el siguiente y le derroca.

En Bandung, sin embargo, se dio cita un plantel extraordinario de estafadores de la política, similar al que protagonizó el periodo de entreguerras en Europa aunque con un toque especial que los haría únicos. Por entonces no se sabía que todo era un inmenso fraude. El tercer mundo vivía su edad de la inocencia, sus gobernantes eran tenidos por libertadores sin mancha que sacarían a sus países del atraso inaugurando de paso una nueva era en las relaciones internacionales. Lo peor de todo es que ellos mismos se lo creían. El estado de postergación en el que se encontraban se debía exclusivamente a la prolongada presencia de los europeos en su tierra. Libres de esa carga, florecerían todas las potencialidades ocultas de aquellas jóvenes naciones, libres de prejuicios y de hipotecas históricas. El futuro les pertenecía, o al menos eso era lo que repetían como papagayos. En cierto modo se veían como la contrapartida de la agotada y confusa Europa de la inmediata posguerra.

La conferencia de Bandung los retrató a todos en su euforia pueril y medio tonta. Los años que la siguieron vinieron a demostrar que de tanta cháchara no puede salir nada bueno. Si mal hábito es pasar por alto el factor individual en el curso de la historia, en el caso que nos atañe se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de lo que pasó en África y Asia tras la descolonización. Los hombres que se hicieron con el poder en las antiguas colonias europeas, muchos de ellos protagonistas en Bandung, fueron los que sentaron las bases del desastre posterior en aquellos países. Sin ellos, sin su pésimo magisterio es imposible explicar el porqué y el cómo del tercer mundo actual.

El anfitrión de la conferencia, el indonesio Ahmed Sukarno, fue un déspota en estado puro desde que se hizo con las riendas del poder. Éste le cayó del cielo el día que los holandeses abandonaron su antigua colonia por la puerta de atrás. Nunca creyó en la democracia liberal y, a falta de otros enemigos internos, la tomó contra la nutrida colonia china de comerciantes que se deslomaba a trabajar en las ciudades indonesias. Como casi todos sus contemporáneos, sabía mandar pero no gobernar. Implantó una dictadura asentada sobre cinco principios fundamentales: nacionalismo, internacionalismo, democracia, prosperidad social y creencia en Dios. Dos de ellos eran antitéticos pero daba igual, Sukarno no entendía de ideas sino de consignas que empaquetaba en acrónimos para que su gente las repitiese entusiasmada. Así, por ejemplo, NASAKOM era la esencia de su Gobierno (“Nacionalismo, Religión y Comunismo”). NEKOLIM era el espantajo que se sacó de la manga contra los europeos y el pilar fundamental de su política exterior. Significaba “Neocolonialismo, Colonialismo, Imperialismo”. A estas tonterías sin pies ni cabeza él las llamaba Konsepsi (conceptos).

Una vez devastó la otrora próspera economía de las Indias Orientales holandesas, acuñó un nuevo konsepsi, el de la Gran Indonesia, concepto bastante conflictivo que aún hoy colea en la isla de Timor. A mediados de los 60 el país colapsó víctima de las nacionalizaciones y el despilfarro y su mandato acabó de un modo abrupto, en un baño de sangre en el que murió un cuarto de millón de personas. Para entonces ya nadie se acordaba de las interminables peroratas de Bandung. Murió en 1970, fastidiado del riñón y mudo, quizá de tanto hablar.

Si Sukarno fue un dictador cuando menos original, el egipcio Gamal Abdel Nasser no le fue a la zaga. Se aupó al poder tras pasaportar al rey Faruk en su yate e instauró una dictadura larga y ruinosa pero tremendamente popular. Militar de formación, desconocía todo lo relativo a cómo gobernar un país pero era un orador excepcional. Hipnotizaba a las masas en un árabe llano y sin demasiados artificios, y es que, no en vano, era hijo de un empleado de correos. Al igual que Sukarno, no había entendido por qué los países europeos tendían a crear y acumular riqueza por lo que, lejos de ocuparse en aprenderlo, gastó lo poco que quedaba en la caja y pidió prestado el resto para convertirse en el muñidor de una gran república árabe socialista, tercermundista y, naturalmente, no alineada.

Para mantener el nervio de su pueblo lo suficientemente tenso buscó un enemigo con el que medir sus fuerzas y dar algo de contenido a su inane programa político. La china le tocó a Israel. Convencido de que sus discursos valían lo mismo que sus carros de combate lideró una iniciativa militar para borrarlo del mapa. Los resultados fueron desastrosos. La coalición árabe “antiimperialista” que había concertado para la ocasión se dio de bruces contra el ejército israelí. Seis días duró la guerra. Y eso que era de los que en Bandung se llenaban la boca con la fraternidad universal, la soberanía y la no injerencia en los asuntos de los demás.

