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Políticamente... conservador

La tentación napartarra.

La tentación napartarra.


Aquí, en Navarra, el término napartarra suele emplearse por algunas personas en autocomplaciente ejercicio de refinamiento político o, por el contrario, con ánimo descalificador de actitudes un tanto confusas.

 

Un poco de historia.

 

Pero, con rigor, ¿qué significa hoy ser napartarra? Tan esotérico término, especialmente para los lectores no navarros, ¿responde a un etéreo estado mental o, acaso, a una elaborada concepción política?

 

Antes de reflexionar, brevemente, en torno a esta cuestión, que puede explicar algunas actitudes manifestadas ocasionalmente en la política navarra, haremos una rapidísima incursión histórica.

 

El término Napartarra fue elegido por el Partido Nacionalista Vasco como cabecera de su primer semanario lanzado en Navarra, allá en 1911, hasta que en 1919 fue sustituido por La Voz de Navarra.

 

El término, que podría significar, aproximadamente, navarrismo de vocación vasquista, estuvo presente en diversas discusiones internas del nacionalismo vasco en las décadas siguientes; de modo que así calificaría a la vía navarra al nacionalismo vasco.

 

Bastantes años después, el día 17 de marzo de 1983, se presentó en público Napartarra-Partido Nacionalista Navarro, fundado por José Estornés Lasa, un histórico nacionalista vasco de origen roncalés, y José Luis García Falces. Salvo con algún escrito recogido en la prensa, este amago partidario no prosperó.

 

Y, ya en abril de 2007, nos sorprendió la noticia de que un Alberdi Napartarra había sido registrado por miembros de Aralar -la escisión abertzale fundada por Patxi Zabaleta- tanto en Navarra como en la Comunidad Autónoma Vasca. Según informaron a la prensa, les habría cedido la marca su último militante vivo, casualmente, un octogenario afiliado a la formación abertzale.

 

Napartarra = nacionalismo vasco.

 

También hemos encontrado este concepto en foros nacionalistas vascos en Internet. Así, por ejemplo, algunos que propugnaban como auténtica bandera vasca el navarro Arano Beltza (silueta en negro de un águila sobre fondo amarillo), más que la propia ikurriña, entendían que su actitud pudiera interpretarse como napartarra, que otros la definían, por otra parte, como “Imperial navarra”. En definitiva: la vía navarra a la nación vasca. Así, si el único Estado vasco de la historia fue el Reino de Navarra (salvo la Vizcaya de Aguirre durante la guerra civil), habría que partir de la realidad e historia navarras para reconstruir el Estado que agrupe definitivamente a todos los vascos. ¿A que no suena nada mal? Vamos, que si muchos navarros tienen miedo a los vascos, hagamos que los vascos se hagan navarros; así, todos contentos. Una chistosa propuesta que únicamente puede convencer a sus sagaces impulsores.

 

Pero, al comienzo de este artículo, afirmábamos que existe un cierto sentimiento napartarra que, para unos, es seña de identidad y, para otros, prueba de intereses poco claros.

 

De entrada, no sería temerario afirmar que el sentimiento napartarra, pues no existe un mínimo y unánime sistema teórico desarrollado al respecto, es transversal: lo encontramos en la derecha y en la izquierda, entre nacionalistas vascos y entre los propios navarristas…

 

Para los nacionalistas vascos, según veíamos, el término constituye una “rareza”, un divertimento… si bien en su momento fue uno de tantos ingredientes que cuajaron el imaginario nacionalista, hasta el punto de que un barco de la marina de guerra auxiliar vasca del 36, un pesquero reconvertido en dragaminas, se le rebautizó para tales fines, Napartarra.

 

¿Navarristas y/o napartarras?

 

Entre los navarristas también se emplea el término. Y no olvidemos que en su día, se escucharon voces muy cualificadas que pretendían reconvertir a Unión del Pueblo Navarro en un partido nacionalista, no en vano, para algunos, “Navarra es una nación”. Faltaría más.

 

Así, el virus de los nacionalismos, extendido desde Galicia, Euskadi y Cataluña como propuesta liberadora del opresor nacionalismo castellano/españolista, habría infectado a algunos más. Y no sólo a unos pocos asturianos, cántabros, leoneses, andaluces, ¡también a navarros!; aunque para ello deban rastrear minúsculas raíces o artificios irrelevantes del pasado, o sencillamente inventar éste aceptando en buena medida la vulgata pseudo-histórica de los napartarras... vasquistas.

 

No obstante, consideramos que tal concepción sería tan legítima como cualquier otra. Y existen cauces públicos muy diversos para su difusión. Otro asunto muy distinto es tratar de modificar la naturaleza y las esencias de un partido, o de amplísimas capas de la población navarra, que siempre han concebido navarrismo como sinónimo de pertenencia española; lo que sería, sin más, una estafa.

 

El navarrismo no puede deslindarse de la identidad y pertenencia españolas. La historia de Navarra es inseparable e incomprensible sin la del resto de España; salvo para ideólogos que no asumen la realidad, sino que la interpretan desde peculiares filtros sectarios. De hecho, para el núcleo sociológico que dio vida a UPN y sigue nutriéndola, Navarra siempre ha sido -y es- una parte cualificada de España por sí misma, y no porque unos navarros lo afirmen y sólo una minoría lo niegue: Navarra no es “lo que los navarros digan”, aunque es bueno que la realidad histórica coincida con el machacón soniquete de cuño napartarra. Y, hoy día, España es, más que nunca, sinónimo de pluralidad y universalismo alejado de cualquier nacionalismo reduccionista. Si el navarrismo dejara de mirar al resto de España, seccionando troncos y ramas de sus raíces, ya no sería navarrismo. Sería otra cosa: ¿habría devenido en una criatura napartarra? Y no olvidemos que la vía napartarra tiene un único sentido y destino: el “sol” vasquista.

 

Pero, volviendo a la cuestión, un sentimiento napartarra, más o menos difuso, ¿puede manifestarse entre los navarristas? Pues sí. Por ejemplo, cuando algunos pretenden deslindar la situación navarra de la española; llevando hasta sus últimas consecuencias –o a otras más próximas- esa jota que tanto marcó a los navarros y al navarrismo: “Si se hunde el mundo, que se hunda. Navarra siempre p’alante”. Sustituyamos “el mundo” por “España”, ya sea por complejo, mera táctica, comodidad, miedo escénico… y ya tenemos un perfecto napartarra. De buena fe, en principio, pero difícilmente de felices consecuencias.

