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Políticamente... conservador

¿Guerra de sexos?

Hay 1.400 parejas gays casadas: faltan 98.600 para las previsiones del gobierno

Para aprobar el matrimonio gay, la prensa bombardeó con cifras absurdas; la realidad hoy las desmiente

Tenemos memoria y tenemos archivos: en septiembre de 2004, hace menos de 20 meses, la agencia EFE publicaba una nota en la que decía:  “serán beneficiados directos de la medida [de considerar matrimonio legal a la unión de dos personas del mismo sexo] unos 4 millones de ciudadanos españoles, que son, según los estudios disponibles que maneja el Gobierno, gays o lesbianas.”

¡Cuatro millones de personas!  Hasta el diario ABC repitió las cifras, ya que las daba EFE.  Y el rotativo pro-socialista EL PERIÓDICO DE CATALUNYA titulaba en portada ese mes de septiembre 2004:  "100.000 parejas gays se casarán con la nueva ley en los próximos 3 años". En el interior exponía una tabla con cifras: en España habría, se supone, 3 millones de gays, un 7,5 por ciento de la población 

Por su parte, EL PAÍS también exageraba, aunque con más moderación: decía que había censadas en España 14.000 parejas de hecho homosexuales.  

La realidad, un año después Ha pasado un año desde que se pueden registrar "matrimonios" homosexuales. Según el Ministerio de Justicia, son 1.400 las parejas que se han registrado como tales. También según el ministerio de justicia, 50 parejas han solicitado adoptar un niño.  Ha habido 416 bodas gays en Madrid, 250 en Barcelona, 135 en Valencia, 64 en Sevilla... 

¿Cuánto falta para las 100.000 en tres años que anunciaba en portada El Periódico? Fácil: faltan 98.600 bodas gays y sólo quedan dos años.Incluso si aceptáramos las cifras de los grupos gays que hablan de 3.000 "matrimonios" (dicen ellos que en registros no informatizados"), son una nota anecdótica en las estadísticas españolas, no las cien mil que decía la prensa. 

En ForumLibertas nos apostábamos 6.000 euros hace un año a que en 24 meses no habría ni 25.000 matrimonios homosexuales. Jugábamos sobre seguro, porque dábamos por supuesto que el Gobierno mentía. Nadie creyó al Gobierno, o al menos nadie quiso aceptar nuestra apuesta. 
 

Mientras tanto, en el contexto del Estatut, el activista gay Jordi Petit sigue apareciendo en los periódicos de Cataluña insistiendo en que los homosexuales son el 10% de la población. A base de repetir las mentiras, muchos se las creen. Por suerte, nos quedan los archivos y las cifras reales.  

Forum Libertas, 14 de junio de 2006

Gays y de derechas (1)

El 7 de junio el Senado de EEUU votó una nueva propuesta de prohibición constitucional del matrimonio entre personas del mismo sexo. La rechazó por 49 votos contra 48. Los partidarios de la prohibición se quedaron muy lejos de los 60 necesarios para la aprobación. Ni siquiera obtuvieron los 49 que preveían conseguir.

Entre los adversarios más notorios de la propuesta estuvieron los senadores demócratas Chuck Schumer y Hillary Clinton, representantes ambos de Nueva York y firmes baluarte, en este caso, del progresismo neoyorquino. Hillary Clinton calificó la propuesta de "descarada maquinación política". Pero no sólo los demócratas votaron en contra.

Dos eminentes republicanos: John McCain, siempre templado, y Arlen Specter (senador por Pensilvania y presidente de la Comisión de Justicia), también lo hicieron. Hace dos años, la misma propuesta de enmienda constitucional destinada a impedir el matrimonio gay salió derrotada por 48 contra 50. Arlen Specter votó entonces a favor. 

No parece haber dudas de por qué el Partido Republicano ha presentado otra vez una propuesta destinada a fracasar. Se trata de movilizar a una base republicana desconcertada ante la falta de rumbo de la derecha en el poder. Los republicanos se habrían arriesgado a una derrota segura con tal de asegurar a su electorado más ideologizado que permanecen firmes en algún punto de las convicciones que hace dos años les llevaron al poder.

La defensa de la familia y el matrimonio, el matrimonio a secas, resultan los mejores argumentos. Hay otro argumento más idealista, que sólo algunos se atreven a adelantar. En los últimos 20 años la tolerancia ante la homosexualidad y la integración de los homosexuales en la sociedad norteamericana han ido aumentando sin cesar. Todas las encuestas muestran una inequívoca tendencia a aceptar alguna clase de legalización de las uniones entre personas del mismo sexo. Según el Pew Research Center, avanza incluso la aceptación de la adopción por parejas homosexuales. Y una amplia mayoría rechaza el famoso principio de tolerancia a cambio de silencio impuesta a los homosexuales en el Ejército. Es muy posible, por tanto, que si los defensores del matrimonio no consiguen sacar adelante su famosa enmienda en los próximos años se encuentren con la imposibilidad total de hacerlo en un futuro no muy lejano. 

La posición de los demócratas, por otra parte, no es tan clara como a veces se quiere insinuar. En 2004 el único demócrata que se comprometió a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo fue Ted Kennedy, un hombre que desde hace mucho tiempo no tiene nada que perder, salvo algunos kilos. Hoy ocurre algo parecido. La tendencia de las encuestas está clara, pero si los republicanos logran reavivar el debate los demócratas se encontrarían en una encrucijada incómoda. Una cosa es la integración de la homosexualidad y otra el matrimonio entre personas del mismo sexo, que sigue siendo ampliamente rechazado. Los demócratas no quieren romper con el flanco progresista, alineado a favor del matrimonio, pero tampoco se pueden alejar de un electorado que sigue apegado al sentido común en esta cuestión. Así que los demócratas intentan escabullirse de un debate que puede perjudicarles en las elecciones de noviembre.

