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Políticamente... conservador

Progresía totalitaria

Progresía totalitaria

Supongo que lo que más desazón me causa al escuchar los exabruptos que cierta parte de la izquierda lanza habitualmente contra la Conferencia Episcopal, contra el PP, contra la AVT, contra la Cope... es la convicción de que recurren al exabrupto sencillamente porque no pueden recurrir a otra cosa. Escuchando los excesos verbales de estos sujetos, uno se da cuenta de que, si en su mano estuviera, someterían a todos los que no opinamos como ellos a un programa de reeducación ideológica. Si por ellos fuera, el glorioso invento soviético de las clínicas psiquiátricas para disidentes sería rescatado y financiado con cargo a los presupuestos generales del estado. Si tuvieran la más mínima oportunidad, aplicarían la eutanasia activa a todo aquel que mostrara síntomas equívocos o inequívocos de padecer la enfermedad mental del liberalismo, o del catolicismo, o de la simple neutralidad política.

 

Lo preocupante no es que un alevín de chequista diga que habría que disolver la Conferencia Episcopal: lo verdaderamente preocupante es que ese chequista en ciernes, si tuviera la oportunidad de hacerlo, la disolvería. Igual que no es preocupante que otra admiradora de Mengele diga que habría que "sedar" a Esperanza Aguirre: lo preocupante es la sospecha de que habría muchos autotitulados progres que serían perfectamente capaces de clavar ellos mismos la jeringuilla. De la misma forma que no es preocupante que otro majadero afirme que sería una pena que tuviera que pasar otro 11-M para que la gente se movilice y vote contra la derecha: lo verdaderamente terrible es que este tipo de frase le lleva a uno a preguntarse si habría algún aspirante a genocida dispuesto a poner él mismo las bombas para que la izquierda pudiera ganar las elecciones.

 

En el fondo, se trata de un problema de convicción democrática. Existe una parte no pequeña de la izquierda española para la que la democracia no tiene ningún valor intrínseco: para ellos es sólo un instrumento válido en tanto les permita obtener el poder y ejercerlo. El que Aznar o Bush ganen las elecciones no otorga, desde este punto de vista, ninguna legitimidad a sus decisiones, porque tan sólo es legítimo para la progresía aquello que la progresía decida que es legítimo. Si una mayoría de ciudadanos otorga su confianza a la odiada derecha, eso sólo quiere decir que no se dan las condiciones objetivas para que esos ciudadanos perciban la auténtica realidad, que no es otra que la innata maldad de esa derecha a la que nadie bienintencionado podría votar.

 

Dentro de ese esquema mental, las opiniones discrepantes no son algo a rebatir, sino a erradicar. Y si no hay forma de obtener el poder y de anular al discrepante por métodos democráticos, cualquier otro método resulta perfectamente válido. De ahí las llamadas a disolver conferencias episcopales, a aplicar sedaciones terminales a los políticos conservadores o a movilizarse contra la derecha aunque sea a golpe de onceemes.

 

De ahí también que esa progresía no sienta ninguna repugnancia frente a aberraciones morales como la negociación con terroristas, porque la bondad o maldad de las acciones (en este caso, de los asesinatos de ETA) no depende de la propia naturaleza de esos actos, sino de sus objetivos. No es lo mismo, según el catecismo laico de la progresía, el asesinato cometido por ETA que el cometido por la Triple A, porque ambas organizaciones persiguen fines distintos y esos fines determinan la "utilidad" de esos crímenes. Lo peor que ETA tiene para la progresía es que con sus asesinatos podría llegar a reforzar electoralmente a la derecha. Y eso sí que es imperdonable.

 

A la hora de juzgar un asesinato, a la progresía ni siquiera le importa quiénes sean las víctimas: sólo importa quién es el verdugo. Si el verdugo lucha contra la odiada derecha, todo puede llegar a ser disculpable. Incluso que se asesine a trabajadores, a políticos de izquierda o a magistrados teóricamente progresistas.

 

Es ése, y no otro, por ejemplo, el resorte mental que hemos visto activarse en el caso de las muertes masivas en las urgencias del Hospital de Leganés: "¿No abomina la Iglesia de la eutanasia? Entonces debemos defender la causa de la eutanasia. ¿No está el doctor Montes luchando por esa causa? Pues entonces es uno de los nuestros". Una vez alcanzada esa conclusión, ¿qué le importa a la progresía que a algunos enfermos del Hospital de Leganés les aplicaran una dosis letal de sedantes sin venir a cuento y sin consultarles? ¿Qué importa que las muertes se redujeran drásticamente después de la destitución del doctor Montes? ¿Qué más da que Leganés sea una ciudad con una población mayoritariamente trabajadora? Todo eso es irrelevante, porque ellos no analizan el problema desde el punto de vista moral, sino desde la óptica de esa lucha a muerte entre los buenos (ellos) y los malos (todos los demás). Dentro de esa dinámica, las víctimas son asumibles, sean éstas quienes sean.

 

Ni siquiera importa tampoco, a la hora de enjuiciar un hecho, lo que la Ley determine. Porque la Ley es, de nuevo, y al igual que sucede con la propia Democracia, un instrumento que se debe usar cuando convenga y se puede ignorar cuando represente un obstáculo. Para la progresía, el que algo sea legal resulta completamente irrelevante a la hora de determinar si es legítimo.

 

Lo que nos jugamos en las elecciones del 9 de marzo no es una alternancia entre la izquierda y la derecha, sino algo mucho más profundo. Nos jugamos el modelo de sociedad en el que queremos vivir. ¿Queremos vivir en un país donde todo el mundo tenga derecho a opinar lo que le parezca, donde todas las opiniones sean legítimas, donde la discrepancia sea vista como algo consustancial a la propia democracia y donde sólo la Ley establezca los límites a lo que puede o no hacerse? Ésa es la pregunta fundamental que tendremos que responder con nuestro voto. En las próximas elecciones generales habrá que optar entre quienes admiten por principio que otros puedan discrepar y no conciben más armas que la palabra para encarar la lucha política, y quienes por principio no admiten que puedan existir otras opiniones y consideran que cualquier medio es legítimo, incluida la violencia, para alcanzar el objetivo político marcado.

 

Por desgracia para todos, pero principalmente para la izquierda, hay una parte de la izquierda española que no comprende ni poco ni mucho lo que significa vivir en democracia, porque no llegó en su día a efectuar la Transición. Y ya es hora de exigirla que la efectúe. Y que aprenda que vivir en democracia significa que el que no opina como tú tiene tanto derecho como tú a opinar y a gobernar.

 

Ya es hora de que la izquierda se sacuda el yugo de la progresía totalitaria.

 

Luis del Pino

Libertad Digital, 4 de febrero de 2008

 

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