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Políticamente... conservador

Por qué se estudia a Edmund Burke

Por qué se estudia a Edmund Burke


Edmund Burke, que detestaba las abstracciones políticas, no era una abstracción. Era un hombre íntegro, un ser indiviso. Y al no estar dividido no es del gusto de los fanáticos de la uniformidad igualitaria y sin rostro de la sociedad; ni tampoco de los entusiastas del cambio perpetuo, de la "revolución permanente".

Si en un futuro cercano sigue alzándose el bronce de la estatua de Burke en la avenida Massachusetts; si la efigie original, realizada por Thomas, sigue en Bristol; y, más especialmente, si la hermosa estatua de Burke continúa al lado de la de su amigo Oliver Goldsmith en el College Green de Dublín, será una prueba de que el orden no ha sido desbancado. Pero si llega el día en que esas estatuas dejan de verse, habrá que considerar que su desaparición es una señal de que la humanidad ha sido expulsada de lo que él llamaba "este mundo de la razón, del orden, de la paz y la virtud". La humanidad habrá creído en lo que Orwell exponía en su novela, en el reino del Caos y de la Noche, que Burke describía como "el mundo antagonista de la locura, de la discordia, del vicio, de la confusión y de la pena inútil".

 

Nunca hubo en Beaconsfield una estatua a la memoria de Burke, precisamente allí en donde él tuvo su casa y su granja. Sus huesos están enterrados en alguna parte de la iglesia o del cementerio, pero se desconoce el punto exacto. Él temía que los jacobinos triunfaran en Inglaterra y que su cuerpo pudiera ser exhumado por los radicales, y que su cabeza y sus miembros fueran expuestos públicamente, como ya se había hecho con los cadáveres de otros políticos. Cosas peores que ésas se hicieron en Francia a los vivos y a los muertos, en los últimos años de la vida de Burke. Por tal razón su cuerpo fue enterrado en secreto y por la noche, en algún rincón de la iglesia de Beaconsfield. Si el jacobinismo nunca llegó a triunfar en Inglaterra fue debido, en gran medida, a la elocuencia de Burke. El "mundo antagonista" no se apropió, en lo esencial, de Inglaterra.

 

[...]

 

Constitución de EEUU.¿Por qué hay un monumento de Burke [en Washington DC]? Porque fue un defensor de un mundo de razón y de orden, de paz y virtud en el que los Estados Unidos participaron gracias a su herencia civilizadora. La Constitución, las normas y convenciones proporcionan a la sociedad una continuidad saludable, como bien sabía Burke. Él hacía notar que un cambio prudente es el mejor medio para preservar la continuidad de nuestras instituciones; sabía que las exigencias de libertad y las exigencias de orden deben mantenerse dentro de una tensión tolerable. Y enseñó tales verdades no como un mero filósofo encerrado en sus dogmas, sino como un estadista pragmático y el líder de su partido.

 

Los hombres de 1776 y de 1787 conocieron sus discursos y sus escritos, que siguieron estudiándose muy detenidamente después de 1789. Ningún otro pensador político de su tiempo fue mejor conocido que él por los grandes líderes de la política estadounidense. Ésa es la razón de que la Sulgrave Institution (...) presentase una estatua de Burke a la ciudad de Washington.

 

De distintas maneras –unas evidentes y otras más sutiles–, la oratoria y la política de Burke se han ido entretejiendo en los modos de pensar de los estadounidenses, generación tras generación.

 

[...]

 

En 1898, cuando mi madre estudiaba el bachillerato, se daba por descontado que los jóvenes debían conocer a Burke. Algo que no sucede con los licenciados en las universidades de nuestros días. Como él mismo había pronosticado en sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia, llegaría el día en el que el aprender quedaría hollado por las botas de una multitud brutal; una frase que, curiosamente, procedía del evangelio de San Mateo.

 

[...]

 

EL PENSADOR de Rodin. A punto de concluir el siglo XVIII, Burke mantenía su batalla personal contra la "doctrina armada" del jacobinismo, la primera de lo que iba a convertirse en una auténtica edad de las pasiones ideológicas. Durante la década de 1940 los americanos y sus aliados se encontraron combatiendo contra otras nuevas ideologías revolucionarias. ¿Qué precedentes podrían encontrarse para ello? ¿A qué estadista del pasado, a qué filósofo podría uno remitirse para hallar una verdadera guía, en un tiempo en el que las fuentes del conocimiento profundo se hallan dispersas? Fue, pues, esta búsqueda la que produjo la renovación de un profundo interés por Burke (...).

 

En la década de los 50 se publicaron en Estados Unidos e Inglaterra muchos estudios sobre Burke y su tiempo. Todas las publicaciones serias hacían algún comentario sobre "el resurgimiento de Burke" (...) Los líderes de los dos grandes partidos de Estados Unidos empezaron a citar a Burke (...) El estallido del radicalismo durante los últimos años 60 y los primeros 70 impidió en cierta medida la renovación de la influencia de Burke en los medios intelectuales. Pero el interés por Burke aumentó una vez más cuando fueron cediendo los efectos del desastre de la guerra en Indochina.

 

(...)

 

La estatua de Burke que se puede ver en la avenida Massachusetts significa actualmente más que cuando se erigió, en 1922. Entonces tan sólo constituía un recuerdo de las luchas que se produjeron en el último tercio del siglo XVIII. Hoy nos hace pensar en el conflicto de ideas, tanto políticas como religiosas, de los últimos años de este siglo XX. Como nos advierte Arnold Toynbee, nuestro Tiempo de Desgracias comenzó en 1914. A partir de entonces, el mundo se ha venido hundiendo profundamente en amargos problemas. ¿Podría pensarse que las nuevas generaciones americanas, cuya educación resulta tan costosa y que, sin embargo, es tan deficiente, lleguen a asimilar algunos valores de la imaginación y de la inteligencia de aquel hombre genial (...)?

 

(...) Burke (casi en solitario) empezó su campaña política contra la Revolución francesa. Publicó el escrito político más brillante que nunca se había hecho en lengua inglesa; empezó a influir en el cambio de la política exterior británica; recuperó el apoyo del clero para la causa nacional, y logró –en su aislamiento político– una reputación y una influencia que superaban aquellas de las que había disfrutado cuando era el líder de su partido. Y es precisamente este último Burke el que atrae de manera más especial el interés y la admiración de los norteamericanos actuales.

 

[...]

 

Los problemas de la sociedad moderna trascienden a las meras cuestiones de estructura gubernamental. No es suficiente una simple apelación a la pureza de la Constitución de Estados Unidos como baluarte contra el destructivo poder de las ideologías. Hemos de volvernos hacia Burke, más que hacia Washington, Hamilton, Jay, Madison, o incluso John Adams, si queremos llevar a cabo un análisis de los principios del orden, de la justicia y la libertad.

 

Y como elemento adecuado para nuestras actuales desazones, los Documentos Federalistas no pueden estimular la imaginación y la conciencia del mismo modo que las Reflexiones sobre la Revolución en Francia, o la Paz regicida. Porque Burke se siente más involucrado en la amarga y continua revolución de nuestro tiempo de desdichas que los Documentos Federalistas, los cuales, esencialmente, se limitan a establecer los argumentos convenientes para lograr acuerdos gubernamentales en la Norteamérica de finales del siglo XVIII.

 

Todavía se puede leer con provecho (y con la ayuda de Hamilton) la Alocución de Despedida de Washington, obra de un hombre fuerte y prudente. Pero resulta imposible para los Estados Unidos de hoy día seguir los consejos de la política exterior dados por el presidente Washington al final de su mandato, porque las circunstancias se han modificado irrevocablemente. La visión de Burke del cometido que debían desempeñar las naciones civilizadas, y su apelación para que unieran sus fuerzas contra el fanatismo revolucionario, se pueden aplicar sin embargo en las presentes circunstancias de Estados Unidos, porque Burke está poco "pasado de moda".

 

(....)

 

Burke no se encuentra apartado de la experiencia americana. Por el contrario, como nos recuerda su estatua, se alza en la mejor tradición y continuidad –el legado de nuestra civilización–, de las cuales forman parte el carácter y la vida estadounidenses. Y el mismo Burke, al ayudar a la formación de su sociedad, influyó en esta tierra y en este pueblo desde los años de 1760 hasta nuestros días. El buscar sapiencia política en Burke no es algo más exótico para los estadounidenses que buscar introspecciones psicológicas en Shakespeare, o reflexiones espirituales en San Pablo. Después de todo, los fundadores de esta República participaron en las instituciones legales y políticas de modo muy parecido a lo que defendía Burke.

 

(...)

 

Thomas Jefferson. Parte de las instituciones y del orden social que conoció Burke han desaparecido, del mismo modo que los Estados Unidos de nuestro tiempo son muy diferentes de aquella república costera que conocieron Adams y Jefferson. Y puesto que no podemos restaurar –aunque lo quisiéramos– ni la Inglaterra georgiana ni los Estados Unidos jeffersonianos, el comprobar la influencia que haya podido tener un filósofo político sobre los desafíos de nuestro tiempo no es una simple cuestión de saber si sus teorías fueron compartidas en la Inglaterra o en los Estados Unidos del pasado.

