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Políticamente... conservador

Libros

DE JOSÉ ANTONIO A RIDRUEJO: La Falange Teórica

Desentrañar el ideario de Falange Española tiene mucho de prospección arqueológica. La visión primigenia y los mitos que la deformaron se superponen en un palimpsesto ideológico con escasas referencias textuales y en el que se ha vuelto difícil discernir el deseo de la realidad, lo que José Antonio, Hedilla y Ridruejo persiguieron de lo que realmente fue su movimiento fascista revolucionario. El historiador Manuel Penella reconstruye el ideario esencial de Falange en un ensayo que desmitifica la identificación del movimiento joseantoniano con el franquismo. "He tratado de aprehender lo que Dionisio Ridruejo llamaba Falange Teórica, Falange Hipotética o Falange Esencial, es decir, una referencia histórica evanescente, situada, si se me permite el lenguaje, entre la realidad y los sueños", comenta el autor de La Falange Teórica. De José Antonio Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo. El libro de Penella acota el periodo de formación del ideario de Falange entre 1933, fecha del primer discurso de José Antonio, y 1942, cuando Ridruejo rompe definitivamente con Franco y su régimen e inicia su evolución a la socialdemocracia.  "Salvando a Stanley Paine, el tema del libro está muy poco estudiado. Que no sea un autor extranjero quien lo haya abordado ya es un incentivo para leerlo", dijo Tom Burns Marañón en la presentación de la obra. Según este historiador, en las páginas La Falange Teórica se da cuenta del "virus totalitario que ha infectado a la derecha española durante décadas", alejándola del liberalismo característico de la europea, pero también del "sarampión socialista" de varias generaciones de políticos y pensadores de izquierdas, más influidos por el ideario joseantoniano de lo que se ha contado en los estudios de referencia sobre la época. "La culpa está aquí, en lo que cuenta este libro", afirmó Burns. La dificultad de reconstruir el cuerpo doctrinal del falangismo y de tasar su influencia en la política nacional radica, según Penella, en que, "a diferencia del comunismo, el falangismo no cuenta" con un ideario suficientemente elaborado. José Antonio "apenas dejó unos cuentos discursos, artículos, conferencias y cartas". Además, "en el fascismo y en el falangismo contaron menos las palabras que la acción".  La Falange Teórica describe "la acción falangista" durante los años de mayor fuerza e influencia directa de este movimiento. El sistema de ideas se reconstruye a partir del análisis de sus iniciativas, para "poner en evidencia la disparidad entre" el ideal y los resultados prácticos de la causa emprendida por los "falangistas esencialistas". Penella sigue con rigor el rastro de José Antonio, de Manuel Hedilla y de Dionisio Ridruejo; a éste le considera el más expresivo y coherente sucesor de aquellos. En 1942, recordó Penella en la presentación, Ridruejo "rompió formalmente con el franquismo por un motivo sencillo, duro de admitir para los falangistas teóricos: el dictador no tenía el menor propósito de hacer realidad la revolución nacionalsindicalista". Después de 1942, "los defensores de la Falange Teórica se saben condenados al fracaso, y sólo cabe rescatar, de tanto en tanto, algún rescoldo del viejo sueño". "Ridruejo me descubrió la necesidad de recurrir a la Falange Teórica para explicar no ya aspectos de su juventud, sino hechos relevantes para la España del siglo XX", anota Penella en el libro.  El origen remoto y psicológico del movimiento lo sitúa el autor en el viaje iniciativo que Primo de Rivera realiza junto a su padre, el dictador Miguel Primo de Rivera, a Roma en 1923, poco después del golpe de estado que llevó a éste al poder, con la anuencia del Alfonso XIII. "En la Italia de las camisas negras, el joven José Antonio queda deslumbrado por la retórica obrera del Duce y su impulso modernizador, pero, sobre todo, por su puesta en escena", sostiene Penella. El libro dibuja a un José Antonio más inspirado que teórico. No era un intelectual, sino un hombre de acción. En José Antonio, al decir de Penella, "la adscripción emocional al fascismo precedió a las consideraciones de orden intelectual". "La influencia de los pioneros del fascismo español, Ernesto Giménez Caballero, Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo fue, aunque relevante, menos comprometedora para el líder falangista. De hecho, como creador de la Falange Teórica, José Antonio Primo de Rivera se encontró cada vez más solo". Según Penella, los hombres de su "corte literaria" (Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes o Agustín de Foxá) "no pasaron de ser unos conservadores maurrasianos". Por último, repararemos en lo que Penella comenta acerca del supuesto liberalismo de José Antonio. Comenta esto: "Lo único seguro es que José Antonio no era un liberal, en ningún sentido. Algún día Ledesma lo consideraría, más que un líder fascista, un político liberal, pero esta apreciación no debería llamarnos a engaño en ningún momento. En todo caso, era justo lo contrario. No sólo atacó al liberalismo, sino también al capitalismo. Y este fue, desde el principio, uno de los rasgos característicos de la Falange Teórica".  Y esto: "José Antonio proponía una sociedad jerárquica, no una sociedad igualitaria, repugnante para él tanto en la versión liberal como en la comunista". Por Víctor Gago Manuel Penella: La Falange Teórica. De José Antonio Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo. Planeta, 2006; 465 páginas.  Libertad Digital, suplemento Libros, 9 de junio de 2006 

Prólogo del libro "La Constitución traicionada", Aleix Vidal-Quadras (Ed. Planeta, 1998)

Desde que me dedico a la política activa, unas veces en primera línea de combate, otras en la retaguardia inquieta y forzosa, he publicado cuatro libros en los que se recogen artículos de periódicos, conferencias, intervenciones en encuentros públicos de diversa naturaleza y ensayos en revistas de pensamiento. La vida parlamentaria y las responsabilidades de partido, con sus idas, venidas, reuniones innumerables y urgencias devoradoras, generan un ambiente poco propicio para la escritura tranquila, reposada y reflexiva. Sin embargo, hay ocasiones en las que surge la necesidad de elaborar un pensamiento más estructurado, bien sea debido a la invitación a participar en un curso de verano, a la petición de un texto para un volumen colectivo o a la ineludible demanda de pronunciar un discurso por algún motivo solemne o trascendente. Es en tales coyunturas cuando se dan al papel reflexiones y argumentos de mayor calado y alcance que los propios de los condensados mensajes de la efímera rueda de prensa, la apresurada columna de opinión o el desatado fervor del mitin electoral. Por supuesto, cualquier político con cierta ambición intelectual desea disponer del tiempo y la serenidad requeridos para dar a la luz un cuerpo de doctrina consistente, completo y claramente perfilado, pero en ausencia de estas condiciones ideales, bueno es reunir fragmentos que, encerrados en una única encuadernación, permitan al lector construir por sí mismo, como el que junta pacientemente las piezas de un puzle en el que figuran principios, valores, análisis, críticas y propuestas programáticas en desordenado montón, el esquema conceptual y axiológico que guía la actuación del que reclama su adhesión o solicita su voto.

