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Políticamente... conservador

Crítica social

El silencioso suicidio de Europa

Editorial del semanario ALBA, Nº 79, 7 al 13 de abril de 2006

Es curioso cómo los cronistas de todas las épocas logran casi unánimemente pasar por alto la noticia más importante, el dato definitorio y clave de sus civilizaciones mientras se excitan y alborotan con lo inmediato y pasajero. Los cronistas de nuestra época somos los periodistas, y también dejamos para páginas interiores la noticia de portada de hoy: Europa tiene los días contados porque no tiene hijos. La aritmética es tan sencilla que está al alcance de un alumno de la ESO, es sólo sumar. O, más bien, restar. Buena parte de lo que venimos llamando vagamente Occidente no sobrevivirá a este siglo, y lo más significativo y reconocible de muchos de los países europeos desaparecerá en vida de algunos de los que nos leen. El reto es tan grave como urgente, literalmente, cuestión de vida o muerte. Y si la esterilidad de Europa ya sería nefasta en cualquier caso, la estructura de los Estados de bienestar sobre la que está construida nuestra moderna civilización promete convertirla en una catástrofe. En pocas palabras, el fallo de origen del moderno Estado laico de bienestar es que exige una tasa de natalidad para sostenerse que sólo se observa en sociedades religiosas. Con independencia de que se tenga o no fe, es un dato de la experiencia inmediata que lo que prevé para el hombre el cristianismo -o, si se prefiere, casi cualquier religión existente- da a la civilización más futuro y más probabilidades de supervivencia que el racionalismo poscristiano. Como informamos en este mismo número y según datos del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales (MTSA, 2005), la Seguridad Social entrará en déficit en 2015, fecha que anticipa a 2011 el Instituto de Estudios Fiscales. El fondo de previsión constituido, que en la actualidad se acerca a los 27.000 millones de euros, compensará el déficit unos años, hasta 2020 aproximadamente. Con el actual sistema de reparto, por el que los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los jubilados de hoy, el modelo entero se basa en una pirámide de población con una amplia base, es decir, en que la población activa sea siempre sustancialmente más numerosa que la pasiva, justo lo contrario de lo que va a pasar dentro de no muchos años. La inmigración, el parche urgente al que están recurriendo todos los países europeos, no está exenta de riesgos sociales y culturales, algunos de los cuales ya se adivinan; no sólo es una amenaza evidente a la cohesión cultural y a la identidad histórica de los países de Occidente cuando se produce en contingentes demasiado numerosos para lograr su integración y evitar la formación de guetos; es, además, una solución a corto plazo, ya que el virus maltusiano acabaría inoculándose fatalmente en los nuevos europeos de no producirse una regeneración moral y un vigoroso golpe de timón. En el centro de todo este desafío está la familia, cuyo destino determina ineludiblemente el destino de nuestra civilización toda. Y las noticias no son buenas. Lejos de aplicarse políticas que afiancen la familia, que estimulen la natalidad y alivien las cargas de quienes construyen los europeos del futuro, los Gobiernos occidentales se obstinan en desanimar el compromiso, la unión familiar y el natural deseo de hijos, en una verdadera cultura de la muerte.

Más Estado para los desfavorecidos.

8,5 millones de pobres, 3,5 millones de discapacitados y enfermos crónicos, 1,5 millones de personas que necesitan la ayuda de otras para llevar a cabo las actividades normales de la vida diaria, 1 millón de personas mayores que viven solas. Estas son algunas de las cifras de la marginalidad en España. Pero hay más: inmigrantes, drogodependientes, niños y adolescentes abandonados, mujeres maltratadas, etc. El nuevo Gobierno del PSOE viene dispuesto a plantarle cara a la situación. ¿La fórmula? Más Estado, menos sociedad civil

 

Por Ignacio Santa María

 

Lo llaman el cuarto pilar del estado del bienestar. Tras la educación, la sanidad y las pensiones, los socialistas creen que ha llegado el momento propicio para crear el Sistema Nacional de los Servicios Sociales, con una dedicación especial a lo que se conoce como “personas dependientes”, aquellas que no se valen por sí solas en las tareas más cotidianas. Una superestructura orgánica, un fondo de 1.000 millones de euros y una dosis nada desdeñable de euforia serán suficientes para resolver todos los problemas antes mencionados. Esto es al menos lo que parecen creer a pies juntillas los nuevos responsables sociales. Así lo certifican las palabras de la secretaria de Estado de Servicios Sociales, Familia y Discapacidad: «Será un éxito de la Presidencia de Rodríguez Zapatero y de todo el país; sacaremos a España del rincón de la historia». Pero, ¿dónde queda la libertad de las personas desfavorecidas y sus necesidades reales? ¿Qué papel se asigna a sus familias? ¿Qué hay de su entorno más cercano? ¿Qué pasa con las asociaciones? En una palabra, ¿en qué lugar queda la sociedad civil?

 

Hace tres meses, la Compañía de las Obras nos dio la oportunidad de escuchar en Madrid un testimonio insólito por estos pagos. Era el del consejero de Educación y Trabajo de Lombardía, Alberto Guglielmo, quien se refirió a las políticas de apoyo a la iniciativa civil que está desarrollando su gobierno en esta región del norte de Italia. Políticas que tienen como fundamento el principio de subsidiariedad, que el propio Giugelmo definió así: «nosotros hacemos sólo aquello que el sector privado no puede hacer; la libertad de empresa no puede ser suprimida por el Estado». A renglón seguido, el consejero explicaba detenidamente algunas de las medidas adoptadas en materia de sanidad, familia y educación, que permiten a cualquier ciudadano elegir aquella opción que mejor responde a sus necesidades ya provenga del ámbito estatal o del privado. En concreto se refirió a medidas como la del bono para las familias de las personas dependientes, que posibilita acceder a un paquete de servicios como sanidad, teleasistencia o lavandería primando siempre la libertad de elección. “¡Blasfemia!”, hubieran gritado los fariseos de izquierda al oír estas cosas. ¿Por qué? Porque en España, de forma habitual, lo que no es estatal, si tiene dimensión pública, genera sospecha.

 

La sociedad, bajo sospecha.

 

El ex director general del Imserso (ahora dirigente de Comisiones Obreras), Héctor Maravall, se quejaba recientemente en un debate de que, en los últimos años, se había intentado potenciar lo privado en materia de política social, ya fuera lo privado lucrativo o lo privado no lucrativo (ONG, fundaciones, Iglesia, etc.) «Corremos el riesgo –decía Maravall– de que el protagonismo del sector social sea privado. O hay un control público sobre este sector o esto va a ser bastante irregular y va a haber mucha precariedad laboral». Las palabras de Maravall son un fiel reflejo de esta mentalidad compartida por toda la izquierda (PSOE, IU, UGT y CCOO) que mide con doble rasero al Estado y a la sociedad civil.

 

A lo largo de nuestra historia reciente, toneladas de electoralismo y kilos de corrupción no han sido suficientes para arrojar ni un gramo de sospecha sobre la acción social del Estado, mientras que cualquier actividad de carácter social emprendida por un sujeto no estatal es puesta inmediatamente bajo la sombra de la duda. Hasta las propias organizaciones civiles desconfían de la iniciativa civil. Estamos más que acostumbrados, por ejemplo, a ver cómo los sindicatos atacan proyectos sociales de naturaleza privada. Las ONG desconfían de las otras ONG; las fundaciones de las fundaciones. Ni siquiera la sociedad civil se fía de sí misma.

 

Tampoco el Partido Popular tiene un discurso claro sobre la subsidiariedad y la importancia de la libre iniciativa civil. ¿Cuántas veces hemos oído repetir a los dirigentes populares, con Rodrigo Rato como director de coro, y como si de un karma se tratase: «la mejor política social es la creación de empleo y el equilibrio presupuestario»? Y poco o nada más.

 

Para encontrar defensores de la sociedad civil en nuestro panorama político hay que buscar en las filas de CIU, donde personas como la diputada Mercé Pigem, seguramente más influenciadas por corrientes políticas europeas que por las del resto de España, dicen cosas como esta: «Plantemos la coparticipación de la sociedad civil. En este punto tenemos una visión distinta a la de los otros partidos. Creemos que la participación de la sociedad civil es tremendamente importante. Esta participación no tiene que ser vista con temor, como una rivalidad. Hay que dar voz y cauce a esta vocación de servicio público que tiene la sociedad civil en muchas ocasiones».

 

Al Estado le interesa, más que a nadie, una sociedad civil dinámica y responsable con las necesidades de todos. Pero sobre todo es una cuestión de libertad. Una democracia madura no es la que sólo permite a sus ciudadanos votar una vez cada cuatro años, sino la que les alienta para crear obras e iniciativas para el bien común, desde cualquier naturaleza o identidad. En España este debate ni siquiera existe, probablemente por razones históricas. 40 años de estatalismo franquista y otros 15 de estatalismo felipista son una herencia demasiado pesada.

 

Ignacio Santa María

 

Este artículo ha sido publicado en el número 78 (junio de 2004), página 3, de la edición impresa de la revista “Páginas para el mes”,  (www.paginasparaelmes.com).

INMIGRACIÓN, INTEGRACIÓN Y ENCUENTRO CULTURAL

 


Se reflexiona sobre algunos puntos que afectan a los factores psicosociales que concurren en la cuestión social e individual de la inmigración, tales como: su concepto y dimensión psicosocial, la disonancia cognoscitiva del inmigrante, la diferenciación entre adaptación e integración, la actitud de la sociedad de acogida y la del inmigrante, la inserción laboral y educativa y el inevitable encuentro cultural.

 

