Blogia

Políticamente... conservador

¿Es la pela o es el Volkgeist el fin del nacionalismo catalán?

“La pela es la pela" es uno de los tópicos más conocidos de este país para referirse al carácter avaro, materialista, interesado de los catalanes. Y como todos los tópicos, sólo sirve para falsificar o simplificar la realidad. Cualquier análisis sobre Cataluña acaba con el siguiente diagnóstico: el nacionalismo catalán es la tapadera para llevarse por delante el presupuesto nacional. ¡Qué inmenso error! Si fuera así de fácil…

 

Se echa a faltar análisis menos míticos y más empíricos, basados en el detalle diario de la política catalana de los últimos 25 años. No es serio reducir toda una sociedad a un rasgo único. ¡Como si en Jerez de la Frontera trabajaran por altruismo! Pero hoy más que nunca vivimos en un mundo de titulares y tópicos. En este caso, el tópico insultante deviene para el nacionalismo en un aliado inesperado. Mientras el resto de España siga creyendo en la avaricia de los catalanes, el nacionalcatalanismo avanzará sin levantar demasiadas sospechas. Me explicaré.

 

 

 

Es posible que el interés del catalanismo histórico tuviera como objetivo gobernar España para servir mejor a sus intereses económicos. La burguesía catalana necesitó siempre aranceles férreos para monopolizar el mercado español. De él nació, con él creció y sin él tendría serios problemas. Pero el pujolismo es otra cosa. Si el espíritu catalanista fue la disculpa entonces para asegurarse intereses, con Pujol es al revés: los intereses económicos son la disculpa para hacer germinar y extender el Volkgeist o espíritu nacional.

 

 

 

Es verdad que, si se repasan las líneas más gruesas de las relaciones comerciales entre Cataluña y el resto de España, se puede caer en la tentación del economicismo para explicar la continua queja del nacionalismo. Repasemos unas cuantas: en 1802 el Gobierno español prohíbe la importación de hilaturas para que la industria textil catalana no tuviera competencia en su incipiente industrialización. Los numerosos aranceles del siglo XIX a la importación textil preservaron el mercado español para el textil catalán, frente al más competitivo europeo.

 

 

 

Curiosamente, el despegue económico de Cataluña comienza con la liberación del comercio con América, a partir del Decreto de Nueva planta de 1716. Paradójicamente, firmaba ese decreto el rey más odiado por los catalanes: Felipe V, al que le achacan su frustración nacional. Y continúa con las políticas arancelarias de sucesivos gobiernos españoles, a lo largo del XIX y principios del XX, para preservar la producción de la industriosa Cataluña.

 

 

 

Cualquier empresario sabe que sin mercado no hay negocio; por eso mima al cliente y reconoce en él la fuente de sus ganancias. A ninguno de ellos se le ocurriría insultarlo, tratarlo con condescendencia, despreciarlo y, menos aún, prescindir de él. Sin embargo, el nacionalcatalanismo, hoy, hace todo eso o permite que otros lo hagan sin darse cuenta de que, gracias a España, Cataluña ha llegado a ser "rica y plena".

 

 

 

¿Se ha vuelto loca la burguesía catalana? ¿Han encontrado otros mercados, o están en disposición de hacerlo? Ni una cosa ni la otra. Más bien han caído de lleno en los ensueños románticos de un cura frustrado en pos de un Dios pagano: la nación. Me refiero a Pujol. No es ni raro ni único: múltiples sociedades han pasado por trances étnicos parecidos.

 

 

 

Quedó claro una vez más a propósito del boicot al cava catalán. Pujol pidió cordura, pero advirtió a los empresarios de "que Cataluña no puede aflojar" por lo del boicot. Él, que predica en la capital del reino que España y Cataluña se necesitan, asume los daños colaterales de su sueño. Al fin y al cabo, la nación es eterna; las cuitas económicas de un período histórico, circunstanciales.

 

 

 

Su última entrevista en el programa de TV3 De la nit al dia nos refrescó esa pesadilla, como quien no quiere la cosa, dando una lección magistral a los estridentes tripartitos. Allí apareció el gran brujo con la insufrible retahíla de lamentos victimistas. Ni Maragall ni Carod Rovira pueden generar ese sentimiento de frustración virtual con el que siempre nos acosó, y ahora, con el contraste de su ausencia, te das cuenta de por qué es el gran brujo nacionalista. Su sola presencia y cuatro insinuaciones hicieron surgir todos los fantasmas lastimosos con que nos ha desarmado moralmente durante las últimas tres décadas: nuestra patria es pequeña y desgraciada, no quieren entendernos, el pueblo catalán ha de estar unido porque los enemigos de fuera son muy poderosos, pero nuestra voluntad de ser persistirá…

 

 

 

El dichoso pueblo elegido. Era como tener la sensación de que todos le debemos algo, aunque no se sepa el qué. ¡Qué hartazgo llorón, qué iluminismo insufrible, cuánta perversión política! Por delante de la pantalla pasaron 23 años de acoso moral a la sociedad y construcción nacional.

 

 

 

Durante ellos ha habido suficientes hechos como para darse cuenta de que Pujol no es un pesetero, sino un místico, un elegido en busca de su Ítaca con barretina. O dicho de otro modo, no desatiende la pela, pero ésta no es el motor de su sueño. Veamos:

 

 

 

– Ha tenido varias oportunidades para ser ministro. No sólo no lo fue, sino que impidió que lo fuera cualquiera de los suyos. El propio Aznar le llegó a ofrecer la presidencia del Gobierno español. Una apuesta fingida, sin duda, pero Pujol ni se dignó valorarla.

 

 

 

– Desde que llegó al poder ha abierto sedes catalanas en varios estados del mundo. Cuestan mucho dinero, pero es una inversión de futuro. La red de embajadas no se improvisa.

 

 

 

– Creó TV3 con los mismos canales que la televisión pública española. Cuesta mucho dinero, pero es imprescindible para construir una conciencia nacional catalana. Cualquiera que se haya acercado a sus estudios en Sant Joan d'Espí se habrá dado cuenta de que está física y psicológicamente mejor protegida que un cuartel militar. Muros alambrados, circuitos cerrados de televisión, imponentes medidas de seguridad. Es más fácil asaltar la cárcel Modelo de Barcelona que el recinto amurallado de TV3. Cada cual da importancia a las armas de que dispone.

 

 

 

– Subvenciona medios de comunicación escritos y audiovisuales con la determinación de quien compra voluntades. La realidad virtual que imponen sus sueños necesita unanimidades. Podría haber invertido todos esos dineros en incentivar la inversión, la producción, las infraestructuras, la mejora de la seguridad social, pero ha preferido hacerlo en la construcción nacional.