 

Los napartarras vasquistas saben perfectamente de lo que hablan. Además,  aún tratándose de matices, persiguen lo mismo que los demás nacionalistas vascos: un Estado vasco independiente que incorpore a Navarra, en todo caso.

 

Pero, dentro del navarrismo, salvo que alguien desarrolle una concepción política novedosa que haga “caer del caballo” a los demás navarristas, manifestarse napartarra, o actuar como tal, sólo añade confusión en el mejor de los casos y, seguramente, familiaridad con un peligroso caballo de Troya en el peor. No en vano, ¿qué sentido tiene declararse napartarra? ¿Se trata de una tercera vía política entre el navarrismo histórico y el nacionalismo vasco? ¿Sería secesionista navarro? ¿Perseguiría la confederación con Euskadi?

 

Hemos valorado, en ocasiones, que el navarrismo no siempre muestra el entusiasmo contagioso que toda empresa política requiere; y más cuando los rivales son militantes entregados, 24 horas al día y en todas partes, a una alternativa antagónica. Y para tomar la iniciativa desde el navarrismo, también en la actual coyuntura política, es imprescindible una premisa básica: ideales claros enarbolados sin complejos.

 

¿Napartarra? No, gracias.

 

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 24 de septiembre de 2007

WORLD WAR IV. THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. El guerrero feliz

WORLD WAR IV. THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. El guerrero feliz



Norman Podhoretz, padre –con Irving Kristol– del neoconservadurismo, acaba de cumplir 77 años, pero ni su compromiso en la batalla por las buenas ideas ha perdido vigor, ni sus obras han dejado de ser elocuentes, estar escritas con elegancia y albergar ideas llamativas.

Aunque hace tiempo que dejó la dirección de Commentary, sus ganas de influir en el debate político, cultural y estratégico le han llevado a ser el asesor internacional de Giuliani, que aspira a hacerse con la candidatura republicana para las presidenciales de 2008. Podhoretz ha defendido siempre la claridad moral, y con ésta su más reciente obra lo deja, otra vez, bien claro.

¿Quién pone nombre a las guerras? A decir verdad, no es una cuestión fácil de responder. Tradicionalmente han sido los historiadores, mucho después de que las armas hayan callado. Sólo unas cuantas personas, y sólo hacia el final de las hostilidades, empezaron a denominar al conflicto desencadenado en 1914 "Primera Guerra Mundial", frente al más común "Gran Guerra". Por lo que hace a la Segunda Guerra Mundial, tal denominación se adoptó casi de inmediato: la revista Time ya la empleaba para finales del año 39. En cuanto a la expresión "Guerra Fría", cabe señalar que, aunque la inspiró Churchill, quien la popularizó fue el periodista americano Walter Lippmann. Norman Podhoretz cree que la Guerra Fría puede ser considerada como la tercera de las globales, de ahí que defienda que la que estamos viviendo hoy día sea denominada "Cuarta Guerra Mundial". De ahí el título del libro que nos ocupa.

Todo esto puede parecer una cuestión nominalista, pero no es baladí, y tiene sus consecuencias políticas. En Estados Unidos está relativamente generalizada la sensación de que estamos en guerra; en Europa la situación es bien distinta: he aquí la explicación de la creciente brecha abierta entre ambas orillas del Atlántico desde el 11 de septiembre de 2001. Podhoretz es de los que piensan que, sin duda alguna, estamos en guerra: así lo han querido nuestros enemigos, a los que, por cierto, sólo se les podrá vencer con una mentalidad bélica.

Podhoretz concede un gran crédito a George W. Bush, a quien alaba, a pesar de los errores que haya cometido, no sólo por su coraje personal, sino por su sagacidad a la hora de elaborar la doctrina que guía la estrategia americana hoy en día. A Bush hay que reconocerle que ha cogido el toro por los cuernos. ¿Se imaginan lo que habría pasado si hubiera reaccionado al 11-S como reaccionó Bill Clinton ante el terrorismo durante sus ocho años de estancia en la Casa Blanca? Ese Bush clintoniano hubiera recurrido a la Interpol para buscar y capturar policialmente a Ben Laden y a los responsables de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono; y, de capturarlos, los habría llevado ante un tribunal para que fueran condenados y enviados a la cárcel.

Contra esta visión policial del terrorismo islamista es contra lo que lucha Norman Podhoretz en World War IV. Al Qaeda no es una criatura engendrada por un loco, sino una organización que responde a un movimiento ideológico mucho más amplio, denominado por unos (por ejemplo, Daniel Pipes) islam militante y por otros islam radical. Podhoretz, en cambio, prefiere el término islamofascismo, puesto en boga simultáneamente por Frank Gaffney (director del Centro para la Política de Seguridad) y James Woolsey (director de la CIA con Clinton y ahora impulsor del Comité para el Peligro Inminente). Podhoretz sabe que Al Qaeda no inventó la yihad, sino que más bien ocurrió lo contrario. Por eso, y aunque el acoso a los terroristas de la banda de Ben Laden esté dando sus frutos, plantea que ha de librarse una larga guerra contra las raíces del islamismo radical, contra la ideología que lo inspira; o sea, contra el islamofascismo.

El libro de Podhoretz está excepcionalmente bien construido en sus tesis y argumentaciones, pero su punto más débil es precisamente éste, el del islamofascismo, pues se trata de un concepto que sólo puede justificarse, desde mi punto de vista, como un ejercicio de mera propaganda. Aunque hay elementos comunes, creo que hay más puntos de divergencia entre las teorías de Hitler y Mussolini y el wahabismo de lo que dicho término tiende a sugerir. Sea como fuere, no cabe duda de que hace referencia a un movimiento totalitario.

Podhoretz realiza una auténtica proeza intelectual en esta obra que no llega a las 250 páginas. No sólo deja muy claro por qué estamos en guerra, sino que ilumina su recorrido. El 11-S no sería el comienzo, sino tan solo un punto, tal vez cimero, de un camino más amplio y que arranca en los años 80, cuando el islamismo golpeó sistemáticamente a América y al resto del mundo occidental sin encontrar respuesta contundente alguna; más bien se encontró con todo lo contrario, con apaciguamientos y huidas (como en el Líbano en el 83).

