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‘Cartas a un joven español’: el ideario de Aznar para una España futura

‘Cartas a un joven español’: el ideario de Aznar para una España futura  

Aznar en compañía del famoso historiador británico Stanley Payne ha presentado ayer por la tarde su nuevo libro. Al igual que Sarkozy plasmó sus opiniones sobre como debería ser una nueva Francia en su libro “Testimonio”,  donde contaba sus propuestas políticas, Aznar ha querido plasmar los ideales que desearía arraigasen en una España futura de la mano de los jóvenes de hoy.

 

En el libro con 191 páginas y estructurado en torno a 17 capítulos (cartas), Aznar responde a las cartas que le dirige “un joven español” llamado Santiago, que no aparecen en el texto y que Aznar aprovecha para reflexionar sobre la libertad, la idea de España, el terrorismo, la educación o la familia.

 

“Querido Santiago: Como me hablas de España con una franqueza poco habitual, te voy a responder de la misma manera. En primer lugar, creo en una nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley. En segundo lugar, creo que España es, no sólo una nación, sino una de las grandes naciones del mundo”. España y Libertad son las dos ideas que predominan en el libro de Aznar.

 

Aznar retoma la defensa de un patriotismo sin complejos. Es necesario reconocer la realidad histórica, la de la España real, con lo malo, pero también con lo bueno. España se dio a sí misma un objetivo que la llevó a desempeñar un papel fundamental, primero en Europa y luego en América […]. Como españoles, en nada de esto hay algo de qué avergonzarnos. Posteriormente, esta gran tarea entró en crisis […]. Pero los españoles interiorizaron el fracaso como algo propio, inherente a su naturaleza. Llegaron a creer que España era un problema, no que España tenía problemas. […]. Y al hacerlo, agravamos los problemas de la nación […].

 

José María Aznar denuncia que existe “un cierto esnobismo muy propio de la izquierda española que le lleva a negar el hecho nacional”, como si “declararse español fuera de mal gusto” o los símbolos de la nación “pudieran estar o dejar de estar de moda”, lo que considera “una frivolidad”, denunciando la preocupante la tendencia” de la izquierda de “avergonzarse de España” y reclama que se contemple la historia “sin complejos”

 

Aznar asevera que ha sido la propia izquierda la que ha “interiorizado la leyenda negra” sobre la historia de España y la que “más la ha propagado irresponsablemente”, y señala que este rechazo “llega al extremo de unir los esfuerzos con aquellos que niegan la nacionalidad española en sus dos sentidos, el de la unidad y el de libertad”.

El ex presidente del Gobierno, que centra buena parte de su libro en la defensa de la libertad, sostiene que todo régimen dictatorial o totalitario “está condenado al fracaso”. Señala como enemigos de la libertad al fundamentalismo islámico radical, y al nacionalismo porque la reduce “a la libertad de la nación, del pueblo, de la colectividad”.

 

Aznar dedica dos capítulos del libro a la lucha contra el terrorismo, tanto al islamista como al separatista. Así, defiende que la batalla contra este fenómeno “tiene que ser total” y recalca que se debe vencer “en sus dos dimensiones: deteniendo a sus miembros y desmontando la ideología criminal en que se basan”.

 

Aznar es contundente: “quienes buscan vencer al terrorismo, lo vencen”, mientras que “quienes defienden la negociación con los asesinos piensan en el fondo que no se les puede vencer, y que por lo tanto se debe llegar a un acuerdo con ellos”. Cree que ese acuerdo “para contenerles” y “apaciguarles” es inútil porque “la contención ante una organización totalitaria ha fracasado siempre, y siempre ha terminado por reforzar al criminal”. “Por suerte, hasta 2004 las cosas se hicieron bien y espero que el apaciguamiento no nos haya hecho retroceder demasiado”. “Hay que ser optimistas, como lo fuimos en 1996 con el terrorismo de la banda ETA. Nadie pensaba entonces que fuera posible romper el espinazo de la banda mafiosa y terrorista y, en 2004, estaba ya prácticamente muerta”.

 

Minuto Digital, 6 de noviembre de 2007

España antes del odio

España antes del odio

A los 20 años se licenció en Derecho con matrícula de honor. A los 21 obtuvo el doctorado, con premio extraordinario. A los 22 ya era letrado del Ministerio de Gracia y Justicia. A los 23, abogado del Estado. A los 24 entró en política, de la mano de Antonio Maura, y a los 26 se convirtió en diputado por Orense. Con 32, y tras pasar por la Dirección General de la Administración, fue nombrado ministro de Hacienda. 

 

José Calvo Sotelo, uno de los políticos más influyentes y, a la vez, más desconocidos del siglo XX, fue precoz en todo, hasta en morir.

 

En la madrugada del lunes 13 de julio de 1936, un grupo de guardias de asalto capitaneados por el capitán Condés, un guardia civil de extrema izquierda que había sido apartado del cuerpo por unirse a la revolución del 34, se presentó en su casa de la calle Velázquez y se lo llevó preso. Tras un paseo bien breve, Luis Cuenca, pistolero socialista y escolta de Indalecio Prieto, le descerrajó dos tiros en la nuca.

 

El sábado de esa misma semana, el general Franco sublevó al ejército de África. La Guerra Civil había empezado.

 

Esta triste historia la conocemos, con excepción de las nuevas hornadas de estudiantes logsianos, casi todos los españoles. Calvo Sotelo, el aplicado estudiante, el joven político llamado a renovar la Monarquía alfonsina, el hombre-prodigio de la dictadura de Primo de Rivera, el rebelde con causa a quien se le prohibió entrar en España a pesar de haber sacado por dos veces acta de diputado, es un auténtico enigma.

 

Lo es porque desapareció del mapa en su momento justo de sazón. Y porque tanto a la izquierda como a la derecha sólo les ha interesado la última etapa de su vida, la de su trágica muerte. Bueno, a decir verdad, a la izquierda del pasado le interesó liquidarlo, y a la del presente ocultar ese capítulo vergonzoso y ruin; y qué mejor manera de hacerlo que ignorando a su protagonista.

 

La de Calvo Sotelo fue una biografía intensa, atada con cuerdas a la época que le tocó vivir; a unos años en que España viajó peligrosamente de la Restauración a la Dictadura, y de ahí a la República. Fue su muerte, precisamente, lo que marcó el fin de esta última y el inicio del capítulo más lamentable y bochornoso de nuestra historia. Es difícil concentrar tanto en tan poco.

 

José Rodríguez Labandeira, historiador de raza al que debo parte de mi incurable afición por la historia (fue uno de mis profesores en la universidad), se ha atrevido a roer un hueso que no está al alcance de cualquiera. Porque Calvo Sotelo es mucho más que el cliché ideológico que se ha distribuido al por mayor desde su asesinato. Es más, su final, por estúpido y cargado de odio, no quita ni pone un ápice de mérito a quien ya lo había hecho casi todo.

 

Nació a la política en los estertores de un sistema político, el de la Restauración, diseñado para durar por siempre pero que, apenas una generación después de haber sido alumbrado por los supervivientes del Sexenio, era un puchero podrido en el que se creía cada vez menos. El joven Calvo Sotelo, que bien podría haberse dedicado con gran provecho a la abogacía, o haber continuado la carrera judicial de su padre, se hizo maurista porque aborrecía lo peor de aquel régimen de compromiso.

 

Educado en la cultura del mérito y el esfuerzo, y tan empeñado en modernizar España como el más pelma de los regeneracionistas, no podía congeniar con aquel orden de cosas. Y Antonio Maura, el incombustible mallorquín que supo aunar en sí mismo las figuras de Cánovas y Sagasta, era la solución para los jóvenes de orden. Los que, yendo puntualmente cada domingo a misa, tenían lo que hoy se llama sensibilidad social, mientras soñaban con una democracia cristiana que aún no se había inventado.

 

Se hizo político, pues, por una cuestión de ideas, no por incapacidad para desempeñar otros menesteres, digamos, más honrados. Sólo por eso, en el país de los señoritingos con escaño y de los que se dedican a la cosa pública porque no valen para nada más, sería digno de ser recordado.

 

Entró en el Congreso de los Diputados en 1919, y en pocos años, y gracias a sus indudables dotes, llegó a ministro. Pero España ya no era la misma. Cuando en 1925 tomó posesión de la cartera de Hacienda, la Restauración era cosa del pasado y el Gobierno un asunto personal del general Miguel Primo de Rivera, dictador que, con "una letra a noventa días", se pasó siete años en la poltrona.

 

Al frente de Hacienda, Calvo Sotelo trató de poner el mismo orden que el general estaba imponiendo en la calle. En parte lo consiguió, aunque, justo es decirlo, con la receta equivocada. Fiel a su ideario de que más Estado es sinónimo de más prosperidad, se sacó de la manga monopolios como el del petróleo –que aún colea en la Guía Campsa que venden en las gasolineras–, intentó implantar algo parecido al IRPF y trató de reactivar la economía nacional mediante un ambicioso plan de obras públicas. Vamos, como cualquier socialista de los que creen que un país se moderniza con leyes y buenas intenciones...

 

Su país, que es el nuestro, más que modernizarse se volvió loco. Y la locura se lo llevó por delante. No merecía ese final, porque, aunque errado en lo sustancial, fue un hombre honesto, trabajador y brillante en casi todo lo que se propuso. Vivió España a fondo, la España previa al odio; o mejor dicho, la que, por la irresponsabilidad y fanatismo de sus líderes, acumuló el barro que no mucho después se transformó en lodo. Una España que no debiéramos olvidar nunca, ni a los que la poblaron. Calvo Sotelo, a su pesar, fue uno de ellos.

 

 

JOSÉ RODRÍGUEZ LABANDEIRA: ESPAÑA ANTES DEL ODIO. Claudia (Madrid), 2007, 518 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de octubre de 2007

WORLD WAR IV. THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. El guerrero feliz

WORLD WAR IV. THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. El guerrero feliz

Norman Podhoretz, padre –con Irving Kristol– del neoconservadurismo, acaba de cumplir 77 años, pero ni su compromiso en la batalla por las buenas ideas ha perdido vigor, ni sus obras han dejado de ser elocuentes, estar escritas con elegancia y albergar ideas llamativas.

Aunque hace tiempo que dejó la dirección de Commentary, sus ganas de influir en el debate político, cultural y estratégico le han llevado a ser el asesor internacional de Giuliani, que aspira a hacerse con la candidatura republicana para las presidenciales de 2008. Podhoretz ha defendido siempre la claridad moral, y con ésta su más reciente obra lo deja, otra vez, bien claro.

¿Quién pone nombre a las guerras? A decir verdad, no es una cuestión fácil de responder. Tradicionalmente han sido los historiadores, mucho después de que las armas hayan callado. Sólo unas cuantas personas, y sólo hacia el final de las hostilidades, empezaron a denominar al conflicto desencadenado en 1914 "Primera Guerra Mundial", frente al más común "Gran Guerra". Por lo que hace a la Segunda Guerra Mundial, tal denominación se adoptó casi de inmediato: la revista Time ya la empleaba para finales del año 39. En cuanto a la expresión "Guerra Fría", cabe señalar que, aunque la inspiró Churchill, quien la popularizó fue el periodista americano Walter Lippmann. Norman Podhoretz cree que la Guerra Fría puede ser considerada como la tercera de las globales, de ahí que defienda que la que estamos viviendo hoy día sea denominada "Cuarta Guerra Mundial". De ahí el título del libro que nos ocupa.

Todo esto puede parecer una cuestión nominalista, pero no es baladí, y tiene sus consecuencias políticas. En Estados Unidos está relativamente generalizada la sensación de que estamos en guerra; en Europa la situación es bien distinta: he aquí la explicación de la creciente brecha abierta entre ambas orillas del Atlántico desde el 11 de septiembre de 2001. Podhoretz es de los que piensan que, sin duda alguna, estamos en guerra: así lo han querido nuestros enemigos, a los que, por cierto, sólo se les podrá vencer con una mentalidad bélica.

Podhoretz concede un gran crédito a George W. Bush, a quien alaba, a pesar de los errores que haya cometido, no sólo por su coraje personal, sino por su sagacidad a la hora de elaborar la doctrina que guía la estrategia americana hoy en día. A Bush hay que reconocerle que ha cogido el toro por los cuernos. ¿Se imaginan lo que habría pasado si hubiera reaccionado al 11-S como reaccionó Bill Clinton ante el terrorismo durante sus ocho años de estancia en la Casa Blanca? Ese Bush clintoniano hubiera recurrido a la Interpol para buscar y capturar policialmente a Ben Laden y a los responsables de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono; y, de capturarlos, los habría llevado ante un tribunal para que fueran condenados y enviados a la cárcel.