 

 

 

– La red de asociaciones, fundaciones, cursos, congresos, campañas, etcétera, destinadas a promocionar "la lengua propia de Cataluña" es tan escandalosamente amplia y cara que, si se destinara a educación y sanidad de verdad, las escuelas catalanes podrían disponer de un ordenador por alumno, y los hospitales afrontar las nuevas necesidades sanitarias de la inmigración. Si la pela fuera el fin último de su política, procuraría utilizar los recursos de la escuela para crear jóvenes competentes y competitivos en el mercado laboral. Pero de todo el conocimiento sólo le importó si utilizaban el catalán en lugar del castellano. Ya saben, una nación, una lengua. El Volkgeist.

 

 

 

– Rechazó el trasvase del Ebro para cubrir las necesidades de agua del área metropolitana de Barcelona por el del Ródano francés. No quiere dependencias de recursos españoles: es un inconveniente para la independencia nacional futura.

 

 

 

– Y lo que es más importante, la escuela. La conmemoración del milenario de Cataluña en 1992 constituyó la mayor metáfora de su misticismo. Con él cuajaron definitivamente todos los mitos, tergiversaciones, silencios interesados para borrar de la memoria hechos históricos inconvenientes, mentiras y exageraciones con los que tratan de romper los afectos con el resto de España. Si colaba esa patraña, colaban todas. Como así ha sido.

 

 

 

Hoy ya existe una generación y media de catalanes que odia a España. Es un odio irracional, basado en estímulos conductistas; la imagen de la bandera española los dispara, la misma palabra "España" les legitima para ser groseros, impertinentes o violentos, y todo con una autosuficiencia moral que da miedo. Son jóvenes monocultivados, envueltos en barras y estrellas con un horizonte independentista maravilloso. Es la clásica generación con un sueño. Tras ese sueño adivinan paraísos de leche y miel. Al fin y al cabo, la puta España tiene la culpa de todo.

 

 

 

Estos sentimientos ya no provienen de estrategias negociadoras para conseguir más presupuestos de la tarta del Estado: han nacido del resentimiento de un personaje menor. Fue él quien puso Banca Catalana al servicio de ese sueño nacional; le importó más la enciclopedia catalana que la cuenta de resultados o los accionistas. Y la hundió y no le importó, y cuando Felipe González quiso meterle en la cárcel llamó a rebato nacional y venció.

 

 

 

Ahora gobiernan sus discípulos. ¿Creen que les importa que sea su política nacionalista excluyente la peor tarjeta de visita para que triunfe la OPA de Gas Natural a Endesa? En absoluto. Si fuera una cuestión de pelas habría otras formas más amables de atraerse la voluntad del resto de españoles. Pero a los más radicales no les interesa ser amables, sino abrir una zanja sentimental entre Cataluña y España. ¿Acaso creen que las declaraciones humillantes que hace Carod contra España son fruto de una mente estúpida o enloquecida? No, trata de soliviantar y hacerse odioso para que el resto de españoles desaten su furia contra Cataluña y así poder él referenciar ante los suyos lo detestables que son los españoles.

 

 

 

Es verdad que el tinglado nacional es hoy tan enorme que decenas de miles de personas viven ya exclusivamente del cambalache y, aunque sólo fuese por seguir agarrados a la teta, serían capaces de cambiarse el nombre por conservarlo. Pero son sólo una consecuencia, no una causa. Ésta debe ser buscada en décadas de mentiras, en resentimientos largamente macerados por humillaciones reales y fingidas, en odios vehiculados a través de programas de TV3, Cataluña Radio, el Triangle o el Avui; con la colaboración de maestros y libros de texto; mediante retransmisiones deportivas sesgadas y aduladoras de los peores instintos gregarios y a través del Barça, esa selección de la República catalana que centrifuga andaluces y gallegos y los saca nacionalistas.

 

 

 

Estamos ante el nacimiento de una nación a través de una guerra de propaganda y manipulación de sentimientos. Es la amígdala, ese centro cerebral de las emociones y los instintos tribales, quien dirige hoy los fines nacionales de Cataluña. Es la casa del Volkgeist, lugar de ritos y mitos irracionales, de hordas y fanatismos.

 

 

 

Hoy Cataluña es un aquelarre, no una fábrica. Y contra eso no se puede razonar ni, posiblemente, luchar. Ahí tienen el ejemplo contemporáneo del terrorismo islámico. No sería suficiente todo el oro del mundo para comprar a los suicidas de Al Queda: lo hacen gratis, en nombre de Alá, una fuerza que nace del espíritu.

 

 

 

Un fantasma recorre España: el nacionalismo. Es una fuerza espiritual circunstancialmente vestida con harapos económicos. Hoy, en España el paro o el desastre educativo, la desintegración familiar o los programas basura de la televisión no movilizan fuerza alguna, pero dos ciudades enteras, Sevilla y Vigo, se echaron a la calle hace unos años ante la amenaza de que sus equipos bajaran a Segunda por no pagar los atrasos. A esa fuerza me refiero, la de las emociones, la de los sentimientos inflamados, la irracional. Cuando prende, nadie la para. Su mayor aliado es la indiferencia ciudadana, la ceguera intelectual ante su amenaza o el desprecio de su fuerza.

 

 

 

Pronto sustituirán a los actuales gobernantes las generaciones amamantadas en el resentimiento por una nación ocupada. La caja de Pandora espera, impaciente, la promesa del pueblo elegido.

 

 

 

Ese sueño lo alimentan cada día con lamentos y nuevas frustraciones. Material del espíritu: símbolos, senyeras, fútbol, quejas. Por eso, el peor error que podrían cometer nuestros gobernantes ahora sería cederles las selecciones deportivas.

 

 

 

Si Alemania o Francia tienen un sentimiento nacional profundo se debe fundamentalmente a su participación en las dos Grandes Guerras del siglo XX. Nada unió nunca tanto a los españoles como la Guerra de la Independencia. Esos tiempos de tragedia unen a la gente ante el enemigo, pero hoy no hay otro enemigo que el deportivo. Es en el fútbol, y en general en las competiciones deportivas, donde se pueden expresar legalmente sentimientos y pasiones por los colores o los símbolos y donde se permiten exabruptos, insultos u odio al rival.

 

 

 

Dadles las selecciones y España habrá dejado de existir como sentimiento colectivo. Representar un enfrentamiento España-Cataluña de fútbol sería la demostración inapelable de sus diferencias nacionales. Nadie podría ya coser esa fractura. Deshilachar el resto sólo sería entonces cuestión de tiempo.

 

Por Antonio Robles

 

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 19 de abril de 2006.

La atroz realidad de la Larga Marcha

Liderados por Mao Zedong, 100.000 comunistas del Ejército Rojo iniciaron en 1934 la Larga Marcha hacia el noroeste a lo largo de 10.000 kilómetros, en su huida desde la provincia de Jiangxi (este), donde los nacionalistas de Chiang Kai-shek habían sitiado la recién proclamada "república soviética". Sólo 40.000 llegaron a su destino en Shaanxi.

 

"La leyenda acababa de nacer", explica Sun Shuyun, que ha presentado recientemente su segundo libro, The Long March (La Larga Marcha , Harper Collins) en Pekín.