Por eso entrego a la imprenta este quinto libro en momentos de profunda crisis nacional. Quizá no lo hubiera hecho si no tuviera la percepción de que nos hallamos en la antesala inmediata de cambios dramáticos en nuestro sistema institucional y jurídico, el que se alumbró con la Transición hace ahora casi treinta años, cuando un grupo de hombres y mujeres imbuidos de buena voluntad y generoso patriotismo creyeron haber hallado la fórmula para derrotar para siempre a nuestros ancestrales demonios. Esta ilusión colectiva ha durado un cuarto de siglo y para nuestra desgracia se está desvaneciendo sin remedio a gran velocidad ante los ojos horrorizados e incrédulos de millones de españoles sensatos y decentes. El nuevo Estatuto de Cataluña, en fase de acelerada confección en la Comisión Constitucional del Congreso mientras tecleo estas líneas, marca el principio del fin de la Carta Magna de 1978, y junto a la claudicación deshonrosa del Gobierno frente a ETA y a las reformas estatutarias que se perfilan en el horizonte para el País Vasco y Galicia, anuncia el derrumbe del edificio normativo en el que habitamos al abrigo de los embates del terrorismo, de las amenazas del totalitarismo y de los abusos de la venalidad. Pronto quedaremos a la intemperie, y al igual que el yerno de Tomás Moro cuando instaba a su santo suegro a traicionar su conciencia para salvar el cuello firmando la declaración exigida por el rey, veremos muy de cerca el rostro del Mal sin leyes que nos defiendan de su hálito venenoso.

La política práctica casa mal con las estrategias a largo plazo y con las convicciones morales sin plazo. Se mueve demasiado a menudo arrastrada por la impaciencia por alcanzar el poder, que nubla el paisaje lejano, y por el autoengaño que confunde la carencia de escrúpulos con la ética de la responsabilidad, anulando cualquier asomo de virtud. No es extraño, en este contexto de desastres, que uno de los libros de cabecera de Pasqual Maragall, según confesó en una de esas entrevistas que intentan ahondar en el personaje, sea El sabio y la política de Max Weber. El gran sociólogo alemán jamás pudo llegar a suponer hasta qué punto su célebre ensayo serviría de coartada a una legión de desaprensivos que se aferrarían en el futuro a sus inspiradas páginas para justificar las atrocidades más pavorosas y las miserias más repulsivas. Dos son las acusaciones que caen comoun látigo restallante sobre el diputado, concejal o ministro que intenta conciliar su tarea ejecutiva o legislativa con unas mínimas reglas éticas o con algo de rigor mental, la de fundamentalista y la de intelectual, estigmas despiadados que arrojan al réprobo culpable de tales debilidades a la cuneta de los partidos. Pese a todo, hay que seguir luchando, inasequibles al desaliento, porque del forcejeo continuo con la idiotez, el oportunismo y la codicia saltan esporádicamente relámpagos de grandeza, de heroísmo o de belleza que compensan el espectáculo deplorable de tanta bajeza y tanta cobardía.

Hemos vivido razonablemente bien durante tres décadas dando por válidas dos hipótesis que el tiempo y la experiencia han revelado falsas: la primera es que los partidos nacionalistas son fuerzas políticas como las demás, que por encima y más allá de sus objetivos concretos y de su particular ideología, comparten con el resto de la sociedad española unos fundamentos morales y un marco constitucional que, abstracción hecha de sus excesos verbales o de sus gestos desafiantes, respetarán en toda circunstancia sin romper la baraja que se reparte civilizadamente sobre el tapete verde de la democracia; la segunda es que los dos grandes partidos nacionales, el centro-derecha y el centro-izquierda moderados e ilustrados, están dispuestos permanentemente a cerrar filas con el fin de defender sin vacilaciones la Constitución y el gran pacto civil de la Transición si falla la primera hipótesis. Esta construcción ingenua se ha venido abajo sin disimulo posible desde que José Luis Rodríguez Zapatero comenzara su mandato como presidente del Gobierno.

Los españoles que deseamos seguir siéndolo, y que aún somos por fortuna una abrumadora mayoría, hemos de entender lo que está sucediendo en este período aciago de nuestra historia común, porque si no sabemos lo que nos pasa, como se lamentaba Ortega, lo que se avecina será mucho peor de lo que imaginamos. Y lo que pasa es que uno de los dos grandes partidos nacionales ha cedido a la tentación diabólica de un trueque fáustico: ha entregado España a los nacionalistas a cambio del poder eterno. En efecto, el plan del actual inquilino de La Moncloa es ya transparente, por mucho que intente disfrazarlo con seráficas apelaciones al diálogo y a la armonía de las esferas celestes. El Estado capitulará ante ETA, porque la frase «sin vencedores ni vencidos», cuando la otra parte es el crimen organizado, indica que las instancias democráticas están dispuestas a rendirse a los asesinos, Cataluña y el País Vasco serán segregadas del conjunto de la Nación como micronaciones cuasi-soberanas consagrando el principio de legitimidad étnico-lingüístico como superior al racional-democrático, y el Partido Socialista en justa compensación ocupará durante generaciones el puente de mando de un Estado residual sin alma nacional que paseará por el mundo su irrelevancia y su deshonra. Pero no hemos alcanzado este punto trágico de la noche a la mañana, sino que la catástrofe presente es el fruto de un dilatado proceso de renuncias, egoísmos, pusilanimidades y vanidades en el que las culpas, si bien no se reparten uniformemente, sí salpican a todos.

