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Políticamente... conservador

Crítica social

Los derechos del hombre, y los del mono

El PSOE se dispone a tutelar los derechos de los grandes simios en España, medida sin duda loable pero necesitada de explicación en un país que experimenta con embriones humanos.

El Grupo Socialista presentará próximamente en el Congreso una proposición no de ley sobre los grandes simios. El Proyecto Gran Simio, una ONG presidida por Joaquín Araujo, aspira a garantizar jurídicamente la dignidad de chimpancés y orangutanes, argumentando tanto su proximidad genética con los seres humanos como sobre todo su sensibilidad, habilidades y costumbres que hacen particularmente penosos los malos tratos cuando se les dan. La proposición defenderá también "el establecimiento de territorios protegidos, para que los chimpancés, gorilas y orangutanes puedan seguir viviendo como seres libres, por sus propios medios".

A pesar de algunas críticas precipitadas, la proposición no es tan descabellada. Se habla en ella de los derechos de los animales, y no de los derechos humanos, lógicamente. La idea de proporcionar una protección especial a los grandes simios está avalada por científicos y antropólogos internacionales y nacionales de primer nivel. Y es cierto que los chimpancés, gorilas y orangutanes tienen unas características que los distinguen de otros animales, de tal manera que no se trata sólo de proteger la diversidad genética de la naturaleza y los derechos de los animales en general, sino también de tutelar –conforme a su índole animal, obviamente- a cada uno de los individuos de dichas especies.

Nadie pretende seriamente equiparar al hombre con el mono ni otorgar a estos animales la categoría de personas. Es por lo menos llamativo que se diga de los simios que "deben tener el derecho a apelar ante un tribunal de justicia", al tiempo que se niegan ciertos derechos a los humanos. Hay que perfilar mejor las ideas: sólo una lectura reduccionista y muy limitada de la teoría evolucionista permitiría considerar a los simios "parientes" cercanos del hombre, al menos con mayor dignidad que otros animales superiores. Y ahí radica la debilidad de la proposición: o se ha manipulado o se ha explicado mal o, en todo caso, aparece desconectada de medidas amplias y coordinadas de defensa de la vida. No es una mala proposición, pero puede explicarse mejor y debe ampliarse en su vigencia.

Es cierto, por ejemplo, que los grandes simios sufren con la vivisección, la experimentación científica basada en ellos, sin que esté probada y demostrada su oportunidad en todos los casos en los que se emplea. Pero la misma dignidad que se pide para los grandes simios debería pedirse para todos los animales, y así lo que debería estudiarse es la limitación y eventualmente la prohibición de la vivisección, como forma de maltrato animal en la medida en que no proporcione beneficios a la sociedad humana.

Es muy respetable, por último, que el uso y manipulación de animales se considere "una nueva forma de esclavitud". Ahora bien, si es así, ¿qué cabría decir del uso y manipulación en laboratorio de embriones humanos? Si los primeros tienen una dignidad merecedora de atención, respeto y protección, ¿qué no podrá decirse de seres humanos incapaces de defenderse que podrían ser empleados legalmente en experimentos estériles? La proposición ha creado polémica en un punto sensible de nuestro tejido ético, y la ocasión debe aprovecharse para definir los límites de lo humanamente admisible.

 

 

Editorial de El Semanal Digital, 25 de abril de 2006

 

Disturbios estudiantiles franceses

Los disturbios estudiantiles en París nos recuerdan que la educación en instituciones académicas de élite no es suficiente ni para educar en una moral más elevada ni para enseñar algo de economía básica. Ni en este lado del Atlántico ni en el otro. ¿Por qué los alumnos de la Sorbona y otras distinguidas instituciones están ensuciando las calles y atacando a la policía? Porque quieren privilegios en el nombre de los "derechos" y son demasiado ignorantes en economía para darse cuenta que esos privilegios les cuestan trabajos.

 

Como otros países de la Unión Europea, Francia tiene leyes que hacen difícil el despido. La izquierda política se ha creído desde hace mucho que esas leyes son una manera de reducir el desempleo. Más importante aún, son ajenos desde hace mucho al hecho que los países con esas leyes, como Francia y Alemania, generalmente tienen tasas de desempleo más altas que los países sin esas leyes, como por ejemplo Estados Unidos.

