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El catolicismo estadounidense: ¿puede ser conservador?

El autor, Caballero Comendador de la Orden de San Silvestre, analiza algunos aspectos sobre el debate de si existe y qué es el catolicismo conservador estadounidense Catolicismo conservador estadounidense -- ¿existe tal cosa? Existen, ciertamente, hombres como Pat Buchanan, que así les llaman. Pero, ¿qué es el catolicismo conservador estadounidense? La mejor forma de saberlo es definir cada palabra por separado, y luego volver a mirarlas en conjunto.

 

Primero, América. Mientras que aquellos de nosotros que nacimos y vivimos en los Estados Unidos usamos la palabra en forma intercambiable con el nombre de nuestro país, debería recordarse que los hispano-parlantes se refieren al continente cuanto utilizan este término. Hasta este día, nuestro uso de “América” los enfurece. Aun así, para el propósito de este artículo, seguiremos el uso normal en los Estados Unidos; los canadienses, ciertamente norteamericanos, se rehúsan a usar este título.

 

Mientras que tanto los hispanoamericanos como los canadienses están bien conscientes de lo que los separa de los estadounidenses, los europeos no, en general. Pueden (y frecuentemente lo hacen) tener resentimientos por el poder y la influencia de los Estados Unidos –al mismo tiempo que se llenan de McDonald’s, usan jeans, imitan las costumbres estadounidenses vistas en televisión y rechazan sus propias tradiciones religiosas, sociales y morales a favor de las prácticas estadounidenses más liberales. Pero, debido a nuestras similitudes de apariencia física y en el vestido, no se dan cuenta de lo que fundamentalmente nos separa.

 

Lo más obvio es lo que ha sido llamado “raza y espacio”. Tanto los indios como los descendientes de esclavos africanos (los primeros de forma más psicológica, mientras que los últimos de forma más material) han afectado tremendamente a los descendientes de los colonos europeos y los posteriores inmigrantes en muchas, muchas formas. La cocina y la música africana, por ejemplo, han tenido enormes repercusiones sobre todos los estadounidenses. Luego también, las Guerras Indias, las luchas por y contra la esclavitud, y la culpa persistente (y los esfuerzos por liberarse de ella) sobre estas dos cuestiones, siguen jugando un papel en la mente nacional.

 

El enorme tamaño de los Estados Unidos también juega su parte. Lo que es básicamente una única cultura se extiende por tres mil millas, sobre un terreno de increíble diversidad. Cincuenta gobiernos estatales y miles de autoridades condales, municipales y menores conducen los asuntos del día a día de acuerdo a muchos esquemas que reflejan sus historias individuales. Los gobernadores de Massachusetts, Nuevo Hampshire y Maine están asistidos por un Consejo del Gobernador, que decide sobre los nombramientos y los perdones; el gobernador de Connecticut mantiene sus Guardias a Pie y Guardias Montados, mientras que su colega de Rhode Island, solo entre todos los poderes ejecutivos estatales, designa a los comisarios condales (mientras que en todos los otros estados son electos; en algunos estados representan al gobierno estatal, mientras que en los demás son responsables solo ante los habitantes del condado). Pennsylvania, Massachusetts, Kentucky y Virginia son llamadas “Commonwealths” en vez de estados, y el primero de los nombrados designa, así como Delaware a los “protonotarios” que presiden las cortes y el notariado en sus respectivos condados. Louisiana llama a sus condados “parroquias”, y mantiene una variedad del Código de Napoleón, en oposición a la “Common Law” inglesa que prevalece en los demás estados. Los condados de Nueva Jersey son presididos por Consejos de Libres Propietarios Electos (“Boards of Chosen Freeholders”), y las leyes de tierras, herencia y minerales en California, Texas, Nuevo México y Arizona se basan en principios españoles en vez de ingleses. La ciudad de Glen Cove, Nueva York, continua siendo gobernada por el Fuero Real concedido por Jaime II. Solo Nebraska cuenta con una legislatura unicameral, mientras que las asambleas de Pennsylvania, Maryland, Carolina del Sur y Virginia presentan desfiles diarios de discursistas, incluyendo las mazas ceremoniales (en los últimos dos casos, reliquias con corona de los tiempos coloniales), como se realiza en todo el Commonwealth británico. En algunos estados aun se mantienen las antiguas Cortes de Defensas de Comunes (Courts of Common Pleas), a pesar que la mayoría no. En Connecticut los condados se han degenerado a nada mas que líneas en un mapa, sin siquiera comisarios (desde 2000); en California los condados son poderosos feudos, poco menos poderosos que el gobierno estatal –incluso la invencible ciudad de Los Angeles pelea por su supremacía sobre el régimen de condados.

 

Podría seguir un buen rato; pero el punto es que cada uno de los estados estadounidenses difiere de todos los otros. Esto es también verdad en cuanto al maquillaje étnico. Algunos lugares, como Massachussets ofrecen un injerto de un arsenal que marea de grupos étnicos por sobre los descendientes de los puritanos ingleses. En el relativamente pequeño pueblo natal de mi padre en New Bedford, Massachusetts, solo la Iglesia Católica ofrece parroquias francocanadienses, irlandesas, alemanas, portuguesas, italianas y polacas; agregue a esta mezcla los ortodoxos griegos y eslavos de diversas variedades, así como los árabes, los de Puerto Rico y los escandinavos, y tendrá idea de la mezcla. Incluso los negros allí son diversos –lusitano parlantes de Cabo Verde, inmigrantes negros sureños y su herencia, y descendientes de los originales esclavos africanos traídos a esta zona en el siglo XVII. En las ciudades mas importantes, la mezcla es aun mas compleja. Existen también grupos de la era colonial largamente establecidos en la región, tales como los alemanes presbiterianos, los cajunes de Louisiana, y los hispanos de Nuevo México, cuyo establecimiento es anterior a la Independencia, y que han mantenido en diverso grado su lengua y cultura frente a la inmigración; generalmente siguen jugando un rol en la escena local.

 

A pesar de toda esta diversidad, sin embargo, hay una conformidad tremenda, un ethos nacional que abarca a todos, que puede ser mejor entendido como una religión secular. Como sucede con las religiones no cristianas, posee sus mitos fundacionales, sus reliquias sagradas, sus lugares de peregrinación, sus semidioses y sus dogmas. Central a ella es una especie de devoción a la nación y a sus instituciones. Mucho del poder de esta fe deriva de su continua habilidad para unificar frente a la diversidad que hemos explorado; en los estadounidenses ocupa el lugar de una fe común y/o un vinculo a un soberano y su dinastía.

 

Para comprender esta religión, que llamaremos americanismo, debemos mirar primero a su mito central, un tipo de historia estadounidense sacralizada. Según esta lectura, los puritanos que primero se asentaron en Nueva Inglaterra eran como los patriarcas del Antiguo Testamento y los hijos de Israel. Escapando de la corona inglesa y su iglesia de formas católicas, (análoga a la opresión del faraón en el Viejo Testamento), realizaron el éxodo mas allá del mar, arribando a la tierra prometida. Aquí debieron lidiar con los cananitas, quienes por supuesto fueron los indios. Hasta aquí, el mito es como el de la mayoría de los calvinistas exiliados, tales como los escoceses del Ulster en Irlanda, los afrikaaners de Sudáfrica y los mormones de Utah.