 

"Nací en la década de los 60. Debido a la hambruna, sólo comíamos fideos, potaje y harina. Cuando me quejaba, mis padres me decían: 'Piensa en los de la Larga Marcha, que todavía comían menos y no se quejaban'", recuerda Sun.

 

La periodista ha recorrido durante diez meses el épico trayecto y ha atravesado en autobús y tren ocho provincias (Jiangxi, Hunan, Guangxi, Guizhou, Yunnan, Sichuan, Gansu y Shaanxi) para recoger los testimonios de 40 supervivientes (del total de 500) octogenarios y nonagenarios y desempolvar archivos inéditos.

 

"Hablando con ellos descubrí que su sufrimiento y lo que superaron fue en realidad peor de lo que nos habían contado, en especial entre las mujeres", señala al referirse al hambre, las gélidas temperaturas y la dureza de un endiablado terreno.

 

repudiados y ejecutados "Los supervivientes fueron repudiados. En los cincuenta pidieron ser readmitidos por el Partido Comunista, algo que no sucedió hasta 1989, cuando empezaron a percibir pensiones", explicó una emotiva Sun. Mao había encarcelado o ejecutado a la mayoría durante la Revolución Cultural (1966-76).

 

Mientras estos héroes desconocidos cayeron en el olvido, la versión oficial forma parte de una mercadotecnia sin fisuras.

 

El primer mito propagandístico que desbarata es el de la batalla en el puente Luding (Sichuan, suroeste), según el cual 22 soldados rojos acabaron con toda una división nacionalista que les esperaba armada hasta los dientes. "Creo que la batalla nunca tuvo lugar", desveló la periodista y productora televisiva (BBC , Channel 4 ), nacida en China, pero educada en Oxford (Reino Unido).

 

La autora del libro explica la increíble victoria por la negociación previa entre Mao y el "señor de la guerra" local, Liu Wenhui, para que traicionara al ejército de Chiang y les permitiera el paso por el puente a cambio de premiarlo en el futuro régimen comunista con un ministerio.

 

Otro de los mitos que desmonta Sun fue el del periodista estadounidense Edgar Snow, que entrevistó a todos los líderes comunistas a su llegada a Yanan (Shaanxi), testimonios recogidos en Red Star over China (1936), uno de los best-seller del siglo.

 

"No fue él quien decidió unirse a los rojos en Shaanxi. Fue Song Qingling (viuda de Sun Yat-sen y cuñada de Chiang Kai-shek) quien lo reclutó para dar a conocer al mundo lo que el comunismo estaba haciendo. Creo que Mao era un genio de la propaganda, pero ni siquiera él esperaba tener tanto éxito", explica Sun.

 

Sin embargo, los héroes reales fueron campesinos depauperados ajenos por completo a la política. "No sabían lo que era el comunismo. Era gente tan pobre que se unió al Ejército Rojo porque éste requisaba las riquezas de los terratenientes y las repartía entre los soldados y los locales".

 

Aunque las mujeres no eran aceptadas por el Ejército Rojo, como algunas de las esposas de los líderes estaban embarazadas y viajaban con ellos, tuvieron que reclutar también a campesinas para atajar rumores sobre favoritismos.

 

Al llegar a Sichuan, la Primera División se reunió con la Cuarta, de forma asombrosa compuesta en su mayoría por mujeres: los maridos y los hijos eran adictos al opio, por lo que no hubo más remedio que reclutarlas a ellas.

 

Dos tercios de las soldados rojas, adolescentes entonces, quedaron estériles de por vida, debido a las violaciones del enemigo y a la dureza de la marcha, que les impedía descansar incluso durante la menstruación.

 

Una normativa estricta prohibía a los soldados rojos acercarse a las reclutas, pero no sucedió lo mismo con el enemigo, los Señores de la Guerra musulmanes, que violaron a la mayoría en el noroeste.

 

Además, hasta 6.000 soldados eran niños, apenas adolescentes, que eran abandonados cada vez que suponían un lastre para seguir avanzando, por lo que la mayoría murió de hambre, asesinado o mutilado por el enemigo, y el resto fue adoptado por los nómadas del altiplano tibetano.

 

Quizás fue éste el destino de los tres hijos que tuvo Mao con su esposa de entonces, He Zizhen, antes y durante la marcha. La angustia por la pérdida la confinó de por vida a un hospital psiquiátrico.

 

 

La cara más terrible de Mao

 

La efigie del fundador de la República Popular aún preside la plaza de Tiananmen, en Pekín, pero su mito se tambalea dentro y fuera de China. Una biografía realizada por la lingüista Jung Chang y su marido, el historiador Jon Halliday, muestra el lado oculto del Gran Timonel a los 30 años de su muerte. La obra describe a un Mao que durante décadas ejerció un poder absoluto sobre la cuarta parte de los habitantes de la Tierra y que fue responsable de la muerte de más de 70 millones de personas en tiempo de paz. "Ni siquiera Hitler o Stalin llegaron a tanta barbarie", afirma Jung Chang en Mao: La historia desconocida , resultado de 10 años de investigación. El libro desmonta la imagen de un líder humanista e idealista, preocupado por el campesinado. "Los campesinos le eran indiferentes, los despreciaba", explica la autora para quien Mao era "absolutamente inmoral". Según su investigación, se comportaba como un déspota y en la Larga Marcha disponía de porteadores y sirvientes que le frotaban la espalda. "No tenía otra ideología que mantenerse en el poder, murió reñido con la más mínima higiene corporal y obsesionado por el sexo con muchachas jóvenes", concluye la escritora.

 

 

“Noticias de Navarra”, 18 de abril de 2006

Ni izquierda ni derecha: pensamiento popular

El lúcido pensador italiano Marcello Veneziani comienza un bello artículo sobre el antiglobalismo con la siguiente observación: "Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan". [1]

Se da cuenta que la oposición desde la izquierda a la globalización es sólo una postura que se agota en una manifestación. Seattle, Génova, Nueva York, Porto Alegre, pero no pasa nada, "el mundo sigue andando" como decía Discepolín. Es que la política del "progresismo" como ha observado agudamente el filósofo, también italiano Massimo Cacciari, ordena los problemas pero no los resuelve.
[2]

De esto mismo se percata el sociólogo marxista más significativo de Iberoamérica, Heinz Dieterich Steffan quien en un reciente artículo señala: "Si la tarea actual de todo individuo anticapitalista es, por lo tanto, absolutamente clara: ¿Por qué "la izquierda" y sus intelectuales no la encaran? ¿Por qué repiten en foro tras foro la misma letanía sobre la maldad del neoliberalismo y se contentan con sus ritualizadas propuestas terapéuticas inspiradas en Keynes, Tobin y Stiglitz? ¿Por qué no convierten la realidad capitalista en objeto de transformación antisistémica, en lugar de mantenerla como muro de lamentaciones?" [3].

El fracaso rotundo de la izquierda, hoy rebautizada "progresismo", es que, además de no haber elaborado, deglutido sería el término exacto, la derrota del "socialismo real" con la implosión soviética y la caída del Muro, no reelaboró sus categorías de lectura, y se quedó anclado al mundo categorial de Marx, Engels, Lenín, Rosa Luxemburgo y eventualmente Trotsky, haciendo arqueología política.