Si como general no dio la talla, como gobernante su nombre es sinónimo de bancarrota. Aplicó un concienzudo programa de nacionalizaciones que hirieron de muerte los pocos sectores competitivos de la diminuta economía egipcia. La del canal de Suez ocasionó, además, una intervención militar anglofrancesa que le proporcionó jugoso material para sus discursos durante años. Le sirvió también para financiar en parte su propia pirámide, la presa de Asuán, un disparate económico y ecológico pero antesala, a fin de cuentas, de un gigantesco lago artificial que lleva su nombre. En 1970, el mismo año que su compadre Sukarno y dos meses después de concluir la presa, un paro cardiaco se lo llevó al otro barrio.

Con todo, el hombre que mejor encarnó la soporífera charlatanería de Bandung fue Jawaharlal Nehru, primer presidente de la India y el peor de todos hasta la fecha, que ya es difícil. Pertenecía a una generación anterior a la de Sukarno o Nasser; de hecho, había nacido el mismo año que Hitler y uno antes que De Gaulle. Estudió en Cambridge y, al volver a su tierra natal, tomó conciencia, es decir, concluyó que los que se habían esmerado con su educación eran lo más parecido a los hijos de Caín.

A diferencia de otros líderes de la época, Nehru iba de intelectual. Más que ningún otro estaba persuadido de que las dificultades se resolverían con buenos deseos y un par de frases lapidarias. Los ingleses le toleraron del mismo modo que hicieron con Gandhi, lo que muestra hasta que punto el dominio británico era cualquier cosa menos asfixiante. En la Unión Soviética dos disidentes confesos no hubieran durado ni tres semanas. En 1942, con los japoneses avanzando desde Birmania, pidió la independencia para que la India soberanamente decidiese si entrar o no en la guerra. Obviamente, ignoraba que los hijos del sol naciente no hacían distingos entre países neutrales y beligerantes. La gansada le costó la cárcel.

La retirada inglesa en 1948 le puso al frente del segundo país más poblado del mundo. Su fecunda palabrería hizo de "el Pandit Nehru" una celebridad mundial. Desde occidente le llovían los piropos. Él, en cambio, censuraba a las potencias occidentales siempre que se le presentaba la ocasión. El imperialismo y el colonialismo eran, según él, lacras a las que había que poner fin de inmediato, pero sólo si los ejercía Occidente. Para la Unión Soviética de Stalin y el Vietnam de Ho Chi Minh sólo tuvo parabienes. Fue un entregado admirador de su vecino Mao Tse Tung, hasta que el vecino se puso farruco y se le metió en casa. De no haber muerto antes, es probable que se hubiera derretido en elogios con Pol Pot.

Dejó que los chinos hiciesen a placer en el Tibet y, cuando el gran timonel decidió redibujar a su antojo la frontera del Himalaya, le declaró la guerra. Él, que había proclamado orgulloso que "ningún país puede conquistar la India" tuvo que pedir ayuda al "imperialista" Kennedy, que envió solícito la VII Flota al golfo de Bengala. Sólo entonces Mao se echó para atrás. A esas alturas ya se le había olvidado lo que dijo en Bandung sobre las grandes potencias: "si vamos hacia ellas en busca de sostén, entonces somos ciertamente débiles..."

Su infeliz política exterior vino a encontrar el complemento perfecto en una gestión interna calamitosa. Fascinado por los planes quinquenales soviéticos, respaldó la creación de un sector público inmenso, monopolístico e ineficiente y auspició draconianas regulaciones sobre la empresa privada que alejaron definitivamente la inversión extranjera. A su muerte en 1964 el ingreso per cápita se había derrumbado y la India era bastante más pobre que cuando se fueron los británicos. El "titán mundial" del que hablaban los medios occidentales fue un desastre en todo menos en fabricar y perpetrar discursos transidos de cursilerías y buenas intenciones. Bandung fue su espejo.

Medio siglo después de celebrarse, sólo unos pocos de los países participantes en la conferencia han remontado el subdesarrollo y se tutean –cuando no miran por encima del hombro– con las naciones de Occidente. Japón, por ejemplo, se dejó de simplezas, abrió su economía al mundo y, entre la aburrida democracia liberal y las carismáticas dictaduras de autor, se decantó por la primera. Hoy es una democracia consolidada y la segunda economía del mundo. Sus habitantes hace dos generaciones que olvidaron el plato único, las privaciones y el miedo cerval a un estado omipotente. Corea siguió su ejemplo.

