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El Manifiesto, “periódico políticamente incorrecto” de la derecha, llega a Internet de la mano de Ruiz Portella, Esparza, Duque y Jacobo Machover

El Manifiesto, “periódico políticamente incorrecto” de la derecha, llega a Internet de la mano de Ruiz Portella, Esparza, Duque y Jacobo Machover


El jueves 12 de abril se editaba por primera vez elmanifiesto.com, “periódico políticamente incorrecto” que continúa –desde los ámbitos de la actualidad- el camino del “Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra” y la revista de pensamiento homónima.

 

Tras elmanifiesto.com está –como en el resto de iniciativas- el editor barcelonés Javier Ruiz Portella, fundador de la editorial Áltera en 1994. Con un amplio fondo editorial que cuenta entre sus autores a nombres como Álvaro Mutis, Aquilino Duque, Alain de Benoist o Eugenio d’Ors, Áltera está entre las editoriales pioneras de un cierto movimiento que viene a ofrecer un pensamiento y una estética alejadas de los paradigmas de la izquierda, como la Biblioteca Homo Legens, Ciudadela o Libros Libres. El escritor y blogger Pedro Fernández Barbadillo actúa de número dos de una editorial que ahora publica libros como el de Felix Schlayer – Matanzas en el Madrid republicano- que cuestionan la Memoria Histórica postulada desde el Gobierno.

 

Elmanifiesto.com viene a ser continuidad del “Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra”, iniciativa lanzada en 2002 por el premio Cervantes Álvaro Mutis y el propio Ruiz Portella. Desde las páginas de El Mundo, dicho manifiesto alcanzó notable eco en ámbitos culturales y suscitó adhesiones de gentes como Eugenio Trías o Fernando Sánchez Dragó, para seguidamente dar pasos a ciclos de conferencias, cursos de verano, etc.

 

En la misma línea, 2004 ve nacer la revista trimestral –últimamente bimestral- llamada El Manifiesto, entre cuyos objetivos fundacionales está “defender la cultura, el pensamiento, la belleza”. Colaboradores habituales son Sánchez Dragó, Mutis, Abel Posse, José Javier Esparza, el politólogo francés Alain de Benoist y el propio Portella. Los últimos números han estado consagrados a la defensa de la idea de España y al análisis de la inmigración.

 

Elmanifiesto.com, dirigido por José Javier Esparza, resume en su bienvenida las características de un medio que se autodefine como inconformista y no alineado con ningún partido. Entre sus firmas, Esparza, Portella, Aquilino Duque y Jacobo Machover.

 

El Confidencial Digital, 19 de abril de 2007

Una lectura política de la desaparición de Época Navarra.

Una lectura política de la desaparición de Época Navarra.


La noticia de la desaparición, en pleno verano, del semanario Época Navarra, versión ampliada regional de la histórica cabecera política del Grupo Intereconomía, apenas ha sido valorada en los medios de comunicación locales.

 

Adiós, Época Navarra.

 

Conforme la interpretación más extendida, esta medida de ahorro respondería a la estrategia empresarial, de este dinámico Grupo, empeñada en un nuevo ambicioso proyecto; acaso, el lanzamiento de un diario de ámbito nacional.

 

En todo caso, esta casi irrelevante incidencia mediática también debe ser analizada desde una perspectiva política.

 

No fueron pocos los que interpretaron su aparición, allá en mayo de 2006, como una operación con fecha de caducidad. Su mirada estaría marcada por la no demasiado lejana convocatoria de unas elecciones forales y municipales que se entendían, ya entonces, como decisivas. Así, la posibilidad de captación de nuevos anunciantes para el Grupo, junto a la supuesta existencia de una opinión pública muy preocupada por su futuro político, habría empujado a sus directivos en su cesión final. Ello se materializó mediante la creación de una pequeña redacción en Pamplona, y una audaz campaña de lanzamiento en la que se invocaban los ideales de la mayoría constitucionalista de Navarra, frente al activismo del nacionalismo abertzale: el célebre “Muévete. Ellos lo hacen”, junto a una ilustrativa fotografía que retrataba a diversos dirigentes abertzales puño en alto.

 

Se celebraron tan esperadas y temidas elecciones… y ya sabemos qué sucedió desde entonces: un espectáculo político tan bochornoso como decepcionante.

 

¿Acaso no leen los navarristas?

 

Pero, ante semejante contexto, ¿no habría sido lo natural que una publicación como Época Navarra fuera sucesivamente “devorada” por tantos ciudadanos expectantes?

 

Navarra alardea de ser una de las comunidades españolas con mayor índice de lectura de diarios. Y de libros. Es cierto.

 

¿Cómo es posible, entonces, que una publicación política especializada fracasara, y más cuando la demanda debiera ser muy superior a la propia de momentos más apacibles? Seguramente, y salvo que juzguemos a Época Navarra como un producto que no supo proporcionar los contenidos que los lectores aguardaban, deberemos considerar la posibilidad de que esa premisa sea falsa; lo que nos llevaría a entender que la opinión pública de centro-derecha, en buena medida, carece de inquietudes y formación política (¡!).

 

Pero el que una opinión pública no esté formada políticamente no es únicamente responsabilidad de sí misma. También lo es de los propios medios de comunicación y, especialmente, de los partidos políticos.