 

Aunque tarde, algunos funcionarios franceses han comenzado a ver que las leyes de la estabilidad laboral hacen que sea más arriesgado y más caro para un empresario contratar a trabajadores sin experiencia, sin una hoja de servicios, con quienes tendrían muchos problemas a la hora del despido si las cosas no salieran bien. La tasa de desempleo en Francia es del 23% para trabajadores jóvenes hasta los 25 años de edad. Para tratar de luchar contra esa tasa de desempleo tan alta entre jóvenes trabajadores, se han modificado las leyes de estabilidad laboral, para que sea más fácil poder despedir a esos trabajadores que están en su primer empleo.

 

Eso es lo que tiene indignadísimos y enloquecidos a los alumnos franceses por las calles de París. No quieren que los empresarios puedan despedirles después que se gradúen y vayan a trabajar. Los alumnos y sus defensores políticos, que incluyen a los sindicatos, son representados como víctimas. Entre los eslóganes coreados por los amotinados estaba: "No somos carne fresca para el jefe". Aparentemente se les ha escapado el detalle de que muchos jefes no parecen querer contratar esa carne fresca.

 

Un diputado izquierdista ha declarado lo siguiente: "¡Crear discriminación por la edad transgrede derechos fundamentales!"

 

En otras palabras, la gente tiene derecho a que otras personas tengan que seguir contratándoles, quieran o no esas otras personas. El "derecho fundamental" a un trabajo se impone sobre los derechos de otras personas cuando esas personas tienen título de "jefes".

 

El simple hecho que muchos alumnos sólo puedan pensar en términos de "derechos" pero no en términos de consecuencias, muestra una gran deficiencia en su educación.

 

El derecho a un trabajo obviamente no es lo mismo que un trabajo. En caso contrario no habría una tasa de desempleo del 23% entre los jóvenes trabajadores franceses.

 

La ley puede crear derechos iguales para jóvenes trabajadores sin experiencia y para trabajadores más mayores con una hoja de servicios, pero la ley no puede hacerlos igual de productivos en el trabajo o que sus contratos tengan igualdad de riesgo. Ni tampoco causar disturbios hará que los empresarios se inclinen más a querer tener a jóvenes trabajando para ellos.

 

Se estima que el daño hecho por los vándalos –llamados "manifestantes" en los medios, maestros del eufemismo– oscila entre cientos de miles de dólares hasta el millón, por ahora. También han cerrado docenas de universidades, incluso la Sorbona, negándoles una educación a los otros alumnos.

 

La embriagadora idea de los "derechos" y en especial la idea de que mis derechos están por encima del derecho de otras personas cuando esas otras personas pertenecen a una clase sospechosa llamada "jefes" es una faceta demasiado conocida de las ideas modernas sobre el estado del bienestar.

 

El primer ministro francés Dominique de Villepin, que está de acuerdo con la nueva ley laboral, ha visto cómo se hundía su porcentaje de aprobación hasta el 36%. Eso le pasa a uno cuando trata de hacer entrar en razón a gente que prefiere seguir creyendo tonterías.

 

Es economía básica que agregar a los costes de contratar a trabajadores, incluyendo riesgos, tiende a reducir el número de trabajadores contratados. No debería ser novedad para nadie, hayan ido o no a una universidad, que subir costes por lo general resulta en menos transacciones.

 

El hecho que tan profunda ignorancia de economía tan elemental y semejante emocionalismo autocomplaciente estén tan extendidos en destacadas instituciones de educación superior es uno de los muchos fracasos profundamente arraigados en las universidades a ambos lados del Atlántico.

 

 

Thomas Sowell

 

Libertad Digital, 19 de marzo de 2006

 

La izquierda mugre

Había la "izquierda caviar", que era esa tribu de señoritos ricachones que jugaban a la redención del género humano (hoy los tenemos bien acomodados en todos los lobbies presentes, reconocibles o no), y hubo, hay y habrá la "izquierda mugre", que es el rencor, el resentimiento y el odio convertidos en ideología. Ahí lo de ese fulano, Carlos López Aguilar, alias Sorrocloco, hermano del ministro de Justicia; el que ha dicho que a Alcaraz, al que llama "tarado", le tocó la lotería cuando ETA mató a su familia, y que la asociación de víctimas del terrorismo es la "asociación de la venganza talibán"; el que ha dicho, también, que la oposición de los católicos a la adopción de niños por parejas homosexuales es por esos obispos que se excitan imaginando escenas de niñitos violados. En fin, ése: Sorrocloco. El mismo tipo humano que organizaba los paseíllos en la dulce y añorada república del Frente Popular. La izquierda mugre.