Contra esta visión policial del terrorismo islamista es contra lo que lucha Norman Podhoretz en World War IV. Al Qaeda no es una criatura engendrada por un loco, sino una organización que responde a un movimiento ideológico mucho más amplio, denominado por unos (por ejemplo, Daniel Pipes) islam militante y por otros islam radical. Podhoretz, en cambio, prefiere el término islamofascismo, puesto en boga simultáneamente por Frank Gaffney (director del Centro para la Política de Seguridad) y James Woolsey (director de la CIA con Clinton y ahora impulsor del Comité para el Peligro Inminente). Podhoretz sabe que Al Qaeda no inventó la yihad, sino que más bien ocurrió lo contrario. Por eso, y aunque el acoso a los terroristas de la banda de Ben Laden esté dando sus frutos, plantea que ha de librarse una larga guerra contra las raíces del islamismo radical, contra la ideología que lo inspira; o sea, contra el islamofascismo.

El libro de Podhoretz está excepcionalmente bien construido en sus tesis y argumentaciones, pero su punto más débil es precisamente éste, el del islamofascismo, pues se trata de un concepto que sólo puede justificarse, desde mi punto de vista, como un ejercicio de mera propaganda. Aunque hay elementos comunes, creo que hay más puntos de divergencia entre las teorías de Hitler y Mussolini y el wahabismo de lo que dicho término tiende a sugerir. Sea como fuere, no cabe duda de que hace referencia a un movimiento totalitario.

Podhoretz realiza una auténtica proeza intelectual en esta obra que no llega a las 250 páginas. No sólo deja muy claro por qué estamos en guerra, sino que ilumina su recorrido. El 11-S no sería el comienzo, sino tan solo un punto, tal vez cimero, de un camino más amplio y que arranca en los años 80, cuando el islamismo golpeó sistemáticamente a América y al resto del mundo occidental sin encontrar respuesta contundente alguna; más bien se encontró con todo lo contrario, con apaciguamientos y huidas (como en el Líbano en el 83).

Juntando todos esos puntos históricos es como la estrategia de Ben Laden cobra todo su sentido. Si se atrevió a atacar directamente suelo americano fue por dos poderosas razones: en primer lugar, porque –tal y como declaró a la CNN en 1997– la idea de superpotencia se hizo añicos con la derrota de la URSS en Afganistán: con la ayuda de Alá, sus mujaidines podían alcanzar cualquier meta, como, por ejemplo, la instauración de un nuevo Califato; en segundo lugar, porque veía en Estados Unidos un tigre de papel, un país liderado por personalidades profundamente cobardes. ¿Cómo, si no, explicar la falta de reacción ante la plétora de atentados contra ciudadanos e intereses norteamericanos? En 2001, Ben Laden creía que podía doblegar a América. Por eso atacó. La frase de Donald Rumsfeld de que "la debilidad y no la fortaleza es lo que incita la agresión" no puede ser más cierta cuando se habla de los yihadistas.

Podhoretz nos se contenta con explicar el pasado y arrojar luz sobre la confusión moral que caracteriza a los debates políticos de hoy en día. También se plantea dilucidar la forma de prevalecer y de ganar esta cuarta guerra mundial, que pasa por aplicar la Doctrina Bush hasta sus últimas consecuencias. Es digna de leerse su argumentación a favor de la intervención en Irak como frente o parte de la guerra global contra el terror. Posiblemente nadie lo haya dicho mejor en todo este tiempo. Desde luego, no la Administración americana. Incluso los más recalcitrantes detractores de esa acción militar comprenderán ahora que el progreso en la batalla contra el yihadismo/islamofascismo no hubiera sido posible con un Sadam Husein plácidamente instalado en su palacio de Bagdad, con o sin armas nucleares.

Nuestro autor es un firme partidario de la transformación del Medio Oriente y de la expansión de la democracia en esa zona. Al ser la teocracia y la falta de libertad, y no la pobreza o nuestras políticas exteriores, los caldos de cultivo de los terroristas, se trata de su libertad o nuestra destrucción, por emplear la frase de Bernard Lewis. Ahora bien, Podhoretz no es ningún ingenuo, y desmonta con celeridad y precisión las múltiples críticas vertidas contra los neoconservadores por querer promover la democracia a golpe de bayoneta. Sabe muy bien que una democracia no se hace sólo con elecciones libres, sino que su funcionamiento exige todo un entramado institucional y el desarrollo de una cultura cívica, lo cual exige a su vez unas condiciones de seguridad que sólo el ejército puede garantizar bajo determinadas circunstancias. Pero él ve muy bien que precisamente por eso, porque en Irak se están plantando las semillas para que germine todo ello, los enemigos de la libertad han fijado su atención en tal país. No pueden consentir que la democracia eche raíces allí. Sería su final.

Es posible que las ideas de Podhoretz no resulten una gran novedad para quien le siga con asiduidad. Basta echar un vitazo al archivo de Commentary desde 2001 para ver su evolución en este tema, desde su artículo de febrero de 2002 "How to Win World War IV" hasta el más reciente de "The War Against World War IV", pasando por su célebre "World War IV: How It Started, What It Means, and Why We Have to Win", de 2004. Pero este libro tiene una gran virtud: no es un compendio de artículos deslavazados, sino un texto nuevo, más elaborado y profundo. Y, sobre todo, pertinente.

Ahora que los alemanes comienzan a darse cuenta de la amenaza del yihadismo sobre Europa, ahora que los franceses se ponen más serios con el programa nuclear iraní, dar sentido a acontecimientos que muchos querían ver como inconexos es una gran labor pedagógica. Y la prosa incisiva de Norman Podhorez lo vuelve un verdadero placer para el lector.


NORMAN PODHORETZ: WORLD WAR IV: THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. Doubleday (Nueva York), 2007, 240 páginas.

Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital, suplementos Libros, 21 de septiembre de 2007

Libertad Digital y los neocon

Libertad Digital y los neocon Desconfiamos del poder, de derechas, de centro y de izquierda. Creemos que el poder corrompe. Porque somos humanos, los políticos y nosotros.  Presentación del libro "Qué piensan los neocon españoles", escrito por los analistas del GEES.

 

El grupo directivo de GEES ha tenido la amabilidad de invitarme a la presentación de un libro singular en España, que versa nada menos que sobre los neocon. En Estados Unidos, donde nacieron, son mayoritariamente de origen judío y pasaron por la izquierda radical y el Partido Demócrata antes de terminar siendo neoconservadores. Se definen por su posición en política exterior, que consideran que debe hacerse desde la realidad, pero con principios liberales y –ésta es la diferencia significativa– sin renunciar a defender en todos los países, en todas las circunstancias, los mismos derechos humanos para todos. Y en esto no son liberales clásicos, que tienden al aislacionismo y a no intervenir fuera de su país, porque consideran que la globalización ha hecho desaparecer muchas de las fronteras.

 

En su invitación me hicieron patente que querían que hablara, como presidente de Libertad Digital, de cómo se desarrolla, en la España de hoy, un proyecto liberal conservador en un momento histórico en el que el Gobierno vive obsesionado por la Segunda República y la Guerra Civil, y propicia la ruptura de España como Estado mediante el enfrentamiento entre lo que fue el bando formado por la izquierda y los nacionalistas durante la guerra y el resto de España. Y esto lo hace por más que los españoles no se sientan divididos en torno a esas facciones y hayan dado por superado ese trauma en una larga y difícil transición, que durante unos años ha sido un ejemplo para muchos países que lograron sacudirse regímenes dictatoriales.

 

Me siento especialmente orgulloso de haber servido de lazo de unión entre GEES y Libertad Digital y de que en nuestro periódico contemos con la presencia diaria de GEES, con los mejores análisis que se hacen en España sobre política exterior y de seguridad, tanto sobre la de España como sobre la de todo el mundo que, por otra parte, cada vez repercute más también en España, porque la globalización es auténtica, no sólo en lo económico, sino en lo político y en lo relativo a defensa y al propio terrorismo. Ambos, Libertad Digital y GEES, nos complementamos y beneficiamos con nuestra colaboración.

 

Permítanme, para hacer caso al encargo que he recibido, algunas consideraciones sobre Libertad Digital. Hoy nuestro periódico tiene 1,5 millones de usuarios únicos al mes y cerca de 1,3 millones de visitas diarias durante el mes de febrero de 2007, el último sobre el que tengo datos de OJD.

 

Hemos comenzado a emitir nuestra programación en Libertad Digital Televisión en el ámbito de la Comunidad de Madrid. En los dos próximos meses lo haremos en Valencia y Murcia. Y esperamos que pronto se nos pueda ver en toda España a través de satélite, el cable y los hilos de cobre telefónico.

 

Nuestro objetivo sigue siendo el mismo que cuando comenzamos en el año 2000, poder informar y opinar, desde una perspectiva liberal-conservadora, sobre España y el resto del mundo.

 

Las dificultades que afrontamos

 

GEES existe desde hace 20 años y Libertad Digital desde hace sólo 7, pero la mayoría de los que participamos en ambos proyectos hace todavía muchos más años que defendemos esas ideas a nivel personal y a través de otros medios de comunicación. Son dos proyectos que era casi imposible que salieran adelante y, sin embargo, lo lograron. He intentado sistematizar las dificultades de los proyectos liberal-conservadores en cinco puntos:

 

Desconfiamos del poder, de derechas, de centro y de izquierda. Creemos que el poder corrompe. Porque somos humanos, los políticos y nosotros. A nosotros también nos corrompe el poder mediático cuando lo tenemos, pero somos muchos en cada uno de nuestros medios, somos distintos y firmamos artículos con tesis diferentes, lo que nos protege de nosotros mismos. Y, por esencia, no hay ningún poder supremo unificador. Somos, en esto, todos, liberales. Pero algo es claro, desconfiamos del poder y el poder desconfía de nosotros.

En España, al menos hasta hace unos pocos años, había pocas fortunas personales y pocas empresas grandes, que son las que en los países anglosajones han financiado proyectos como los nuestros. Y esos grupos grandes eran, y son, conscientes del enorme poder de intervención de los poderes de turno. Una financiación de proyectos como los nuestros podía poner en riesgo las propias empresas y el futuro familiar. El temor invitaba a la prudencia.

Las grandes empresas sí han financiado muchos proyectos de fundaciones, incluso políticas, además de las culturales, educativas o benéficas. Pero siempre acudiendo donde los gobiernos les decían que debían hacerlo. Por lo que tampoco tenían fondos sobrantes para intentar aventuras. Aventuras peligrosas, por otra parte.

Los partidos políticos más próximos a nuestra ideología, en nuestro caso el PP, también desconfían de nuestros proyectos por dos motivos diferentes: el primero, para evitar verse condicionados por las opiniones vertidas en nuestros medios, y el segundo, por temor a que nos convirtiéramos en plataformas de lanzamiento de otros políticos o incluso de otros partidos.

En España la tradición es que los proyectos ideológicos los financie la administración. El que la iniciativa de la sociedad civil pueda financiar algún proyecto ideológico sin contar con las administraciones públicas ha sido una rareza. Al margen, por supuesto, del protagonismo que siempre ha tenido y continúa teniendo, la Iglesia Católica.

Razones para un cambio

 

Pero aquí estamos, y estamos porque ese panorama ha cambiado en parte. Y se me ocurren varias causas que explican el cambio. Vaya por delante que creo que en la historia de la humanidad, de los países y de las sociedades es fundamental la influencia de las personas. Creo en la "nariz de Cleopatra" como motor de la historia antes que en las fuerzas ineluctables del supuesto progreso de la humanidad. Pero analicemos esos cambios y esas nuevas condiciones:

 

La generosidad de un grupo de españoles, que han decidido defender los valores de la libertad y el Estado de Derecho, incluso en contra de sus intereses económicos y sociales. Como José María Aznar, que a pesar de las críticas que desde Libertad Digital, por ejemplo, se le hicieron cuando fue presidente del Gobierno, unas creo que justificadas y otras equivocadas, nos ha ayudado y defendido ante propios y extraños, animando a todos a que nos apoyaran. Como Federico Jiménez Losantos, que ha sido el máximo impulsor de nuestro proyecto, sacrificando otras mejores alternativas económicas o proyectos más personales o exclusivos. O como la mayoría de nuestros colaboradores, que reciben económicamente menos de lo que merecen sus esfuerzos.

El triunfo de Internet. Más accesible. Más barato. Y aquí los que apostamos por la libertad, al menos en España, hemos ganado –por ahora– la partida a los que defienden otras alternativas.

Porque la sociedad española tiene más recursos económicos y más independencia que nunca antes en la historia. Y son muchos los que están dispuestos a ayudar si encuentran el cauce adecuado. Y el cauce tiene que ser, todavía, para muchos, anónimo o discreto, porque el temor al poder político sigue siendo enorme.

Porque ni Libertad Digital ni GEES hacemos política de partido. Hacemos política. Pero no participamos en confrontaciones internas. Y cuando tomamos partido lo hacemos no por razones personales, sino ideológicas.

Porque nosotros, con excepciones bien concretas y justificadas, no somos ni queremos ser políticos en activo. Ese cáliz amargo lo dejamos para los que se sientan capaces de beberlo.

