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Políticamente... conservador

Crítica social

El IPF critica la campaña de Sanidad del Gobierno porque

El Ministerio de Sanidad presentó ayer la nueva campaña de salud sexual que insiste en el uso del preservativo como medio para reducir el número de abortos. De momento, cada 5,8 minutos se asesina un embrión y las cifras van en aumento

La nueva campaña del Ministerio de Sanidad viene cargada de polémica. ¿El uso del preservativo evita que se practique un aborto? Esta respuesta es la que el Ministerio de Sanidad propaga entre los jóvenes a través de un anuncio de televisión.

El aborto y el cáncer son las primeras causas de mortalidad en España. Sólo en el año 2005 se superaron los 90.000 abortos, lo que supone que cada día 250 niños son asesinados o uno cada 5,8 minutos.

Para el Ejecutivo no reviste gravedad el hecho de que uno de cada seis embarazos termine en aborto. Eduardo Hertfelder, presidente del Instituto de Política Familiar (IPF), criticó a las administraciones por ignorar el problema y aplicar “medidas obsoletas” cuando, en realidad, la raíz del mismo se puede solventar con el apoyo a la mujer embarazada.

Así, para paliar la lacra del aborto, “no basta con que se repitan los ya conocidos y tristemente ineficaces y trasnochados mensajes públicos sobre educación sexual, uso de preservativos o utilización de anticonceptivos, que se han demostrado incapaces de contener esa marea creciente de defunciones por aborto en España sino que han provocado, incluso, el incremento del número de abortos”.

El IPF apuesta por la necesidad de desarrollar una política preventiva en cuanto a la sensibilización sobre la importancia de la natalidad, el embarazo y la maternidad, el aumento de los recursos públicos, la implantación de medidas de apoyo destinados a la mujer embarazada y una Política de Información a la mujer embarazada. Es necesario, en definitiva, realizar una apuesta decidida por la vida.

Análisis Digital, 21 de julio de 2006

ESPAÑA: 21 AÑOS DE CRIMEN LEGALIZADO

España: 90.000 abortos quirúrgicos en 2005. “Los horrores del nazismo y del estalinismo no están lejos de una civilización que se autocalifica y presume de progresista y democrática”, (Mons. Gil Hellín, Arzobispo de Burgos)

El 5 de julio pasado se cumplió el 21 aniversario de la legalización del aborto quirúrgico en España. En 2005 se habrían producido unos 90.200 de esos crímenes abominables. La estimación la hizo el Instituto de Política Familiar en base al aumento en un año del 6,2% que se dio en la Comunidad de Madrid (16.228 abortos en 2.004; 17.245 en 2.005).

Según la misma fuente en los últimos 10 años el aumento fue del 77,5%. Con casi 250 muertes de niños no nacidos por día, el aborto es la principal causa de muerte en España. En Europa se perpetra un aborto quirúrgico cada 30 segundos, (vid. Alfa y Omega, n. 506, 06-07-06).

“Pero a la vez, según fuentes oficiales, el 70 % de las mujeres que han abortado lo niegan. Matar a un niño no nacido es muy doloroso para la conciencia de la madre. ¿No será ésta la causa, el huir de ese infierno en vida, por lo que tantas madres que han abortado recurren al mecanismo subconsciente de la negación?”, (cfr. Granada Digital, 07-07-06).

Evolución de asesinatos por aborto quirúrgico (cifras oficiales)

09, 1985; 17.180, 1987; 37.185, 1990; 45.503, 1993; 51.006, 1996; 58.399, 1999; 69.857, 2001; 79.788, 2003; 84.985, 2004.

Cabe señalar que en España sobre abundan los programas aparentemente dirigidos a “evitar el aborto” (educación sexual, distribución de anticonceptivos y abortivos químicos a menores, sexo seguro, etc.), que son sin duda la causa que ha llevado a un aumento constante este crimen legalizado.

En febrero pasado, cuando aún no se tenían las cifras estimadas de abortos quirúrgicos del año 2005, Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, dio una carta pastoral que trascribimos a continuación:

Un hecho que clama al cielo

“Hace unos días se hizo público el número de abortos 'legales' cometidos en España durante el año 2004: ochenta y cinco mil (de 2005 no hay datos oficiales).