Cambiar el destino de un país es posible. Si se quiere disfrutar de prosperidad y libertad, es decir, si se quiere llegar a ser, básicamente, como Occidente, sólo es preciso imitarle. Los charlatanes de Bandung, ahogados en sus propios sermones, creyéndose sus propias patrañas, abogaron por todo lo contrario. Lo más dramático de esta historia es que a ellos no les tocó pagar la factura.

Por Fernando Díaz Villanueva

Libertad Digital, suplemento Agosto, 8 de agosto de 2006

Bashir Gemayel, un cedro con madera de cruz

Bashir Gemayel, un cedro con madera de cruz Bashir nunca fue olvidado por la comunidad maronita libanesa. Nacido el 10 de noviembre de 1947 en Beirut, Bashir Gemayel fue el pequeño de una familia de seis hermanos. Su padre Pierre Gemayel fue uno de los principales dirigentes políticos de la comunidad cristiana maronita del Libano. Fundador del Kataeb o la Falange libanesa, partido católico que defiende las peculiaridades de la cultura maronita libanesa. El nombre fue adoptado por la simpatía que el viejo Pierre tenía por el ideal joseantoniano de la Falange española.

El joven Bashir estudió en el colegio Nuestra Señora de Jamhour y después en el Instituto Moderno Libanés. En 1962 siguió los pasos de su padre y se integró en la sección estudiantil de la Falange. Seis años después Bashir se convertirá en uno de los líderes estudiantiles que defenderá en polémicos coloquios universitarios la neutralidad libanesa frente al conflicto que enfrenta a palestinos con israelíes. En aquel momento, el pequeño país del cedro había acogido gran número de refugiados palestinos. Sin embargo, las organizaciones armadas de éstos atacaban las posiciones norteñas de Israel planteando problemas a la neutralidad libanesa. Pero este conflicto dividirá al país, las izquierdas del país, defensoras de un alineamiento político con los refugiados palestinos y los nacionalistas, entre los cuales estaba el Kataeb, favorables a la neutralidad y a la prohibición de los ataques armados palestinos desde el Líbano.
En 1970 Bashir Gemayel fue víctima de un secuestro durante ocho horas por activistas palestinos por su postura contraria al apoyo sin condiciones con la OLP. El hecho influirá bastante en su posterior actividad política. En ese mismo año el hijo de Gamal Abdel Nasser, presidente del gobierno egipcio y principal líder de la causa árabe, invitó al joven maronita a visitar el país del Nilo, quedando impactado por la personalidad del Rais.
En 1971 Bashir conseguirá licenciarse en derecho y dos años después lo hará en Ciencias Políticas. Ambas carreras realizadas en la Universidad San José de Beirut. Después estuvo en Dallas (Texas) donde se graduó en la American and International Law Academy. Hasta 1975 Bashir abrirá un bufete en Beirut Oeste. No obstante, de manera paralela fue nombrado inspector de las Fuerzas Regulares Falangistas, milicia armada del partido. En 1974 fundó la escuadra BG formada por estudiantes universitarios para la protección de la comunidad maronita ante los ataques armados de los palestinos.
En 1976 fue nombrado vicepresidente del Consejo Militar del Kataeb, pero a la muerte del presidente William Hawi, lideró la unificación de las Fuerzas Libanesas frente a la invasión siria del país, siendo apresado por un corto tiempo por las autoridades militares sirias. Al año siguiente se casaba con Solange Toutoungi, cuya unión pronto se verá premiada con el nacimiento de su hija Maya y escribe "Cien días de Guerra", un libro contrario a la presencia siria en Líbano al bombardeo de los barrios cristianos de Beirut. Pero en 1980 cuando nace su segunda hija Youmna, su hija Maya muere a consecuencia de un coche bomba puesto contra su padre. En ese mismo año Bashir unifica las fuerzas militares del sector este de Beirut, zona bajo control cristiano.
En 1981 visita los Estados Unidos donde departirá en numerosas conferencias la defensa del Líbano en sus terribles circunstancias de guerra civil. Al año siguiente, preocupado por su país, organizó la primera conferencia internacional de solidaridad con el Líbano. 1982 se convierte en un año de fuerte influencia para Bashir y su país, nace su hijo Nadim y el país es invadido por las fuerzas israelíes. En una rápida operación de ocupación, los israelíes ocupan el sur del pequeño país y llegan hasta Beirut, donde expulsarán a los palestinos de la OLP en dirección al lejano Túnez. Sin embargo, el castigado país encerrado en una guerra civil y ocupado por su dos vecinos decide el 23 de agosto, a través del parlamento libanés elegir a Bashir como presidente de la república libanesa.
Las esperanzas abiertas por la elección del joven líder maronita para la más importante magistratura del país, quedó cerrada el 14 de septiembre del mismo año cuando el cuartel general del Kataeb situado en el barrio de Achrafieh fue destruido por una bomba que mató a treinta y cinco falangistas y al propio presidente Bashir Gemayel.
Sin embargo, a pesar de su muerte y su sustitución por su hermano Amín, Bashir nunca fue olvidado por la comunidad maronita libanesa por sus numerosas fundaciones. Campamentos para jóvenes, la construcción del aeropuerto Hamat, la Radio Libre del Líbano, el Socorro libanés para los niños de la guerra, la televisión de las fuerzas libanesas, la Asociación Cultural libanesa, el comité comercial de Achrafieh, el comité de fiestas de Achrafieh... diferentes actividades que ahondaron en organizar la sociedad libanesa en un sentido católico maronita y que convirtió a Bashir en uno de los hombres de mayor talla de la historia del Líbano.