Por eso se ha podido decir, en respuesta a la expresión de Hillary Clinton, que el voto contra la prohibición es una "maquinación para proteger a los candidatos demócratas que vuelven a presentarse a las elecciones". 

El arranque del debate político sobre el matrimonio del mismo sexo se produjo en 2003. El Tribunal Supremo tenía que juzgar un caso interpuesto por dos varones condenados por prácticas homosexuales (consentidas y privadas) en virtud de la legislación vigente en el estado de Texas. La sentencia del Tribunal en este caso, conocido como Lawrence vs Texas, fue redactada por el juez Anthony Kennedy, que había sido nombrado por Reagan en 1988. Rechazó como anticonstitucional cualquier legislación contra la sodomía. 

La rotundidad de la argumentación del juez Kennedy en defensa de la "privacidad" evocaba el fundamento de la célebre sentencia por la que el Supremo legalizó el aborto en 1973. Y, como era de esperar, pronto hubo quien dio un paso más allá. Basándose en esos mismos argumentos, algunos tribunales estatales no se contentaron con declarar derogadas las leyes contra la sodomía (o la homosexualidad), sino que promulgaron la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo, como hizo el Supremo de Massachusetts. Aprovechando la oportunidad, algunos políticos, como el alcalde de San Francisco, aprovecharon para empezar a casar a parejas del mismo sexo sin autoridad ni base legal para hacerlo.

Varios líderes demócratas se apresuraron a distanciarse de una actitud que consideraban prematura y perjudicial, ante la proximidad de las elecciones.  Pero el debate estaba lanzado, y a lo grande, aunque el movimiento había partido en falso.

Era obvio que la sentencia del Supremo en el caso de Lawrence contra Texas no abría la puerta a la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo, y para evitar que los tribunales y los políticos progresistas se embalaran los movimientos de defensa de la familia, tanto conservadores como religiosos, así como el Partido Republicano, aprovecharon lo que quedaba de 2003 y 2004, hasta las elecciones presidenciales de noviembre, para impulsar una serie de iniciativas legislativas que obstaculizaran el matrimonio gay. Se dijo entonces que fue una iniciativa oportunista para crear una mayoría presidencial conservadora. Sin duda resultó un instrumento útil, pero la derecha se había limitado a responder a un impulso iniciado por los progresistas. Por otro lado, el movimiento era de fondo y articuló dos principios bien enraizados en la derecha norteamericana: la defensa de la familia y el matrimonio, por un lado, y la autonomía de los estados federales para legislar sobre cuestiones familiares, basada en el texto de la Constitución.

La derecha, en otras palabras, no sólo ha apelado a la tradición y a los valores e instituciones, como la familia, que fundamentan una sociedad libre; también ha apelado a la democracia. Las decisiones sobre legislación familiar corresponden a los estados (no al Gobierno central), y deben ser tomadas, tras el correspondiente debate público, por los representantes de la soberanía popular, no por los jueces. Así es como se ha llegado a la situación actual. Diecinueve estados han aprobado enmiendas constitucionales que protegen el matrimonio, mientras otros 26 tienen estatutos legales con el mismo objetivo. En las elecciones de noviembre de 2006 los electores de otros seis estados darán respuesta a cuestiones similares. 

Tal vez sin medir las consecuencias de lo que hacían, los progresistas del movimiento gay han suscitado un movimiento democrático que ha aclarado lo que los norteamericanos consideran matrimonio y lo que no. Y los conservadores, que confiaron en el debate, en la argumentación y en el voto, han ganado la batalla. 

Los hechos no ofrecen ninguna duda. Cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo se somete a votación democrática, la mayoría del electorado lo rechaza. ¿Por qué, entonces, el empeño de algunos republicanos, y en particular del presidente Bush, en seguir insistiendo en una enmienda constitucional? 

La razón es paradójica. Aparte de motivos coyunturales, como el intento de volver a movilizar unas bases desconcertadas y reunir una coalición disgregada, es el propio éxito de las iniciativas contra el matrimonio gay lo que en el fondo está impulsando a los representantes del Partido Republicano a centrarse en la reforma constitucional. 

Quienes están a favor del matrimonio gay saben que, por ahora, y probablemente por mucho tiempo, no tendrán oportunidad de sacarlo adelante mediante un debate democrático. La tentación es grande, por tanto, de conseguir su aprobación mediante sentencias judiciales. Al igual que el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo se ha convertido en una de esas guerras culturales que han definido el panorama político y moral de los Estados Unidos en los últimos años.

La trinchera progresista es tan honda, la posición tan radical, que muchos conservadores han hecho cuestión de principio evitar el matrimonio gay mediante una enmienda constitucional. La posición presenta un aspecto testimonial, de dramatismo excesivo, que no responde a la realidad de la situación en la derecha.  Y es que, a diferencia de otros textos constitucionales, la Constitución norteamericana tiene un carácter casi sagrado.