 

Pero aquí la historia se hace mas elaborada; porque a diferencia de esos pueblos, los estadounidenses reciben la Nueva Alianza al estilo de la Antigua. Los padres fundadores (tales como Washington, Jefferson y Franklin) son como los apóstoles, con la Revolución Americana jugando el papel de la Pasión y la Resurrección. La Constitución, inspirada por el Espíritu Santo, es la Escritura (junto con la Declaración de la Independencia), y la formación del gobierno es de esta forma un acto de Dios mismo –sea lo que El sea. Lugares como el Salón de la Independencia en Filadelfia (donde los Sagrados Documentos fueron firmados), el Juicio de la Libertad en Boston y la Casa Blanca, el Capitolio, los monumentos a Washington y Jefferson, y el Memorial de Lincoln en Washington, D.C., son los santos lugares, tales como Roma, Jerusalén o La Meca.

 

La Guerra Civil se convierte en un acto de redención, donde la sagrada Unión es salvada por el heroísmo de una figura salvadora, Abraham Lincoln (existe una tradición confederada paralela que era fuerte en el Sur hasta los ’70, pero era una especie de acto de disidencia, tal como el de los musulmanes chiítas y los sunitas; ya que también veneraban a los padres peregrinos, Washington y los demás).

 

Así formados por Dios, los Estados Unidos son la ciudad brillante en la montaña, faros de la libertad para un mundo oprimido y pagano, y la ultima mejor esperanza de la humanidad. Aquí, la creencia en cualquier otra fe o en ningún está bien, con tal que tales creencias no estén en desacuerdo con el mito nacional ni con las otras doctrinas de la tribu. Entre estas doctrinas esta la noción de que la conducta es más importante que el credo. Pero existen otras. Del calvinismo de los puritanos provino la idea que aquellos elegidos de Dios para la salvación (sin esfuerzo propio) serán bendecidos por El en esta vida; dado que no podemos conocer con precisión quien esta entre estos elegidos, debemos esforzarnos mucho para lograr la riqueza como forma de demostrar nuestra bondad. Esto es conocido como la ética de trabajo puritana. Con el tiempo, esta idea fue secularizada y sublimada en la mente estadounidense, con resultados ciertamente concretos: la adquisición de riqueza es inconscientemente sacramental; los pobres son inherentemente estúpidos o vagos; y cualquier cosa que no sea rentable en forma obvia –el arte y las humanidades, por ejemplo—son sospechosas de no ser dignas para la gente “decente” por ser “imprácticas”. (Un resultado desafortunado de esto ha sido el permitir que estas áreas sean monopolizadas en los Estados Unidos hasta cierto grado por marxistas y/o izquierdistas; en forma similar, es verdad, a lo que ha ocurrido en Europa y América Latina en las décadas recientes por diferentes razones. Pero el hecho es que los académicos y artistas conservadores en esos lugares son más numerosos y mejor considerados que aquí.)

 

Otro dogma celosamente guardado es el de la igualdad.No existe, según la creencia común, un sistema de clases en los Estados Unidos. Tan perversa es esta idea que la palabra “classless” (sin clase), que en Gran Bretaña significa igual, en los Estados Unidos simplemente significa “vulgar”. Una máxima frecuentemente citada es que “cualquiera puede llegar a ser presidente”. El hecho de que entre el 40 y el 60% de los senadores de los Estados Unidos sean millonarios escapa de su conocimiento. Pero en verdad, las clases altas en los EE.UU., a diferencia de Europa, son invisibles; como tales no pueden ser alcanzadas. Una importante parte de la elite de líderes aquí esta ligada al entretenimiento, y se ha observado con agudeza que tenemos ahora tres clases: los proletarios que miran televisión, la clase media que la realiza y la elite que aparece en ella. Pero se preocupan en vestir como los proletarios, de modo de dar la impresión que están donde están por accidente simplemente –un accidente que podría ocurrir a cualquiera. Esta mirada es una sobre simplificación, seguro, pero no sin validez.

 

La superioridad del centro es todavía otra creencia firmemente conservada.Según esta visión, se deja de lado automáticamente a cualquiera que podría ser castigado como “fuera de lo corriente” o extremista. Por supuesto, pocos se preocupan por considerar lo que esos títulos puedan significar. Así, el 31 de julio de 2002 CNN alabó a Hilary Rodham Clinton como una “moderada”; pero teniendo en cuenta sus ideas sobre diversos temas sin embargo, es difícil decir cómo la cadena de noticias arribó a tal conclusión. En forma similar, en 2002 durante la carrera electoral por la gobernación de California, el gobernador demócrata Gray Davis castigó a su oponente republicano, Bill Simon, diciendo que “no seguía la velocidad de California”. Pero viendo el apoyo violento de Davis al matrimonio “gay”, a pesar del voto del pueblo de California prohibiéndolo en un referéndum, uno no llega a saber lo que él significaba. Pero en tanto estos argumentos no se examinan en detalle, tienden a acarrear el peso de los votantes.

 

Pero tal vez la clave más importante entre estos dogmas para nuestro propósito es el dogma de la “separación de la Iglesia y el Estado”.

 

Tal vez las ironías que involucran esta situación se ilustran en el actual permiso papal para construir una mezquita en Roma. El intento anterior de hacerlo, en 1930, involucró al rey de Arabia Saudita haciendo el pedido a Benito Mussolini; el Duce respondió que estaría feliz de hacerlo, tan pronto como el rey autorizara la construcción de una catedral católica en La Meca. Las actitudes europeas se han alterado, mientras que las musulmanas no –uno puede imaginar la respuesta hoy del gobierno saudita a una propuesta tal.

 

En cualquier caso, la noción de que la religión de la gente no debe tener nada que ver con el gobierno surgió primero en los Estados Unidos, a pesar de que el termino “separación de la Iglesia y el Estado” no aparece en la Constitución. Lo que sí aparece es una cláusula prohibiendo al Congreso establecer una única religión para toda la nación y proscribiendo la perdida de derechos civiles a algún ciudadano en razón de sus creencias religiosas. La razón para esto es simple: de los originales trece estados, al momento de la Independencia siete de ellos total o parcialmente reconocían a la anglicana como a su iglesia oficial, tres la congregacional y los otros tres no tenían iglesia oficial. El catolicismo era ilegal en diez de estos trece estados. Así las nuevas autoridades estatales soberanas no tenían deseos de permitir al Congreso intervenir en lo que parecía una cuestión local; la alianza con Francia y España requirió el levantamiento de las prohibiciones civiles para los católicos, mientras que las actividades de católicos y judíos en el bando rebelde reconocían la necesidad de concederles derechos civiles. El ultimo estado en hacerlo (Connecticut) no abandonó a su iglesia establecida hasta 1833.