Lo más significativo del siglo XX, la escuela neomarxista de Frankfurt, luego de los esfuerzos de Adorno, Apel, Cohen y Marcuse, termina con el publicitado Habermas y su teoría del consenso (sin percatarse que el consenso siempre ha sido de los poderosos entre sí) y sus discípulos aventajados James Bohman y Leo Avritzer con su teoría de la democracia deliberativa o "chamuyera", que como un nuevo nominalismo pretende arreglar las injusticias políticas, económicas y sociales con palabras. Conversando en una especie de asambleísmo permanente.

Si la izquierda está liquidada, ¿qué queda de la derecha? ¿Se puede esperar algo de ella?

De la derecha clásica, tanto del nacionalismo orgánico o integral al estilo de Charles Maurras, como del fascista de Mussolini o del católico de Oliveira Salazar no queda nada. Sólo trabajos de investigación históricos y pequeños grupos políticos sin peso en sus sociedades respectivas.

Eso sí, queda como derecha el neo conservadorismo estadounidense y los gobiernos que le son afines. Y de esta derecha liberal, la única que existe con peso político, solo se puede esperar que las cosas empeoren para la salud y el bienestar de los pueblos.

Si esto es así, denunciamos una vez más de entre las cientos de veces que lo hemos intentado mostrar, que la dicotomía izquierda-derecha es estrecha, por no decir falsa, para encarar una lectura adecuada de la realidad.

Hoy situarse a la izquierda o a la derecha es no situarse, es colocarse en un no-lugar, sobre todo para el pensador (rechazo de plano el término intelectual) que pretende elaborar un pensamiento crítico. Y el único método que hoy puede crear pensamiento crítico es el disenso. Disenso no sólo con el pensamiento único y políticamente correcto sino también y sobre todo, con el orden constituido, con el statu quo vigente.

El disenso es estructuralmente una categoría del pensamiento popular, en tanto que el consenso, como vimos, es una apropiación de la izquierda progresista para lograr la democracia deliberativa que tiene mucho de ilustrada, y también, aunque en otro sentido, propiedad del liberalismo como acuerdo de los que deciden, de los poderosos (G8, Davos, FMI, Comisión trilateral, Bildelbergers, etc.).

El disenso que se manifiesta como negación tiene distinto sentido en el pensamiento popular que en el culto. En este último, regido por la lógica de la afirmación, la negación niega la existencia de algo o alguien, en tanto que en el pensamiento popular lo que se niega no es la existencia de algo o alguien, sino su vigencia. La vigencia puede ser entendida como validez, como sentido. El disenso niega el monopolio de la productividad de sentido a los grupos o lobbys de poder, para reservarla al pueblo en su conjunto, más allá de la partidocracia política.

La alternativa hoy es situarse más allá de la izquierda y la derecha. Consiste en pensar a partir de un arraigo, de nuestro genius loci dijera Virgilio. Y no un arraigo cualquiera sino desde las identidades nacionales, que conforman las ecúmenes culturales o regiones que constituyen hoy el mundo. Con esto vamos más allá incluso de la idea de estado-nación, en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio y cultural de ecúmene.

Desde estas grandes regiones es desde donde es lícito y eficaz plantearse el enfrentamiento a la globalización o americanización del mundo. Hacerlo como pretende el progresismo desde el humanismo internacional de los derechos humanos, o desde el ecumenismo religioso como ingenuamente pretenden algunos cristianos, es hacerlo desde un universalismo más. Con el agravante que su contenido encierra un aspecto de loable, pero vacuo, inverosímil y no eficaz a la hora del enfrentamiento político.

Pero este enfrentamiento se está dando igual, a pesar de la falencia de los pensadores en no poder elaborarlo aún, a través del surgimiento de los diferentes populismos, que más allá de los reparos que presentan a cualquier espíritu crítico, están cambiando, como observa Robert de Herte
[4] las categorías de lectura. Así la oposición entre burgueses y proletarios de la izquierda clásica va siendo reemplazada por la de pueblo vs. oligarquías, sobre todo financieras y las de izquierda y derecha por la de justicia y seguridad.

Así, mientras que desde la izquierda progresista la crítica a la globalización queda limitada a la no extensión de sus beneficios económicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. Porque la izquierda, por su carácter internacionalista no puede denunciar el efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades de los pueblos. Su denuncia se transforma así, en un reclamo formal para que la globalización vaya unida a los derecho humanos.

En cambio, es desde los movimientos populares que se realiza la oposición real a las oligarquías transnacionales
[5]. Es desde las tradiciones nacionales de los pueblos donde mejor se muestra la oposición a la sociedad global sin raíces, a ese imperialismo desterritorializado del que hablan Hardt y Negri. Es desde la actitud no conformista que se rechaza la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo.

Es que el pensamiento popular, si es tal, piensa desde sus propias raíces, no tienen un saber libresco o ilustrado. Piensa desde una tradición que es la única forma de pensar genuinamente según Alasdair MacIntayre
[6], dado que "una tradición viva es una discusión históricamente desarrollada y socialmente encarnada". Por lo que les resulta imposible a los pueblos y a los hombres que los encarnan situarse fuera de su tradición. Cuando lo hacen se desnaturalizan, dejan de ser lo que son. Son ya otra cosa.
Notas
[1] El antiglobalismo de derecha. Marcello Veneziani (1955) periodista del Giornale y del Menssaggero y colaborador con la Rai, es autor de varios ensayos entre los que se destacan: La rivoluzione conservatrice in Italia (1994), Processo all´Occidente (1990) y L´Antinovecento (1996). Podemos inscribirlo dentro de la corriente de pensamiento no-conformista.
Texto del artículo citado “El antiglobalismo de derecha”: Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan.

O sea, que cuanto más se oponen a la globalización, más comparten su meta final. Por lo demás, el Manifiesto de Marx y Engels es un elogio total de la globalización, a cargo de la burguesía y del capital, que rompe los vínculos territoriales y religiosos, étnicos y familiares, y libera de la tradición. Y en las cumbres anteriores, los presidentes de los países más industrializados eran casi todos de tendencia progresista y provenían del 68, desde Clinton a nuestros propios líderes, que soñaban con transformar el G8 en un coalición de izquierdas planetaria. Todos optimistas del G8.

¿Dónde están entonces los verdaderos enemigos de la Globalización? Están en la derecha, queridos amigos. Allí, no sólo desde hoy, se combate el mundialismo y el internacionalismo, la muerte de las identidades locales y nacionales. Si es verdad, como sostienen muchos pensadores, que la próxima alternativa será entre el universalismo y el particularismo, entre globalidad y diferencias, entre cosmópolis y comunidad, entonces el antagonista de la globalización está en la derecha. Con los conservadores y los nacionalistas, con los tradicionalistas y los antimodernos, pero también en el ámbito de la nueva derecha de Alain de Benoist y de Guillaume Faye, y de los movimientos localistas y populistas.