 

En muchos aspectos, los Estados Unidos de hoy día son más parecidos a la Inglaterra imperial de 1797 que a la aislada y juvenil República de esos mismos años. Debido a que Burke se refería a temas que trascendían su propia nacionalidad y generación, su figura perdura como la de un importante pensador político, al que los hombres de nuestro tiempo enfrentan a Karl Marx.

 

(...)

 

Burke, con su don profético, adivinaba cómo se iban a desarrollar las cosas en este torcido mundo nuestro. Su apasionada refutación de las ideologías igualitarias y de las políticas totalitarias no ha perdido nada de su fuerza con el paso de dos centurias. Lo que dijo en su día acerca de los jacobinos es aplicable a las ideologías marxistas de este siglo. "He derribado el terrible espíritu de innovación que ha infestado el mundo". Son palabras de Napoleón, cuyo advenimiento predijo Burke. Sin embargo, fue él, y no Bonaparte, quien realmente conjuró el fiero espectro del fanatismo revolucionario.

 

Edmund Burke. No hubo estadista o escritor en los dos siglos pasados que haya sido más clarividente de lo que fue Burke. En la época de mi madre se le estudiaba más como gran retórico y líder de partido que como hombre de pensamiento. La especialización del sistema educacional de nuestro siglo XX intensificó esta división: los historiadores de la política dudaron en estudiar a Burke, porque lo consideraban un hombre de letras; los profesores de literatura, porque era un filósofo; los profesores de filosofía porque era un estadista; y así seguía girando el círculo. La pluralidad del genio puede producir negligencia en quienes lo analizan.

 

También pudo suceder que el estudio de Burke quedara reservado para nuestros días. Una vez más nos encontramos en una época de concentración, en la que restablecer el orden y la justicia en una sociedad desconcertada es labor de los intelectuales. "¡Yo doy fe de las nuevas generaciones!", decía Burke al finalizar su impugnación de Hastings. Y las nuevas generaciones británicas quedaron seducidas por él, en sus últimos años de vida.

 

Hoy día, la nueva generación de norteamericanos también se siente influenciada por la mentalidad de Burke (ya sea directa o indirectamente), de la misma forma que hace treinta años muchos de los componentes de aquella nueva generación se vieron influenciados (directa o indirectamente) por Jean-Jacques Rousseau, el adversario de Burke. No obstante, a finales del siglo XX la imaginación moral de Burke puede derrotar a la imaginación idílica de Rousseau.

 

[...]

 

Los "filósofos parisinos" del Burke de hace dos siglos siguen vivos hoy día autoproclamándose "intelectuales", con su charla incesante de "compasión" y su defensa, entre otras cosas, del derecho inalienable a extender el imperio antinatural de sus vicios. A lo largo de la Historia, nosotros, los seres humanos, seguimos luchando las mismas batallas una y otra vez bajo estandartes de distintas enseñas. Para resistir a la imaginación idílica y a la imaginación diabólica necesitamos conocer la imaginación moral de Edmund Burke. Y por eso lo reconocemos como una de esas personas muertas que nos siguen aportando energía.

 

 

NOTA: Este texto es un fragmento editado del epílogo de EDMUND BURKE. REDESCUBRIENDO A UN GENIO, de RUSSELL KIRK, que acaba de publicar la editorial Ciudadela.

 

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 25 de mayo de 2007

Libertad Digital y los neocon

Libertad Digital y los neocon

Desconfiamos del poder, de derechas, de centro y de izquierda. Creemos que el poder corrompe. Porque somos humanos, los políticos y nosotros.  Presentación del libro "Qué piensan los neocon españoles", escrito por los analistas del GEES.

 

El grupo directivo de GEES ha tenido la amabilidad de invitarme a la presentación de un libro singular en España, que versa nada menos que sobre los neocon. En Estados Unidos, donde nacieron, son mayoritariamente de origen judío y pasaron por la izquierda radical y el Partido Demócrata antes de terminar siendo neoconservadores. Se definen por su posición en política exterior, que consideran que debe hacerse desde la realidad, pero con principios liberales y –ésta es la diferencia significativa– sin renunciar a defender en todos los países, en todas las circunstancias, los mismos derechos humanos para todos. Y en esto no son liberales clásicos, que tienden al aislacionismo y a no intervenir fuera de su país, porque consideran que la globalización ha hecho desaparecer muchas de las fronteras.

 

En su invitación me hicieron patente que querían que hablara, como presidente de Libertad Digital, de cómo se desarrolla, en la España de hoy, un proyecto liberal conservador en un momento histórico en el que el Gobierno vive obsesionado por la Segunda República y la Guerra Civil, y propicia la ruptura de España como Estado mediante el enfrentamiento entre lo que fue el bando formado por la izquierda y los nacionalistas durante la guerra y el resto de España. Y esto lo hace por más que los españoles no se sientan divididos en torno a esas facciones y hayan dado por superado ese trauma en una larga y difícil transición, que durante unos años ha sido un ejemplo para muchos países que lograron sacudirse regímenes dictatoriales.

 

Me siento especialmente orgulloso de haber servido de lazo de unión entre GEES y Libertad Digital y de que en nuestro periódico contemos con la presencia diaria de GEES, con los mejores análisis que se hacen en España sobre política exterior y de seguridad, tanto sobre la de España como sobre la de todo el mundo que, por otra parte, cada vez repercute más también en España, porque la globalización es auténtica, no sólo en lo económico, sino en lo político y en lo relativo a defensa y al propio terrorismo. Ambos, Libertad Digital y GEES, nos complementamos y beneficiamos con nuestra colaboración.

 

Permítanme, para hacer caso al encargo que he recibido, algunas consideraciones sobre Libertad Digital. Hoy nuestro periódico tiene 1,5 millones de usuarios únicos al mes y cerca de 1,3 millones de visitas diarias durante el mes de febrero de 2007, el último sobre el que tengo datos de OJD.

 

Hemos comenzado a emitir nuestra programación en Libertad Digital Televisión en el ámbito de la Comunidad de Madrid. En los dos próximos meses lo haremos en Valencia y Murcia. Y esperamos que pronto se nos pueda ver en toda España a través de satélite, el cable y los hilos de cobre telefónico.

 

Nuestro objetivo sigue siendo el mismo que cuando comenzamos en el año 2000, poder informar y opinar, desde una perspectiva liberal-conservadora, sobre España y el resto del mundo.

 

Las dificultades que afrontamos

 

GEES existe desde hace 20 años y Libertad Digital desde hace sólo 7, pero la mayoría de los que participamos en ambos proyectos hace todavía muchos más años que defendemos esas ideas a nivel personal y a través de otros medios de comunicación. Son dos proyectos que era casi imposible que salieran adelante y, sin embargo, lo lograron. He intentado sistematizar las dificultades de los proyectos liberal-conservadores en cinco puntos:

 

Desconfiamos del poder, de derechas, de centro y de izquierda. Creemos que el poder corrompe. Porque somos humanos, los políticos y nosotros. A nosotros también nos corrompe el poder mediático cuando lo tenemos, pero somos muchos en cada uno de nuestros medios, somos distintos y firmamos artículos con tesis diferentes, lo que nos protege de nosotros mismos. Y, por esencia, no hay ningún poder supremo unificador. Somos, en esto, todos, liberales. Pero algo es claro, desconfiamos del poder y el poder desconfía de nosotros.

En España, al menos hasta hace unos pocos años, había pocas fortunas personales y pocas empresas grandes, que son las que en los países anglosajones han financiado proyectos como los nuestros. Y esos grupos grandes eran, y son, conscientes del enorme poder de intervención de los poderes de turno. Una financiación de proyectos como los nuestros podía poner en riesgo las propias empresas y el futuro familiar. El temor invitaba a la prudencia.

Las grandes empresas sí han financiado muchos proyectos de fundaciones, incluso políticas, además de las culturales, educativas o benéficas. Pero siempre acudiendo donde los gobiernos les decían que debían hacerlo. Por lo que tampoco tenían fondos sobrantes para intentar aventuras. Aventuras peligrosas, por otra parte.

Los partidos políticos más próximos a nuestra ideología, en nuestro caso el PP, también desconfían de nuestros proyectos por dos motivos diferentes: el primero, para evitar verse condicionados por las opiniones vertidas en nuestros medios, y el segundo, por temor a que nos convirtiéramos en plataformas de lanzamiento de otros políticos o incluso de otros partidos.

En España la tradición es que los proyectos ideológicos los financie la administración. El que la iniciativa de la sociedad civil pueda financiar algún proyecto ideológico sin contar con las administraciones públicas ha sido una rareza. Al margen, por supuesto, del protagonismo que siempre ha tenido y continúa teniendo, la Iglesia Católica.