Todo el desglose de este dato es espeluznante: ha sido un 6,5 por ciento más que el año anterior; ha crecido en todas las comunidades; el 27,69 por cierto de las mujeres ha abortado más de una vez; el 23 por ciento de los niños abortados tenía más de doce semanas; la edad de las que cometen un aborto es cada vez más baja y cada día aumenta el número de las adolescentes.

Al cabo de veinte años de aprobarse la ley que lo despenalizaba, en España se han cometido casi un millón de abortos. Es decir, se ha quitado la vida a casi un millón de seres inocentes e indefensos. Más número de personas que las que tiene la ciudad de Valencia y tantas como tienen juntas las provincias de Burgos, Álava, La Rioja y Soria.

Los horrores del nazismo y del estalinismo no están lejos de una civilización que se autocalifica y presume de progresista y democrática. Sin miedo a exagerar, se puede afirmar que estamos ante una situación totalitaria, donde el más fuerte impone su ley sobre el más débil . Todo esto se hace, además, con el consentimiento, al menos tácito, de los políticos y de los medios de comunicación de masas. Uno se pregunta cómo puede haber tanta hipocresía a la hora de valorar, por ejemplo, la guerra de Iraq y el aborto. ¿Qué habría ocurrido si en España se hubieran cometido ochenta y cinco mil penas de muerte en un año? Es impensable.

No hace mucho, la prensa nacional e internacional se escandalizaba, con razón, de la vejación a que algunos soldados norteamericanos habían sometido a algunas víctimas en Iraq. El clamor de la protesta se oyó en todo el mundo. Pues bien, este suceso es un cuento de blanca nieves si lo comparamos con lo que ocurre con los abortados: la mayoría son despedazados, otros son envenenados, otros troceados mediante una legra o cuchillo de acero. Cuando superan las 21 semanas, se practica a la madre una cesárea, se extrae el feto vivo y se le deja morir

Mientras ocurre lo que el filósofo y escritor, recientemente fallecido, Julián Marías, calificaba como el máximo desprecio de la vida humana en toda la historia de la humanidad, toda una sociedad permanece adormecida y permite un genocidio sin precedentes. Es verdad que ya comienza a decirse que el aborto es malo. Pero esto no basta. Un clamor inextinguible se levanta desde todas las partes de nuestra geografía -y desde el mundo entero- hasta el Cielo pidiendo justicia y misericordia.

¿Cómo es posible que no lo oigamos? ¿Cómo es posible que se ataque a la Iglesia por denunciar esta barbarie y sensibilizar tantas conciencias narcotizadas? ¿Cómo es posible permitir que tantas mujeres sigan engrosando el número de madres destrozadas al mirar los ojos de un niño, porque ven en ellos el retrato del que pudo ser suyo?

La Iglesia no tiene vocación de agorera de desventuras. Pero no puede dejar de clamar como los profetas de Israel, guste o disguste a la gente. Entre otras cosas, porque no puede dejar que tantas adolescentes arrastren de por vida el peso de su conciencia. Y porque tiene que defender la dignidad del hombre, aunque la dejen sola en el intento. Más aún, aunque la llamen retrógrada y antiprogresista. Es consciente, además, de que la mentira tiene los días contados -muchos o pocos, pero contados- y que la verdad termina abriéndose paso. Como prueba, ahí están los hornos crematorios de Hitler y las purgas de Stalin”. Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, 04-02-06. FIN, 18-07-06

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NOTICIAS GLOBALES, Año IX. Número 661, 32/06. Gacetilla nº 784. Buenos Aires, 18 julio 2006

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NOTICIAS GLOBALES es un boletín de noticias sobre temas que se relacionan con la PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y LA FAMILIA. Editor: Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja; E-mail: noticiasglobales@noticiasglobales.org ; http://www.noticiasglobales.org

Eufemismofilia, sinónimo de modernidad

La modernidad ha venido y nadie sabe por qué, ni como ha sido. Nadie sabe como ha llegado, pero sin apenas darnos cuenta, casi imperceptiblemente nos hemos visto inmersos en la modernidad. La modernidad ya está aquí. La modernidad se llama eufemismo, el eufemismo como requisito para llegar a lo política y socialmente correcto, el eufemismo para llegar al pensamiento único. La modernidad significa erradicar por todos lo medios posibles del habla de la gente aquello de “al pan, pan y al vino, vino”, no sea que alguien se vaya a ver especialmente perturbado o sufrir un especial impacto del cual no nunca sea capaz de recuperarse. Modernidad significa atenuar, endulzar, camuflar las expresiones especialmente groseras, malsonantes, “demasiado violentas”, es declarar como proscritos determinados vocablos por hacer referencia a cuestiones “tabúes”.