Hay una rica literatura de derecha que hace tiempo critica radicalmente la globalización y sus consecuencias: el dominio de la técnica y de la economía financiera en detrimento de la política y de la religión. Es en la derecha donde se reúne la respuesta populista a las oligarquías transnacionales. Es en la derecha donde las tradiciones se oponen a la sociedad global sin raíces. Es en la derecha donde se teme la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo; mientras, en la izquierda, se denuncia que la globalización no extiende sus beneficios economicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. O sea, que no se denuncia su efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades, sino sólo que no vaya unida a la globalización de los derechos humanos.

En Génova, pues, se consuma una paradoja: unos pocos hombres de derecha, entre agricultores, artesanos y tradicionalistas, se opondrán al G8 de modo débil y marginal pero con propósitos fuertes y radicales. Y mucha gente de izquierda se opondrá de modo vistoso y radical a una globalización que en el fondo comparte. En Génova la maldición de Colón golpea a la inversa: él zarpó para las Indias y descubrió América, éstos sueñan con un mundo nuevo pero descubren las viejas Indias.

[2] Massimo Cacciari(1944). Filósofo, diputado del PC y Alcalde de Venecia hasta 1993. Autor de varios ensayos: L´Angelo necesario (1986), Dell´Inicio (1990), Dran: Meridianos de la decisión en el pensamiento contemporáneo (1992), Geo-filosofia dell´Europa (1995). Pensador disidente de la izquierda europea.
[3] La bancarrota de la izquierda y sus intelectuales (31-3-04). Heinz Dieterich Steffan, es sociólogo y profesor en la UNAM de Méjico y columnista del diario El Universal. Predicador itinerante en todos los países de Nuestra América de un nuevo proyecto histórico del marxismo. Es autor de una treintena de libros entre los que se destacan: El fin del capitalismo global (1999) y La crisis de los intelectuales en América Latina (2003)
[4] Robert de Herte es el seudónimo de Alain de Benoist (1943). Editor de las revistas Eléments y Krisis y autor de innumerables trabajos entre los que cabe recordar Vu du droite (1977), Orientations pour des années décisives (1982), L´empire intérieur (1995), Au-dela des droits de l´homme (2004). Es el más significativo pensador de una corriente de pensamiento no conformista, alternativa y antiigualitarista en donde se destacan, entre otros, Guillaume Faye, Robert Steuckers, Julien Freund, Alessandro Campi, Claude Karnoouh, Tarmo Kunnas, Thomas Molnar, Domminique Venner, Pierre Vial, Javier Esparza, Giorgio Locchi, etc.
[5] Sobre la relación entre pensamiento popular y negación puede consultarse con provecho el libro La negación en el pensamiento popular (1975) del filósofo argentino Rodolfo Kusch (1922-1979), así como nuestro trabajo: Papeles de un seminario sobre G.R.Kusch (2000). Entre los no pocos filósofos originales que ha dado la Argentina (Taborda, de Anquín, Guerrero, Cossio, Rougés) Gunther Rodolfo Kusch ocupa un destacado lugar. No sólo por la originalidad de sus planteamientos filosóficos sino además porque los mismos han generado toda una corriente de pensamiento a través de la denominada filosofía de la liberación en su rama popular.
[6] Alasdaire MacIntyre (1929) es un filósofo escocés que vive y enseña en los Estados Unidos y que se destacó por su crítica a la situación moral, política y social creada por el neoliberalismo. Sus trabajos son el basamento de todo el pensamiento comunitarista norteamericano.
Sus libros más destacados son: After Virtue (1981), Whose Justice? Which Rationality? (1988), Three rival versions of moral enquiry (1990).

Alberto Buela (23/06/04).


 De www.soberania.info

La renovación necesaria de los republicanos

En un distrito de San Diego, California, acaban de celebrarse unas elecciones excepcionales, por su propia naturaleza y por la importancia que demócratas y republicanos les han dado. En cuanto a lo primero, se trataba de sustituir al representante del condado en el Congreso, el republicano Randy Duke Cunningham, dimitido y condenado a ocho años y cuatro meses de cárcel por haber aceptado más de l2 millones de dólares en sobornos para favorecer intereses de la industria armamentística. En cuanto a lo segundo, dichas elecciones se habían convertido, dada la situación política norteamericana, en un test.
Una única representante seria del Partido Demócrata, Francine Busby, se enfrentaba a ocho republicanos. El desequilibrio es significativo de por sí, con un Partido Republicano en el que cunde el sálvese quien pueda ante la impopularidad del presidente. También es significativo de la nueva posición de los demócratas. Francine Busby ha abandonado la línea progresista clásica, es decir chic radical, que le llevó a la derrota ante Cunningham en las elecciones de 2004. Ha elaborado una imagen de moderada, a lo McCain, preocupada por las cuestiones éticas, la reforma de las prácticas políticas en Washington e incluso la contención de la inmigración.
 
Con su nuevo discurso y el descontento de las bases republicanas, Busby y los demócratas esperaban una victoria suficiente –es decir, conseguir al menos el 50% de los votos– para no tener que concurrir a la segunda vuelta. No ha sido así, pero han estado cerca de lograrlo, con un 44% de los votos frente al 15 de su rival republicano más cercano, Brian Bilbray, un antiguo surfista (que a su vez ha superado por algo menos de mil votos a su rival republicano más importante, un millonario).
 
El resultado ha hecho cundir el pánico en las filas de la derecha. Bien es verdad que todos los votos de los candidatos republicanos suman más que los conseguidos por Francine Busby, pero parece difícil que el conjunto de los electores republicanos respalden al más votado de su partido. La motivación y la capacidad de liderazgo de los republicanos están, en estos momentos, entre las más bajas de su historia. La respuesta llegará en junio, cuando se celebre la segunda vuelta.
 
Por ahora, las elecciones parciales que se están celebrando esta primavera reproducen, pero al revés, lo ocurrido en la primavera de hace doce años, cuando el Partido Republicano las fue ganando todas, hasta hacerse con la mayoría del Congreso en los comicios de mitad de mandato, en noviembre de 1994.
 
***
 
Es posible que este año la práctica generalizada del rediseño de los distritos electorales impida una catástrofe tan sonada como la que entonces castigó a los demócratas. Pero también es verdad que el Partido Republicano se está ganando a pulso la más que posible derrota. Los jalones en este camino al desastre son de sobra conocidos. La situación en Irak, la pugna intrapartidista en el caso de Terry Schiavo –que ha dejado más cicatrices de las que parece–, la gestión del Katrina, la subida descontrolada del gasto, con el creciente déficit presupuestario y la incapacidad del presidente para ponerle coto, la sensación de corrupción en Washington y la falta de reflejos en el escándalo de la gestión de los puertos norteamericanos por una empresa de Dubai son algunos de ellos.
 