Juntando todos esos puntos históricos es como la estrategia de Ben Laden cobra todo su sentido. Si se atrevió a atacar directamente suelo americano fue por dos poderosas razones: en primer lugar, porque –tal y como declaró a la CNN en 1997– la idea de superpotencia se hizo añicos con la derrota de la URSS en Afganistán: con la ayuda de Alá, sus mujaidines podían alcanzar cualquier meta, como, por ejemplo, la instauración de un nuevo Califato; en segundo lugar, porque veía en Estados Unidos un tigre de papel, un país liderado por personalidades profundamente cobardes. ¿Cómo, si no, explicar la falta de reacción ante la plétora de atentados contra ciudadanos e intereses norteamericanos? En 2001, Ben Laden creía que podía doblegar a América. Por eso atacó. La frase de Donald Rumsfeld de que "la debilidad y no la fortaleza es lo que incita la agresión" no puede ser más cierta cuando se habla de los yihadistas.

Podhoretz nos se contenta con explicar el pasado y arrojar luz sobre la confusión moral que caracteriza a los debates políticos de hoy en día. También se plantea dilucidar la forma de prevalecer y de ganar esta cuarta guerra mundial, que pasa por aplicar la Doctrina Bush hasta sus últimas consecuencias. Es digna de leerse su argumentación a favor de la intervención en Irak como frente o parte de la guerra global contra el terror. Posiblemente nadie lo haya dicho mejor en todo este tiempo. Desde luego, no la Administración americana. Incluso los más recalcitrantes detractores de esa acción militar comprenderán ahora que el progreso en la batalla contra el yihadismo/islamofascismo no hubiera sido posible con un Sadam Husein plácidamente instalado en su palacio de Bagdad, con o sin armas nucleares.

Nuestro autor es un firme partidario de la transformación del Medio Oriente y de la expansión de la democracia en esa zona. Al ser la teocracia y la falta de libertad, y no la pobreza o nuestras políticas exteriores, los caldos de cultivo de los terroristas, se trata de su libertad o nuestra destrucción, por emplear la frase de Bernard Lewis. Ahora bien, Podhoretz no es ningún ingenuo, y desmonta con celeridad y precisión las múltiples críticas vertidas contra los neoconservadores por querer promover la democracia a golpe de bayoneta. Sabe muy bien que una democracia no se hace sólo con elecciones libres, sino que su funcionamiento exige todo un entramado institucional y el desarrollo de una cultura cívica, lo cual exige a su vez unas condiciones de seguridad que sólo el ejército puede garantizar bajo determinadas circunstancias. Pero él ve muy bien que precisamente por eso, porque en Irak se están plantando las semillas para que germine todo ello, los enemigos de la libertad han fijado su atención en tal país. No pueden consentir que la democracia eche raíces allí. Sería su final.

Es posible que las ideas de Podhoretz no resulten una gran novedad para quien le siga con asiduidad. Basta echar un vitazo al archivo de Commentary desde 2001 para ver su evolución en este tema, desde su artículo de febrero de 2002 "How to Win World War IV" hasta el más reciente de "The War Against World War IV", pasando por su célebre "World War IV: How It Started, What It Means, and Why We Have to Win", de 2004. Pero este libro tiene una gran virtud: no es un compendio de artículos deslavazados, sino un texto nuevo, más elaborado y profundo. Y, sobre todo, pertinente.

Ahora que los alemanes comienzan a darse cuenta de la amenaza del yihadismo sobre Europa, ahora que los franceses se ponen más serios con el programa nuclear iraní, dar sentido a acontecimientos que muchos querían ver como inconexos es una gran labor pedagógica. Y la prosa incisiva de Norman Podhorez lo vuelve un verdadero placer para el lector.


NORMAN PODHORETZ: WORLD WAR IV: THE LONG STRUGGLE AGAINST ISLAMOFASCISM. Doubleday (Nueva York), 2007, 240 páginas.

Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital, suplementos Libros, 21 de septiembre de 2007

Cerebros de izquierdas y de derechas. La ciencia muestra la actividad neuronal de liberales y conservadores

Cerebros de izquierdas y de derechas. La ciencia muestra la actividad neuronal de liberales y conservadores


Un estudio de la Universidad de Nueva York presentado esta semana en la revista científica Nature Neuroscience ha demostrado que el cerebro de las personas de izquierdas funciona de manera distinta del de las que son de derechas. La idea ya ha sido repetida en varias ocasiones, incluso el director de cine Woody Allen apuntó en su musical Todos dicen I Love you que la razón por la que uno puede volverse republicano después de haber vivido toda la vida entre demócratas podía estar en un pequeño tumor que le impide a uno razonar adecuadamente.

 

Los liberales muestran mayor actividad neuronal ante situaciones conflictivas

 

Pero los científicos del estudio han ido más allá. Han llegado a la conclusión de que las diferencias se dan a la hora de improvisar en situaciones inesperadas y no siempre ante cuestiones políticas. El estudio asegura que aquellos que se definen como liberales muestran mayor actividad neuronal en el córtex cingulado anterior, una zona del cerebro que se activa siempre en situaciones en las que se impone solucionar un conflicto. Este tipo de personas, según los científicos, son expertas en inhibir sus reacciones.

 

Los conservadores, con un perfil más estructurado y permanente, suelen mostrarse menos flexibles en las situaciones en las que se requiere cambiar un hábito, incluso si han recibido instrucciones de hacerlo.

 

El estudio basa todo su hallazgo en el descubrimiento de un mecanismo del cerebro humano que denominan "control de conflictos". Aún así, aseguran que ninguna de las dos formas de pensar que ambos tipos de personas desarrollan en esas situaciones es mejor que la otra.

 

Frank J. Sulloway, uno de los investigadores del Instituto de Personalidad e Investigación Social de Berkeley que no ha valorado las conclusiones de sus colegas y ha señalado que han servido para proporcionar "una elegante demostración de que las diferencias individuales entre conservadores y liberales están fuertemente relacionadas con la actividad del cerebro".

 

Sulloway explicó que el estudio servía además para explicar por qué mientras el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, no se bajaba del burro en la guerra de Irak, su contrincante, el senador John F. Kerry (demócrata) cambiaba de opinión a menudo.