Razones para un cambio

 

Pero aquí estamos, y estamos porque ese panorama ha cambiado en parte. Y se me ocurren varias causas que explican el cambio. Vaya por delante que creo que en la historia de la humanidad, de los países y de las sociedades es fundamental la influencia de las personas. Creo en la "nariz de Cleopatra" como motor de la historia antes que en las fuerzas ineluctables del supuesto progreso de la humanidad. Pero analicemos esos cambios y esas nuevas condiciones:

 

La generosidad de un grupo de españoles, que han decidido defender los valores de la libertad y el Estado de Derecho, incluso en contra de sus intereses económicos y sociales. Como José María Aznar, que a pesar de las críticas que desde Libertad Digital, por ejemplo, se le hicieron cuando fue presidente del Gobierno, unas creo que justificadas y otras equivocadas, nos ha ayudado y defendido ante propios y extraños, animando a todos a que nos apoyaran. Como Federico Jiménez Losantos, que ha sido el máximo impulsor de nuestro proyecto, sacrificando otras mejores alternativas económicas o proyectos más personales o exclusivos. O como la mayoría de nuestros colaboradores, que reciben económicamente menos de lo que merecen sus esfuerzos.

El triunfo de Internet. Más accesible. Más barato. Y aquí los que apostamos por la libertad, al menos en España, hemos ganado –por ahora– la partida a los que defienden otras alternativas.

Porque la sociedad española tiene más recursos económicos y más independencia que nunca antes en la historia. Y son muchos los que están dispuestos a ayudar si encuentran el cauce adecuado. Y el cauce tiene que ser, todavía, para muchos, anónimo o discreto, porque el temor al poder político sigue siendo enorme.

Porque ni Libertad Digital ni GEES hacemos política de partido. Hacemos política. Pero no participamos en confrontaciones internas. Y cuando tomamos partido lo hacemos no por razones personales, sino ideológicas.

Porque nosotros, con excepciones bien concretas y justificadas, no somos ni queremos ser políticos en activo. Ese cáliz amargo lo dejamos para los que se sientan capaces de beberlo.

Y, quizá determinante en este momento, España, como Estado, está en peligro. Está en peligro el Estado de Derecho y la Constitución.  Y ésos son los valores que nosotros defendemos, porque son la garantía de nuestra libertad individual. Y eso ha sido definitivo para que muchos españoles se hayan decidido a apoyarnos económicamente. Libertad Digital tiene en estos momentos alrededor de mil accionistas. Pero si necesitáramos más fondos y planteáramos una ampliación de capital a través de una Oferta Pública de Venta creo que, en estos momentos, serían muchos miles más los que nos apoyarían.

En conclusión, el panorama ha cambiado, y son muchos los españoles que quieren participar en proyectos como los nuestros. Pero necesitamos alcanzar un tamaño lo suficientemente grande como para poder dirigirnos a los españoles como inversores, en lugar de buscar sólo, o principalmente, el apoyo de las empresas, o de las grandes fortunas personales.

 

Y a todos esos españoles necesitamos demostrarles que somos capaces de gestionar, ordenadamente y con austeridad, unos proyectos que necesitan la forma de la sociedad anónima, para que su participación, como accionistas, se encauce de acuerdo con cánones conocidos y probados y que de esa forma aseguren, primero, el objeto social de esa empresa, que es una empresa con ideología; en segundo lugar, su equilibrio económico; y en tercero y último, su permanencia en el tiempo.

 

Alberto Recarte

Libertad Digital, 23 de marzo de 2007

Por qué ha fracasado Le Pen

Por qué ha fracasado Le Pen

Ha sido la sorpresa de las elecciones francesas: el fracaso de Le Pen. Hace cinco años pasó a la segunda vuelta: un éxito histórico para el Frente Nacional. Desde entonces, los problemas que Le Pen denunciaba se han convertido en realidad dramática: la violencia “étnica”, la mala integración de la segunda generación de inmigrantes, la inseguridad, el colapso social… Y sin embargo, con todo a favor, sus resultados lectorales han sido los peores en veinte años. ¿Qué ha pasado? Los analistas apuntan a un error estratégico de la jefe de campaña, Marine Le Pen, hija del líder del FN. Lo explicamos.   

    

EMC (París)

Rara vez el contexto político electoral había sido tan favorable a Jean-Marie Le Pen como en la elección presidencial del 22 de abril de 2007:

 

 

- Primero, por la gran visibilidad de sus temáticas tradicionales: la opinión pública no podía dejar de lado su preocupación por los problemas de la inmigración y la inseguridad, sobre todo porque el recuerdo de las violencias del otoño de 2005 fue avivado por las recientes violencias de marzo y abril, directamente atribuibles a “bandas étnicas”.

 

- Después, porque Jean-Marie Le Pen se ha beneficiado de una muy buena cobertura mediática: a diferencia de 1988, 1995 o 2002, ahora ha sido constantemente presentado –y con razón- como uno de los cuatro finalistas posibles en la segunda vuelta.

 

- Por último, porque el “voto útil”, en la derecha, no tenía esta vez “razón técnica” de ser, ya que la calificación de Sarkozy para la segunda vuelta era evidente. Un voto Le Pen en la primera vuelta no corría el riesgo de privar al elector de la posibilidad de elegir, en la segunda vuelta, entre su primera y su segunda opción.

 

Un fracaso manifiesto.

 

 

Ahora Le Pen no sólo no accede a la segunda vuelta, sino que debe contentarse con el cuarto lugar. No ha sido capaz de reunir todos los votos de su corriente (un total del 19,3% con los votos de Bruno Mégret, que le había dado su apoyo) y ni siquiera el total de sus propios votos personales (16,9%).

 

Semejante fracaso se explica por causas profundas que hay que buscar, por un lado, en el desmantelamiento de todo el aparato militante de conexión entre la dirección del Frente Nacional y los electores, y por otro, en una cierta laxitud de estos últimos (que se han preguntado: “Después de todo, ¿para qué?”).

 

 

Pero el fracaso es también, y quizá sobre todo, consecuencia de decisiones estratégicas inspiradas por Marine Le Pen, hija del líder y directora de la campaña. Errores estratégicos que han sido sobre todo dos : basarse de manera casi exclusiva en la seducción de los medios de comunicación y mostrarse demasiado próximo a Nicolás Sarkozy.

 

 

Marine Le Pen

 

Primer error: haber buscado ante todo gustar a los medios de comunicación.

 

 

La “directora estratégica” de la campaña de Jean-Marie Le Pen, su hija Marine, ha impuesto una línea clara: desdiabolizarse banalizándose; complacer a los medios normalizando el discurso respecto a la ideología dominante. Así el lugar simbólico habitual de lanzamiento de la campaña (en 1988, 1995, 2002), el Monte Saint-Michel, ha sido sustituido por Valmy: un lugar republicano abstracto donde se pronunció un discurso clásico sobre la República y la nación como cualquier otro dirigente político podía haberlo hecho. Además de eso, el cartel clave de la campaña representaba a una mujer mestiza con aire de “liberada”. La justificación que dio Marine Le Pen para esta elección iconográfica fue la siguiente: “La candidatura de unión del pueblo francés desembarazado de sus especificidades étnicas, religiosas e incluso políticas, esa es la candidatura de Jean-Marie Le Pen”. Pero un pueblo francés desembarazado de toda especificidad, ¿qué necesidad tendría ya de una candidatura Le Pen? Para defender una Francia republicana puramente abstracta hay otros que son a la vez más creíbles y más eficaces. Por último, el “golpe” final de la campaña se celebró en Argenteuil, donde Jean-Marie Le Pen explicó ante un parterre de mujeres con velo que los mestizos y los africanos son “ramas del árbol Francia”. Discurso que Bayrou, Royal o Sarkozy habrían podido igualmente mantener.

 

A este conjunto de decisiones estratégicas hay que reconocerle el mérito de la coherencia: aspiraba a vincular al Frente Nacional a la concepción hoy dominante de una nación francesa abierta al mundo y desencarnada, a la cual se pertenecería por simple localización geográfica y adhesión ideológica minimalista; concepción que sin embargo se aleja de esa doble realidad que son los persistentes problemas en los suburbios y el fracaso de las políticas de integración.

 

 

Antaño, Jean-Marie Le Pen ironizaba ampliamente sobre sus rivales que le copiaban, diciendo que los electores prefieren siempre el original a la copia. Esta vez es Jean-Marie (o Marine) Le Pen quien ha copiado a los otros… y los electores, efectivamente, han preferido el original.

 

Segundo error: restringir social y geográficamente la diana electoral.