J.L.O.M.

 

Revista Digital Arbil, Nº 51

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Los militares ante el Frente Popular

Los militares ante el Frente Popular Sobre las conspiraciones militares, dijo en enero del 36 el político Álvarez Mendizábal, ministro de Portela: "Yo, durante la dictadura (de Primo de Rivera), he estado presente en todas cuantas conspiraciones se fraguaron, y ninguno de los militares comprometidos acudió nunca a cumplir su palabra. Es más de temer una reunión de camareros o de cocineras". Sin embargo, pronto iban a cobrar mayor enjundia.

Cuando el Frente Popular alcanzó el poder, el ejército se hallaba tan dividido como el resto de la sociedad. Había desde militares y policías que instruían a las milicias izquierdistas, hasta monárquicos o fascistas deseosos de acabar con el Frente Popular y con la república misma, pasando por una masa muy considerable dispuesta a obedecer a quien mandase, fuera quien fuere. Parte de los izquierdistas se agrupaban en la UMRA, Unión Militar Republicana Antifascista, de inspiración masónica en buena medida, y los conspiradores monárquicos en la UME, Unión Militar Española; ambas poco efectivas.

Tras las elecciones de febrero del 36, los militares y policías que habían defendido la legalidad constitucional en 1934 temieron por un momento serias represalias, pues las izquierdas propugnaban la amnistía para los sublevados y la persecución contra quienes los habían vencido. De hecho, como ya quedó indicado, la propaganda electoral del 36 giró especialmente sobre ese punto, acusando a las derechas de las mayores atrocidades, y en las calles los militares solían ser acosados, golpeados o insultados por las turbas. Sin embargo, la investigación judicial quedó rápidamente marginada tras las elecciones, reduciéndose todo a las detenciones del general López Ochoa, que había mandado la lucha en Asturias contra los revolucionarios, y de algún oficial de la Guardia Civil, seguidas ambas de una perezosa investigación judicial.

No había ningún misterio en ello. Una investigación abierta sólo pondría de relieve la falsedad o exageración de las acusaciones izquierdistas, y traería de nuevo a la escena las atrocidades cometidas a su vez por la izquierda. Gil-Robles exhortó varias veces al cumplimiento de las promesas de investigar las atrocidades derechistas, pero en vano. Éstas habían dejado de interesar al Frente Popular, una vez le habían servido para llegar al poder. Y así no hubo en el ejército otros cambios que los destinados a asegurar en los puestos de mando clave a militares y policías de izquierdas y poner bajo vigilancia a los de derechas. Una de esas medidas consistió en alejar a Franco a las Islas Canarias, donde tendría poca posibilidad de maquinar. El general acudió a ver a Azaña y, pensando sin duda, como la CEDA, que el político terminaría oponiéndose a los planes revolucionarios de sus aliados, le advirtió: "Hacen ustedes mal en alejarme, porque yo en Madrid podría ser más útil al Ejército y a la tranquilidad de España". Pero Azaña le replicó con una clara amenaza: "No temo a las sublevaciones. Lo de Sanjurjo lo supe y pude haberlo evitado, pero preferí verlo fracasar".

La conciencia de que habían conseguido el poder los mismos del 34, mantenía en vilo a muchos militares. El 8 de marzo, poco antes de salir para Canarias, Franco se reunió con otros generales, con vistas a un alzamiento "que evite la ruina y la desmembración de la patria". Unos pensaban en la monarquía, otros en mantener la república, pero Franco, según parece, impuso dos condiciones: "el movimiento sólo se desencadenará en el caso de que las circunstancias lo hiciesen absolutamente necesario", y no sería republicano ni monárquico, sino, simplemente "por España".