 

La investigación ha sido realizada mediante una serie de pruebas a varios estudiantes que se sometían a un electroencefalograma mientras respondían a las señales de un ordenador. A los estudiantes se les acostumbraba a responder siempre lo mismo ante una determinada señal pero luego eran sorprendidos con otras que los obligaban a inhibir o modificar su comportamiento. El encefalograma medía las reacciones neuronales de los cobayas en el momento en que entraban en conflicto con el hábito que habían adquirido.

 

De todas formas, el director del estudio, David Amodio, matizó en Los Angeles Times: "El voto no está determinado sólo por la actividad neuronal. Influyen mucho los factores educacionales, culturales y ambientales".

 

EL PAÍS - Madrid - 17/09/2007

Salir del pesimismo

Salir del pesimismo


A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: "de lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa". Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha. Podemos estar seguros de que algo de este planteamiento sostiene la confrontación política cuando el discurso encaminado a mostrar que los otros son peores ocupa todo el escenario. Pero revela muy propia confianza en el propio proyecto, ideas y convicciones.

 

Así funciona, con escasas excepciones, el actual antagonismo entre la izquierda y la derecha. Por eso los análisis que en estas mismas páginas han hecho Sami Naïr de la política de Sarkozy o José María Ridao acerca del entorno ideológico de Bush son magníficas descripciones de lo equivocada que está la nueva derecha, pero dicen muy poco acerca de lo débil que es la izquierda. ¿Y si invirtiéramos la máxima de aquel personaje de Goethe y pensáramos qué culpa tiene la izquierda en el triunfo de la derecha? Este tipo de análisis suelen ser más provechosos porque no se enturbian con el prejuicio de pensar que si nuestros competidores son muy malos, entonces nosotros tenemos necesariamente razón. Creo que buena parte de lo que le pasa a la izquierda en muchos países del mundo es que se limita a ser la anti-derecha, algo que no tiene nada que ver, aunque lo parezca, con una verdadera alternativa. Se ha dicho que la izquierda tiene dificultades en movilizar a su electorado y hay quien piensa que esa operación vendría a ser, no tanto despertar la esperanza colectiva como inquietar al electorado para ganarse la preferencia que resignadamente nos hace decidirnos por lo menos malo.

 

Por decirlo sintéticamente: hoy la derecha es optimista y la izquierda pesimista. Tal vez el antagonismo político se articule actualmente más como disposición emocional que como proposición ideológica. Lo que ocurre es que las emociones y las ideas se relacionan más estrechamente de lo que solemos suponer. Si examinamos las cosas de este modo, percibiremos el desplazamiento ideológico que está teniendo lugar. Tradicionalmente la diferencia entre progresivo y conservador se correspondía con el pesimismo y el optimismo, en el orden antropológico y social. Mientras que el progresismo se inscribía en un desarrollo histórico hacia lo mejor, el conservadurismo, por decirlo con expresión de Ernst Bloch, ha estado siempre dispuesto a aceptar una cierta cantidad de injusticia o sufrimiento como un destino inevitable. Pero esto ya no es así, en buena medida. El estado de ánimo general de la derecha, que tiene su mejor exponente en Sarkozy, es todo lo contrario de la resignación: decidida y activa, sin complejos, confiada en el futuro y con una firme resolución de no dejar a nadie el mando de la vanguardia. Esta disposición es lo que está poniendo en dificultades a una izquierda que, aun teniendo buenas razones para oponerse, no las tiene a la hora de proponer algo mejor. Si recoge las causas de los excluidos o se convierte en abogada del pluralismo, no lo hace para construir a partir de todo ello una concepción alternativa del poder, y eso se nota en la mala conciencia de quien sabe que no está haciendo otra cosa que reclutar aliados.

 

La izquierda es, fundamentalmente, melancólica y reparadora. Ve el mundo actual como una máquina que hubiera que frenar y no como una fuente de oportunidades e instrumentos susceptibles de ser puestos al servicio de sus propios valores, los de la justicia y la igualdad. El socialismo se entiende hoy como reparación de las desigualdades de la sociedad liberal. Pretende conservar lo que amenaza ser destruido, pero no remite a ninguna construcción alternativa. La mentalidad reparadora se configura a costa del pensamiento innovador y anticipador. De este modo no se ofrece al ciudadano una interpretación coherente del mundo que nos espera, que es visto sólo como algo amenazante. Esta actitud recelosa frente al porvenir procede básicamente de percibir al mercado y la globalización como los agentes principales del desorden económico y las desigualdades sociales, dejando de advertir las posibilidades que encierran y que pueden ser aprovechadas. Movilizar los buenos sentimientos e invocar continuamente la ética no basta; hace falta entender el cambio social y saber de qué modo pueden conquistarse en las nuevas circunstancias los valores que a uno le identifican.

 

La primera dificultad de la izquierda para configurarse como alternativa esperanzadora procede de esa especia de heroísmo frente al mercado (Zaki Laïdi) que le impide entender su verdadera naturaleza y le hace pensar que el mercado no es más que un promotor de la desigualdad, una realidad antisocial. Para una buena parte de la izquierda razonar económicamente es conspirar socialmente. Piensa que lo social no puede ser preservado más que contra lo económico. La denuncia ritual de la mercantilización del mundo y del neoliberalismo procede de una tradición intelectual que opone lo social a lo económico, que tiende a privilegiar los determinismos y las construcciones frente a las oportunidades ofrecidas por el cambio social. Desde este punto de partida es difícil comprender que la competencia es un auténtico valor de izquierda frente a las lógicas de monopolio, público o privado, sobre todo cuando el monopolio público ha dejado de garantizar la provisión de un bien público en condiciones económicamente eficaces y socialmente ventajosas.

 

Y es que también hay monopolios públicos que falsifican las reglas del juego. A estas alturas sabemos bien que existen desigualdades producidas por el mercado, pero también por el Estado, frente a las que algunos se muestran extraordinariamente indulgentes. En ocasiones, garantizar a toda costa el empleo es un valor que debe ser contrapesado con los costes que esta protección representa respecto de aquellos a los que esa protección impide entrar en el mercado de trabajo, creando así una nueva desigualdad. Enmascarada tras la defensa de las conquistas sociales, la crítica social puede ser conservadora y desigualitaria, lo que explica que la izquierda está actualmente muy identificada con la conservación de un estatus.