                Elemento fundamental para entender algunos de los más graves problemas sociales del mundo de hoy, es el desarrollo demográfico que ofrece un desplazamiento de la población mundial, hacia los países más pobres o menos desarrollados. Ello nos lleva al contraste entre países jóvenes, de amplia población y países envejecidos en proceso descendente o con un mínimo aumento que no cubre sus necesidades de mantenimiento y desarrollo. Lo curioso es que el mundo del estado de bienestar es el que envejece y el mundo en proceso de desarrollo es el que aumenta de población de forma incontenible. Ello conduce a la «extraña paradoja de que el sur no tiene los medios económicos para su crecimiento demográfico y el norte no tiene los medios demográficos para su crecimiento económico» (Labrador, 2000, pag. 11) .
Concretamente España, según las naciones Unidas, dentro de 50 años será el país más viejo del mundo con un 37 por ciento de población mayor de 65 años frente al 17 por ciento actual y la población actual se habrá reducido a 30 millones de habitantes. De esto se deduce que «España  necesita inmigrantes y los necesita porque si no vienen, dentro de muy poco, solo 6 de cada 10 ciudadanos estarán en condiciones de contribuir a atender las necesidades económicas de los otros cuatro» (García-Hoz, 2000). Como consecuencia de esta circunstancia Naciones Unidas estima que España necesitará 12 millones de inmigrantes hasta el año 2050 para poder mantener el desarrollo actual y poder hacer frente al cada vez más alto gasto de las pensiones. Concuerdo con el profesor Barea (2000) que las cifras que se barajan son exageradas y sostiene que según su estimación «los inmigrantes necesarios para que España conserve, en el 2050, la capacidad productiva existente en la actualidad, da como resultado que sería necesaria una entrada de sólo 5 millones de inmigrantes en igual período, en el supuesto de que la tasa de actividad española aumente paulatinamente como ha ocurrido en los últimos 10 años» (Barea, 2000).
Lo que parece evidente, es que la cifra de inmigrantes se moverá entre 5 y 12 millones para España, lo cual significa más o menos que para Europa nos moveremos en cifras de 50 o más millones de inmigrantes. Sea cual sea la cifra creo que estas cantidades sirven para entender la magnitud del problema migratorio y de la inmigración en España y en Europa.
Sobre la inmigración, como problema social, que lleva al tema central de la integración en la sociedad de acogida o, dicho de otra manera a la adaptación al nuevo medio y ambiente, pretendo hacer en esta ocasión, algunas observaciones que pueden ser de utilidad ante las muchas y diversas disquisiciones académicas y periodísticas que con tanta profusión aparecen y son objeto de jornadas, congresos, cursos y otros eventos.
1.- Desde el punto de vista de la inmigración como cuestión social, hay que dejar de hablar de los extranjeros en general para concretarnos en los inmigrantes que vienen  a causa de la precariedad y el desempleo crónico de su país, que, en su mayoría, tienen un nivel de cualificación bajo o muy bajo, aunque también los hay con media y alta cualificación profesional. Son aquellos que vienen a buscar trabajo o a ganar más dinero. A estos hay que añadir los que abandonan su país por conflictos políticos y armados que ponen en peligro la vida o la libertad de las personas y que, al ser acogidos como refugiados, también necesitan buscar trabajo para sobrevivir. En definitiva es la necesidad de trabajar la que caracteriza al inmigrante en sentido estricto.
Estas personas son las que plantean las cuestiones vitales que van a afectar a la convivencia y a la estabilidad de la sociedad de acogida. Los demás sectores que, a veces se señalan, tales como aquellos que han venido acompañando a la inversión de capital transnacional, los rentistas y jubilados o personas cualificadas que vienen a establecerse en España, etc., no constituyen problema significativo, especialmente desde la perspectiva de la adaptación o de la integración  social.
Son los que buscan trabajo y nuevas condiciones de vida, que, además, pueden constituir grupos étnicos que se establecen como minorías con pautas culturales muy diferenciadas, los que obligan a planteamientos de regularización y de oferta de posibilidades de vida dignas dentro de nuestra sociedad.
2.- Cuando se habla de extranjeros en España, que según las estadísticas de 1998 eran 719.647, se contabilizan los procedentes de la Unión Europea, olvidando que los miembros de la Unión tenemos una ciudadanía común y una libertad de movimiento personal que no nos permite considerarlos extranjeros sino, como máximo, forasteros.
Esta idea de Europa y sus ciudadanos, no termina de entrar en nuestras cabezas y entender que estamos ante una figura que no es la de extranjero. En todo caso se podrán contabilizar dentro de la movilidad entre países de la Unión, pero considero erróneo que se utilicen, en los estudios de inmigración, como componentes de la misma.
3.- De la integración se habla con profusión, pero no he encontrado un tratamiento serio de lo que es y como se produce. No me extraña, pues, normalmente, se plantea como una cuestión de adaptación material a una convivencia, pero se soslaya que, por tratarse de personas, estamos ante un tema psicológico o más propiamente psicosocial, por referirse a conductas en una situación social.
La integración no es una cuestión de todo o nada, sino que representa un proceso que se inicia con la simple adaptación, otro proceso dinámico, con diversas secuencias, y que termina con el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Psicológicamente se puede estar más o menos adaptado y más o menos integrado. La adaptación es un ajuste al medio y al ambiente, con un carácter más externo que interno; la integración implica un sentimiento interior de satisfacción personal, de agrado de sentirse a gusto con su vida y su situación. La integración es un paso cualitativo desde la mera adaptación. Se puede estar bien adaptado y no sentirse integrado. Por el contrario, el que se siente integrado, indudablemente está bien adaptado. Hay una estrecha relación entre ambos conceptos pero están diferenciados. La adaptación en cierta manera representa la dimensión social mientras la integración representa la dimensión más subjetiva y profunda de la persona. Es desde la psicología social desde donde hay que enfocar esta cuestión con respecto a los inmigrantes.
A los inmigrantes, inicialmente, no hay que pedirles integración sino simplemente adaptación. La sociedad receptora ha de tener actitud y conducta abiertas que implican poner a disposición de los que llegan todos los medios necesarios para una igualdad de oportunidades respecto a la convivencia en su seno. Todos aquellos medios que ofrece a los miembros de su comunidad, trabajo, retribuciones, vivienda, educación etc., ha de ofrecerlos a los inmigrantes para que puedan adaptarse a las nuevas formas de vida. A medida que vayan alcanzando objetivos de vida satisfactorios se irá produciendo, con mayor o menos intensidad, el sentirse a gusto y satisfecho con su nueva situación.
Estamos ante un caso claro y terminante de disonancia cognoscitiva. El inmigrante tiene una doble disonancia cognoscitiva: inicialmente, por el dolor psicológico que supone dejar aquello que es conocido y familiar, posteriormente porque, como normalmente sucede, después de pasar esfuerzos y penalidades, en muchos casos muy fuertes, la realidad con la que se encuentran no suele ser igual a la que ellos se forjaron en su mente, cuando tomaron la decisión de emigrar de su país. Esta disonancia más o menos intensa se supera mediante el logro de objetivos positivos en la nueva situación, los cuales, por un lado, compensan aquello que dejaron atrás y, por otro, los van acercando a  la idea de la situación que pensaban alcanzar. Hay, pues, que ofrecerles el camino del logro de satisfacción de necesidades fisiológicas y primarias y de aquellas otras de autonomía o psicosociales. En este sentido el primer factor fundamental es la inserción laboral continuada con una adecuada remuneración.
El Profesor Izquierdo (2000) señala, que entre los «sin papeles» que llevan entre 5 y15 o más años de estancia en España hay un 55% que aún no saben si quedarse o marcharse, siendo su respuesta «depende de cómo me vaya». «El resto (45%) tiene ya decidido quedarse para siempre y, según mi punto de vista ya ha dejado de considerarse migrante [...] De los otros que no saben qué hacer, de esos “aún migrantes” diremos que junto a los ingresos (por debajo de 100.000 pesetas son más los dudosos), es la faceta de un trabajo continuado (menos de nueve meses trabajando durante el año) lo que les mantiene en la indefinición. La falta de integración laboral queda así reflejada en el inconcluso proyecto migratorio» (Izquierdo, 2000, pág. 52).
Elemento imprescindible de adaptación y de una posible integración es la inserción laboral, que constituye uno de los factores psicosociales del proceso. Por consiguiente, al inmigrante, en un período relativamente corto, hay que ofrecerle la posibilidad real y efectiva de trabajar. Echarlos de los centros de acogida sin tener un trabajo ni medios de subsistencia, como se hace a diario, representa una total irresponsabilidad social.
4.- Cuando se habla de derechos culturales, hay un enfoque que considero muy teórico y, aún, más concretamente, muy académico, producto de todos esos tópicos y utópicos planteamientos que los antropólogos han trasladado, como verdades axiomáticas, a las ciencias sociales y a una opinión pública que se presenta como progresista. El mito de la igualdad si bien constituye un factor motivador hacia una sociedad y convivencia más justa y equilibrada, ha conducido, también, por una excesiva interpretación, a ideas y tendencias que crean problemas innecesarios, en vez de soluciones reales. No todo es igual, ni todo tiene el mismo valor. Una cosa es la igualdad en el respeto a las personas, las culturas y las sociedades y otra muy distinta es considerarlas iguales en valor absoluto. No todas las culturas son iguales, no todas tienen el mismo valor. Si así fuera, no tendría ningún sentido la defensa de unos derechos humanos universales, que se pretenden aplicar y respetar en todas las culturas y sistemas sociales del mundo. No todas ofrecen posibilidades de desarrollo personal en libertad, ni ponen a disposición de sus miembros los medios para su autonomía, sino que, por el contrario limitan la libertad de decisión y no ofrecen o impiden el acceso a las posibilidades que el mundo de hoy ofrece a las personas.
                La visión de la importancia y significado de cada cultura que merece todo el respeto, protección y consideración, que ha favorecido la comprensión del mundo como pluralidad, ha dado paso a una especie de demagogia antropológica de la igualdad y de unos conceptos de respeto que considero inadecuados y, sobre todo, ignorantes de lo que son los procesos históricos que suponen permanentes encuentros e interrelaciones culturales.
El caso de la inmigración es más sutil. Aun partiendo de la máxima dignidad de la cultura del inmigrante, respecto a sus formas de vida, esta persona viene a convivir en otra cultura, con sus formas de vida propias. Llega a una estructura social, económica y vital diferente, en la que quiere alcanzar la satisfacción de sus necesidades y anhelos personales. Si quiere alcanzar estos objetivos es indudable que ha de aceptar las nuevas formas, por ejemplo, en todo aquello que es imprescindible para trabajar y conseguir la remuneración necesaria para su subsistencia. Ha de aceptar la forma de trabajo, los horarios, los días de trabajo y de descanso y así, sucesivamente, multitud de esas costumbres de la sociedad de acogida. Paralelamente, es posible conservar, en su ámbito personal y particular, usos y costumbres propios sobre formas de vestir, comidas, relaciones interpersonales y, por descontado, creencias religiosas y cosmovisión particular.
La sociedad de acogida ha de ofrecerles las mismas posibilidades de trabajo, salud, formación y desarrollo que ofrece a sus miembros, para que puedan ser usados por la familia inmigrante. Estas personas encuentran posibilidades y satisfacciones que hasta ahora les eran desconocidas y que aceptan, usan y disfrutan plenamente. Es imposible permanecer en un ámbito social y en interacción con otras personas, sin ser influido por ese ámbito y esas personas. Los que hablan de derechos culturales como la conservación pura de usos y costumbres de un grupo minoritario, dentro de situaciones sociales mayoritarias, ignoran lo que es la influencia interpersonal y social. Esta influencia se produce por el simple contacto y no por imposición, como generalmente se plantea, al hablar de grupos o culturas dominantes, expresión peyorativa que, hoy día, en Occidente no responde a la realidad.