 

Durante unos cuantos lustros, a causa, en parte, del descrédito ganado por un sector de la clase política española, junto a otras circunstancias socioculturales complejas, los partidos políticos del centro-derecha español rebajaron ciertas dimensiones ideológicas de sus expresiones organizativas y discursivas. Además de perder arraigo popular, por mucho que hablen de cientos de miles de afiliados, se transformaron gradualmente en estructuras movilizadas casi exclusivamente con motivo de las diversas convocatorias electorales; rehuyendo  verdaderos debates políticos internos... no terminaran surgiendo tendencias organizadas pues, ya se sabe, ¡cómo terminó la UCD! Así, sus afiliados no pudieron beneficiarse de una formación política que fuera más allá de fáciles lemas y consignas electorales, careciendo además de cauces adecuados para una actividad política “a pie de obra”; lo que también redundó en una despolitización casi generalizada de los sectores sociales afines. Navarra no fue, en ello, una excepción.

 

Pero, al existir tales espacios libres, fueron otros -una pretensión democrática y legítima, en cualquier caso- quienes trataron de cubrir los huecos existentes: algunas entidades del incipiente movimiento cívico de resistencia, determinados medios de comunicación muy politizados (pensemos en ciertos espacios de Cadena COPE y Libertad Digital), y muy concretas entidades de marcada vocación metapolítica (FAES, GEES…). En buena medida lo lograron, formando y encauzando especialmente a minoritarias capas sociales afines ya predispuestas.

 

Unión del Pueblo Navarro: casa común del navarrismo.

 

Debemos realizar, ahora, una pregunta muy relevante. Ya que hablamos de Navarra, y como “casa común” del navarrismo, ¿qué formación política ha proporcionado Unión del Pueblo Navarro a sus afiliados y simpatizantes? Sus juventudes, ¿trabajan con el objetivo de ganar espacios sociales o para garantizarse un hueco en la categoría de políticos profesionales? Los dirigentes de UPN responsables de la apertura del partido a la sociedad y en el impulso de nuevos movimientos sociales, ¿han cumplido su papel o lo han apartado, tal vez más preocupados en garantizarse un puesto retribuido y gratificante?

 

Debemos destacar, ahora, otra circunstancia en parte paralela a la apuesta de Época Navarra.

 

Allá, por la primavera pasada, se inició un movimiento organizativo en torno a la denominación Ciudadanos de Navarra. De modo un tanto confuso, apelando veladamente al novedoso y entonces impactante partido de Albert Rivera, Ciudadanos de Cataluña, celebraron diversas reuniones, instalándose una web, diseñando un logo atractivo, emitiendo algunos comunicados públicos… logrando suscitar la curiosidad de varios cientos de navarros interesados en ese creciente fenómeno que reclamaba una renovación política; sumándose, en el caso navarro, una gran preocupación por el futuro inmediato de la Comunidad. Su indefinición posterior, falta de iniciativas, la reiteración de reuniones en las que se repetía la necesidad de “hacer algo” sin que llegara a concretarse casi nada, fueron secando el fenómeno.

 

Ese agotamiento, para algunos, fue la confirmación de su previsión inicial: únicamente se trataría de un movimiento interesado en la suma de apoyos electorales a UPN procedentes de antiguos votantes de otros partidos (CDN y PSN); a la vez que se estrangulaba la posibilidad de que se extendiera a Navarra el incontrolable fenómeno de Albert Rivera. Unas pretensiones legítimas –hablamos de política- pero que, dado el letargo actual de Ciudadanos de Navarra, desvela la incapacidad de algunos de los estrategas de UPN para el diseño de instrumentos ciudadanos de participación y movilización que trasciendan los cortos y estrechos cálculos de corte electoral.

 

Recordemos, por otra parte, que no es la primera vez que en el seno del navarrismo se frustran lo que pudieron ser interesantes iniciativas sociales.

 

Unas iniciativas necesarias de la mano de Jaime Ignacio del Burgo.

 

A partir de finales de 2001, el veterano dirigente de UPN Jaime Ignacio del Burgo impulsó diversas iniciativas, con una lúcida perspectiva de futuro, consciente de la necesidad de dotar al navarrismo de unos instrumentos socio-culturales que, tradicionalmente, ha carecido.

 

La primera de ellas fue la constitución, en octubre de ese año, de la Sociedad de Estudios Navarros, una entidad a modo de think-tank navarrista, con la que se cubriría el ámbito cultural y de la investigación sociológica e histórica de Navarra.

 

En segundo lugar, con la revista mensual Navarra en marcha se pretendía vulgarizar los conceptos básicos del navarrismo, así como el sostenimiento e impulso de la opinión pública afín, poco dotada de instrumentos conceptuales y culturales; una labor a la que contribuiría, en tercer lugar, Laocoonte editorial, entre cuyos objetivos figuraba la edición de diversas investigaciones historiográfica, sociológica, etc., de alcance.

 

Las tres iniciativas se agotaron pronto; resistiéndose la SEN a morir, de modo que todavía en 2006 se realizaron algunas actividades bajo su amparo. Seguro que si un día Jaime Ignacio del Burgo se anima a relatar todo lo acaecido, en torno a estos asuntos, nos relevará episodios muy jugosos.

 

Así, y visto todo lo anterior, aparentemente con la desaparición de Época Navarra nos encontramos con un nuevo capítulo de esa especie de “alergia” navarrista a la formación política… ¿y al compromiso militante?

 

Editar libros navarristas: un acto heroico.

 

Una par de anécdotas complementarias.

 

En Navarra aparecen, esporádicamente, diversas editoriales que lanzan numerosos títulos al mercado desde una perspectiva marcadamente nacionalista vasca. Y los encontramos en muchísimos puntos de venta, ferias diversas, en todas las librerías públicas; siendo motivo de orgullo, y manifestación de su compromiso político, su adquisición por la militancia abertzale navarra.

 

Por el contrario, editar un libro navarrista es una verdadera carrera de obstáculos. Fue el caso de la reedición del libro de Víctor Pradera (Bilbao, Grafite, 2003) Fernando el Católico y los falsarios de la historia; una obra clásica y decisiva en torno a la veracidad de las raíces históricas del navarrismo.