Como resultado de todo ello ha surgido una nueva ideología lingüística, que proclama que la tendencia al eufemismo es la manera de sentar las bases de una sociedad más “tolerante”, igualitaria y de respeto a los demás.

Hay quienes, por el contrario, opinan que todo ello es una forma de totalitarismo lingüístico tras el que se esconde el totalitarismo del siglo XXI.

Lo socialmente correcto es la forma de actuación de determinadas personas que están en la idea de que existe una única forma de ser correctos, proporcionados, justos en todos los ámbitos de la vida. Esta forma de pensamiento, esta doctrina-ideología los lleva a tener unos gustos estéticos socialmente correctos, formas de ocio, de recreación, de divertimento, socialmente correctos, vestimentas (“uniformes” mejor dicho) social y políticamente correctas, y por supuesto una forma de expresión oral y escrita socialmente correctas. En resumen: ellos (me niego a hacer uso del “ellas y ellos” aunque sea “antiguo”) son los “mejores”, los humanos (los demás son infrahumanos) poseen una superioridad moral fuera de lo común y nos van a redimir a todos, a “desasnarnos”, a civilizarnos, a sacarnos del subdesarrollo en el que (pobrecitos ignorantes nosotros) estamos los demás…

He aquí algunas muestras de esa bondad con la que tratan de ayudarnos a alcanzar la felicidad haciendo desaparecer (según parece) lo trágico, lo malo, lo feo, lo desagradable, lo mal visto, lo malsonante del idioma llegando a extremos absolutamente esperpénticos:

- Si no quiere ser tildado de “antiguo” no utilice “hombre” como genérico, use usted “ser humano”.

- No se le ocurra decir “niños”, debe decir “infancia”, y si además usted quiere evitar que además de poco moderno le digan que usted es “sexista”, diga “las niñas y los niños” (¡Ojo, siempre en ese orden!)

- Nunca diga “viejo”, o “anciano” o palabras sinónimas, evite ser ofensivo (no olvide que otro distintivo de la modernidad, postmodernidad tal vez, es ser joven y parecer joven a toda costa) diga “tercera edad”, gente mayor, o cosas por el estilo.

- No olvide, si usted quiere estar a la última y no desentonar que debe evitar vocablos tan políticamente incorrectos como “ciego”, “sordo”, o “paralítico” o cosas similares; diga usted “discapacitado” (mejor “personas con discapacidad”, no sea sexista…)

- No se le ocurra decir “maricón” o “tortillera”, diga “homosexual”, diga “gay”, diga “lesbiana”; las demás son antiguallas y además puede ser tachado de “homófobo” y eso ya son palabras mayores si hablamos de modernidad (también, otro distintivo de la modernidad es haber abrazado la religión de género…)

- Los ejércitos ya no hacen lo guerra, hacen excursiones con fines humanitarios, civilizadores y liberadores. Los muertos de esas acciones humanitarias son “daños colaterales”.

Otro rasgo importantísimo de la modernidad, en la línea de la “tolerancia”, el buen tono, el talante, es el “respeto a las minorías”. Se parte, obviamente, de que hay grupos sociales (“colectivos” los llaman ahora) que tradicionalmente han sido sojuzgados, que han sido víctimizados por la mayoría o por un grupo hegemónico-dominante con intereses egoístas y perversos. El primer paso es “concienciar” al grupo de ser “víctimas” (también al resto de la población) ésta es la premisa para iniciar el camino hacia la recuperación de la “autoestima”, proceso para el cual se requiera una actitud de “empatía solidaria” por parte del resto de la ciudadanía; hay que magnificar al máximo el asunto y darle una dimensión de genocidio, terrorismo, etc. para poder justificar la necesidad de compensar a esos “colectivos” con los que la sociedad tiene una “deuda histórica” pendiente (también es necesario este argumento para promover, desde la “mala conciencia” la erradicación de “las malas prácticas”).