La mugre forma parte de la condición humana: la encontramos en cualesquiera tiempo y lugares, en cualesquiera profesiones y oficios, también en cualesquiera ideologías y partidos. En los tiempos nobles y limpios, tiempos de altos principios y anchos sacrificios, la mugre apenas se ve: está confinada en las alcantarillas, oculta, en los corazones mezquinos, bajo la fuerza resplandeciente de la virtud. Pero cuando llegan ciclos bajos, tiempos oscuros –y esto es algo que la historia administra con intensa periodicidad-, la mugre sale a la superficie, se extiende por doquier y todo lo sepulta en su olor. Son esos tiempos en los que se diría que todo el mundo se ha vuelto loco o estúpido; esos tiempos en los que parece inverosímil poder encontrar a cien justos.

No, la mugre no es un rasgo exclusivo de la izquierda, tampoco del socialismo español. Pero ocurre que a veces hay alguien especialmente inclinado a dejar que la mugre aflore, grupos o personas que sienten una rara predilección por lo más bajo y obsceno y ruin, voluntades turbias que, cuando huelen a podrido, no ventilan, sino que se refocilan en el hedor, quizá porque éste, secretamente, despierta alguna veta de su sensibilidad. Hoy tenemos en la plaza pública mucha mugre. Y toda viene de la izquierda.

¿Sorrocloco? No, no, qué va: éste sólo es un pobre… tarado. El problema es la adición: Sorrocloco, más Rubianes, más los adalides progres de la telebasura, más una educación invertida, más la humillación de las víctimas del terrorismo, más la impunidad del poder, más el cachondeo de las detenciones ilegales, más la mentira como instrumento cotidiano de la autoridad pública, más… Más la indiferencia general. Que es ahí, por cierto, donde está el problema. Porque la mugre nunca se extiende si uno barre la calle con regularidad. Pero cuando alguien –una familia, un partido, una sociedad- se acostumbra a vivir con la mugre, es que no merece nada mejor.

 

 

José Javier Esparza

 

El Semanal Digital, 20 de abril de 2006

 

ABORTO: LA REALIDAD DEL ABORTO PROVOCADO EN NAVARRA (I)

Según datos oficiales -muy poco conocidos- del Ministerio de Sanidad, durante el año 2004 se ejecutaron en madres procedentes de Navarra un total de 639 abortos provocados. Es una cantidad que va creciendo en los últimos años y que aunque no se realiza en Navarra por la inexistencia de centros abortistas sí cuenta con una importante subvención de dinero público.

Estado civil: La mayoría de las mujeres que abortaron eran solteras (352) y 218 casadas.

Nivel de instrucción: Una gran mayoría de mujeres (483) tenían estudios de segundo grado, mientras que 121 de ellas tenían algún tipo de titulación universitaria.

Tipo de hábitat: más de la mitad de las mujeres censadas vivían entonces en la comarca de Pamplona.

Número de hijos vivos: 333 mujeres no tenían otros hijos cuando abortaron. Sin embargo al menos 527 niños navarros sufrieron durante 2004 el aborto provocado de un hermano menor. (Es curioso el uso en las estadísticas oficiales de la expresión “número de hijos vivos actualmente”. La palabra hijos no se aplica en ningún caso en estos informes del Ministerio a los hijos abortados pero el redactor se ve obligado en este caso a llamar “hijos vivos” a los supervivientes con lo que queda implícito que los “hijos muertos” son los abortados).

Número de abortos voluntarios anteriores: 486 mujeres navarras abortaron durante 2004 por vez primera. El resto, 153, ya habían abortado anteriormente.

Utilización de Centros de Planificación Familiar: de los 639 casos registrados casi la mitad (313) recibieron asesoramiento previo en algún Centro de Planificación Familiar; 292 en centros públicos y 21 en privados. ¿Qué clase de información sobre la realidad y secuelas del aborto se proporciona en esos centros financiados con el dinero de todos los navarros?