 

 

Jean-Marie Le Pen y el Frente Nacional han mantenido durante mucho tiempo un discurso global que se dirigía a todas las categorías de la población. Y su electorado también ha sido diverso sociológicamente: Neuilly y Nanterre daban frecuentemente resultados comparables. Esta vez, bajo la influencia del brillante ensayista marxista Alain Soral, Marine Le Pen ha impulsado la izquierdización del discurso y la búsqueda preferencial del voto de los “suburbios”. Pero los suburbios no son una buena reserva de votos para el Frente Nacional: porque los franceses que más sufren el exceso de inmigración se han marchado; porque si es verdad que hay franceses de origen inmigrante que votan al FN, éstos siguen siendo minoritarios; y porque los beneficiarios de los servicios asistenciales, cuando votan, lo hacen más bien por los partidos de izquierda que los han “clientelizado”. Y al contrario, algunos acentos de demagogia obrerista han podido contribuir a que el FN pierda a los trabajadores sensibles a la evocación del “valor trabajo” que han recuperado Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal. Señalemos, de paso, que la clase obrera está sociológicamente en vías de desaparición y que las categorías socioprofesionales en expansión, que son las de los empleados y profesiones intermedias, no son sensibles a la misma liturgia ideológica y política. El análisis en términos de clase no ha perdido necesariamente su sentido, pero debe ser actualizado.

 

Tercer error: cuidar a Nicolas Sarkozy.

 

 

Jean-Marie Le Pen ha dado la impresión de abandonar sus temas predilectos en el mismo momento en que sus principales adversarios los tomaban, al menos en la forma: Royal lanzaba en Vitrolles una campaña de unificación “de lo social y de lo nacional” para reivindicar después a Juana de Arco, la bandera tricolor y la Marsellesa; Nicolás Sarkozy presentaba su visita al Monte Saint-Michel como un hito esencial de su campaña antes de preconizar la creación de un “ministerio de la inmigración y de la identidad nacional”. Y si el líder del Frente Nacional ha atacado a Ségolène Royal, a veces en términos un poco machistas, por el contrario ha favorecido a Sarkozy hasta el punto de dejar entender que sería posible llegar a acuerdos con él… ¡lo que equivalía a autorizar a sus electores a votar por Sarkozy desde la primera vuelta! Sarkozy ha sacado una ventaja notable de esta actitud ambigua: se le ha ahorrado toda crítica de su balance y toda denuncia de sus contradicciones y sus posturas. Resultado: eso, más los ataques diabolizantes de la izquierda, han podido persuadir a bastantes electores del Frente Nacional de que Sarkozy era una opción interesante, porque él podría hacer mañana lo que Chirac no le dejó hacer ayer y que Le Pen, después de todo, no iba a poder hacer. Al cuidar tanto a Sarkozy, los dirigentes del Frente Nacional han desplegado para él la alfombra roja del voto útil. 

 

Le Pen ha sentido crecer el peligro en los últimos días de la campaña y ha optado, tardíamente, por atacar a Sarkozy, y ello menos por su política de los años anteriores como por sus orígenes griegos y húngaros, arriesgándose así a pasar por incoherente tras haber explicado y repetido que los franceses nacidos de la inmigración (árabe y africana) eran tan franceses como los demás.

 

 

Cuarto error: la casi ausencia de toda campaña sobre el terreno.

 

Históricamente, el Frente Nacional siempre ha trabajado a la vez sobre dos vías: la captación del voto sobre el terreno, a través de su aparato militante, y los medios de comunicación, mediante la presencia de su carismático presidente. Pero hoy casi ha desaparecido el aparato conducido y construido por Jean-Pierre Stirbois, Bruno Mégret y Carl Lang. Marine Le Pen ha visto en él –y desde su punto de vista, con razón- un peligro para su estrategia de normalización mediática, porque uno puede hablar con más libertad cuando está solo que cuando tiene alrededor un gran número de hombres y mujeres comprometidos. De ahí esa actitud un tanto despectiva hacia los cuadros y cargos electos del Frente Nacional. Estas decisiones y estas actitudes han tenido al final muchas consecuencias. Primero, porque han conducido a ir cada vez más lejos en el sentido de un discurso que gustara más en las redacciones de los medios que en las profundidades de la opinión. Después, porque eso ha contribuido a desmovilizar a las últimas buenas voluntades que habrían podido ayudar a la campaña lepenista en sus terrenos tradicionales, pero también y sobre todo en Internet. Y en una campaña marcada por la incertidumbre, como era esta, lo que inclina la balanza de los indecisos son las acciones individuales de los convencidos en el ámbito de sus familiares y sus amigos.

 

 

Quinto error: el débil interés por las nuevas tecnologías.

 

La campaña de Le Pen ha estado muy lejos de conceder a Internet la misma amplitud que las de Ségolène Royal (su blog desirdavenir.org y sus blogueros) o la de Sarkozy, que no ha dudado en difundir entre los internautas mensajes en su favor.

 

 

Esta debilidad de la campaña en Internet de Jean-Marie Le Pen se explica por dos razones. Primero, tanto los lastres sociológicos y administrativos del Frente Nacional como los intereses de los grandes barones encargados de las manifestaciones y la propaganda han conducido a efectuar inversiones financieras más en los métodos habituales que en los métodos nuevos. Así el uso del melbombing o de Youtube ha sido marginal. Por otro lado, y esto es lo esencial: Internet es un útil descentralizado y militante animado por constructores de opinión que sólo actúan si están suficientemente motivados. Pero la centralización mediática de la campaña era más bien desmovilizadora, además de que los temas y símbolos escogidos no podían sino desanimar a los bloggers nacionales o identitarios. Marine Le Pen, que ya había registrado unos resultados muy mediocres en las elecciones regionales de Ile-de-France en 2004, ignora manifiestamente que la primera regla de una elección, sobre todo en la primera vuelta, es ante todo la movilización de sus partidarios.

 

El Frente Nacional: ¿del faro a la sirena?

 

 

El fracaso de Jean-Marie Le Pen va a reabrir las especulaciones sobre su sucesión. A ojos de los medios que influyen en la opinión, la cosa está clara: Marine Le Pen lo habría hecho mejor que su padre. Pero eso es una paradoja, porque es precisamente su estrategia, seguida escrupulosamente, lo que explica el mediocre resultado obtenido.

 

También conviene subrayar que, al margen de las estrategias seguidas por los candidatos, hay una gran inercia en los fenómenos políticos y electorales. Por eso el resultado no ha sido aún peor: el peso y la velocidad adquiridos en las elecciones anteriores explican que la catástrofe haya sido limitada.

 

 

Sea como fuere, en el casting mediático-político de mañana, el establishment dirigente ha concedido ya a Marine Le Pen su papel: hacer progresar la ideología dominante en el sector de opinión que hasta ahora se había mantenido más reacio, es decir, los electores y simpatizantes del Frente Nacional.

 

Con sus virtudes y sus defectos, con su temperamento, Jean-Marie Le Pen ha trabajado durante mucho tiempo sobre la parte más nacional de la opinión, e incluso más allá de esta, jugando el papel de un faro: punto de referencia para unos, de advertencia para otros. Hasta el punto de que todo el mundo reconoce hoy, como el socialita Fabius hace veinte años, que Le Pen ha planteado “problemas verdaderos”.

 

 

Hoy su hija Marine le va a robar protagonismo. Gusta mucho a quienes no votan al Frente Nacional, que van a ayudarle a jugar el papel al que la han destinado: el de la sirena cuya música engañosa precipita a los marinos en los arrecifes.

 

Elmanifiesto.com, 30 de abril de 2007

La derecha que necesitamos

La derecha que necesitamos


Nadie dará las gracias a la derecha por camuflar su nombre. Tampoco Gallardón, que vive precisamente de ser “el verso suelto”, o sea, lo que no parece derecha dentro de la derecha que no lo parece. Pero todo esto son cuestiones menores, fulanismos de casino. Aquí lo que hay que saber es qué nos propone exactamente la derecha oficial, es decir, el PP. Nos gustaría encontrar en ella un referente de principios, de convicciones, a la altura de una situación crítica como la presente. No hallamos tal cosa. Lo único que vemos es una firme defensa del orden y la ley. Pero ¿y si la ley es injusta?

 

El discurso de la defensa de la ley y el orden –en nuestro caso, de la Constitución- está muy bien y es muy fácilmente comprensible, pero tiene un límite: ese punto en el que la ley y el orden –léase la Constitución- ya no significan estrictamente nada. Imaginemos, por ejemplo, algo tan verosímil como lo siguiente: el Tribunal Constitucional decide que el nuevo estatuto de Cataluña encaja dentro de la carta magna. Veremos así que pasa a convertirse en ley una norma muy obviamente ajena a la unidad nacional de España, un texto cuya incompatibilidad con la Constitución ha sido puesta de relieve por voces tan distintas como el Defensor del Pueblo y el propio promotor de la iniciativa, el president Maragall. Y bien, ¿qué hacer entonces? ¿Defenderemos el Estatut porque es ley, porque es orden? Aplíquese el mismo razonamiento a cosas como el aborto, por poner otro ejemplo obvio. Hay una ley restrictiva que se incumple sistemáticamente –salvo en Navarra, por ahora- y una realidad que es esta otra: en España se aborta a entrepierna libre con la inhibición cómplice de las instituciones. En ese contexto, ¿qué significa el discurso de la defensa de la ley y del orden sino la defensa del statu quo –de un statu quo escandalosamente injusto, por irracional?