Hay quien ha observado, desde una perspectiva indudablemente realista, que sin acuerdos con los nacionalistas Aznar no hubiese sido presidente del Gobierno en 1996. Esa es una gran verdad, como tampoco lo hubiese sido Felipe González en 1993, ni Zapatero en 2004. El problema es que este tipo de maniobras tiene un recorrido de longitud finita —al salchichón ya no le quedan rodajas que cortar— y que hemos llegado a la estación término, en la que nos van a obligar a cambiar de tren y salir hacia un destino desconocido.

Volvemos a la cuestión de la mirada larga y los principios frente al regate corto y al pragmatismo demoscópico. Los errores se pagan y las flaquezas conducen a la derrota. Ahora se trata de salir del hoyo antes de que empiecen a echarnos tierra encima y no creo exagerar si señalo que el margen de tiempo y espacio que nos queda es desoladoramente escaso. Es muy difícil, por no decir imposible, que un solo partido vertebre a la Nación. Por tanto, es imprescindible que la Nación despierte y se pronuncie, de tal forma que su voluntad inequívoca y masiva abra la salida regeneradora del impasse enfangado en el que nos debatimos.

La misión del único partido que persiste en navegar, aunque con el casco dañado y las velas hechas jirones por la tempestad, por las aguas constitucionales manteniendo su compromiso firme con la sociedad abierta, consiste en esta hora decisiva en exponer sin ambages ni complejos ante la ciudadanía la gravedad de la situación que atravesamos y llamarla a las urnas en las próximas elecciones generales con una propuesta de reforma constitucional que corrija aquellas deficiencias de nuestro presente ordenamiento que nos han colocado, por la desidia de unos y la traición de otros, al borde del abismo. El miedo a ser acusado de catastrofista ha de ser superado y el ánimo para reforzar la cohesión nacional, devolver al Estado competencias que nunca debió ceder y recuperar el orgullo de pertenecer a una de las democracias más avanzadas y prósperas del planeta, no ha de declinar ni un ápice porque la reserva de energías almacenada en la Constitución de 1978 para mantener unida la Nación se haya agotado. Si los españoles perciben la magnitud del peligro y se les ofrece un liderazgo valiente, inteligente y honesto que les oriente en la tribulación y el desconcierto que hoy les posee, lo seguirán sin vacilar. La comodidad, la pereza, la inercia o el encogimiento han de ser descartados y el lastre compuesto de tibios, camaleónicos y cínicos echado sin contemplaciones por la borda. El desafío es tremendo y este libro intenta afrontarlo sin temor.

Madrid, 22 de febrero de 2006

(De la webde la Fundación para la Defensa de la Nación Española)

La Fundación Leyre presenta en Pamplona el libro: "La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas".

Participarán:D. José Luis Orella, director del Departamento de Historia y Pensamiento de la Universidad San Pablo-        CEU y director del texto;D. Jaime Larrínaga, coautor, ex-párroco de Maruri, presidente de Foro El Salvador; yD. Salvador Ulayar, delegado en Navarra de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Miércoles 7 de junio de 200620’00 horas.Nuevo Casino Principal.Plaza del Castillo, 44, 1º. PAMPLONA Asistencia libre.                                                                                                                       www.fundacionleyre.com 

