Blogia
Políticamente... conservador

Libros

UN LIBRO EN TIEMPO RECORD: La tregua de ETA: mentiras, tópicos, esperanzas y propuestas

En una obra colectiva, nueve especialistas responden a la gran pregunta de la actualidad: ¿qué persigue la banda con su "alto el fuego"? ¿La paz, o es sólo un nuevo instrumento secesionista?

21 de mayo de 2006.  Grafite Ediciones ha conseguido un incuestionable éxito: lanzar al mercado editorial un volumen de 340 páginas que estudia la denominada tregua de ETA desde diversas perspectivas y disciplinas: la Historia, la Ética, la Doctrina Social de la Iglesia, la Victimología, el análisis político, etc. Y todo ello, en los escasos dos meses transcurridos desde la declaración de "alto el fuego permanente" por parte de la banda terrorista.

Opiniones cualificadas

Estamos, pues, ante un estudio pionero de lo que ha de ser, en los próximos meses, un intenso debate en la sociedad española.

Un equipo de historiadores y periodistas, dirigidos por el profesor navarro José Luis Orella Martínez, han reflexionado conjuntamente con el objetivo de proporcionar luces que iluminen un debate de alcance nacional pero que, no obstante, parece exclusivo de políticos e iniciados. Y han alcanzado un doble mérito: proporcionar un amplio material pluridisciplinar que orbita en torno a la naturaleza del nacionalismo radical y del terrorismo de ETA; y hacerlo con una notable unidad de criterio interna.

Los coautores son nueve reconocidos expertos en los ámbitos desde los que investigan la cuestión: José Basaburua (especialista en análisis político de la actividad terrorista), Antonio Beristain (fundador del Instituto Vasco de Criminología y de la Sociedad Internacional de Victimología), José Ignacio Echaniz (redactor de la revista Arbil), Rafael Ibáñez Hernández (historiador), Jesús Laínz (colaborador de Elsemanaldigital.com), Jaime Larrínaga (ex párroco de Maruri, presidente de Foro El Salvador), Manuel Morillo (del Foro Arbil), Fernando José Vaquero Oroquieta (presidente de la Fundación Leyre), bajo la dirección del mencionado José Luis Orella, profesor de Historia.

Se recogen, en sus anexos, además, las opiniones cualificadas de hasta 13 personalidades relevantes del panorama mediático actual y algunas entidades directamente implicadas en la denuncia del terrorismo. Se incorporan, también, a su amplio anexo, diversos documentos cocidos al calor de la Iglesia católica y cuyo juicio del terrorismo es unívoco e incuestionable; más una amplia bibliografía y varias decenas de direcciones electrónicas relacionadas con la cuestión. Un esfuerzo notable, en cualquier caso.

Más allá del momento presente

No obstante, no se trata de un libro meramente coyuntural: al margen de la oportunidad de su elaboración, las cuestiones aquí tratadas permanecerán vigentes; incluso si el panorama político cambiara abruptamente. Y no podía ser menos: las raíces medievales de las Vasconias; los tópicos del nacionalismo vasco; la historia de los vascos perseguidos durante estas últimas décadas; las actuaciones de la Iglesia católica; las relaciones entre terrorismo nihilismo y totalitarismo; las aportaciones de la Victimología… Perspectivas y análisis, en suma, que seguirán en primera fila de la actualidad por muchos años, tememos.

Pero, aunque se trate más de una obra de contexto y de fondo, no eluden la cuestión que invoca su título y portada; de ahí que se dedique un espacio relevante a la naturaleza de la tregua; la textura de la conciencia ética de la necesaria resistencia a este totalitarismo; los posibles nuevos escenarios políticos; la situación de Navarra. Etc.

¿Qué nos espera con ETA?

Un libro polémico que ha sabido sumar a la actualidad de algunos estudios ya publicados con anterioridad, el rigor de otros inéditos y expresamente elaborados para la ocasión.

La conclusión a la que se llega, acaso, con su lectura es algo preocupante: ETA no ha cambiado. Sus pretensiones siguen siendo las mismas de siempre. E, incluso, está logrando liderar al conjunto del nacionalismo vasco en una vía secesionista acelerada y fatalmente decidida. Así, "su" paz no sería sino un frente más de su línea de combate. Pero, si el Estado abandona los instrumentos que más evidentes éxitos le proporcionó en su lucha contra el terrorismo, es decir, el Pacto por las libertades y contra el terrorismo y la Ley de Partidos, ¿sobre qué bases afrontará el reto al que se enfrenta? ¿Nos encontramos, acaso, a un paso de un salto colectivo al vacío?

Todas las respuestas las dará el tiempo, pero cada uno de nosotros vamos a ser actores de ese tiempo, y por tanto nos hace falta información. Este volumen abunda en ella.

El Semanal Digital, 21 de mayo de 2006

ALEGATO POR LA DEMOCRACIA: La libertad, un arma de construcción masiva

En ocasiones, el mercado editorial en castellano deja sin traducir obras auténticamente de referencia. La editorial de FAES, la fundación presidida por José María Aznar, se ha propuesto colmar algunas lagunas en lo que se refiere al pensamiento liberal-conservador y neoconservador y se ha lanzando a la edición en castellano de esos libros que se consideran imprescindibles para el debate político global de hoy. Tal es el caso de la obra que comentamos, el Alegato por la democracia de Natan Sharansky.

Esta obra se ha hecho ya famosa por varias razones. En primer lugar, por la propia personalidad de su autor. Natan Sharansky, ucraniano de origen, destinado a ser otro homo sovieticus por el Kremlin de Moscú, se hizo famoso al convertirse en uno de los primeros refusenik, uno de los primeros disidentes que, en torno a la figura de Andrei Sajarov, denunciaron los horrores del sistema soviético y demandaron respeto a los derechos elementales de la persona. Como consecuencia de ello fue detenido, juzgado –con pruebas amañadas– por alta traición al Estado, encarcelado y, finalmente, enviado a trabajos forzosos al Gulag siberiano por nueve largos años.