Como es fácil suponer, estas “cruzadas” con fines liberadores-humanitarios comienzan con campañas de modificación del lenguaje, el objetivo es (según sus promotores) evitar que esos “colectivos” sigan siendo vejados-victimizados en el habla, en el idioma que según dicen “no es neutral”.

Lo que en principio puedan ser causas justas, ámbitos necesitados de mejoras para hacer que el mundo que nos ha tocado vivir sea un poquito más humano, preocupaciones razonables se convierten en causas reaccionarias de gente de la peor calaña.

El que se utilicen expresiones como “gente de color” o gente de “etnia tal” o cosas por el estilo, no hace que desaparezcan realidades como la xenofobia o el racismo; sólo se consigue con ello enmascarar, dulcificar la realidad pura y dura. No se olvide que el racismo, el machismo, y otros “ismos” son actitudes y no palabras. Al racista no le cuesta nada adaptarse y decir “subsahariano” por poner un ejemplo.

Y ya para terminar, y sin ánimo de ser “despertador de conciencias”: Ya que el lenguaje políticamente correcto no sirve para que la realidad cambie, ¿no será que los partidarios del uso de eufemismos intentan que la gente tenga una falsa conciencia de la realidad, falsear la percepción de la realidad para que la realidad pase desapercibida?

Carlos Caldito

Diario Siglo XXI, 20 de julio de 2006

El bienestar autogestionado, un disparate muy serio de Murray

El próximo número de la revista italiana Atlantide contiene una intervención que suena a provocación en la Italia actual. El autor es Charles Murray, célebre politólogo del American Enterprise Institute. Parte de una premisa de la que podemos estar seguros: el Estado asistencia, tal como lo conocemos, no puede sobrevivir.

Ningún experto mantiene que el gasto federal para la seguridad social y la asistencia sanitaria pública pueda crecer del actual nueve por ciento del PIB al 28 previsto para el 2050. La propuesta de Murray es sencilla: en vez de pagar los impuestos a Washington, aumentando la burocracia y convirtiendo el resultado en una mezcla confusa de servicios y subsidios vinculados a limitaciones y exclusiones, ¿por qué no unificar los impuestos, dividirlos y restituirlos bajo la forma de donaciones para todos los americanos mayores de edad? Esta subvención eliminaría la pobreza, garantizaría una pensión cómoda y haría accesible para todos la asistencia sanitaria.

El ?Proyecto Murria?, por darle un nombre, permitiría asegurar una contribución anual de diez mil dólares (de los cuales tres mil deben ir destinados a la asistencia sanitaria) para todos los ciudadanos americanos, excepto los reclusos, mayores de 21 años. En el año 2020, el proyecto costaría cerca de 500 millones de dólares menos cada año respecto al sistema actual. En 2028, la diferencia supondría un ahorro de hasta un trillón de dólares.

Este proyecto devolvería a la vida la existencia de los ciudadanos de muchas maneras, sobre todo a través de sus efectos en las instituciones fundamentales de la familia y de la comunidad. Las estrategias que no sean accesibles para un individuo lo pueden ser para la pareja, o para una familia numerosa, o para media docena de amigos que comparten recursos, o para un grupo de vecinos.

Daría a cada uno la responsabilidad de ocuparse de sus propias necesidades, que durante décadas han sido sostenidas por las manos del Estado asistencial (lo que ha tenido como consecuencia la pérdida de vitalidad de algunas de las más importantes fuentes de satisfacción de nuestra vida). La solución podría consistir en no delegar en el Estado la elección de algunos servicios, asumiendo la propia responsabilidad, como individuos, como familia, como comunidad. ¿Una provocación? ¿Una utopía? ¿Sería mejor o peor si cada persona o comunidad se autogestionara su propio bienestar? Antes de mirar hacia otro lado, al menos hablemos de ello.