 

Otro caso más reciente: el del libro escrito por el concejal de UPN de Leiza Pello Urquiola, Nere hitze bertsoatan (Mi palabra en bertsos), editado por Sahats en la primavera última.

 

En ambos casos no puede afirmarse, precisamente, que encontraran facilidades desde instancias oficiales, supuestamente afines. Y la difusión de ambos corrió a cargo del entusiasmo y el compromiso político de unas pocas personas que invirtieron tiempo y dinero, sin afán de protagonismo alguno; lo que para algunos profesionales de la política es incomprensible.

 

Con todo, encontramos aspectos positivos.

 

Internet, donde existe mayor libertad y posibilidad de acceso a modernos cauces difusores de los contenidos más variopintos, viene acogiendo diversas iniciativas mediáticas, de alcance muy desigual, que están incidiendo gradualmente en la opinión pública más comprometida. Así, Navarra Confidencial, Reportero Digital Navarra, las interesantes iniciativas vocaciones blogueras que ha amparado el segundo, las webs de diversas entidades ciudadanas navarras, el blog “de culto” Ruta Norte publicado casi a diario en El Semanal Digital, etc., vienen configurando un espacio creciente, de pluralismo y libertad, que no rehuye ni los ideales ni los compromisos concretos.

 

El navarrismo y su futuro.

 

Todas estas circunstancias evidencian, pensamos, que el navarrismo en su conjunto debe realizar una realista y generosa autocrítica. Ciertamente, UPN ganó las elecciones, consiguiendo unos buenos resultados. Pero lo posibilidad de pasar a la oposición, en unos meses o en unos años, ya no puede desdeñarse. UPN, entonces, ¿seguirá apoyándose, sustancialmente, en la “venta” de su gestión económica? Y, aunque se mantenga en el Gobierno, ¿permanecerá expectante ante la larga batalla cultural que, por el cambio de las mentalidades y finalmente, por el cambio político, ha sido desplegada por el nacionalismo vasco?

 

El navarrismo, para afrontar el futuro, debe encarar y estar presente en esas dimensiones que, por los motivos que sean, pero que sería imprescindible analizar con rigor, ha abandonado en gran medida.

 

La lucha cultural (investigación, difusión), la formación de activistas socio-culturales, el impulso de nuevas entidades cívicas sin pretender su instrumentalización, la formación política y el encuadramiento de militante y simpatizantes, el apoyo sin complejos a medios de comunicación afines, la movilización cotidiana, etc., son dimensiones decisivas que todo partido político realista debe desarrollar. Y más cuando en su ámbito territorial e histórico operan, con bastante éxito por cierto, partidos y movimientos sociales que persiguen con entusiasmo y convicción un cambio histórico rupturista y sectario.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 17 de septiembre de 2007

La estrategia progresista del centro

La estrategia progresista del centro


La acuidad de los “progresistas”, según la antigua retórica soviética, ya ha comenzado, a seis meses de las elecciones generales, con la disputa del voto moderado al PP, recuperando los símbolos de España y postergando la disputa territorial. La vacía y abisal estrategia del centro, utilizada por los “populares” en multitud de ocasiones, no pasa de ser un discurso evanescente, una propuesta dirigida al hombre masa y acéfalo, incapaz de orientar su vida desde convicciones personales.

 

En el número 96 de la revista “Razón Española”, Gonzalo Fernández de la Mora desmitifica hasta la extinción los términos “derecha” e “izquierda”, considerándolos como una distinción más histórica que lógica y, consecuentemente, con un valor nominal y de contenido mutante. “La izquierda propugna más Estado, la derecha menos Estado”. Esta es, según el autor citado, la actual caracterización objetiva y mensurable del binomio o del dualismo terminológico de la política contemporánea. El centro en política sería así pura abstracción y, sobre todo, un engaño.

 

El centro tantas veces invocado por los “populares” se habría dirigido a captar la indeterminación que deviene un sector importante del pueblo español, el escepticismo, la derecha agnóstica de Ortega y Gasset, el hombre desorientado, perplejo, el parcialmente frustrado de sus decisiones pretéritas. El imaginario centro, que también invocará Savater con su híbrido, es toda una pseudopedagogía, una falacia capaz de concitar opiniones contrapuestas, confundidas por el equívoco de la vaguedad, todo un truco provocado por la psicología y de una enorme hipocresía irracional.

 

La estrategia del centro pretende aparecer como un modo, un estilo de virtud, el in medio virtus aristotélico, un postulado entre un exceso (el franquismo) y un defecto (el comunismo). Esta moderación exigible a todo político es una semántica vacía desde al momento mismo en que surge la praxis política, que necesariamente lleva a la asunción de una determinadas posiciones en el ámbito público.

 

Nadie ha definido una presunta ideología centrista, ni una filosofía, ni una economía, ni una sociología, ni una moral. El centro de las estrategias electorales, asumido ahora por el Ejecutivo, es la traducción semántica de un complejo de inferioridad o de un ardid para captar votos incautos y supuestamente desencantados. La sociedad española no debería encontrase nada cómoda en la indeterminación, en la confusión inverecunda que demanda el Gobierno, con una propuesta centrista que cautiva la emoción y termina por paralizar la reflexión.

 

Pero hay algo peor: el irresistible discursus moralis de unos políticos que electoralmente lo sepultan porque no es rentable, sino más bien una fuga torpe de votos hacia el limbo. La ética de las sociedades democráticas es una ética sin referentes trascendentes, una ética civil que aspira a la justicia, una ética formal y de mínimos que funciona con los principios de autonomía y libertad.