Psicológicamente, cuanto más se mantenga el grupo inmigrante apartado de la nueva realidad social y cuanto más se cierre sobre sí mismo, más difícil será su adaptación y, por descontado, más lejos estará de una posible integración. Difícilmente puede superar la disonancia que la condición de emigrante ocasiona si no se produce un grado satisfactorio de adaptación. Cuanto menos adaptación mayor será la influencia en su vida y sentimientos de los marcos de referencia de procedencia y más vivo será el deseo de regresar a su país de origen, lo cual si prácticamente es imposible, aumentará la intensidad de la disonancia y de la frustración que ello representa, viviendo en una tensión interior que imposibilita un ajuste personal adecuado y positivo. El profesor Izquierdo lo expresa muy agudamente, cuando señala que «pensando en la integración de los inmigrantes extranjeros se puede sostener que mientras hay proyecto migratorio la integración estará psicológicamente condicionada» (Izquierdo, 2000, pág. 47). Mientras hay proyecto migratorio, puede haber adaptación positiva, pero no habrá integración. «Con proyecto hay convivencia cotidiana, hay inserción laboral,  incluso mestizaje, pero no se alcanzará el sentimiento de pertenencia a una comunidad» (Izquierdo, 2000, pág, 47).
No hay incompatibilidad entre adaptación e, incluso, integración, y el mantenimiento de valores y hábitos de la cultura propia, pero no habrá situación igual, porque ésta ha cambiado y se verá influida por la cultura de acogida, produciéndose, en mayor o menor grado, una reciprocidad de intercambio de conocimiento, usos y costumbres. Apostamos, con Izquierdo (2000), por la convivencia respetuosa de las diferencias y no por la disolución de la diversidad en una identidad, hecho que, históricamente, no se ha producido jamás. Aquéllos que defienden y pretenden que los inmigrantes permanezcan aferrados a su cultura de origen, van contra la propia naturaleza de la inmigración como cuestión social e individual, pues se trata de unas personas que vienen voluntaria o necesariamente a convivir en el seno de otra sociedad, con formas culturales propias. Además, en teorías, análisis académicos y ciertas prácticas de los expertos parece que hay un empeño en mantener y desarrollar las diferencias, incluso contra el criterio y deseo del propio emigrante. La tolerancia que defendemos se basa en la libertad de pensamiento y la autonomía personal para tomar decisiones propias. Por lo tanto ofrezcamos al inmigrante la igualdad de posibilidades y dejemos que él vaya tomando sus propias decisiones.
5.- La inserción laboral es el factor más deseado por los inmigrantes con el objeto de conseguir una estabilidad económica que le permita normalizar su vida. Sin embargo, lo que les va a abrir a la inicial adaptación y a futuros progresos laborales es el conocimiento del idioma. A los inmigrantes de lenguas ajenas al español, lo más primordial es enseñarle español en un nivel suficiente para comunicarse con normalidad. Se invierten millones en multitud de cuestiones, pero aunque se le ofrecen posibilidades gratuitas de estudio y conocimiento de español, no hay un sistema organizado que exija este aprendizaje. Cuanto menos conozca el idioma de la sociedad receptora tanto más lejos estará de una adaptación a la misma y persistirá la disonancia inicial o se agrandará al comprobar directamente la grave y frustrante dificultad que tiene para entender y hacerse entender. Hay quien al año o dos de estar en España no es capaz de expresarse en español. Eso es fomentar la inadaptación y que se sientan llenos de dificultad en nuestro país. Para aquellos que no trabajan, el aprendizaje del idioma es la forma de irles dotando del instrumento adecuado para buscar e insertarse positivamente en el ámbito laboral y los que trabajan deben, también, paralelamente, asistir a clases de aprendizaje del idioma, única manera de favorecer su asentamiento y progreso social.
Con respecto a los hijos de las familias inmigrantes el tema es más sencillo ya que, efectivamente, se insertan en la escuela española. Sin embargo, a los alumnos que la inician con una cierta edad, habrá que impartibles unas clases más intensivas de dedicación a la lengua hablada y escrita. En cuanto dominen la lengua, vehículo necesario para la comprensión, se insertarán con toda normalidad y su proceso educativo será paralelo a los autóctonos. Esta acción, implica disponer de un profesorado especializado en la enseñanza del español como segunda lengua. La inserción ha de ser plenamente en nuestro sistema educativo, considerando un error esas propuestas e incluso programas pilotos que se presentan con el fin de valorizar y reforzar los referentes culturales e identidad de origen de los alumnos pertenecientes a grupos de inmigrantes. Una cosa es que el profesorado aproveche la presencia de estos alumnos para presentar al conjunto de la clase los contenidos culturales de origen de esos alumnos como medio de un más amplio conocimiento y de promover y desarrollar el respeto y la tolerancia hacia la diversidad y otra, muy diferente, seguir enseñándoles contenidos y formas de su cultura de origen. Eso no tiene sentido, ya que favorecen las diferencias y consiguientemente se dificulta la incorporación plena a la dinámica del aula y el sistema. Privadamente, cada minoría, puede hacer los planeamientos que crea convenientes, pero el sistema educativo no debe presentar excepciones, salvo aquellas medidas necesarias para el logro del instrumento básico de incorporación a la escuela que es la lengua. La relevancia del factor lingüístico queda patente cuando en estudios realizados se comprueba, respecto a las calificaciones que «los niños extranjeros hispanohablantes se acercaban en sus resultados a los chicos autóctonos» (Franzé, 2000, pág. 71).
6.- Dadas las cifras de inmigrantes que llegan a España y Europa y, sobre todo, las cifras de los que necesariamente han de venir, hay que plantearse qué inmigrantes y cómo. Inicialmente, y para que no queden dudas al respecto, Europa y España deben estar abiertos a toda persona que quiera venir a trabajar y vivir en la Unión, sin ningún tipo de discriminación por nacionalidad, etnia, religión, sexo, etc. La actitud de acogida ha de ser sin ningún tipo de prejuicios. Pero esto no quiere decir que en su política de inmigración no haya preferencias en orden a la normal convivencia y adaptación de las personas. Parece indudable que España ha de tener preferencia, en la captación de inmigrantes, por los naturales de países iberoamericanos que por contar con una cultura común, la misma religión, la misma lengua, costumbres y usos comunes, etc., son de una fácil inmediata adaptación y disponen de mayores posibilidades de integración. No podemos olvidar que hace menos de doscientos años eran ciudadanos españoles y, algunos, como los cubanos, apenas cien años atrás eran españoles de pleno derecho. Es lamentable y añadiría  bochornoso, el trato que reciben algunos hispanohablantes que intentan entrar en España y aún más indignante cómo se les devuelve a sus países cuando, por nuestra frontera del sur, entran sin control posible, miles del Magreb y del África Subsahariana. Espectáculos como el del verano del 2000, en el que se retenían, durante días, en unas condiciones mínimas, en el aeropuerto de Barajas, a un grupo de cubanos, con la amenaza de devolverlos a Cuba, sobre el cual recayó el más absoluto de los silencios sin que sepamos, después de publicar la prensa que una parte fue admitida por razones humanitarias, cuál fue el final del resto, demuestra la falta de sensibilidad de las autoridades españolas por problemas concretos de personas concretas. Lo que en este momento parece un atentado al más elemental de los derechos humanos es devolver a Cuba personas que han logrado salir de aquella situación, pública y notoriamente conocida. Si esto lo hace España la acción es inconcebible e ignominiosa.
Reitero que no defiendo que se cierre la puerta absolutamente a nadie, pero hay grados de facilidad para la adaptación sin conflictos significativos. Cuanto más distantes culturalmente y más rígidos en sus creencias más dificultad. De ahí proceden los obstáculos que, en este proceso, presentan los islámicos en general, cuyo concepto religioso se traslada como norma, en exigencia de formas de vida que son antagónicas con las de nuestras sociedades receptoras. Si a esto añadimos el fundamentalismo cada vez mas extendido, evidentemente estos grupos pueden llegar a constituir grupos de riesgo para una pacifica y normal convivencia y, siempre, presentan mayores dificultades de adaptación. En esta cuestión hay mucha ingenuidad cuando no demagogia. Mientras los islámicos sigan con una concepción totalitaria de la vida, consecuencia de una religión etnocentrista, serán un grupo excluyente y de adaptación difícil y siempre superficial y, por descontado, sin posible integración. Han de renunciar a diversas aplicaciones, de su concepción de vida, para poderse integrar en un mundo donde se exige el respeto y la igualdad para la autonomía personal. La cuestión es más ardua, ya que esto afecta a sus descendientes, que tienen dificultades para insertarse en la escuela y en el sistema educativo. Lo denomino como ejemplo burdo pero real, «el problema de la fabada». Si estos jóvenes están en un centro donde los alumnos comen, el día que, según nuestra dieta, haya fabada, se presenta una cuestión que habrá que resolver. Este problema tan simple, como real y cotidiano, no aparece con los procedentes de otros ámbitos culturales.
Desde esta perspectiva, los subsaharianos no islámicos no ofrecen ninguna dificultad en su adaptación, salvo el conocimiento del idioma, que pueden adquirir si nos lo proponemos y se lo proponen. Por consiguiente, que nadie crea que hay actitudes racistas y xenófobas como ahora se quiere presentar en cuanto se pretende estudiar este fenómeno con serenidad y realismo. Los procedentes del África Subhariana no islámicos y los procedentes de los países del Este, sólo presentan el obstáculo de la comunicación y del nivel de formación, en su caso, pero nunca vienen con unas formas de vida rígidas y exigidas por una religión impositora, excluyente y expansiva.
A pesar del idioma, parece lógico que también los iberoamericanos se pueden adaptar con bastante facilidad en el resto de los países de la Unión Europea, aunque es comprensible que los procedentes de los países del Este, por su formación sean deseables en muchos países, pero hay que tener en cuenta que, en un futuro próximo, las naciones de procedencia se irán integrando a la Unión Europea, por lo que se extenderán, con pleno derecho, por toda Europa, sin trabas ni obstáculos administrativos.
7.- Con estas reflexiones se pretende poner de manifiesto algunos de los factores psicosociales que inciden en la cuestión social que la inmigración representa para nuestros países europeos, pero además, destacar que estamos ante un problema humano, personal e individual de cada inmigrante. Todo ello nos lleva a la consideración de lo indispensable, amen de urgente, que es detectar y analizar cuáles son los factores psicosociales que concurren, con mayor o menor incidencia, en el proceso dinámico de la integración. Es evidente que el mundo es pluricultural y, con globalización incontenible, las sociedades van a ser cada vez más pluriculturales y pluriétnicas, lo que exige tolerancia, aceptación y comprensión por las diferentes partes. No se trata de una tolerancia autosuficiente o prepotente, según expresiones del profesor Tornos (2000), pero la tolerancia implica voluntad y acción de las dos partes, por lo que el inmigrante ha de respetar y aceptar las formas de vida y culturales de la sociedad de acogida. Supongo que cuando se habla de derechos culturales, se está hablando de unos derechos para todas las culturas. Percibo, en algunos de estos planeamientos de defensa cultural, un sentido de estigma hacia la cultura occidental a la que se la quiere presentar como absorbente, impositiva y destructiva de las otras culturas. El proceso histórico es claro, la cultura más fuerte y extendida se impone, en ciertos aspectos, porque es aceptada por las personas de otras culturas en contacto con ella; pero también la historia nos enseña que, en la mayoría de los casos, las culturas más débiles o minoritarias no desaparecen totalmente, sino que conservan muchos aspectos característicos. 
La cultura más desarrollada es la Occidental, con base cristiana, y en ella se han alcanzado las más altas cotas de libertad, desarrollo personal, nivel de vida material. No es el mejor mundo posible, pero sí es el mejor mundo alcanzado. Hoy por hoy, digan lo que digan los detractores, es el mundo al que aspira la gran mayoría de los miles de millones que habitan en el resto del planeta. Representa la referencia deslumbrante para todas aquellas personas que no ven en sus países la posibilidad de alcanzar las cotas de bienestar y libertad logradas en el denominado primer mundo. Es verdad, también, que los países del bienestar han de ser conscientes y convencerse que aceptar inmigrantes no es un acto de gracia o de caridad cristiana, sino de absoluta necesidad, ya que la inmigración es imprescindible para mantener su progreso. De aquí su actitud abierta y acogedora, pero paralelamente, el inmigrante ha de llegar, también, con actitud abierta para insertarse en la sociedad de acogida. El profesor Tornos (2000) indica que «la posibilidad práctica que nos queda para avanzar en el pacífico funcionamiento de las relaciones interculturales es procurar aquel grado de tolerancia pública y privada de las diferencias que puede permitir que ellas, lejos de envenenarse y endurecerse, puedan objetivarse y evaluarse equilibradamente» (Tornos, 2000, pág.62). Ese grado de tolerancia, entiendo, se sitúa en aceptar y respetar la cultura del grupo minoritario en todo aquello que no afecte al buen convivir dentro de la cultura de acogida. Y todo ello dentro de un contexto de plena libertad para que cada individuo pueda escribir su propia biografía.