Una enmienda es un gesto de gran envergadura y ambición, que parece dar por supuesta la unanimidad de quienes la proponen. Pues bien, tal unanimidad no existe en cuanto a la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo. Más aún, la derecha norteamericana ha ido evolucionando hacia una pluralidad cada vez mayor, justamente a medida que la izquierda se ha ido dejando encerrar en la trampa del chantaje progresista a favor del matrimonio como única forma tolerable de legalizar las parejas homosexuales. 

Al principio de la gran revolución cultural de hace cuarenta años, la cuestión, obviamente, ni siquiera existía como tal. Al amparo del movimiento de los derechos civiles y las revueltas de los años 60, algunos grupos homosexuales, extremadamente minoritarios, empezaron a aparecer a la luz pública. Combinaban la necesidad del reconocimiento público de la condición homosexual con algunos elementos de retórica política identitaria, directamente inspiradas del movimiento contra la segregación racial. Pero mucho más que hacia el terreno político, el movimiento evolucionó entonces, y de forma acelerada, hacia un cambio drástico en las costumbres. Fueron los años de la salida a la luz del movimiento gay, y de una explosión vital a la que puso punto final la irrupción del sida. Con el sida se colapsó la utopía de permisividad, libertad absoluta y promiscuidad sexual de los años 70.

Su aparición coincidió con el triunfo del movimiento republicano y la llegada de Reagan a la presidencia. Parecía que la vuelta al poder de la derecha traía consigo el final de la era de libertad. En realidad, el sida obligó a una reflexión de fondo acerca de la libertad y la responsabilidad individual que la explosión emancipatoria de los años 70 había obviado. A Reagan se le reprochó entonces su silencio sobre la enfermedad, que pareció poco compasivo.

Pero la contradicción era mayor en el interior del movimiento gay, que estaba reivindicando al mismo tiempo dos posiciones: una mayor intervención del Gobierno para ayudar a los enfermos, financiar la investigación médica y prevenir el contagio y la abstención de ese mismo Gobierno en cuanto a las prácticas sexuales de la gente, lo que incluía no sólo evitar posiciones moralistas, sino evitar medidas restrictivas de salud pública, test obligatorios y cualquier tipo de puesta en cuarentena. 

Lejos de reducirse a la marginalidad, el debate sobre el sida se situó en el centro mismo de la vida pública norteamericana. Afectaba a los límites del papel del Gobierno y, más profundamente aún, a la capacidad misma de las instituciones y de la moral para sostener la promesa de felicidad implícita en la naturaleza de Estados Unidos. Lógicamente, el debate en la derecha se inició inmediatamente, y con consecuencias de largo alcance.

Los sectores más conservadores tendieron a ver en la epidemia una consecuencia de orden casi apocalíptico ante los excesos de la permisividad previa. Bill Buckley, creador de la National Review, figura eminente del conservadurismo reaganiano y enfant terrible de la derecha, no participaba de estas convicciones. Pero en vista de la resistencia del movimiento gay a cualquier medida de control, propuso en tono provocador que se tatuara a los portadores del virus. Era una forma de exigir que se asumieran responsabilidades individuales que muchos, entonces, se negaron a aceptar. 

De mucho más calado fue la posición que adoptó Charles Everett Koop, responsable de la Sanidad pública con Reagan. Everett Koop era conocido por sus posiciones conservadoras, en particular ante el aborto. Siempre consideró su legalización una auténtica catástrofe moral para su país. A petición de Reagan, redactó un informe para fijar la posición oficial acerca de la enfermedad.  La reflexión partía de la premisa fundamental de que el Gobierno no puede ni debe intentar imponer un determinado estilo de vida a la sociedad. A partir de ahí, Everett Koop deducía dos líneas de trabajo. Una, lo que el Gobierno debía hacer: por ejemplo, explicar que la mejor forma de evitar el contagio era la monogamia y la sinceridad, pero también informar para prevenir, sin excluir la educación sexual en las escuelas ni la difusión de la utilidad de los condones en las prácticas sexuales de riesgo.

La otra línea era lo que el Gobierno no debía hacer, como los análisis de sangre obligatorios (recomendaba los voluntarios), o adoptar medidas coercitivas. 

La posición de Everett Koop, muy criticada entre la Nueva Derecha, con los evangélicos de núcleo duro, fue bien acogida por un sector del movimiento gay. Dio la medida de hasta qué punto la derecha norteamericana, incluida la que podía llegar a considerar el sida como el resultado de un profundo desorden moral, estaba dispuesta a tomarse en serio los problemas planteados por la nueva sociedad surgida a partir de los años 60 y 70.

José María Marco 

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 13 de junio de 2006

DEL EFECTO DOMINÓ AL EFECTO BLINDAJE

MADRID, viernes, 9 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el análisis que ha presentado el profesor Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, en las páginas del periódico «El Mundo» (8 junio 2006)

El Senado de los Estados Unidos acaba de debatir una enmienda a la Constitución federal que define heterosexualmente el matrimonio. Aunque no haya sido aprobada, supone una manifestación más del reflejo defensivo que se está generando frente al modelo de matrimonio homosexual. Las pocas leyes que lo admiten están produciendo consecuencias importantes en el marco del Derecho internacional. Más en concreto, han desencadenado un débil efecto «dominó» y un potente efecto «blindaje». Por el primero, países alejados de esa preocupación han visto debatido el tema en sus campañas electorales, aunque con juicio negativo global. Es el caso de Chile, México, Perú y algunos países del Este. Pero el «efecto blindaje» ha sido más potente que el «efecto dominó». Un claro ejemplo es la serie de medidas legales orientadas a defender internacionalmente el matrimonio heterosexual. Tiende así a «globalizarse» una especie de «cordón sanitario» defensivo frente al minoritario modelo de matrimonio homosexual.