 

La sociedad española no necesita sólo una mera ingeniería social, sino que precisa una elevación del nivel moral capaz de trascender la fragilidad y el peligro, la utilización de una estrategia de envilecimiento como lo es la estrategia progresista del centro.

 

El carácter radicalmente laico de la política no significa la exclusión de lo que importa a muchos sectores de la sociedad porque interesa y da sentido a la vida del hombre. La religión y la moral no pertenecen al fuero interno y privado del elector, sino que forman parte integrante de su propia vida. El hombre, en feliz expresión de Zubiri, está religado, atado a Dios, y sin Él la vida no sería posible. Este anclaje de la vida del hombre en lo Trascendente debe ocupar también el tiempo electoral de nuestros políticos.

 

Roberto Esteban Duque

Diario Liberal, 28 de agosto de 2007

La superioridad moral de la derecha

La superioridad moral de la derecha

 

 No digo que los de derechas no estén continuamente infringiendo su código. Pero su código moral es correcto. Bueno, es el único correcto.   Por enésima vez me asalta un tema metafísico de esos que creo ineludibles cuando se mira al futuro. Nos resistimos a aceptar que haya conceptos etéreos que influyen en nuestro porvenir, pero es así: de determinadas concepciones destilan las creencias que orientan la acción política y socia de la humanidad. Durante milenios, en Occidente hemos succionado del cristianismo nuestras normas morales y nuestra concepción del bien y el mal, incluso, sin saberlo, desde que somos laicos. Eso se acabó, y creo que irreversiblemente (a menos que no ocurra un evento como una guerra, que suponga un revolcón moral).

 

La ideología cristiana ha ido unida estrechamente al concepto, creo que estoico, de naturaleza humana; como explica C.S. Lewis (el gran filósofo converso), así como hay unas leyes de la naturaleza, hay unas leyes morales con las que nace el ser humano, como demostraría, al parecer, el núcleo moral compartido por todas las religiones. Esto parece bastante acertado, y siempre me ha atraído ese optimismo, según el cual, en nosotros hay unos resortes que saltan cuando actuamos mal; según Lewis eso es una prueba de un Ser superior que ha designado que el ser humano sea ennoblecido sobre los demás seres vivos. Y creo que es convincente cuando critica las explicaciones alternativas (materialismo, panteísmo) por asignar a la naturaleza, sin querer, una intencionalidad de designio inteligente bastante contradictoria con su ateismo.

 

Obviamente, esos impulsos morales se refieren a un ideal inalcanzable, pues en la vida estamos constantemente obrando mal, ya sea en pequeñas o grandes dosis. Nuestra ilimitada capacidad de autojustificación nos lleva a incumplir sistemáticamente esa ley de Dios que, sin embargo, anhelamos cumplir (aún inconscientemente). Somos jueces muy considerados con nosotros mismos. No importa, dice C.S. Lewis: lo que sí importa es que tenemos un ideal noble, y que debemos corregirnos continuamente para intentar alcanzarlo. Yo siempre he creído que hasta el ser más abyecto quiere pensar bien de sí mismo. (Naturalmente, este continuo dialogo entre la mediocridad y el anhelo de perfección solo se resuelve en el más allá.)

 

Pero, a partir de aquí, es cuando surge mi pesimismo, pues me temo que esta noble concepción no cuadra con todos los ejemplos históricos. Quiero decir que si existen esos nobles impulsos son imperfectos y muy elásticos, con gran capacidad de adaptarse a cualquier código o religión. Tenemos el ejemplo del Corán, religión milenaria –que pretende basarse en la nuestra–, y en la que se apoyan miles de millones de islamistas para hacer el mal, o lo que nosotros consideramos el mal: No beben (¡benditos!), pero lapidan a sus mujeres cuando son simplemente sospechosas de adulterio, cortan manos, tienen como fin supremo la guerra santa, etc. Otro ejemplo: estoy rodeado de gente que vive como pez en el agua (o como cerdo en cochiquera) en una especie de religión subproducto de lo que una vez, que yo sepa, fue la primera religión laica: el marxismo (a su vez, hijo de la ilustración). Pese su evidente fracaso, con ella justifican cosas que, si somos decentes, tenemos que decir que están mal: por ejemplo, el GAL o pactar con terroristas. Ya se sabe, el fin justifica los medios.

 

No sé si se dan cuenta por dónde quiero ir: creo que esos famosos impulsos naturales existen, pero no son autosuficientes si no que se diferencian mucho según la religión de la que son deudores. Por muchos años fui un optimista y pensé que la religión no era tan determinante para la moral, sino una fase en la evolución de la cual, una vez cumplido su papel, la civilización se desprendería como una cáscara inútil. Ahora temo que las cosas son distintas, y que el progreso cívico no está garantizado con la inteligencia por sí sola. Eso me lleva a otra conclusión: que la derecha, mientras defienda los valores cristianos, tendrá una superioridad moral infinita sobre una izquierda que no sabe exactamente a qué atenerse, por el simple hecho de que han renunciado a su única fuente marxista y no la ha sustituido por otra. Estoy hablando, repito, de códigos, no de comportamientos. No digo que los de derechas no estén continuamente infringiendo su código. Pero su código moral es correcto. Bueno, es el único correcto. Y, por ello, respecto a España, me parece que lo que hace a diario este gobierno, trasladado a todos sus actos legislativos y ejecutivos (recordemos que ellos y sus electores, según sus creencias morales, lo ven moralmente correcto) es un permanente proceso de desarraigo moral con marchamo de irreversible.