Por Dr. Luis Buceta Facorro

Universidad Pontificia de Salamanca

El Brocal, 6 de abril de 2002

 

¿La homosexualidad es un trastorno?

El historiador César Vidal analiza en este amplio artículo cómo la homosexualidad dejó de ser considerada un transtorno psicológico para ser únicamente definida como «un estilo de vida». Vidal repasa la visión moral de las religiones sobre la homosexualidad y las presiones recientes para adaptarla a lo «políticamente correcto»

El juicio sobre la homosexualidad ha experimentado diversas variaciones a lo largo de la Historia. En general, las culturas de la Antigüedad generalmente la juzgaron moralmente reprobable. Egipcios y mesopotámicos la contemplaron con desdén mientras que para el pueblo de Israel se hallaba incluida en el listado de una serie de conductas indignas del pueblo de Dios que se extendían del adulterio a la zoofilia pasando por el robo o la idolatría (Levítico 18, 22). No en vano, el Antiguo Testamento incluía entre los relatos más cargados de dramatismo el de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 13, 14, 18 y 19), cuyos habitantes habían sido castigados por Dios por practicar la homosexualidad. Durante el período clásico, la visión fue menos uniforme. En Grecia, por ejemplo, alguna formas de conducta homosexual ¬masculina y sin penetración¬ era tolerable mientras que en Roma fue duramente fustigada por autores como Tácito o Suetonio como un signo de degeneración moral e incluso de decadencia cívica. El cristianismo ¬que, a fin de cuentas, había nacido del judaísmo¬ también condenó expresamente la práctica de la homosexualidad. No sólo Jesús legitimó lo enseñado por la ley de Moisés sin hacer excepción con los actos homosexuales (Mateo 5, 17-20) sino que el Nuevo Testamento en general condenó la práctica de la homosexualidad considerándola contraria a la ley de Dios y a la Naturaleza (Romanos 1, 26-27) y afirmando que quienes incurrieran en ella, al igual que los que practicaran otro tipo de pecados, no entrarían en el Reino de los cielos (I Corintios 6, 9).

   La condena de la práctica homosexual fue común en los Padres de la Iglesia y en los documentos más antiguos de disciplina eclesial aparece como uno de los pecados que se penan con la excomunión. Partiendo de esta base no resulta extraño que el mundo medieval ¬tanto judeo y cristiano como musulmán¬ condenara las prácticas homosexuales e incluso las penara legalmente aunque luego en la vida cotidiana fuera tan tolerante ¬o tan intolerante¬ con esta conducta como con otras consideradas pecado. Esta actitud fue aplastantemente mayoritaria en occidente ¬y en buena parte del resto del globo¬ durante los siglos siguientes. Esencialmente, la visión negativa de la homosexualidad estaba relacionada con patrones religiosos y morales y no con una calificación médica o psiquiátrica. El homosexual podía cometer actos censurables ¬no más por otra parte que otros condenados por la ley de Dios¬ que incluso se calificaban de contrarios a la Naturaleza y de perversión. No obstante, no se identificaba su conducta con un trastorno mental o con un desarreglo físico. En realidad, para llegar a ese juicio habría que esperar a la consolidación de la psiquiatría como ciencia.

   Partiendo de una visión que consideraba como natural el comportamiento heterosexual ¬que meramente en términos estadísticos es de una incidencia muy superior¬ la psiquiatría incluiría desde el principio la inclinación homosexual ¬y no sólo los actos como sucedía con los juicios teológicos¬ entre las enfermedades que podían y debían ser tratadas. Richard von Kraft-Ebing, uno de los padres de la moderna psiquiatría del que Freud se reconocía tributario, la consideró incluso como una enfermedad degenerativa en su Psychopatia Sexualis. De manera no tan difícil de comprender, ni siquiera la llegada del psicoanálisis variaría ese juicio. Es cierto que Freud escribiría en 1935 una compasiva carta a la madre norteamericana de un homosexual en la que le aseguraba que «la homosexualidad con seguridad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, ni puede ser clasificado como una enfermedad». Sin embargo, sus trabajos científicos resultan menos halagüeños no sólo para las prácticas sino incluso para la mera condición de homosexual. Por ejemplo, en sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud incluyó la homosexualidad entre las «perversiones» o «aberraciones sexuales», por usar sus términos, de la misma manera que el fetichismo del cabello y el pie o las prácticas sádicas. A juicio de Freud, la homosexualidad era una manifestación de falta de desarrollo sexual y psicológico que se traducía en fijar a la persona en un comportamiento previo a la madurez heterosexual.

   En un sentido similar, e incluso con matices de mayor dureza, se pronunciaron también los otros grandes popes del psicoanálisis, Adler y Jung. Los psicoanalistas posteriores no sólo no modificaron estos juicios sino que incluso los acentuaron a la vez que aplicaban tratamientos considerados curativos contra la inclinación homosexual. En los años cuarenta del siglo XX, por ejemplo, Sandor Rado sostuvo que la homosexualidad era un trastorno fóbico hacia las personas del sexo contrario, lo que la convertía en susceptible de ser tratada como otras fobias. Bieber y otros psiquiatras, ya en los años sesenta, partiendo del análisis derivado de trabajar con un considerable número de pacientes homosexuales, afirmaron que la homosexualidad era un trastorno psicológico derivado de relaciones familiares patológicas durante el período edípico. Charles Socarides en esa misma década y en la siguiente ¬de hecho hasta el día de hoy¬ defendía, por el contrario, la tesis de que la homosexualidad se originaba en una época pre-edípica y que por lo tanto resultaba mucho más patológica de lo que se había pensado hasta entonces. Socarides es una especie de bestia negra del movimiento gay hasta el día de hoy pero resulta difícil pensar en alguien que en el campo de la psiquiatría haya estudiado más minuciosa y exhaustivamente la cuestión homosexual. Curiosamente, la relativización de esos juicios médicos procedió no del campo de la psiquiatría sino de personajes procedentes de ciencias como la zoología (Alfred C. Kinsey) cuyas tesis fueron frontalmente negadas por la ciencia psiquiátrica. De manera comprensible y partiendo de estos antecedentes, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) incluía la homosexualidad en el listado de desórdenes mentales. Sin embargo, en 1973 la homosexualidad fue extraída del DSM en medio de lo que el congresista norteamericano W. Dannemeyer denominaría «una de las narraciones más deprimentes en los anales de la medicina moderna». El episodio ha sido relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y ciertamente constituye un ejemplo notable de cómo la militancia política puede interferir en el discurso científico modelándolo y alterándolo. Según el testimonio de Bayer, dado que la convención de la Asociación psiquiátrica americana (APA) de 1970 iba a celebrarse en San Francisco, distintos dirigentes homosexuales acordaron realizar un ataque concertado contra esta entidad. Se iba a llevar así a cabo «el primer esfuerzo sistemático para trastornar las reuniones anuales de la APA». Cuando Irving Bieber, una famosa autoridad en transexualismo y homosexualidad, estaba realizando un seminario sobre el tema, un grupo de activistas gays irrumpió en el recinto para oponerse a su exposición. Mientras se reían de sus palabras y se burlaban de su exposición, uno de los militantes gays le gritó: «He leído tu libro, Dr. Bieber, y si ese libro hablara de los negros de la manera que habla de los homosexuales, te arrastrarían y te machacarían y te lo merecerías». Igualar el racismo con el diagnóstico médico era pura demagogia y no resulta por ello extraño que los presentes manifestaran su desagrado ante aquella manifestación de fuerza.

   Sin embargo, el obstruccionismo gay a las exposiciones de los psiquiatras tan sólo acababa de empezar. Cuando el psiquiatra australiano Nathaniel McConaghy se refería al uso de «técnicas condicionantes aversivas» para tratar la homosexualidad, los activistas gays comenzaron a lanzar gritos llamándole «sádico» y calificando semejante acción de «tortura». Incluso uno se levantó y le dijo: «¿Dónde resides, en Auchswitz?». A continuación los manifestantes indicaron su deseo de intervenir diciendo que habían esperado cinco mil años mientras uno de ellos comenzaba a leer una lista de «demandas gays». Mientras los militantes acusaban a los psiquiatras de que su profesión era «un instrumento de opresión y tortura», la mayoría de los médicos abandonaron indignados la sala. Sin embargo, no todos pensaban así. De hecho, algunos psiquiatras encontraron en las presiones gays alicientes inesperados. El Dr. Kent Robinson, por ejemplo, se entrevistó con Larry Littlejohn, uno de los dirigentes gays, y le confesó que creía que ese tipo de tácticas eran necesarias, ya que la APA se negaba sistemáticamente a dejar que los militantes gays aparecieran en el programa oficial. A continuación se dirigió a John Ewing, presidente del comité de programación, y le dijo que sería conveniente ceder a las pretensiones de los gays porque de lo contrario «no iban solamente a acabar con una parte» de la reunión anual de la APA. Según el testimonio de Bayer, «notando los términos coercitivos de la petición, Ewing aceptó rápidamente estipulando sólo que, de acuerdo con las reglas de la convención de la APA, un psiquiatra tenía que presidir la sesión propuesta». Que la APA se sospechaba con quién se enfrentaba se desprende del hecho de que contratara a unos expertos en seguridad para que evitaran más manifestaciones de violencia gay. No sirvió de nada.

   El 3 de mayo de 1971, un grupo de activistas gays irrumpió en la reunión de psiquiatras del año y su dirigente, tras apoderarse del micrófono, les espetó que no tenían ningún derecho a discutir el tema de la homosexualidad y añadió: «Podéis tomar esto como una declaración de guerra contra vosotros». Según refiere Bayer, los gays se sirvieron a continuación de credenciales falsas para anegar el recinto y amenazaron a los que estaban a cargo de la exposición sobre tratamientos de la homosexualidad con destruir todo el material si no procedían a retirarlo inmediatamente. A continuación se inició un panel desarrollado por cinco militantes gays en el que defendieron la homosexualidad como un estilo de vida y atacaron a la psiquiatría como «el enemigo más peligroso de los homosexuales en la sociedad contemporánea». Dado que la inmensa mayoría de los psiquiatras podía ser más o menos competente, pero desde luego ni estaba acostumbrada a que sus pacientes les dijeran lo que debían hacer ni se caracterizaba por el dominio de las tácticas de presión violenta de grupos organizados, la victoria del lobby gay fue clamorosa. De hecho, para 1972, había logrado imponerse como una presencia obligada en la reunión anual de la APA. El año siguiente fue el de la gran ofensiva encaminada a que la APA borrara del DSM la mención de la homosexualidad. Las ponencias de psiquiatras especializados en el tema como Spitzer, Socarides, Bieber o McDevitt fueron ahogadas reduciendo su tiempo de exposición a un ridículo cuarto de hora mientras los dirigentes gays y algún psiquiatra políticamente correcto realizaban declaraciones ante la prensa en las que se anunciaba que «los médicos deciden que los homosexuales no son anormales».