En los propios EE.UU, treinta y siete estados han promulgado leyes definiendo expresamente el matrimonio como «unión legal de un hombre y una mujer». Diecinueve de estas leyes han sido aprobadas por referéndum. Siguieron así el ejemplo de la Ley Clinton de Defensa del Matrimonio que, a efectos federales, sólo concede vida legal al matrimonio heterosexual. Como en algún estado aislado (Massachussetts), la judicatura ha declarado inconstitucional este modelo, toda otra serie de ellos – concretamente 19 - han introducido enmiendas a sus Constituciones proscribiendo el modelo de matrimonio homosexual. La media de los referendos populares en esos estados arroja una mayoría entre el 60-70% de votantes favorables al modelo de matrimonio heterosexual. Incluso los senadores que han votado contra la enmienda federal no se han manifestado favorables al matrimonio homosexual. Han votado en contra de una enmienda a la Constitución «porque entienden que el matrimonio es una cuestión de los estados». Por su parte, otras zonas anglosajonas están dando marcha atrás. Tanto los gobiernos de Canadá como de Australia anuncian su intención de anular las leyes sobre matrimonios homosexuales vigentes en zonas de esos países.

Latinoamérica ha reaccionado también mostrando su oposición al matrimonio homosexual. Por ejemplo, Honduras ha modificado su Constitución para definir el matrimonio como “unión legal de hombre y mujer”. Guatemala ha aprobado una ley que impide reconocer en el país a los matrimonios homosexuales celebrados en el extranjero. El Tribunal Constitucional de Costa Rica hace unos días ha declarado inconstitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo. Este mismo año, fui invitado por los Defensores del Pueblo mexicanos ( uno por estado, más el presidente de la Comisión federal de Derechos Humanos) para debatir este tema. Muy mayoritariamente - de izquierdas, derecha y centro – se mostraron adversos al matrimonio entre personas del mismo sexo. Algo similar está ocurriendo en las elecciones presidenciales de México. . Los candidatos peruanos - incluido el vencedor socialdemócrata Alan García - han manifestado opiniones parecidas. En fin, si estamos a sus declaraciones, la presidenta socialista Michelle Bachelet en Chile no parece muy partidaria de introducir el experimento.

El hecho de que en España el Tribunal Constitucional estudie la posible inconstitucionalidad de la aprobada ley de matrimonio homosexual no debe verse, pues, como algo excepcional. Probablemente es un reflejo interno de ese «efecto blindaje» que se observa externamente.
ZS06060910

Enmienda en defensa del matrimonio (con epílogo para españoles)

Mañana 7 de junio se vota en el Senado de EEUU una enmienda a la Constitución, la llamada “Enmienda del matrimonio”. Si prosperara, la norma fundamental norteamericana definiría el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, cerrando la puerta tanto a la poligamia como al matrimonio entre personas del mismo sexo.

 