 

Luis Hernández Arroyo

Libertad Digital, 24 de enero de 2007

Cuatro verdades sobre el peligro que nos acecha (que no es sólo ZP)

Cuatro verdades sobre el peligro que nos acecha (que no es sólo ZP)

Y ¿por qué ZP quiere romperlo todo: nación, familia, educación? Porque tiene un proyecto mesiánico. Un proyecto que no empezó con él, pero del que él es agente. Miradle a los ojos.

Mirad a los ojos de Zapatero y tal vez veáis lo que yo veo: un tipo convencido de haber hallado la piedra filosofal. Porque Zapatero tiene un proyecto, y ése es precisamente el problema. Todo lo que estamos viviendo en estos años puede parecer una mezcla absurda de irresponsabilidad y azar, pero no lo es. Al contrario, tiene un sentido. En el zapaterismo han venido a confluir las peores emanaciones de la actual izquierda europea y de la vieja izquierda española. El resultado es de pesadilla. ¿Nos dejarán decir cuatro verdades?

Una: El zapaterismo es un caso práctico de "ideología de la cancelación". Siniestro palabro, ¿verdad? Pero en realidad es muy sencillo. Hay que cancelarlo todo: patria, familia, moral, educación, identidad, porque todo eso es vestigio de un mundo retrógrado y oscuro. Hay que liquidarlo como se liquidan las existencias de una tienda –por cierre del negocio. Y hay que sustituirlo por unos dogmas nuevos de aliento progresista, "la revolución que nunca pudimos hacer", ahora con la anuencia de unos poderes financieros que ya no se sienten amenazados y que, aún más, están dispuestos a pagar la fiesta. Nihilismo y progresismo terminan siendo una única cosa. Por supuesto, el problema no es sólo nuestro: la "ideología de la cancelación" funciona en toda Europa. Pero sólo aquí se extiende desde el poder institucionalmente y sin resistencia. Todo lo que el Gobierno Zapatero está haciendo en España es pura ideología de la cancelación: un proyecto quizá descabellado, pero coherente, y que se ha convertido en horizonte único de la izquierda radical tras la caída del Muro de Berlín. Si no entendemos esto, no entenderemos nada de lo que vemos a nuestro alrededor.

Dos: A ZP le mueve una alucinación mesiánica, típica de la vieja izquierda española. Porque junto a esa "ideología de la cancelación", la zapateridad recoge, vulgarizada, una vetusta tradición de nuestra izquierda, a saber: que toda la Historia de España es un error gigantesco, que aquí no levantaremos cabeza hasta que haya una revolución como la francesa, que España no será un país digno hasta que la izquierda lo modele y que por eso, en fin, la izquierda tiene una misión providencial. Para esta visión de las cosas, si hay separatismo es porque la unidad nacional ha sido algo funesto, y si hay terrorismo, es porque la vieja España nunca ha sabido entender a los irredentos. La culpa siempre la tiene España, identificada todavía con el Imperio y la Contrarreforma, o sea "la derecha". Poco importa que haya habido revoluciones, constituciones y transiciones: estamos ante una interpretación mesiánica de la Historia que sencillamente prescinde de la realidad. Y así, bajo esta sugestión mesiánica, la disgregación del país no será tal, sino que aumentará la concordia, y el pacto con los terroristas no será claudicación, sino mensaje de paz. Patológico.

Tres: El objetivo supremo del poder, hoy, en España, es aniquilar cualquier vestigio de corte tradicional. Ya sea en la educación o en la estructura familiar, ya sea en la religión o en la identidad nacional, la política del PSOE marcha expresamente orientada al exterminio de todo lo que recuerde a la sociedad "vieja", de todo lo que pueda representar un obstáculo para la sociedad "nueva". Este proceso no ha empezado ahora: lleva muchos años en vigor. Pero sólo ahora se ha convertido deliberadamente en programa de gobierno. Se trata de dar la vuelta al mundo tal y como lo hemos conocido. Así se privilegiará a los transexuales y homosexuales antes que a las familias, a las minorías musulmanas antes que las mayorías católicas, a los que denigran a España antes que a los patriotas, a los terroristas antes que a las víctimas, a los alumnos incapaces antes que a los capaces, a los partidarios del aborto y la eutanasia antes que a los defensores de la vida, y todo ese largo etcétera de inversiones que nos está poniendo el mundo cabeza abajo.

Cuatro: Es urgentísimo tomar conciencia de lo que tenemos enfrente. No es sólo el programa pasajero de un Gobierno elegido por cuatro años. Es un proyecto muy amplio de ingeniería social. Esta gente quiere crear una sociedad nueva edificada sobre tópicos ideológicos considerados como dogmas de fe. Y como son dogmas, poco les importa que sean racionalmente infumables. A la tarea de expandirlos por todas partes se emplean no sólo los políticos, sino también la orquesta mediática afín, los funcionarios de altos organismos internacionales y una nutrida legión de fanáticos semi-ilustrados que creen combatir por el "progreso". Tan fuerte es su presión que no sólo se ejerce desde la izquierda, sino también, con frecuencia, desde la derecha. Hoy mandan. En realidad, llevan mucho tiempo mandando. Va siendo hora de plantear una resistencia.

Simpática nota de un lector: "Es que usted sólo critica, pero no propone soluciones". Respuesta en dos tiempos. Uno: para curar la enfermedad que nos aqueja, es imprescindible conocer antes cómo y por qué se ha contraído. Dos: el tratamiento, con su permiso, a partir de la semana que viene. Pero a más de uno no le va a gustar la receta.

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 10 de noviembre de 2006

La democracia directa en Estados Unidos

La democracia directa en Estados Unidos


Hoy en día sólo Suiza y los EEUU pueden ser definidos como democracias directas, debido a la gran cantidad de asuntos que son decididos por medio de referendos. Casi en el otro extremo se sitúan Alemania, donde este procedimiento está prohibido, y España, pues, aparte de reformas constitucionales, estatutarias y territoriales, el referéndum es meramente consultivo y sólo puede ser convocado por el Ejecutivo.