 

Esta actitud conservadora podría redefinirse en términos de innovación política modificando los procedimientos en orden a conseguir los mismos objetivos: se trata de poner al mercado al servicio del bien público y la lucha contra las desigualdades. La nostalgia paraliza y no sirve para entender los nuevos términos en los que se plantea un viejo combate. No es que una era de solidaridad haya sido sustituida por una explosión de individualismo, sino que la solidaridad ha de articularse sobre una base más contractual, sustituyendo aquella respuesta mecánica a los problemas sociales consistente en intensificar las intervenciones del Estado por formulaciones más flexibles de colaboración entre Estado y mercado, con formas de gobierno indirecto o promoviendo una cultura de evaluación de las políticas públicas.

 

Y la otra causa de que la izquierda se presente actualmente un aspecto pesimista es su concepción únicamente negativa de la globalización, que le impide entender sus aspectos positivos en orden a la redistribución de la riqueza, la aparición de nuevos actores o el cambio de reglas de juego en las relaciones de poder. Al insistir en las desregulaciones vinculadas a la globalización, la izquierda corre el riesgo de aparecer como una fuerza que protege a unos privilegiados y rechaza el desarrollo de los otros. Es cierto que la dinámica general del mundo nunca había sido tan poderosa, pero también tan prometedora para muchos.

 

Por eso la izquierda del siglo XXI debe poner cuidado en distinguirse del altermundialismo, lo que no significa que no haya problemas graves a los que hay que buscar una solución, sin ceder a la letanía de deplorar la pérdida de influencia sobre el curso general del mundo. En lugar de proclamar que "otro mundo es posible" más le vale imaginar otras maneras de concebir y actuar sobre este mundo. La idea de que no se puede hacer nada frente a la globalización es una disculpa de la pereza política. Lo que no se puede es actuar como antes. La izquierda no se librará de ese pesimismo que la atenaza mientras no se esfuerce en aprovechar las posibilidades que genera la mundialización y orientar el cambio social en un sentido más justo e igualitario.

 

Un proyecto político tiene que encarnar una esperanza, razonable e inteligente, o no pasará de ser más que la inercia necesaria para seguir tirando.

 

DANIEL INNERARITY 

Diario de Noticias de Navarra, 18 de septiembre de 2007

 

La marea del utopismo

La marea del utopismo


El mapa político español está siendo azotado por las olas del utopismo. Las posiciones iluminadas, basadas en proyectos irrealizables, que desprecian los datos de la realidad, inundan poco a poco todas las parcelas de la vida política y ya empiezan a escasear personas y propuestas que, partiendo de las condiciones reales, busquen con honestidad mejoras que redunden en el bien común.

En el prólogo a la edición italiana del libro Los mitos de la nueva izquierda, de Rodolfo Casadei, el editorialista del periódico Il Giornale Paolo Del Debbio traza una distinción entre dos formas opuestas de entender el ejercicio de la política. Por una parte, el realismo, que parte siempre del mundo existente y trata de cambiarlo para introducir mejoras, y por otra parte el utopismo, que desprecia el mundo real y trata de sustituirlo por un proyecto abstracto.

“Realismo, pues, contra utopismo”, defiende Del Debbio, “de cualquier clase que sea, de cualquier color que sea, de cualquier parte –ideológica o geográfica- que provenga. Un realismo que se preocupa de comprender la realidad sin violentarla. Un realismo que, a partir de aquí, señala el camino para que la realidad y la historia del hombre sean realmente del hombre y no, utópicamente, de una realidad que no existe y que, al final, puede dar lugar sólo a perspectivas irrealizables y, por tanto, violentas: aceptadas por fuerza y no mediante la razón que no las reconoce”.

En la actualidad, esta dicotomía realismo-utopismo explica mucho mejor el panorama político español que las clásicas coordenadas izquierda-derecha , centralismo nacionalismo. De este modo, podemos ver cómo partidos de distinto signo político, en los que históricamente han dominado las posiciones realistas, ven prosperar tendencias utopistas en su seno, que acaban por imponerse y dominarlos, como ha sido el caso del PSOE y de CiU.

Crece el utopismo, se extiende en los partidos políticos, entre las instituciones, por aquí y por allá vemos ejemplos cada semana. La toma de poder de los sectores filonacionalistas en el PSE y el PSN; la transformación gradual de personajes como Maragall, Artur Mas o incluso Jordi Pujol o Montilla, que se abandonan sin reparos al soberanismo catalán; el ascenso de figuras claramente utopistas como Ibarretxe o Carod Rovira; la renuncia de Josu Jon Imaz a presentarse a su reelección como candidato a la presidencia del PNV para ceder sitio a la facción más radical del partido; el aumento de la violencia radical en las calles de Cataluña son muestras de que el utopismo gana terreno y va empapando todo nuestro mapa político.

Esta marea alcanza elevados órganos de poder del Estado, como el CGPJ, donde un vocal, Alfons López Tena, puede llegar a escribir en un libro proclamas que dan una buena medida del utopismo que triunfa en los ambientes nacionalistas, que en el fondo no es más que una reedición del viejo sueño marxista de la lucha por una “tierra prometida” donde los oprimidos se librarán para siempre de sus opresores.

El presidente Zapatero no ha podido ocultar en estos años su simpatía por las utopías y sus abanderados, sobre todo porque éstos se complementan con su propio proyecto de una España institucionalmente más débil y manejable que facilitaría la hegemonía socialista. Por eso ha enviado señales a los iluminados de que sus sueños se podían conseguir y eso ha engordado sus ansias.

Una Cataluña independiente, una Euskadi “libre”, una ética común para todos que evite los conflictos, la panacea de la investigación con embriones, etc. Utopía, sueño, ilusión... una idea abstracta, inventada e irracional que no admite los datos de la realidad ni los mecanismos de la naturaleza. Precisamente por eso siempre trata de combatir, censurar o violentar esas condiciones reales.

De esta forma, hoy más que nunca, en España es necesario apoyar a quienes ejercen una política realista “de cualquier clase que sea, de cualquier color que sea, de cualquier parte –ideológica o geográfica- que provenga”, que dé prioridad al bien común y a la libertad de los ciudadanos.