Y, quizá determinante en este momento, España, como Estado, está en peligro. Está en peligro el Estado de Derecho y la Constitución.  Y ésos son los valores que nosotros defendemos, porque son la garantía de nuestra libertad individual. Y eso ha sido definitivo para que muchos españoles se hayan decidido a apoyarnos económicamente. Libertad Digital tiene en estos momentos alrededor de mil accionistas. Pero si necesitáramos más fondos y planteáramos una ampliación de capital a través de una Oferta Pública de Venta creo que, en estos momentos, serían muchos miles más los que nos apoyarían.

En conclusión, el panorama ha cambiado, y son muchos los españoles que quieren participar en proyectos como los nuestros. Pero necesitamos alcanzar un tamaño lo suficientemente grande como para poder dirigirnos a los españoles como inversores, en lugar de buscar sólo, o principalmente, el apoyo de las empresas, o de las grandes fortunas personales.

 

Y a todos esos españoles necesitamos demostrarles que somos capaces de gestionar, ordenadamente y con austeridad, unos proyectos que necesitan la forma de la sociedad anónima, para que su participación, como accionistas, se encauce de acuerdo con cánones conocidos y probados y que de esa forma aseguren, primero, el objeto social de esa empresa, que es una empresa con ideología; en segundo lugar, su equilibrio económico; y en tercero y último, su permanencia en el tiempo.

 

Alberto Recarte

Libertad Digital, 23 de marzo de 2007

Neocons

Neocons

De un tiempo a esta parte el término neocon (o neoconservador) se ha hecho común en el debate político. Se utiliza siempre como un insulto y con el ánimo de deslegitimar a quien se quiere ofender. Según nos dicen, es cosa de cábalas, lógicamente protagonizadas por judíos, en las que el culto a la guerra es sólo comparable a no sabemos cuántas cosas más. Con mucho, donde más uso se hace de él es en el entorno de Prisa.

 

Estos cachorros de falangistas se trasformaron en marxistas tras una ardua e intensa lectura de uno de los estudios filosóficos más interesantes de la segunda mitad del siglo XX, la breve introducción de Marta Harnecker al marxismo Los conceptos elementales del materialismo histórico. Caído el Muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, tuvieron que buscar mejor cobijo ideológico y, con la misma intensidad intelectual y el mismo compromiso ético, se reconvirtieron en progresistas, una corriente amorfa carente de un programa positivo pero siempre dispuesta a atacar cualquier escuela liberal-conservadora. Con el mismo rigor con que se hicieron marxistas y luego se transformaron en progres critican hoy el neoconservadurismo.

 

Los denominados neocons normalmente no se reconocen a sí mismos bajo este título y no se sienten parte de un grupo. Sin embargo, de hecho lo son. No aspiraban a crear una escuela de pensamiento; sencillamente, defendían sus posiciones en las batallas culturales que han caracterizado la historia reciente de Estados Unidos. Son, por encima de todo, un fenómeno norteamericano, una expresión de la fractura interna del Partido Demócrata tras la crisis moral producida por la guerra de Vietnam.

 

Después del ascenso de McGovern, y la consiguiente derrota de Jackson, los demócratas iniciaron una nueva etapa de su historia caracterizada por el relativismo moral, las políticas de discriminación positiva y las estrategias de apaciguamiento. Con el giro a la izquierda, un importante núcleo de intelectuales decidió marcar distancias y, finalmente, instalarse entre los republicanos. Algunos se quedaron, como el ya difunto senador Moynihan, que cedió su asiento en el Senado a Hillary Clinton, o el también senador Liberman. Otros, la mayoría, se incorporaron al Partido Republicano de la mano del también ex demócrata Ronald Reagan.

 

Son varios los libros que el lector puede encontrar en los anaqueles de la librerías anglosajonas sobre el fenómeno neoconservador. El último de ellos es del joven historiador británico Douglas Murray, de apenas 27 años. Su libro no es mucho mejor que algunos de sus precedentes, pero tiene unas características que lo hacen especialmente atractivo para el público español o en lengua española. Murray no ha participado en las citadas guerras culturales, escribe desde Europa, con un trasfondo histórico e ideológico bien distinto, y además lo hace desde una generación que irrumpe ahora en la vida pública. Con Murray el neoconservadurismo se hace más asequible y fácil de entender para alguien que no sea norteamericano. Tanto en su dimensión histórica como de actualidad.

 

Dejando a un lado episodios concretos de interés limitado para un europeo, Murray se centra en los aspectos fundamentales, enmarcándolos en un trasfondo histórico suficiente, sin agobiar al lector con citas y datos. El eje es la tensión entre Derecho Natural y Derecho Positivo, con su inevitable corolario en el debate sobre el relativismo moral. De lo general se pasa a lo particular, a sus efectos en educación, integración, bienestar o política exterior.

 

Esa perspectiva europea implica una continua reflexión sobre la validez de los postulados de esta escuela para el Viejo Continente. A la pregunta de qué es un neocon, Richard Perle contestó en Madrid, ante una audiencia de universitarios, que no era otra cosa que un clásico liberal-conservador. La respuesta implicaba, una vez más, el rechazo a la palabreja. No quieren ser vistos como un grupo, sino como parte de una corriente mucho más amplia. Pero hay que reconocer que la equiparación con el término liberal-conservador es insuficiente.

 

Tanto en la tradición política norteamericana como en la europea ha habido liberal-conservadores amorales, inmorales y morales. La aportación básica de la escuela neoconservadora es, precisamente, el carácter moral que imponen a cada acto, como expresión de los valores de la democracia. Ese compromiso siempre ha existido en Europa y ha estado presente en los partidos de esta tendencia, aunque sólo como una actitud política más. En ese sentido, Perle tenía razón. Como ha señalado en alguna ocasión Manuel Coma, un neocon es un "realista" con principios.

 

La escuela neoconservadora es profundamente europea, y sus postulados no pueden extrañar a nadie que tenga una cierta formación en nuestra propia historia. En el Viejo Continente prima hoy el relativismo, y de ahí los problemas que padecemos. La experiencia de nuestros equivalentes norteamericanos nos puede ser de gran utilidad para afrontar los retos que tenemos ante nuestros ojos y que no podemos obviar.

 

 Por Florentino Portero

 

DOUGLAS MURRAY: NEOCONSERVATISM. WHY WE NEED IT. Encounter Books (Nueva York), 2006; 247 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 23 de noviembre de 2006

MEMORIA DEL TERROR SOVIÉTICO. El hombre que eligió la esclavitud

MEMORIA DEL TERROR SOVIÉTICO. El hombre que eligió la esclavitud (Para Rosana). Mi primer recuerdo de Valentín González proviene de las Convulsiones de España de Indalecio Prieto, otro testimonio que convendría "redescubrir, reeditar y repensar". Allí se denuncia, por boca de el Campesino, la maniobra de los agentes soviéticos para sacar al socialista del Gobierno. No dudaron entonces en sacrificar tanto Teruel como al legendario combatiente comunista, quien ya en esas fechas había dado muestras de rebeldía contra los enviados de Stalin. 

 

Las referencias épicas al Campesino en la bibliografía sobre la Guerra Civil y las enigmáticas menciones a su rebelión contra Líster durante su exilio en la URSS proporcionan a su biografía un aire de acertijo que reclama ser resuelto. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué las fotografías de este simpático barbudo de jersey grueso y rostro afilado iban siempre acompañadas de una arcana mención a su posterior ruptura con el PCE?

 

El interés histórico y literario despertado por el Campesino es el tema del prólogo de Federico Jiménez Losantos a esta reedición de Vida y muerte en la URSS (1950). Entre otras cosas, FJL revela su propia fascinación por el personaje, de quien Solzhenitsyn había hecho mención en Archipiélgago Gulag y cuya leyenda habría inspirado una novela a un preso político. La introducción subraya, además, el misterio que rodea a algunos capítulos de la vida de Valentín González.

 

En tal contexto, la narración de los diez años que este comunista pasó en la Unión Soviética, su paso por la Lubianka, el Gulag y los horrores que describe sorprenderán a quien se acerque por primera vez a una obra de denuncia del terror soviético. Incluso cabría preguntarse si todo lo aquí relatado es cierto. Sin embargo, basta un somero repaso a las investigaciones publicadas en las últimas décadas, y reseñadas en la primera parte de El libro negro del comunismo (1997), para darse cuenta de que el Campesino no exageró. Y si a esto le sumamos las obras de Solzhenitsyn, Robert Conquest y Robert Service, redescubiertas para el gran público gracias al magistral Koba el Temible (2003) de Martin Amis, el veredicto no puede ser otro que la confirmación de la veracidad de todo lo denunciado por Valentín González, que por otra parte ya se anunciaba en el profético Mi viaje a la Rusia soviética (1921) del socialista Fernando de los Ríos.

 

No sólo en Europa, también en los EEUU se produjo una sorprendente labor de ocultación de las miserias del "socialismo real", por parte de compañeros de viaje y palomas troyanas. También allá hubo un Proceso Kravchenko, el protagonizado por la revista The Nation, a la sazón dirigida por el republicano español Álvarez del Vayo, contra su antiguo editor artístico, Clement Greenberg, tras denunciar éste el sesgo prosoviético de la publicación. Mientras tanto, y a pocos metros de distancia, Commentary, la revista editada por el American Jewish Committee, denunciaba las atrocidades bolcheviques en unos conmovedores y epatantes textos hoy tristemente olvidados. 

 

A estos y otros acontecimientos parece aludir el Campesino cuando clama, en el párrafo final de sus memorias, contra los escépticos, cuya actitud equivale, "de hecho, a una complicidad, porque el Kremlin y su quinta columna lo explotan hábilmente para enmascarar su política, desencadenar sus agresiones y preparar su dominación mundial".

 

Nada de lo contado por el Campesino es nuevo. Con la excepción del barojiano relato de sus infructuosos intentos de huida de la URSS a través de la frontera con Irán, todo había sido destapado por otros. Sin embargo, para el neófito en bolchevismo estas memorias constituyen una valiosísima aproximación a algunos de los más terribles mecanismos del terror rojo; entre ellos, los célebres lavados de cerebro llevados a cabo en la Lubianka, la atmósfera de delación y espionaje a que la temible NKVD sometió al pueblo ruso y la auténtica ley de la jungla imperante en la Unión Soviética, una sociedad de castas en la que el bandidismo fue para muchos el único recurso para sobrevivir. Y, subyacente a estos y otros asuntos, como el genocidio en el Báltico, Ucrania y el  Cáucaso, y el Gulag y sus "¡veintitrés millones de esclavos!", el frío y despasionado rigor burocrático con que todo esto se llevó a cabo, algo que incluso hoy en día muchos confunden con un supuesto "alto rendimiento" del sistema político soviético.

                       

Asimismo, el énfasis de el Campesino en la situación de sumisión de la mujer, obligada a menudo a recurrir a la prostitución como medio de subsistencia, derriba uno de los últimos mitos sobre el bolchevismo, que con tanta pericia manejan en la actualidad las plañideras del Muro de Berlín.

 

El lector familiarizado con la literatura sobre el bolchevismo encontrará, además de todo esto, ilustrativas y clarificadoras alusiones a los métodos usados por la Komintern y la Kominform para asegurarse la sumisión de los partidos comunistas a sus dictados. A este respecto, la entrevista de Indro Montanelli, realizada en el refugio parisino de Valentín González en 1950, y de la que se desprende la misma fascinación ambivalente que el Campesino ha suscitado en tantos, es otro acierto de la presente edición. En ella Gorkin, el transcriptor de los recuerdos de Valentín González, expresa su temor a que su amigo pudiera ser objeto de represalias por parte de los soviéticos, a lo que el héroe comunista replica: "Pero si los rusos vienen a luchar contra Francia o Italia o Alemania, yo estaré aquí con un automático en las manos".   

 

Afortunadamente, no hizo falta que ni él ni nadie empuñaran los fusiles contra los soviéticos en las calles de Roma o París. El imperio soviético se derrumbó, a pesar de los cien años que Javier Tusell y otros le habían augurado, y tras de sí dejó uno de los mayores desastres humanos y ecológicos de la historia. Nunca antes el ser humano había sido capaz de destruir tanto en tan poco tiempo.

 

Es por esto que el esfuerzo de memoria histórica de Ciudadela es un eficaz antídoto contra la paradoja del sabio que no dice lo que sabe y el necio que no sabe lo que dice. Tal vez algún día veamos el mundo como es, y no como somos nosotros.

 

 

Por ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.  

 

VALENTÍN GONZÁLEZ (EL CAMPESINO): YO ESCOGÍ LA ESCLAVITUD. Ciudadela, Madrid, 2006, 240 páginas. Prólogo de FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS.

 

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 22 de diciembre de 2006

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte III.

