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Políticamente... conservador

Disidentes y listas de la muerte

Las acusaciones de apostasía entre musulmanes son actualmente objeto de controversia mundial. Para los occidentales, la apostasía parece denotar conversión al cristianismo, desde que la persecución contra los musulmanes que han cambiado de religión ha cobrado relevancia mediática –el caso más reciente es el de Abdul Rahman, que fue amenazado por un juez afgano–. También se ha extendido por todo Occidente la creencia de que apostatar del islam se castiga invariablemente con la muerte. Ambas imágenes están distorsionadas. El fenómeno del abandono público del islam para abrazar el cristianismo no se extendió hasta los últimos 150 años, y los casos han sido tan poco frecuentes como para que no haya una jurisprudencia sustancial sobre la materia. Por lo general, la apostasía del islam se definió en el pasado como negación de los conceptos fundamentales de la religión; más como herejía que como cambio de credo.

La jurisprudencia suní shafii, una escuela de la sharia extendida por los países árabes y el sureste de Asia, define la apostasía como el hacer burla de la religión, más que como abandono de la misma o adscripción a otra, y recomienda repetida piedad y oportunidades para corregir los supuestos errores. La escuela malikí, establecida en el noroeste de África, es severa con aquellos que cambian de religión y exige la pena capital. Esto puede que sea debido a la historia de la España islámica: cuando un territorio pasaba de manos musulmanas a cristianas, los conversos al islam volvían al cristianismo.

He constatado personal y extensamente la existencia de costumbres islámicas en las que la fe de Mahoma se ha fusionado con elementos cristianos (en los Balcanes), con el budismo y el chamanismo (en Asia Central) y con tradiciones religiosas locales (en Indonesia). En los dos primeros casos, el sincretismo o fusión religiosa no suscitó las críticas de los principales clérigos musulmanes, que consideraban un fenómeno natural la porosidad de las fronteras entre credos. En cambio, en Indonesia los clérigos, influidos por la secta wahabí de Arabia Saudita, han predicado contra tales variaciones del patrón suní, y recientemente han incitado a la violencia contra quienes se desvían de su senda.

Bajo los grandes imperios musulmanes, las acusaciones de apostasía a menudo eran pretextos para la censura de la disidencia política e intelectual, y así es como se usan hoy, típicamente, tales acusaciones en países como Arabia Saudí, Irán, Egipto o Pakistán. Según la escuela hanafí, que prevalece desde los Balcanes hasta la India, el profeta Mahoma advirtió contra las acusaciones de apostasía. El Profeta, se dice, opinaba que, cuando un musulmán acusa a otro de infidelidad, aquél es el infiel.

Las acusaciones de apostasía o falta de fe continuaron siendo principalmente un asunto político hasta el siglo XVIII y el ascenso de los wahabíes, que practicaron el takfir, la acusación de apostasía, contra todos los musulmanes que rechazaban sus doctrinas, pero especialmente contra los chiíes y los sufíes, o musulmanes espiritualistas. Lo más seguro es que acompañaran tales acusaciones con sentencias de muerte, expolios y la esclavización de las mujeres capturadas.

Semejantes términos han emergido hoy en la marginalidad del discurso islámico americano; literalmente: "Hemos dado órdenes a los soldados de Dios para que adoren a Dios vertiendo su sangre y quemando sus casas [las de los supuestos apóstatas]... Sus mujeres tienen que ser secuestradas, sus hijos esclavizados y su dinero confiscado".

Este lenguaje brutal aparecía en una acusación de apostasía, con amenazas de muerte, emitida el 10 de abril por un grupo, aparentemente egipcio, denominado Partidarios del Mensajero de Dios [Mahoma]. En la lista de condenados se encuentra el imán Ahmed Subhy Mansour, un disidente islámico egipcio radicado en Virginia y fundador, junto conmigo, del Centro por el Pluralismo Islámico (CIP), una institución que defiende el islam moderado.

Subhy Mansour no es un apóstata del islam. Ni ha renunciado a la religión ni ha negado precepto esencial alguno. Es un crítico de las tradiciones suníes. No estoy de acuerdo con algunas de sus opiniones acerca de la historia del islam, pero éstas no tienen nada que ver con las cuestiones básicas de la fe, y por tanto no pueden considerarse como base para una acusación de apostasía. Las opiniones de Subhy Mansour son controvertidas, pero ciertamente están dentro de las normas del debate islámico.

Teniendo en cuenta la división suní-chií y la influencia wahabí, las acusaciones de apostasía han llevado a una horrible pérdida de vidas en Irak. Entre los suníes ha echado a andar un movimiento que busca erradicar la práctica del takfir. La acusación de que todos los musulmanes excepto los wahabíes son infieles es más que una postura teológica; también promueve la mentalidad elitista que todo movimiento extremista necesita para reclutar adeptos y mantenerse.

Sin embargo, las conversiones del islam al cristianismo continúan siendo un asunto de capital importancia en el amenazante choque de civilizaciones. Al margen de la libertad religiosa en Arabia Saudí, que es una necesidad acuciante, las autoridades musulmanas habrán de impulsar, mediante una larga serie de coloquios de altura, un consenso islámico, con actitudes contemporáneas, sobre la libertad de conciencia religiosa.

No existe una respuesta simple a estas cuestiones. Aún así, la intención de la lista de la muerte del 10 de abril no era aclarar opiniones religiosas, sino intimidar a los disidentes. Esto no tiene que ser tolerado por las autoridades occidentales, que tienen que prestar asistencia a los amenazados por tal agresión, especialmente a aquellos que residen en países democráticos.

Stphen Schwartz (Suleiman Ahmed Schwartz), director ejecutivo del Centro por el Pluralismo Islámico, la principal institución con que cuenta el islam moderado, y autor de The two faces of Islam (Doubleday).

Libertad Digital, suplemento Ideas, 26 de abril de 2006

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