 

Sin embargo, a pesar de que ninguna forma específica de cristianismo se fijó en el sentido europeo, se consideró por mucho tiempo que los Estados Unidos eran de hecho un país “cristiano” (sea lo que sea que eso significara). El 29 de febrero de 1892 la Suprema Corte de los EE.UU., en el caso de la Iglesia de la Trinidad contra los EE.UU., mencionaba que “si vamos más allá de estas materias [legales] para dar una mirada de la vida estadounidense, expresada en sus leyes, sus negocios, sus costumbres y su sociedad, encontramos en todos lados un reconocimiento claro de la misma verdad. Entre otras materias notamos lo siguiente: La forma de juramente universalmente prevaleciente, concluyendo con un llamado al Todopoderoso; la costumbre de las sesiones de apertura de todos los cuerpos deliberativos y de la mayoría de las convenciones con oraciones; las palabras introductorias de todos los testamentos, ‘en el nombre de Dios, amén’; las leyes sobre observancia del sábado, con el cese general de todo negocio secular y el cierre de cortes, legislaturas y asambleas publicas similares ese día, las iglesias y las organizaciones eclesiásticas que abundan en cada ciudad, pueblo y aldea; la multitud de organizaciones de caridad que existen en todos lados bajo auspicios cristianos; las asociaciones misioneras gigantescas, con apoyo general, y con el fin de establecer misiones cristianas en cada cuarto del globo”. Sobre esta base, la Corte declaraba que “estas y muchas otras materias que deberían notarse, agregan a la masa de elocuciones orgánicas un volumen de declaraciones no oficiales de que ésta es una nación cristiana”.

 

Pero a partir de 1948, las cortes Suprema y/o menores federales y estatales sistemáticamente declararon inconstitucionales las oraciones en escuelas gubernamentales (inevitablemente de naturaleza protestante), las leyes sobre la blasfemia, los pesebres en las escuelas, los símbolos religiosos en propiedades públicas, etc. En el presente, existe una disputa legal no finalizada sobre las palabras “bajo Dios” en la jura de la bandera (“pledge of allegiance”) y la muestra de los Diez Mandamientos en las cortes y las escuelas. Del lado de los medios, los círculos legales y organizaciones tales, se considera que cualquier mención de Dios en la vida pública es un asalto al “muro de separación entre la Iglesia y el Estado”. Las cosas han evolucionado al punto que en muchas ciudades importantes los empleados de los comercios pueden ser despedidos por desear “feliz Navidad”; en vez del “felices fiestas” de rigor.

 

Pero existe una tremenda dificultad aquí. El sociólogo francés, François Berger, ha notado que “Suecia es el menos religioso de los países de la tierra y la India, el más. Los estadounidenses conforman una nación de indios gobernada por suecos”. La tremenda brecha religiosa entre los gobernantes y los gobernados en los EE.UU. es dejada de lado en aquellos reductos de religiosidad como la invocación a Dios en casi todos los preámbulos de las constituciones estatales (aunque no en la federal; suficientemente interesante cuando se considera que esta es una de las principales diferencias con la constitución confederada); la apertura con oraciones de todas las sesiones legislativas en los capitolios estatales y federal; y el comienzo de las actividades diarias de la Corte Suprema con el grito del mariscal de la corte, “Dios salve a los Estados Unidos y a esta Honorable Corte” (grito repetido con las modificaciones de forma apropiadas en todas las demás cortes).

 

Debe señalarse aquí también que varias de las sectas “cristianas” que coexisten han contribuido con el tono religioso general del país, que está bajo ataque –un tono muy bien ilustrado recientemente, sin embargo por la Celebración del “Día Nacional de Oración y Plegaria” en la Catedral Nacional (anglicano episcopal) en Washington, D.C., presidida por el Presidente, los obispos episcopales de la ciudad, el reverendo Billy Graham y otros líderes espirituales. De los anglicanos hemos recibido un gusto por el inglés anticuado para la oración, junto a cierto estilo de himnodia y por el foco en la unidad en la intención más que en la oración. De los metodistas viene la noción de que una experiencia de Cristo como Salvador (o tan solo el darse cuenta de la existencia de Dios) es suficiente para saberse salvado a pesar de nuestra conducta. Los luteranos hicieron respetable la Navidad y la Pascua. Los unitarios nos enseñaron que todas las religiones, no importa como se contradigan dogmáticamente, están todas diciendo en realidad lo mismo (sea lo que sea), y que la búsqueda de la Verdad es más importante que el encontrarla. Incluso los católicos han contribuido en pequeñas formas, permitiendo a los atletas de cualquier persuasión santiguarse antes de buscar el gol durante un juego. Todos estos motivos, por supuesto, van acompañados de canciones patrióticas como “el Himno de Batalla de la República” como música sagrada. Pero incluso contra esta religiosidad vaga, las elites son enemigas juramentadas.

 

La tensión entre estos dos lados no se resolverá fácilmente; pero la religión nacional no tiene la solución. Como con cualquier otra fe, existe un cuerpo que recibe la sabiduría de lo alto y decide en disputas doctrinales. Para nosotros, esta es la mencionada Suprema Corte. Por una serie de razones, entre los estadounidenses, lo que es legal es moral y viceversa. Así la mayoría de los estadounidenses firmemente creía que el aborto era un asesinato, hasta que la Corte decidió en 1973 que era un derecho constitucional. Este evento revirtió exactamente las proporciones entre las fuerzas pro- y anti-aborto. (Por supuesto, mientras que la deshumanización del feto realizado por la Corte contra toda evidencia empírica tenía cierto sentido legal; la posición alemana, donde el feto es un humano que es legalmente indefendible, a pesar de tener cierto precedente en la historia reciente de Alemania y ser al menos biológicamente correcta, podría dejar cierta duda sobre la inherente bondad de los arreglos constitucionales allí –una duda que los estadounidenses nunca necesitamos temer). Pero los principios sobre los que estos sabios basan sus decisiones no están más claros. Cuando el juez Robert Bork fue nominado a la Suprema Corte por el presidente Reagan en 1987, Su Señoría perdió su candidatura al declararse por la doctrina de “intención original”, según la cual los jueces de la Suprema Corte deben consultar la intención de lo que los redactores de la Constitución al escribir tal o cual cláusula para determinar la constitucionalidad de cualquier medida bajo su consideración. Cuando el juez Clarence Thomas fue nominado para la Corte por George Bush I en 1991, parte de su precio para la admisión fue jurar que no creía en la clásica “ley natural”. De esta forma, las decisiones de la Corte Suprema, como las de los oráculos de Delhi, vienen directamente de los dioses, sin intervención de fuentes humanas.

 

Pero la religión americana enfrenta los mismos problemas que las otras: el estado de los infieles. Mientras que es obvio que el resto del mundo occidental esta siguiéndonos (como se evidencia en el reciente cambio de nombre del partido dominante en el gobierno de Bélgica de llamarse “social cristiano” a “social humanista”, prohibiendo los crucifijos en las escuelas gubernamentales, aboliendo el Te Deum para la familia real y promulgando una ley de eutanasia tan liberal que incluso los holandeses la rechazan –ninguna mala hazaña en sí misma), tal imitación, a pesar que pueda ser gratificante para el ego estadounidense, no puede ser suficiente en sí mismo. Mientras que el odio de sus propias tradiciones por parte de los europeos sin duda sorprende al mundo no europeo, mucho más es requerido.