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte III. La Tierra Media vista por un hobbit del siglo XXI

Los hobbits tienen la reputación –entre los adultos de hoy- de ser los niños de la Tierra Media. Esto se debe a que no tienen un papel muy importante en el mundo de Tolkien, y claro está a que son bajitos y en apariencia tiernos, insignificantes, comodones e incapaces de cosas importantes. Pero los hobbits, por muy pequeños que sean, son muy importantes en la historia del Anillo y eso llega a los chavales que disfrutan de la obra y les/nos hace pensar que aunque sean insignificantes pequeños y estén “al borde del ancho mundo” también pueden/podemos luchar porque cambien las cosa. Sin rendirse a la Oscuridad.

Un niño asiste a las películas de El Señor de los Anillos de una forma que no se aleja demasiado de lo que nos transmite el libro. No puede ser de otro modo: el bando de la Luz lucha para que reine el bien y no haya maldad. Enfrente, la Oscuridad crece donde triunfan el miedo, la ignorancia, la codicia y los “caminos fáciles”.

Los más jóvenes, al fin y al cabo, podemos entender esto muy bien, aunque no hayamos leído hasta hace poco los libros de Tolkien, y aunque no sepamos dónde se inspiró él. El honor de Boromir –que vence pese a la tentación de la Oscuridad-, la abnegación de Aragorn y amistad entre Legolas y Gimli -que florece en una lucha sin esperanza- son algo fácil de comprender incluso en el patio de un Instituto. Son principios que llegan a nosotros través de Tolkien y del cine, porque no es demasiado frecuente que se nos ofrezcan.

Nunca se es demasiado pequeño para entenderlo. No importa que los hobbits sean las criaturas mas pequeñas y más insignificantes, pues tienen un valor inimaginable. Es Frodo quien lleva la carga del anillo y Sam quien siempre está a su lado, y aunque se encontraban en las peores situaciones no se lo pensaban dos veces ni tampoco pensaban en su beneficio. Siempre miraban hacia delante, como tal vez el más forzudo y barbudo guerrero no habría conseguido hacer. Además de la fuerza física, está la fuerza que cada uno lleve dentro, y eso es verdad aunque la programación de mi E.S.O. tenga más en cuenta otros valores.

Pippin y Merry podían haberse vuelto a la Comarca y vivir en paz sin que nadie les molestase. No piensan en ellos mismos y siguen luchando y gracias a sus esperanzas los ents luchan en Isengard y dan un gran paso en contra de Sauron.

Aunque el libro no es fácil de leer para un niño merece la pena. Yo encuentro triste, en cambio, que haya jóvenes que no hayan leído el libro y hayan ido a ver la película haciéndose unas ideas falsas de lo que representa El Señor de los Anillos. Por ejemplo el amor entre Aragorn y Arwen, que no es esencial en la acción del libro pero que en la película tiene mucha importancia. Jackson, que ha hecho una película muy buena, ha tenido que pensar en esa inmensa mayoría de espectadores que (aún) no ha leído el libro, y sobre todo en la parte de la juventud que normalmente no lo leería y apreciaría. No es que disguste ver más a Lyv Tailer, pero lo mejor de la trilogía tolkieniana es todo lo que hay en ella de tolkieniano, la épica, las batallas, los héroes, la pasión, la fe y la victoria sobre la debilidad humana. Jackson & Tolkien nos han abierto una puerta a todo un mundo, mucho más importante que las armaduras, que los efectos especiales y que los millones gastados en el rodaje. Espero que se ruede finalmente El Hobbit y se complete el proyecto, pero lo que es seguro es que gracias a esta oportunidad hay muchos más chicos dispuestos a ser hobbits.

Jaime Fontaneda Calzada, 2º E.S.O.


La Tierra Media y España

La tercera entrega de "El Señor de los anillos" ya está en las pantallas españolas. La película tiene ciertas diferencias con el libro, pero en general conserva su esencia y su mensaje.

La esperanza, la solidaridad, la unidad y la férrea voluntad son valores que inundan el libro y también la película. "Donde no falta voluntad siempre hay un camino" dice Eowyn a Merry en este tercer libro. Valores en un mundo imaginario que fueron la base de un mundo real que desapareció y que son recordados por Tolkien en forma de cuento fantástico.

El libro de Tolkien y ahora la película reflejan el ideal que ha caracterizado a la original nobleza europea, que es también la de los antiguos caballeros cristianos. Éstos, a semejanza del Cid, eran fieles a su patria, amantes de la familia, generosos con el enemigo vencido, cautos y prudentes en el gobierno, serenos y humanos en la justicia, defensores de una causa despreciando lo mezquino, arrojados, intrépidos, altivos, cultivadores del honor, conocedores del valor de la vida y de la muerte.

Muchos pueblos del mundo reconocerán en sus historias legendaria hechos y gestas que se asemejen a los protagonizados por Aragorn, Frodo, Legolas, Gimli... La unión por una idea del bien, de la belleza, de la tierra, de la amistad. España, por ejemplo, al igual que Gondor y Rohan, contuvo la expansión del invasor musulmán durante ocho siglos de reconquista.

En palabras de Sánchez Albornoz "siempre en permanente actividad colonizadora, siempre llevando hacia el Sur el romance nacido en los valles septentrionales de Castilla, siempre propagando las doctrinas de Cristo en las tierras ganadas con la espada, siempre empujando hacia el Sur la civilización que alboreaba en los claustros románicos y góticos de catedrales y cenobios, siempre extendiendo hacia el mediodía las libertades municipales, surgidas en el valle del Duero, y siempre incorporando nuevos reinos al Estado europeo, heredero de la antigüedad clásica y de los pueblos germánicos."

Castilla como Gondor fue en un tiempo de caos la esperanza en la que los distintos reinos de la Tierra ibérica se apoyaron para recobrar una idea de bien y de unidad que se llamo en un pasado anterior y remoto Hispania y que tras el triunfo de esa unidad se llamo España. La unidad de España no fue una leyenda tolkeniana sino una realidad histórica refrendada hoy por una Constitución democrática.

Hoy, cuando en España algunos orcos instigados por algo oscuro y egoísta plantean la división, la insolidaridad y el odio, creo que es oportuno recordar la vigencia española del pensamiento de Tolkien, ya que "en verdad nada revela tan claramente el poder del señor oscuro como las dudas que dividen a quienes se le oponen". Y tal vez "...no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que esta en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza".

Realmente me ha emocionado todo lo positivo que hay en la película y que no es fácil de encontrar en la mayoría de las producciones hollywodienses. Aun así es fundamental leer esta obra magistral del siglo XX. Es posible imaginar a nuestro don Quijote en el mundo de Tolkien, y sabemos qué lugar ocuparía. Tampoco es difícil imaginar dónde estarían las fuerzas del mal en nuestra Mancha y en nuestra España.

Alonso Calatrava

(22 de diciembre de 2003)


Esperando al rey que retornará

La avalancha de naves espaciales, mutantes y psicópatas asesinos que pululan por el cine actual tiene el nefasto cometido de aislarnos respecto de los relatos que conforman nuestra propia tradición y que nos ubican a todos en un determinado contexto cultural.

Se debe a eso que el estreno de “El retorno del rey” evoca precisamente una tendencia contraria. Bajo el título épico late con fuerza el eterno arquetipo de la Restauración en el origen. Se trata de un mito; un mito “oscurantista y opaco”, que diría Gustavo Bueno, pero lleno de luz para los que hace tiempo que no confiamos en esa racionalidad en apariencia omnipotente. El mito del retorno del rey, la esperanza en el rey que ha de volver, es algo común a todas las civilizaciones que a hombros de la religión han intentado elevarse sobre el materialismo puro. Así, el rey es el símbolo de luz que baja a la Tierra para acabar con las potencias del caos. En la tradición hindú, el Kalki Avatara, encarnación providencial de Dios, restablece de nuevo el orden perdido. Para el Islam, es el Mahdí y para el budismo el Buda Maytrey, quienes devuelven la claridad a la época oscura.

Nosotros, dentro de la tradición europea y cristiana que nos ha formado y dentro de la cual muchos nos sentimos propiamente “en casa”, la Parusía de Cristo –su segunda venida- es la idea más arquetípica del retorno de Rey que, sin embargo, late también en otros mitos como Lohengrin, el Sebastianismo o el emperador Barbarroja. En la historia de Lohengrin, bellísimamente representada en el drama wagneriano y hoy mancillada por el escenógrafo semidelictivo Harry Kupfer, la injusticia de la acusación de fratricidio que pesa sobre Elsa de Brabante es dirimida por un personaje de origen divino que irrumpe en la escena, procedente del reino del Graal, a bordo de una barca tirada por un cisne. Para la nación portuguesa, el rey don Sebastián, encarnación del caballero cristiano, no ha muerto a orillas del río Mezajen, en el campo de batalla de Alcazarquivir, sino que vive oculto y espera su momento para retomar los más altos destinos de su pueblo. Tampoco el emperador Federico Barbarroja ha muerto en las cruzadas, solo duerme en la montaña Kyffhauser, en los bosques de Turingia, y volverá con sus caballeros al final de los tiempos para combatir al Anticristo; según otra versión es su nieto –Federico II- quien reposa en el seno del Etna esperando la hora de su despertar.

Todas estas historias son diferentes versiones de la irrupción de las potencias de la luz en plena era de tinieblas, a fin de restablecer un orden perdido. La misma nación española se cimienta, durante la Reconquista, sobre la idea motor de “la España perdida”, anhelada por todo el pueblo cristiano y defendida en los campos de batalla durante ocho siglos. Una idea que arranca de lo sucedido en el Santuario de Covandonga. En relación con esto hay varias versiones, unas afirman que Pelayo vio en el cielo una cruz rodeada de luz con las palabras "In hoc signo vincitur inimicus" (se vence al enemigo con el signo de la cruz), mientras que otras afirman que Pelayo llegó a la Cueva del Auseva persiguiendo a un malhechor y que un ermitaño que cuidaba con veneración una imagen rústica de la Virgen, le dijo que invocara la protección divina de la Virgen para lograr el triunfo de las armas cristianas. Como reza un monolito en la misma Covadonga "aquí en el monte Auseva, morada inmemorial de la Virgen, renació la España de Cristo con la gran victoria de Pelayo y de sus fieles sobre los enemigos de la Cruz". Siempre es la misma idea: Dios reconduciendo los destinos humanos bien directamente o bien a través de un instrumento providencial.

En paralelo con la más antigua tradición europea y cristiana, desde lo más genuino de la “sophia peremnis”, la obra de Tolkien, con sólidos fundamentos religiosos, describe una tierra sumergida en las tinieblas, cuya salvación depende de dos personajes de apariencia humilde pero interiormente gigantescos, unos personajes que pese a sus limitaciones se empeñan en seguir la senda del Bien y de la Verdad. Que esta obra nos sirva, en esta época oscura, sin certezas y con tantas sombras, para renovar la esperanza, para aguardar vigilantes el Retorno del Rey.

Eduardo Arroyo


E. Segura y G. Peris, eds., Tolkien o la fuerza del mito. La Tierra Media en perspectiva. Libroslibres, Madrid, 2003, 268 p.. ISBN 84-96088-08-1

Todo lo que J.R.R. Tolkien escribió en vida ha sido publicado; incluso lo que no escribió o lo que tal vez no deseó publicar, pero ese es otro tema distinto del que nos ocupa. Lo cierto es que la Tierra Media, su creador, su vida, su obra y sus ideas están hoy de moda, gracias en parte a la lectura de sus libros, pero gracias sobre todo a la proyección de la trilogía cinematográfica basada en El Señor de los Anillos.

Después de Tolkien, han surgido los tolkienólogos y los tolkienianos, y basta una exploración superficial en la red o en la librería de la esquina para comprender que todo lo que se publique de, sobre o en torno al ilustre oxoniense tiene lectores y ventas garantizados. Y además han surgido las interpretaciones más o menos autorizadas del fenómeno, lo que no deja de ser curioso tanto si se considera el carácter del autor como la naturaleza íntima de su obra épica.

Eduardo Segura y Guillermo Peris son parte de esta gran e imparable corriente. Su obra, oportunamente editada en vísperas del estreno de la tercera parte de la obra de Peter Jackson, no es sin embargo un artículo para todos los públicos, sino un intento serio, aunque plural y diverso, de adentrarse en las intenciones de Tolkien como narrador y en las connotaciones sociales y culturales de su “mundo secundario”.

Este concepto, el de mundo secundario, recorre los artículos que componen el libro, que en realidad son ponencias de un congreso celebrado hace once años, con motivo del centenario de Tolkien, a los que se han añadido dos más. Mundo secundario y mito, en realidad, son dos aspectos complementarios, tanto desde el punto de vista académico como en la narración de Tolkien. Cierto es que Tolkien partió de las lenguas y de su entorno como creador de este nuevo/viejo mundo, pero no menos cierto es que pronto asumió –mucho antes de publicar El Señor de los Anillos- que su Tierra Media tendría una interacción con nuestro mundo moderno.