ESTEFANÍA PERPETRA UN NUEVO LIBRO: La mano de Polanco

El poder se oculta y nos domina desde las sombras. Hoy por hoy, Bush y Gates dirigen el mundo. El imperio del tanto tienes, tanto vales destruye la democracia y socava la libertad de prensa y el papel del Estado como árbitro en la sociedad. Éstas son las premisas del nuevo libro de Joaquín Estefanía, un personaje que, tras haber sido director de El País y jefe de opinión del diario "independiente de la mañana", o lo que es lo mismo, vocero del gran Jesús de Polanco, tiene a bien recordarnos los peligros que entraña el capitalismo. Dos preguntas nos asaltan de continuo cuando nos echamos a la cara semejante libelo. La primera es previsible, a saber: ¿cómo es posible que alguien que trabaja para un imperio mediático, para un multimillonario que ha crecido a la sombra de Franco y de los sucesivos gobiernos del Señor X, critique el capitalismo y califique a cualquiera que disienta de sus ideas de "ultraliberal", cuando no directamente de acólito de una gran corporación? La segunda es aún más preocupante. Si la globalización es capitalismo sin límite, ¿cómo es que los estados establecen impuestos progresivos, restringen la libertad de horarios comerciales, subvencionan a los sindicatos, multan a Microsoft o impiden que la gente escape del sistema obligatorio de salud y pensiones? El lector que no se haya dejado atosigar con tan pertinentes preguntas se encontrará con una obra en la que lo único positivo es la prosa del autor: Estefanía, francamente, escribe bien. Pero con su buena prosa ofrece un retablo del mundo tan pesimista como Matrix y tan falso como el talante de Rodríguez Zapatero. Su definición de capitalismo da buena cuenta del respeto que siente Estefanía por la veracidad:  "Este es un sistema en el que la acumulación es la virtud absoluta, tanto si se trata de riqueza como de poder (…) Es como si el capitalismo global hubiese perdido todo sentido del miedo desde que no tiene un enemigo vivo (desde 1989, con la autodestrucción del socialismo real) y se soportasen sin tensión niveles de desigualdad que antes hubieran resultados intolerables". Cualquiera que se tome la molestia de analizar las virtudes de un empresario observará que el afán de lucro es un motor de sus decisiones, pero igual de relevantes son su amor al trabajo y su deseo tanto de crear empleos como de ser su propio jefe. Y, para satisfacer al consumidor, verdadero soberano en el mercado, mal que le pese a los progresistas de salón, el empresario debe actuar con prudencia, cumplir los contratos, cuidar de su propiedad, aprender a escuchar, resistir la tentación de mentir o engañar y estar atento a las oportunidades y cambios que se producen.  Por supuesto, Estefanía no tiene ningún interés en leer análisis como los de la profesora Deirdre N. McCloskey, de la Universidad de Illinois, que en su libro Virtudes burguesas ha estudiado cómo la ética es esencial en el mercado.  A Estefanía se le escapa otra mentira cuando habla de la desigualdad. Para entendernos, si en 1981, según Naciones Unidades, el 40,4% de la humanidad vivía con un dólar o menos al día y en 2001 se había reducido ese porcentaje a la mitad, es decir, al 20,7%, ¿dónde está ese retroceso del capitalismo de que habla? Es más, como ha confirmado el Banco Asiático de Desarrollo, en dicho continente han escapado de la pobreza más de 300 millones de personas desde 1990, lo cual confirma que el capitalismo extiende el bienestar a todos. De hecho, la ONU explicó cómo las únicas áreas del mundo que han caído en el índice en los últimos años han sido el África Subsahariana, Rusia y varios países del Este; precisamente aquellos países donde, como es bien sabido, el mercado arroja los más pobres a la mendicidad o a la prostitución. En lugar de comentar extensamente estas cifras tan positivas y gritar más de un hurra por cada logro del capitalismo, "la mano de Polanco" prefiere escarbar en las pasiones más bajas del ser humano y convocar a la envidia como si del dios de la lluvia se tratara. Con sólo comparar el dinero que tienen Bill Gates y otros potentados con los ingresos totales que años antes disponían los más ricos del momento, el maestro Estefanía saca la calculadora y concluye que "la desigualdad es una característica central de este sistema, el precio que hay que pagar por el funcionamiento eficaz del mismo".  El análisis sesgado impide ver que lo único que prueban estos datos es que si un 20% de la población posee el 70% de la riqueza es porque la ha creado. En un estudio esencial, titulado Mitos sobre ricos, José Ignacio del Castillo señala que  "sólo es posible comprender la fortuna de casi todos los empresarios de la lista Fortune por su capacidad para generar beneficios futuros, y éstos sólo podrán ser generados si se les deja vivir y funcionar. ¡Qué colosalmente se equivocan quienes piensan que riqueza y renta son magnitudes equivalentes y que es posible despiezar la primera para incrementar la segunda!".  Como no podía ser menos, Estefanía se vale del caso Enron para desprestigiar el capitalismo. Átense los machos: según Estefanía, el "contrato social implícito que hay en las sociedades" (sic), que "exige la provisión de protecciones sociales y económicas básicas" y "oportunidades razonables de empleo", "se rompe cuando se producen casos como los de Enron y compañía". Evidentemente, Enron actuó fraudulentamente porque creó un entramado de empresas que iban ocultando sus deudas y así inflaban su cuenta de resultados. Pero que eso suceda no quiere decir que el capitalismo haya sido el responsable.  Al igual que la existencia de policías corruptos no significa que todos los agentes de la ley lo sean, tampoco el hecho de que existan ejecutivos delincuentes confirma que todos los directivos se dediquen a engañar a los accionistas y a acumular fondos en Jersey. Pero es que, además, ese tipo de actos son considerados punibles en todos los países, empezando por EEUU: el fundador de Nerón y su sucesor al frente de la compañía han sido culpables de conspiración y fraude. No es de extrañar que, siendo tan acusado su anticapitalismo, Estefanía considere El capital de Marx el "primer intento sistemático de comprender el capitalismo". Con La mano invisible de la mano de Polanco se prueba el famoso dictum de Revel: "La primera de las fuerzas que dominan el mundo es la mentira". Y la hipocresía. Así se explica que gentes como Estefanía, que ostentan cargos importantes en grandes corporaciones, carguen contra las mismas. Pero no son hipócritas cuando defienden la extensión del Estado, ya que lo que pretenden es que éste otorgue beneficios y privilegios a los suyos y a los de su cuerda.  El poder del que nunca hablará Estefanía se oculta en la sombra y, como dijo otro célebre pensador francés, es "inmenso y tutelar, absoluto, regular, previsor y suave".  Por Gorka Echevarría Zubeldia  Joaquín Estefanía: La mano invisible. El gobierno del mundo. Aguilar, 2006; 192 páginas. Libertad Digital, suplemento Libros, 2 de junio de 2006

La tregua de la autodeterminación

No han sido muchas las editoriales que, ciertamente, se han lanzado al análisis de la tregua de ETA. Grafite, que tiene su sede social en Bilbao, para más señas, quizá haya hecho un singular esfuerzo. Si algo se concluye en de la lectura de este libro, es que tanto el director, profesor de la Universidad CEU San Pablo, como el equipo de colaboradores, tienen las ideas claras. Horroriza pensar que España está, ahora si cabe más que en otros momentos, en manos de ETA. Horroriza pensar que el futuro de la tregua de la autodeterminación depende de ETA y no de la verdad, en la calle, en las ideas, en la mesa de diálogo, de negociación o como se llame. Horroriza pensar que el futuro de las elecciones municipales, autonómicas, generales, depende de ETA, de lo que sea capaz de pedir y de cómo sea capaz de pedirlo. Horroriza pensar que el futuro de la articulación de España, de principios básicos de relación entre los ciudadanos, de progreso y de bienestar, depende de que se saquen o no las últimas consecuencias del famoso pacto de Perpiñán.