Pero el futuro Caudillo no estaba en condiciones de dirigir la conjura, e iba a pesar poco en ella. Aunque otros generales le hablaban con gran optimismo sobre los planes de golpe, él era más bien pesimista: "Me daba cuenta de que el movimiento militar iba a ser reprimido con la mayor energía". Conocedor de sus colegas, temía una acción mal organizada o prematura, que diera la victoria definitiva a la revolución.

Desde luego, la conspiración distaba mucho de estar bien organizada. La dirigía, al menos nominalmente, el general Sanjurjo, cuyas nulas habilidades conspirativas habían quedado bien manifiestas en su intentona de agosto de 1932. Y el gobierno vigilaba a la mayoría de sus integrantes, controlaba sus teléfonos, desbarataba sus medidas con cambios de destino, arrestos, etc. Azaña estaba convencido de que la sanjurjada iba a repetirse, dándole ocasión de aplastar a la derecha de una vez por todas.

Solo hacia finales de abril cobró la conjura mayor consistencia, al hacerse cargo de ella el republicano Mola. El gobierno lo había enviado a Pamplona, con la idea de que sus ideas chocarían con las de los monárquicos carlistas predominantes en la región; pero poco a poco, y no sin roces desesperantes, Mola había ido poniéndose de acuerdo con ellos. Al contrario que los socialistas de 1934, que preveían una guerra civil, Mola pensaba en una acción muy violenta, pero breve y decisiva, para evitar tal guerra. Planeaba instaurar luego una dictadura militar republicana y transitoria, que asegurase el orden, y permaneciese un tiempo tutelando al poder civil.

Las relaciones de los conspiradores con los partidos de derecha no eran muy satisfactorias. Los carlistas exigían la monarquía y los falangistas mostraban poco afecto a la monarquía y desconfiaban de los militares. La CEDA permaneció básicamente al margen, y solo a última hora apoyó Gil-Robles el golpe. Calvo Sotelo parece haber tenido conocimiento externo de los preparativos, sin participar en ellos. De todas formas, y salvo en Navarra, sería la organización militar la decisiva.

Entre los militares había serias dudas. La mayoría tenía conciencia de los enormes riesgos de la empresa, y no debía de mostrar mucha seguridad. Serrano Súñer describirá a uno de los comprometidos principales, Valentín Galarza, "el técnico", como mal informado, confuso y escaso de ánimo. En cambio se les unió un personaje tan resuelto como Queipo de Llano, viejo republicano, que tenía la ventaja de poder moverse con facilidad por el país, como jefe de los carabineros, y así enlazar a los jefes de las guarniciones comprometidos. Unos creían que había ya motivos de sobra para sublevarse cuanto antes, y otros mantenían alguna esperanza en la acción de los políticos: Mola representaba la primera postura, y Franco la segunda. De hecho, en un momento tan avanzado como el 23 de junio, Franco escribió una carta a Casares cuyo sentido evidente consistía en incitar al político a tomar él mismo medidas contra el deterioro de la situación. La actitud de Franco desesperaba a veces a sus compañeros.

A su vez, la actitud del gobierno desesperaba también a diversos izquierdistas, en particular a Prieto, que tenía bastante información sobre los preparativos del golpe y exigía su rápida desarticulación, al igual que los comunistas y otros. Ya en mayo el líder socialista había sostenido al respecto una agria discusión con Casares. Éste le explicó: "Todo eso que ustedes me cuentan y mucho más lo sabe el gobierno, y lo que yo quiero es que se echen a la calle de una vez para yugular la rebelión. Esta vez no vamos a quedarnos en una expropiación de bienes, como cuando la rebelión del general Sanjurjo". Pero Prieto no se dejó convencer, y salió furioso de la entrevista. Sentía crecer el peligro y no confiaba en las medidas del gobierno.

A principios de julio, Mola señalaba que "todo está en marcha y no ha de cundir el desaliento", pero que "el entusiasmo por la causa no ha llegado todavía al grado de exaltación necesario", existiendo aún "insensatos que creen posible la convivencia con los representantes de las masas que mediatizan al Frente Popular". Uno de éstos, un político de la CEDA, había echado por tierra sus planes en Valencia. Por fin, aprovechando los sanfermines como cobertura, los conjurados decidieron sublevarse el 14 de julio. Pero el día 10 varios jefes carlistas rompían con Mola, al no aceptar éste la bandera española tradicional, la disolución de los partidos y unas Cortes corporativas. Mola, desesperado, pensó en fusilar al carlista Fal Conde o en suicidarse. El día 12, nuevas gestiones terminaron sin avenencia. Y para colmo, ese mismo día, Franco, que había aceptado los planes anteriores, recomendaba aplazarlos a última hora. En el momento decisivo, el complicado artificio construido por Mola parecía a punto de venirse abajo, y los testigos han mencionado la mezcla de furia y desánimo en que se debatía "el director".