Es interesante comprobar –con Thomas Shippey- en qué contexto histórico y cultural escribió y vivió Tolkien (con las naturales consecuencias narrativas), o de qué manera retomó la tradición romántica decimonónica, que según Chris Seeman precisamente gracias a él va a entrar viva en el siglo XXI. Sin embargo, lo radicalmente novedoso, positivo y apasionante del libro de Segura y Peris es la convicción, iluminada desde ángulos muy diversos, de que hay de un modo sublime en Tolkien una nueva y vieja ética, un nuevo pero eterno modo de entender la vida y el mundo, que está “profundamente enraizado en la cultura autóctona” (europea), en palabras de Patrick Curry.

El mito ha sido objeto de descrédito, de mofa y de disección desde que la parte occidental de Europa eligió el materialismo y el individualismo progresista como filosofía de vida. Sin embargo el mito no es más que una manera de transmitir conocimiento y de conocer, tan aceptable y tan falible como la razón o la experiencia directa, y con la ventaja añadida de permitir el legado cultural de principios y verdades intemporales. Un mito no es rechazable por ser mito, sino por transmitir valores negativos; y de hecho el mito es parte inevitable de la conciencia individual y comunitaria de los hombres, incluso de aquellos que se presumen inmunes a él. Como citaba hace unas décadas Adriano Romualdi –en cuyo entorno se produjo uno de los redescubrimientos de J.R.R. Tolkien- el mito “es el sentido de lo infinito que arde en el interior del hombre”.

La obra de Tolkien es voluntariamente mitopoyética, porque retoma los viejos materiales míticos europeos, incluyendo no pocas constantes religiosas, y los vuelca en un continente moderno, contemporáneo, asumible desde la crisis de la postmodernidad. Es lógico que una parte creciente de la juventud vuelva sus ojos a Tolkien en busca de las respuestas que el mundo hoy no da. Y el libro de LibrosLibres ayuda a entender qué se va a hallar en Tolkien, por qué se acumula allí ese depósito precioso de sanos principios y adónde puede llevar todo esto a nuestra cultura.

Pascual Tamburri


Peter Jackson se convierte en "El Señor de los Globos"

Si se cumple la tradición y los Globos de Oro anticipan los Oscar, el director de "El Señor de los Anillos" recibirá de la Academia el homenaje que ya certificaron los espectadores.


Hoy sabremos quiénes son los candidatos a los Oscar, y todo parece indicar que El retorno del rey, tercera parte de El Señor de los Anillos, recibirá el 29 de febrero, de manos de la Academia de Hollywood, el homenaje que ya merecieron, sin conseguirlo, las dos entregas anteriores. La prueba del nueve puede haber sido la gala de los Globos de Oro del pasado domingo.


Estos premios los entrega la HFPA (Hollywood Foreign Press Association [Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood]), de la cual forman parte sólo dos españoles, españolas para mayor exactitud: Rocío Ayuso (EFE) y Paz Mata. La HFPA nació en 1943 con el impulso del diario británico Daily Mail, que respaldó diversas iniciativas en curso desde 1940. No tiene ánimo de lucro y en ellas están representados medios de comunicación de 55 países que llegan a un total de 250 millones de personas.


La LXI edición de los Globos de Oro tuvo un protagonista indiscutible: El Señor de los Anillos. Cosechó cuatro premios: mejor película dramática, mejor dirección, mejor banda sonora (obra de Howard Shore) y mejor canción (Into the West). Podrían ser el anticipo de una "barrida" en la gala de los Oscar, venciendo la resistencia de la Academia ante las dos primeras partes con que Peter Jackson llevó a la gran pantalla la epopeya de J.R.R. Tolkien: "El Oscar es el máximo logro y estaría muy orgulloso si lo recibiera, ya que sería la culminación", afirmó.


El neozelandés, de 43 años, era conocido por haberse especializado en películas de terror –algunas de serie B–, cuando en 1998 se supo que gestionaría artísticamente los 130 millones de dólares que New Line Cinema pensaba invertir en llevar al cine la trilogía.


Ayer los productores, que no pueden sentirse más satisfechos tras el increíble éxito de público y taquilla, sólo comparable a la pottermanía, afirmaban que Jackson es el único alma de la obra, y que gustosos le confiarían otra trilogía entera.

(27 de enero de 2004)


Jackson, ante la última oportunidad para la saga de Tolkien

En el papel, son cinco las películas que compiten por quedarse con el honor de ser elegida la mejor producción del año 2003. Pero hay una que es la gran favorita. Los hobbits de Peter Jackson deberán olvidarse de Saurón y preocuparse de la tripulación de Johny Depp y "Los Piratas del Caribe". Tampoco podrán descuidarse de los trucos de Aubrey y su tripulación del "Capitán de Mar y Guerra" o darle la espalda a Jimmy Markum y su pandilla de "Mystic River". Las arremetidas de Seabiscuit y su "Alma de Héroes" no son algo que deba ser tomado a la ligera y la orientación para llegar a la meta de los "Perdidos en Tokio" puede dar más de una sorpresa. Pero con los premios de la Academia nunca se sabe.

El Rey lucha por una nueva corona


La tercera parece ser la vencida para los hobbits, elfos y hombres. La trilogía de "El Señor de los Anillos" fue candidata el 2002 y el 2003, pero "Una mente brillante" y "Chicago" la vencieron sin apelación. Este año la situación es diferente. La saga fílmica basada en la obra de Tolkien es la gran favorita por las 11 nominaciones que logró para los premios de la Academia.


La avalan también los Globos de Oro que ganó, el premio que le dieron los directores a Peter Jackson y su reciente triunfo en los Bafta, los galardones que entrega la academia cinematográfica británica. ¿Se justifica tanta expectación? La película tiene méritos suficientes para ganar varios de los premios a los que postula. El de mejor película lo tiene casi asegurado, sólo podrían evitar su celebración "Mystic River" y "Capitán de Mar y Guerra", pero el favoritismo que ha generado en el público y las dos postergaciones que ha recibido podrían inclinar la balanza a su favor y brindarle un reconocimiento que le ha sido esquivo, por ser la última vez en que podrá aspirar a él.


En el capítulo de los efectos especiales tampoco tiene competidores de peso. Lo único que podría jugar en contra del trabajo de la compañía Weta, en la creación de los personajes y los escenarios de la Tierra Media, es que ya ganó los últimos dos años y los miembros de la Academia podrían optar por darle el premio a alguien nuevo, en este caso "Capitán de Mar y Guerra" o "Los Piratas del Caribe".


En las categorías musicales, la saga protagonizada por Elijah Wood, Viggo Mortensen y Sir Ian McKellen también puede obtener beneficios. En el premio otorgado a la banda sonora original, Howard Shore debería tener la posibilidad de escuchar por segunda vez la melodía del éxito gracias a su trabajo en la saga del anillo, que ya le dio un Oscar en 2002, por la primera parte de la película.

"El retorno del rey" iguala el récord de "Ben Hur" y "Titanic

La edición 76 de la gala de los Oscar ha encumbrado a "El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey" como la mejor película del año 2003. Ganó en las once categorías en los que estaba nominado, incluyendo los más importantes: el de mejor película y mejor director. El neozelandés Peter Jackson, su director, se convirtió esta madrugada en El señor de los Oscars.


La película logra empatar el récord de 11 estatuillas de "Ben-Hur" y "Titanic" y se convierte en el tercer filme que conquista todas las categorías en las que estaba nominado, después de "Gigi" y "El último emperador", ambos con nueve de nueve.

(1 de marzo de 2004)


Un nuevo ejemplo de manipulación impune

El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es tan propio de Tolkien como del ecologismo. Que no son de izquierdas.


Con la trilogía de películas de El Señor de los Anillos, la sociedad española ha redescubierto a John Tolkien y todos los temas propios del filón cultural al que el genial inglés perteneció. Los ha reencontrado la derecha cultural y era bastante lógico porque es uno de sus espacios propios de acción; pero también los ha descubierto –como quien descubre el Mediterráneo- la izquierda. Y esto merece una reflexión más profunda.


El mundo de Tolkien, siendo una ficción literaria, es real y en él se juega con las mismas reglas que en la realidad. De hecho, para una parte creciente de la juventud española, Frodo es más real que Hernán Cortés, por la sencilla razón de que casi nadie estudia ya quién fue el extremeño y todos han visto el ejemplo vital del hobbit.


Y considerando la importancia del fenómeno Tolkien, profundo, vigoroso y destinado a durar, se está produciendo últimamente en España un singular acontecimiento: la izquierda, ajena por completo a los valores tradicionales de Tolkien y de su obra, alérgica a los ejemplos de virtudes propuestos en El Señor de los Anillos –cine o libro, tanto monta-, intenta capitalizar, deformándolo, el mensaje.


Es una tentación eterna de todas las izquierdas existentes o por existir, al menos desde Antonio Gramsci: si un símbolo o un universo conceptual no pueden ser destruidos se trata por todos los medios de capitalizarlos, manipulándolos sin pudor si es preciso. Es el caso de Tolkien.


Tolkien, en verdad, puede ser considerado un ecologista. El respeto por el medio ambiente, sin ocultar la dureza de la vida y de la naturaleza, y sin negar –sino más bien afirmando con energía- la dimensión trascendente de nuestro entorno, es uno de los rasgos esenciales del fenómeno Tolkien. Pero decir que Tolkien fue un ecologista es tanto como decir que lo fue san Francisco de Asís, en otro orden de cosas, y en definitiva no deja de ser una extrapolación parcial, extemporánea y que debe tomarse con cautela. Amar la naturaleza no equivale, precisamente, a afiliarse al partido de Joschka Fischer. Denunciar los abusos de la modernidad no hace a Tolkien, ni al pobrecillo de Asís, militantes de Llamazares.


Pero la desfachatez de la izquierda no conoce límites. En realidad la izquierda que conocemos en España, progresista, negociante, especuladora, incapaz de crear riqueza sin destruir esperanzas, sólo es ecologista en el sentido superficial, material y electoral del término. El respeto por lo creado y el amor por las criaturas, en realidad, es ajeno al ecologismo político, aunque ciertamente sea tan propio de Tolkien como del franciscanismo. Que no son de izquierdas, y que están esperando un centro derecha que deje de estar a la defensiva culturalmente.

Editorial del 8 de julio de 2004


J.R.R. Tolkien en Erech: nociones de política actual

"En Erech hay todavía una piedra negra que Isildur llevó allí de Númenor… y la puso en lo alto de una colina, y sobre ella el Rey de las Montañas le juró lealtad; pero cuando el enemigo regresó y fue otra vez poderoso, Isildur les exhortó a que cumplieran el juramento, y ellos se negaron".


Carl Schmitt estableció como base esencial de la política, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, la distinción entre amigo y enemigo. El resto son florituras y matices, porque toda forma política tiene en cuenta esa realidad esencial.

Ahora bien, la amistad (política o no) supone la lealtad. La lealtad puede solemnizarse o no, pero es la premisa de la acción política. Y, viceversa, la deslealtad, en cualquiera de sus formas, es una forma de antipolítica, o de enemistad política. Es la negación de la amistad, y la afirmación de un enfrentamiento.

Por eso no es casualidad que otro católico como Schmitt, John Tolkien, incluya en la tercera parte de El Señor de los Anillos una reflexión sobre la vigencia permanente de la lealtad (dicho en palabras escandalosas para oídos modernos: total, absoluta e imprescriptible). Sin lealtad no hay acción política posible; y la deslealtad deslegitima permanentemente al desleal, al menos hasta que no haya enmendado su culpa.


"No conoceréis reposo hasta que hayáis cumplido el juramento".

El tema de Tolkien, leído a través de Schmitt, es eterno. Es el tema de Las cuatro plumas, para quienes fuimos niños cuando aún era costumbre leer; y es la esencia de Tres lanceros bengalíes, cuando aún era costumbre ver cine en blanco y negro. Pero no se trata de una cuestión esencialmente moral: es un tema básico de ética política, porque nadie en su sano juicio confiará una empresa, un secreto o una meta a quien ya antes demostró su deslealtad, a la escala que sea.

"Y ante la cólera de Isildur, ellos huyeron y no se atrevieron a combatir; se escondieron y no tuvieron tratos con otros hombres".

La deslealtad inhabilita; poco importa que se deba a debilidad de carácter, a simple cobardía, o a cálculo de intereses. El desleal está en posición de inferioridad, y recurrirá siempre, mientras se mantenga así, a mecanismos de defensa bien estudiados: la huida a otros lugares o a otros modos de vida, la negación de la situación, la desviación de las culpas, la agresividad. Pero lo cierto es que no podrá ser sujeto de ninguna actividad pública digna, al menos entre hombres de bien.


"- Perjuros, ¿a qué habéis venido? - A cumplir el juramento y encontrar la paz".