 

La ley y el orden ya no son valores en sí. Eso lo podía pensar la vieja derecha, pero hace tiempo que todo ha cambiado. Hoy ya no es posible decir, como Goethe, “prefiero la injusticia al desorden”, porque el orden actual es profundamente injusto. La ley y el orden son valores positivos en la medida en que representan conceptos filosóficos acerca de la justicia y del bien común. Son esos conceptos los que dan sentido a la ley, que es una codificación, y al orden, que es una praxis de organización pública. Si la ley es injusta o falsa, entonces no merece ser defendida, sino cambiada. Si el orden es en realidad una forma de desorden, entonces no merece ser sostenido, sino reemplazado. Sobre la base de esos conceptos filosóficos –cómo entendemos el bien, la verdad, la justicia, la belleza- se construyen visiones del mundo, valga el término ideologías, y éstas, en la cultura moderna, se expresan a través de escuelas, corrientes de opinión, partidos políticos…

 

Los partidos ya no pueden ser hoy lo que fueron hace medio siglo o cien años, es decir, faros de la vida colectiva, pero siguen siendo las plataformas en torno a las cuales se agrupan los individuos según sus principios y convicciones. No son simples depósitos de voto a los que se confía una gestión “neutra” de un aparato técnico –el Estado. Eso es lo que le gustaría a mucha gente en la derecha, porque es más cómodo, pero es una ficción. Si los partidos no tienen ideas detrás, nada justifica su monopolio de la vida pública. Un partido tiene que ser capaz de expresar un cierto abanico de principios, más allá de la mera conservación institucional. Por puro sentido de la supervivencia, todos hemos aceptado que eso se module en tono bajo, suave, sin estridencias: ni el partido monopoliza los principios que defiende, ni la pugna entre partidos puede convertirse en una escenificación perpetua de la guerra civil. Pero la relajación en las formas no puede significar la extinción de las ideas de fondo. Cuando eso ocurre, todo el sistema político cae en el descrédito y no se recupera hasta que alguien es capaz de volver a formular principios. No es otra cosa lo que acabamos de ver en Francia, sean cuales fueren los recelos que inspira Sarkozy.

 

¿Cuáles son los principios que defiende y proclama el Partido Popular? Realmente me gustaría saberlo. Los que afirma públicamente no son insignificantes, pero sí son irrelevantes: la Constitución, la libertad, la democracia, la economía de mercado… todas esas cosas ya las defienden los demás o se dan por supuestas. Y las que son relevantes y significativas, porque sólo las defiende el Partido Popular, apenas las afirma públicamente: el humanismo cristiano –una fórmula no muy satisfactoria, por cierto-, la unidad nacional de España, etc. Es verdad que ninguna otra fuerza política importante está defendiendo en España la unidad nacional, el derecho a la vida, la familia tradicional y la libertad de educación, por ejemplo. Pero es igualmente cierto que en el Partido Popular hay voces muy ambiguas sobre lo que pueda significar exactamente “unidad nacional”, que el PP gobierna en comunidades –véase Madrid- donde se aborta sin la menor traba, que los gobiernos del PP no han tomado la menor medida eficaz para proteger a la familia y que sus conquistas en materia de educación son modestas por no decir paupérrimas. ¿Qué es, pues, lo que el PP nos quiere vender?

 

Allá ellos: después de todo, ellos son los profesionales. Pero no estará de más que escuchen lo que a algunos, quizá sólo cuatro locos, quizás una multitud, nos gustaría que defendiera el PP. Nos gustaría oír que el PP está dispuesto a defender la unidad de España, por ejemplo, reformando la Constitución para que exprese con claridad plena que la nación es una e indisoluble, y para que se señalen las competencias exclusivas del Estado. Nos gustaría oír que el PP va a defender el derecho a la vida actuando ya, allá donde gobierna, contra las cínicas abortistas que han convertido en una parodia la ley vigente, y proponiendo que esa ley sea cambiada por otra verdaderamente eficaz. Nos gustaría oír que el PP va a apoyar a las familias –y no sólo a los empresarios que contraten a mujeres- ayudando materialmente a las madres que se quedan en casa con sus hijos, como se hace en otros países europeos, y flexibilizando horarios laborales. Nos gustaría oír que el PP va a garantizar la libertad de ejercer el derecho a la educación implantando el cheque escolar, que permitirá a las familias gestionar de manera autónoma la educación de sus hijos. Y hablando de educación, también nos gustaría oír que el PP, allá donde gobierna, va a implantar asignaturas de construcción de la identidad nacional española, especialmente en materia de historia y cultura, para ver si así invertimos el galopante proceso de desmantelamiento que hoy padecemos. Y eso, para empezar.

 

Estas no tendrían por qué ser cosas exclusivas de la derecha. Pero el hecho es que hoy, en España, sólo la derecha está en condiciones de ponerse a ello. Mejor dicho: son las cosas que tendría que hacer la derecha que necesitamos. Porque el discurso de la ley y el orden ya no es suficiente. Ya no.

 

José Javier Esparza

El Manifiesto, 30 de mayo de 2007

Neocons

Neocons

De un tiempo a esta parte el término neocon (o neoconservador) se ha hecho común en el debate político. Se utiliza siempre como un insulto y con el ánimo de deslegitimar a quien se quiere ofender. Según nos dicen, es cosa de cábalas, lógicamente protagonizadas por judíos, en las que el culto a la guerra es sólo comparable a no sabemos cuántas cosas más. Con mucho, donde más uso se hace de él es en el entorno de Prisa.

 

Estos cachorros de falangistas se trasformaron en marxistas tras una ardua e intensa lectura de uno de los estudios filosóficos más interesantes de la segunda mitad del siglo XX, la breve introducción de Marta Harnecker al marxismo Los conceptos elementales del materialismo histórico. Caído el Muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, tuvieron que buscar mejor cobijo ideológico y, con la misma intensidad intelectual y el mismo compromiso ético, se reconvirtieron en progresistas, una corriente amorfa carente de un programa positivo pero siempre dispuesta a atacar cualquier escuela liberal-conservadora. Con el mismo rigor con que se hicieron marxistas y luego se transformaron en progres critican hoy el neoconservadurismo.

 

Los denominados neocons normalmente no se reconocen a sí mismos bajo este título y no se sienten parte de un grupo. Sin embargo, de hecho lo son. No aspiraban a crear una escuela de pensamiento; sencillamente, defendían sus posiciones en las batallas culturales que han caracterizado la historia reciente de Estados Unidos. Son, por encima de todo, un fenómeno norteamericano, una expresión de la fractura interna del Partido Demócrata tras la crisis moral producida por la guerra de Vietnam.

 

Después del ascenso de McGovern, y la consiguiente derrota de Jackson, los demócratas iniciaron una nueva etapa de su historia caracterizada por el relativismo moral, las políticas de discriminación positiva y las estrategias de apaciguamiento. Con el giro a la izquierda, un importante núcleo de intelectuales decidió marcar distancias y, finalmente, instalarse entre los republicanos. Algunos se quedaron, como el ya difunto senador Moynihan, que cedió su asiento en el Senado a Hillary Clinton, o el también senador Liberman. Otros, la mayoría, se incorporaron al Partido Republicano de la mano del también ex demócrata Ronald Reagan.

 

Son varios los libros que el lector puede encontrar en los anaqueles de la librerías anglosajonas sobre el fenómeno neoconservador. El último de ellos es del joven historiador británico Douglas Murray, de apenas 27 años. Su libro no es mucho mejor que algunos de sus precedentes, pero tiene unas características que lo hacen especialmente atractivo para el público español o en lengua española. Murray no ha participado en las citadas guerras culturales, escribe desde Europa, con un trasfondo histórico e ideológico bien distinto, y además lo hace desde una generación que irrumpe ahora en la vida pública. Con Murray el neoconservadurismo se hace más asequible y fácil de entender para alguien que no sea norteamericano. Tanto en su dimensión histórica como de actualidad.

 

Dejando a un lado episodios concretos de interés limitado para un europeo, Murray se centra en los aspectos fundamentales, enmarcándolos en un trasfondo histórico suficiente, sin agobiar al lector con citas y datos. El eje es la tensión entre Derecho Natural y Derecho Positivo, con su inevitable corolario en el debate sobre el relativismo moral. De lo general se pasa a lo particular, a sus efectos en educación, integración, bienestar o política exterior.

 

Esa perspectiva europea implica una continua reflexión sobre la validez de los postulados de esta escuela para el Viejo Continente. A la pregunta de qué es un neocon, Richard Perle contestó en Madrid, ante una audiencia de universitarios, que no era otra cosa que un clásico liberal-conservador. La respuesta implicaba, una vez más, el rechazo a la palabreja. No quieren ser vistos como un grupo, sino como parte de una corriente mucho más amplia. Pero hay que reconocer que la equiparación con el término liberal-conservador es insuficiente.