   Finalmente, la alianza de Kent Robinson, el lobby gay y Judd Marmor, que ambicionaba ser elegido presidente de la APA, sometió a discusión un documento cuya finalidad era eliminar la mención de la homosexualidad del DSM. Su aprobación, a pesar de la propaganda y de las presiones, no obtuvo más que el 58 por ciento de los votos. Se trataba, sin duda, de una mayoría cualificada para una decisión política pero un tanto sobrecogedora para un análisis científico de un problema médico. No obstante, buena parte de los miembros de la APA no estaban dispuestos a rendirse ante lo que consideraban una intromisión intolerable y violenta de la militancia gay. En 1980, el DSM incluyó entre los trastornos mentales una nueva dolencia de carácter homosexual conocida como ego-distónico. Con el término se había referencia a aquella homosexualidad que, a la vez, causaba un pesar persistente al que la padecía. En realidad, se trataba de una solución de compromiso para apaciguar a los psiquiatras ¬en su mayoría psicoanalistas¬ que seguían considerando la homosexualidad una dolencia psíquica y que consideraban una obligación médica y moral ofrecer tratamiento adecuado a los que la padecían. Se trató de un triunfo temporal frente a la influencia gay. En 1986, los activistas gays lograban expulsar aquella dolencia del nuevo DSM e incluso obtendrían un nuevo triunfo al lograr que también se excluyera la paidofilia de la lista de los trastornos psicológicos. En Estados Unidos, al menos estatutariamente, la homosexualidad ¬y la paidofilia¬ había dejado de ser una dolencia susceptible de tratamiento psiquiátrico. Cuestión aparte es que millares de psiquiatras aceptaran aquel paso porque la realidad es que hasta la fecha han seguido insistiendo en que la ideología política ¬en este caso la del movimiento gay¬ no puede marcar sus decisiones a la ciencia y en que, al haber consentido en ello la APA, tal comportamiento sólo ha servido para privar a los enfermos del tratamiento que necesitaban. Se piense lo que se piense al respecto ¬y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes¬ la verdad era que la decisión final que afirmaba que la homosexualidad no era un trastorno psicológico había estado más basada en la acción política que en una consideración científica de la evidencia. Por ello, ética y científicamente no se diferenciaba mucho de aberraciones históricas como el proceso de Galileo o las purgas realizadas por Lysenko.

31 de diciembre de 2002

Por qué los españoles no tienen hijos

Un país sin hijos es, probablemente, un país sin futuro. Al menos, es un país en el que cuesta mucho creer en el futuro. Tal parece ser el caso de España, que, en los últimos seis años, se ha convertido en el cuarto país del mundo con menos hijos: sólo Macao, Bulgaria y Letonia tienen menos hijos por mujer. Según las Naciones Unidas, desde 1995 las españolas tienen 1,1 hijos. La media mundial está en 2,6 hijos por mujer; la europea, en 1,5. Probablemente esta falta de hijos -que no repone la población- habla de una realidad innombrable: la escasa esperanza de esta sociedad en el futuro. La baja natalidad, en cualquier caso, es un preocupante grito de alerta: algo no funciona correctamente entre nosotros. Pero ¿quién escucha esa alerta? Y, sobre todo, ¿cómo se escucha?

La interpretación más común, y más injusta en mi opinión, es cargar sobre las españolas esa responsabilidad. Cuando las mujeres trabajan -dice el tópico-, nada más lógico que no quieran tener hijos. Eso no es cierto, para empezar, porque tener hijos es una decisión de pareja, salvo excepcionales casos. En España, según el Eurostat, el año 2000 trabajaban los dos miembros del 42% de parejas sin hijos y el 43,7% de parejas con hijos; las uniones con dos empleos han aumentado un 12% en ocho años. Se trata, pues, de una decisión compartida por los dos sexos. Pero eso es sólo la periferia de un tema de mayor calado: ¿por qué no se aborda, con claridad, que no tener hijos significa, sobre todo, que a los jóvenes les cuesta un gran esfuerzo creer en el futuro? ¿Qué clase de protesta social, pues, se está expresando a través de una natalidad tan baja?

Ayudar a la familia: he aquí lo último en programas políticos. Gobierno y oposición se han apresurado, en las últimas semanas, a proponer posibles soluciones al monumental estrés de las familias. Es como si, a unos y otros, les hubieran cogido por sorpresa una serie de datos que, desde hace mucho tiempo, conoce perfectamente la sociedad española. En 1950, las españolas tenían de media 3,8 hijos, y en 1970, cuando la política natalista del franquismo seguía en plena vigencia y no estaba permitida la divulgación de anticonceptivos, se bajó a una media de 2,8 hijos por mujer. Las parejas españolas llevan, pues, tiempo sin creer que ’los hijos llegan con un pan debajo del brazo’, y el realismo se ha ido imponiendo: pero nunca se había llegado a constataciones tan duras como la de los últimos años. ¿Por qué y cómo se ha dado el salto a la censura a la fecundidad? ¿Qué factores sociales han intervenido? En estos asuntos hay que hablar claro: ¿quién piensa si es que los jóvenes españoles tienen miedo a tener hijos? ¿Quién se pregunta por qué?

Los políticos, como si les diera vergüenza, ponen parches con ayudas más o menos ridículas a la familia en vez de ir a la raíz de la evidencia: los españoles no queremos tener hijos. En los cinco próximos años, si la tasa de fecundidad de España crece -está prevista una ligerísima subida- será debido a los inmigrantes. Eso tendremos que agradecerles a los de fuera. Ellos tienen menos prevenciones frente al futuro o, acaso, conocen menos la realidad. Ellos serán, pues, nuestro futuro.

Todo esto, desde luego, es política. Política de supervivencia; por ello, tal vez, la natalidad sigue siendo un tabú. Por ello las explicaciones al fenómeno no pueden ser meramente técnicas -los demógrafos hablan de, al menos, una generación ’retrasada’ en la procreación-, sino que han de integrar diversos puntos de vista capaces de explicar por qué las parejas jóvenes se hacen preguntas como éstas: ¿Sabremos cuidar al hijo? ¿Tendremos suficiente dinero para mantenerlo, darle una educación? ¿Lograremos que sea feliz? ¿Qué futuro podremos ofrecerle?

Hoy día no hay padre o madre español que no haya interiorizado ese deseo de felicidad y lo proyecte en el hecho de procrear: ¡los hijos tienen que ser felices! Éste es un imperativo cultural del cual hablan esos bebés abandonados en contenedores o a la puerta de un hospital, verdaderos símbolos de las dificultades de responsabilizarse de una nueva vida. Porque, acaso, los jóvenes que no tienen hijos no son unos egoístas, sino que valoran toda la carga de responsabilidad que hemos depositado -razonablemente, sin duda- en la reproducción. Es posible que se pregunten, como hacen gentes lúcidas en todas partes del mundo, si sus hijos vivirán mejor que ellos y no se atrevan a darse a sí mismos una respuesta positiva. ¿Quién tiene hoy respuestas creíbles y no virtuales al viejo interrogante del progreso generacional que ha movido la historia?

Las generaciones jóvenes observan, creo que con horror, lo que sucede, aquí y ahora, en tantas familias: incertidumbre laboral -hay en España 450.000 familias con todos sus miembros en paro-, precariedad para pagar la vivienda, necesidad de dos sueldos en casa -tal vez por eso trabajan tantas mujeres en empleos imposibles-, horarios irracionales y agotadores. Observan los jóvenes cómo criar un hijo es una competición: búsqueda de guarderías y ayudas en una etapa; en otra, remedios para el fracaso escolar o apoyos para la guerra de abrirse camino en la vida; luego, la preocupación del botellón y las pastillas; finalmente, el vía crucis de los estudios y del trabajo. Todo eso aderezado con no pocas dosis de mal humor y de fatídicos descubrimientos como el desencuentro de los padres o que la vida no es lo que aseguran los anuncios de la televisión. Porque, hoy, las familias siempre tienen ese miembro fijo que es el catedrático/televisión: ahí está la verdadera educación. ¿Qué madre, qué padre o qué maestro se atreve a medirse con ella? Pero, eso sí, en una hipocresía sin límites, la responsabilidad de educar a un hijo recae todavía sobre unas familias totalmente vencidas por el electrodoméstico ideológico. La pregunta crucial, pues, para los jóvenes que observan esta secuencia vital acaba siendo: ¿para qué tener hijos?

Pero hay otras preguntas no menos insidiosas. En una sociedad flexible y móvil, como exigencia laboral, ¿quién se mueve, o se arriesga, con hijos a cuestas? En una cultura cuyo proyecto único es ganar dinero y ser productivo, ¿no resulta que los hijos sólo son un gasto, un retraso en la obligada com

petición?, ¿o es que hay que pensar en los hijos como en una inversión a largo plazo? En una época en la que todo se mide en términos económicos, ¿por qué habrían de librarse de eso los hijos?, ¿no es económico el estímulo que los políticos están dando a los padres a través de las subvenciones por hijo y otras fórmulas paternalistas que rozan la indignidad humana al fomentar este aspecto mercantilista de la fecundidad?

La protesta social que expresa la baja natalidad española no acaba en estas preguntas: hay otras muchas que acaban apuntando las dificultades de fondo de que es síntoma la ausencia de hijos. Valdría la pena reflexionar sobre la falta de respeto hacia todo lo que no es productivo -niños y viejos a la par- o sobre la ausencia de trabajos dignos que motiven de verdad a las personas y les devuelvan la dignidad de los seres humanos. Y las ganas de tener hijos florecerían.

Los españoles -esto es lo que muestra la baja natalidad- ya expresan su disconformidad: no creen, por ahora, en otro tipo de futuro posible. Y, de paso, al no tener hijos, lo que están anunciando, quizás, es la extinción de la especie; acaso por puro desencanto en la especie que conocen y su entorno: lo que llamamos España y los españoles. Si fuera así estaríamos ante un fracaso colectivo mayúsculo. De momento, todas las posibilidades están abiertas.

El País.

Jueves, 24 de octubre de 2002

Nuevos estudios muestran los daños para la salud de la marihuana

Duras evidencias para una droga «blanda»

La última semana de Enero del 2003, Ed Rosenthal, que promueve el uso de la marihuana, ha sido procesado por un tribunal federal en San Francisco, informaba el New York Times el 21 de enero. Rosenthal ha sido procesado por su papel en el cultivo de marihuana para uso médico. Su negocio funciona bajo las leyes locales de la ciudad de Oakland, que lo permite para conseguir marihuana médica. Las autoridades federales están luchando contra la extensión de tales ordenanzas municipales.

Una serie inicial de referendos en los últimos años ha aprobado el uso limitado de la marihuana (también conocida como cannabis). Pero las encuestas del pasado otoño muestran un cambio de tendencia, informaba el 26 de noviembre el Washington Times. Los votantes en Nevada rechazaron una medida para legalizar la venta y uso de 3 onzas o menos de marihuana. Los votantes en Ohio y Arizona rechazaron propuestas para permitir la droga para fines médicos.
Incluso antes de noviembre, las propuestas sobre la marihuana habían tenido problemas. A principios de año, los defensores de la marihuana medicinal en Florida no lograron recoger suficientes firmas para convocar un referéndum. En Michigan, el Tribunal Supremo del Estado barrió una propuesta de la votación de noviembre por causa de errores técnicos en el texto.

El debate de entrada
Uno de los primeros argumentos para oponerse a la marihuana es que quienes la consumen pasarán luego de una droga a otra más peligrosa. Un estudio RAND de Diciembre del 2002 pareció apoyar a los legalizadores al decir que la marihuana no es una puerta de entrada a otras drogas. Pero, según se ha sabido después, muchos de los relatos de medios en el estudio eran inexactos. Andrew Morral de RAND declaró que había hecho todo lo que podía para demostrar que el estudio no derriba la teoría de la puerta de entrada, pero muchos no quisieron escucharle.
El estudio, de hecho, descubrió una alta incidencia de progresión de la marihuana al consumo de heroína y cocaína. El RAND también encontró que cuanto más joven es el nuevo consumidor de marihuana, y cuanta más frecuencia de consumo tenga, más probable es que se pase a la cocaína y la heroína.
Los problemas de interpretación se presentaron cuando el estudio observaba que los adictos pueden tener una tendencia natural al consumo de drogas y que la marihuana es precisamente la primera droga ilegal con que se encuentran.