Mañana 7 de junio se vota en el Senado de EEUU una enmienda a la Constitución, la llamada “Enmienda del matrimonio”. Si prosperara, la norma fundamental norteamericana definiría el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, cerrando la puerta tanto a la poligamia como al matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta propuesta ya fue votada en 2004, obteniendo sólo 48 de los 67 votos necesarios. En la votación de esta semana, no se espera que obtenga más de 52 votos. Normalmente, se aduce que este tipo de votaciones perdidas de antemano son una maniobra de los republicanos para dejar en evidencia a los demócratas, pues el radicalismo progre de éstos se encuentra a años luz de las convicciones del americano medio. Y, sin embargo, destacados líderes republicanos preferirían que este debate no se repitiera. De hecho, cuando el líder de los republicanos en el Senado, Bill Frist, preguntó a sus colegas si querían que planteara esta cuestión, ninguno manifestó tener prisa por repetir una votación que teóricamente perjudica al partido contrario, pues consideran que puede quitarles voto “de centro”. Incluso Laura Bush ha dicho que sería mejor dejar la defensa del matrimonio para otro momento. Por tanto, debe haber alguna explicación para que a pesar de todo se haya planteado esta enmienda precisamente en un año electoral como es este 2006. La clave la ofrece Fred Barnes, editor ejecutivo de The Weekly Standard, el semanario más influyente del mundo neocon. En un artículo aparecido la semana pasada, Barnes explica cómo Frist tomó esta decisión tras reunirse con Tony Perkins, directivo del Family Research Council, un think tank pro-familia con sede en Washington. En opinión de Perkins, el miedo de los políticos republicanos a perder votos “de centro” es completamente infundado, si nos atenemos a lo que está sucediendo en el conjunto del país. En cualquier Estado en que se ha sometido a referéndum la oposición al matrimonio homosexual, ésta ha sido aprobada por más del 70 por ciento de los votantes.  Además, subraya Perkins cómo ya no es suficiente para un político decir que está en contra del matrimonio homosexual, sino que debe demostrar hasta qué punto está dispuesto a evitar que los jueces lo impongan (debe recordarse que el matrimonio homosexual, al igual que el aborto, está siendo impuesto en EEUU gracias al activismo judicial). Una manera eficaz es votando la enmienda a la Constitución en defensa del matrimonio, enmienda que según una encuesta de Gallup es apoyada por dos tercios de la base republicana. Finalmente, Perkins hizo notar a Frist que la defensa del matrimonio tendrá una importancia capital a la hora de decidir la candidatura republicana en las presidenciales de 2008. Conocedor de las bases conservadoras que dieron la victoria a Bush en 2004, Perkins ha señalado que ningún político que vote en contra de esta enmienda puede aspirar a la candidatura por el Great Old Party. Como destaca Barnes, esto supone un gran problema para el Senador John McCain, uno de los precandidatos republicanos para 2008. Bien visto por los “centristas”, últimamente se ha escorado a la derecha en cuestiones como impuestos o aborto, consciente de que debe ganarse a la base conservadora del partido. McCain ya votó en contra de la enmienda en 2004, y el mes pasado anunció en la cadena Fox que volverá a hacerlo en esta ocasión. En una entrevista a dicha cadena, afirmó lo siguiente: “Votaré en contra porque creo firmemente, en primer lugar, en la santidad de la unión de un hombre y una mujer, pero también creo que esta decisión debe quedar en manos de los Estados”. Esta postura es considerada inaceptable por los activistas pro-familia. La razón está en que el activismo judicial no permite dejar esta cuestión a lo que decidan los electores en los Estados. Es un hecho que éstos apoyan la definición del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. Treinta y siete Estados han promulgado leyes que impiden el matrimonio homosexual, diecinueve de ellos por referéndum. El problema son los jueces, que están anulando estas leyes. En respuesta, líderes de diferentes confesiones religiosas han formado una Coalición por el Matrimonio, Coalición que está llamada a tener un papel relevante en futuras contiendas electorales. Surgida de una iniciativa del catedrático de Princeton Robert George (el intelectual conservador más importante en estos momentos), la Coalición agrupa a los ocho cardenales norteamericanos (sea cual sea su etiqueta, “conservador” o “liberal”), a obispos de la Iglesia Ortodoxa y a dirigentes de la Convención Baptista del Sur y de la Asociación Nacional Evangélica, así como a destacados mormones. Ayer, Bush recibió a una delegación de esta Coalición, y –a pesar de la opinión en contra de su mujer- expresó públicamente su apoyo a la enmienda. Parece, por tanto, que la cuestión del matrimonio formará parte de la agenda política de cara a las elecciones del próximo otoño, y por supuesto será un test eliminatorio para quien quiera aspirar a la nominación por el Partido Republicano de cara al 2008. Epílogo para españoles:Recientemente, Zapatero le echó en cara a Rajoy que el PP carece de principios, poniendo precisamente como ejemplo que una eventual mayoría popular no se atrevería a derogar el matrimonio homosexual. Puede que Zapatero tenga razón, a pesar de que cerca de un millón de españoles se manifestaron en defensa del matrimonio y la familia hace ahora un año. En los cálculos de Génova la derecha social es insuficiente para obtener la mayoría necesaria para gobernar. Pero también es cierto que sin ella, dicha mayoría es imposible. Los conservadores norteamericanos han hecho saber a sus representantes que hay temas innegociables. Mientras la derecha social española no haga lo mismo, será un voto cautivo, Rajoy mantendrá las leyes antifamilia de Zapatero y éste estará en lo cierto al decir que el partido que representa a la base social conservadora carece de principios. ¿De qué servirá, entonces, echar a los socialistas del Gobierno? Publicado en American Review por Pablo Nuevo
06-06-2006 

 

COSTA RICA RECHAZA EL “MATRIMONIO HOMOSEXUAL”.

La Sala (IV) Constitucional de la Corte Suprema de Costa Rica declaró inconstitucional, por 5 votos contra 2, al llamado matrimonio entre homosexuales, al rechazar un recurso que pretendía su legalización. La acción pro-homosexual fue presentada en septiembre de 2003, por el abogado Yashin Castrillo Fernández, por considerar “discriminatoria la limitación para que personas del mismo sexo contraigan matrimonio”.Los magistrados consideran que tal discriminación no existe pues el concepto de matrimonio que recoge la Constitución Política proviene, históricamente, de un contexto donde se entiende que es entre hombre y mujer.Luis Fernando Solano, presidente de la Sala IV, declaró que “no se tomaron en cuenta criterios religiosos, sino de cultura jurídica”. Sin embargo, no descartó que el tema de la unión pero no el del matrimonio entre homosexuales, deba tratarse en el parlamento para crear una un normativa específica para la “uniones de hecho”. Recordamos que el reconocimiento legal de las llamadas “uniones de hecho” es la primera etapa que suele conseguir el homosexualismo para que a la postre se reconozca el llamado “matrimonio homosexual”, como afirma el Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, (vid. NG 706).La reacción homosexualPor eso, deja que desear el comunicado del Poder Judicial que dice: "La mayoría de la Sala consideró que en realidad existe ausencia de una regulación normativa apropiada, que regule ese tipo de uniones, sobre todo si reunen condiciones de estabilidad y singularidad, porque un imperativo de seguridad jurídica, si no de justicia, lo hace necesario. Es el legislador el que debe plantearse la necesidad de regular, de la manera que estime conveniente, los vínculos o derechos". Como siempre el homosexualismo no se da por derrotado. Su abogado declaró, "hay que continuar. Vamos a seguir por la vía de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos porque la violación de los derechos humanos es evidente", dijo Castrillo.Como en otros países el Movimiento Diversidad de Costa Rica, que agrupa a homosexuales, lesbianas, travestis y transexuales, asegura que el diez por ciento de los 4,2 millones de costarricenses pertenece a esa comunidad, lo que es una exageración que de tanto repetirse podría darse por aceptada. Se trata de la misma maniobra propagandística de los abortistas, inventarse cifras e imponerlas en la opinión pública por la fuerza de la repetición, contando con la complicidad o el acriticismo de los medios.Fuentes: La Nación (Costa Rica); EFE 23/24-05.________________________________NOTICIAS GLOBALES es un boletín de noticias sobre temas que se relacionan con la PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y LA FAMILIA. Editor: Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja; E-mail: noticiasglobales@noticiasglobales.org ; http://www.noticiasglobales.org ; Año IX. Número 653, 24/06. Gacetilla nº 776. Buenos Aires, 26 mayo 2006 