En la presentación de este libro, don Jaime Mayor Oreja no habló de tregua trampa, sino de la tregua de la autodeterminación. Si a esta finalidad no escondida por los etarras, y por su entorno, y por aquellos que tienen la misma comunidad de fines, se añaden las recientes declaraciones de Otegui a la revista mejicana Emeequis, -qué gran hombre de paz como dijo el Presidente del Gobierno-, en las que delinea una futura sociedad vasca del siguiente calado: «Tengo la esperanza de que en dos años estaremos muy cerca de un acuerdo definitivo. Si las voluntades políticas no se dilapidan, si se respetan los tiempos, nosotros estamos convencidos de que Euskal Herria (País Vasco, Navarra y tres provincias del sur de Francia) va a ser una nación, un Estado republicano y socialista», es lícito pensar que el Presidente del Gobierno está contribuyendo, o al menos debe explicar que no lo hace, a construir la Cuba ibérica. Este libro desenmascara la tregua de ETA ayudándonos a pensar en lo que ha sido ETA, en lo que es ETA y en lo que quiere ser, y no a dejarnos seducir por las frases grandilocuentes o por los silencios sospechosos -menos hablar en público y más en privado, dijo el Séneca del 11-M-. Uno de los más destacados colaboradores de este volumen colectivo, cuyo prólogo está a cargo del jesuita Fernando García de Cortázar,   don Francisco José Vaquero, señala que el objetivo del libro es «proporcionar elementos de juicio para un debate de fondo sobre lo que implica la tregua de ETA y lo que implica el nacionalismo en sus últimas consecuencias. Lo que queríamos era conseguir plantear un debate en temas de fondo no en cuestiones coyunturales. Para conseguir esto, aquí desentrañamos y proporcionamos claves decisivas y fundamentales para entender el proceso que estamos viviendo». Y, añade: «La primera mentira de la tregua es que se habla de un proceso de paz y, para ello, emplea el lenguaje del nacionalismo abertzale que es un lenguaje perverso. Cuando se emplea un lenguaje perverso y se manipula la realidad, la verdad muere, y es la primera víctima, por eso hay muchísimas mentiras en el proceso de paz. Por otra parte se persiguen también muchos objetivos de carácter político, mediático y social. Realmente no se persigue la paz, ETA tiene unos objetivos políticos muy determinados y ha manipulado los sentimientos y de las esperanzas de la gente». Los beneficios de este libro, en el que colaboran, además de los mencionados, José Basaburúa, Antonio Beristain, Rafael Ibáñez, Jesús Laínz, Jaime Larrínaga y Manuel Morillo, serán destinados a la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

 José Francisco Serrano  Alfa y Omega, Nº 501, 1 de junio de 2006

Define la República como una experiencia histórica fallida: Penella presenta “La Falange teórica”

La publicación del libro “La Falange Teórica”, va a ser ciertamente polémico. El texto habla de la Falange Española en sus esbozos ideológicos. La ha escrito Manuel Penella, historiador y autor de una biografía de Dionisio Ridruejo, de quien fue secretario. En “la Falange teórica. De José Antonio Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo”, Penella señala que ha tratado de aprehender lo que Ridruejo —uno de los principales ideólogos falangistas de la primera hora, luego enfrentado al régimen de Franco y reconvertido en socialdemócrata— llamaba también “Falange Hipotética o incluso Falange Esencial”.

Esa Falange, a juicio de Penella, es “una realidad histórica” situada “entre la realidad y los sueños” de manera que, como apuntó, siempre persiste la polémica entre lo que fue en realidad y lo que pudo ser el grupo fundado por Primo de Rivera el 29 de octubre de 1933.

La historia
El libro de Penella ahonda en los matices de esta historia, que no deja de ser la del fracaso de un movimiento revolucionario y su capitalización por el franquismo, hasta que el propio Ridruejo, acuñador de la expresión “Falange Teórica”, rompe con el régimen.

El armazón
El objetivo del autor es explicar el armazón ideológico de Falange y la narración lineal de sus relaciones con el resto de las fuerzas, sobre todo su capacidad de fascinación en la derecha española, lo que Penella llama “los monárquicos fascistizados y el grueso de la Ceda”.

Carácter violento
El libro detalla el carácter violento de la Falange y la de sus ideales seductores al falangismo. Penella añade que la influencia de alguno de ellos se extiende hasta la generación que, en 1975, trajo la democracia a España.

“El libro está escrito con la esperanza de que hoy se pueda tomar distancia histórica y crítica, justipreciar el falangismo y el franquismo”, afirma Penella, quien define la República como una experiencia histórica fallida: “Glorificarla de forma acrítica es peligroso, porque el suyo fue el fracaso de una sociedad escindida, que ya había fracasado en la reforma canovista”.
 ELPLURAL.COM, 1 de julio de 2006