 

Allí se habría podrido muchos años más si no hubiera sido por la persistencia de Ronald Reagan, quien acabó logrando que fuera excarcelado e intercambiado por un espía soviético en una neblinosa tarde-noche de 1986.

 

Después de ganar la libertad y cumplir su deseo de emigrar a Israel, Sharansky ha ocupado diversos puestos de responsabilidad, muy particularmente el ministerio sin cartera para la emigración de la diáspora judía hacia Israel, con gobiernos tan distintos en su color político como los de Ehud Barak, Benjamín Netanyahu y Ariel Sharon. Finalmente, Sharansky dmitiría del Gabinete Sharon por sus discrepancias sobre la retirada de la franja de Gaza. Hoy es diputado por el Likud en el Parlamento israelí.

 

La vida de Sharansky le ha preparado, y bien, para hablar de libertad y democracia, pues ha sufrido en primera persona lo que es estar privado de ambas. Con todo, la relevancia y notoriedad pública le ha venido más recientemente por su relación con el presidente americano, George W. Bush.

 

En noviembre de 2004, invitado por el American Enterprise Institute a presentar The case for democracy, que acababa de publicarse, recibió una invitación para encontrarse con el presidente en la Casa Blanca. Como él mismo cuenta, en la antesala del Despacho Oval, mientras esperaba que Bush le recibiera, se topó con la todavía asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Llevaba bajo el brazo un ejemplar de su libro. Rice le dijo: "¿Sabe usted por qué estoy leyendo su libro? Lo leo porque el presidente lo está leyendo, y es parte de mi trabajo saber en qué piensa mi presidente".

 

De su encuentro con Bush se sabe poco, y queda en la confidencialidad que se guardan mutuamente. Pero desde entonces Natan Sharansky no deja de referirse a Bush como el gran disidente, es decir, el político que no se mueve para complacer y mejorar en los sondeos de opinión, sino aquél que sabe en qué cree y que hace lo que cree que debe hacer. Sobre todo, si está empeñando, como Bush, es promover la democracia en el mundo.

 

En segundo lugar, esta obra se ha hecho famosa porque el mismo George W. Bush la recomendó inmediatamente nada más ser publicada en inglés. Con su candor habitual, el presidente americano dijo poco después de su encuentro: "Si quieren saber de verdad lo que pienso, lean el libro de Natan Sharansky. Me lo recomendó un buen amigo y desde entonces no dejo incitar a otros a que lo lean".

 

Con esas referencias, al poco de haber sido reelegido Bush por una abrumadora mayoría, The case for democracy se colocó en el número uno de ventas. Puedo decir que tuve la suerte de estar por esos días en Washington y haber podido comprar su primera edición; poco después, cuando quise adquirir más ejemplares para regalar entre mis amigos, ya estaba agotado, y Amazon no daba abasto para regular la demanda.

 

Pero la razón más importante de la fama de esta obra son las tesis que defiende: en primer lugar, que cuando se permite a las personas elegir entre la tiranía y la libertad, la gran mayoría elige vivir libremente. O lo que es lo mismo, que la aspiración a ser libres y vivir en democracia –el sistema político que mejor garantiza la libertad de los individuos hoy por hoy– es una aspiración universal e independiente de credos, razas o distribuciones geográficas. La segunda idea es que la libertad cuenta con una fuerza y un atractivo tal que es el mejor instrumento de transformación social que pueda conocerse. Como el propio Sharansky dijo durante la presentación de la edición española en Madrid, "la libertad es un arma de construcción masiva".

 

Sharansky divide a las sociedades en dos categorías: las del miedo y las de la libertad. Para saber en cuál de ambos tipos está uno viviendo propone aplicar el "test de la plaza mayor", que básicamente consiste en determinar si una persona puede acercarse hasta la plaza de su pueblo y decir en voz alta todo lo que piensa, libre de miedos y sin que su acción le acarree el encarcelamiento, la exclusión o el exilio, entre otros males. Por no hablar del riesgo sobre su propia vida.

 

Hay una tercera idea, corolario de todo lo anterior: que las sociedades libres pueden ayudar y contribuir decisivamente a transformar las sociedades del miedo en sociedades democráticas. Las democracias pueden y deben derrocar a los dictadores y genocidas. Para Sharansky, esto es un principio moral indispensable para que triunfe el bien en el mundo. Pero es algo más. Se trata también de un principio de supervivencia para el mundo libre.

 

Tras los ataques del 11-S y la amenaza que supone el terrorismo islámico, la yihad islámica, es mucho más que un imperativo moral lo que está en juego. La extensión de la democracia es la única alternativa política al terror, puesto que son las sociedades del miedo, la tiranía y la opresión las que generan la violencia y el resentimiento hacia nuestros valores, nuestros sistemas de vida y, en última instancia, hacia nosotros mismos. De ahí el título de la obra: The case for democracy, excelentemente traducido por Gota a Gota como Alegato por la democracia; porque de eso realmente se trata: de un fervoroso, partidario y encendido alegato por la libertad y la tolerancia.

 

Para el autor, "promover la paz y la seguridad está conectado vitalmente con la promoción de la libertad y la democracia". Dejar intactos los regímenes teocráticos y totalitarios o tiránicos ya sabemos el resultado que da: opresión, inestabilidad y terrorismo. En palabras de Andrei Sajarov, a quien tanto ayudó Sharansky en la URSS, "un país que no respeta los derechos de su propia gente, no respetará los derechos de sus vecinos tampoco". Si tuviéramos que parafrasearle, podríamos decir ahora que una sociedad que no respeta la vida de sus miembros, sino que promueve el martirio suicida, no va a respetar la vida de los demás, es decir, de nosotros. Por eso la importancia de transformar estas sociedades y, en el caso del terrorismo islámico, el mundo árabe en primer lugar.