 

Navarra Confidencial, 19 de abril de 2006

 

Sesión arriesgada en el Circo de Chaves

Chaves sigue vendiendo entradas para el circo, pero la última sesión del espectáculo es de alto riesgo.
Andalucía, junto con Extremadura, tiene la renta per cápita más baja de España. Una estructura productiva atrasada en la que el sector primario todavía representa más del ocho por ciento. Su industria es de las menos modernas de España y está orientada a sectores de poco valor. La tasa de paro era cercana al 14 por ciento al acabar 2005. Uno de cada cuatro desempleados españoles es andaluz. El empleo entre el 99 y el 2003 se creo, sobre todo, en la construcción: hay poco dinamismo fuera del ladrillo. La cualificación de los trabajadores está por debajo de la media española. A una empresa en Andalucía su plantilla le sale más cara que en el resto de España: los salarios que se pagan son más bajos pero la productividad que se obtiene es menor. En esta Comunidad Autónoma el número de empresas y de trabajadores dedicados a las nuevas tecnologías es la mitad que en el conjunto del país.
En este contexto, la Junta de Andalucía ha practicado una política muy asistencial. Más del 56 por ciento del gasto público en los últimos cinco años ha estado destinado a la producción de bienes de carácter social. A pesar del creciente endeudamiento público no se han puesto en marcha políticas que favorezcan la capacidad competitiva. La dotación de infraestructuras, por ejemplo, sigue por debajo de la media nacional.
El “pan asistencial” de Chaves, que es hambre para mañana, está acompañado de un fuerte adormecimiento de la sociedad civil. Un estudio elaborado por el Centro de Estudios Andaluces, dependiente de la propia Consejería de Presidencia, que se publicó en 2005 con el título Desde la esquina de Europa , concluye que “los andaluces hacen un uso menor de los medios de comunicación que los europeos, limitando su exposición casi exclusivamente a la televisión; además muestran escaso seguimiento y atención hacia la información política en cualquier medio” (pág 15). Sólo dos de cada diez andaluces, según el estudio, lee prensa diaria. Y “además -añade el informe- el perfil sociológico de los que leen más prensa se caracteriza por ser el de personas mayores jubiladas con pocas posibilidades de participación en las organizaciones comunitarias más activas” (pág 15). En esta Andalucía retrasada y asistencialista, además, se ha producido un importante deterioro de la convivencia. La confianza interpersonal está bajo mínimos, lo que hace peligrar considerablemente la prosperidad futura. “Los andaluces confían menos que los españoles, tienden más a pensar que la gente intenta aprovecharse de los demás, y menos a pensar que la gente trata de ayudar a los demás” (pág 16).
Como hay poca faena por hacer, Chaves rompe el acuerdo con el PP para la reforma del Estatuto de Andalucía y la declara “realidad nacional”. Lo hace a pesar de que el 63 por ciento de sus gobernados cree que el mejor modo de definir a la región es con la tradicional expresión de Comunidad Autónoma. Seguramente quiere montar un espectáculo como el de Maragall: debate artificial inducido desde el poder sobre la identidad nacional para distraer de lo verdaderamente importante. Debería ser más prudente porque podría despertar a muchos que ha tenido dormidos con el pan y el circo.
Fernando de Haro

 

Páginas Digital, 19 de abril de 2006

Ni izquierda ni derecha: pensamiento popular

El lúcido pensador italiano Marcello Veneziani comienza un bello artículo sobre el antiglobalismo con la siguiente observación: "Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan". [1]

Se da cuenta que la oposición desde la izquierda a la globalización es sólo una postura que se agota en una manifestación. Seattle, Génova, Nueva York, Porto Alegre, pero no pasa nada, "el mundo sigue andando" como decía Discepolín. Es que la política del "progresismo" como ha observado agudamente el filósofo, también italiano Massimo Cacciari, ordena los problemas pero no los resuelve.
[2]

De esto mismo se percata el sociólogo marxista más significativo de Iberoamérica, Heinz Dieterich Steffan quien en un reciente artículo señala: "Si la tarea actual de todo individuo anticapitalista es, por lo tanto, absolutamente clara: ¿Por qué "la izquierda" y sus intelectuales no la encaran? ¿Por qué repiten en foro tras foro la misma letanía sobre la maldad del neoliberalismo y se contentan con sus ritualizadas propuestas terapéuticas inspiradas en Keynes, Tobin y Stiglitz? ¿Por qué no convierten la realidad capitalista en objeto de transformación antisistémica, en lugar de mantenerla como muro de lamentaciones?" [3].