Por Giorgio
Vittadini (presidente de la Fundación para la Subsidiariedad, Italia).

 

Páginas Digital, 13 de julio de 2006

DECLIVE DEMOGRÁFICO Y FAMILIA: los límites de la política

En años recientes se ha dado un cambio extraordinario a nivel de discusión política social internacional. El lenguaje de los alarmistas, los de la "bomba poblacional" como Paul Ehrlich, ha dado paso a las advertencias sobre "la implosión de la población" por parte del gobierno europeo y funcionarios de Naciones Unidas.Aceptando que es un fenómeno localizado y que las fuerzas contrapuestas complican el asunto, la opinión ortodoxa sobre la sobrepoblación como el problema principal, hablando globalmente, domina los círculos científicos y de política pública.

No obstante, en Europa y partes de Asia en particular, hay un deseo renovado para enfrentar el problema del declive demográfico. Tildando la situación de "grave", el presidente ruso Vladimir Putin ha hecho un llamamiento para un plan de diez años en el intento de revertir la caída en picado del índice de natalidad. Putin está en lo correcto: la población rusa ya está reduciéndose en 700.000 personas anualmente y todos los indicadores apuntan a una caída mayor en lugar de a un repunte. El presidente pidió pagas en efectivo para las madres, bajas maternales más generosas y otros beneficios para endulzar el prospecto de tener hijos.

Corea del Sur ha destinado 35.000 millones de dólares por un período de 5 años para hacer frente a su baja natalidad. Muchas naciones europeas ya tienen en marcha incentivos para aumentar el número de nacimientos y están en conversaciones para mejorar esos incentivos.

Estos debates de política demográfica tienen consecuencias económicas importantes. La tensión que esto provoca en el sistema de bienestar de Europa debido a una creciente población de la tercera edad en rápida expansión unido al menguante número de trabajadores ha sido ampliamente reconocido. En algunos casos, la política incluso puede ser contraproducente. Joseph D’Agostino del Population Research Institute observa que la iniciativa de Corea del Sur será pagada con un impuesto especial "que aumentará el lastre para la economía surcoreana y por tanto su natalidad podría decrecer a largo plazo".

Pero la enseñanza más grande y crucial que podemos extraer de esto es que todos esos esfuerzos políticos se enfrentan a una limitación inherente. El tener hijos es algo que los gobiernos podrán apoyar con políticas pro familia (nunca mejores que mantener bajos los impuestos y alto el crecimiento económico) pero las decisiones sobre tener hijos son, por naturaleza, cosas personales e íntimas, un fenómeno mucho más dependiente de los factores culturales que de los económicos o políticos.

Durante décadas, los gobiernos de Europa Occidental han estado experimentando con diversos incentivos por hijos, sin embargo los índices de natalidad han seguido bajando. La única excepción es Francia en la que la alta natalidad de una floreciente población musulmana ha moderado el promedio de la nación. Es dudoso afirmar que la relativamente alta fertilidad de los musulmanes tenga algo que ver con políticas gubernamentales; es más probable que el factor decisivo sea el islam debido a las normas sociales de su entorno.

Entonces, resolver los problemas del declive poblacional requiere un enfoque sobre los asuntos culturales que afectan los índices de natalidad. Se puede decir muchas cosas al respecto pero se pueden reducir a que el tener hijos revela dos cualidades: sacrificio y esperanza.

En la sociedad agrícola pre moderna, los hijos podían ser una ventaja económica para una familia, suministrando mano de obra al campo después de un período inicial de crecimiento y formación. Dado el desarrollo cultural y económico así como las costumbres cambiantes, eso ya no es algo válido en la amplia mayoría de los casos, al menos en lo que se refiere a las naciones desarrolladas. Un niño aún podría servir como un accesorio simpático para una pareja a la usanza actual, pero tener más de uno –en términos financieros y de comodidad– es un sacrificio.

¿Qué es lo que nos mueve a hacer esos sacrificios? Las motivaciones son variadas pero la mayoría giran alrededor de algún tipo de opinión religiosa respecto a la fecundidad del amor entre un hombre y una mujer y el mandato relacionado con aumentar el número de almas humanas, tal y como se expresa en la tradición judeocristiana con el mandamiento del Génesis: "Sed fecundos y multiplicaos".