 

En este sentido, la obra de Sharansky es la justificación perfecta para los planes avanzados por la Administración americana de transformación del Gran Oriente Medio. A la vez que el mejor alegato contra la idea del presidente Rodríguez Zapatero de Alianza de Civilizaciones, visión que, en lugar de promover el cambio y la libertad, fija la opresión, la teocracia y la tiranía allí donde hoy impera, con la justificación de que el mundo musulmán cuenta con otros valores civilizacionales.

 

El libro de Sharansky, que en su día también fue recomendado por José María Aznar, resulta hoy imprescindible, porque, a pesar de sus otros muchos méritos, para mí, personalmente, lo mejor que tiene es que nos coloca inexorablemente ante la necesidad, por parte de las sociedades democráticas occidentales, de encontrar la claridad moral para ver el mal.

 

Deshacer y abandonar equívocos, tener confianza en el cambio y fe inquebrantable en la victoria del bien sobre el mal, en todas sus expresiones. Claridad para escapar también de todos aquellos que nos someten a la manipulación constante de las palabras, que acaban por perder su significado... Alegato por la democracia es un manual perfecto para recuperar el sentido y la claridad moral, para discernir entre lo correcto y lo equivocado. Un libro, en definitiva, que merece la pena.

 

Por Rafael L. Bardají

 

Natan Sharansky y Ron Dermer: Alegato por la democracia. Gota a Gota, 2006; 316 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 19 de mayo de 2006

 

Harvard ya no es lo que era

Las grandes universidades han sido tomadas por el izquierdismo sectario y censurador.

 

No es la primera vez que abordamos la situación del mundo universitario norteamericano. Un mundo marcado por la gran libertad de creación de nuevas universidades, lo que ha permitido el nacimiento en las últimas décadas de múltiples universidades con una clara identidad cristiana y conservadora, pero al mismo tiempo una profunda crisis en las grandes universidades más antiguas que, desde la década de los 60, han sido tomadas por el izquierdismo más sectario impulsor de lo políticamente correcto como instrumento de control ideológico en el campus.

Precisamente el libro de Jerome Karabel, The Chosen : The Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton, indaga sobre algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas y cómo han sido utilizadas a lo largo de su historia como medio de acceso y permanencia en las élites norteamericanas. No obstante, los últimos años han supuesto un cambio en esta hasta no hace tanto vía de acceso única. Si es cierto que las universidades de la Ivy League siguen siendo influyentes, también lo es que ya no son lo que fueron un día. En la actualidad hay más senadores en Estados Unidos con un título de la Brigham Young University que de Princeton y la enorme mayoría de los electos al Senado estudiaron en buenas universidades de sus propios estados.

Además, este fenómeno de dilución de influencia se acentúa en algunos campos. Como señalaba hace poco Richard Neuhaus, un estudiante de historia puede aprovechar bien su estancia en Yale, pero si lo que le interesa es la filosofía perderá el tiempo. En el campo de las ciencias experimentales hay un amplio abanico de entidades con mayor exigencia y prestigio que Harvard. Todo ello está empezando a provocar que muchos se cuestionen el elitismo de Harvard, Yale y Princeton y estén empezando a susurrar, aún con la boca pequeña, que en el fondo no son mucho mejores que otras muchas buenas universidades norteamericanas. Karabel empieza su libro preguntándose si Franklin Delano Roosevelt sería admitido en Harvard si lo intentará hoy, quizás la pregunta correcta es saber si lo hubiera intentado.

 

Publicado en American Review por Jorge Soley Climent
18-05-2006

 

AZNAR, KOHL, SARTORI...: La Revolución de la Libertad

La primavera del año 2006 tiene al Gobierno de la nación y a la galaxia mediático-política que lo sustenta celebrando alborozados el aniversario de la llegada de una república que acabó en tragedia. Acostumbrada a dejarse arrastrar, la sociedad española recuerda los aniversarios históricos que cuidadosamente se le señalan, y que ocupan portadas y titulares por doquier. Pero, escondidos en la sombra, otros aniversarios debieran aún ser recordados, por lo menos en nombre de la libertad. Deambulando perdido en busca de la vieja Europa, el Gobierno de Zapatero olvida que la historia de la nueva Europa es la historia de la libertad. Y ésta nos lleva hoy, obligatoriamente, a Polonia.

Durante el mes de mayo de 1956, en un país sometido, las calles polacas comenzaron a entrar, lentamente, en ebullición. La tormentosa primavera de hace 50 años dio lugar a un verano caliente; a finales de junio los trabajadores polacos fueron a la huelga y, apoyados por estudiantes e intelectuales, tomaron las calles. Todo ello en nombre de la libertad y la dignidad de una nación demasiadas veces sometida. El PCUS solucionó el problema de la única forma que sabía hacerlo, en Berlín, Praga o Budapest; los tanques aplastaron la revuelta a sangre y fuego. Hubo que esperar más de treinta años, hasta 1989, para que esos mismos tanques fueran aplastados, por lo menos en nuestro continente.

 

"La Revolución de la Libertad" fue un ciclo de conferencias dedicadas al aniversario del fin del régimen carcelario soviético; José María Aznar, Ana Palacio y José María Lassalle reunieron un excepcional plantel de políticos e intelectuales de todo el mundo. Reto indudable; difícil es encontrar en nuestro país ciclos que reúnan a Helmut Kohl, Giovanni Sartori, Francis Fukuyama o André Glucksmann junto a Richard Perle, Nicolas Baverez, Bronislaw Geremek o Christopher DeMuth. Hoy, las conferencias y ponencias de todos ellos se nos ofrecen en una cuidada edición, CD incluido, donde el lector encontrará también a Huerta de Soto, a Carlos Alberto Montaner, a Guy Sorman o a Joseph Weiler. El lector que ojee el índice descubrirá complacido cómo buena parte del pensamiento político liberal-conservador se da cita en estas 140 páginas.