 

Si a un francés, italiano o inglés se le dice que algo es no es francés, italiano o inglés, simplemente responderá que es extranjero. Pero “no estadounidense” (un-American) conlleva las mismas implicancias que “no cristiano” [infiel] llevo alguna vez. Es de hecho uno de los términos más peyorativos que no puede usarse en este país. Esto es lógico; porque si, como nos recordamos constantemente, somos de verdad “la ultima mejor esperanza de la humanidad”, luego se sigue que todos los demás están más allá de la civilización, hasta el grado de que no se nos parecen. De ese modo se hace dificultoso a la mayoría de los estadounidenses preocuparse sobre formas o costumbres extranjeras, o pensar sobre ellas de otra forma como a cosas inferiores.

 

Lo que es contradictorio de esto es que todas las instituciones gubernamentales que tanto apreciamos tienen raíces extranjeras; la panoplia a la que nos referimos anteriormente nos viene en primer lugar de fuentes británicas, pero en cierta medida también de francesas, españolas y holandesas. Este elemento de nuestra historia es apenas señalado, sin embargo; la mayoría de los estadounidenses cree que su país es mas o menos auto-generado. Lo prevengo que ésta no es una creencia consciente y que desaparecería rápidamente con un poco de auto examen. Pero como el ultimo imperio del mundo, los Estados Unidos no tienen la introspección del derrotado, que juega tan importante papel en el discurso europeo moderno.

 

Sin embargo, como una religión grande y de mente abierta, al tiempo que denuncia al infiel, el americanismo da la bienvenida a los conversos. Nuestros inmigrantes, a pesar de lapsos históricos, son generalmente recibidos con los brazos abiertos, en tanto adoptasen nuestras formas. Pueden retener grandes porciones de sus creencias ancestrales, en tanto acepten los principales dogmas de la nuestra. Esto ha ofrecido poco problema a protestantes, judíos y budistas. Pero para los católicos, y más recientemente, para los ortodoxos, por naturaleza orientados hacia una mirada radicalmente diferente de la vida, esta aceptación les ha causado importantes tensiones.

 

La siguiente palabra que debemos definir es “conservador”. Ésta es una tarea extremadamente difícil por lo mucho que la palabra significa para tantos. Como base, deberíamos considerarla como un impulso de la personalidad, como si simplemente significara disgusto por el cambio. Ambrose Bierce, el ingenioso y amargo escritor estadounidense, definió la palabra en forma similar en su “Diccionario del Diablo” de 1906: “Conservador: un político que esta enamorado de los males existentes, en oposición a un liberal, que busca reemplazarlos por otros.” Ciertamente, conservador es una palabra, lingüísticamente, vinculada a la preservación; pero ésta no es una noción ideológica. Los últimos defensores de la Unión Soviética eran llamados por nuestros medios “los conservadores del Kremlin”.

 

Erich von Kuehnelt-Leddihn, el escritor político austríaco, prefería llamarse un “hombre de la derecha”, más que un conservador. Señalando que “conservador” como afiliación partidaria se restringía a las naciones europeas protestantes (Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca y Prusia), y que significaba preservar las elites frecuentemente anticatólicas de estas naciones, creía que no era un término feliz para las naciones católicas. K-L agregaba que “derecha” en varios idiomas europeos –alemán, francés, italiano, español, etc., también significaba “correcto”, así como “Derecho”. Incluso en inglés, concluía, hablamos de “derechos”, y fácilmente se puede decir que “la derecha es lo correcto” (“right is right”). Pero, sin embargo, usaremos la palabra normalizada.

 

Pero entonces, ¿qué es el conservadorismo en su sentido ideológico? Algunos dirían que lo que diferencia al conservador del liberal es su creencia en la Caída de Adán –esto es, que el hombre no puede perfeccionarse a sí mismo con su propio esfuerzo. En Europa y América Latina, otros, de mente más historicista y menos teológico-filosófica, llamarían conservador a aquéllos que en grado mayor o menor rechazan alguna o todas las revoluciones, la Reforma, la francesa, la de 1848, la rusa, etc. Este rechazo abarca desde un llamado a la restauración monárquica y los modos religiosos y sociales tradicionales, a un más “práctico” ataque a algún aspecto del programa, tales como la secularización de la educación o la destrucción de la propiedad privada mediante los impuestos excesivos.

 

Este tipo de conservadorismo toma muchas formas, así como las revoluciones a las que se opone. En Austria y Europa Central existe una devoción por los Habsburgos; en Francia por los Borbones y en España los carlistas. Incluso los conservadores hispanoamericanos, tales como el difunto Pablo Antonio Cuadra y Cardenal en Nicaragua, abogan por la restauración del lugar de la Iglesia en la vida del país, y la reunión en algún nivel u otro con las madres patrias España o Portugal. Desde Kralik en Austria a De Maistre en Francia a Soloviev en Rusia a Alamán en México, existe un numero considerable de autores y escuelas de pensamiento contrarrevolucionarias.

 

En un nivel menos elevado, existen varios grupos de gente nostálgicos en países como Gran Bretaña, Francia, Bélgica, los Países Bajos, Italia y Portugal compuestos de colonos refugiados y sus descendientes que recuerdan los días imperiales de sus respectivas naciones. Existen grupos que representan a las antiguas unidades de ejércitos ya desaparecidos. Por esa razón, (al guardar el significado raíz de “conservador”) puede considerarse conservadoras incluso a ciertas asociaciones europeas que abogan por la conservación del medio ambiente, la preservación de edificios históricos o la organización de diversos eventos folclóricos (a pesar que, como en los EE.UU., tales personas, como sucede con los académicos y los artistas, pertenecen frecuentemente a la izquierda).

 

Pero, ¿qué sucede en los Estados Unidos? Una respuesta fácil es que, como lo que los estadounidenses llaman “liberales” los europeos y hispanoamericanos llaman “socialistas”; lo que los estadounidenses llaman “conservadores”, los demás llaman “liberales” (según la Escuela de Manchester). Pero lo que en Europa y América Latina llaman conservador simplemente no existe como cuerpo organizado en los EE.UU. Dado que los más reconocibles leales americanos de la corona se exiliaron en la Canadá inglesa y las Bahamas luego de la revolución que nos dio la Independencia (convirtiéndose en ancestros ideológicos –y en muchos casos, biológicos—de los conservadores de esos países, que continúan siendo monarquías), puede decirse que el término conservadorismo en los Estados Unidos puede darse a la derecha de nuestro liberalismo nacional.

 

Siendo esto verdad en su sentido amplio, han existido por supuesto desde 1783 facciones que se llamaron o fueron llamadas “conservadores”. Ha sido un articulo de fe entre tales personas que la revolución fue en si misma algo conservador; aquellos que así la consideran la alinearan a la “gloriosa” revolución de 1688, y la Revolución de Julio de 1830, en las que los conservadores intentaron recuperar el balance político que supuestamente habían alterado los reyes reinantes. A pesar de que este es un punto muy discutible, para decirlo suave, es al menos interesante la necesidad de insertar dichas revoluciones dentro de la legalidad.