 

Tanto en la tradición política norteamericana como en la europea ha habido liberal-conservadores amorales, inmorales y morales. La aportación básica de la escuela neoconservadora es, precisamente, el carácter moral que imponen a cada acto, como expresión de los valores de la democracia. Ese compromiso siempre ha existido en Europa y ha estado presente en los partidos de esta tendencia, aunque sólo como una actitud política más. En ese sentido, Perle tenía razón. Como ha señalado en alguna ocasión Manuel Coma, un neocon es un "realista" con principios.

 

La escuela neoconservadora es profundamente europea, y sus postulados no pueden extrañar a nadie que tenga una cierta formación en nuestra propia historia. En el Viejo Continente prima hoy el relativismo, y de ahí los problemas que padecemos. La experiencia de nuestros equivalentes norteamericanos nos puede ser de gran utilidad para afrontar los retos que tenemos ante nuestros ojos y que no podemos obviar.

 

 Por Florentino Portero

 

DOUGLAS MURRAY: NEOCONSERVATISM. WHY WE NEED IT. Encounter Books (Nueva York), 2006; 247 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 23 de noviembre de 2006

¿Por qué Chesterton? Relato de los principios de esta revista

¿Por qué Chesterton? Relato de los principios de esta revista

La pregunta que titula estas páginas es la que ha pronunciado en los últimos meses el 99 por ciento de las personas a las que hemos dado cuenta de la fundación de esta revista. “¿Por qué Chesterton?” Esta reiteración, en ningún modo molesta, es la que nos obliga a escribir estas líneas a modo de presentación de la publicación mensual que tiene entre las manos. Sabemos, porque es una verdad estadística, (si es que verdad y estadística pueden ir en la misma oración) que usted también se pregunta por qué Chesterton. Aclaremos sus dudas, por tanto.

 

“Chesterton, la revista” nace como homenaje al gran escritor inglés Gilbert K. Chesterton (1874-1936), conocido como “el apóstol del sentido común”, reconocido por sus siglas GKC y admirado como uno de los más grandes articulistas de toda la Historia del Periodismo. Su escritura poética, la originalidad de sus planteamientos, su agudeza crítica y una cultura profundísima conforman la esencia de un genio de la narrativa. Pero no es su inmenso poder literario, o no sólo, lo que encumbra la figura corpulenta de Chesterton y lo que nos “obliga” a bautizar esta revista en su honor. Por encima de cualquier otro aspecto está su visión cristiana del mundo. Como asegura uno de sus biógrafos, Dale Ahlquist, presidente de la American Chesterton Society, “nunca se ha recalcado lo suficiente que Chesterton fue un pensador completo. Por eso, este autor supone un reto para el mundo moderno. Hemos llegado a preferir el pensamiento incompleto y las cosas fragmentadas. De esa manera, no tenemos que pensar en nuestras contradicciones; por esto, no nos preocupa que nuestro trabajo contradiga nuestros ideales o que nuestras ideas políticas contradigan nuestra fe, porque mantenemos cada una de ellas en compartimentos estancos. Pero Chesterton fue verdaderamente consecuente. Fue consecuente porque su fe tocó todo. Escribió sobre todos los temas y todo lo que escribió estaba imbuido de su fe”.

 

En esa definición se encierra el fin primero y último de la fundación de esta revista: dar a los lectores los mecanismos de análisis, pensamiento e información suficientes y honrados para que nada pueda contradecir su fe. Por si queda alguna duda, no tenemos, ni debemos tener, ningún pudor en definir a Chesterton como una revista cristiana, española, constitucionalista y libre.

 

Sólo esos cuatro principios son inamovibles en esta publicación. El resto, todos los ideales o ideologías que no ataquen con obstinación nuestros principios tienen cabida en sus páginas. No somos conservadores en exclusiva, ni tampoco liberales, democristianos, centrorreformistas (?), o distributistas. Somos todo eso. Ortodoxos en lo religioso, respetuosos con la Doctrina Social de la Iglesia y eclécticos –dentro de lo que es el abanico doctrinal de lo que se conoce como “derecha”– en política y economía. Chesterton es independiente de cualquier poder temporal, asociación o grupo de interés. Su trabajo es el de tratar de influir en nosotros. El nuestro es el de rechazar cualquier imposición. Somos libres incluso del propio pensamiento de Gilbert K. Chesterton. En él buscamos aliento e inspiración, pero no es, ni debe ser, la única fuente de la que bebamos.

 

Podrá resultarle extraño a cualquier lector avezado que la revista Chesterton se defina con tanta claridad y no masculle el rumiado discurso de la corrección timorata con el fin de atraer a lectores sin importar su procedencia ideológica. Podría resultarle curioso, insistimos, a la luz de la situación de la Prensa en España, país en el que innumerables medios sin ideología se han adueñado de la calle con un notabilísimo éxito comercial.

 

Pero esta revista no quiere la calle. Ansía el salón de su casa, su butacón favorito de lectura, la tumbona en la terraza, el sosiego de la sobremesa dominical, el vagón del tren de largo recorrido, el asiento de ventanilla en un vuelo a Roma o a Nueva York... Nuestro trabajo, en la mejor definición de Periodismo que hemos conocido, es el de conseguir que se le quede fría la taza de café.

 

TRINCHERA DE LA LIBERTAD

 

A todos los que aquí escriben les hemos ofrecido un proyecto de libertad que parte de la premisa de que no todas las páginas de papel deben acabar “envolviendo el pescado”. Si eso fue lo que les atrajo de la revista cuando afirmaron que estarían con nosotros, no lo sabemos. Lo que sí conocemos es que sólo una persona, un gran periodista, muy chestertoniano por cierto, rechazó la decentísima proposición de incorporarse a nuestra nómina de colaboradores. Ese éxito de convocatoria nos conduce a creer que compartimos con ellos la certidumbre de que en España se echan de menos más medios de comunicación que confronten el sentido común con ciertas ideologías que parten de sustratos irreales, sentimentales o descaradamente demagógicos, cuando no falsarios.

 

Vivimos tiempos de eslogan, en los que millones de personas se sienten acorralados por consignas y lemas facilones contra los que no se puede contraponer nada más que la convicción de que lo que dicen no es cierto. Pero también vivimos tiempos de corrección política y de escasa formación del pensamiento por los cuales no resulta fácil hacerse respetar. Esperamos que nuestra revista no sirva sólo como lectura distraída, sino que ofrezca las claves que permitan a los lectores tener los argumentos precisos con los que entablar combate (verbal) con cualquier adversario. En este punto, además, queremos presentar una de las grandes apuestas de la revista: muchos de los reportajes y análisis que se publicarán bajo nuestra cabecera ofrecerán “argumentarios” que sirvan como complemento al texto principal. En esta misma página tienen un ejemplo concreto del efecto que buscamos: clarificar conceptos básicos o responder en forma a los eslóganes del contrario siempre con la máxima de la concisión.

 

Otra de las principales propuestas de la revista gira en torno a lo que hemos dado en llamar, hasta que encontremos un nombre mejor, como “reportaje-ficción”. Nuestra primera entrega tiene por título “Don Mendo en La Moncloa”, al que seguirá, en el mes de marzo, “Sherlock Holmes y el caso del 11-M”. Aunque, como dice el viejo dicho “no te justifiques o acabarás dando ruedas de prensa”, el lector encontrará una larga explicación del director de Chesterton sobre la teoría y práctica de esta apuesta en las páginas 10 y 11 de este número.

 

La revista se asienta, y aquí ya sin posibilidad de fallo, sobre las grandes firmas de nuestros colaboradores. César Vidal, Dios mediante, ofrecerá cada mes un capítulo de “Semblanzas de la Historia de España” con sus inevitables y esperadísimos paralelismos. Pío Moa contará la Transición democrática española para que no caigamos en la tentación de olvidar. Aleix Vidal-Quadras responderá, desde la reflexión y su profundo conocimiento, a los tópicos nacionalistas. Ana Samboal nos ilustrará sobre Economía, en todas sus vertientes. Luis del Pino ha excavado una trinchera de libertad en la revista desde la que discurrirá sobre los movimientos civiles de la derecha. David Gistau, uno de los mejores articulistas, redescubrirá Argentina y el Cono Sur para los españoles; mientras Alicia Álvarez Baratas hará lo mismo, pero con ese gran desconocido que es EE UU. Álex Rosal, presidente de esta Casa, revelará “Historias ocultadas”. Don Pedro Trevijano, sacerdote y experto en bioética, será nuestra voz autorizada dentro de la Iglesia. José Ángel Agejas, profesor de Ética en la Universidad Francisco de Vitoria, diseccionará a los nuevos ídolos mediáticos: los protagonistas de las series de televisión. Carmen Thous ilustrará a los lectores sobre protocolo empresarial y, a veces, personal. Vicky Vilches disfrutará de “Libertad incondicional” para hablar de las tendencias de la sociedad. Javier Badía, uno de los mejores periodistas españoles, pondrá los puntos sobre las íes en “La buena educación”. Joaquín Vila inaugurará, “Por libre”, nuestro suplemento cultural, “Donmiguel”, que cerrará la escritora Angelina Lamelas con el sabor literario del “Mar del Norte”.