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 17 de septiembre de 2007

Gustavo de Arístegui encuentra una derecha más que viva

Gustavo de Arístegui encuentra una derecha más que viva


Estos días está teniendo lugar en Roma la fiesta nacional de Azione Giovani, que es la rama juvenil de Alianza Nacional, la derecha ahora en la oposición. Este partido, que preside el ex ministro de Asuntos Exteriores, Gianfranco Fini, es ahora mismo un laboratorio de ideas en ebullición ante la necesidad de reconstruir una derecha más fuerte y más desinhibida. Las juventudes del partido son todo menos un aparato burocrático de futuros políticos profesionales. A veces incómodas, y siempre exigentes, muchos partidos de centroderecha querrían una contribución tan activa de sus retoños, y casi ninguno la tiene. La última que han montado, con esta fiesta, afecta además directamente a España.

 

Por la fiesta, junto al Coliseo, están pasando hombres y mujeres que representan todas las sensibilidades y tendencias vivas del centroderecha europeo, desde Marcello De Angelis hasta Silvio Berlusconi e incluyendo desde deportes hasta conciertos. Este sábado, 15 de septiembre, el vicepresidente de AG Vittorio Pesato ha entregado en el curso de su fiesta el premio Atreju 2007 al sacerdote don Pierino Gelmini; poco después, a las cinco de la tarde, ha tenido lugar el acto político más significativo del día, con una mesa redonda moderada por el presidente de Azione Universitaria, Giovanni Donzelli, en la que han participado el ex ministro, ex vicepresidente de AN y miembro de la Ejecutiva de ese partido, Maurizio Gasparri, el responsable de relaciones internacionales de la UMP de Nicolas Sarkozy, Thierry Mariani, y el diputado del Partido Popular español Gustavo de Arístegui. Tres presencias significativas para un tema central: "Agredir la homologación: la derecha europea frente a la identidad y la inmigración" .

 

La cuestión no es un juego para ninguno de los tres partidos, ni desde luego para ninguno de los tres países. Los tres partidos tienen en su historia, naturaleza y principios una defensa cerrada de la identidad y libertad de las naciones, así como de la soberanía y autoridad de los respectivos Estados. Ahora bien, hacer eso en un contexto de migraciones masivas, dentro de la Unión Europea y en las condiciones del siglo XXI exige elaborar una respuesta inteligente, positiva y atrevida, que no sea en modo alguno una mera gesticulación xenófoba ni un gimoteo nostálgico, ni por supuesto el relativismo suicida de la izquierda. Sarkozy, que ya es presidente de su país, y Fini y Mariano Rajoy, que se acercan al Gobierno, necesitan esa reflexión, y es interesante que la hagan aproximándose, porque los tres partidos y los tres países se beneficiarán. Una excelente iniciativa por parte de Arístegui.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 16 de septiembre de 2007

El pensamiento conservador pasa a la ofensiva

El pensamiento conservador pasa a la ofensiva


En Estados Unidos republicanos y demócratas saben que para ganar elecciones hay que tener en cuenta ideas e intereses cuyo empuje político está cruzando el Atlántico.

 

Europa se ha frotado los ojos cuando un candidato (Nicolas Sarkozy) se ha presentado a unas elecciones sintetizando su programa en "acabar con mayo del 68"... y ha ganado por goleada. En Estados Unidos no les resulta tan extraño, porque la revolución reaganiana, de la que George Bush hijo (no así George Bush padre) es heredero, ya había acostumbrado a demóscopos y sociómetras a que para ganar elecciones hay que plagar el programa de guiños conservadores.

 

De hecho, se ha hablado mucho de la barrida demócrata del pasado noviembre, que permitió al partido de Hillary Clinton recuperar la mayoría en las dos cámaras del Congreso. Pero se ha mencionado menos que los candidatos que lograron escaño no fueron, en líneas generales, del ala radical del Partido Demócrata, sino aquellos que supieron robar algunas banderas conservadoras a sus rivales del Partido Republicano, donde -en Estados Unidos las distinciones no son tan claras como en Europa- también hay quien abraza banderas de las denominadas "progresistas".

 

Un análisis muy completo

 

¿Por qué la derecha crece en Estados Unidos y por qué los europeos (salvo los polacos) no lo entienden, aunque Sarkozy o Angela Merkel estén viendo incrementada su popularidad tanto más cuanto menos concesiones hacen a lo políticamente correcto? Es la pregunta/subtítulo a la que responde José María Marco en un libro que está dando mucho que hablar: La nueva revolución americana. En él se analiza la trayectoria de la política norteamericana en los últimos setenta años: el giro ideológico que, tras el New Deal, sembró Barry Goldwater, malbarató Richard Nixon (pese a que le había aupado a la presidencia la mayoría natural conservadora en pleno despotismo universitario y mediático de la izquierda) y llevó a su cima Ronald Reagan.

 

La conclusión a la que llega Marco, tras 414 páginas apasionantes que son ya referencia obligada para entender lo que está pasando en Estados Unidos y puede acabar pasando en Europa, es que los principios originarios de "libertad y tradición" que caracterizan la filosofía del norteamericano medio carecían de expresión en el país oficial, el cual no ha tenido más remedio que sumarse al país real en cuanto éste se ha puesto en marcha para defenderlos contra la dictadura de los ideólogos. En resumidas cuentas, allí se le ha perdido el miedo a la prepotencia cultural de la izquierda.

 

La ola llega a España

 

En España la Fundación Burke a través de sus boletines Vínculos de Libertad, y la editorial Ciudadela con una colección ad hoc, han asumido en los últimos tres años buena parte del peso de una labor similar.

 

El nombre de Edmund Burke (1729-1797) que da nombre a la Fundación, no es muy conocido en nuestro país, aunque fue el primero en sentar las bases de la reacción conservadora contra el jacobinismo de la Revolución Francesa. De ahí la importancia de la biografía, también publicada por Ciudadela, que sobre este político dublinés escribió Russell Kirk, uno de los grandes pensadores conservadores anglosajones del siglo XX. No sólo es un modelo literario del género biográfico, sino del arte de transmitir, a través de la vida de un personaje antiguo, ideas que se están demostrando modernas.

 

La indudable ofensiva intelectual que llevan a cabo estos medios editoriales se plasma en otros dos títulos de los aquí seleccionados como muestra.