 

Cuando la Guerra Estadounidense entre los Estados [Guerra de Secesión] estalló, a pesar de que existían una serie de otros asuntos involucrados en la misma, los rebeldes sureños decían ser conservadores constitucionales, sosteniendo que se rebelaban contra el gobierno de Washington por las mismas razones que sus abuelos habían atacado al gobierno monárquico. A pesar que el interés económico fue revestido con significado ideológico (como lo había sido de hecho para sus abuelos) este no fue el motivo para sus aliados norteños, los llamados “Copperheads” [cabezas de cobre]. Estas gentes urgían poner fin a los ataques federales al sur, clamando que era el gobierno de Lincoln el que era revolucionario en realidad.

 

Con el surgimiento de las grandes empresas tras la Guerra Civil, sus propulsores tomaron el título de “conservadores” en oposición a las fuerzas laborales, y luego al gobierno, que querían restringir de aquí en más su libertad ilimitada. Éste era por supuesto el caso contrario a la situación que se daba en Europa y América Latina, donde los nobles y terratenientes se unieron para resistir las aspiraciones de la burguesía industrial, algunas veces haciendo causa común con los partidos socialistas de trabajadores. Ésta es la razón por la cual los límites al capitalismo y la ayuda social gubernamental fueron tradicionalmente parte de los programas de los partidos europeos de derecha, a pesar que no llegaban tan lejos como para pretender la nacionalización, tan cara a los corazones marxistas.

 

Así permaneció la situación hasta los tiempos de Franklin Delano Roosevelt (presidente entre 1933 y 1945), quien, bajo el lema de rescatar la nación de la Gran Depresión, expandió el rol del gobierno en los Estados Unidos a las enormes proporciones que aún hoy tiene (o, mejor aún, quien inicio el proceso de tal expansión, que continúa aún en nuestro tiempo, recibiendo un nuevo vigor con cada conflicto en que nuestra nación se involucra). Fue en reacción al “nuevo contrato” (New Deal) de Roosevelt que un conservadorismo ideológico real comenzó a desarrollarse en los EE.UU.

 

Sus primeros pasos los dio en los ’20, y hasta cierto punto reflejaban el disgusto de parte de ciertos intelectuales con las bases puritanas de la cultura estadounidense. Hombres tales como George Santayana, H.L. Mencken, Lucius Beebe y H.P. Lovecraft que, al mismo tiempo que no tenían una fe religiosa propia, estaban disgustados con lo que encontraban; al mismo tiempo que rechazaban el filisteísmo criado por el calvinismo estadounidense, rehusaban aceptar el comunismo o el catolicismo. En su cáscara, al tiempo que denunciaban los males de lo que veían, no poseían alternativas.

 

Con notas más positivas, los Nuevos Humanistas, como Paul Elmer More e Irving Babbitt, buscaron reestablecer la cultura nacional sobre la base de una moral y ética “tradicional”; para algunos en el movimiento, esto significaba Platón; para Babbitt y sus discípulos mas cercanos, Buda. Viendo lo vago de este programa, ciertos miembros del grupo se volcaron hacia cosas más sustanciales, T.S. Eliot, por ejemplo, se mudo a Gran Bretaña y se declaró por el anglo-catolicismo y la monarquía.

 

Para aquellos que quedaron atrás o con menos academismo, se necesitaban soluciones más cercanas a la vida. Un grupo de poetas de la Universidad Vanderbilt de Nashville, una banda de neo-románticos llamada “los fugitivos”, se volcaron durante la Depresión de 1929 a la atención de cuestiones sociales y económicas. Viendo las culpas de la concentración industrial y el poder económico del Nordeste estadounidense, renacieron como los “agrarios sureños” (Southern Agrarians), sosteniendo que la sociedad agraria que prevaleció en la región antes de la Guerra Civil era preferible a la que dominó toda la nación posteriormente. Publicaron una serie de ensayos en 1930, intitulados “Me quedaré donde estoy” (I’ll Take My Stand). Unos años después, con los teóricos sociales católicos ingleses como Hilaire Belloc y Douglas Jerrold, y descentralistas y agrarios del Norte estadounidense, publicaron “Quién es dueño de los Estados Unidos” (Who Owns America).

 

Al mismo tiempo, varios escritores estadounidenses, como Ross Hoffman, se inspiraron en diversas fuentes europeas, por ejemplo Charles Maurras. Todos estos grupos diversos fueron invitados por Seward Collins, inicialmente un nuevo humanista, a escribir en la “American Review”, probablemente la mejor publicación conservadora de los EE.UU. en los ’30. Como la nación en sí, constituían un amontonamiento desesperado; a pesar de sus mejores esfuerzos, y de figuras más populares como la del padre Charles Coughlin y el gobernador de Louisiana Huey Long, había poco lugar para desafiar realmente el poder monopólico de FDR [Roosevelt]. Los republicanos en la oposición tenían poco que ofrecer como alternativa; los más comprometidos ideológicamente, como el senador Robert Taft, se oponían no solo a la política doméstica de Roosevelt, sino al profundo deseo del Presidente de involucrarse en la Segunda Guerra Mundial. Sufrieron un severo revés tras Pearl Harbour, lo que convirtió a la entrada estadounidense en la guerra en un deseo imposible de resistir, y el disenso con los objetivos del gobierno equivalían a traición.

 

Pero el final de la guerra y la expansión del comunismo en Europa Oriental y China dio al conservadorismo estadounidense nuevos visos de vida. La derrota del ala anti-intervensionista del senador Taft en el Partido Republicano y el acceso al poder del presidente Eisenhower forzó a los conservadores a articular sus principios, cualquiera ellos fueran. Así, los ’50 vieron dos hechos importantes: la publicación de “La mente conservadora: De Burke a Santayana” (The Conservative Mind: From Burke to Santayana), por Russell Kirk, y el nacimiento de la revista The National Review, editada por William F. Buckley.

 

Los eventos de las décadas siguientes –el Movimiento por los Derechos Civiles de los Negros, la Guerra de Vietnam, el movimiento “hippie” y todos los otros hechos históricos que la nación vivió hasta la caída de la Unión Soviética en 1991, resultaron en la surgimiento de diferentes grupos autodenominados “conservadores”.

 

El primero de éstos es el de los llamados “libertarians” [neo-liberales]. Estos hombres, tomando su símbolos de tales figuras como Tom Paine, ven en el gobierno un mal definitivo que debe ser contenido. Yendo desde los casi anarquistas hasta los privatizadores radicales, creen en reducir el rol del gobierno a los asuntos externos, la defensa y los servicios de policía (algunos de los más radicales incluso pasarían el último de éstos al sector privado). No habría bienestar social, ni regulación de la industria y la agricultura, ni bibliotecas públicas; los servicios públicos y la educación serían enteramente privatizados. Muchos Libertarians creen que no debería el gobierno regular en cuestiones morales como el aborto, el adulterio, las drogas –de hecho, todo excepto el asesinato y el robo debería ser des-criminalizado. Sobre estos puntos, entrarían en conflicto con muchos otros conservadores. Algunos entre los libertarians cuestionan la legitimidad del gobierno federal, manteniendo que sólo los estados deben permanecer; algunos pocos incluso los dividirían en condados y ciudades.