Otro estudio sobre la marihuana apareció recientemente en el Journal of the American Medical Association. Basado en 311 seguimientos de gemelos australianos, el estudio apoya la idea de que la marihuana puede conducir a drogas más fuertes, informaba el 21 de enero Associated Press.
Sólo uno de cada gemelo había fumado marihuana antes de alcanzar los 17 años. Los investigadores encontraron que los fumadores jóvenes de marihuana tienen cinco veces más probabilidades de caer en drogas más fuertes que su gemelo. Tenían dos veces más probabilidades de consumir opiáceos, incluyendo la heroína, y cinco veces más probabilidades de consumir alucinógenos, como el LSD.
El jefe de la investigación, Michael Lynskey, admitía que el estudio tenía algunas limitaciones, incluyendo la confianza en la información de los participantes sobre sus propias experiencias. Y no explica porqué el consumo temprano de marihuana puede conducir a drogas más fuertes.

Más monóxido de carbono
Lo que parece claro es que el consumo de marihuana entraña serios riesgos para la salud. Muchos tienen ideas incorrectas sobre la marihuana, afirmaba John Walters, director del Office of National Drug Control Policy, del gobierno de Estados Unidos, en un artículo en Associated Press el 17 de septiembre. En los centros de rehabilitación entran más adolescentes para tratar la adicción a la marihuana que para tratar el alcohol y todas las demás drogas ilegales juntas, afirmaba Walters.

El Cirujano General de Estados Unidos, Richard Carmona, observaba que la marihuana contiene de tres a cinco veces más alquitrán y monóxido de carbono que el tabaco. Y afecta el cerebro de forma similar a la cocaína y la heroína.

En el Reino Unido, la British Lung Foundation publicó un informe estableciendo que los cigarrillos de marihuana contienen un 50% más de agentes cancerígenos que el tabaco, informaba el Telegraph el 11 de noviembre. La Lung Foundation afirmaba que las investigaciones de los años 60 que sugerían que los cigarrillos de marihuana son inocuos ya no pueden sostenerse. «Tres o cuatro cigarrillos de cannabis son equivalentes a fumar 20 cigarrillos de tabaco al día en términos de riesgo de daño para el pulmón», decía el informe.

Además, los fumadores de marihuana tienden a inhalar cuatro veces más humo con un cigarrillo de cannabis, añadía Dame Helena Shovelton, jefa ejecutiva de la fundación. «Inhalas más profundamente y llenas tu inspiración con el humo más tiempo antes de exhalar», explicaba. «Esto tiene como resultado más monóxido de carbono y alquitrán entrando en los pulmones».

También suscita preocupación la salud mental de los consumidores de marihuana. El doctor Deepak Cyril D’Souza, profesor adjunto de psiquiatría en la Escuela Universitaria de Medicina de Yale, afirmaba que las personas que fuman mucho cannabis durante un largo periodo de tiempo pueden tener un riego más alto de desarrollar esquizofrenia, informaba el 6 de noviembre la BBC.

D’Souza presentó las nuevas evidencias sobre la unión entre cannabis y esquizofrenia en el Instituto de Psiquiatría, en el Hospital Maudsley de Londres. Su investigación sugiere que el cannabis puede inducir psicosis por su acción sobre los receptores de los cannabinoideos en el cerebro.

Preocupaciones similares levantaban una serie de artículos publicados el 23 de noviembre en el British Medical Journal. «Se ha establecido con claridad la unión entre cannabis y psicosis, y estudios recientes han encontrado unión entre el consumo de marihuana y la depresión», indicaba el Journal.

En cuanto a la unión entre marihuana y depresión, el Journal admitía que ha habido pocos estudios sobre el tema. Sin embargo, con la publicación de nuevos estudios sobre grupos en Estados Unidos y Australia, hay evidencia creciente de una relación entre ambas.

Mientras que admitía las dificultades de admitir una relación causal directa entre el consumo de marihuana y los problemas de salud mental, el Journal indicaba: «La explicación más aceptada es que el cannabis pone en marcha el mecanismo o recaída en la esquizofrenia en las personas con predisposición y por lo general también aumenta los síntomas».

Se han levantado dudas sobre la metodología de algunos estudios previos. Asimismo, puesto que muchos consumidores de marihuana también han consumido otras drogas esto condujo a algunos a especular que las demás substancias eran las culpables de los problemas mentales. Pero la entrega del 23 de noviembre del British Medical Journal publicaba un nuevo estudio que ha confirmado los primeros hallazgos y establecido que es la marihuana, y no las demás drogas, la que se asocia a la esquizofrenia.

El Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, en su manual pastoral sobre drogas publicado en el año 2001, observaba los problemas de salud debidos a la marihuana y afirmaba: «Considerando todos los hechos, es irresponsable considerar el cannabis de una manera trivial y pensar que pueda ser una ’droga blanda’». La evidencia médica está mostrando cada vez más la dura sabiduría de esta posición.

La radicalización del feminismo

Si el feminismo es, según indica su definición léxica, el movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres, cualquier ciudadano de bien apoyará ese feminismo. Sin embargo, tan noble concepto se ha ido paulatinamente radicalizando, de modo que en los últimos años su sentido original se ha perdido. Hoy el feminismo radical se ha convertido en otra lacra más de las izquierdas políticas dañando más a las mujeres que beneficiándolas. De la doctrina social favorable a la mujer en su necesaria e innata capacidad de gozar de idénticos derechos al hombre se ha pasado a un feminismo exacerbado, secuestrado por una militancia pseudo-intelectual de nefastas consecuencias.
 
Aquí expondremos algunas de estas ideas para mostrar las incoherencias de esa radicalización feminista. El sectario activismo de las feministas culpa a Occidente y al “patriarcado masculino” de los desastres de la mujer a lo largo de la historia.  Lo paradójico es que donde más falta hace de verdad la defensa y la lucha por los derechos de la mujer sea en las civilizaciones no occidentales, o sea justo las culturas ante las que esas mismas feministas radicales guardan silencio mientras exhiben un hipócrita y ridículo culto a la palabrería multiculturalista de la tolerancia y la diversidad.
 
Contexto e ideología de la radicalización feminista
 
La radicalización del feminismo ha encontrado su mejor lugar de desarrollo en el mundo intelectual, particularmente en las universidades. En el seno de esas instituciones, especialmente en la progresía de Estados Unidos y varias partes de Europa, las modas del mal llamado “multiculturalismo” y lo “políticamente correcto” han servido de caldo de cultivo para el crecimiento del activismo feminista más extremo. Desde ahí, y como proyección lógica en la vida pública, ha alcanzado a la sociedad, a los medios de comunicación de masas y a la política del falso progresismo.
 
No entraremos aquí a ejemplificar los casos de esa educación antiliberal bajo manto de lo políticamente correcto. Remitimos al lector a lo ya recogido hace quince años por el ensayista Dinesh D´Souza en Illiberal Education (1991), un libro que sigue siendo hoy válido respecto a las agendas radicales del activismo universitario. En otra colaboración anterior, también tratamos ya de algunas de las caras del adoctrinamiento universitario en la progresía norteamericana. Como testigos de primera mano de estas situaciones, hoy nos resulta fácil entender ya que lo que el marxismo supuso en la esfera económica es lo que para el ámbito cultural e intelectual significa el concepto de lo políticamente correcto inventado por la progresía en los ochenta y que  todavía hoy pervive.
 
Uno de los productos de dicho concepto de lo políticamente correcto es la escuela del radicalismo feminista. La historia se ha encargado ya de mostrar el error que supuso el marxismo en su propuesta de una utópica abundancia económica compartida en igualdad para todos a través del intento de desmantelar las sociedades liberales y sus estructuras económicas capitalistas. Por lo mismo, también hoy podemos adelantar la falsedad de las fantasiosas promesas del igualitarismo cultural propuesto por el multiculturalismo de lo políticamente correcto. Entre sus activismos, el feminismo radicalizado tiene en las izquierdas ideológicas una habitación propia y en las universidades un campo de abono donde realizar su particular cruzada intelectual bajo capa de una aparente lucha por el progreso social y el bienestar de la mujer.
 
Es precisamente en el ámbito universitario donde el feminismo radicalizado alcanza su mayor expresión. El terreno de las humanidades, en especial la literatura, ha venido ofreciendo un espacio propicio para lanzar toda una agenda militante cuyos contenidos completos requerirían de mayor extensión. Con todo, algo del fondo de esta cuestión puede y debe ser analizado en estos momentos de aguda propaganda política feminista entre los sectores del progresismo de izquierdas tanto en la vida pública como en la política transatlántica. La necesaria libertad académica en la universidad convierte a ésta en un espacio donde la militancia radical feminista ha podido crecer sin trabas ni cuestionamientos. En poco tiempo, la crítica literaria académica se ha ido transformando en una suerte de activismo social y político.
 
El estudio y enseñanza de las humanidades y la  literatura es el trampolín desde el que lanzar las personales fobias y obsesiones ligadas a las cuestiones de género, cuando no de raza y clase. En este último particular es donde se han adentrado las llamadas teorías críticas y literarias del feminismo. Al ser éstas muchas y variadas no resultaría justo tipificarlas a todas bajo un mismo patrón. Sin embargo, y en lo que toca a sus aspectos más radicalizados, consisten en su mayor parte en fundamentos teóricos enmarcados y disimulados en torno a las corrientes marxistas o post-marxistas, desconstruccionistas, postcolonialistas y todo un amplio catálogo de adscripciones. En las tipologías del feminismo se incluyen formas que van desde el “anarcofeminismo” al “feminismo marxista”, o desde el “ecofeminismo” al “feminismo lesbiano”, pasando por variantes como el “feminismo postcolonial”, el “transfeminismo” y hasta un autoproclamado “feminismo radical”.
 
La vaguedad de lo políticamente correcto abrió la lata de los llamados “estudios culturales” y sus variantes genéricas, femeninas, globales y toda una sarta de pintorescos marbetes que sirven de vasos comunicantes para una amplia variedad de reclamos. El lector interesado puede comprobar cuanto decimos acudiendo al magnífico volumen, de muy elocuente título, Cautionary Tales from the Strange World of Women´s Studies (1994) preparado precisamente por dos profesoras universitarias de los llamados “estudios de la mujer”. Las autoras, Daphne Patai y Noretta Koertge, tan hartas como decepcionadas de la absurda desviación de este tipo de estudios, ilustran en ese libro cuanto decimos respecto a los contenidos reales de esos múltiples centros y departamentos universitarios en Estados Unidos tildados como “Women´s Studies”. En ellos sobresale la idea de una conspiración occidental contra la mujer procedente de las llamadas clases hegemónicas del patriarcado masculino heterosexual e imperialista.
 
Las tesis compartidas por la radicalización del feminismo aplicado a las humanidades y particularmente a la literatura parten, en general, de la idea de que el canon impuesto de la literatura occidental es la prueba concluyente del sexismo y la opresión perpetrada por el hegemónico hombre blanco occidental frente a la siempre desvalida mujer. En el caso de la literatura, este tipo de crítica ignora la verdadera diversidad de los textos literarios y se enfrenta a todos los tipos de escritos de igual modo. Por esta vía, la militancia radical de la intelectualidad feminista justifica esa reducción en los contenidos literarios a agendas estrictamente sociales e ideológicas y políticas. En la amplia mayoría de los casos se trata de un feminismo ideológicamente ligado a las izquierdas más sectariamente antiliberales y liberticidas. Desde ahí, el fondo de la radicalización feminista se resume en el odio innato a la sociedad occidental y su “patriarcado masculino opresor”.
 