 

En “La Gallina Ilustrada”, suplemento de humor de la revista, nuestros articulistas son tres descubrimientos: Emilio Campmany, Javier Quero y Pedro Fernández-Barbadillo.

 

A todos ellos, y a una partida de jóvenes valores como Ignacio Peyró, Kiko Méndez-Monasterio, José Barros, Ángel Villarino, Sara Dago y José Antonio Méndez, nuestro máximo afecto. Que Dios nos ayude. Mil gracias.

 

 

Lea el resto del artículo en la revista Chesterton; a la venta en los mejores quioscos de toda España al precio de 3 €.

 

Fuente: http://chesterton.es

 

¿QUÉ ES UN LABORATORIO DE IDEAS? ¿POR QUÉ UN LABORATORIO DE IDEAS

¿QUÉ ES UN LABORATORIO DE IDEAS? ¿POR QUÉ UN LABORATORIO DE IDEAS


Los acontecimientos que tienen lugar en el mundo circulan a una velocidad excesivamente rápida como para que un solo individuo pueda seguirlos de manera objetiva y al paso con la realidad. La complejidad de nuestro mundo moderno apunta contra la línea de flotación de las individualidades. Hoy ni siquiera se recuerda la canción de Bob Dylan: "Los tiempos van cambiando"... el propio paso del tiempo la ha relegado al olvido. Por eso, los laboratorios de ideas y las sinergias generadas en su interior entre distintas estructuras de este tipo, es una forma de remontar este problema.

 

LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y SU INADECUACION PRESENTE

 

Los partidos políticos son estados mayores de futuros ministros o de concejales en busca de la recalificación, y en su nivel más mediocre, “aparatchiks” en busca de un salario a cambio de una tarea burocrática. No son, desde luego, el mejor lugar para estudiar tendencias, ni para seguir el paso de la modernidad. Como máximo pueden servir para seguir la actualidad política, siempre, eso sí, bajo el prisma deformante del oportunismo político. Así que ni siquiera sirven para entender otra cosa que el eterno juego entre el poder y la oposición, de yo digo negro donde tú propones blanco. La lectura de la prensa, en el día a día, nos confirma en estas observaciones.

En cuanto a los “tertulianos” y opinadores profesionales, la cosa no mejora. En ocasiones se limitan a ser la voz de su amo –los periodistas “orgánicos” al servicio del PP o del PSOE, resultan francamente previsibles y fastidiosos- y solo una ínfima minoría va más allá del día a día y del comentario pedestre sobre la actualidad. El resultado es que, constantemente, nos levantamos sorprendidos por la confirmación de nuevas tendencias que nadie había sido capaz de prever. Bruscamente, nos enteramos de que el petróleo se acaba. O que el cambio climático es inexorable. O que el agua escasea. O que los chinos se comen la economía mundial. O que Rusia se reconstruye.

Todos estos opinadores, partidos, tertulianos y demás “enteraos” nos hablan del fenómeno que toca, pero ni siquiera son capaces de llegar al fondo de la cuestión. Por ejemplo, llevan seis años aludiendo constantemente al “terrorismo internacional” y a “Al Qaeda”, sin que todavía hoy hayan sido capaces de explicar el fondo de la cuestión, ni quién provoca verdaderamente el terrorismo. Se limitan a comentar los informes emitidos por servicios de seguridad internacionales… los cuales, probablemente, inspiren buena parte de ese terrorismo. El asesinato de Pierre Gemayel en Líbano, tres coches bombas en Ciudad Sadder en Bagdad… ¿verdaderamente son obras terrorismo internacional? O detrás de ellos es más lógico ver un intento de Israel de revitalizar la guerra civil libanesa para descongestionar el frente norte y tener entretenidos a los terroristas de Hezbollah matándose con las milicias cristianas. Y detrás de buena parte de los atentados en Irak, ¿no es más lógico ver a la inteligencia militar americana creando una guerra civil dentro de la guerra contra el ocupante, es decir, contra los propios americanos? ¿Todos los informes que llegan a los medios de comunicación procedentes de servicios, son veraces? ¿O son, antes bien, meras intoxicaciones?

Sea como fuere, el periodista de a pie es incapaz de tamizarlos y en cuanto a los partidos políticos, lo miden todo por interés de partido, en absoluto por su relación con la verdad. Al PP le interesa demostrar que tras el 11-M está ETA y al PSOE le interesa legitimar su victoria electoral sosteniendo que los islamistas radicales están tras la matanza. Pocos son los que reconocen que no se sabe gran cosa de los autores del 11-M.

Detrás de todo esto lo que encontramos es, o bien falta de información, o bien necesidad de información veraz, o bien exceso de información e incapacidad para tamizarla, seleccionarla y ordenarla.

Sea como fuere, en cualquiera de estos casos, ya sea a la hora de analizar la realidad política y los acontecimientos que se van sucediendo o a la hora de prever tendencias y de afrontarlas, lo que está suficientemente claro es:

1) La necesidad de seguir de cerca las modernas tendencias globales de la humanidad a fin de poder establecer y prever políticas y estrategias capaces de afrontarlas.

2) La incapacidad para un sólo observador y analista de procesar todos los datos que tiene a su alcance en la red o en medios convencionales.

3) La necesidad para partidos y grupos que aspiran a rectificar las orientaciones políticas o sociales de tener información veraz y constantemente actualizada para establecer estrategias de intervención.

 

LOS THINK TANKS COMO FORMA DE ESTABLECER SINERGIAS

 

Un “think tank” es, literalmente, “un tanque de ideas”. La traducción a términos castellanos sería “laboratorio de ideas”. Este tipo de instituciones surgieron en el Reino Unido y EEUU, formadas por profesionales de distintos sectores que generan ideas o consejos útiles para adelantar tendencias de futuro y permiten adoptar estrategias válidas a la hora de planificar y tomar decisiones en una empresa, un sector, un país o un territorio. Se ha definido su tarea así: “Inspiran y dan ideas a personas de acción que mueven la sociedad y generan conocimiento valioso para la toma de decisiones, con un razonamiento coherente y procesos de reflexión elaborados mediante una alianza cooperativa de aportaciones plurales".

Desde principios de siglo, la política anglosajona y específicamente la norteamericana, se ha visto influida por estos think tanks que nunca han tenido en sus manos poder político real, pero sí han influido en las decisiones del poder político, lo han condicionado y, con frecuencia, mediatizado. La Comisión Trilateral, el CFR, el Club Bildelberg, el Instituto de Relaciones Exteriores, el Instituto de la Empresa, o en España, el Instituto Elcano, o el Grupo de Estudios Estratégicos, son distintas formas que puede adoptar un “think tank”.

Los laboratorios de ideas no son “círculos culturales”, sino que disponen de técnicas de trabajo específicas y de formas de actividad por encima de partidos e instituciones. No buscan el poder, solamente situarse bien en relación al mismo y ofrecerle ideas y asesoramiento.

Los laboratorios de ideas agrupan, en síntesis, a gente capacitada y con capacidad de estudio, racionalización y objetivización, para estudiar determinados aspectos, aprovechando unos las conclusiones de los otros.

No es un “círculo cultural” porque no pretende hacer “cultura” –aun cuando una forma de establecer un laboratorio de ideas es acogiéndose a la forma de círculo cultural y aunque algunas de sus actividades (conferencias, cenas-coloquio, seminarios, publicaciones, webs) sean similares a las de este tipo de asociaciones. El laboratorio de ideas aspira a influir sobre ambientes concretos e inspirar acciones determinadas, mientras que un círculo cultural se limita a difundir un determinado aspecto de la cultura.

Así mismo, es posible establecer sistemas de cooperación entre distintos laboratorios de ideas para configurar planes de actuación más ambiciosos.

 

COMO FUNCIONAN LOS LABORATORIOS DE IDEAS

 

Las dinámicas de funcionamiento de un laboratorio de ideas responden a unas técnicas de funcionamiento precisas. Parte de la actividad se realiza colectivamente, por medio de los llamados “brain storming”, literalmente “tempestad de ideas”, donde cada sujeto lanza sobre el tapete su idea, sin criticar a las demás. Al acabar, existen un cierto número de ideas similares y reconducibles a otras; finalmente, se trata de excluir algunas que no se adaptan a la finalidad propuesta. Luego, trabajando sobre las que quedan, es posible, entre todos, irlas perfeccionando, analizándolas o desechándolas. El resultado final es una idea que ha superado la crítica de todos, que todos han contribuido a perfeccionarla y que supone una respuesta al problema inicialmente planteado.

