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Políticamente... conservador

La marea del utopismo

La marea del utopismo
El mapa político español está siendo azotado por las olas del utopismo. Las posiciones iluminadas, basadas en proyectos irrealizables, que desprecian los datos de la realidad, inundan poco a poco todas las parcelas de la vida política y ya empiezan a escasear personas y propuestas que, partiendo de las condiciones reales, busquen con honestidad mejoras que redunden en el bien común.

En el prólogo a la edición italiana del libro Los mitos de la nueva izquierda, de Rodolfo Casadei, el editorialista del periódico Il Giornale Paolo Del Debbio traza una distinción entre dos formas opuestas de entender el ejercicio de la política. Por una parte, el realismo, que parte siempre del mundo existente y trata de cambiarlo para introducir mejoras, y por otra parte el utopismo, que desprecia el mundo real y trata de sustituirlo por un proyecto abstracto.

“Realismo, pues, contra utopismo”, defiende Del Debbio, “de cualquier clase que sea, de cualquier color que sea, de cualquier parte –ideológica o geográfica- que provenga. Un realismo que se preocupa de comprender la realidad sin violentarla. Un realismo que, a partir de aquí, señala el camino para que la realidad y la historia del hombre sean realmente del hombre y no, utópicamente, de una realidad que no existe y que, al final, puede dar lugar sólo a perspectivas irrealizables y, por tanto, violentas: aceptadas por fuerza y no mediante la razón que no las reconoce”.

En la actualidad, esta dicotomía realismo-utopismo explica mucho mejor el panorama político español que las clásicas coordenadas izquierda-derecha , centralismo nacionalismo. De este modo, podemos ver cómo partidos de distinto signo político, en los que históricamente han dominado las posiciones realistas, ven prosperar tendencias utopistas en su seno, que acaban por imponerse y dominarlos, como ha sido el caso del PSOE y de CiU.

Crece el utopismo, se extiende en los partidos políticos, entre las instituciones, por aquí y por allá vemos ejemplos cada semana. La toma de poder de los sectores filonacionalistas en el PSE y el PSN; la transformación gradual de personajes como Maragall, Artur Mas o incluso Jordi Pujol o Montilla, que se abandonan sin reparos al soberanismo catalán; el ascenso de figuras claramente utopistas como Ibarretxe o Carod Rovira; la renuncia de Josu Jon Imaz a presentarse a su reelección como candidato a la presidencia del PNV para ceder sitio a la facción más radical del partido; el aumento de la violencia radical en las calles de Cataluña son muestras de que el utopismo gana terreno y va empapando todo nuestro mapa político.

Esta marea alcanza elevados órganos de poder del Estado, como el CGPJ, donde un vocal, Alfons López Tena, puede llegar a escribir en un libro proclamas que dan una buena medida del utopismo que triunfa en los ambientes nacionalistas, que en el fondo no es más que una reedición del viejo sueño marxista de la lucha por una “tierra prometida” donde los oprimidos se librarán para siempre de sus opresores.

El presidente Zapatero no ha podido ocultar en estos años su simpatía por las utopías y sus abanderados, sobre todo porque éstos se complementan con su propio proyecto de una España institucionalmente más débil y manejable que facilitaría la hegemonía socialista. Por eso ha enviado señales a los iluminados de que sus sueños se podían conseguir y eso ha engordado sus ansias.

Una Cataluña independiente, una Euskadi “libre”, una ética común para todos que evite los conflictos, la panacea de la investigación con embriones, etc. Utopía, sueño, ilusión... una idea abstracta, inventada e irracional que no admite los datos de la realidad ni los mecanismos de la naturaleza. Precisamente por eso siempre trata de combatir, censurar o violentar esas condiciones reales.

De esta forma, hoy más que nunca, en España es necesario apoyar a quienes ejercen una política realista “de cualquier clase que sea, de cualquier color que sea, de cualquier parte –ideológica o geográfica- que provenga”, que dé prioridad al bien común y a la libertad de los ciudadanos.

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 17 de septiembre de 2007
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