Cierto es que la mujer no ha gozado hasta muy recientemente de igualdad de oportunidades sociales, laborales, económicas y de otras índoles. De ahí que cualquier ser humano razonable apoye la necesidad de fomentar las políticas y los proyectos que favorezcan tal igualdad. El problema de la radicalización del feminismo es que pierde de vista el necesario equilibrio de esos esfuerzos, se obsesiona en buscar culpables y yerra en su perspectiva de las realidades históricas.
 
La aceleración de la historia y los cambios producidos en el último siglo son la prueba concluyente del error de culpar al llamado “patriarcado” de una situación desigual. En el pasado, la diferenciación de los papeles del hombre y la mujer en la sociedad no fueron siempre resultado de un deseo del hombre occidental por subyugar a la mujer, sino la consecuencia de unas condiciones de vida distintas a las que ahora vivimos. Las expectativas para la mujer en la sociedad han cambiado afortunadamente en los últimos años gracias a los avances médicos, científicos, tecnológicos, logros que han permitido a la mujer encontrar un espacio en la sociedad más allá del limitado a una mera labor familiar y reproductiva.
 
Nadie en su sano juicio puede negar que gran parte de la legislación, las costumbres y los modos de vida fueran ampliamente perjudiciales para la mujer. Sin embargo, no parece tampoco justo tampoco postular por una conspiración del patriarcado para perjudicar voluntariamente a la mujer. Esa conspiración equivaldría a aceptar la premisa de que todos los padres y esposos de la historia aceptaron perpetuar la injusticia hacia sus esposas y hacia sus hijas. Por lo mismo, todas las mujeres de la historia pasada –nuestras madres y abuelas- fueron unas inútiles, seres incapaces de pensar por sí mismas y que se dejaron subyugar y supeditar por sus esposos, o sea nuestros padres y abuelos.
 
Parece difícil aceptar que el talento y el temperamento de las mujeres del pasado –que, sin duda, lo hubo- fuera totalmente diferente a las de las mujeres de ahora. Lo que las militantes radicales del feminismo no comprenden, por tanto, es que el cambio hacia la mejora de las condiciones de la mujer en la sociedad no es resultado de que ellas como feministas radicales hayan sido más inteligentes que sus antepasadas y hayan encontrado la respuesta a los problemas. Los cambios de deben al hecho comprobable de que el progreso para la mujer en la sociedad es el resultado de que las condiciones de la vida humana han ido cambiando para mejor gracias a los avances citados en varias áreas de la ciencia.
 
Esas nuevas condiciones han tenido sólo muy recientemente un impacto real en la vida de la mujer en particular y el hecho se aprecia si examináramos detalladamente cuestiones como la mejora en los medios médicos para disponer de un fiable control de natalidad, la mayor fiabilidad en el éxito de los embarazos y el consiguiente descenso de la mortalidad infantil, así como la mayor longevidad. El inalterable hecho natural y biológico de la mujer como encargada de llevar en su interior las labores de la reproducción humana explica las dificultades en el pasado para la mujer de alcanzar un espacio profesional exactamente igual al del hombre.
 
Bastaría imaginar las dificultades de una madre para criar a sus hijos sin refrigeración, con transportes primitivos y lentos, sin la tecnología actual ni los avances en la medicina y las comunicaciones. Sin refrigeración la mujer debía alimentar en su pecho a sus hijos y durante un tiempo más largo que el actual. Esta responsabilidad –imposible de ser realizada por el hombre- para el caso de cada hijo dificultaba mucho las salidas profesionales de la mujer. Sin embargo, el feminismo radicalizado se empeña en ahondar en la conspiración del patriarcado opresivo masculino, confunde el pasado con el presente y acaba ubicándose en el resentimiento más absurdo.
 
La intervención gubernamental en términos de cupos y favores a la mujer no es el método adecuado para acabar con la discriminación femenina, dondequiera que ésta exista. De igual modo, las leyes que clasifican a las mujeres como minorías proporcionando tratos y subsidios especiales no hacen nada más que perpetuar la idea de que las mujeres necesitan ayuda especial, lo que es precisamente redundar en la idea patriarcal al que el feminismo dice hacer frente. Lo mismo podríamos decir de la falsa alegación de que en las verdaderas sociedades democráticas las mujeres cobran menos dinero por igual trabajo que los hombres. La situación en las universidades norteamericanas, por ejemplo y contra lo que pueda parecer, apunta más bien a todo lo contrario. Apuntamos todo eso sin entrar siquiera a tratar las muchas ventajas que para la contratación a un puesto universitario en Estados Unidos tiene el hecho mismo de ser mujer o “minoría étnica”.
 
A la luz de todo esto resulta lamentable que para las activistas –tan fielmente seguidas por las feministas radicales de las izquierdas políticas- todo lo que no sea un cupo exacto de, al menos, 50% para hombres y 50% para mujeres en todas las cuestiones se convierta en una señal del machismo, la discriminación, el prejuicio contra lo femenino y, en fin, la supuesta hostilidad del “patriarcado” contra la mujer. Todo esto genera una obsesión contra el hombre y crea una cultura de la victimización femenina que en lugar de favorecer a la mujer en su desarrollo individual y social acaba siendo mero resentimiento y hostilidad.
 
Consecuencia de todo ello es el envenenamiento de las relaciones entre los sexos. En el revanchismo de las activistas más radicalizadas, las universidades norteamericanas han acabado premiando el género o la raza en lugar del talento y los logros intelectuales. Se ha abierto así la puerta, en último término a actitudes alienantes tan absurdas como destructivas. En el liderazgo del odio del feminismo radicalizado hacia lo masculino, los hechos prueban que en ese clima de hostilidad se hace difícil generar la necesaria armonía de trabajo. Buena parte de los ejemplos de esa corrupción de ideas se hallan en el campo de los estudios del feminismo aplicados a las ciencias sociales, las humanidades y, particularmente, la literatura.
 
Una prueba inequívoca del grado de obsesión alcanzado por la radicalización femenina en diversos órdenes de la cultura universitaria es el absurdo volumen The Knowledge Explosion: Generations of Feminist Scholarship (1992), con casi medio centenar de ensayos de feministas en varias disciplinas (desde la política a la sociología pasando por la literatura y aun la física). Lo ridículo del volumen es el hecho de reunirse como estudios feministas, sin importar para nada el aporte de novedades a cada disciplina de las diversas ramas del saber. Detrás de todo ello está, sin más, el único deseo de subordinar la cultura a la ideología feminista.
 
Elaine Showalter, una de las destacadas militantes feministas y directora a finales de los años ochenta del Departamento de Inglés en la Universidad de Princeton reclamaba ya por entonces la transformación de los estudios literarios y la aceptación del “género” como una categoría fundamental para el análisis literario. Su propuesta era parte de un proyecto que pasaba por acabar definitivamente con el canon literario –el que años después defendería Harold Bloom- y que se encaminaba a supeditar a la literatura a la ideología feminista con las pertinentes conexiones manifestadas en aspectos de clase, etnia, identidad sexual y otras cuestiones ligadas a intereses extra-literarios.
 
Entramos así en el concepto del anacronismo por el que las feministas radicales usan la universidad y los campos del saber humanístico y literario para hallar ejemplos de opresión patriarcal en el pasado bajo ideas que pertenecen a nuestras actuales condiciones de vida. En el caso de la literatura en lengua española, aunque deben ser siempre bienvenidas todas las nuevas lecturas de textos y autores, resulta lamentable el modo en que se pueden interpretar hoy desde el feminismo radicalizado las obras medievales: los cuentos de El Conde Lucanor de Don Juan Manuel, las andanzas de Juan Ruiz en el Libro de Buen Amor o los amores de Calixto y Melibea en la Celestina, por dar unos ejemplos.
 
La tergiversación del fondo histórico y el contexto cultural de aquellas obras sirve también para hacer lo mismo, por ejemplo, con la tradición teatral española de los Siglos de Oro. A Lope de Vega se le estudia especialmente como misógino y hay un mayor interés por encontrar a monjas lesbianas y a caballeros o santos homosexuales que por entender el fondo de las obras más representativas. Un estudiante de doctorado de Hispánicas, en fin, puede acabar sin haber leído el Quijote pero sí habiendo leído a todas las feministas radicales que en el mundo han sido.
 
Lo lamentable de todo esto es que los mismos intelectuales que siguen tan fielmente el feminismo radicalizado se olvidan -y aun desprecian- a figuras claves para el avance de la mujer. En el caso español, quedaría poco progresista y poco moderno que una intelectual feminista de izquierdas, por ejemplo, tuviera que citar y elogiar al católico monje benedictino Fray Benito Jerónimo Feijóo, aun cuando fue él quien primero reivindicó en un ensayo el papel de la mujer, como prueba su Teatro Crítico Universal. Lo mismo cabe decir de figuras como la aragonesa Josefa Amar y Borbón o la gaditana María Lorenza de los Ríos, autoras de finales del siglo XVIII por las que esas activistas del feminismo apenas se han interesado nunca. En esas autoras, auténticos antecedentes de la liberación femenina en España, no es posible encontrar el odio al hombre ni el desprecio a la sociedad occidental.
 
De igual modo, el feminismo radicalizado y su ideología izquierdista manipula a las autoras como mejor y más le conviene, según ya mostramos en otro lugar al tratar de los casos particulares de la autora argentina Alfonsina Storni y la española Gloria Fuertes, dos mujeres que antes de feministas de verdad fueron poetas. Podríamos seguir pero baste lo dicho para confirmar que para poner coto a la manipulación y al adoctrinamiento universitario, valdría dar seguidamente algunos ejemplos breves para verificar lo absurdo de los posicionamientos del radicalismo feminista.
 
La hipocresía intelectual y política de la radicalización feminista
 
Los sanos objetivos de las raíces del auténtico feminismo han sido ya sustituidos por posicionamientos liberticidas y, en muchos casos, carentes de sentido. Las teóricas más prominentes del nuevo feminismo de los últimos veinte años parecen estar compitiendo por ver cuál de ellas es capaz de decir mayor barbaridad.  A fines de los setenta, Sandra Gilbert y Susan Gubar publicaron su libro The Madwoman in the Attic (1979) que, con el significativo título (la loca en el ático) y bajo la excusa de estudiar a las escritoras anglo-norteamericanas del siglo XIX, sirvió para acusar a la cultura occidental de “patriarcal” e insensible hacia las mujeres. Jane Austen, las hermanas Bronte, Mary Shelley y otras aparecían como paradigmas de una “poética patriarcal” víctima de los malos tratos de la sociedad machista.
 
Unos años después, Peggy McIntosh, por su parte, apuntó en Interactive Phases of Curricular Re-Vision: A Feminist Perspective (1983) que mientras los hombres piensan de modo vertical, las mujeres lo hacen de forma lateral, siendo el caso las mujeres no pueden pensar lógicamente por culpa del control omnímodo del patriarcado masculino. Para hacer la cosa más absurda todavía, Catharine A. MacKinnon expuso en su leidísima obra Toward a Feminist Theory of the State (1989), que la práctica heterosexual es siempre un acto coercitivo y, en consecuencia, una violación del hombre a la mujer ya que para la mujer es difícil distinguir entre el acto sexual y la violación al tratarse de dos situaciones producidas siempre bajo dominio masculino.
 
En similares parámetros se situaron las tesis de Andrea Dworkin en su libro Intercourse (1987), para quien la cultura occidental es innatamente violadora de la mujer. Cualquier relación heterosexual normal es una violación porque las mujeres –al ser subyugadas por el patriarcado- no tienen realmente la capacidad de elegir libremente sus actos. Por si esto fuera poco, a inicios de los noventa la teórica Marilyn French propuso en The War Against Women (1992) su tesis de que el hombre siempre tiene librada una batalla contra la mujer con el objetivo de destruirla o subyugarla.
 