 

La Revolución de la Libertad no fue casual, recuerdan los autores. La gran denuncia de la que parte el libro es la de la interpretación progresista de los acontecimientos de 1989: el Muro no se derrumbó solo, como no se levantó solo. Paradojas de la historia, fue la primera revolución genuinamente marxista: el pueblo se levantó contra el poder. Pero no lo fue en nombre de ningún mito ni ídolo político, ni tuvo que ser protagonizada por comandantes, padres de los pueblos o vanguardias del proletariado; fue el triunfo de la libertad cotidiana de las personas en cada calle y plaza del Este de Europa lo que se impuso al incapacitado aparato del Estado, y clavó una estaca en el corazón de la teoría leninista.

 

En la era de la laxitud intelectual y moral, de la "Educación para la Ciudadanía" y la "Alianza de Civilizaciones", este libro es ante todo una invitación a llamar a las cosas por su nombre. Principio que diferencia al estadista del impostor, al preocupado del oportunista. "Reagan era una figura bastante inusual y de principios muy claros: para él quería decir , y no quería decir no (Helmut Kohl). Contra todos, Reagan denunció que la URSS era "el Imperio del Mal".

 

"Nuestro departamento de Estado y la CIA, horrorizados por el borrador del discurso de Reagan, le advirtieron de las serias repercusiones que podría acarrear en el ámbito internacional". Y las tuvo, pero en una dirección inesperada: "Ese sería el discurso que haría saltar de alegría a Natan Sharansky y a sus compañeros reclusos, y aterrorizaría a los líderes soviéticos" (DeMuth). Mientras muchos reían en Europa, en los sótanos de la Lubianka la noticia alentó tanto como desalentó en los despachos del Kremlin; la disidencia no estaba sola.

 

Pero llamar a las cosas por su nombre parece aburrido en el Occidente del bienestar televidente; aún hoy, parece ser sólo posible en quienes han sufrido y combatido los regímenes criminales. Es el caso de Carlos Alberto Montaner, que enumera los diez errores teóricos marxistas, aún defendidos hoy, o de Gemerek, que ofrece una idea de Europa viva y poderosa, frente a una Europa opiácea, la de Chirac o Zapatero. Ésta parece convertirse poco a poco en un cadáver político, como anuncia Joseph Weiler en su intervención sobre la ya sepultada Constitución Europea.

 

Enfrentarse a los retos exige saber quién se es, y de dónde se viene. Cuestiones que a la tísica Europa parecen importarle poco y le acercan al suicidio cultural, político, demográfico. El proyecto de Europa carece sentido sin la defensa de su libertad, afirma Geremek; "Europa se enfrenta al dilema de su identidad". El "no tengáis miedo" dirigido por Juan Pablo II a los obreros de los astilleros Lenin de Gdansk podría valernos también a todos nosotros, herederos del 11 de Marzo tanto como de la yihad de las viñetas.

 

Alejada del miedo tanto como de la preocupación, Europa sufre desgana, aburrimiento, hartazgo de sí misma. Y precisamente en el momento menos oportuno. La conmemoración que FAES hace de la Revolución de la Libertad sólo tiene sentido cuando ésta se encuentra de nuevo amenazada ante el proyecto totalitario, que a golpe de Al Yazira y suicidas-bomba busca asentarse desde Córdoba a Yakarta. La lección de la historia para el español y el europeo del siglo XXI es que o se defiende la libertad, o ésta se pierde irremediablemente. Y tal defensa será en cada batalla o no será.

 

Batalla que hoy se libra en Irak. Si la progresía europea y americana denuncia una oscura conspiración entre neocons y neoreacs, el lector podrá encontrar la defensa real que Richard Perle hace de la estrategia norteamericana en Oriente Medio e Irak; no hay nada de qué avergonzarse cuando se derroca al genocida de Bagdag. Si el progresismo biempensante se place cuando el colectivismo vuelve a Iberoamérica y cuando el islamismo trata de extenderse, Sorman, Perle y DeMuth, presidente del influyente American Enterprise Institute, son claros y rotundos: la democracia es un bien universal. El único antídoto, recuerda incansable Glucksmann, ante el nihilismo del siglo XXI.

 

Pero cuando Europa se vuelve contra sí misma y mira para otro lado es que el yihadismo va ganando: "Esta es una guerra que no vamos a ganar si no nos damos cuenta de que estamos realmente en peligro" (Sartori). Cómodamente situada en la abundancia y el hedonismo, Europa desconoce que el mundo es un caos geopolítico que amenaza con tragársela. Nicolas Baverez traza las líneas maestras de este caos de crisis y conflictos, y advierte: "La libertad es una conquista perpetua, no un terreno en el que asentarse definitivamente". No, por lo menos, en épocas inciertas. Y el filósofo Glucksmann nos recuerda que "la lucha contra el nihilismo nos exige a todos tener el valor de abrir los ojos, el deseo de llamar las cosas por su nombre, desenmascarando así al mal tal y como es".

 

Pero no todo son negros nubarrones, en la medida en que el optimismo histórico de Francis Fukuyama parece indicar que la historia camina lenta pero resueltamente hacia la democracia, pese a ser atacada constantemente. Democracia liberal que no sólo es atacada en Bagdag, Caracas o Pekín. ¿Cómo no asentir con el liberal hispano que se echa las manos a la cabeza ante el panorama político español? El profesor Huerta de Soto muestra la incoherencia intelectual del régimen que cayó en medio mundo hace veinticinco años, y que se extiende a sus continuadores y a sus aduladores de hoy; éstos se sientan hoy en el sillón de La Moncloa, haciendo política en nombre de la Historia.