Sólo la redención hace posible que el desleal pueda volver a ser "amigo" en política. Es decir, a hacer política. Consideraciones éticas aparte, el desleal no puede estar en paz consigo mismo ni con los demás mientras su deslealtad siga viva. De hecho, es un cadáver moral; y en una comunidad tradicional europea es, de hecho, un muerto. Un muerto en vida, a quien no le es dado el descanso ni tampoco la vida.


Marco Tarchi, hace muchos años, fundó en Italia una editorial que se llama aún La Roca de Erech. Y en su larga experiencia política, salpicada de desilusiones y de abandonos, de olvidos y de cobardías, hay dos certezas, heredadas del pequeño politólogo alemán: que los libros son los únicos amigos que nunca traicionan y que nunca olvidan, y que mientras hay vida es posible seguir bregando en política con la esperanza de que parte de quienes traicionaron satisfarán su deuda y volverán a merecer la dignidad de vivos. En un siglo que, contra Tolkien, prima la doblez, no es pequeño síntoma de esperanza.

"- Habéis cumplido vuestro juramento. ¡Retornad, y no volváis a perturbar el reposo de los valles! ¡Partid, y descansad!".

Tirso Lacalle

11 de noviembre de 2004


El Tolkien de la LOGSE

Hay cosas que no se pueden discutir. Incluso el más acabado producto de la cultura contemporánea terminará por admitir que un libro es un libro, y que en él se dice lo que su autor quiso decir. Sin embargo, con la conversión de la obra del profesor Tolkien en objeto de culto y de comercio, se le está exponiendo a todas las tentaciones de la LOGSE.

Cuando, entre 1936 y finales del siglo XX, la Tierra Media fue campo acotado para quienes la leían, y para quienes se recreaban en ella, la saga de Tolkien cumplió las múltiples funciones que su creador entrevió en la literatura épica y mitopoyética. Tolkien dio nuevo cauce a los valores eternos de lo europeo, y criticó desde ellos los avances de la modernidad. Esos avances, sin embargo, han globalizado a Tolkien, lo han hecho universalmente conocido, aunque no universalmente estimado ni entendido. Lo que es un problema.

Hace un año –denso de acontecimientos, pequeños y grandes, positivos y negativos– se anunció en estas páginas el estreno de la tercera y última parte de la trilogía cinematográfica basada en El Señor de los Anillos. Y ya entonces, con indudable acierto, se señalaba la contradicción entre la tradición recreada por el oxoniense y la cultura de la LOGSE, del botellón, de la discoteca, de lo primario. En efecto, resulta poco probable un Samsagaz que, ocupado en sus asuntos o en su resaca, se negase a la áspera tarea de servir hasta el extremo la causa ¿perdida? de Frodo Bolsón. Y resulta risible la idea de un Peregrin o un Meriadoc que, en plena epopeya, se nieguen a aceptar como más autorizadas las decisiones de Théoden, Elrond o Galadriel.

La contradicción entre el modo de vivir que hoy se nos propone y el mito-Tolkien es radical. Sin embargo, la difusión por todos los medios de la historia por él narrada, ¿contribuye a difundir sus valores o más bien los adultera?

Un día de optimismo puede pensarse lo primero. La realidad cotidiana de la mayor parte de nuestra juventud prueba la segundo. El héroe de la LOGSE es Boromir, porque es el más violento, el más duro, el más gallo. En él se aprecia el pragmatismo, y en definitiva se entiende que pida el Anillo del mal; cuando en realidad sólo su redención por amor en sacrificio extremo lo hace heroico.

El Tolkien esencial de los medianos humildes y alegres, los elfos lejanos y sabios y los guerreros terribles de nuestra tradición, sigue vivo donde siempre estuvo: no en las hipergonadales víctimas de la LOGSE, sino en los campos hobbit, en las iniciativas que surgen vigorosas y, ay, siempre minoritarias, de nuestro filón espiritual. Para quien sepa resistir.

Tirso Lacalle

17 de diciembre de 2004

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte II.

El Señor de los Anillos en Elsemanaldigital.com (2001 - 2002 – 2003). Parte II. "Las dos Torres": vuelve el mito

Hoy me he parado a contemplar el cartel promocional de "Las dos Torres" en la parada del autobús. A menudo pasamos la mirada ante estos productos del marketing sin demasiada atención. Yo al menos así lo hago. Pero, quizá llevado por mi interés en este cuento, esta vez me han llamado la atención dos cosas: un color sepia difuminado, que envuelve la historia en esa dimensión exacta de lejanía, misterio e inalcanzable belleza que posee "El Señor de los Anillos"; y dos fortalezas desafiantes y colosales ribeteadas de ejércitos innumerables, como una marea tumultuosa.

Recuerdo que he pensado: ¿qué distancia habrá entre esas dos torres de apariencia tan amenazadora? Y, sobre todo: ¿cómo es ese mundo que se extiende a lo largo de un camino plagado de peligros? Es entonces cuando mi memoria ha vuelto a la experiencia única que supuso leer "El Señor de los Anillos" por primera vez. Aquella sensación de una profundidad histórica que se extendía más allá de los bordes de un libro envejecido después de tantas visitas; los ecos del lamento élfico ante la irrecuperable caída de un mundo largo tiempo amado, pero destinado a pasar; la esperanza forjada y esculpida a golpe de lealtad; la muerte digna de ser alabada en un glorioso cantar de gesta; esa pugna entre el amor, la muerte y la inmortalidad como caras de una misma realidad de perfiles "afilados como espadas", en palabras de Tolkien; el reconocimiento de los propios límites; el arrepentimiento y la piedad; la vuelta a la naturaleza, a un modo de vivir esencialmente contemplativo, de tempo lento; la lucha entre el bien y el mal librada en los campos de batalla de esa casi infinita gama de grises; o el final feliz que se torna amargo... porque la vida es un cuento de hadas hecho realidad, y la realidad es tan dura y tan feliz, en ocasiones, como una epopeya. Y al revés...

Y así se me ha pasado el tiempo, pensando y recordando. ¿Reflejará "Las dos Torres" este tumultuoso ir y venir de pensamientos de manera adecuada? ¿Sabrá Peter Jackson mantener la tensión épica que logró con "La Comunidad del Anillo"? Tengo para mí que sí, que estamos ante una saga cinematográfica que va a volver a fundar la épica y el arte de convertir una historia única en un poderoso guión cinematográfico. Es más: estoy convencido de que a J.R.R. Tolkien le habría gustado esta película. Pero me quedo con este pensamiento, mientras subo al autobús que me acercará al cine, donde podré ver -por fin- la película: la puesta en escena de "El Señor de los Anillos" es una ocasión única para volver a esa irrepetible experiencia que significa leer una obra de arte. Es ésta una oportunidad estupenda de recorrer el camino de vuelta desde la pantalla hasta las páginas de un libro que forma parte de la cultura de Occidente por derecho propio. Y, una vez hecho esto, no comparar: disfrutar.

El cine cuenta las cosas de una manera necesariamente distinta a como se narran los mismos hechos entre las páginas de un libro. Ambas son experiencias enriquecedoras. Así pues, ante el que nos ha sido vendido como el estreno de esta Navidad, "pasen y vean"... y lean.

Eduardo Segura


La música para el cine: Mea culpa de un escéptico

Howard Shore ha compuesto la banda sonora con el mismo criterio que en la primera entrega: una música enteramente nueva, compuesta en su totalidad para la obra, hilando temas comunes con las otras partes pero dotada de una coherencia propia.

Desde las páginas de elsemanaldigital.com, en diciembre de 2001, se expusieron algunas dudas obre el buen hacer de Howard Shore. Sin criticar la banda sonora, que era y sigue siendo lo mejor que la industria del cine ofreció el pasado año, nos parecía entonces que un respeto estricto al espíritu de Tolkien habría exigido recurrir a fragmentos clásicos, de música romántica, en cierto moco en la línea de “Excalibur”.

Escuchando las bandas sonoras de ambas películas es hora de reconocer que aquella observación era errónea. Shore ha compuesto auténtica música, con entidad propia y digna del más alto reconocimiento. No sólo una música adecuada a la película, sino una parte esencial de la obra de arte cinematográfica. Y más aún.

Por un lado, en “El Señor de los Anillos”, como antes en “Gladiator” e incluso en “La Guerra de las Galaxias” grandes producciones épicas, de profundo calado ético, llegan a una perfecta simbiosis con sus bandas sonoras. En el caso que nos ocupa, Shore ha alcanzado una de las cimas recientes de su arte. La identificación musical de los personajes, la asociación de Leitmotiv a determinados hechos, la brillantez lírica y por supuesto épica, todo esto y mucho más sería impensable sin la música. Y además en perfecta sintonía con los valores de John Tolkien y con su criterio. El mal se asocia a motivos africanos y asiáticos, siendo Mordor la síntesis de todo lo que Europa – la Europa de Tolkien - no es. Y por el contrario las fuerzas del bien se asocian a música popular europea, empleándose incluso instrumentos y temas escandinavos para los Rohírrim, manifiestamente inspirados en los germanos protomedievales.

Por otro lado, aún más importante, hay que considerar el papel de obras como “Las Dos Torres” en la historia de la música. El gran cine, en especial el poco que se hacer inspirado en valores diferentes de los políticamente correctos, es la reserva ecológica de la música culta europea. La música ligera, o peor aún, las distintas variantes de música sincopada, dominan el mercado y los ambientes. Sólo el cine permite que se siga creando verdadera música Shore merece, aunque sólo sea por esto, un Óscar. Esta vez sí.

Pascual Tamburri

18 de diciembre de 2003


J.R.R. Tolkien y Jackson conquistan el mundo por tercera vez

"El retorno del rey", la tercera parte de la saga de "El Señor de los Anillos", está siendo recibida con entusiasmo por un público que sabe ver el sentido de la literatura tolkieniana.

La tercera parte de la saga imaginada por J.R.R. Tolkien llega a su final con el magno espectáculo –tres horas y media de metraje– de El retorno del rey. Las fuerzas de Saruman han sido destruidas sin remisión. Ha llegado el momento de que la Comunidad del Anillo se disponga a dar la mayor batalla de todos los tiempos para derrotar de forma definitiva a Sauron, que continúa empeñado en su perversa idea de dominar el mundo. ¿Conseguirá Aragorn la fuerza suficiente para asumir su destino? Ahora se ha convertido en un héroe y una esperanza. El futuro de la Tierra Media descansa sobre sus hombros.

El "hobbit" Frodo habrá asimismo de lograr su victoria: alcanzar el Monte del Destino, aunque sea con sacrificio. Pero cada victoria precisa de esfuerzo y ahí reside el fulgor de la superación personal, la capacidad de cambiar la realidad, de capturar y hacer posibles los sueños.

La epopeya del señor de los anillos concluye, aunque sus personajes –flor de eternidad– nos acompañarán mientras continúen existiendo los libros y, ahora, el Séptimo Arte.

Peter Jackson, hasta el momento un director estimable pero no excepcional, ha encontrado en la obra de Tolkien el trabajo de su vida. Y, ciertamente, su empeño en la monumental trilogía le emparenta con los grandes creadores del cine entendido como la suma de las artes, con aquellos cineastas que hicieron del cine la expresión más grandiosa (en el sentido casi físico del término) del lenguaje artístico. David Wark Griffith e Intolerancia, Abel Gance y Napoleón, Francis Ford Coppola y la trilogía de El Padrino, Erich Von Stroheim y Avaricia, Cecil B. de Mille y Los Diez Mandamientos, Anthony Mann y Samuel Bronston y El Cid, John Wayne y El Álamo, David Lean y Lawrence de Arabia, King Vidor y Guerra y Paz, William Wyler y Ben Hur o el gran esfuerzo colectivo de Lo que el viento se llevó capitaneado por David O´Selznick y Victor Fleming.

Tal vez la única diferencia es que De Mille, Coppola o Griffith lograron películas intensamente personales y tal vez intransferibles. Jackson ha trabajado sobre un material gigantesco, la obra de Tolkien, y desde luego los libros originales no van a quedar desdibujados por la película sino que en todo caso van a ser complementarios. Peter Jackson no ha sido un creador original (aunque ha dotado a las imágenes de una violencia y de un sentido del fantástico un tanto inhabituales en las grandes superproducciones de Hollywood), sino un fiel artesano que con medios generosos y los mayores avances de la técnica, ha sabido recrear un universo literario peculiar.
El retorno del Rey mantiene las constantes de las dos partes primeras de El señor de los anillos, pero como buen desenlace resulta aún más colosal, aún más grandioso, tratando de recuperar el sentido de la épica (y la fantasía) en toda la extensión del término.

La batalla de los Campos de Pelennor es espectacular y nos retrotrae a secuencias similares de obras maestras como Espartaco o El Álamo, aunque el metraje se dilata en exceso, como también en otros instantes (por ejemplo en el desenlace) se percibe una presencia excesiva de la realidad virtual, los efectos especiales y una estética tan apabullante que ronda el artificio.