Pero en la noche de ese mismo día 12 caía asesinado Calvo Sotelo, y las vacilaciones entre los conjurados iban a desaparecer de un soplo. Como ha indicado Stanley Payne, para ellos se había vuelto mucho más peligroso no sublevarse que sublevarse.

Pío Moa

Libertad Digital, suplemento Agosto, 8 de agosto de 2006

La derecha ante el Frente Popular

La derecha ante el Frente Popular

Una leyenda profusamente difundida pretende que, desde las mismas elecciones del Frente Popular, la derecha, particularmente Gil-Robles y Franco, intentaron el golpe de estado contra ellas. Así, no habrían actuado de modo distinto de Azaña y demás republicanos cuando perdieron las elecciones de 1933.

Sin embargo, la realidad es muy otra, aun dejando de lado el hecho de que las elecciones del 33 fueron democráticas, mientras que las del 36 en ningún país se considerarían como tales. En la misma noche electoral, y a la mañana siguiente, Gil-Robles y Franco presionaron a Portela Valladares, jefe del Gobierno, y a otras autoridades para que declarasen el estado de guerra. El objetivo no era propiciar un golpe de estado, sino impedir que las turbas continuasen adueñándose de las calles y de los propios colegios electorales, ante la defección de las autoridades. De hecho, Alcalá-Zamora firmó para Portela tanto el estado de guerra como el de alarma, si bien recomendó no usar el primero en la medida de lo posible, criterio que siguió Portela. Y así el estado de alarma, que traía consigo la censura de prensa y otras restricciones a los derechos ciudadanos, permanecería en vigor hasta la reanudación de la guerra, en julio.

Consumada la imposición del Frente Popular, la CEDA reconoció el resultado de las elecciones, lo que han invocado charlatanes tipo H. Southworth para demostrar la legalidad y normalidad de las mismas. Ese reconocimiento, pese a las evidentes y graves anormalidades de los comicios, podía testimoniar, una vez más, el talante moderado y legalista de la CEDA, capaz de aceptar la alternancia política.

Pero su aceptación obedeció a sentimientos menos loables: el pánico. Habían ganado los mismos rebeldes del 34, jactanciosos de su hazaña y que habían amenazado en su propaganda electoral con exterminar a la derecha. Ésta, desde la CEDA a la Falange, procuró no "provocar" a los eufóricos y agresivos ganadores, y se aferró a Azaña como última esperanza frente al renovado impulso revolucionario. Pues no parecía imaginable que Azaña, un burgués, fuera a seguir la ruta de sus amigos revolucionarios, los cuales pensaban prescindir cuanto antes de la burguesía, aunque fuera la progresista.

La CEDA mantenía posibilidades de presión, pues mientras no se reunieran las Cortes, a mediados de marzo, seguía siendo mayoritaria en la Diputación Permanente. Pero renunció a cualquier oposición, aprobando el 21 de febrero la amnistía impuesta por las turbas en la calle; también aprobó el restablecimiento de la autonomía catalana, suspendida desde 1934 y asimismo repuesta por Companys y los suyos, para enfado de Azaña, sin esperar el trámite legal de la reunión de Cortes.

Con la misma mansedumbre, la derecha aceptó la readmisión de los empleados despedidos por huelgas políticas o por la sublevación de octubre del 34, pagándoles además una indemnización, de hasta seis meses de paga, que ponía a muchas empresas al borde de la quiebra y les obligaba a despedir, además, a empleados que habían respetado la ley.

En sus diarios y cartas a su cuñado Rivas Cherif, Azaña se jactaba de haberse convertido en un "ídolo nacional", un "ídolo de las derechas", las cuales "sienten estupor ante nuestro triunfo y respeto ante nuestra autoridad". Y se recreaba, con desprecio: "¿Causa profunda de todo esto? El miedo. Te divertirías mucho si estuvieras aquí".

Ese miedo le daba gran satisfacción. A Gil-Robles, comenta, "la Pasionaria le ha cubierto de insultos. No sabe dónde meterse, del miedo que tiene". "Tienen un miedo horrible. Ahora quieren pacificar, para que las gentes irritadas se calmen y no les hagan pupa". Él mismo no ahorraba desplantes a los banqueros y empresarios, o a quienes, como Batet, habían salvado la República en Barcelona, en octubre de 1934; o se complacía en el arresto de López Ochoa, defensor de la República en Asturias en la misma ocasión: "Ya hay otro generalote preso".