 

El contrapeso liberal a esta práctica democrática se halla en los tribunales, que a menudo invalidan el resultado de la votación si la medida aprobada por el pueblo restringe las libertades o limita el ejercicio de derechos inalienables. También se pueden llevar a cabo reformas constitucionales que anulen el resultado de un plebiscito. En definitiva, el ejercicio de la democracia directa y sus limitaciones es un ejemplo más de la aplicación del principio de "gobierno limitado de la mayoría" en los EEUU. Es el equilibrio entre democracia y demagogia o, si se prefiere, la proporción entre los principios popular y aristocrático del poder.

 

La proliferación de referendos en los EEUU hace que en muchos estados se publiquen y repartan guías en las que los ciudadanos encuentran, entre otras cosas, una explicación "en lenguaje normal" de la medida propuesta, un resumen de los argumentos a favor y en contra de la misma y un pequeño estudio sobre las consecuencias que tendría su voto. Cada estado, condado o incluso municipalidad regula y organiza plebiscitos, aunque todos están sujetos a revisión por el Tribunal Supremo. Los gobernadores pueden convocar referendos sobre las medidas que estimen oportunas: de esta manera pueden superar vetos legislativos, deshacer bloqueos y resolver situaciones de parálisis.

 

Pero la mayoría de los plebiscitos son convocados desde abajo, es decir, por ciudadanos a título individual o agrupados. Lo único que se requiere es un número testimonial de firmas, que por lo general no supera el 3% de los votantes registrados, y el pago de una pequeña tasa. Los referendos se han profesionalizado tanto que a menudo los grupos políticos recurren a empresas especializadas en solicitar firmas a los ciudadanos para apoyar tal o cual propuesta. Junto a la convocatoria, los estados y condados también publican los argumentos en contra aportados por grupos o individuos, que también deben pagar un pequeño impuesto, que normalmente no excede los 200 dólares.

 

Debido al carácter flotante de muchos electores norteamericanos y al aumento de la abstención a partir de los años 60 (las últimas presidenciales fueron una excepción, aunque queda por ver si este acontecimiento es el inicio de una tendencia o simplemente un caso extraordinario), los partidos usan los plebiscitos como herramienta para aumentar la participación, sobre todo la de aquellos cuya ideología consideran afín.

 

Un reciente ejemplo de esto fue la convocatoria en numerosos estados de consultas populares sobre el matrimonio gay en coincidencia con las presidenciales. Dada la fuerte correlación entre conservadurismo, oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo y voto al partido republicano, algunos expertos han señalado que estos referendos fueron un factor tanto en el aumento de la participación como en la reelección de George Bush en 2004, ya que algunos votantes, más interesados en los asuntos particulares que en la elección presidencial, acudieron a las urnas con el objetivo de expresar su oposición al matrimonio gay... y de paso también apoyaron al candidato republicano a la Casa Blanca.

 

El martes, los habitantes de once estados podrán pronunciarse sobre esta cuestión y apoyar o rechazar la definición de matrimonio como unión entre un hombre y una mujer. Incluso en uno, Colorado, los ciudadanos opinarán sobre tres propuestas diferentes: definición del matrimonio como unión de hombre y mujer; legalización de las parejas de hecho sin que importe el sexo de sus componentes; clarificación de la naturaleza de estas uniones, lo cual indica que, aunque puedan compartir algunos derechos con el matrimonio, no son equivalentes a éste.

 

El caso de Colorado ilustra a la perfección el concepto de democracia directa como un mecanismo de auténtica deliberación que no tiene por qué aumentar la polarización ni traducirse en dilemas que cierran debates políticos de forma prematura.

 

Fenómenos como el de las elecciones de 2004 han llevado a los demócratas a aprobar leyes que restringen y dificultan la convocatoria de referendos con la excusa de que el proceso de recogida de firmas es fraudulento. Es el caso de Massachusetts, donde el Legislativo está intentando limitar los recursos a los que los grupos políticos recurren para convocar consultas populares y así evitar el llamado "efecto arrastre", que suele beneficiar a los conservadores y que es una prueba más del sesgo moderado y conservador de la mayoría de los norteamericanos, poco amigos de reformas radicales o de cambios institucionales, ya sea en asuntos políticos o sociales.

 

Como indiqué más arriba, en los plebiscitos se deciden múltiples cuestiones, desde ordenanzas municipales relativas a aparcamientos hasta leyes fiscales. Algunas propuestas son puramente testimoniales, como la de la república popular de Berkeley y San Francisco sobre la conveniencia de procesar al presidente Bush y al vicepresidente Cheney; otras no tienen posibilidad de prosperar, pues competen al Gobierno federal, no al del condado o el estado en cuestión. Sin embargo, con frecuencia los referendos atañen a cuestiones que afectan de forma directa a la vida de los ciudadanos, como los principios que en su opinión deben regir sus comunidades (caso del matrimonio gay) o el grado de intervención estatal en sus vidas y bolsillos, como demuestra el hecho de que la mayoría de los plebiscitos se refieren a impuestos y gasto público.

 

Más allá de la caza del oso, la venta de vino y el cuidado de los perros, la democracia directa en los EEUU evidencia la vitalidad de una sociedad en la que, al contrario de Europa, los principios de subsidiariedad y soberanía individual no se limitan al papel mojado, sino que son llevados a la práctica de forma regular y frecuente. Cuestiones como quién debe disfrutar de exenciones fiscales, en qué lengua deben ser educados los niños o el salario mínimo no son en los EEUU asuntos reservados a los partidos o a alguna minoría de presión, sino que pueden ser decididos de forma pública y transparente en el seno de la sociedad civil.