 

En el otro extremo del espectro está la llamada “Nueva Derecha”, cuyos pioneros a fines de los ’70 eran figuras tales como Richard Viguerie y Paul Weyrich. Este grupo, compuesto en gran medida por católicos étnicos renunciantes del Partido Demócrata por las posiciones del mismo hacia temas como el aborto o los derechos homosexuales, y por protestantes fundamentalistas, apelaron a la gente que durante mucho tiempo se había mantenido al margen de la política y cuyas ideas no estaban articuladas filosóficamente. Gracias a envíos masivos de correspondencia y campañas similares, la Nueva Derecha se movilizó en 1980 a favor de Ronald Reagan como presidente. En oposición al “gran gobierno” y los cambios sociales de los ’60, las tropas de la Nueva Derecha encontraban más fácil reconocer a lo que se oponían que a lo que apoyaban.

 

Un grupo de radicales de los ’60 –muchos de ellos judíos—se dieron cuenta que las reducciones en los gastos de defensa frente a la amenaza soviética que favorecían muchos demócratas en general y el presidente Jimmy Carter en particular también significaba el empeoramiento de la capacidad estadounidense para defender a Israel. Llamados “neocons”, estos conversos también descubrieron que el capitalismo funcionaba mejor que el socialismo que habían abrazado en su juventud. Más que las soluciones del tipo “impuesto y gasto” de la izquierda, los neocons se enamoraron del “conservadorismo fiscal”. Pero en cuanto al emplazamiento legal de la revolución social de los ’70, como el aborto, la contracepción, el divorcio fácil, las parejas viviendo juntas fuera del matrimonio, etc., eran neutrales o más o menos lo favorecían. Típicos entre ellos están los nombres de Norman Podhoretz, David Horowitz, Irving Kristol y Michael Novak.

 

El último grupo de la coalición conservadora que examinaremos es el de los llamados “paleocons”. Mientras que comparten una mirada similar sobre los males que aquejan a la sociedad (tienden a estar muy preocupados por las enfermedades sociales que los neocons ignoran), se dividen en una serie de facciones entrelazadas. Los conservadores anglo-estadounidenses, ejemplarizados por el mencionado Russell Kirk, hablan mucho de restaurar el “orden” establecido por los Padres Fundadores, y ven las Guerras de la Revolución y la Civil como esencialmente hechos conservadores, como mencioné anteriormente. Tienden a enfocarse en la continuidad de nuestras instituciones con los británicas y a reverenciar escritores tales como Edmund Burke. Los agrarios sureños, como M.E. Bradford, han sobrevivido; debido a sus raíces, enfatizan, adicionalmente a sus preocupaciones sociales y su creencia en la cultura “tradicional” compartida con los demás paleocons, la creencia en la autonomía de los estados y las comunidades, así como cierto afecto por la causa de la Confederación. Para los dos conjuntos, lo que es importante es el retorno a lo que ellos consideran “los buenos y viejos valores estadounidenses”. Finalmente, hay en este grupo católicos atados a la enseñanza social de la Iglesia, y frecuentemente a una o varias posiciones del conservadorismo europeo o hispanoamericano. Sin sorpresas, los paleocons son probablemente el único grupo que sería reconocido como conservador en el exterior.

 

Lo que unía a estos grupos (y les permitió unirse al punto de meter a Reagan en la Casa Blanca) era el comunismo. La amenaza soviética definía al conservadorismo de la misma manera que definía al liberalismo. Pero la que fue seguramente su mayor alegría, la caída de la Unión Soviética, fue también su derrota. Porque desde entonces, se han esforzado por definirse; siendo este esfuerzo la debilidad de su coalición y ocho años de Bill Clinton que solidificaron su pérdida de poder. Hoy, aquellos conservadores mas preocupados con la tradición y las cuestiones sociales se enfrentan a un Presidente que acuerda con ellos hasta cierto punto –pero no al extremo de poner en peligro su posición. La alternativa a esto es, por supuesto, un reemplazo al estilo Clinton. En una palabra, el conservadorismo estadounidense clásico está profundamente dividido y sin una respuesta práctica al cambio de paradigma que ha ocurrido en el país en los ’60. Dado que el resultado de ese cambio –disminución de la tasa de nacimientos, familias destruidas, analfabetismo funcional, etc.—no presagia nada bueno para la supervivencia a largo plazo de la nación, éste es un problema mayor. Saber que esta situación es peor en Europa no provee más que un pequeño confort.

 

Ahora, miremos a nuestra última palabra: católico. En inglés, como en cualquier otro idioma, esta palabra también significa “universal”, y hasta bien entrado el siglo XX aún uno podía describir a alguien como teniendo “gustos católicos”. Tan ignorantes nos hemos hechos, sin embargo, que muchos protestantes fundamentalistas pueden decir con sinceridad, no por malicia sino por desconocimiento, que son “cristianos, no católicos”.

 

Sin embargo, para la mayoría de los no católicos en los EE.UU. los “católicos” son gente que siguen al Papa como su líder religioso. Hasta 1968 ésa era una definición justa. Pero hoy, “católico” tiene muchos significados diferentes. Obviamente, están aquellos que en verdad suscriben todos los cuatros Credos católicos y los dogmas definidos que florecen de ellos, y por tanto aceptan al Papa como la cabeza visible de la Iglesia. Algunos de éstos creen que los cambios que se dieron desde el Vaticano II contradicen en mayor o menor medida las enseñanzas contenidas en estos credos y dogmas, y por lo tanto conservan una fidelidad práctica con el actual pontífice hasta ese grado. Otros insisten en que tales contradicciones son inherentemente imposibles, y reciben todo lo que venga de Roma, sin importar qué; y frecuentemente esto los lleva a conflictos con sus obispos y pastores locales. El primer grupo es llamado “tradicionalistas”, y el segundo, “conservadores”. Algunos de los primeros, mas notablemente la Sociedad de San Pío X, fundada por el difunto arzobispo Marcel Lefebvre, fueron declarados por el Vaticano excomulgados (una acción que ha sido cuestionada por algunos canonistas), y son llamados “cismáticos” por las autoridades romanas. Lo sean o no –y uno recuerda la preocupación de las mismas autoridades por los ortodoxos orientales, cuyo liderazgo no reconoce la autoridad papal—su consagración de obispos en 1988 movió a la Santa Sede a establecer vía indultos un lugar para que ordenes religiosas, comunidades de tipo parroquial e individuos tuvieran accesos a los ritos tradicionales. Mientras que esto es hecho en plena comunión con la Santa Sede, debe recordarse que la mayoría de los beneficiarios del indulto pasaron por un período de rebelión contra la jerarquía local. Un tercer grupo, más amorfo que los dos primeros, está compuesto de católicos que persiguen una vida devocional más estricta, sea como miembros de la Legión de María, o participando en actividades del tipo de las pro-vida.