También el líder de la Falange, José Antonio, ordenó a los suyos discreción, "evitar todo incidente" e impedir "actitud alguna de hostilidad hacia el nuevo Gobierno o de solidaridad con las fuerzas derechistas derrotadas". De nada iba a valerles. Enseguida, el 27 de febrero, el Gobierno clausuró centros falangistas, y unos días después cerró su periódico, Arriba, mientras recomenzaban, como en 1934, los atentados mortales contra jóvenes del partido. Acosada, la Falange comenzó a replicar, también como en 1934, con otros atentados, empezando con uno fallido, el 12 de marzo, contra Jiménez de Asúa.

Al revés de lo que ocurría en los actos de terrorismo contrarios, la pesada mano del poder se descargó entonces, sin prestar mucha atención a las normas legales. Fue prohibido el partido, cerrados todos sus centros, encarcelada casi toda su directiva, incluido José Antonio, y detenidos otros muchos militantes. Sin embargo, bastantes jóvenes derechistas, cansados o indignados con la actitud sumisa de la CEDA, acudieron a nutrir las filas de la Falange.

A continuación, el Gobierno y las izquierdas asestaron un golpe devastador a la CEDA, reduciendo fraudulentamente, entre injurias, la presencia parlamentaria de la derecha moderada (le arrebataron 37 escaños). En protesta, la CEDA se retiró de las Cortes, a finales de marzo, bajo una tormenta de denuestos y amenazas de ser tratada como "golpista". Pocos días más tarde volvió, humillada.

A las quejas por las constantes violencias, Azaña replicó, el 3 de abril: "Dejemos llegar a nuestro ánimo el sentimiento de la misericordia y de la piedad. ¿Es que se puede pedir a las muchedumbres irritadas o maltratadas, a las muchedumbres hambreadas durante dos años, que tengan la virtud que otros tenemos de que no trasparezcan en nuestras conductas los agravios de que guardamos exquisita memoria?".

Azaña falseaba los hechos: había sido durante su anterior Gobierno, en el primer bienio, cuando el hambre había alcanzado sus mayores cotas, que resurgían aceleradamente con el Frente Popular. Pero, sobre todo, su peculiar "misericordia y piedad" legalizaba el crimen. Escribiría Lerroux: "¿Maltratadas? ¿Agraviadas? Se habían rebelado, habían sido vencidas, fueron juzgadas y sentenciadas. ¿Qué otra cosa hizo Azaña con el general Sanjurjo y sus compañeros sublevados en agosto de 1932?". Además, Azaña había aplicado una represión feroz, como también señala Lerroux: "Nosotros no deportamos a sus jefes a los desiertos africanos, ni aplicamos la ley de fugas a sus obreros maniatados, ni exterminamos a sus campesinos rebeldes como en Casas Viejas".

El deprimido Gil-Robles se alejó por unas semanas de la primera fila de la política, adquiriendo protagonismo el más enérgico Calvo Sotelo, monárquico y partidario de acabar con una república a la que consideraba antesala de la revolución. Calvo centró su actividad en la denuncia de la oleada de crímenes y disturbios que se habían adueñado de la sociedad española, procurando que el Gobierno cumpliese e hiciese cumplir la ley, con lo cual lo legitimaba. Sin embargo, pospuso el tratamiento de las denuncias derechistas hasta después de cumplir dos designios fundamentales: asegurarse una mayoría aplastante en las Cortes y destituir al presidente de la República, obstáculos legales a su completa dominación.

Una vez logrados esos objetivos, la cuestión del orden público se trató los días 15 y 16 de abril, en simultaneidad con la primera manifestación masiva de protesta a la que se atrevían las derechas, y que fue atacada a tiros por las izquierdas, causando numerosos muertos. Calvo Sotelo habló en las Cortes, entre burlas y amenazas de "arrastrarlo" a él y a otros dirigentes derechistas, especialmente por parte de la Pasionaria y de Margarita Nelken. También Gil-Robles recibió amenazas de muerte por parte del jefe comunista José Díaz y por la Pasionaria.

Calvo dio los datos, muy graves y probablemente incompletos a causa de la censura, de los muertos, asaltos e incendios en sólo un mes y medio. Azaña, pese a la timorata, más que moderada, actuación de la derecha, le espetó: "¿No queríais violencia? ¿No os molestaban las instituciones sociales de la República? Pues tomad violencia. Ateneos a las consecuencias". Con estas frases renunciaba, sencillamente, a toda pretensión de legitimidad para el Frente Popular.