 

Por desgracia, en nuestro continente el tema de la democracia directa no figura en la agenda política de casi ningún partido, ni es objeto de debate en las páginas de diario alguno, excepción hecha de los referendos irredentistas a punta de pistola y con previa exclusión de los forasteros, último invento de la alianza fascio-progre que nos invade. ¿Partitocracia frente a republicanismo, prudencia contra osadía o simplemente miedo y cinismo frente a nobleza y sinceridad? Algo de todo eso, y tal vez más.

 

 

ANTONIO GOLMAR (libertymad@gmail.com), politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.

 

Este artículo ha aparecido también en USA Digital.

 

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 7 de noviembre de 2006

Izquierda y derecha

Izquierda y derecha

Una de las tareas básicas de las ciencias, tanto naturales como sociales, consiste en proporcionar definiciones precisas. Así se evitan las confusiones y se sabe de qué se está hablando. Existe una gran confusión cuando se habla de izquierda y derecha, precisamente, por falta de definiciones.

 

Algunos autores se pasan la vida explicando que los conceptos izquierda y derecha tienen que ver con la situación de los escaños que ocupaban siglos atrás los parlamentarios franceses; otros dicen que la izquierda es la corriente que se preocupa por la suerte de los pobres y que la derecha aboga por los intereses de los ricos, como si fueran cosas irreconciliables. Se ha dado pábulo a estigmas sin fundamento y a glorificaciones igualmente infundadas, de tal forma que la nube de confusión sigue creciendo. Es necesario adoptar definiciones claras, a fin de distinguir el color de los discursos y de las medidas políticas y económicas que se adoptan.

 

Para definir a la izquierda y a la derecha precisamos del concepto de propiedad privada. Se puede decir que un individuo posee la propiedad privada de, digamos, una bicicleta si tiene el derecho de intercambiarla, darla como garantía, regalarla o destruirla, si así lo desea, sin que un tercero lo impida, lo regule o lo controle. Estas cuatro acciones definen con precisión el concepto de propiedad privada: basta que uno de los requisitos no se cumpla para que el concepto se mueva en el terreno de lo nebuloso. Armados de esta definición, podemos pasar a la que nos interesa.

 

Podemos definir la izquierda como la corriente filosófica, política y económica que cree, aboga y lucha por construir un mundo sin propiedad privada. La derecha, por el contrario, cree que es mejor asentar el mundo sobre la propiedad privada. Con estas definiciones se puede entender muy bien el antagonismo entre izquierda y derecha, pues pugnan por principios diametralmente opuestos: una insiste en el respeto por la propiedad privada, la otra quiere destruirla.

 

La izquierda cuenta con multitud de grandes pensadores. El más representativo es Karl Marx, quien claramente propone, en el Manifiesto comunista, la abolición de la propiedad privada para conformar, sin ella, una nueva sociedad. Otros pensadores de izquierda son Friedrich Engels (a pesar de que era empresario), Vladimir Illich Lenin, Stalin, Pierre-Joseph Prouhdon, Mao Zedong, Charles Bethelheim, Rosa Luxemburgo, León Trotski, Oscar Lange, Eduardo Galeano, Norberto Bobbio. Nótese que estos autores nunca defendieron la propiedad privada; al contrario, la consideraban un mal de la sociedad, un engendro del diablo que había que erradicar.

 

Los más representativos teóricos de la derecha son Richard Cantillon, Frédéric Bastiat, Juan Bautista Alberdi, Carl Menger, Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek, Milton Friedman, Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto. Es posible que estos mismos autores nunca se hayan calificado como "pensadores de derecha", pero todos ellos defienden la propiedad privada como pilar de una sociedad civilizada.

 

Viejos estadistas de izquierda fueron Lázaro Cárdenas, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Fidel Castro y Pol Pot. De entre los estadistas de derecha podemos recordar a Thomas Jefferson, a Juan Bautista Alberdi, a Porfirio Díaz, a Margaret Thatcher, a Ronald Reagan, a Václav Klaus, a Deng Xiaoping.

 

También podemos distinguir a los actuales Gobiernos de derecha, como los de Irlanda, Estonia, Nueva Zelanda, Hong Kong y China, que están tratando de reconstruir la sociedad sobre la base del respeto a la propiedad privada (desregulan, privatizan, reducen impuestos, etc.), de los de izquierda, por ejemplo los de Corea del Norte, Cuba, Bolivia, Venezuela y Zimbabue, que destruyen la propiedad privada: suben los impuestos, imponen reglamentos, acometen nacionalizaciones y tratan de pasar todo a manos del Estado.

 

Por cierto, el mundo está gobernado por la izquierda en más del 80%. También hay que reconocer que hay Gobiernos que caminan a oscuras y se llaman de centro, para mostrar su indefinición.

 

En resumen, para saber si una política, propuesta o anhelo es de derecha o de izquierda basta saber qué posición adopta ante el concepto de propiedad privada. Y si alguien quiere saber si es de derecha o de izquierda, basta con que se pregunte: ¿respeto la propiedad del prójimo, o trato de robar, traspasar o destruir la propiedad de otros?

 

© AIPE

 

Por SANTOS MERCADO REYES, profesor de Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana (México).

Libertad Digital, suplemento Ideas, 31 de enero de 2007

Miseria del multiculturalismo (mirando a Córdoba y su catedral)

Miseria del multiculturalismo (mirando a Córdoba y su catedral)


Los musulmanes quieren usar la mezquita-catedral. El asunto ha levantado de nuevo un debate muy espinoso. Conviene plantear las cuestiones de principio.