El deseo de ser fecundo también surge de un panorama esperanzador sobre la humanidad. Esto es diferente del optimismo superficial que cree que el sufrimiento puede ser eliminado y que el progreso moral y económico es inevitable. Más bien es una perspectiva que admite que el ser humano es la causa de los problemas del mundo pero que también insiste en que es él quien los puede resolver. Se manifiesta en una permanente alegría de vivir y que desea compartirse con un número creciente de personas. Lo opuesto es una visión de los seres humanos como una plaga sobre la Tierra: que cuanto más numerosa sea la humanidad, más condenada estará al futuro de la guerra, enfermedad y catástrofe medioambiental, sin embargo un futuro más feliz se traduce en una menor población.

A nivel individual, por supuesto, es absurdo sacar conclusiones rígidas y rápidas sobre las prácticas religiosas o las actitudes humanísticas que se basan en la cantidad de retoños. Pero a nivel nacional, si la población falla a la hora de multiplicarse, parece seguro afirmar que las nociones religiosas de ser fecundos y del humanismo esperanzador escasean.

Se puede admirar a Putin y a líderes de su mismo parecer por su honestidad y determinación, pero al final, sus esfuerzos equivalen a apilar sacos de arena contra una alta marea creciente. No se puede hacer mucho hasta que la marea empiece a retroceder y cuando llega a ese punto, los esfuerzos sobran. Los países en declive demográfico tienen que redescubrir los valores del sacrificio y la esperanza. Y ésa es una tarea que va más allá de la capacidad de hasta el más amplio programa gubernamental.

Por Kevin Schmiesing (investigador del Centro de Investigación Académica del Instituto Acton. Es escritor prolífico de temas de pensamiento social católico y economía, autor del libro American Catholic Intellectuals, 1895-1955, Edwin Mellen Press, 2002, y su obra más reciente es: Within the Market Strife: American Catholic Economic Thought from Rerum Novarum to Vatican II, Lexington Books, 2004.

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 13 de julio de 2006

La caridad norteamericana ¿defrauda al fisco?

La caridad no siempre es una solución. y más cuando procede de fuentes gubernamentales. Posibles soluciones un problema muy antiguo.

La generosidad de los norteamericanos es una fuente constante de asombro. Con las donaciones a caridad llegando a 245.000 dólares al año, ni siquiera la reciente cadena de desastes –el tsunami asiático, los terremotos en Pakistán y los huracanes del Golfo– parece haber "cansado" a los donantes.

El Centro de Filantropía de la Universidad de Indiana estima que se donaron casi 5.000 millones para las campañas de ayuda de Katrina y el tsunami el año pasado, lo que supuso un estímulo para la donación filantrópica en general.

De modo que no dejó de ser sorprendente leer el artículo principal del número de invierno de 2005 del Stanford Social Innovation Review y enterarnos de que la filantropía norteamericana, ya fuese para programas educativos o proyectos diseñados para ayudar a los necesitados, está “defraudando” a los pobres. Hay más. Las donaciones caritativas son en realidad un “subsidio federal” que beneficia más a los más ricos que a los pobres, según su autor, Rob Reich. “El efecto de estos subsidios desiguales es el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, no sólo en educación sino también en otras áreas de la donación caritativa” escribía el autor.

Después de una larga exposición sobre los inciertos efectos “redistributivos” de la caridad, Reich concluye que “dada la evidencia presentada, la filantropía hace un trabajo tan malo canalizando el dinero a los necesitados que no sería difícil que el gobierno lo pudiese hacer mejor”.

Reich es un catedrático de Ciencias Políticas en Stanford y está afiliado al Center for Social Innovation. Por tanto, tiene amplias credenciales para ser calificado como experto en estos temas. Pero parece haber ignorado o malentendido algunas verdades obvias sobre la filantropía. Primero, un regalo de dinero o de artículos y la deducción fiscal resultante es sólo un subsidio del gobierno si usted cree que el dinero o los artículos pertenecían al gobierno en primer lugar. Además, la gente rica consigue una mayor deducción que la gente pobre porque la gente pobre no puede donar a las asociaciones benéficas: son pobres. Y, finalmente, la caridad privada funciona mucho más rápido, mejor y más cerca al problema. La evidencia de que el gobierno hace un triste papel ayudando a los necesitados está delante nuestro, donde quiera que miremos.