 

Por ello, en plena era de la geopolítica del caos, es necesario convenir con Sartori: "Nuestro problema más serio es que la izquierda sigue creyendo que la democracia liberal es una democracia capitalista malvada". Idea que hoy parece instalada en los medios de poder de nuestro país. Hoy como en el siglo pasado, culpar a Estados Unidos de todos los males es un dogma extendido por el mundo, y une a idólatras de la historia tanto como a redentores islamistas. Ante ello, los autores del libro se muestran dispuestos a dar la batalla de las ideas.

 

Y es que, como afirma Huerta de Soto, "nuestra única posibilidad radica, como siempre, en el poder de las ideas y en la honestidad intelectual de la juventud"; es decir, claridad tanto moral como intelectual. A ello parece ir dirigida la obra, justo cuando el poder político en nuestro país camina en dirección contraria.

 

 

Óscar Elía Mañú, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

 

VV.AA.: La Revolución de la Libertad. FAES, 2006; 145 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 19 de mayo de 2006

 

ANTOLOGÍA DE TOCQUEVILLE: Los peligros de la democracia

Hubo un tiempo en que la democracia se tenía por el sistema que permitía cambiar de Gobierno sin que mediara derramamiento de sangre. Hoy por hoy es mucho más, porque la izquierda ha monopolizado el término e incluso lo utiliza políticamente. Para el socialismo, demócrata es quien acepta que todo se rija por la voluntad de la mayoría y que el igualitarismo se extienda a cada una de las facetas de la vida. En cambio, quien pone objeciones a que el principio de la voluntad general sea omnipotente es tachado de antidemócrata. Tal manipulación obliga a echar la vista atrás y recordar a uno de los más relevantes pensadores: Alexis de Tocqueville (1805-1859). Fue este francés quien, tras viajar a los Estados Unidos de América, comprendió que aquella sociedad era realmente democrática porque defendía la igualdad ante la ley y la libertad política en un marco constitucional donde a cada cual se le reconocía el derecho a buscar su propia felicidad. Frente a la pretensión izquierdista de que "en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo", el autor de La democracia en América afirma que esta idea es claramente "impía y detestable", puesto que conduce a la "tiranía de la mayoría". Es preciso recordar que ningún pueblo es infalible, y mucho menos sus políticos. Como acertadamente señala nuestro autor, si pudiéramos conocer todo lo que afecta a la consecución de nuestros deseos, presentes y futuros, existirían pocos argumentos en favor de la libertad. La libertad es esencial para dar cabida a lo imprevisible e impronosticable; la necesitamos, porque hemos aprendido a esperar de ella la oportunidad de llevar a cabo muchos de nuestros objetivos. Sin embargo, a pesar de la lógica de sus palabras, actualmente asistimos a una época en que el Poder se extiende por todas partes, regulándolo todo y multiplicando los derechos "sociales", anulando así el escaso respeto por el individuo que nos quedaba. Previendo semejante panorama, Tocqueville llegaría a decir:  "Cada día se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío; el poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor y arrebata poco a poco a los ciudadanos su propio uso".  Dado el panorama que nos rodea, la libertad es como un islote en medio del mar. Tan pequeño como vasto el horizonte. El agua lo cubre todo, y la tierra es apenas un accidente del ecosistema. La sociedad, por su parte, se ha convertido en una masa amorfa que no piensa por sí misma y vive sumida en el consenso, canjeando día a día seguridad por independencia. Un pesimismo similar a éste fue el que le hizo a Tocqueville preocuparse por lo que vendría tras su muerte. Como Casandra, advirtió de los peligros que acechaban a la civilización, y sus predicciones acabaron por cumplirse. Desgraciadamente, en el libro que comentamos encontrarán poco de lo que les hemos comentado anteriormente. Esta antología es más bien una colección de retales que no ofrece un repaso concienzudo de las ideas de este autor. Lo más curioso, aparte del elevado precio de la obra, teniendo en cuenta lo que aporta, es la inclusión de un estudio sin ningún tipo de ligazón con los textos seleccionados. Quizás lo único de este libro que mueva a comprarlo sea la inclusión de su discurso de ingreso en la Academia, donde pueden hallarse algunas perlas sobre la Revolución Francesa que inoculan contra las ponzoñosas palabras de Zapatero en el 75 aniversario de la proclamación de la II República: "Muchos de los objetivos y de las grandes aspiraciones" de aquel "período de sueños y lágrimas" están hoy en "plena vigencia", y con un "alto" grado de desarrollo (sic).  En fin, estamos ante un libro prescindible de un autor imprescindible. Curiosa contradicción… Por Gorka Echevarría Zubeldia  Alexis de Tocqueville: Discursos y escritos políticos. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006; 325 páginas.  Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de mayo de 2006