 

Samuel Gregg realiza un intento notable de fundamentar, con raíces reconocibles para un pensador católico como es el autor, el liberalismo que un Friedrich von Hayek o un John Rawls son incapaces de rescatar del utilitarismo y del escepticismo. Se trata de La libertad en la encrucijada, un breve pero sustancioso ensayo y, sobre todo, original y novedoso. Y, consiga o no su objeto (filósofos tienen las escuelas que lo determinarán), al menos no cae en las contradicciones conceptuales de otros intentos semejantes.

 

Por su parte, Donald de Marco y Benjamin D. Wiker pasan revista de manera crítica, en Arquitectos de la cultura de la muerte, al pensamiento de quienes han marcado la ideología dominante del siglo XX, esos que la revolución conservadora americana, y el atrevimiento de Sarkozy, pueden llevar al baúl de los recuerdos: desde el nihilismo de un Jean Paul Sartre a la obsesión pansexual de un Wilhelm Reich, o -más atrás en el tiempo- el endiosamiento de la voluntad de un Friedrich Nietzsche o (para escándalo de la ortodoxia liberal) una Ayn Rand tan atinada en algunas críticas al totalitarismo como encaramada a la pura y simple soberbia de la vida.

 

En conclusión...

 

El conservadurismo tradicional está trasplantando pues su fuerza y sus métodos de Estados Unidos a Europa. No puede afirmarse aún que vaya a lograr sus objetivos allí, y todavía menos a este lado del Atlántico. Y tampoco fenómenos como el triunfo de Sarkozy responden sólo a impulsos similares a los norteamericanos.

 

Pero, como movimiento de ideas, resulta muy sugerente y ha dado lugar, por ahora y entre otros frutos, a los cuatro libros aquí comentados, muy interesantes sea cual sea su capacidad de influir en el dibujo del futuro político de la derecha en España. 

 

Carmelo López-Arias 

El Semanal Digital, 1 de julio de 2007

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* Russell Kirk. Edmund Burke. Redescubriendo a un genio. Ciudadela. Madrid, 2007. 270 pp. 22 €

 

 

* José María Marco. La nueva revolución americana. Por qué la derecha crece en Estados Unidos y por qué los europeos no lo entienden. Ciudadela. Madrid, 2007. 414 pp. 23 €

 

 

* En La libertad en la encrucijada. El dilema moral de las sociedades libres (Ciudadela, Madrid 2007, 215 pp., 17,50 €), Samuel Gregg define propone una idea de libertad basada en la naturaleza que sea compatible con el utilitarismo de algunos pensadores liberales clásicos.    

  

  

* Toda propuesta doctrinal tiene su contrapunto. Donald de Marco y Benjamin D. Wiker analizan en Arquitectos de la cultura de la muerte (Ciudadela, Madrid 2007, 341 pp., 21 €) las ideas de veinte pensadores contemporáneos que han definido el armazón ideológico contra el que se levanta la actual revolución conservadora.   

 

Calmante para el exceso de "sarkomanía". El lado oscuro de Sarkozy según Alain de Benoist

Calmante para el exceso de "sarkomanía". El lado oscuro de Sarkozy según Alain de Benoist


La victoria de Sarkozy en Francia ha despertado muchas ilusiones en la derecha social. Ahora la cuestión es saber si el discurso de Sarkozy representa un proyecto político real, o si se trata de un mero maquillaje retórico para encubrir un simple capitalismo despiadado al compás de la globalización. El pensador francés Alain de Benoist, principal firma histórica de la llamada “nouvelle droite”, lo tiene claro: lo que ha triunfado con Sarkozy es una derecha capitalista incapaz de comprender que el capitalismo es lo que más destruye los valores de la derecha. Para leer y reflexionar.   

 

Al comienzo, Sarkozy era ante todo el candidato de la patronal, de la gran burguesía, del complejo militar-industrial francés (que controla por lo demás lo esencial del sistema mediático) y de los neoconservadores americanos. George W. Bush ha sido el primer jefe de Estado en felicitar a aquel que, apenas elegido, se ha apresurado a “lanzar una llamada a nuestros amigos americanos para decirles que pueden contar con nuestra amistad” (no se había visto jamás a un Presidente recién elegido saludando con calor a un pueblo distinto al de sus electores). Sus comanditarios, los mismos a los que se dirigió a rendir cuentas la tarde de su elección, esperan ahora el retorno de su inversión. En claro: se pone fin a la “excepción francesa” , en el doble nivel del sistema social y de una política exterior que antes de él no había nunca roto totalmente con la tradición “gaullista” de independencia.

 

 

Por supuesto, con este solo apoyo Sarkozy no habría podido obtener la victoria. Ha vencido atrayendo a una parte de las clases populares y “secuestrando” en su provecho una gran parte del voto lepenista. François Miterrand había comprendido muy bien en 1981 que aliarse al Partido Comunista era el modo mejor de crear las condiciones de su declive histórico. También él, Sarkozy, ha comprendido muy bien que el mejor modo de debilitar al Frente Nacional no era oponérsele frontalmente, sino asumir lo esencial de su discurso. Eso es lo que ha hecho durante su campaña, no retrocediendo ante ninguna palabra ni gesto que le permitiese seducir al electorado del FN. Estrategia rentable que muestra, una vez más, que la derecha clásica está siempre mejor colocada que la izquierda o que la extrema izquierda para detener el crecimiento de la derecha radical. Históricamente, en efecto, la derecha dura nunca ha sido derrotada por la izquierda, sino siempre por una derecha moderada más hábil para captar su herencia. Nunca ha sido debilitada por el “cordón sanitario”, sino por el abrazo que mata. Si la derecha chiraquiana lo hubiera comprendido antes, el FN habría desaparecido hace ya tiempo.   

 

De la gran burguesía a los pequeños comerciantes

 

 

Habiendo tomado las medidas de ese fenómeno lógico que es la lógica (y el temor) del desclasamiento social (el 68% de los empleados piensan hoy que “habría que dar más libertad a las empresas”, y el 66% que “los parados podrían encontrar trabajo si quisieran”), Nicolas Sarkozy, desde la primera vuelta, ha irrumpido en el electorado de Le Pen, con los dos tercios de los pequeños artesanos y comerciantes, de los empleados, de los trabajadores independientes y de las capas inferiores de la pequeña burguesía asalariada, público de perfil autoritario, hostil a la libertad de costumbres, pero favorable al liberalismo económico, que conjuga tradicionalmente el gusto del beneficio y las crispaciones xenófobas. Es la adhesión de esta derecha autoritaria, en espera de una vuelta del orden, lo que le ha permitido franquear en la primera vuelta la barrera del 30% y ser elegido en la segunda vuelta.