Dos meses más tarde, el 18 de junio, con una situación muy empeorada, las derechas presentaron una proposición no de ley para intentar que el Gobierno cumpliera sus obligaciones –lo que, por otra parte, lo habría legitimado–: "Las Cortes esperan del Gobierno la rápida adopción de las medidas necesarias para poner fin al estado de subversión en que vive España". Entre amenazas e insultos gravísimos, una vez más, Gil-Robles dio nuevos datos: 269 muertos y 1.267 heridos en sólo cuatro meses, innumerables incendios de iglesias y centros políticos derechistas, huelgas constantes y a menudo violentas, etc. Denunció la llamada "republicanización de la justicia", es decir, la supeditación de ésta al Frente Popular.

Calvo Sotelo, por su parte, citó frases revolucionarias de Largo Caballero, el Lenin español, a quien estaba unido el Gobierno por un "cordón umbilical". El Ejército no podía adoptar una actitud subversiva, pero "sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjese". Casares Quiroga, el jefe de Gobierno tras haber subido Azaña a la presidencia de la República, pintó un panorama social casi idílico, y amenazó a Calvo con hacerle responsable de cuanto pudiera ocurrir. Calvo replicó con sus famosas palabras:

"Yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para el bien de mi patria. Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: 'Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis'. Y es preferible morir con honra a vivir con vilipendio".

Concluyó previniendo a Casares contra la eventualidad de convertirse en un Kérenski o un Karoli, que habían abierto el paso al comunismo en Rusia y Hungría, respectivamente.

Mientras tanto, iba tomando cierta consistencia la conspiración militar dirigida por Mola, de la que hablaremos luego.

Pío Moa

Libertad Digital, suplemento Libros, 28 de julio de 2006

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Las fosas de Mérida

La unilateral recuperación de la memoria histórica que se está llevando a cabo por la izquierda española ha vuelto a poner de actualidad unos enterramientos en el entorno del cementerio de Mérida que no eran ningún secreto para la historiografía que se ha ocupado de la Guerra Civil en Extremadura. Un informe del Ayuntamiento de Mérida fechado en la década de los cuarenta y publicado en mi libro Paz, Piedad, Perdón... y verdad afirma con toda claridad que «al ser liberada la ciudad por el Glorioso Ejército y con posterioridad a esto fueron sancionados por la autoridad aquellos que hicieron fuego contra las armas nacionales y cuyos cadáveres según noticias adquiridas por esta alcaldía fueron dados sepultura en las inmediaciones del cementerio» Si a ellos añadimos las ejecuciones de las sentencias dictadas por Consejos de Guerra, el total de muertes registradas en Mérida se sitúa algo por encima de las quinientas personas como se documentó con toda precisión en una Memoria de Licenciatura presentada por María del Mar Alvarez Román en la Universidad de Extremadura (1989). Todo ello hace inexplicable el auténtico baile de cifras, a cual más disparatado, que se ha leído en la prensa en los últimos días: unas veces eran mil, otras dos mil, otras cuatro mil...

Pero no son estas las únicas tumbas existentes en el cementerio de Mérida. Cuando las tropas nacionales entraron en la ciudad emeritense pusieron fin a los asesinatos que, por orden del comité frentepopulista habían comenzado el 7 de agosto y continuaron en los días siguientes. Podemos citar solamente dos casos, una figura de tanto relieve para la historia local como el que fuera alcalde D.Francisco López de Ayala y el militar D.Federico de Manresa de quien consta documentalmente que fue «sometido a los mayores martirios, hasta el día 8 expresado que lo asesinaron por haberse negado rotundamente a ponerse al frente de una Batería que los rojos habían traído de Madrid para combatir a nuestro glorioso y triunfante Ejército Nacional, negativa que dio ante el Comité marxista reunido en pleno y después de tenerle sometido durante más de una hora a interrogatorio». En términos semejantes, el resto de los caídos se negó a ponerse al servicio de los revolucionarios aunque este gesto les costara la vida.

Tampoco se puede ignorar que, en su inmensa mayoría, las víctimas que reposan en las fosas comunes del cementerio de Mérida pueden ser identificadas por su participación en los excesos cometidos durante el período revolucionario, bien en la ciudad o en el territorio que un periódico publicado por los comunistas en Castuera llamaba la “Extremadura Roja” y en el que se cometieron centenares de asesinatos.

Personalmente preferiría que se dejara reposar a todos los muertos de la Guerra Civil bajo una cruz que fuera símbolo de reconciliación, unidad y verdad pero si otros prefieren seguir manipulando la historia y emplearla como arma al servicio de su demoledor proyecto político, habrá que recordarles que fueron los ahora llamados “republicanos” quiénes comenzaron a derramar la sangre de sus enemigos sobre las tierras extremeñas.

Angel David Martín Rubio

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