Sin sexo y sin cultura

 “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. El ya viejo programa de Alfonso Guerra, formulado en los años 80, se está materializando ahora de forma silenciosa con los nuevos derechos que consagran los estatutos de autonomía. El blindaje de competencias, el sistema de financiación y las políticas lingüísticas nos tienen muy ocupados. No es para menos. Pero están pasando inadvertidos los modelos de convivencia auspiciados por los nuevos estatutos, que son auténticas constituciones. Merece la pena bucear en el texto del proyecto de reforma del Estatuto de Andalucía porque contiene algunas sorpresas. En el artículo 35, bajo el título Orientación sexual, se establece que “toda persona tiene derecho a que se respete su orientación sexual y su identidad de género”. El respeto a la orientación sexual de cada ciudadano es, sin duda, algo que una norma de referencia debe tutelar. Pero las tres últimas palabras del artículo van más allá y suponen una gran conquista de la ideología que durante las últimas décadas ha venido intentando destruir el valor de la diferencia sexual. La ideología del género teoriza que no hay sexos, que las fisonomías diferenciadas son un producto de las circunstancias. Cada persona, a través de opciones sucesivas, se adscribe a uno de los números géneros (homosexual, bisexual, heterosexual... la lista está siempre abierta). Es una concreción más de una cultura en la que el deseo de felicidad se expresa como una revuelta violenta contra la fisonomía con la que cada uno ha venido al mundo. La identidad que nos viene dada es, por fuerza, considerada algo malo y algo que nos limita, algo de lo que tenemos que librarnos. La única identidad que nos vale es la que podemos construir con nuestra voluntad. La revuelta contra la identidad sexual recibida tiene un paralelismo con el rechazo de la tradición cultural en la que se ha nacido. No se aceptan los valores de referencia en los que uno se ha criado, no se utilizan como punto de partida para desarrollar la personalidad de cada uno y para desarrollar un proyecto comunitario. En lugar de poner a prueba esa tradición, se relativiza a través de un multiculturalismo que confiere el mismo peso, es decir, ninguno, a todas las hipótesis. El artículo 37 del proyecto de Estatuto de Andalucía, el que define los principios rectores, establece que “los poderes de la Comunidad Autónoma orientarán sus políticas públicas para garantizar (…) la convivencia social, cultural y religiosa de todas las personas en Andalucía y el respeto a la diversidad cultural, de creencias y convicciones, fomentando las relaciones interculturales con pleno respeto a los valores y a los principios constitucionales”. Afortunadamente, no se ha introducido el término multiculturalidad. Es absolutamente necesario que se tutele el respeto a las creencias de todos. Pero sin haber formulado alguna referencia –como hizo Jefferson en la constitución estadounidense al consagrar el derecho a la felicidad-, es fácil que este precepto sirva para argumentar que todas las culturas tienen el mismo valor. Sin sexo y sin una cultura que sirva de hipótesis, el deseo de felicidad que Jefferson elevó a categoría constitucional fácilmente se extravía.  Fernando de Haro  Páginas Digital, 17 de mayo de 2006