Puede que no muchos residentes de Luisiana lean el Social Innovation Review, pero no obstante algunos han llegado a unas conclusiones muy elaboradas sobre la ayuda del gobierno a los necesitados. Sus conclusiones fueron en realidad moldeadas por experiencias personales con los asistentes en ayuda del gobierno.

Una encuesta realizada por investigadores de la Louisiana State University, preguntó a los residentes del estado que evaluasen la efectividad de las organizaciones que cooperaron en la ayuda por el huracán escogiendo dentro de una escala del 1 al 10, siendo el 10 “muy efectivo”. Los grupos eclesiásticos de ayuda consiguieron la mejor marca: 8,1. Les seguían las ONGs, el Ejército de Salvación y organizaciones locales de la comunidad con 7,5. La Cruz Roja obtuvo un 7,4. El gobierno tuvo las más bajas puntuaciones según los residentes de Luisiana obteniendo el 5,3 con FEMA , el gobierno federal el 5,1 y los gobiernos estatales y locales el 4,6.

El verdadero problema con la “caridad” gubernamental es que el gobierno adopta un enfoque de talla única para el problema de la pobreza. Eso, realmente, es todo lo que puede hacer una burocracia. Las agencias gubernamentales no están diseñadas para entender circunstancias especiales o problemas personales. Y el gobierno definitivamente no esta equipado para suministrar una cobertura total en caso de grandes catástrofes como la de los huracanes de la costa del Golfo. El gobierno también pretende distribuir su ayuda de manera equitativa e igualitaria, una política errónea que acaba en derroche, fraude y corrupción.

Sólo esperen a que los auditores del gobierno empiecen a escarbar en ese programa del FEMA que puso a los evacuados del huracán en miles de habitaciones de hotel a lo largo y ancho del país, estando muchas de las habitaciones pagadas pero vacías. Sin duda, a las ONGs no se les da un pase libre para el derroche y el fraude. Las beneficencias y las organizaciones de ayuda que no lograron emplear sus donaciones de forma inteligente deberían tener que responder por ello. ¿Cuántas de esas tarjetas de crédito llenas de dinero que se dieron de forma indiscriminada a los evacuados han sido usadas para verdaderas necesidades?

Desde la declaración de la Guerra contra la Pobreza hasta la década de los 90, se fijó como objetivo para los programas contra la pobreza unos 5,4 billones de dólares del gobierno (es decir, de los contribuyentes). Los niveles de pobreza en 1990 fueron casi exactamente los mismos que los de 1960. Si las soluciones gubernamentales sirvieran de verdad para redistribuir la riqueza, seguramente que habría habido algún movimiento positivo en esos 30 años. Pero en realidad la gente no empezó a salir de la pobreza hasta que no se adoptaron políticas basadas en el paradigma de responsabilidad personal.

La evidencia histórica es muy clara: Los gobiernos hacen un mal trabajo aliviando la pobreza. Hacer que la justicia social sea el equivalente de la redistribución de la riqueza no es una idea nueva, pero sigue siendo una mala idea. Así es que dejemos de hablar sobre la generosidad gubernamental como la que “subsidia” la filantropía americana.

Karen Woods es Directora del Centro de Compasión Efectiva del Instituto Acton en Grand Rapids, Míchigan.

* Traducido por Miryam Lindberg del texto original en inglés

© Fundación Burke.

Casi 900.000 niños exterminados en España desde el 5 de julio de 1985 hasta el 17 de abril de 2004.

Los abortos legales realizados durante el periodo de la presidencia de Felipe González, desde el 5 de Julio de 1985 (sanción real) hasta el 5 de Mayo de 1996 (Toma de posesión de Aznar), fueron un total de 359.624.


Y los abortos legales realizados durante el periodo de José María Aznar, desde el 6 de Mayo de 1996 (Primer día de gobierno) hasta el 17 de Abril de 2004 (Toma de posesión de Rodríguez), sumaron 511.429.

(Fuente: Subdirección General de Promoción de la Salud y Epidemiología).