 

Hay que comprar el último número de El Manifiesto: "Inmigración, ¿cuántos más cabemos?", porque plantea unas cuantas cuestiones absolutamente cruciales sobre la inmigración, la identidad, el racismo y la integración. Una de esas cuestiones es la del multiculturalismo, que empieza a ser actualidad diaria: ¿pueden coexistir a la vez, en un solo espacio, varias culturas distintas, incluso contradictorias? El que viene de fuera, ¿puede seguir siendo distinto y, al mismo tiempo, beneficiarse de los derechos que el sistema concede a todos los demás? O como en lo de Córdoba, ¿podemos renunciar a parte de nosotros mismos para entregárselo a otro que lo codicia? Lo de la mezquita-catedral de Córdoba puede servir como punto de partida para una reflexión en profundidad. Lo que hay al fondo es mucho más que una cuestión de uso de un espacio religioso; es un conflicto entre una cultura arraigada y otra que viene de fuera.

 

En este tipo de asuntos no hay error más grave que hablar con medias palabras. El multiculturalismo tiene un límite claro: la incorporación de las minorías a la vida pública, la capacidad de decisión en las cosas de la comunidad. En plata: usted o yo no tendríamos demasiado problema en que los musulmanes que viven a nuestro lado lo hagan conforme a sus propias leyes, siempre y cuando éstas no pretendan convertirse en hegemónicas ni supongan una merma de nuestra forma autóctona de vida, de nuestros principios, de nuestra identidad. Es decir, siempre y cuando ellos no puedan decidir sobre nuestro sistema ni cambiar nuestras costumbres.

 

Una sociedad puede soportar perfectamente que en su seno se instalen minorías organizadas de forma autónoma: por ejemplo, musulmanes con sus propias escuelas, iglesias y asambleas. No habrá problema mientras esas minorías, auto-organizadas, establezcan en su interior un orden que coopere con el orden general de la comunidad. Puede sonar muy difícil, pero los que hemos vivido en barrios periféricos de las grandes ciudades, cuando los salvajes aluviones demográficos de los años sesenta y setenta, sabemos perfectamente qué fácil era convivir con los gitanos si sus propios clanes se encargaban de mantener el orden, generalmente de acuerdo con la policía (y al revés, el infierno que era aquello cuando no se encontraba a nadie capaz de disciplinarlos desde dentro). Ello, por supuesto, bajo la condición de que el orden interno de esa minoría no pretenda determinar el orden general. El mundo medieval también funcionaba así. La famosa "España de las tres culturas", que tanta fantasía morisca ha suscitado, sólo existió de verdad cuando una de esas culturas, la cristiana, toleró a las otras dos, islámica y judía, pero sin considerarlas nunca en un plano de igualdad.

 

Ahora bien, si a esas minorías organizadas de forma autónoma, conforme a sus propios principios, se les concede una capacidad de influencia social equivalente a la de los ciudadanos autóctonos, que por su parte obedecen a sus propios principios y leyes, entonces el conflicto es inevitable. La equivalencia de dos o más leyes distintas dentro de una misma comunidad lleva a la rivalidad y, finalmente, a la guerra. Y eso es lo que podría pasar hoy. Como estamos en una civilización que ha elevado a sagrado el principio de la universalidad y la igualdad de los hombres, con independencia de su comunidad de origen, la mera hipótesis de una jerarquía entre sistemas de orden, entre principios, se hace intolerable. Por eso las políticas multiculturalistas modernas tienden a poner a todas las culturas en un plano de igualdad política y social. Y por eso todas esas políticas han ido fracasando, una detrás de otra, a medida que las minorías empezaban a gozar de un peso que la mayoría no podía soportar.

 

¿Cabría imaginar hoy una sociedad multicultural que discrimine políticamente a las minorías negándoles el ejercicio de los derechos básicos de ciudadanía, como el del voto tras un periodo mínimo de residencia? En una democracia actual, no. Por consiguiente, o imaginamos una democracia a la griega, es decir, con un concepto restrictivo del demos, o descartamos definitivamente cualquier tentación multicultural.

 

Y si excluimos el multiculturalismo, ¿qué nos queda? Para que la sociedad funcione con cierta normalidad, sólo nos queda el imperativo de la integración de las minorías en el marco de principios y leyes que ha fijado la mayoría. En los países europeos no es demasiado gravoso: disponemos de una política de libertad de cultos que permite la práctica de cualesquiera religiones, siempre que no ordenen cosas contrarias a la ley común. Pero eso implica la necesidad de que nosotros sepamos dónde hay que integrar a la gente, cuál es el marco de principios que define nuestra identidad. No se trata sólo de un ordenamiento legal, sino también de una identidad cultural, de una tradición, lo cual incluye unas manifestaciones religiosas específicamente nuestras. Identidad y tradición que nuestro sistema, en nombre de la autonomía individual, ha renunciado a convertir en ley obligatoria, pero cuya vigencia sería suicida ignorar –y cuya pujanza no será inconveniente estimular, porque nos ayuda a saber quiénes somos.

 

No todos estarán de acuerdo, como es natural (eso también forma parte de nuestra manera de ser). Pero la definición y la afirmación de nuestra identidad colectiva, como españoles y como europeos, se ha convertido hoy en un instrumento de primera importancia para guiar racionalmente la integración de quienes vienen de fuera. Hemos de definir y proteger nuestro propio espacio. Y podremos llamar al otro para que se integre en él, pero sin que deje de ser nuestro. De lo contrario, no veremos integración alguna, sino, propiamente hablando, una desintegración. Es lo que estamos viviendo ya.

 

José Javier Esparza 

El Semanal Digital, 26 de enero de 2007