Hemingway y la propaganda soviética

La historia no es la sucesión de los acontecimientos, sino el relato de esa sucesión. Por eso se encuentra en permanente reelaboración: como todo relato, varía de acuerdo con el carácter, el deseo y la fantasía de sus lectores, capaces a su vez de interpretarlo y transmitirlo con matices, formas y hechos de nuevo cuño. La debilidad implícita en esa apertura a la interpretación, que permite tantas versiones del pasado como necesidades políticas haya en el presente, resulta ser también una ventaja cuando la historia es tan sólo historia y no es desplazada por un delirio generador de mitos nacionales o ideológicos. Es decir, cuando es historia y no propaganda. Estamos inmersos en narraciones creadas en los sótanos de la propaganda. Esto no es nuevo, por supuesto; en la medida en que no es nueva la política. Moisés se valió de la propaganda para convencer a los hebreos de la conveniencia del éxodo. Virgilio escribió poesía bucólica al servicio del emperador, alentando el regreso de la burguesía romana a los campos abandonados. El Romanticismo, en la primera mitad del siglo XIX, proporcionó fantasías nacionales a los Estados modernos, adaptó el pasado a los reclamos del presente. La Ilustración, desde antes y hasta mucho después, impulsó la posibilidad de transformar el mero relato del recuerdo en conocimiento científico de lo realmente acontecido.  De los dos movimientos, en ocasiones mezclados, surgieron ramas podridas en el siglo XX: el nacionalsocialismo y el stalinismo son expresiones extremas de ese desarrollo patológico. En ambos casos se trató de exponer como ciencia ya no la memoria más o menos torcida de la humanidad, sino la invención pura del pretérito. El mito de la raza aria y el mito del proletariado universal fueron expuestos con prosopopeya seudocientífica, y se pretendió sostener su entramado con el auxilio de ramas del saber definidas como "ciencias humanas", todavía en agraz y con altos niveles de contaminación ideológica desde su origen, como la antropología. Hubo una genética aria, personificada en el caso Mengele, y una genética stalinista, encarnada en el caso Lysenko. En la siempre singularísima historia española, el mito ha preponderado sobre la historia a lo largo de los siglos. Y la Guerra Civil no escapa a las generales de esa ley. Un político cuyas responsabilidades públicas deberían obligarle tanto a una especial imparcialidad como a una mínima madurez intelectual se refirió hace poco a buenos y malos, en el entendido de que los buenos eran los que aún hoy se identifican con el bando republicano. Otros la han contado de otros modos, igualmente simplistas y deleznables: españoles contra catalanes, franquistas contra nacionalistas vascos, fascistas contra comunistas, socialistas contra todos, republicanos mayoritarios contra franquistas minoritarios ayudados por Alemania e Italia, héroes republicanos contra cobardes franquistas y viceversa, etc. Todas, cosas demostrables según quién las cuente. Hace mucho que la imposibilidad del trato, aun tras el largo silencio pactado en que se fundó la Transición, ha dejado la historia de España en manos de extranjeros, comunistas y franquistas. Los extranjeros, en algunos casos, hicieron verdaderos esfuerzos de objetividad y de acumulación de datos, cosa que los españoles sólo han hecho en el terreno específico de la historia militar. Ahí quedan, como ejemplos, Hugh Thomas, Burnett Bolloten y Ramón y Jesús Salas Larrazábal. La historiografía franquista es, en general, pobre: ha habido mucha hagiografía, escasa investigación y mucho miedo a ir demasiado lejos, por aquello de "al suelo, que vienen los nuestros". La propaganda dominó en las versiones oficiales del régimen, tanto como en las oficiales de órbita soviética.  Hoy, en espacios y con orientaciones muy diferentes, sólo parecen meritorias las obras de Juan Pablo Fusi y Pío Moa: los dos hacen lo debido, que es volver a contar a la luz de informaciones hasta ahora relegadas a un papel secundario: la historia es también relectura. No obstante, en todos los casos falta un elemento determinante que, por lo que se ve, explotaremos tarde y mal, cuando el caos ruso haya engullido unos archivos soviéticos por el momento disponibles, legal o ilegalmente: las fuentes rusas sobre la Guerra Civil. Ha habido interesantísimos trabajos sobre la intervención en la Guerra Civil de alemanes e italianos, asunto en el que, sin embargo, se podría ahondar mucho más y con menos inconvenientes que en el caso ruso, pero poco y nada sobre éste. Como es habitual, los muy denostados americanos del norte sí están haciendo su trabajo. Todo esto desemboca en una prueba: el libro de Stephen Koch La ruptura. Hemingway, Dos Passos y el asesinato de José Robles. Hace algo más de un año que reseñé en este suplemento la obra de Ignacio Martínez de Pisón Enterrar a los muertos, dedicada al mismo tema y complementaria de la que hoy comento, y muestra cabal de las virtudes proféticas de la ficción, ya que el narrador español, con mucha menos información objetiva que Koch, llegaba a componer un paisaje absolutamente veraz de la relación entre los dos grandes escritores americanos y del asesinato de José Robles. Hasta proponía, con un respeto por Hemingway del que carece por entero Koch, una aproximación a algunos de los aspectos más desagradables, y no son pocos, de la personalidad del autor de Por quién doblan las campanas. Stephen Koch se ha metido de lleno en la mitología literaria americana, sin la menor piedad. No sabe sobre la España cotidiana de la guerra lo que sabe Martínez de Pisón; por momentos, sus simplificaciones sorprenden. No obstante, sabe sobre los Estados Unidos y la propaganda comunista en el país durante los años 30 lo que poquísimos españoles saben. Y es ahí, en ese territorio, donde su libro aparece como la primera piedra de un edificio intelectual que aún debemos levantar: la historia del mito republicano español en la Guerra Fría, que en modo alguno se inicia después de 1945: de hecho, la Guerra Fría comienza en 1917, prolongando antiguos enfrentamientos entre los Estados Unidos y la Rusia de los zares, y se extiende hasta hoy mismo. La batalla de la propaganda, que alcanzaría su punto culminante en el curso de la Segunda Guerra Mundial, estaba desatada en los primeros años 30. El Partido Comunista de la Unión Soviética poseía un aparato de extraordinaria eficacia, activo en Europa y en América, del que formaban parte relevantes personalidades, algunas con carácter formal, conscientemente presentes en todos los círculos de prestigio, como Picasso, y otras como compañeros de viaje, progresistas y antifascistas, más o menos fascinados por la idea de la Revolución, con mayúscula, o comprometidos con causas morales, el pacifismo, el antirracismo, o que fingían estarlo. Como Hemingway. Ese aparato de propaganda ha sido descrito en infinidad de ocasiones, pero hasta ahora nadie había explicado como Stephen Koch el alcance de su poder de manipulación, no ya para poner celebridades a su servicio, sino para crearlas o para borrarlas del mapa de la memoria. La disección del personaje Joris Ivens, cineasta holandés, su inserción en las vanguardias rusas y su escueta obra (respetable pero no esencial), su puesta al servicio de Stalin y su introducción en los Estados Unidos, es memorable. Tanto como la caracterización de Julio Álvarez del Vayo, agente de la propaganda soviética, o el relato del secuestro y posterior asesinato de Andreu Nin. No es nada del otro mundo, siempre se supo o se intuyó, ahora es documentable, pero no parece haber gran interés entre nosotros en hacerlo. Koch, los americanos, lo hacen. Si no comprendemos profundamente esta parte de nuestro pasado, malo será nuestro porvenir. En manos de los buenos. ¡Dios mío!  Por Horacio Vázquez-Rial vazquez-rial@telefonica.net www.vazquezrial.com  Stephen Koch: La ruptura. Hemingway, Dos Passos y el asesinato de José Robles. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2005; 440 páginas.  Libertad Digital, suplemento Libros, 12 de mayo de 2006 