Estas ideas son algunas de las bases teóricas de lo que ha ido fundamentando la radicalización del feminismo, ideas que hoy se repiten por las aulas universitarias como verdades inapelables. Por lo absurdo de sus conceptos, estos libros y sus autoras no han tenido demasiado interés entre la opinión pública general pero aparecen bien acogidas entre el sectario activismo de la crítica universitaria feminista. Lo lamentable es que en ellas está el embrión de lo que ha venido haciéndose después y que ha pasado a los medios de comunicación y ciertos sectores de la cultura del entretenimiento. Arthur Sulzberger, Jr., por ejemplo, uno de los editores del New York Times se confesó hace unos años como ferviente feminista y lector de Marilyn French.
 
En el ámbito del activismo social, vale la pena recordar lo que Stephanie Davies, directora ejecutiva de la Fundación de las Mujeres de Atlanta, afirmaba recientemente: “Si hubiera mujeres en el poder en cifras significativas, creo que las Torres Gemelas estarían aún en pie”. No sabríamos aquí dar respuesta a la hipótesis de Stephanie Davies, pero sí podemos confirmar que precisamente gracias a ese mismo gobierno que ella censura ahora hay más mujeres en política electoral en Afganistán que en el mismo Canadá. Ni que decir tiene que con los talibanes esas mismas mujeres no podían ni recibir públicamente la luz del sol en sus rostros.
 
Por lo mismo, a esta feminista radical como a las otras antes citadas les debería preocupar bastante más la defensa de la mujer allá donde precisamente ellas creen ver el gusto de la tolerancia multiculturalista y la fascinación por la diversidad, incluido el yihadismo. Así, vale citar a Ahmed al-Baqer, un diputado kuwaití que denegó una propuesta para ampliar el derecho de sufragio para la mujer alegando que Alá indicaba en el Santo Corán que los hombres eran mejores que las mujeres.
 
Entre el feminismo extremo, resulta lamentable el silencio ante las autoridades de un país como Kenia, el de mayor índice de mutilación sexual femenina del mundo. El filósofo Gabriel Albiac recordaba recientemente el caso de la ministra keniata Wangari Mathai, Premio Nóbel de la Paz en 2004 y celebrada por las radicales feministas. Preocupada por la defensa de su identidad étnica kiyuyu, la premiada ministra exigía para las jóvenes muchachas de su país el uso del ritual de la amputación del clítoris, como símbolo del paso de las niñas a la edad adulta. En 2001, la misma Mathai declaraba que todos los valores de su pueblo se edificaban sobre esa práctica, razón que justificaba para apoyar sin fisuras la campaña de castración femenina forzosa, promovida por el clan de los Mungiki.
 
Aclaraba también Albiac que Yomo Kenyata, el padre de la patria, había teorizado lo mismo en 1959 al apuntar que ningún kikuyu puro podía aceptar desposar a una mujer que no habría pasado por la ablación del clítoris y de los labios menores. Dicha práctica se completaba al suturar la vulva hasta no dejar más que un estrecho canal para las deyecciones, que el marido debería luego abrir, a punta de cuchillo, en el momento de la desfloración. No hace falta entrar aquí a comentar las lamentables consecuencias de tan inhumana práctica según la cual, más allá de la anulación definitiva del placer sexual, el cuerpo de la mujer –si es que sobrevivía a las infecciones- queda marcado para siempre y con un dolor y lesiones permanentes. Ante esto, es notable el silencio de las feministas radicales.
 
Una de las mujeres que sufrió esa práctica en Kenia fue Ayaan Hirsi Ali, musulmana nacida en Somalia que actualmente vive en Holanda como diputada liberal del Parlamento holandés y que está amenazada de muerte desde el fanatismo islámico. Ayaan Hirsi Ali presentó recientemente la traducción española de su libro Yo acuso, de obligada lectura para las feministas radicales. Entre otras cosas, el libro muestra cómo la civilización islámica se detuvo en el siglo XI y cómo en los países con esos regímenes fanáticos se perpetran a día de hoy continuas violaciones de los derechos humanos más básicos: mutilación de manos y piernas a los ladrones, práctica de la ablación en las niñas adolescentes, sumisión y humillación de la mujer, castigos inhumanos con asesinatos de adúlteras a través de la lapidación o el  linchamiento de homosexuales. Se trata de una fundamentada denuncia del conformismo de Occidente –en especial de sus ideólogos de la progresía de las izquierdas políticas- ante la barbarie de esas prácticas.
 
No olvidemos que también en Holanda, Theo van Gogh pagó con su vida el haber filmado en un corto de apenas diez minutos su lucha contra la opresión de las mujeres musulmanas. Consideramos importante añadir aquí el caso de Walfa Sultan una psicóloga árabe-americana que desde Los Ángeles contaba hace unos días verdades como puños a la sectaria cadena “Al-Jazeera TV”. El vídeo televisivo de su intervención, de recomendable visión por salir de una mujer musulmana, mostraba su clara oposición a la barbarie del yihadismo en su lucha contra los valores judeo-cristianos y contra Occidente, incluido el maltrato de las mujeres.
 
Junto a lo ya escrito de manera ejemplar en varias partes por Oriana Fallaci, remitimos al lector a que lea el señalamiento y los detalles de la violencia que esas culturas no occidentales realizan a modo de amenaza contra Europa y particularmente contra las mujeres, homosexuales y otros grupos. Nos referimos a dos libros de recentísima aparición, ambos de 2006: Menace in Europe de Claire Berlinski y While Europe Slept de Bruce Bawer. En ellos encontrarán casos ante las que el feminismo radicalizado calla vergonzantemente, como el de esas niñas musulmanas en Francia que optan por llevar velos y otras cubiertas islámicas para disminuir la probabilidad de ser asaltadas y violadas en las calles.
 
Las falsas excusas del multiculturalismo, las tesis de lo políticamente correcto y el insano relativismo cultural y moral son hoy plaga en Occidente, como abiertamente prueban los ejemplos aquí apuntados. Tampoco en esto aparecen por ningún lado las militantes de ese feminismo y sus apoyos políticos que, en el caso de España, animan a la mal llamada “Alianza de Civilizaciones”, o sea a las teocracias islamistas que se nos presentan como modelos a imitar de tolerancia y promoción femenina. En el Parlamento Español estos mismos días se vivió la hipocresía del feminismo radicalizado encarnado en las diputadas socialistas y comunistas movilizándose para desalojar sus escaños en un acto tan teatral como falaz.
 
En Estados Unidos, sin llegar a los deplorables niveles de la progresía socialista, cabría mencionar a varias senadoras de la izquierda norteamericana muy propensas a hacer guiños al feminismo más sectario, como la misma Hillary Clinton, o las senadoras californianas Barbara Boxer y Dianne Feinstein. Resultan éstas, sin embargo, bastante moderadas si las comparamos con las pupilas de María Teresa Fernández de la Vega y las muchachas comandadas por Leire Pajín. Ante tanta pose, el lector sabrá que fue precisamente con el Gobierno Aznar cuando el Senado y el Congreso de España estuvieron presididos por dos mujeres. Por lo mismo, ha sido bajo la Administración Bush cuando el Congreso y el Senado norteamericano han tenido mayor presencia de representantes femeninas en ambas cámaras de representantes, con un total de 109 elegidas: 68 mujeres congresistas y 14 senadoras.
 
Frente a la maquinaria propagandística del feminismo militante, en Estados Unidos contamos con mujeres que han llamado ya la atención ante los peligros de la radicalización del feminismo. Dentro de la misma academia, vale la pena reconocer los serios trabajos de mujeres ubicadas en un sano feminismo como Christina Hoff-Sommers en Who Stole Feminism? (1994), de significativo título al considerar que la militancia radical feminista había robado las bases del necesario esfuerzo inicial del feminismo más equilibrado. De igual modo, Elizabeth Fox-Genovese con su libro Feminism is not the story of my life (1996) también abrió ya el camino sobre la incongruencia de los reclamos del activismo radical.
 
Más recientemente, la ensayista y periodista Kate O´Beirne ha desenmascarado crítica y documentalmente la farsa de esos feminismos en su reciente libro Women who make the world worse (2005). Sostiene O´Beirne lo falaz del activismo liberticida actual en el que han devenido los iniciales y nobles esfuerzos iniciales de la liberación femenina. Para la autora, estamos en una lucha sin cuartel por parte de esas militantes por tergiversar el valor de instituciones e ideas básicas para Occidente como el individuo, la familia, la igualdad de oportunidades, la educación, el trabajo, la seguridad y otros aspectos de la vida manipulados por a miope confrontación del feminismo militante contra lo masculino, lo que en otro lugar y a modo de reseña de ese libro denominamos feminismos trasnochados.
 
Como ejemplos de la contradicción y los excesos de esa actitud radicalizada valdría recordar algunos datos que muestran la inexistencia del patriarcado anti-femenino. Vale citar que a día de hoy son ya más del 55% de estudiantes que son mujeres en las universidades norteamericanas. Cabría citar también la presencia femenina en puestos políticos de importancia y –contra lo que suelen predicar el feminismo de las izquierdas radicales- gracias a presidentes de la derecha liberal-conservadora: Lynne Martin, Carla Hills, Linda Chavez, Condoleezza Rice y Lynn Cheney, por citar sólo algunas.
 
Contra la insistencia de sus argumentos denigrando el capitalismo, no resulta muy difícil demostrar que es precisamente gracias al liberalismo económico y, en buena medida, a Estados Unidos que las mujeres tiene más oportunidades cada día. Gracias al proceso de modernización liderado por las economías capitalistas de Occidente tenemos todo un motor de cambios para la mejora de las condiciones de las mujeres. En lugar de seguir atacando a ese motor y seguir lamentándose por el pasado entero de la humanidad y la mal entendida opresión perpetua del patriarcado, las feministas radicales deberían moderar su visión y enfocarse en una exploración seria de un futuro prometedor para la mujer en el mundo.
 
Hace apenas cuatro meses Phyllis Chesler –feminista durante los últimos cuarenta años y una de las fundadoras de ese movimiento- escribió ya de la muerte del feminismo. Lo hizo en su reciente libro -tan recomendable como aclarador- titulado precisamente The Death of Feminism. Su diatriba, escrita desde el seno mismo de la militancia feminista, se encaminaba a desmitificar la farsa de esa radicalización y definiendo sin ambages ese movimiento como  retrógrado, intelectualmente narcisista y hasta inmoral por no salir al paso del ataque en otras culturas –especialmente en la islámica- contra las mujeres. En el poso antinorteamericano, antisemítico y antioccidental del radicalismo feminista, los datos que aporta Chesler son por sí mismos suficientes para ver la hipocresía intelectual y política de dicho activismo.
 
Concluyamos: en el pasado el feminismo fue en buena medida un ejemplar movimiento a favor de la igualdad de la mujer. A día de hoy ese mismo encomiable esfuerzo se ha convertido en un errático radicalismo sectario por el que se ataca destructivamente bajo escondidas premisas ideológicas ligadas a las izquierdas políticas los conceptos tradicionales del matrimonio, la familia, la maternidad y aun las sanas y necesarias relaciones entre hombres y mujeres. Ante este panorama, las consecuencias de esa radicalización las empezamos a contemplar en nuestros días con la pérdida de apoyos a ese feminismo por parte de la juventud, con el aislamiento de esas propuestas exageradas en los enclaves elitistas del activismo universitario y con el rechazo no sólo del público general sino ya hasta de muchas mujeres.


 
 
Alberto Acereda es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos y Miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua.

 

Colaboraciones nº 854   |  22 de Marzo de 2006

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