 

Sarkozy ha sido elegido porque ha sabido coagular perfectamente el voto de la gran burguesía y el de los pequeños comerciantes y una parte de las clases medias. Lo ha conseguido gracias a la derechización general de la sociedad, utilizando un discurso sobre la seguridad sacado directamente del Frente Nacional, sin vacilar a la hora de insertar abiertamente los “asuntos que crispan” (inmigración e identidad nacional) en el debate público, prometiendo bajadas de impuestos y multiplicando las referencias a la nación para responder a la crisis de identidad del país. Hablando con lirismo de Francia como de un banco que le hubiera ofrecido un préstamo sin límites, provisionalmente convertido –gracias al escritor de sus discursos, Henri Guaino- en el cantor de la identidad francesa después de haber ido a Washington a decir cuánto le complace que le llamen “Sarko el americano”, ha  llegado incluso a celebrar la unión del suelo y la sangre: “Nadie puede comprender el vínculo carnal de tantos franceses con la tierra francesa si antes no recuerda que por sus venas corre sangre campesina consagrada durante siglos a fecundar el suelo francés” (28 de marzo). El efecto de catarsis que esto ha producido le ha permitido imponerse como el primer candidato de una derecha “sin complejos”, elegido por primera vez en treinta años sin haber hecho concesiones a la izquierda y sin haber mendigado los votos del centro.

 

 

Candidato de una derecha liberada del “superego” de izquierda que antaño la inhibía, apoyado en una enorme maquinaria de guerra y de marketing, Sarkozy ha hecho campaña sobre el valor del trabajo, prometiendo a la “Francia que madruga” favorecer a aquellos que quieren “trabajar más para ganar más” –dejando entender que quienes no tienen como finalidad esencial en la vida el “ganar más”, podrán legítimamente ser sospechosos de pereza o de fraude, y ser abandonados al borde del camino. A las clases medias, víctimas de la inseguridad y de la rapacidad del capital globalizado, de la violencia de los suburbios y de la tiranía del CAC 40, les ha hecho creer que restablecerá el orden luchando contra el “asistencialismo” y favoreciendo la “flexibilidad”. Con ello anunciaba en realidad la instauración de una sociedad más competitiva, más dura, más ajena a los valores, en la que se daría la prioridad a la eficacia y a la rentabilidad sin consideración de costes sociales. Es el mismo principio de la “meritocracia” a la americana.

 

Contradicciones del nacional-liberalismo

 

 

Mientras que la burguesía liberal próxima al capitalismo financiero se reconocía instintivamente en el proyecto de Nicolás Sarkozy (que ha obtenido en la primera vuelta el 64% de los votos en el distrito 16 de París y el 72% en Neuilly), la pequeña y mediana burguesía autoritaria ha visto en Sarkozy un Le Pen elegible –un candidato más joven que Le Pen, más presentable y con mayores posibilidades de aplicar su programa. Es así que Sarkozy ha conseguido unir a dos electorados diferentes y con intereses materiales divergentes, obrando el prodigio de seducir a la vez a la derecha “securitaria” y a los cuadros superiores atiborrados de “stock options”, a los defensores del orden moral y a los “night clubbers” de la “jet society”, a los que se aprovechan de la mundialización y a las víctimas de la misma, a los que madrugan y a los que se acuestan al amanecer, el mundo del trabajo y el mundo de “operación triunfo”, a los patrones del CAC 40 adeptos al darwinismo social y a las clases medias inferiores portadoras de una reivindicación individualista-igualitaria que se concilia muy bien con el culto al jefe y con el deseo de orden y de autoridad. Un éxito que puede compararse en muchos aspectos al voto a Bush en los Estados Unidos. 

 

“Después de Chirac -decía Miterrand- cualquiera podrá ser elegido Presidente de la República”. Sarkozy es muy diferente de Chirac, con quien ha sido a veces comparado. Se parece más bien a Silvio Berlusconi, menos en el encanto latino. Se le representa generalmente como un hiperactivo, es decir como un excitado, fuerte con el débil y débil con los poderosos, que no ha retenido del bonapartismo nada más que el carácter autoritario. Con su tendencia a crear problemas allí donde afirma haberlos resuelto, se trata aparentemente de un hombre que no se detiene ante nada, especialmente ante los escrúpulos. “Por encima de la lealtad, está la eficacia”, señalaba a sus amigos próximos ocho días después de su elección. Se trata de un nacional-liberal. El nacional-liberalismo es el liberalismo para los ricos y lo nacional para los otros. Su quinquenio verá el reforzamiento de la tutela autoritaria del Estado sobre la existencia diaria, la privatización de los gastos públicos y la laminación de  los beneficios sociales con el pretexto de la invocación a la nación. Sarkozy encarna una derecha políticamente autoritaria y económicamente liberal que no dudará en adoptar una estrategia de violencia razonada con el concurso del aparato del Estado. Esta derecha liberal-securitaria  concibe la sociedad únicamente como un lugar de competición sometido enteramente a la lógica de la eficacia económica sobre el telón de fondo de la mercantilización del mundo. Es una derecha que predica sin reparos la individualización de las soluciones. Una derecha favorable al capitalismo que no llega a comprender que es el capitalismo el que más destruye los valores de la derecha. Una derecha que siempre ha querido evitar reflexionar sobre las condiciones de una vida en común en un mundo común. Una derecha que anuncia la era del sálvese quien pueda. Es el egoísmo como valor el que ha triunfado el 6 de mayo.

 

 

Comentando la elección presidencial de 2002, yo escribía hace cinco años, a propósito del “liberal-populismo”, que éste “asocia paradójicamente ultraliberalismo, individualismo consumista, darwinismo social y xenofobia. Incluso si desde un punto de vista estrictamente intelectual semejante mezcla puede sorprender, cabe esperar su extensión en Europa, porque en muchos aspectos está directamente conectada con la realidad del momento. Cabe preguntarse si el liberal-populismo no será mañana uno de los principales vectores de la ideología de la mercancía y de la Forma-capital”. Es exactamente lo que ha pasado.

 

ALAIN DE BENOIST 

El Manifiesto, 2 de junio de 2007