Pero sin duda, el despliegue de los 20.000 guerreros generados por ordenador (en la época de De Mille eran extras) para entablar el combate definitivo resulta impresionante desde todos los puntos de vista.

No sólo hay espectáculo visual en El retorno del Rey, el espectador asiste a la relación entre un rey y su hijo y vislumbra reminiscencias del Rey Lear de Shakespeare, en tanto que la fuerza arrolladora del destino que envuelve a Aragorn posee un poderío épico absolutamente colosal. Todos los elementos técnicos brillan a su máximo nivel y los actores cumplen de sobra con su cometido, desde Ian McKellen hasta Elijah Wood, aunque la envergadura de la historia y los efectos apabulle de algún modo el lucimiento personal de los intérpretes. Lo mismo sucede con Viggo Mortensen, eficaz en su personaje de héroe pero lejos del carisma individual de, por ejemplo, Charlton Heston en El Cid.

Penetrar en el mundo del Señor de los Anillos requiere el previo conocimiento de la realidad literaria de Tolkien, sin ella el espectador puede llegar a perder el contacto con el hilo narrativo de una historia plena de interpretaciones, parábolas y propuestas humanistas pletóricas de fantasía e imaginación. Los hombres y los Hobbits, los Elfos, los enanos, las razas y criaturas de la Tierra Media convulsionan la pantalla y ofrecen una explosión de luz y entusiasmo que al final se resume en lo que Tolkien quiso expresar en su trilogía, la lucha entre el bien y el mal. Una lucha eterna que según San Agustín habría de traer el triunfo, doloroso pero alegre al fin y al cabo, de las fuerzas del bien. Ése es el desenlace de El señor de los anillos, la potencia del ser humano para crear nuevos mundos, la posibilidad de que las corrientes perversas amenacen la vida y la idea final de que con el impulso del espíritu y los valores positivos, cada uno puede ser fiel a su destino y lograr la victoria.

La película concluye la trilogía, pero la leyenda no ha hecho más que empezar. Los autores de la película han logrado transmitir imágenes poderosas y sentimientos profundos a toda una generación y en una época en la que el materialismo (todo lo contrario que el universo de Tolkien) ha hecho mella. Aunque sólo haya sido por ello –y hay mucho más–, el esfuerzo ha merecido la pena.


El Señor de los Anillos.
El retorno del rey. [The Lord of Rings. Return of the king]. USA-Australia 2003. Una producción New Line.
Director: Peter Jackson.
Guión: Franks Walsh, Phulippa Boyens y Peter Jackson, según el libro de J.R.R. Tolkien.
Música: Howard Shore.

Fotografía: Andrew Lesnie.

Con Viggo Mortensen (Aragorn), Elijah Wood, (Frodo), Orlando Bloom, Cate Clanchatt, Brad Dourif, Sean Astin (Samsagaz), John Rhys Davies, Christopher Lee, Ian McKellen (Gandalf), Miranda Otto.

Fernando Alonso Barahona


UN FENÓMENO SOCIAL IMPARABLE.

Ayer se estrenó la tercera parte de El Señor de los Anillos

Maestro indiscutible de la narrativa fantástica actual, J.R.R. Tolkien es considerado por muchos una figura clave de la cultura contemporánea. Sin duda, El Señor de los Anillos es mucho más que la trilogía cinematográfica de Peter Jackson. Para algunos, es también más que una obra literaria.

El mito vive en el siglo XXI

John Tolkien ya no necesita presentación, y a sus cientos de miles de lectores españoles se han unido los millones de espectadores de la trilogía épica que Peter Jackson ha dirigido. Se ha culpado a Jackson de infidelidad a la obra escrita –como si el cambio de soporte no obligase a un cambio de estilo comunicativo- y se ha llegado a criticar la falta de originalidad de Tolkien, que evidentemente tiene ilustres predecesores. Críticas que, por otro lado, no han hecho mella en el público.

El éxito de la Trilogía, y especialmente el triunfo de esta tercera película, ha venido a demoler uno de los mitos culturales del siglo pasado. En efecto, Tolkien no es, ni pretende ser, “original”, como no es original su adaptación cinematográfica. El fenómeno Tolkien se basa, precisamente, en la fidelidad a una tradición cultural y espiritual mucho más que milenaria, ajena a todo individualismo y a todo divismo. Ayer, desde la incertidumbre de Cirith Ungol hasta el triunfo, pasando por la desesperanza de Gorgoroth, esto se hizo evidente.

Las historias de las que se nutre Tolkien son eternas e impersonales, y sus ecos se encuentran desde el Kalevala finlandés hasta su amado Beowulf, desde la Ilíada hasta los Evangelios. No se trata –ni en la obra escrita, ni en la obra filmada- de afirmar novedades, sino de transmitir una sabiduría eterna, que es mucho más que mera literatura o que cine en estado puro.

Tolkien no crea, sino que recrea; no trata de hallar una forma brillante o atractiva –aunque lo logre- sino de reunir y renovar con apariencia de ficción fantástica y novelada el conjunto de mitos que siempre ha sustentado la cultura europea. Escéptico ante la absolutización moderna de la razón individual y de la originalidad, el profesor Tolkien re-creó un mundo secundario en el que viven, entrelazados por lenguas insólitas y por recuerdos nebulosos, las sombras de Aquiles, de César, de Carlomagno y de Godofredo de Bouillon. El “Libro Rojo de la Frontera del Oeste”, que como ficción literaria es el eje del relato, no sólo es un recurso literario: es también una manera de colocar en un pasado fabuloso una serie de mitos ejemplares, destinados a florecer en el presente y en el futuro, más allá de la personalidad del creador.

Nuestro siglo necesitaba a Tolkien, y seguramente Tolkien necesitaba ser llevado al cine. Frente al relativo desdén de Hollywood, el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York eligió el pasado lunes El Retorno del Rey como la mejor película del año. Estos galardones están considerados como una alternativa a los Oscar en la que se valoran sobre todo cuestiones estéticas sin presiones comerciales. Que tanto Tolkien en su modestia como Jackson en su fidelidad han logrado su misión viene demostrado por el éxito. Éxito de público, como ayer pudo verse en todas las ciudades españolas; pero éxito moral, sobre todo, porque el heroísmo, el sacrificio, la abnegación, el amor y la lealtad han encontrado un nuevo y triunfal vehículo para llegar a una generación que, como todas, y pese a la corrección política y cultural, necesita esos principios.

Pascual Tamburri


El retorno del Rey: algo más que una gran aventura

Por fin llega la película que cerrará la trilogía creada por Tolkien. Por el trepidante desenlace de la novela y por las escenas adelantadas de “El retorno del Rey” se puede intuir que este último episodio no defraudará las expectativas creadas por los dos anteriores.

Pero desgraciadamente, todo terminará en algún momento. Se encenderán las luces, se abrirán las puertas, y muchos saldrán en tropel, con prisa. Porque todo sigue, mañana hay que trabajar, se acerca un examen como no ha habido otro en la historia o se celebra una reunión trascendental para el futuro del negocio. Habrá sido un buen rato, como una sesión de fuegos artificiales o un buen partido de fútbol en la tele.

Pero, además de la acción a borbotones y de los espectaculares efectos especiales, que están garantizados ¿es posible ver algo más en este “cuento de elfos, enanos y princesas”? Algunos creen que así es. Serán los que se queden quietos cuando las luces se enciendan. Sonarán los primeros teléfonos móviles y los primeros chistes, pero ellos permanecerán mudos, y mudos se irán hacia sus casas. No hay mejor señal de una impresión fuerte que el silencio.

En primer lugar, encontraremos en esta película –y en toda la trilogía-, una muestra excepcional de música romántica del siglo XXI, motivo de esperanza para sus amantes y razón más que suficiente para ir al cine.

También está la ambientación: los paisajes inenarrables en que se desarrolla la acción y la sensibilidad del director para captarlos en toda su grandeza aportan una belleza estética poco habitual en el cine actual.

Además, Tolkien nos dejó una profunda moraleja ecologista y antiurbana que Peter Jackson ha sabido transmitir a la perfección: Saruman, el ángel caído, no tiene ningún escrúpulo para arrasar hasta la última astilla del último bosque con el fin de llevar a cabo la Revolución Industrial que debe permitirle satisfacer su ambición de poder. Los propios árboles y todos aquellos que los aprecian sufren por ello. Los malos destruyen los árboles. Los buenos, los cuidan.

Pero por encima de todo lo anterior, podemos encontrar en “El Señor de los Anillos” todo un manual de ética a través de las actitudes ejemplares de sus múltiples protagonistas. Y por encima de todas ellas, quizá, está el heroísmo de Frodo. El hobbit resulta especialmente interesante porque es para nosotros un ejemplo cercano. No es ningún superhéroe cortado por el patrón de Hollywood, sino un personaje sencillo y humilde que podría ser perfectamente nuestro compañero de trabajo o nuestro vecino. Al principio de la historia es simplemente un Bolsón, es decir, un campesino con espíritu burgués. Aspira a una vida plácida, en la que el mayor acontecimiento sean las meriendas con sus amigos.

Pero los hechos se desencadenan de forma sorprendente y le sitúan en el ojo del huracán. Frodo se convierte en el responsable de una misión de cuyo éxito depende el futuro del mundo en el que vive. El portador del anillo muestra grandes debilidades. Es atraído una vez tras otra por la tentación, se cansa, y más de una vez se deja llevar por la desesperación. Pero finalmente logra reunir las características del verdadero héroe: la valentía y la entrega. La valentía, porque es capaz de superar todas esas debilidades y otra más, el miedo, y afrontar los peligros más extremos. Y la entrega, porque no sólo arriesga su vida una vez tras otra, sino que la pone al servicio de una causa superior a su propia pequeñez individual.

Así es como Frodo se convierte en héroe. Al final, su victoria más importante no consiste en vencer a Sauron, pues al fin y al cabo todo ello forma parte del argumento de una aventura de ficción. Lo esencial es que Frodo vence al burgués que lleva dentro. Se vence a sí mismo para alcanzar un estado de conciencia algo más elevado.

Éste es el guante que Tolkien nos lanza a través de Frodo. Podemos apartar la vista o recogerlo. En el primer caso, disfrutaremos sin ninguna duda de la aventura y aspiraremos a una vida cómoda y agradable. En el segundo, habrá que afrontar renuncias y asumir sacrificios y asperezas dentro de un mundo en el que hay muchos anillos que destruir. Se contará eso sí, con la satisfacción de una vida dura y recta. Y quién sabe, quizá algún día sea posible hacerse digno del elogio que Gandalf, el ángel bueno, dirige a Frodo al final de su viaje: “has crecido, mediano”.

Francisco Olmedo

 


Entre el libro y la pantalla

El Retorno del Rey ha llegado por fin a las pantallas, la trilogía cinematográfica ha terminado. La obra de J.R.R. Tolkien se ha convertido en un objeto fácil de consumir para la mayoría del público. Ya no hay hacer el esfuerzo de leer los tres volúmenes de El Señor de los Anillos. Lo que antes estaba reservado a aquellos que habían mostrado interés y se habían preocupado por conocer la Tierra Media, ahora puede saborearse casi por casualidad, dejándose caer en el cine más cercano o en el videoclub del barrio.

Esta globalización de El Señor de los Anillos está bien. La película tiene muchos mensajes positivos (menos que los libros, por supuesto, pero con más fácil acceso) y puede dejar alguna semilla en los millones de espectadores de todo el mundo que vayan a verla. Incluso puede encender la curiosidad en éstos para ponerse a leer el libro. En estos tiempos en los que hay tanta facilidad para acceder a la información y en los que hasta El Señor de los Anillos se globaliza, se corre el riesgo de hacerse una idea equivocada de lo que en realidad Tolkien quería transmitir a todos sus lectores.

Para los jóvenes españoles, educados en nuestra peculiar ESO, El Señor de los Anillos puede quedarse en una simple película de aventuras, con final más o menos feliz, para pasar el sábado por la tarde antes de irse al mítico y glorioso botellón, que sí que es verdaderamente importante. Gracias a la anterior reforma educativa, la historia de Frodo Bolsón puede quedarse en una suma de caballeros, duendes y magos que se ha alargado demasiado. La juventud, hoy en día, no tiene claro, ni mucho menos, lo que es una empresa común y grandiosa, en la que es necesario el trabajo de toda una comunidad para conseguir llevarla a cabo. La juventud de hoy tiene suficiente con encerrarse en su cuarto a jugar horas y horas a la PS2 o perder el tiempo chateando sobre cosas intrascendentes en chats estúpidos, viviendo absolutamente al margen de la sociedad, buscando su propio placer y bienestar, siguiendo el axioma “si me gusta, por qué no lo voy a hacer” tan propio de la generación ESO. Mi generación, a mi pesar.