Pollos y conejos

SIEMPRE se me ha antojado entre redundante y rocambolesco que a la familia se la moteje de «tradicional». No me causaría mayor asombro si mañana entrara en un restaurante y, tras solicitar al camarero un guiso de conejo, éste me respondiese: «Perdone el señor, ¿se refiere a un conejo tradicional? Porque también podemos ofrecerle un conejo bípedo». «¿Y cómo han logrado obtener conejos bípedos? -preguntaría yo, sobresaltado ante la mención de tan portentosa quimera-. ¿Mediante manipulación genética?». «Oh, no señor -me respondería el camarero, con una sonrisita condescendiente-, son conejos criados del modo más natural: además de caminar sobre dos patas, tienen plumas en lugar de pelo y corona su cabeza una graciosa cresta». «Pero usted me está describiendo un pollo -le objetaría un tanto mosqueado al obsequioso camarero-. Y yo lo que deseo comer es conejo». «Creo que el señor no me ha entendido: existe un conejo tradicional, que hociquea y pega brinquitos; y existe un conejo bípedo, que se reproduce mediante huevos y come por el pico». «Que no, hombre, que no, que eso que usted llama conejo bípedo es un pollo de libro, un pollo de los de toda la vida, vamos», insistiría yo, entre divertido y exasperado. Ante lo cual, el camarero, herido en la víscera del orgullo y con ademán autoritario, me expulsaría del restaurante, murmurando: «Habráse visto, qué tío carca. ¡Pretender que los conejos tradicionales son los únicos que existen!».

 

Una impresión de desconcierto similar me golpea cuando oigo hablar de «familia tradicional», como una más de las posibles formas de familia. Uno puede entender que la gente se lo monte como le pete y pruebe las más imaginativas modalidades de combinación humana; uno puede entender incluso que, de resultas de algún trauma infantil o como consecuencia de una indigestión de pienso ideológico, llegue a aborrecer la familia. Pero que alguien que aborrece la familia desee usurpar su nombre ya requiere una explicación clínica. Yo, por ejemplo, aborrezco la gimnasia y me precio de no haber visitado en mi puñetera vida uno de esos quirófanos con olor a sobaco donde la gente mata su salud haciendo pesas y bicicleta ciclostática; pero cuando tengo que rellenar algún impreso oficial no se me ocurre poner en la casilla de la profesión «gimnasta de sofá». Tampoco pretendo concurrir en ninguna olimpiada, ni convencer a nadie de que mis confortables michelines, que tanto me abrigan en invierno, son en realidad músculos abdominales hiperdesarrollados. Digamos que acepto con plácida naturalidad que carezco de dotes gimnásticas; no entiendo por qué cierta gente que carece de dotes para fundar una familia pretende, en cambio, que la modalidad alternativa de combinación humana que escogen sea designada con el nombre que en realidad tanto detestan. Supongo que tanta terquedad obedece en el fondo a la supervivencia de un complejito; pero los complejitos, que merecen nuestra caridad, no pueden provocar el torcimiento del lenguaje. De una señora gorda podremos decir, por cortesía o sentido del humor, que está lozana, jamona o maciza; ponderar su esbeltez, en cambio, constituye un ejercicio de cinismo.

Y, salvo que juguemos al cinismo, hemos de reconocer que familia no existe más que una. Cuando decimos «familia tradicional» estamos formulando en realidad un pleonasmo, tan grotesco e hilarante como si dijéramos que después de comer nos gusta dar un «paseo pedestre». Pues «tradicional» viene del latín «traditio», que significa entrega, transmisión. No existe familia sin transmisión de vida, sin entrega de una generación a otra; y esa «traditio» se realiza mediante la unión permanente y fecunda de un hombre y una mujer que proyectan su fe en el futuro sobre una vida que los prolonga. Podemos jugar a torcer el lenguaje cuanto deseemos, podemos marear las palabras y someterlas a centrifugados y travestismos pintorescos; pero, por mucho que nos empeñemos, un pollo seguirá siendo un pollo, aunque lo envolvamos con una piel de conejo.

Por JUAN MANUEL DE PRADA.

ABC, 8 de Julio de 2006