The Neoconservative Vision

Gerson, M.: The neoconservative vision, ed. Madison, Lanhan 1996, 370 págs.

 

El neoconservatismo es un movimiento político-intelectual de perfiles poco precisos que, además de su oposición al socialismo, suministró importantes bases doctrinarias a la derecha norteamericana, la que alcanzó el poder con Reagan, Algunos de sus presuntos miembros no aceptan la etiqueta y, entre ellos, hay notables diferencias de matiz ¿Quiénes son? A la cabeza suele figurar Irving Kristol que no ha escrito ningún libro, aunque sí numerosos ensayos. Destacan el católico R.J. Neuhaus, el jurista R. Bork, el sociólogo D.P. Moynihan, el teólogo M. Novak, el politólogo N. Podhoretz, la historiadora, G. Himmbelfarb, el crítico P. Johnson, el pedagogo A. Bloom, el filósofo E. Bradford y otras muchas primeras figuras de la intelectualidad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.

 

Una nota distintiva de bastantes neoconservadores es su genealogía judía y su conversión desde la izquierda igualitaria hacia la derecha conservadora, en gran parte como consecuencia de la evolución del socialismo real en Rusia y países satélites.

 

¿Cuál sería el común denominador de los neoconservadores? El autor señala algunos principios. En primer lugar, la afirmación de la complejidad de lo real frente a las simplificaciones y reduccionismos ideológicos. En segundo lugar, el reconocimiento de que el hombre no es naturalmente bueno y que frecuentemente se inclina hacia el mal. El tercero es que el hombre existe inserto en la sociedad a la cual se debe y de la que depende. El cuarto es que la historia no viene determinada por la economía, sino por las ideas de la clase dirigente.

 

El neoconservatismo americano cuenta con importantes revistas, alguna con decenas de millares de suscriptores: «Commentary», «The public interest», «First things», «National review», y otras.

 

Al derrumbarse el socialismo real, el neoconservatismo ha perdido su principal antagonista; pero persisten los «liberals» norteamericanos, que son una especie de socialdemócratas muy peculiares, a los que ha arrebatado el monopolio de la inteligencia que lograron desde los tiempos del nefasto Roosevelt, el fautor de Yalta.

 

Gerson, apoyado en una copiosa bibliografía, va describiendo las tensiones y los éxitos del neoconservatismo estadounidense, especialmente en torno a los debates sobre el capitalismo y la moral frente al colectivismo y el permisivismo. Su hostilidad al conservatismo tradicional, que denomina «paleoconservatismo», es tan injustificada como insistente.

 

J.L. Nuñez.

 

Razón Española, Nº 87

 

¿El final de Fukuyama?

A Francis Fukuyama, el analista americano metido a filósofo, suele acompañarle la suerte. De hecho, podría decirse que su mejor virtud es su habilidad para abordar, en el momento justo, el tema de moda. Ensalzado en su día por un artículo no sólo abstruso sino que casi nadie ha leído, aunque todos hacen referencia a él ('The end of History?', The National Interest, verano de 1989), Fukuyama ha sabido ir saltando de debate en debate y mantenerse como una referencia obligada en todo momento.
 Así, escribió sobre el nation building a mediados de los 90, cuando la comunidad internacional tenía que lidiar con la crisis de los Balcanes y el horror étnico en otras zonas perdidas del globo; y sobre manipulación genética justo cuando el debate sobre los transgénicos y la clonación, entre otros asuntos, saltaba a la luz pública. En ese sentido, su editor puede sentirse más que satisfecho. Otra cosa son las ideas que Fukuyama defiende.
 
El autor ahora nos quiere sorprender con una nueva obra dedicada a la política internacional norteamericana y el papel de los Estados Unidos en el mundo, un tema, por lo demás, recurrente. Con todo, hay que reconocerle el mérito de volver a dar con un asunto candente, pues es cierto que la reflexión en Norteamérica sobre qué hacer y con qué objetivos está a la orden del día, tras las complicaciones en Irak y el sombrío horizonte que se entrevé con Irán. De hecho, las ediciones europea y estadounidense de la nueva obra de Fukuyama llevan títulos distintos: allí, America at the crossroads (América, en la encrucijada); aquí, After the neocons (Tras los neocon).
 
El libro era esperado porque ya en verano Fukuyama publicó un breve ensayo, 'El momento neoconservador', donde dejaba entrever algunas de las tesis que sostiene en aquél. Y porque, a pesar de haber defendido en su día la intervención en Irak y haberse alineado y casi casi identificado con las tesis de los neoconservadores, ahora Fukuyama pretende renegar de sus postulados políticos y estratégicos más recientes denunciando el campo en que, voluntariamente, se había metido. Sin embargo, su nueva obra, más que servir de demolición de las ideas neoconservadoras, en realidad es una revisión de las tesis que el propio Fukuyama elaboró en 1989 y que tanto éxito le han dado todos estos años. En ese sentido, After the necons podría entenderse mejor como "el final de Fukuyama".
 