PORNOGRAFÍA, MUJER Y REVOLUCIÓN

        Podemos decir que se ha generalizado el hecho de asociar pornografía con ser progresista o liberal, y el rechazo a la misma con conservadurismo moral. Que esto sea así, lógicamente, no es casualidad sino que responde a una estrategia con dos objetivos principalmente: uno de tipo ideológico que veremos a lo largo de este artículo, y otro económico pues la industria pornográfica produce miles de millones de beneficios al año, ocupando el tercer lugar después de la industria de armamento y el narcotráfico. Interesa, por lo tanto, que la pornografía esté bien vista y que se consuma, y tachar de mojigatos a sus detractores.         El contenido ideológico de la pornografía no viene a ser otro que convertir en fuente de placer la horrible explotación del hombre por el hombre, del fuerte sobre el débil, legitimando una forma jerárquica de entender la relación entre las personas. Veamos porqué esto es así.
En la pornografía los cuerpos, la sexualidad y así mismo las personas de los hombres y mujeres que aparecen sobre uno u otro soporte (revistas, películas, cd-room, ...) se convierten en mercancía disponible para la compra-venta, utilizable y desechable según los deseos del que paga. En el caso de la mujer además hay que decir que la relación entre sexos que aparece en la pornografía es profundamente misógino y violento contra las mujeres. Si la publicidad nos ha venido acostumbrando al consumo de la mujer como objeto, la pornografía nos muestra el aspecto de dominación sobre la mujer, cuyo sentido de existir es dar placer.         La mujer que se nos propone como ideal en la pornografía es la puta, es decir la que puede ser impunemente vejada sin derecho a reclamar nada. La propia palabra ya lo dice pues pornografía deriva del griego “porné”: descripción de las prostitutas y su oficio; ganado sexual, marrana. Aunque un poco mal sonante esta palabra que estamos empleando describe claramente la sexualidad que propone la pornografía: la puta, la esclava sexual, y por lo tanto el amo/a sexual. Como putas, las mujeres que nos muestra la pornografía estarán dispuestas a realizar cualquier acto sexual que el hombre, a veces incluso otra mujer, le pida, por muy humillante o violento que sea, y expresarán “libremente” el deseo de ser poseídas por su dueño.
        Los pornógrafos están especialmente interesados en demostrar que la mujer en cualquier momento, situación o estado, va a gozar con cualquiera de las prácticas sexuales a las que se la quiera someter. Con la gestualidad tan exagerada, que se hace hasta ridícula, los gemidos y gritos, el lenguaje empleado, las tomas fotográficas, ..., lo que quiere quedar muy claro es que la mujer y el hombre están disfrutando intensamente con una actividad sexual en la mayoría de los casos más propia de animales que de personas, restringiendo además la relación sexual plena a la imposición de la relación coital.         De esta manera la mujer que en la vida real no accede a las prácticas sexuales con las características anteriormente expuestas se tilda de estrecha y puritana, de reprimida, amargada, ..., algo imperdonable para el objeto-bien de consumo que es la mujer “liberada y moderna”.
        La pornografía escenifica sin pudor alguno comportamientos sexuales que podemos calificar sin tapujos como fascismo sexual. Establece una jerarquía implacable y clarísima acerca del valor de las personas según su sexo, raza, edad, condición económica,... Incluso la violencia y el sufrimiento físico es representado como una pantomima: el dolor de los protagonistas no es tal sino un vehículo hacia el placer; el sufrimiento no es sino un elemento de excitación sexual. Para mantener la novedad y no caer en el aburrimiento por la visión de las mismas prácticas sexuales los pornógrafos se esmeran en introducir nuevos alicientes en forma de mayor violencia y extravagancias: se introducen niños, animales, ..., como decía Alice Scwazer, directora de la revista feminista alemana “Emma”: “Ya no les basta con ponernos medias de red, escote y orejitas de conejo, ahora nos tienen que atar, torturar y matar”. Parece que lo último en pornografía es el llamado cine masacre, o kiddi porno, donde se filman violaciones con muertes reales, torturas reales, descuartizamientos reales, ..., es el siguiente paso lógico a la relación entre personas que se establece y potencia desde la pornografía más convencional.         Llegamos pues a la conclusión que ideológicamente lo que pretende la pornografía es colonizar el cuerpo y la mente de mujeres y hombres de manera que asuman como conductas normales aquellas de explotación, uso y abuso, entre personas en contra del reconocimiento de la dignidad que toda persona humana tiene por el mero hecho de serlo, en contra de poner, como diría el maestro Kant, a la persona como fin y no como medio.
        He leído de alguna asociación feminista que condena la pornografía que la causa de ella es la expresión de la sexualidad del hombre propia de una sociedad patriarcal. Creo que afirmar esto es quedarse cojo en el análisis y echar los perros a presa equivocada. La cuestión no es ya que se trate de hombres o mujeres pues en el fondo el ser hombre o mujer no deja de ser adjetivo de algo que lo supera y que es ser persona humana. La clave de la pornografía está en aquello que anida en el corazón de toda persona y de lo que ya el propio Pascal nos advertía en aquel debate sobre el amor propio, el amor de sí mismo, de moda entre los pensadores de su época y que se extendería a buena parte del S. XVIII. Pascal nos explicará que hay quienes aman sobre todo los placeres, como los epicúreos (el amor al sentido); los que aman sobre todo el conocimiento, como los academicistas, los aristotélicos o los cartesianos (el deseo de saber); y los que aman sobre todo la sabiduría, o la maestría (el deseo de dominar). Pascal refleja en esta idea tres tendencias que anidan en el corazón de todo hombre y toda mujer que podríamos reenunciar como el deseo de disfrutar y pasárselo lo mejor posible; el deseo de poseer, ya sea conocimiento, dinero, ...; y el deseo de ser el primero, de estar por encima de cualquier otro. En estas tres tendencias está la clave para entender no sólo el porqué de la pornografía sino también del expolio violento a los países empobrecidos, o la violencia doméstica, o las condiciones laborales precarias, o el asesinato del no nacido.         La pregunta de M. Foucault de si la liberación sexual no era una nueva forma de dominación-explotación de la población tiene una clara respuesta afirmativa en el caso de la pornografía. Al imperialismo económico le interesa una cultura en la que primen como valores sobre ningún otro el ser el primero, el pasarlo bien a toda costa, y poseer cuanto más mejor, una cultura en la que la explotación del hombre por el hombre se acepte sin cortapisas, una cultura en la que se respete como sacrosanto el poder de los más poderosos sobre los más débiles. La pornografía no hace sino alimentar este tipo de cultura. La duda planteada al principio de asociar pornografía con progresismo o conservadurismo queda resuelta a la luz de lo dicho. Aunque la progresía de este país la defienda en no pocas ocasiones como una forma de libertad, la pornografía no puede ser más conservadora, más vil, y más represora de la persona humana, sea ésta hombre o mujer, mujer o hombre, me da igual el orden.

        La pornografía huye de la utopía, es el camino fácil del que no se atreve a andar el camino del amor (el amor sólo es amor si es fiel), es el rancho del rebaño de Epicuro. Pero nosotros amamos la utopía por eso le decimos no sin cortapisas. ¿Somos conservadores? No, somos revolucionarios.