Hace dos semanas se llegó a lo que hasta ahora ha sido el momento más bajo de esta caída, cuando en un solo día el Congreso –de mayoría republicana– se mostró incapaz de llegar a acuerdos en tres asuntos clave: la reforma presupuestaria, la legislación sobre inmigración y la ampliación de los recortes de impuestos. Después del momento estelar, los congresistas se tomaron quince días de vacaciones.
 
Una de las cosas más curiosas de esta situación es que sigue sin haber una auténtica alternativa demócrata a las ideas y al programa de la coalición que ha sostenido a Bush hasta el momento. No digo esto para despreciar a los demócratas. Se trata, simplemente, de subrayar que sigue vigente el programa de menos Gobierno, más libertad, menos oligarcas y más transparencia que llevó a los republicanos al poder.
 
Los demócratas ya han elaborado, de hecho, un programa que es como una reproducción light del Contrato con América, el mismo que llevó a los republicanos a la victoria en 1994. Han organizado su presentación en diversos apartados: 'Un liderazgo honrado', 'Seguridad en serio' (ya hechos públicos), 'Seguridad económica y pensiones', 'Sanidad al alcance de todos' y 'Excelencia educativa'. Un demócrata con capacidad de liderazgo puede llevar a su partido a dejar atrás los tiempos de radicalismo de Al Gore y de indefinición de Kerry y conseguir los votos para volver a gobernar a lo Clinton, en moderado y basándose en una propuesta que en el fondo se acerque bastante, con los matices necesarios, al programa que los republicanos, con mayoría en el Congreso y la Casa Blanca en su poder, no han llevado a buen puerto. O, según otros, han traicionado.
 
También puede ocurrir, y es algo sobre lo que en el Partido Republicano ya se especula abiertamente, que la previsible derrota de noviembre provoque un revulsivo que haga surgir a un líder capaz de reunir el partido, soldar las grietas abiertas en la alianza que apoyó en su día a Bush y renovar el ideario liberal conservador. De eso habla, en buena medida, Impostor, el libro del periodista Bruce Bartlett que empieza con una fabulosa afirmación: George W. Bush no es de derechas.
 
Ya se ha ocupado de él Carlos Ball en Libertad Digital, muy oportunamente, pero merece algún comentario más. La semana que viene.

 

José María Marco

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 18 de abril de 2006

Ollanta Humala, el «guerrero que todo lo mira»: ¿futuro presidente del Perú?

Se cumplieron las previsiones electorales en Perú, al menos en parte. Ganó Ollanta Moisés Humala Tasso, por encima de la socialcristiana Lourdes Flores Nano y del aprista Alan García; si bien deberá concurrir a una segunda vuelta al no haber alcanzado la mayoría automática. Un candidato inquietante en la línea de Hugo Chávez y Evo Morales.

 

El padre de Ollanta Humala, Isaac, configuró el denominado «etnocacerismo», una ideología nacionalista que exalta el pasado inca del Perú. Isaac puso a sus siete hijos diversos nombres incas: así, Ollanta significa «el guerrero que todo lo mira». ¿Profético?

 

Nació en Lima el 27 de junio de 1963 en el seno de una prestigiosa y numerosa familia oriunda de Ayacucho. Militar profesional, fue acusado de violación de los derechos humanos en Huánuco, región donde se enfrentó a la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso desde 1992. Participó también en los incidentes fronterizos con Ecuador de 1995. El 29 de octubre de 2000 asaltó unas instalaciones mineras de Tacna, a modo de intentona golpista contra el entonces presidente Alberto Fujimori. Con su pequeño destacamento de reservistas recorrió «a la fuga» los Andes, mientras exigía la renuncia de Fujimori y de los –que juzgaba- corruptos jefes de las Fuerzas Armadas. El Gobierno de transición, que relevó a Fujimori, finalmente, le amnistió. Sigue estudios de Ciencias Políticas en los años 2001 y 2002. Agregado militar en Francia y Corea del Sur, es retirado del ejército en diciembre de 2004.

 

En abril de 2005 fundó el Partido Nacionalista Peruano, junto a su esposa Nadine Heredia, conocida comunicadora social, pero al no poder concurrir a las elecciones con el mismo, se incorporó como candidato a la Unión por el Perú.

 

¿Qué ideas preconiza el popular y discutido Ollanta Humala? Veamos algunas de ellas.

 

El 2 de marzo de 2006 saluda al presidente Kirchner, reconociendo su «liderazgo regional, no sólo en la Argentina, como parte de la construcción progresista en Latinoamérica, la patria grande».

 

El 18 de marzo de 2006 afirma ser «parte de las corrientes políticas latinoamericanas: en unos lugares llamados socialistas, de izquierda, indigenistas y en el Perú, el nacionalismo. Todos estamos confrontados al modelo económico neoliberal que esta destruyendo nuestras naciones»

 

Se ha declarado admirador del general Juan Velasco Alvarado, dictador durante siete años, quien trató de instaurar una «tercera vía» peruana (en cierta sintonía con los «no alineados» de la época, Nehru, Nasser, Tito), arruinando al país, hasta que fue destituido por otros militares en 1975.

 

En el Ideario de su partido, apartado Principios, afirma entre otras muchas cosas: «El Partido Nacionalista Peruano, surge en el escenario político con una clara ideología Nacionalista, recogiendo y asumiendo la gran Veta Nacionalista de nuestros antepasados desde la época del gran Imperio de nuestros Incas, las luchas libertarias contra la opresión de la Colonia española, reivindicando la gesta heroica de Manco Inca y Tupac Amaru II y en general, del pueblo peruano que históricamente ha demostrado su compromiso con la Patria siendo siempre los primeros en sacrificarse en defensa del país. (…) El Partido Nacionalista Peruano, reconoce de manera especial, el aporte del Amauta José Carlos Mariátegui, fundador del socialismo peruano, asumiendo su convocatoria de Peruanizar el Perú y de Víctor Raúl Haya de la Torre, creador de una doctrina Antiimperialista de integración Latinoamericana, constituyéndose ambos en la expresión del pensamiento político creativo, sin duda más importante en nuestra historia republicana».

 

Recordemos que José Carlos Mariátegui fue un notable teórico marxista que fundó la revista Amauta en 1926. En 1928 rompió con el APRA, fundó el Partido Socialista, la revista proletaria Labor, y publicó sus famosos Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Un año más tarde fundó la Confederación de Trabajadores de Perú. Muere el 16 de abril de 1930.

 

Víctor Raúl Haya de la Torre, por su parte, fundó en México el 7 de mayo de 1924 la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), con pretensiones continentales, y, posteriormente en su patria, el Partido Aprista Peruano. Su ambición era «¿cómo hacer conciencia?», respondiendo «con ciencia»: los orígenes hegelianos del marxismo, las técnicas de la oratoria política, la crítica social, la lucha antiimperialista... De sí mismo dijo: «Toda mi vida he sido un luchador social. Por accidente, un político». Su libro fundamental fue «El Antiimperialismo y el APRA». Después de años de persecución, asilos y exilios, fue elegido Presidente de la Asamblea Constituyente de 1978, siendo éste el único cargo oficial que desempeñó en Perú. Bajo su presidencia se elaboró la Constitución de 1979. Falleció el 2 de agosto de ese mismo año. Paradójicamente, como sucesor, de este inspirador del «guerrero que todo lo mira», lidera el partido que antaño fundara Haya de la Torre el polémico Alan García, su competidor electoral.