Stalin, el regreso

Un 30% de los ciudadanos rusos considera a Stalin un tirano que exterminó a millones de personas, una imagen muy cercana a la que se tiene en Occidente del antiguo dirigente soviético. Hasta ahí todo normal. Ahora bien, hay otro 35% que tiene una visión más positiva del dictador y le recuerda como el artífice de la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Otro 30% ni siquiera se pronuncia.Al tiempo que esto sucede, en Occidente se multiplican los textos sobre el régimen soviético y sobre el propio Stalin, textos que subrayan habitualmente la compleja personalidad del dictador y resaltan las numerosas matanzas llevadas a cabo durante su mandato. Así, acaban de publicarse ahora Stalin, de Robert Service (Ed. Siglo XXI) y El siglo soviético. Qué pasó realmente en la Unión Soviética, de Lewin Moshe (Ed. Crítica).Así, mientras en las sociedades de Europa Occidental aumentan las posibilidades de conocer la realidad de una clase de regímenes que antes permanecían fuera de nuestra mirada y de nuestro conocimiento, en Europa del Este crece la nostalgia por un tiempo en el que, en la mente de sus seguidores, sus anteriores líderes eran más honestos, Stalin incluido. Tiempos en los que la gente no se rodeaba de lujos, que dirigían sus acciones con el propósito de beneficiar al pueblo y que no acumulaba recursos materiales en su solo provecho.Hay un conjunto de factores que, para el historiador Ricardo de la Cierva, explicarían estos nuevos movimientos. “Hay en Rusia una gran nostalgia. Hay que tener en cuenta que ha pasado, a regañadientes, de ser una gran potencia a desempeñar el papel de potencia secundaria; que todavía quedan muchos supervivientes del ejército rojo, aun cuando algunos de ellos se hayan reciclado aparentemente con la democracia; y que con el nuevo régimen político han aparecido muchos inconvenientes: con los comunistas no pasaban hambre”. Nuevo populismo para combatir la corrupciónAdemás, la percepción de una extendida corrupción incrementa el malestar de la población, que recuerda tiempos en los que los privilegios de sus líderes eran menos visibles, donde no había carencias materiales básicas y donde no sólo los adinerados podían disfrutar de unas condiciones de vida mínimas. Se hace comprensible, pues, que surja un nuevo populismo y que se apoye en los viejos símbolos.Pero ¿por qué este interés en Stalin? Hay historiadores que apuntan, como hace Santos Juliá, que “lo que justificaba el número de publicaciones es la posibilidad de acceso a archivos ocultos o ignorados hasta ahora”. Para De la Cierva, en cambio, ese aspecto no es el esencial. “Se ha publicado mucho sobre Stalin en los últimos años. No sé si será alguna consigna o simple moda, pero este interés no responde a que se hayan abierto archivos. Desde muy poco después de su muerte se han sabido muchas cosas acerca de lo que hizo y se han venido editando muchas cosas sobre él”.Para Miguel Riera, director de la revista El viejo Topo, la cuestión estriba en que existe “un intento notable de equiparar fascismo y comunismo, de hacerlos aparecer como iguales. En ese sentido podríamos interpretar las últimas iniciativas del Consejo de Europa y muchas lecturas de intelectuales europeos de derechas. Y Stalin es una figura muy fácil de demonizar; con él se hace más sencillo llevar a cabo esa operación”. Igualmente, es más fácil contener en los países del Este la nostalgia cuando se apoya en mitos tan deteriorados como éste. En tal sentido, apunta Riera, la figura de Stalin sirve esencialmente a los propósitos de “una derecha conservadora [fundamentalmente estadounidense] integrista”.A la sombra de LeninPara Ricardo de la Cierva, sin embargo, este interés en Stalin también tiene una posibilidad de ser aprovechado desde el lado comunista. “Al exaltar los crímenes de Stalin, que eran ya evidentes después de la denuncia que hiciera Jruschev, se está logrando que se olviden las atrocidades cometidas por Lenin, que son iguales o peores. Mientras se carga la tinta sobre Stalin, no se denuncian los crímenes de Lenin”.Para Miguel Riera, “ya hay astutos intentos de demonizar a Lenin, de hacer ver que Stalin no fue más que la continuación de todo lo que Lenin inició, que lo que Stalin hizo ya estaba prefigurado en Lenin. Y eso es un gran error. Imagino que dentro de un tiempo todo comenzará a verse con otros ojos, y se podrán analizar las cosas con mayor objetividad, situando más las cosas en su contexto. No es el caso de la actualidad, donde el comunismo viene siendo atacado ferozmente por la derecha”.En una encuesta publicada por el diario Novye Izvestia, en la que se preguntaba qué monumento simbolizaba menor a la Rusia de hoy, la mayoría de las obras citadas en las respuestas fueron construidas por Stalin. Igualmente, en las manifestaciones, cada vez hay más efigies del dictador. Si el interés de Occidente por la antigua URSS está en los libros, en el Este se encuentra en la calle.  Esteban Hernández 