 

Un segundo grupo, más visible, está compuesto de obispos, sacerdotes y figuras laicas prominentes (frecuentemente políticos) que en alguna forma rechazan la autoridad papal todos los días en la práctica, al tiempo que dicen apoyarla de la boca para fuera. Estos “titularistas”, como podríamos llamarlos, frecuentemente comenzaron su rebelión en 1968, cuando Pablo VI emitió “Humanae Vitae”, su encíclica renovando la enseñanza tradicional de la Iglesia que prohíbe la contracepción artificial. Predeciblemente rechazada por muchas jerarquías nacionales y tácitamente ignorada por casi todo el resto del clero, fue abiertamente opuesta por el político “conservador” William F. Buckley; por supuesto, había rechazado previamente las enseñanzas sociales de Juan XXIII. En cualquier caso, eclesiásticamente hablando, para 2002, la Santa Sede sólo tiene la autoridad en las diócesis estadounidenses que el obispo local quiera darle; en la mayoría de los casos, muy poca. Un prominente cardenal incluso niega abiertamente la transubstanciación. El equivalente laico por supuesto es el grupo de políticos “católicos” (caracterizados por el senador Edward Kennedy, hermano del difunto John F.) que están “personalmente” opuestos al aborto, pero que sin molestias votan a favor de él, y lo exaltan como parte de los “derechos de la mujer”. Ambos grupos, por supuesto, se encuentran en lo que San Pío X llamó “modernismo”. Sin embargo, este grupo de clérigos y laicos es el ejemplo de lo “católico” para la mayoría de los estadounidenses. El hecho de que la situación sea igual en Europa es poco confortante.

 

Hay, sin embargo, un tercer grupo, posible gracias a la falta de catequesis y la desinformación provista por la segunda facción, y más grande que ésta y la primera. Este grupo está conformado por la gente que se llama católico sin siquiera saber lo que eso significa. Su tamaño puede deducirse de dos estadísticas: una es la que dice que sólo el 30% (según una encuesta de Gallup) de los católicos estadounidenses cree en la transubstanciación (ciertamente la más distintiva de las doctrinas de la Iglesia); la segunda es la que dice que mientras que la gente que se llama así misma “católica” es, de acuerdo con el censo, el grupo religioso más grande del país, aquellos que se llaman “ex-católicos” son el segundo en importancia. Los titularistas no producen católicos liberales, sino no-católicos. Lo que hace este hecho más cruel es el gran grupo de hispanos, el grupo de mayor crecimiento en los Estados Unidos, está perdiendo su fe por la ignorancia de la misma, combinada con la fuerte evangelización de protestantes y otras sectas como mormones y testigos de Jehová. Peor aún, con financiamiento estadounidense tales conversos son usados para evangelizar en América Latina.

 

Pero el problema del titularismo es uno viejo en los Estados Unidos, a pesar que su aparejamiento con el modernismo en la segunda mitad del siglo XX, lo hizo especialmente peligroso. Fuera de los viejos enclaves en Maryland, Delaware, Pennsylvania, Louisiana, Missouri, Texas, California, Arizona, Florida y Nuevo México, el catolicismo en los EE.UU. es una fe de inmigrantes. Sin embargo, John Carroll, el primer obispo católico de Baltimore (designado en 1789) favoreció las Misas vernáculas, la elección de los obispos y la limitación de la autoridad papal en los EE.UU.; por suerte esta tendencia fue frenada por los emigrados franceses que se incorporaron en gran cantidad al clero estadounidense después de la Revolución francesa. Pero luego de la Hambruna de la Papa en los 1840, oleadas de irlandeses llegaron a los Estados Unidos. Deseosos de ser aceptados entre los estadounidenses corrientes (quienes cruelmente los discriminaban en tales episodios como “las revueltas de los Que Nada Saben” [Know Nothings] en Nueva York), intentaron tanto como pudieron aceptar los dogmas de fe americanista, al mismo tiempo que retenían su catolicismo.

 

Fue éste un experimento muy peligroso. Dos facciones emergieron entre el clero irlandés estadounidense en el siglo XIX. Los “americanistas”, dirigidos por el cardenal Gibbons de Baltimore y el arzobispo Ireland de St. Paul, que sostenían que la Iglesia en los EE.UU., debido a la cultura única, la libertad, etc., no solo no debía ser diferente al resto del mundo, sino también debía ser ejemplo para el resto de la Iglesia, así como los Estados Unidos lo eran para el mundo. No se debía pensar en convertir a tan paradisíaca nación. Como respuesta, los “ultramontanos”, dirigidos por los arzobispos Corrigan de Nueva York y McQuaid de Rochester, respondieron que la Iglesia estadounidense era y debía ser parte integral de la Iglesia universal, y que los EE.UU. debían ser convertidos. El eminente converso Orestes Brownson sumo su voz a la de ellos, y declaró en su ensayo, “Necesidad del catolicismo para la libertad popular” (Catholicity Necessary for Popular Liberty), que la conversión a la Fe era absolutamente esencial si los Estados Unidos querían sobrevivir como nación libre.

 

Complicando las cosas más, luego de la Guerra Civil vino el influjo de numerosos grupos de católicos no anglo parlantes –franco canadienses, alemanes, polacos, italianos, etc. En un medio protestante hostil, el liderazgo de estos grupos –tanto clerical como laico—creía en la necesidad de preservar sus culturas nativas de modo de salvaguardar su religión. Cada grupo étnico, tenía alguna variante de la máxima franco canadiense, Qui perd sa langue, perd sa foi –“quien pierde su lengua, pierde su fe”. Las parroquias étnicas se formaron en las ciudades y pueblos que recibieron a estos recién llegados; pero pronto hubo numerosas fricciones con la mayoría de los obispos americanistas de las zonas donde vivían. El hecho de que el Emperador de Austria y el Rey de Baviera contribuyeran con millones de dólares a la Iglesia estadounidense (y lo seguirían haciendo hasta 1914) fue prácticamente ignorado por muchos de los obispos irlandeses que se beneficiaron (un hecho prácticamente olvidado hoy). Los inmigrantes eran una vergüenza y debían ser asimilados. Esta actitud llevó en los 1890 a la controversia de Cahenslyite con los católicos alemanes y en los ’20 al famoso “affair Sentinelle” con los franco canadienses –los cuales fueron arreglados más o menos silenciosamente; también produjo cismas entre polacos, lituanos y rutenos, de los que el arzobispo Ireland fue directamente responsable. Al final, el papa León XIII condenó la herejía del Americanismo en 1896; pero a medida que los prelados americanistas negaban sostener tal herejía y dado que el Papa no se preocupó en perseguir el asunto, las cosas permanecieron como estaban.

 

Pero no mejoraron; en realidad ocurrieron dos hechos claves: luego de la Segunda Guerra Mundial, el Vaticano se hizo financieramente dependiente de la Iglesia estadounidense, y el Modernismo conoció y se casó con el Americanismo. El resultado fue el titularismo de hoy en día, que domina la Iglesia estadounidense y afecta al resto del catolicismo de todo el mundo. Su desarrollo más reciente ha sido el crecimiento de una subcultura homosexual entre el clero, que en este momento que escribo, a pesar de quedar expuesta cada día en forma más clara, todavía aparece como casi suprema en este país. En el siglo XIX, el clero católico puso la bandera nacional dentro de nuestros santuarios para demostrar que eran buenos estadounidenses; esta práctica ha sido universalmente adoptada por los clérigos de todas las creencias, substituyendo su propia bandera denominacional por la del Vaticano que los sacerdotes también insertan. Luego del Vaticano II, la Iglesia en los Estados Unidos creó una Misa específica para los días de la Independencia y de Acción de Gracias (Thanksgiving –lo ultimo es particularmente irónico, teniendo en cuenta los orígenes puritanos de la fiesta). Así es, entonces, el catolicismo en los EE.UU.