El fracaso rotundo de la izquierda, hoy rebautizada "progresismo", es que, además de no haber elaborado, deglutido sería el término exacto, la derrota del "socialismo real" con la implosión soviética y la caída del Muro, no reelaboró sus categorías de lectura, y se quedó anclado al mundo categorial de Marx, Engels, Lenín, Rosa Luxemburgo y eventualmente Trotsky, haciendo arqueología política.

Lo más significativo del siglo XX, la escuela neomarxista de Frankfurt, luego de los esfuerzos de Adorno, Apel, Cohen y Marcuse, termina con el publicitado Habermas y su teoría del consenso (sin percatarse que el consenso siempre ha sido de los poderosos entre sí) y sus discípulos aventajados James Bohman y Leo Avritzer con su teoría de la democracia deliberativa o "chamuyera", que como un nuevo nominalismo pretende arreglar las injusticias políticas, económicas y sociales con palabras. Conversando en una especie de asambleísmo permanente.

Si la izquierda está liquidada, ¿qué queda de la derecha? ¿Se puede esperar algo de ella?

De la derecha clásica, tanto del nacionalismo orgánico o integral al estilo de Charles Maurras, como del fascista de Mussolini o del católico de Oliveira Salazar no queda nada. Sólo trabajos de investigación históricos y pequeños grupos políticos sin peso en sus sociedades respectivas.

Eso sí, queda como derecha el neo conservadorismo estadounidense y los gobiernos que le son afines. Y de esta derecha liberal, la única que existe con peso político, solo se puede esperar que las cosas empeoren para la salud y el bienestar de los pueblos.

Si esto es así, denunciamos una vez más de entre las cientos de veces que lo hemos intentado mostrar, que la dicotomía izquierda-derecha es estrecha, por no decir falsa, para encarar una lectura adecuada de la realidad.

Hoy situarse a la izquierda o a la derecha es no situarse, es colocarse en un no-lugar, sobre todo para el pensador (rechazo de plano el término intelectual) que pretende elaborar un pensamiento crítico. Y el único método que hoy puede crear pensamiento crítico es el disenso. Disenso no sólo con el pensamiento único y políticamente correcto sino también y sobre todo, con el orden constituido, con el statu quo vigente.

El disenso es estructuralmente una categoría del pensamiento popular, en tanto que el consenso, como vimos, es una apropiación de la izquierda progresista para lograr la democracia deliberativa que tiene mucho de ilustrada, y también, aunque en otro sentido, propiedad del liberalismo como acuerdo de los que deciden, de los poderosos (G8, Davos, FMI, Comisión trilateral, Bildelbergers, etc.).

El disenso que se manifiesta como negación tiene distinto sentido en el pensamiento popular que en el culto. En este último, regido por la lógica de la afirmación, la negación niega la existencia de algo o alguien, en tanto que en el pensamiento popular lo que se niega no es la existencia de algo o alguien, sino su vigencia. La vigencia puede ser entendida como validez, como sentido. El disenso niega el monopolio de la productividad de sentido a los grupos o lobbys de poder, para reservarla al pueblo en su conjunto, más allá de la partidocracia política.

La alternativa hoy es situarse más allá de la izquierda y la derecha. Consiste en pensar a partir de un arraigo, de nuestro genius loci dijera Virgilio. Y no un arraigo cualquiera sino desde las identidades nacionales, que conforman las ecúmenes culturales o regiones que constituyen hoy el mundo. Con esto vamos más allá incluso de la idea de estado-nación, en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio y cultural de ecúmene.

Desde estas grandes regiones es desde donde es lícito y eficaz plantearse el enfrentamiento a la globalización o americanización del mundo. Hacerlo como pretende el progresismo desde el humanismo internacional de los derechos humanos, o desde el ecumenismo religioso como ingenuamente pretenden algunos cristianos, es hacerlo desde un universalismo más. Con el agravante que su contenido encierra un aspecto de loable, pero vacuo, inverosímil y no eficaz a la hora del enfrentamiento político.