Frank Pavesa. Filósofo y escritor
www.solidaridad.net

El insaciable homosexualismo político

El movimiento gay ha elaborado un decálogo deontológico con el objetivo de cambiar todo el lenguaje cotidiano y acosar a quien piense distinto.El homosexualismo político que articula a una pequeña parte de los homosexuales de España, pero que posee una influencia descomunal en la sociedad y la política, ha lanzado una nueva ofensiva. Ya no basta con que sus organizaciones reciban del Gobierno, de las Comunidades Autónomas y de los grandes Ayuntamientos ayudas de tipo diverso que superan los 100 millones de euros, ni que España sea uno de los pocos países del mundo donde exista el matrimonio y la adopción homosexual, ni que la ley del divorcio se haya adaptado a la fragilidad de sus enlaces. Tampoco es suficiente que reciban ayudas específicas para introducir talleres sobre la “identidad sexual” en las escuelas. Todavía quieren más. Ahora se trata simplemente de suprimir el lenguaje. Han elaborado un “decálogo deontológico” para que se trate con respeto y dignidad a estos colectivos, lo cual está muy bien y lo compartimos. Lo grave del caso es que lo que entienden por tratar con dignidad consiste en lo siguiente:Suprimir la palabra homosexual, por considerarla que define una enfermedad (sic) y pide a los medios de comunicación que dejen de adoptar un punto de vista heterosexista. Lo cual debe ser algo difícil porque es evidente que el 98% de la población es heterosexual. En definitiva, lo que solicitan es que dejemos de ver las cosas desde nuestra condición de hombres y mujeres. Y eso no es pedir respeto, esto es reelaborar la condición humana.Suprimir una serie de expresiones muy arraigadas en el lenguaje cotidiano. Citan literalmente bollera, marimacho, marica, mariconada y curiosamente, dar por el culo. Es evidente que algunas de estas expresiones son insultos, o al menos no lo eran en su inicio y han alcanzado esta categoría, pero esto se podría aplicar a muchas otras palabras y a muchos otros grupos de la sociedad. El problema no es del lenguaje sino de la conciencia de quien lo utiliza. Y, más todavía, de la intencionalidad con la que lo emplea. La molestia que sienten por la expresión “dar por el culo” ya pertenece a otra categoría que no es la del insulto, porque en definitiva lo que hace es describir la práctica habitual entre los gays. Ellos se quejan en su decálogo de que esta expresión es utilizada en el sentido de degradar a alguien. Y niegan que sea esto así. Una vez más se muestra de esta manera como intentan imponer esta visión del mundo, porque es evidente que para un hombre que no sea homosexual esta es una práctica que el considera degradante en extremo. Que no se les asocie a situaciones truculentas. Es curioso que el colectivo mitificado por los medios de comunicación, -basta con observar que no hay serie de televisión que se precie sin que salga un homosexual sensible, inteligente y buena persona, rodeado de hombres heterosexuales malvados, histéricos y desequilibrados-, pida que no se les asocie al SIDA, el suicidio, la prostitución o la marginación. En realidad, lo que ya existe hoy es precisamente una autocensura de estos medios en el tratamiento de estas realidades. Es una evidencia que la prevalencia del SIDA en la población homosexual sigue siendo extraordinariamente más alta que en los heterosexuales, por mucho que haya crecido en estos últimos. Basta contemplar el número de casos y relacionarlo con su peso demográfico entorno al 3%, según el Instituto Nacional de Estadística o, también, la evidencia que su afectación del suicidio es mayor, así como que la prostitución masculina, muy reducida, está prácticamente en la mayoría de casos dirigida a la población gay. En el mismo sentido la violencia contra la pareja se ejerce en una proporción mucho más elevada, sobretodo entre los gays, en razón de dos factores comunes. El primero que la causa fundamental de violencia es la ruptura y, precisamente la inestabilidad es la característica de la pareja homosexual masculina. La otra, es que el gay está dotado de una componente hormonal donde la testosterona se halla presente y por consiguiente su reacción violenta es mucho más probable que en una mujer.No ser objetos de debate. Dicen que están cansado de que se debata sobre si pueden casarse o no, tener hijos o no, y suponemos que ahora se cansarán de que se les discuta este planteamiento, sin duda totalitario, que quieren imponer al pensamiento y a la libertad de expresión. Dicen que debe negarse la voz a todos los que tengan opiniones homófonas, lesbófobas y tránsfobas. Es decir, a cualquiera que critique la solución política adoptada sobre su matrimonio, la adopción, la enseñanza de la homosexualidad en la escuela o estas mismas propuestas. Como si esto fuera un dato jurídico normal. Dicen que la libertad de expresión tiene como límite los derechos humanos. Lo compartimos, pero el casarse, el adoptar niños, el recibir subvenciones muy por encima de su significación social, el considerar normal y generalizable la penetración anal, son cuestiones que evidentemente no solo podemos discutir, sino que además podemos rechazar porque no forman parte de ningún derecho humano.Y piden ser sujetos. Pero en los términos siguientes “no desde la necesidad de aceptación sino desde la fuerza”. Más claro el agua.

Lo más curioso del caso es que en esta ocasión los gays, lesbianas, con el añadido transexual se han olvidado de los bisexuales. ¿Esto también debe ser discriminación?

Forum Libertas, 8 de mayo de 2006