Elconfidencial.com

LOS SEÑUELOS DE LA POLÍTICA: Guía políticamente incorrecta de la ciencia

Parece como si los científicos gozaran de cierta inmunidad. Toleran el examen, pero preferiblemente si se hace dentro de sus propias filas (...) Los que no son especialistas en [un determinado] terreno temen entrar en el campo de los demás, como no sea con un espíritu respetuoso. Por todo lo cual raramente se producen desacuerdos. Y los sacerdotes de la ciencia no se ven molestados, que es lo que en el fondo les gusta.Pero la verdad es que la ciencia se ha politizado, y si los científicos no quieren criticarse unos a otros ¿quién lo va a hacer? Creo que los periodistas necesitarían involucrarse más en este asunto. No hacer simplemente reportajes sobre temas científicos, sino prepararse para poder ser más críticos.  Los periodistas son generalistas y, con frecuencia, muy proclives a adquirir conocimientos básicos en cualquier nuevo campo. Pero también se muestran muy reticentes a enfrentarse a los especialistas (...) Algunas veces los periodistas creen que es peligroso cuestionar a los expertos. En realidad, lo verdaderamente peligroso es no hacerlo. Un antiguo y admirable refrán que se oía a menudo en las redacciones de los periódicos en la época del Watergate decía: "No aceptes las limosnas que te da el Gobierno". Pero eso es algo que tiende a olvidarse cuando se trata de la Medicina. En cierta ocasión le pregunté a un periodista por qué se mostraba tan poco crítico con lo que decía el Gobierno sobre el sida. "Yo no soy médico", me respondió.  En el terreno político, incluyendo los temas que se refieren a espionaje o a política exterior, los periodistas se toman en general grandes libertades. Sin embargo, no siempre es así. También aquí suelen recibir llamadas telefónicas advirtiéndoles de lo que significa la seguridad nacional. Por todo ello, hace unos treinta y cinco años un grupo de editores importantes decidieron formar su propio cuerpo de jueces críticos. El contexto era en aquel entonces la guerra de Vietnam. La Administración Nixon trataba de impedir la publicación de los llamados Documentos del Pentágono, un cuerpo de informaciones que se mostraba crítico con la guerra. Entonces se intentó activar una serie de mandatos judiciales para impedir la publicación de tales documentos, aunque finalmente prevaleció el "derecho a saber" que tiene el público. El primero en hacer pública aquella información fue el New York Times, y los demás periódicos le siguieron. Y a todos nos vino bien aquello. El papel que juegan los periodistas cuando desafían al Gobierno es beneficioso, sean cuales fueren los mecanismos que utilicen para hacerlo. El problema estriba en que con demasiada frecuencia no se atreven a desafiar la política gubernamental, sino que la apoyan, incluso cuando los fines del Gobierno son de evidente interés propio. El verdadero peligro está en no examinar a fondo el poder del Gobierno. Los periodistas examinan con lupa las afirmaciones del Pentágono, del Departamento de Estado o de la CIA (...) No se pretende conseguir con ello grandes avances en las relaciones internacionales, ni mucho menos. (...) Pero cuando se trata de temas científicos se muestran más reacios. El análisis de las afirmaciones científicas es algo que se ve generalmente relegado. El presupuesto del Instituto Nacional de la Salud se ha duplicado bajo el mandato del presidente Bush, y en lo que se refiere a la seguridad nacional se ha creado una gran muralla a partir del 11 de Septiembre. Es una muralla real y también simbólica: ¡No molesten! La clase sacerdotal de corbata y camisa blanca está trabajando. Busque su propio tratamiento. Y aunque uno debería pensar que les pagamos con nuestros impuestos, los periodistas se sienten intimidados. Habría que pedirles que emplearan con los jerarcas del Departamento de Salud Pública el mismo escepticismo que emplean con los del Departamento de Defensa. [...] [Por eso] se necesita una Guía políticamente incorrecta de la ciencia. En el campo de la ciencia, los Woodward y los Bernstein [1] no se han mostrado muy eficaces. Y sin una debida vigilancia los profesionales pueden a veces conducirnos a la muerte. En resumen, vale la pena comparar el tratamiento de la ciencia médica con lo que Thomas Carlyle llamó la "ciencia funesta", cuando se refería a la economía [...] En el siglo XIX la economía se conocía como "economía política", y estamos de acuerdo en que ése era su nombre correcto. La economía es más bien un asunto político que científico. Y la política es un campo en el que los periodistas no tienen miedo a pisar. Por lo que les estamos muy agradecidos (aunque Karl Marx fuera periodista). Durante décadas, como señala Michael Crichton, se consideró que la ciencia estaba por encima de la política. Después de todo, trataba con hechos y no con opiniones o juicios. Los hechos se comprobaban de forma experimental, y los experimentos se pueden repetir. La ciencia es un campo del saber que se autocorrige (una verdad a largo plazo). Por el contrario, la política es un campo de valores en contienda. Pero ha sucedido que la ciencia se puede politizar fácilmente. La razón más importante para ello es ésta: a menudo existe mucha incertidumbre en lo que se refiere a los hechos. En tales casos se pueden sustituir los hechos por preferencias, y esto puede resultar poco veraz. Un buen ejemplo de lo anterior es lo referente al calentamiento global. Suele decirse que, si no sabemos con certeza si hemos de coger un paraguas para ir al trabajo, ¿cómo vamos a predecir el clima que habrá dentro de cien años? Algunos de aquellos que hoy hablan con más fuerza del calentamiento global hablaban, hace veinticinco años, del enfriamiento global. Si el planeta se está calentando, ¿es responsable de ello la humanidad, o lo es el sol? Inevitablemente, al encontrarnos en semejante incertidumbre, la pugna por establecer hechos que se muestren relevantes se convierte en una pugna política. Son muchos los que no se dan cuenta de esto. En consecuencia, se ha iniciado sobre el tema del calentamiento global algo que recuerda a un auténtico debate. Está ampliamente aceptado que la meteorología es una ciencia inexacta, y que algunos de los alarmistas ven en ello, por ejemplo, un mecanismo político para frenar el crecimiento económico de Estados Unidos (...) [...] Toda aquella ciencia que se base en advertencias de mal agüero sobre el futuro debería resultar sospechosa, y habría que considerarla, casi por definición, politizada; aunque sólo fuera por el hecho de que las democracias, tal como se encuentran constituidas actualmente, responden con una desmedida prisa a cualquier aviso de crisis. En 1798, en Inglaterra, el economista Thomas Robert Malthus –un tipo lúgubre, seguramente– advirtió de que la población estaba creciendo con mayor rapidez que los recursos alimentarios. El Parlamento, sin embargo, no tomó ninguna medida, e hizo bien al actuar así. Pero el genio tutelar de Malthus en lo referente a los índices matemáticos de crecimiento siguió confundiendo a los estudiosos durante años, por más que tales índices estuvieran basados en cálculos erróneos. A pesar de ser un gran científico, el hombre estaba equivocado. Hace unos treinta años –siempre dentro del mundo occidental– volvieron a resurgir los temores de superpoblación malthusianos. Ahora se veía el asunto como una crisis a escala mundial. El biólogo Paul Ehrlich vaticinó que morirían de hambre millones de americanos (realmente, habría estado más acertado si se hubiera referido al problema de la obesidad). Estados Unidos facturó al extranjero miles de millones de preservativos. Sólo en 1990, según una estimación oficial, se enviaron 7.000 millones. Sin embargo, y como contraste, ahora empezamos a oír hablar de los problemas potenciales que presenta la reducción de la natalidad. En 2000, se creyó que el estallido de una "pandemia" de sida y VIH (virus de inmunodeficiencia humana) en los países subsaharianos podía llegar a ser tan alarmante que incluso el vicepresidente Al Gore y la secretaria de Estado Madeleine Albright llevaron el asunto al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Se