 

Sólo nos queda ver cómo atar estas tres palabras en conjunto –estadounidense, conservador y católico. A pesar que “conservador”, como se ha notado, se suele aplicar a una facción –un conjunto que piensa que “el Papa no puede cometer errores”, usaremos el termino para aplicarlo a los tres tipos de catolicismo ortodoxo en este país, aunque algunos objeten este uso.

 

En Europa y América Latina, los católicos conservadores (CC) tienden a identificarse con una facción política en particular. Los CC franceses frecuentemente serán monárquicos, y favorecerán con frecuencia la causa legitimista por sobre la orleanista. Los carlistas en España también son CC, a pesar que algunos conservadores apoyan la posición de Juan Carlos, tal vez más de lo que el mismo rey lo hace. En Austria y en todos los territorios de la antigua monarquía, los Habsburgo todavía pueden contar con leales, e incluso han recuperado algunos entre la Paneuropa y otras personas de mentalidad similar en Italia y Alemania. La Casa de Saboya fue siempre considerada, por su robo de los Estados Papales, con cierta sospecha por la mayoría de los católicos conservadores italianos; pero la piedad de Humberto II le ganó un buen número de ellos para la causa de su dinastía; aún otros apoyan a los Borbones de Nápoles y Parma, y los Habsburgos de Módena y Toscana. Los católicos conservadores polacos recuerdan tanto su monarquía electiva, como a los nacional demócratas anteriores a la Segunda Guerra Mundial de Roman Dmowski. El heredero al trono portugués, Dom Duarte, puede reclamar todo el apoyo de los CC de su nación, mientras que los miembros brasileños de la tribu miran la Lusofonia y/o una restauración de su propio Imperio –la primera causa atrae también a los católicos euroasiáticos de la India, Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka, Birmania, Malasia e Indonesia. Hispanoamérica y las Filipinas, como se dijo antes, también recuerdan la Hispanidad, mientras que los CC franco canadienses cultivan su propia tradición de la “la Survivance”, en conexión con el monarquismo francés y posteriormente con Maurras. Así sucede en cada nación católica. En la Europa protestante del Norte, tales personas tienden a apoyar la subsistencia de las monarquías, mientras que sustituyen la Iglesia católica por la estatal (conservando intacto su establishment).

 

Frente al poder estadounidense y el “progreso” de su sociedad, muchos, sino la mayoría, de estas aspiraciones podrían considerarse sueños de humo. Sin embargo, lo que es importante de ellas es que representan variaciones locales de la misma noción: un Estado católico, donde Cristo es reconocido por las autoridades civiles como rey, las leyes del país que reflejan este hecho y la Iglesia que es asistida en su misión de rescatar las almas de la perdición eterna. Si esta meta parece tan difícil al mundo de hoy, debe haberlo sido mucho más cuando los apóstoles salieron a evangelizar el Imperio romano y el resto del mundo. Lo que es importante es que los católicos conservadores, o mejor, los ortodoxos tengan en cada una de esas naciones un molde sobre el que trabajar; están de hecho intentando restaurar algo que alguna vez existió.

 

Pero para el católico americano de esta banda, las cosas son más difíciles. Incluso si fuese posible, una restauración de las condiciones constitucionales, políticas y sociales a su estado en 1933, o 1912, o 1860, o 1774, o cuando sea que algún conservador estadounidense localice su utopía, no será suficiente. El vacío espiritual que nos ha arruinado no será arreglado cuando votemos contra el aborto, sea abolido el “New Deal”, se cierre el Banco de la Reserva Federal, se restaure la soberanía de los estados y la constitución o, incluso, si coronamos un rey. Porque nuestro problema es religioso, y no puede haber solución al dilema estadounidense sin la conversión de esta nación al catolicismo –como Orestes Brownson declaró. Así pasó con el decadente Imperio romano y las tribus bárbaras que lo infestaron; la conversión trajo la transformación de ambos en la Cristiandad, como un subproducto de la salvación del individuo. Así será, si nuestro país esta destinado a continuar por un largo período, con estos Estados Unidos. Pero así como los romanos y los bárbaros fueron convertidos por este proceso en algo bastante diferente, lo mismo nos pasaría a nosotros.

 

Tales ideas no fueron desconocidas aquí. En los ’50, el periódico Integrity hacía un llamado por una conversión profunda de este país, tal como lo hizo Triumph en los ’60. Pero ambos fueron decididamente voces minoritarias. En el último periódico, es notable que los editores eran todos hombres que habían pasado gran cantidad de tiempo en Italia, España o Francia. La noción de un Estado y una cultura integralmente católica permanecía siendo algo extranjero para aquéllos cuyos horizontes no se extendían más allá de nuestras fronteras.

 

Todo lo cual nos trae de vuelta a Pat Buchanan. Políticamente hablando, Pat puede considerarse el mejor ejemplo del catolicismo conservador estadounidense. En cuanto a la religión, es estrictamente católico, incluso asiduo a la Misa en latín. En términos políticos, es un constitucionalista estricto –constantemente apelando por los límites del poder. Es también un aislacionista, denunciando la expansión imperial de los Estados Unidos como un medio de extender la miseria en el exterior y destruir la libertad en casa. Continuamente, como lo hacen la mayoría de los católicos estadounidenses conservadores, invoca a los Padres Fundadores y la tradición estadounidense, sin darse cuenta hasta hace poco que podía haber un conflicto. Pero en una reciente entrevista para la revista Latin Mass, reconoció que las raíces de nuestra declinación se hundían en nuestra fundación en la herejía, y que los “viejos y buenos valores estadounidenses” podrían ser severamente deficientes. Uno espera que continúe por este camino; ya que mucho puede lograr desde su posición.

 

¿Con qué nos quedamos entonces? Para el católico ortodoxo en los Estados Unidos, el verdadero patriotismo no puede significar, como lo puede ser para un conservador no católico, simplemente ondear la bandera y abogar por “la constitución y el dinero”. A pesar de los baldes de sangre derramados por los misioneros mártires, y por los laicos católicos en las guerras de esta nación, somos en realidad extraños aquí. Dos cosas son en consecuencia necesarias; que nos demos cuenta, mas allá del precio en sangre que hemos pagado, que los católicos americanos somos como nuestros hermanos en la India y Japón; y que como ellos, nuestro amor por nuestro país solo puede demostrarse realmente en un intento por convertirlos a la verdad –la que puede salvarlo como país tan seguramente como puede salvar eternamente a sus ciudadanos individuales. A diferencia de nuestros hermanos en Europa y América Latina, no tenemos un pasado glorioso del cual tomar inspiración; pero eso puede ser una fortaleza en vez de una debilidad. -

 

Charles Coulombe

 

Traducción al castellano de “Cruz y Fierro” por primera vez publicada en el Foro Santo Tomás Moro y, posteriormente con algunas modificaciones, en “el blog de Cruz y Fierro” http://cruz-y-fierro.blogspot.com

Arbil 103, marzo de 2006.

 

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