 

Entre sus Objetivos encontramos el siguiente: «1. Instauración de una Segunda República mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que oriente un proyecto nacional que cambie y desarrolle nuestra patria, liberando así a los grandes sectores sociales marginados por siglos de injusticia y prepotencia». Una singular propuesta rupturista coincidente con el programa del boliviano Evo Morales.

 

De Visión internacional procede el jugoso párrafo que sigue: «2. Constatamos que la tradicional confrontación ideológica mundial entre Socialismo (Izquierda) y Capitalismo (derecha), terminó con el fin de la "Guerra Fría"; actualmente, la nueva confrontación mundial se viene dando entre la Globalización (fase superior del Imperialismo triunfador de la Guerra Fría) que tiende a transformar a los estados naciones soberanos en estados naciones globalizados y sin soberanía (Neo colonias) y los Nacionalismos Integradores que defienden la Libertad e Independencia de cada país». También coincide, en ello, con Morales, Chávez, Castro, Kirchner…

 

En resumen, una peculiar combinación de nacionalismo, indigenismo, populismo, denuncia de la corrupción, internacionalismo socializante… y ególatra culto a la personalidad. Pero no se trata de un caso aislado. Evo Morales en Bolivia, el aventajado candidato Andrés Manuel López Obrador por el izquierdista PRD en México, y otros, también mantienen posiciones en buena medida análogas.

 

Un fantasma recorre América Hispana: el indigenismo. Permítasenos la broma. Imprevisible e inquietante, en cualquier caso. A juicio de todos ellos, para superar la larga crisis de sus países debe remontarse a los orígenes autóctonos anteriores a la colonización española, al cristianismo que llevaron consigo, y a los Estados criollos que precariamente se implantaron en el siglo XIX; pues ahí radicarían las raíces de los males pasados y presentes. Por ello reclaman un retorno a las culturas aborígenes y a sus expresiones comunitarias, a los residuos religiosos precristianos allí donde acaso pervivan, nuevos procesos constituyentes en lo político, un modelo social alternativo a la «globalización neoliberal»…

 

Pero, lo más preocupante, es que, así, intentan romper con siglos de tradición cristiana que aportó, a la América Hispana, una rica historia, una cultura integral, el mestizaje, y, con todo ello, la centralidad de la persona; axioma desconocido en las culturas precolombinas.
Fernando José Vaquero Oroquieta

 

Páginas Digital, 17 de abril de 2006

TIRANTE EL BLANCO: El sexo como interpretación de la Historia

¿Es el sexo el motor de la historia? Muchos atribuyen esta hipótesis hermenéutica a Freud, y en parte –sólo en parte– es cierto, pero las tesis del doctor vienés eran mucho más inteligentes que ese reduccionismo tan radical. Una cosa es desvelar la importancia personal y social de la sexualidad, algo considerado tabú hasta Freud, y otra muy distinta es que todo tenga detrás una razón o motivación sexual. Pues esto es lo que cree a pies juntillas Vicente Aranda, que acaba de estrenar Tirante el Blanco.

 

 

Vicente Aranda se ha caracterizado siempre por el fuerte contenido sexual de sus filmes. Un sexo explícito y reconocido –por la gente, no por él– como su sello personal. Baste recordar algunas escenas de Paz Vega en Carmen, o la interpretación sexual de la figura de la reina Juana la Loca en el homónimo film. En Tirante el Blanco se acerca de forma muy personal a la novela medieval de Joanot Martorell Tirant lo Blanc, escrita en valenciano a partir de 1460 y publicada en 1490.

 

La novela, con componentes autobiográficos del mismo autor, narra los amores y pendencias del caballero Tirante con un estilo que combina un realismo directo y crudo con los ideales caballerescos de la época. El héroe se inicia participando en competiciones en Inglaterra y prosigue sus aventuras en Francia, para terminar salvando el Imperio Bizantino frente a los turcos otomanos.

 

Aranda no se centra en el aspecto militar –sólo hay dos batallas en el film–, sino en las intrigas amorosas de la corte. Tirante utiliza su victoria para vencer la natural oposición de la princesa Carmesina (Esther Nubiola) a entregar su virginidad. Carmesina es la presumible y única heredera del Imperio. Tirante es joven y atractivo, pero no es de origen noble. Es, pues, "necesario" embarazarla antes de la boda.

 

Son las mujeres de la corte –Estefanía (Ingrid Rubio) y Placerdemivida (Leonor Watling)– las que se afanarán por salvar el Imperio haciendo que se produzca el encuentro carnal entre Tirante y Carmesina. La Viuda Reposada (Victoria Abril) lucha contra este propósito, no porque esté a favor de los turcos, sino porque ella también está perdidamente enamorada de Tirante. En fin, un culebrón.

 

Ciertamente, la novela original es muy sensual y picaresca, con muchas similitudes con La Celestina. Ello le sirve a Aranda para desplegar todo su oficio en escenas subidas de tono. El otro componente de la novela, el religioso, expresión de la mentalidad medieval –que ya declinaba entonces–, está en la película más como discurso oficial insincero –como una superestructura ideológica en sentido marxista– que como ideal configurador de la vida real. De esta formal, al reducir las motivaciones políticas y personales de los personajes a deseo sexual, se reduce todo el horizonte del deseo humano y las múltiples evocaciones religiosas del film quedan vaciadas de sentido.

 

Es una pena que una producción tan cara se eche a perder por una miopía de guión que sólo ve lo inmediato y que escamotea a los personajes un horizonte ideal. Aproximarse al siglo XV con la perspectiva de un "salidillo" del siglo XXI es renunciar a entender una época y el sentido de la sexualidad que tenían los hombres de entonces.

Por Juan Orellana Libertad Digital, suplemento Religión, 12 de abril de 2006.

 

 

 

Para aprender liberalismo

¿Cuáles son los libros a que debe uno acudir si quiere aprender lo más básico desde una perspectiva liberal? Por comenzar por la economía, mi primera recomendación sería para La teoría de la economía, de Wilhem Röpke. El autor dice que es el libro que hubiera querido tener de joven para introducirse en la materia, y seguramente no hay otro tan bueno sencillo y completo a la vez. La economía en una lección, de Henry Hazzlitt, acerca al lector de forma sencilla al razonamiento económico, con aplicaciones a situaciones concretas. Un libro más sistemático, pero del que el lector sacará mucho provecho son los viejos Principios de Economía, de Carl Menger. Ya, quien quiera profundizar y adquirir un conocimiento profundo de cómo "funciona" una sociedad, que se acerque con tiempo a las páginas de La Acción Humana, de Ludwig von Mises.