Resulta cómico pensar en algún miembro de La Compañía del Anillo poniendo excusas infantiles y burdas a la hora de llevar el anillo hasta el Monte del Destino. No me imagino a Sam de resaca, durmiendo hasta las tres de la tarde, diciéndole a Frodo “hoy mejor no, mañana” porque el día anterior se había pasado con los calimochos y había caído algún que otro peta en el botellón de la Comarca. ¿Qué les hubiese pasado a Merry y Pippin si Aragorn, Legolas y Gimli se hubiesen puesto a ver Crónicas Marcianas o alguno de esos talking-shows tan sórdidos que engullen todas las tardes nuestros jóvenes y se les hubiese hecho tarde? Deberían haber grabado unas tomas falsas representando a La Compañía debatiendo si era o no justo que lo estuviesen pasando tan mal. Haciendo manifestaciones folclóricas para perder el tiempo o alguna que otra fiesta universitaria para recaudar fondos. En suma, buscando mil y una excusas en vez de hacer lo que realmente tenían que hacer.

Peter Jackson ha hecho tres buenas películas. Las dos primeras han sido un gran éxito en todas las salas españolas y lo está siendo la tercera. Miles de jóvenes ESO –mis compañeros de clase, no lo olvidemos- irán a verlas, algunos las disfrutarán y otros no. Algunos leerán el libro y la mayoría no. Se hablará muchísimo de la trilogía y seguramente “El Retorno del Rey” se llevará un par de oscars de la Academia. Pero lo más importante se habrá conseguido si por lo menos alguno de esos jóvenes, que parecen orcos por la cantidad de abalorios y agujeros que gastan en su cuerpo, es capaz de entender que El Señor de los Anillos es la historia de un grupo de individuos que es capaz de sacrificarse y sufrir por el que tienen al lado, que son capaces de trabajar y luchar codo con codo por una empresa imposible que a cada momento se vuelve más y más difícil.

Si algún joven espectador, después de conocer la obra de Tolkien, es capaz de apagar su PS2 o de dejar de chatear para preocuparse de formar un grupo de amigos sano y con las mismas inquietudes, de volver la vista a su familia y comportarse de tal forma que el grupo se vea beneficiado, entonces, las películas de El Señor de los Anillos habrán valido mucho más que los millones de dólares y euros que sin duda van a recaudar.

David Fontaneda


Un fenómeno social sin precedentes

“Un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos, un anillo para atraerlos a todos... y atarlos en las tinieblas”. A finales de los noventa, sendas encuestas de la BBC y el Daily Telegraph, preguntando por el mejor libro del siglo XX, dieron como resultado “El Señor de los Anillos”. En España, el ABC Cultural lo situó como el séptimo mejor libro de todos los tiempos, a pesar de haber estado marginado hasta hace poco en nuestro país como “literatura juvenil”. Hasta la fecha, unos cien millones de lectores han sido “atraídos y atados” al fantástico universo de la Tierra Media. Ahora, con el estreno de la última entrega de la versión cinematográfica, se cierra el ciclo que habrá de multiplicar la difusión del mensaje de Tolkien, elevando definitivamente su genial creación a la altura de obra inmortal.

No cabe ya la menor duda de que estamos hablando de una de las cumbres de la literatura del siglo pasado. En palabras del profesor de la Universidad de Lancaster, Jeffrey Richards: “es una obra de una envergadura, una imaginación y un poder únicos. El lenguaje de Tolkien es rico y evocador. Sus descripciones son maravillosas”. No obstante, no debemos buscar la fuente de su irresistible magnetismo en factores meramente estilísticos o literarios, puesto que la raíz de su éxito se halla sobre todo en la plasmación de un nuevo mundo mítico, comprensible y aceptable en pleno siglo XXI.

El pulso eterno entre el bien y el mal, la vida como misión personal que debe ser cumplida de forma noble y la inevitable tentación del Poder, son los ejes principales en torno a los cuales gira la trama. Estos temas, que el autor tomó de las mitologías indoeuropeas, forman parte del núcleo central del subconsciente humano, lo que le confiere al relato un halo de atemporalidad y profundidad extraordinario e indescriptible. Mientras que la mayoría de los críticos consideran el mito como falsas invenciones, para Tolkien es la única manera de hacer tangibles ciertas verdades superiores y trascendentes. Así, revistiendo su trama con el manto de una pseudo Edad Media claramente inspirada en la occidental, consigue salvar la inmensa distancia existente entre el lector contemporáneo y las enseñanzas míticas, haciendo comprensibles los valores de estas últimas.

Sin embargo, el fenómeno social sin precedentes que se está formando en torno a la historia del Anillo nunca hubiese alcanzado semejante magnitud – ni tendría tantos visos de seguir creciendo – de no ser por la versión cinematográfica de Peter Jackson. Pese a las reticencias de algunos – el propio hijo del escritor, Christopher Tolkien, rechazó asistir al estreno de la primera entrega en Londres – la película se ha mantenido fiel al espíritu del libro, y le proporcionará a este una fama inaudita. Ha habido pequeños cambios al adaptar el guión a la pantalla, pero lejos de desentonar, le dan al argumento vitalidad, haciéndolo comprensible para quienes aún no han leído la epopeya. Y es aquí precisamente donde reside la importancia de estas tres cintas: “la inspiradora defensa de virtudes inestimables tales como la lealtad, el servicio, la camaradería y el idealismo” – en palabras del profesor Richards – llegará ahora, a través de la imagen y el sonido, a decenas de millones de espectadores que traspasarán así la mágica puerta de la Tierra Media.

Hace un año, al término de la proyección de la segunda parte de la saga, “Las Dos Torres”, me di cuenta del valor real de lo que acababa de ver. Tras el encendido de las luces, se mantuvo aún el silencio durante unos segundos, a pesar de que la sala estaba repleta. ¡La misma juventud apática del botellón y la telebasura se había quedado literalmente pegada a sus butacas, con los ojos abiertos como platos y el rostro radiante! Inmediatamente después, decenas, centenares de voces se alzaron estruendosas narrando nuevamente las gestas que hace solo unos minutos estaban presenciando. Cada uno levantaba más la voz que el de al lado, intentando hacer patente que había sido testigo de algo extraordinario: el heroísmo. No la violencia gratuita que habitualmente nos venden desde Hollywood, sino el heroísmo de verdad, puro, sincero y altruista.

Ahora, con “El Retorno del Rey”, el mito vuelve a encarnarse – por última vez – en Frodo y sus compañeros, haciendo vibrar a jóvenes y mayores como ya se hizo en Europa con “La Ilíada” o ”El Cantar del Mio Cid”. El heroísmo arde de nuevo, reinterpretado por la magistral pluma de Tolkien y también, aunque de forma indirecta, por las cámaras de Peter Jackson. ¡Qué no se apague la llama!

Juan Garcilaso de la Vega Muñoz

20 de diciembre de 2003


ESTRENO DE “EL RETORNO DEL REY”

Vence la Luz y el cine bien hecho

Peter Jackson no ha decepcionado. Naturalmente, por largo que fuese el metraje de El Retorno del Rey, resultaba imposible incluir todas las escenas, todos los lugares, todos los personajes y todas las referencias de la tercera parte de El Señor de los Anillos. Había que elegir, y había que hacerlo manteniendo el equilibrio entre la fidelidad a la obra literaria y las necesidades de la película, que es una obra de arte independiente. Además, era importante evitar la pedantería de los eruditos y estudiosos fanáticos de El Señor de los Anillos, de los que tanto desconfiaba el profesor Tolkien en vida.

Otro medievalista, Marco Tangheroni, ha recordado este recelo del maestro inglés, más abierto a las sugerencias profundas y abiertas que a las exégesis frígidas. Y Peter Jackson ha acertado al asumir el reto, aunque se le haya negado hasta ahora un reconocimiento adecuado en forma de Oscar.

Tolkien explicó al editor Milton Waldman, ya antes de publicarse el libro, que éste se articulaba en torno a tres temas fundamentales: la Caída, la Muerte y la Máquina. No se trata sólo, ni esencialmente, de una historia de aventuras; esas aventuras, y el mundo imaginario que las sustenta, sirven de vehículo para una empresa cultural y espiritual de gran calado. Se trata, nada más y nada menos, que de reelaborar amplios sedimentos míticos y éticos de la tradición europea y hacerlos asumibles tras el fin de la modernidad. Por eso es lógico que Tolkien –un medievalista, un católico, un conservador en estado puro- sea llevado, y con éxito, al cine.

Aragorn es en esta tercera película el elegido, el rey largamente esperado que regresa a su reino, asumiendo la dignidad de salvador, de liberador profetizado. Junto a él, Frodo Bolsón comparte el protagonismo desde la humildad de quien lleva una carga demasiado pesada, pero que no renuncia a ella por un profundo sentido del deber. Por último, más humilde aún pero no menos digno, Samsagaz Gamyi, representación viva de la lealtad personal más allá de toda esperanza y de toda comprensión. Nacidos los tres personajes de la pluma de Tolkien y de unos cuantos milenios de elaboración, han encontrado en esta trilogía una sede digna y no por adecuada a los tiempos menos efectiva.

“Deep roots are not reached by the frost”, las raíces profundas no se hielan. Afirmando esto, John Tolkien cimentó su obra en sólidas raíces, y sobre ellas Jackson ha elevado un monumento que, con el tiempo, será valorado mejor que ahora.

Pascual Tamburri


La gran música y el cine: Howard Shore

Alrededor de la Primera Guerra Mundial y de la gran crisis política e ideológica de la que ella fue a un tiempo causa y consecuencia, tuvo lugar en Europa un fenómeno insólito que cambió para siempre la producción artística occidental: la pérdida de la inteligibilidad.

Hasta ese momento el arte occidental, al igual que en las demás civilizaciones, se había caracterizado por su sujeción a las normas de la belleza y la comprensión. No importa la época, el género o el estilo, toda manifestación artística se había sujetado siempre a dichos principios.

Pero llegó el siglo XX, y ya desde su inicio dejó clara su voluntad de romper con toda tradición y crear un mundo enteramente nuevo según principios sacados de la nada. La pintura y la escultura, hasta entonces dedicadas al cultivo de la forma, optaron por darle la espalda y, paso a paso, desembocaron en el arte abstracto. La literatura, hasta entonces sujeta a las normas de la gramática y la sintaxis, intentó autodestruirse alejándose por los aparentemente originales y sin embargo necios caminos de la incomprensibilidad. Y la música, que vivía los todavía vigorosos coletazos de la gran época romántica, decidió romper con la eufonía y, mediante la eliminación de la armonía, la melodía y el ritmo, abrir entre ella y sus amantes un abismo que no se ha vuelto a cerrar.

Curiosamente este abismo vino a ser llenado, sobre todo a partir de los años 50 y 60, por lo que se ha venido conociendo como "música popular", aunque, para ser exactos, debería denominarse "comercial", pues nada más alejado de lo popular, nada menos relacionado con la producción musical de cada pueblo, que esas uniformes creaciones ajenas a cualquier tradición y destinadas a un fugaz consumo internacional de masas.

Pero lo que es indudable es que esta débil y perecedera rama del gran árbol de la música ha conseguido aparecer ante la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos como la única música posible. Hasta tiene ya sus clásicos -Elvis, Lennon-, origen último, según parece, de toda la música que en el mundo ha habido y que merece la pena de ser escuchada. Y, mientras tanto, la gran música, a pesar de sus muchos siglos de inabarcable riqueza, ha quedado arrinconada como un aburrido fósil, carente de interés salvo para una ínfima minoría de pedantes y digno de reposar en los museos de arqueología.

Sin embargo aún queda un ámbito, y de no pequeña importancia, en el que la gran música sobrevive: el cine. Porque, muy significativamente, cuando se necesita apuntalar las imágenes con músicas que reflejen, acompañen y expliquen las realidades más profundas del ser humano -el amor, el odio, la alegría, la tristeza, el miedo, la desesperación, la grandeza, el heroísmo- no queda más remedio que acudir de nuevo al lenguaje musical clásico, fundamentalmente el decimonónico, arquetipo indudable de la gran música.

El último ejemplo es el trabajo de Howard Shore para El Señor de los anillos, cuya tercera y última entrega acaba de ver la luz. Porque, como tantos otros compositores pasados y presentes que han puesto su mayor o menor talento al servicio del séptimo arte (Miklós Rózsa, Erich Korngold, John Williams, John Barry...), Shore ha utilizado en su partitura, con gran acierto y sin renunciar a su propia personalidad musical, la arquitectura y el lenguaje orquestal del romanticismo, en concreto el del gran sinfonismo germánico de la segunda mitad del siglo XIX -Liszt, Wagner, Bruckner, etc-.

Ojalá sirva esta notable aportación de Shore, merecedora sin duda del Oscar, para que quienes se sientan conmovidos por la música que acompaña la épica tolkieniana experimenten curiosidad por conocer las fuentes de las que ha manado. Y quizá así consigan sorprenderse al adentrarse en el inmenso y maravilloso mundo de la música de verdad.

Jesús Laínz