trataba, según se decía, de una enfermedad que se transmitía por vía sexual; así pues, se volvieron a necesitar los preservativos. Hoy día, los países subsaharianos tienen el índice de crecimiento de población más alto del mundo (aunque puede estar usted seguro de que los preservativos seguirán necesitándose ahora más que nunca). Los acontecimientos futuros son de índole desconocida; y, para abreviar, la incertidumbre se convierte en una buena oportunidad para todos aquellos que buscan una forma de politizar la ciencia. Todos los departamentos gubernamentales se enfrentan básicamente a los mismos incentivos. Se benefician tratando de persuadirnos de que no podemos seguir viviendo sin ellos. Esto tal vez pudiera ser cierto en lo referente a aquellos departamentos ya veteranos, como las secretarías de Defensa, Estado y Justicia; pero la cosa resulta menos clara en aquellos otros que se han creado más recientemente en base a una supuesta emergencia (a la mente me viene ahora, por ejemplo, la Agencia para la Protección del Medioambiente). Todos estos organismos utilizan las mismas campañas publicitarias: "El problema es más grande de lo que podemos imaginar; pero no se preocupen: estamos esforzándonos en resolverlo. Así que ¡aumenten nuestro presupuesto, ya!". Los periodistas deberían sospechar de este tipo de campañas, tanto si pretenden incrementar nuestros temores como si quieren hacerlo con nuestras esperanzas. Tomemos el caso del Proyecto del Genoma Humano. Desde sus inicios se trató de un proyecto gubernamental, "un tema que debería ser llevado al Congreso", como afirmó el gurú de la ciencia James Watson, tratando de darle mayor realce. Se dijo que se lograrían grandes ventajas en el campo médico con ese proyecto, pero hasta ahora no se ha materializado ninguna de ellas; y, probablemente, seguirán sin materializarse. Sin embargo, aparte de algunas críticas (justificadas) por parte de la izquierda, deplorando su ideología "determinista", el proyecto del genoma no ha recibido más que alabanzas por parte de toda la prensa. En el ámbito de la ciencia básica, el proyecto genoma puede enseñarnos mucho, al final; aunque sólo sea para revelarnos la inmensidad de nuestra ignorancia. Probablemente el concepto del gen tendrá que ser revisado, y habrá que volver a escribir nuevos textos (...) [...] Cuando parece surgir una oportunidad ventajosa y los inversores privados la desdeñan, la cosa no debe de estar muy clara. En el caso del genoma, se pudo comprobar que el "negocio modelo" resultó inapropiado, pero el error de cálculo todavía fue peor. Incluso la ciencia lo miró con recelo. Lo mismo puede suceder con la investigación sobre las células madre. Y aunque los fondos gubernamentales se han visto restringidos, la investigación es legal. No obstante, si las promesas de indiscutibles ventajas médicas son tantas y tan grandes, ¿por qué resulta esencial que se comprometa en el asunto el Gobierno federal? ¿Es que acaso los grandes inversores saben algo más de lo que conocen los redactores de los grandes titulares de prensa? A veces los periodistas pasan por alto estas cuestiones. Quizás la razón estribe, en el caso de las células madre, en que el tema se ha enmarcado dentro de una especie de enfrentamiento entre las promesas científicas y la ética reaccionaria. Los científicos lo prefieren así. Pero las dificultades todavía no resueltas por la ciencia raramente se convierten en titulares. Otros temas son "políticos" de manera diferente. Tomemos, por ejemplo, la investigación sobre el cáncer. (...) durante tres décadas el Instituto Nacional del Cáncer ha seguido una teoría errónea sobre los orígenes de esta enfermedad: la teoría de la mutación genética. No es que los científicos involucrados en este trabajo –la gran mayoría de los investigadores sobre cáncer– hubieran adoptado tal teoría por motivos políticos. No era así. Si el argumento que expongo es correcto, el problema que subyacía en todo esto se debía al recorte de fondos gubernamentales que impedía la búsqueda de otras teorías alternativas. Una estrategia gubernamental que permitiera este contraste de teorías en las investigaciones hubiera parecido producto del descuido, no mucho mejor que un método de tanteo. Dicho claramente: la mayor parte del dinero empleado en la investigación hubiera sido "despilfarrado"; y a los políticos no les gustan esas cosas porque temen la censura. Prefieren que sean los expertos los que decidan, ya sea por consenso o mediante un comité, y ser ellos los que distribuyan los fondos. Por el contrario, la investigación del sector privado, por su propia naturaleza, sigue el método del tanteo. Se invierte el capital en un amplio abanico de ideas e investigaciones, de las cuales tal vez sólo una de ellas resulte rentable. En el sector privado a esto se le llama "riesgo", no despilfarro. Los grandes avances científicos que hemos visto en las últimas décadas, en el campo de los ordenadores y de la tecnología informática, han conllevado muchos riesgos y una gran cantidad de inversiones "despilfarradoras". Pero también se han conseguido enormes progresos. Históricamente, las teorías competitivas han representado la fuerza impulsora del progreso científico. Los investigadores aislados y las compañías privadas han constituido las fuentes más provechosas de estos avances. Y de la misma forma que sucede con el sistema de mercado competitivo, en la empresa privada, que sirve para fomentar la innovación, sucede también en el campo de las teorías científicas competitivas, que conducen a la investigación de nuevas teorías.  Cuando todos los huevos de la investigación se encuentran en el mismo canasto, la cosa es muy diferente. La conveniente competición se puede ver estancada, o totalmente eliminada, si tal es lo que decreta el Gobierno (como sucedió bajo el comunismo). Cuando prevalece una única fuente de ingresos, casi siempre se convierte la ciencia en la criada de la política. Pero no suele verse, en nuestros periódicos más importantes, el reconocimiento de que sea esto un problema. La revista Science, por ejemplo, vigila muy de cerca los gastos gubernamentales en temas científicos, estableciendo sin vacilar una correlación entre "más" y mejor. Las inversiones gubernamentales han promovido también la idea de que una teoría científica puede ser considerada veraz si dispone de suficiente apoyo (...) Una teoría aceptada por el 99% de los científicos puede estar equivocada. Pero los comités del Instituto Nacional de la Salud que deciden qué proyectos serán aprobados por el presupuesto se hallan inevitablemente formados por científicos que están muy de acuerdo con semejante teoría (...) La teoría de la evolución también se ve apoyada por un consenso total. Pero ¿es verdadera? La dificultad para saber lo que son los hechos (o lo que fueron) es, una vez más, una tarea gigantesca. Los hechos tuvieron lugar hace cientos de millones de años, cero más o cero menos, y la decadencia física ha convertido aquellos hechos en algo poco menos que imposible de conocer. Los fósiles están muy dispersos y son difíciles de interpretar. Así pues, tenemos pocos hechos; pero ahora lo desconocido reside más en el pasado que en el futuro. Los fósiles nos dicen que la mayoría de los organismos que en una época poblaron la Tierra ya no lo hacen. De esto pueden extraerse un gran número de conclusiones, o quizás sólo una. Nos inclinamos fuertemente a sustituir la fe por la duda. Recientemente, Ben Adler, de la revista New Republic preguntó a una serie de eminentes científicos si "creían en la evolución". Se arrancaron afirmaciones rotundas ("Creo en ella", "Por supuesto", "Sí"). Fue una cosa un tanto extraña. Ninguna de estas personas parecía haberse dado cuenta de que la fe es algo más apropiado para los temas religiosos que para asuntos científicos. Por Tom Bethell Este artículo es un fragmento editado de la introducción de la Guía políticamente incorrecta de la ciencia, editada por Ciudadela y que estará a la venta a partir del 29 de mayo.

[1] Los periodistas que destaparon el Watergate. Libertad Digital, suplemento Libros, 26 de mayo de 2006