 

Pero la economía no es sino la interacción humana en un entorno institucional. De modo que es muy necesario entender cómo funcionan las instituciones, como el derecho, la propiedad, el dinero... La Libertad y la Ley, de Bruno Leoni, es una de esas joyas que le hacen a uno crecer en menos de trescientas páginas. Henri Lepage escribió un libro excelente, ¿Por qué la propiedad?, que lleva al lector a aprender lo más importante sobre esta institución fundamental. En español puede acudir a Propiedad y libertad, de Richard Pipes, y si habla inglés, no deje de leer The Noblest Triumph, de Tom Bethell. Si hablamos de instituciones y liberalismo, Friedrich Hayek es el nombre de referencia, y para acercarnos a su pensamiento sin tener que desentrañar sus obras más difíciles, lo mejor es leer La fatal arrogancia.

 

Para entender bien las sociedades libres es necesario captar la esencia de su opuesto, el socialismo. Acudamos de nuevo a Hayek para leer Camino de servidumbre, y también a Pipes, en su breve pero útil Comunismo. Si se desea profundizar, la crítica teórica del socialismo está en el libro del mismo nombre de Ludwig von Mises, y la histórica en El libro negro del comunismo, así como en el breve pero excelente El Holocausto, de César Vidal.

 

Es necesario saber cómo hemos llegado hasta aquí, quizás la mejor guía sea La riqueza y la pobreza de las naciones, de D. Landes. La mejor historia del siglo XX, sigue siendo Tiempos modernos, de Paul Jonson y para saber en qué situación estamos, la Defensa del capitalismo global, de Johan Norberg. Y si lo que le interesa al lector son las cuestiones de política económica, que no deje de leer Libertad de elegir de Milton Friedman. Fuera de catálogo, Riqueza y pobreza, de George Gilder.

 

Y como no todo está en los libros y estamos en la era de Internet, además de la página en la que ya está el lector, puede buscar buenos artículos en liberalismo.org, los comentarios del Instituto Juan de Mariana, e incluso Webinversor para aprehender lo esencial de la filosofía de la inversión. Que por falta de opciones no sea. En eso consisten las sociedades libres.

 

 

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

Libertad Digital, 17 de abril de 2006

 

 

A propósito del totalitarismo

Notable cuadro descriptivo de las prácticas totalitarias del siglo XX, la obra colectiva Une si longue nuit (Una noche tan larga) –publicada bajo la dirección de Stéphane Courtois– permite zanjar definitivamente ciertos puntos controvertidos, empezando por la legitimidad política y moral que resulta de la comparación entre la Alemania nazi y el comunismo soviético, y que llega a considerar estos dos regímenes más allá de lo que los distingue como representantes típicos de una forma política radicalmente nueva: el totalitarismo.
Falta por saber si el totalitarismo, en tanto producto innegable de la modernidad, ligado en su práctica a la racionalidad tecno-burocrática de las sociedades industriales, no tiene también cierto parentesco con otras formas políticas modernas. George L. Mosse pudo escribir que «Robespierre se habría sentido plenamente en casa en una reunión nazi de masas». Algunos podrían establecer también un paralelo entre el jacobinismo de 1793 y lo que Jacob Talmon llamó la «democracia totalitaria». Jacques Julliard afirmó por su parte: «El totalitarismo es, quizá, la democracia menos el sistema liberal representativo». Propósito que parece inscribirse en falso contra la alternativa contenida en el título de la colección donde aparece esta obra: «Democracia o totalitarismo».
Pero podríamos ir más lejos. Preguntarse acerca del totalitarismo exige, en efecto, examinar la mentalidad que la sostiene, identificar la naturaleza de sus aspiraciones. El fenómeno totalitario está fechado históricamente; pero la mentalidad que lo hace posible viene sin duda alguna de más lejos.
Los regímenes totalitarios han masacrado a gran escala y de una manera nunca antes vista. ¿Pero por qué lo hacen? Los amos de dichos regímenes no masacran por placer –hay que recordarlo– pero no sabemos por qué considerarían necesarias dichas masacres. No basta con describir el crimen; hay que preguntarse por las motivaciones del criminal.
Podríamos evocar aquí temas como la absolutización de la subjetividad («sólo me interesan los míos, los demás hombres son demasiados»), el deseo titánico o mesiánico de crear un «hombre nuevo» –deseo acorde con la exaltación del novum propio de la ideología del progreso– o incluso el tema del tercero excluido, que consiste en considerar al mundo dividido en dos campos en donde uno debe desaparecer («quien no está conmigo está contra mí»).
Pero el corazón del totalitarismo está en otra parte. Lo que los regímenes totalitarios buscan cuando quieren erradicar al «enemigo de clase» o «de raza», no es solamente suprimir cualquier oposición. Es alinear el conjunto del cuerpo social en un modelo único que se presume como el mejor. Es en el fondo la pasión de lo Mismo, la voluntad de reducir a lo único cualquier diversidad humana, cualquier complejidad de lo social, lo que los hace suprimir cualquier diferencia, cualquier desviación, cualquier pluralidad. Para definir esta voluntad por uniformar podríamos aludir a la ideología de lo Mismo y trazar su genealogía. Hace mucho, esta se limitaba a establecer que los hombres –más allá de lo que los distinguía en su existencia concreta– eran portadores de un alma que los ponía en una relación de igualdad ante Dios. Pero en la era moderna esta idea fue rebajada a la esfera profana. A la idea de que todos los hombres son fundamentalmente los mismos se suma la convicción de que también lo debían ser aquí abajo, al precio de suprimir las diferencias. En suma, se trata de hacer siempre a los hombres más semejantes. Es lo que los regímenes totalitarios han intentado hacer sólo que con mayor brutalidad.
Si admitimos que esta pasión por lo Mismo está en el corazón del totalitarismo, entonces las formas que asume se vuelven secundarias. Si definimos al totalitarismo no por sus prácticas ni por sus métodos, sino por su intención y su finalidad, se nos revela otra visión. Y nos conduciría a responder sin optimismo la cuestión que plantea Courtois: «Sólo el futuro dirá si el fenómeno totalitario no ha sido más que un paréntesis en el corazón del siglo XX, o si sigue su curso bajo una forma nueva en el siglo XXI».

Así, la ideología de lo Mismo más que nunca se encuentra en marcha. El irresistible movimiento de globalización, de esencia tecno-económica y financiera, cada día tiende más a desarraigar a los pueblos y las culturas, a las identidades colectivas y los modos de vida diferenciados. Los poderes públicos disponen además, hoy día, de medios de control que los antiguos regímenes totalitarios apenas pudieron soñar. ¿No sería posible llegar con suavidad, e incluso con el consentimiento de las víctimas, al estado de uniformidad que los sistemas totalitarios intentaron instaurar mediante la violencia? Tocqueville y Nietzsche, en registros muy diferentes, parecen haber previsto esto. El planeta transformado en un inmenso mercado homogéneo, una sociedad de vigilancia que poco a poco impone su designio: la «nueva forma» del totalitarismo no puede ser otra más que ésta.


 Alain de Benoist (traducción de José Antonio Hernández García).

La Nouvelle Revue d’histoire, 2004.