La creación de grupos de estudio es una formulación clásica de los laboratorios de ideas. Se trata de grupos cerrados cuyo trabajo no se pone de manifiesto hasta que termina la reflexión y se publican sus conclusiones.

Luego están las conferencias en las que un personaje notable explica su posición sobre determinado problema y es asaeteado a preguntas por el auditorio a fin de llegar a conclusiones lo más nítidas posibles.

La elaboración del dossier ocupa un aspecto importante de los laboratorios de ideas. Dentro de cada dossier, el material está ordenado por importancia y origen, clasificado y resumido en la introducción.

Los recursos facilitados por Internet allanan esta tarea y la vuelven centrales a la hora de difundir conclusiones, recopilar material, elaborar listas de correo o foros de discusión abiertos, etc.

Finalmente, hay que retener que los laboratorios de ideas son grupos horizontales de reflexión, discusión y elaboración. Son tanto más influyentes cuanto más superior es la categoría de sus integrantes y cuanto más lúcidas son sus conclusiones.

 

LABORATORIOS DE IDEAS, AQUÍ Y AHORA

 

Hasta ahora nos hemos limitado a explicar generalidades. Vale la pena deducir ahora algunas conclusiones sobre el papel que pueden jugar los laboratorios de ideas a la hora de establecer estrategias políticas y, especialmente, a la hora de establecer rasgos, ideas y lanzamiento de una alternativa política transversal que aspire a dar respuestas a los problemas más acuciantes de la modernidad.

Estamos habituados a leer webs y a asistir a seminarios y jornadas convocadas por verdaderos laboratorios de ideas: el grupo de reflexión católico ARBIL es una de estas estructuras que generan material continuamente para uso, no solamente de sus miembros, sino al servicio de sectores más amplios que estimen oportuna la implicación política de los católicos. Hay otros grupos de trabajo que comparten el “pensamiento tradicional” y que han organizado distintas bibliotecas virtuales: desde la de “Textos Tradicionales” a la “Biblioteca Julius Evola”. Existen círculos de reflexión a nivel europeo como “Tierra y Pueblo”, surgida de la matriz francesa del mismo nombre dinamizada por Pierre Vial. En realidad, también existen círculos de reflexión geopolítica nacidos en torno a la revista “Eurasia” o círculos que engloban a simpatizantes de la “nouvelle droite”, de los que el GRECE es, sin duda, el más antiguo.

Así pues, no estamos hablando de una práctica completamente ausente en nuestra tradición política. Están diversificados y entre ellos resulta fácil polemizar. Alejados de las rivalidades y odios habituales en la política activa, estos grupos pueden armar debates entre ellos de los que puede derivarse una mayor claridad.

En la actualidad, en España todavía no existen grupos de reflexión, laboratorios de ideas y thinks tanks con la densidad que sería necesario y mucho menos en el ambiente político identitario y transversal. Así pues, se trata de acometer esta tarea, reforzar los grupos de debate hoy existentes, crear los que hagan falta: grupo de reflexión sobre geopolítica y geoestrategia, grupo de reflexión sobre el pensamiento tradicional y su aplicación en la modernidad, grupo de reflexión sobre marketing político y trabajo sobre medios…

 

© Ernesto Milá

 

Infokrisis, 26 de noviembre de 2006

El Islam y la democracia americana: es hora de que los musulmanes ingresemos en el movimiento conservador

El Islam y la democracia americana: es hora de que los musulmanes ingresemos en el movimiento conservador

Ha llegado el momento de que los musulmanes de América salgan de las sombras de la sociedad americana e ingresen en el movimiento político conservador americano. Debemos trabajar como comunidad religiosa para llevar al Islam a la corriente política de América.

 

Los musulmanes se esconden en América y siguen permaneciendo en silencio sobre el terrorismo y la corrupción del mundo musulmán. Debemos denunciar categóricamente el terrorismo y la corrupción social. Los musulmanes americanos deben redefinir el Islam del siglo XXI.

 

América está metida hoy en dos guerras en sendos países musulmanes – Afganistán e Irak. Además, el Presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad amenaza a Occidente y su apoyo a Israel, sobre todo con la búsqueda de armamento nuclear.

 

El mundo musulmán está definido por regímenes despóticos, conflictos armados, terror contra civiles y violencia sectaria. El mundo musulmán parece vacío de dinamismo espiritual e intelectual. Hemos permitido que el Islam quede relegado a los márgenes de la civilización humana.

 

Aquí en casa, hay una elevada probabilidad de que células terroristas durmientes estén planeando la masacre de civiles americanos y la destrucción de instalaciones económicas y militares clave, amenazando la seguridad nacional de América.

 

Nosotros, en la comunidad musulmana, tenemos que reconocer a América como república fundada sobre valores judeo-americanos. Y es imperativo, después del horror del 11 de septiembre del 2001, que la comunidad musulmana americana redefina el Islam en armonía con la democracia americana y su herencia judeo-cristiana.

 

Hoy, los musulmanes americanos tienen una gran oportunidad de redefinir el Islam como religión vibrante capaz de estar a la altura de los desafíos sociales, políticos y económicos de un siglo XXI globalizador. Los musulmanes americanos pueden jugar un papel particularmente productivo, ingresando en la corriente conservadora americana.

 

América, al igual que la comunidad islámica global, está metida en una lucha por definirse en mitad de un rápido cambio cultural – una fusión. América encara un conflicto nacional en el que los conservadores se oponen a un secularismo radical, los excesos del materialismo y las fuerzas del socialismo “progresista”.

 

En la corriente conservadora americana, los musulmanes encontrarán otros grupos religiosos tales como católicos, judíos ortodoxos y conservadores, y una representación muy fuerte del movimiento evangélico protestante.

 

Entrando en el movimiento, los musulmanes encontrarán un sustrato común basado en valores sociales y religiosos. Abarca un fuerte compromiso con creencias religiosas básicas, así como con la familia tradicional, la comunidad, y la prosperidad socio-económica.

 

Dada la presente crisis dentro de ambas culturas, los musulmanes saben que existe una sociedad que puede existir entre América y el Islam. Y dentro de esta relación mutua, los musulmanes pueden ayudar a mejorar lo mejor de la herencia monoteísta judeo-cristiana. A su vez, los musulmanes americanos pueden reformar el Islam con vistas a estar a la altura de las necesidades sociales y económicas de su comunidad en el futuro.

 

En las elecciones presidenciales del 2000, la comunidad musulmana apoyó firmemente al Presidente George W. Bush y al partido Republicano. En el 2004, sin embargo, la comunidad musulmana apoyó de manera aplastante al candidato Demócrata John Kerry, migrando del partido Republicano. Hoy, solamente el 12% se llama Republicano, mientras que el 50% se considera Demócrata y el 31% independiente.

 

¿El motivo? Tras el 11 de Septiembre, la comunidad musulmana reaccionó negativamente a las políticas del Presidente Bush en la guerra global contra el terror. La USA Patriot Act, por dar un ejemplo, fue un pretexto para el pánico y la histeria dentro de la comunidad musulmana americana. Las organizaciones musulmanas clave hicieron causa común para fomentar el terror dentro de la comunidad musulmana americana.

 

La directiva musulmana auto-establecida de América se disfraza de “defensa de los derechos civiles”, pero no representa intereses más especiales que los grupos que emplean tácticas de miedo para lograr fines políticos. El estamento islámico de América es incapaz de aunar el Islam con la corriente post-11 de Septiembre en América.

 

El Presidente Bush hace una distinción clara, afirmando que América está en guerra contra el terrorismo - América no está en guerra con el Islam. Sin embargo, muchos líderes de la comunidad musulmana escogen no educar a los musulmanes sobre esta distinción.

 

Además, gran parte de la presente directiva musulmana practica la apología de las organizaciones terroristas. Muchos en las organizaciones, en virtud de las tácticas de presión y propaganda, minan con eficacia la seguridad nacional.

 

Si la comunidad musulmana americana continúa apoyando a líderes desacreditados y adoptando una agenda progresista-socialista antitética con la democracia americana, el Islam continuará siendo irrelevante para los americanos de buena voluntad durante otro siglo más.

 

La comunidad musulmana debe permanecer resuelta frente al terrorismo. La comunidad musulmana americana debería pedir el final de todos los conflictos armados que implican al mundo musulmán. Los musulmanes americanos deben adoptar un papel más activo a la hora de aportar soluciones innovadoras al final del derramamiento de sangre y la violencia que afectan al mundo musulmán.

 

También debemos mostrar firme apoyo público a los valientes hombres y mujeres en las fuerzas armadas norteamericanas. Rendir tributo a los hombres y mujeres que arriesgan sus vidas por las libertades de las que disfrutan los musulmanes de América reforzará nuestro vínculo con la sociedad americana.

 

Por Imaad Malik

Colaboraciones nº 1180   |  1 de Septiembre de 2006

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