Pero este enfrentamiento se está dando igual, a pesar de la falencia de los pensadores en no poder elaborarlo aún, a través del surgimiento de los diferentes populismos, que más allá de los reparos que presentan a cualquier espíritu crítico, están cambiando, como observa Robert de Herte
[4] las categorías de lectura. Así la oposición entre burgueses y proletarios de la izquierda clásica va siendo reemplazada por la de pueblo vs. oligarquías, sobre todo financieras y las de izquierda y derecha por la de justicia y seguridad.

Así, mientras que desde la izquierda progresista la crítica a la globalización queda limitada a la no extensión de sus beneficios económicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. Porque la izquierda, por su carácter internacionalista no puede denunciar el efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades de los pueblos. Su denuncia se transforma así, en un reclamo formal para que la globalización vaya unida a los derecho humanos.

En cambio, es desde los movimientos populares que se realiza la oposición real a las oligarquías transnacionales
[5]. Es desde las tradiciones nacionales de los pueblos donde mejor se muestra la oposición a la sociedad global sin raíces, a ese imperialismo desterritorializado del que hablan Hardt y Negri. Es desde la actitud no conformista que se rechaza la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo.

Es que el pensamiento popular, si es tal, piensa desde sus propias raíces, no tienen un saber libresco o ilustrado. Piensa desde una tradición que es la única forma de pensar genuinamente según Alasdair MacIntayre
[6], dado que "una tradición viva es una discusión históricamente desarrollada y socialmente encarnada". Por lo que les resulta imposible a los pueblos y a los hombres que los encarnan situarse fuera de su tradición. Cuando lo hacen se desnaturalizan, dejan de ser lo que son. Son ya otra cosa.
Notas
[1] El antiglobalismo de derecha. Marcello Veneziani (1955) periodista del Giornale y del Menssaggero y colaborador con la Rai, es autor de varios ensayos entre los que se destacan: La rivoluzione conservatrice in Italia (1994), Processo all´Occidente (1990) y L´Antinovecento (1996). Podemos inscribirlo dentro de la corriente de pensamiento no-conformista.
Texto del artículo citado “El antiglobalismo de derecha”: Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan.

O sea, que cuanto más se oponen a la globalización, más comparten su meta final. Por lo demás, el Manifiesto de Marx y Engels es un elogio total de la globalización, a cargo de la burguesía y del capital, que rompe los vínculos territoriales y religiosos, étnicos y familiares, y libera de la tradición. Y en las cumbres anteriores, los presidentes de los países más industrializados eran casi todos de tendencia progresista y provenían del 68, desde Clinton a nuestros propios líderes, que soñaban con transformar el G8 en un coalición de izquierdas planetaria. Todos optimistas del G8.

¿Dónde están entonces los verdaderos enemigos de la Globalización? Están en la derecha, queridos amigos. Allí, no sólo desde hoy, se combate el mundialismo y el internacionalismo, la muerte de las identidades locales y nacionales. Si es verdad, como sostienen muchos pensadores, que la próxima alternativa será entre el universalismo y el particularismo, entre globalidad y diferencias, entre cosmópolis y comunidad, entonces el antagonista de la globalización está en la derecha. Con los conservadores y los nacionalistas, con los tradicionalistas y los antimodernos, pero también en el ámbito de la nueva derecha de Alain de Benoist y de Guillaume Faye, y de los movimientos localistas y populistas.

Hay una rica literatura de derecha que hace tiempo critica radicalmente la globalización y sus consecuencias: el dominio de la técnica y de la economía financiera en detrimento de la política y de la religión. Es en la derecha donde se reúne la respuesta populista a las oligarquías transnacionales. Es en la derecha donde las tradiciones se oponen a la sociedad global sin raíces. Es en la derecha donde se teme la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo; mientras, en la izquierda, se denuncia que la globalización no extiende sus beneficios economicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. O sea, que no se denuncia su efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades, sino sólo que no vaya unida a la globalización de los derechos humanos.