Conviene tener presente el origen de la historia, más que su final, para entender el porqué, el cómo y el cuándo de este libro. Francis Fukuyama, a pesar de lo que dice de sí mismo, nunca ha sido un neocon. De hecho, su vinculación con destacados neoconservadores de su generación, esto es, los Bill Kristol, Robert Kagan, Bruce Jackson, Peter Berkovitz o Gary Schmitt, se sostiene únicamente en su adscripción al Project for the New American Century, al que prestó su firma en el momento de su lanzamiento, allá por 1996. Hay que recordar que por aquellos días las críticas a la Administración Clinton estaban a la orden del día en todos los terrenos, y que suscribir una apuesta alternativa no era algo descabellado. De hecho, para alguien como Fukuyama, con sentido de la historia, resultaba hasta lógico.
 
También es verdad que por aquellos días se daba una coincidencia entre la defensa que hacían los neocon de intervenir en los Balcanes y algunos de los planteamientos de Fukuyama, como la extensión de los valores liberales. Promover la democracia mediante el uso de la fuerza –la tesis neocon por excelencia– se confundía con el mensaje fukuyamista del triunfo de la democracia liberal en el mundo. Precisamente por esa aparente coincidencia, Francis Fukuyama vio lógico y necesario deponer y eliminar a Sadam Husein en 2003. Aunque ahora podamos comprobar que no estaba preparado para sostener una guerra que se mueve en la intrahistoria y que no ha superado esa fase de barbarismo a la que él tanto ha apuntado.
 
La aparición, ahora, de esta confesión de autor, reconociendo sus supuestos errores, se enmarca en la fatiga política que está causando en Estados Unidos la guerra de Irak. Es obvio que la victoria decisiva que esperaba el Pentágono no se ha materializado, y eso ha dado pábulo, por un lado, a una corriente revisionista que se cuestiona los principios y las razones que justificaron la intervención; por otro, ha servido de instrumento político para que los demócratas americanos fustiguen al actual inquilino de la Casa Blanca en su deseo de ganar tanto las elecciones de noviembre de este año como las presidenciales de 2008. Fukuyama sirve a esta segunda, aunque se base en la reflexión intelectual de la primera. Pero si el libro tiene éxito no será tanto por sus planteamientos teóricos cuanto porque sirva como otro elemento con el que espolear a un Bush progresivamente acosado. De todas formas, está por ver que tenga éxito.
 
En todo caso, la nueva obra de Fukyama encierra algunos méritos. Por ejemplo, toda su extensa primera parte, donde aborda una suerte de historia del pensamiento neoconservador. Y aunque tiende a perderse en los vericuetos de la supuesta influencia de Leo Strauss sobre algunos de los cabecillas americanos, tiene notables aciertos al tratar a la nueva generación de neocon. De Irving a Bill Kristol pasan muchas cosas en el país y en el mundo que obligan a planteamientos nuevos. En esa medida, esta parte del libro puede considerarse una buena introducción al neoconservadurismo.
 
Mucho más dudosa es la utilidad de la disección que hace de las principales escuelas americanas de política internacional. Fukuyama habla de los realistas clásicos, de los wilsonianos liberales, de los nacionalistas jacksonianos y de los neoconservadores siguiendo clasificaciones ya bien asentadas por otros. Sin embargo, cuando trata de desvincularse de los neocon para pasar a describirse como "wilsoniano robusto" se vuelve más bien confuso. De hecho, muchos neocon se definen, precisamente, como "wilsonianos robustos". No obstante, Fukuyama aspira a clarificar su posición afirmando que él fue un neocon no de la rama de Kristol, sino de la del "realismo democrático" de otros autores, como el comentarista Charles Krauthammer. Pero esto son piruetas más académicas que prácticas que quedan muy alejadas de las polémicas sobre los neocon en Europa y España.
 
Y todo esto lo hace Fukuyama para permitirse construir la última parte de su libro, destinada a proponer un nuevo curso a la acción exterior americana. Sin embargo, es esta parte, con mucho, la más endeble de todo su entramado intelectual. Fukuyama sólo encuentra como alternativa al cambio que defienden los neocon la estabilidad defendida por los realistas clásicos, aunque también reniegue de éstos. Pero su postulado de que más vale un dictador estable en Oriente Medio que el caos por querer imponer la libertad y la democracia podía perfectamente haber salido de la boca de un Henry Kissinger en los 70.
 
Como Fukuyama no tiene un ápice de tonto y es consciente de su contradicción, intenta superarla con piruetas intelectuales tan llamativas como inconsistentes. Así, por ejemplo, llega a proponer un sistema de controles supraestatales, basados en no se sabe muy bien qué legitimidad, y con qué garantías democráticas. El concepto por el que se siente atraído, "la supervisión horizontal" de los Estados nacionales, tiene pocos visos de llegar a ser operativo y eficaz en el mundo en que vivimos.
 
En suma, el libro no ofrece planteamientos novedosos, y cuando se dispone a avanzar alguna idea alternativa o bien da un salto atrás, a un pasado cuyos efectos ya conocemos, o se adentra en construcciones teóricas nada prácticas. Y es que la misión de Fukuyama, exculparse de su apoyo a la guerra de Irak y a una política intervencionista americana, no es difícil de lograr. Dar con un alternativa a los planteamientos de sus antiguos compañeros de viaje, los neocon, es ya otra cosa.
 
Porque la realidad es que, hoy por hoy, ni los realistas, con sus dictadores preferidos que sólo han servido para alimentar el odio y el fundamentalismo, ni los institucionalistas liberales, que esperan de la ONU lo que ésta no puede dar, pueden dar soluciones a los problemas del terrorismo islámico o la gobernabilidad del mundo.
 
Puede que los planes de los neocon no hayan salido como se esperaba en Irak, pero la verdad sigue siendo que cualquier otra cosa hubiera sido mucho peor.
 
 
Francis Fukuyama: After the neocons. Profile Books (Londres), 2006.
Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital, suplemento Libros, 27 de abril de 2006