En Génova, pues, se consuma una paradoja: unos pocos hombres de derecha, entre agricultores, artesanos y tradicionalistas, se opondrán al G8 de modo débil y marginal pero con propósitos fuertes y radicales. Y mucha gente de izquierda se opondrá de modo vistoso y radical a una globalización que en el fondo comparte. En Génova la maldición de Colón golpea a la inversa: él zarpó para las Indias y descubrió América, éstos sueñan con un mundo nuevo pero descubren las viejas Indias.

[2] Massimo Cacciari(1944). Filósofo, diputado del PC y Alcalde de Venecia hasta 1993. Autor de varios ensayos: L´Angelo necesario (1986), Dell´Inicio (1990), Dran: Meridianos de la decisión en el pensamiento contemporáneo (1992), Geo-filosofia dell´Europa (1995). Pensador disidente de la izquierda europea.
[3] La bancarrota de la izquierda y sus intelectuales (31-3-04). Heinz Dieterich Steffan, es sociólogo y profesor en la UNAM de Méjico y columnista del diario El Universal. Predicador itinerante en todos los países de Nuestra América de un nuevo proyecto histórico del marxismo. Es autor de una treintena de libros entre los que se destacan: El fin del capitalismo global (1999) y La crisis de los intelectuales en América Latina (2003)
[4] Robert de Herte es el seudónimo de Alain de Benoist (1943). Editor de las revistas Eléments y Krisis y autor de innumerables trabajos entre los que cabe recordar Vu du droite (1977), Orientations pour des années décisives (1982), L´empire intérieur (1995), Au-dela des droits de l´homme (2004). Es el más significativo pensador de una corriente de pensamiento no conformista, alternativa y antiigualitarista en donde se destacan, entre otros, Guillaume Faye, Robert Steuckers, Julien Freund, Alessandro Campi, Claude Karnoouh, Tarmo Kunnas, Thomas Molnar, Domminique Venner, Pierre Vial, Javier Esparza, Giorgio Locchi, etc.
[5] Sobre la relación entre pensamiento popular y negación puede consultarse con provecho el libro La negación en el pensamiento popular (1975) del filósofo argentino Rodolfo Kusch (1922-1979), así como nuestro trabajo: Papeles de un seminario sobre G.R.Kusch (2000). Entre los no pocos filósofos originales que ha dado la Argentina (Taborda, de Anquín, Guerrero, Cossio, Rougés) Gunther Rodolfo Kusch ocupa un destacado lugar. No sólo por la originalidad de sus planteamientos filosóficos sino además porque los mismos han generado toda una corriente de pensamiento a través de la denominada filosofía de la liberación en su rama popular.
[6] Alasdaire MacIntyre (1929) es un filósofo escocés que vive y enseña en los Estados Unidos y que se destacó por su crítica a la situación moral, política y social creada por el neoliberalismo. Sus trabajos son el basamento de todo el pensamiento comunitarista norteamericano.
Sus libros más destacados son: After Virtue (1981), Whose Justice? Which Rationality? (1988), Three rival versions of moral enquiry (1990).

Alberto Buela (23/06/04).


 De www.soberania.info

Revolución (homo)sexual en España

"Revolución sexual en España", titulaba hace unos días la CNN. Es difícil saber bajo qué conceptos pasará Zapatero a la historia, pero ya hay uno que, sin duda, permanecerá: la transformación de la homosexualidad en condición generadora de derechos civiles. Y esto sí que es nuevo.

Muchas civilizaciones, antes que nosotros, han manifestado una tolerancia extraordinaria hacia la homosexualidad. Los griegos, claro: entonces la sodomía no era pecado nefando. Pero también mucho después, ya en tiempos cristianos: la corte versallesca, por ejemplo. O sea que el mundo no ha tenido que esperar a la llegada de Zerolo y ZP para "entender". Ahora bien, nunca nadie antes, en ningún tiempo ni en ningún lugar, había considerado que la homosexualidad pudiera generar derechos civiles, derechos sociales; nunca nadie antes había pretendido deducir de la condición homosexual un estatuto de vida pública.

Ocurre que una sociedad no se organiza según criterios de placer o según criterios de amor, sino según criterios de conservación de la especie y de reproducción del propio modelo social heredado. ¿Suena "reaccionario"? Bien. ¿Podemos imaginar una sociedad organizada según criterios, no de conservación y reproducción, sino de extinción y esterilidad? No, ¿verdad? Sería una sociedad suicida. Pues ahí, mucho más allá de la "libertad de costumbres", está la nuez del asunto. El patrón natural de conservación y reproducción de cualquier sociedad pasa por un varón, una mujer y unos hijos. Patrón natural, sí: hablamos de antropología, no de qué bonito es el amor –que lo es. Y como lo humano es la antropología, y no la simple zoología, la unión heterosexual se eleva a la condición de vínculo jurídico para dar estabilidad a ese mecanismo de conservación y reproducción y, además, proteger a sus protagonistas. Se mire como se mire, una pareja homosexual, por mucho corsé legal que le pongan, ni garantiza la conservación de la sociedad (porque la procreación necesita un elemento masculino y otro femenino) ni garantiza la reproducción del modelo social (porque toda sociedad se compone de mujeres y de hombres juntos). Y por eso a nadie se la ha ocurrido jamás conceder a las uniones homosexuales la misma vigencia social que al matrimonio heterosexual. A nadie, hasta que ha llegado ZP.

Que se preparen en la CNN: nos esperan jornadas asombrosas.

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 17 de enero de 2005

Dos caras de la misma moneda

Nuestro actual sistema democrático parte del principio de que el pueblo es soberano y delega el ejercicio de esa soberanía en los representantes que democráticamente elige. Éste es el origen de la política, entendida como actividad al servicio de los ciudadanos, a sus necesidades y aspiraciones. Y sin embargo, España sufre hoy una perversión de este principio. Los ciudadanos son cada vez más indiferentes a su destino común como pueblo, ya no delegan la gestión de su soberanía sino que renuncian a ella, como quien se libera de un fardo pesado, y se preocupan sólo de sus pequeños afanes y placeres individuales. De la otra parte, los representantes elegidos por ese pueblo indolente y hedonista abrazan la utopía y se convierten en gobernantes iluminados que corren en pos de una quimera. De esta estirpe son Zapatero, Ibarretxe, Maragall o Carod Rovira.

 

Hace unos días tuvimos dos ejemplos clarísimos de esta transformación. El pasado 4 de abril, la Fundación Santa María presentaba el estudio Jóvenes españoles 2005, elaborado por sociólogos como Javier Elzo, Juan María González o Maite Valls, a partir de 4.000 entrevistas. Según los resultados, los jóvenes españoles se sienten en mayor medida “egoístas, rebeldes, consumidores y con poco sentido del deber”, por el contrario se ven mucho menos “solidarios, trabajadores, generosos y maduros”. Durante la presentación del estudio, Elzo ofreció además algunas explicaciones: “la percepción que ofrece el estudio no es demasiado halagüeña, hay jóvenes que quieren vivir la vida y punto”. En efecto, el documento revela que, en la escala de los aspectos importantes de la vida, la política ocupa el décimo puesto y la religión el undécimo, ambas cuestiones quedan por debajo del tiempo libre o el ocio.

 

Al día siguiente de la presentación de estos datos, el presidente del Gobierno hacía en el Senado un encendido elogio de la Segunda República y reconocía que su mandato tenía como misión llevar a término las aspiraciones de ese período, al que definió como “el único democrático del pasado” con “valores enormemente avanzados para su época” y que fue “arrumbado por un golpe militar que desembocó en una trágica guerra civil”. Dejando de lado los errores históricos de esta concepción de los orígenes de la guerra civil, es preocupante ver cómo Zapatero se entrega ya sin rubor a la persecución de un sueño: la resurrección de un período histórico que tuvo muchas más sombras que luces y que fue el caldo de cultivo del brote más terrible de violencia sectaria de nuestra historia reciente.

 

Pudiera parecer que la indiferencia de los jóvenes no tiene nada que ver con el mesianismo de los gobernantes. Pero son dos caras de la misma moneda. Un gobernante iluminado nunca podría prosperar ni imponer su proyecto ideológico sobre un pueblo que sabe bien quién es, de dónde viene y adónde quiere caminar. Por eso, nuestra prioridad es educar en un amor consciente por la verdad, por la propia historia y el valor justo de las cosas. Sólo personas con esta conciencia son libres, sólo un pueblo formado por personas así puede ser indomable frente las utopías.

 

Ignacio Santa María

 

Páginas digital, 10 de abril de 2006.