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Políticamente... conservador

El espíritu laicista de la Segunda República

Ya pueden empeñarse algunos próceres del socialismo que nos desgobierna, incluido el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. La anunciada ley de la memoria histórica, con el runrún anticipatorio del 75 aniversario de la Segunda República, no hará que la amnesia y el olvido intencionado de aspectos esenciales de nuestro pasado colectivo –como les gusta decir– pase, ahora sí, de verdad, a la historia. Un caso de libro ha sido el reciente bombardeo del que podríamos denominar, por llevar la contraria a la Transición, "espíritu de la Segunda República".

 

Por más que se empeñe el señor Rodríguez en aclarar que lo que dijo como respuesta a la pregunta, en la sesión de control del Senado, del senador Bonet i Revés, se le olvidó hablar del laicismo más agresivo que conocieran nunca los españoles: el de la Segunda República. En su respuesta regurgitó aquello de que "fue el primer régimen político auténticamente democrático en España", amén de hacer la lista de conquistas políticas de aquel período, la igualdad, la extensión en la educación –¿nadie recuerda aquello que dijera un ministro de Instrucción Pública: "8.000 maestros sin escuela, 8.000 escuelas sin maestro"– y la figura de Azaña, los tres soles del templo republicano. ¿Quién se acuerda hoy del espíritu laicista de la Segunda República? ¿En qué se parece al del presente histórico? ¿En qué se diferencia?

 

Al presidente del gobierno y a sus historiadores áulicos, incluida la nueva ministra de educación para la República, Mercedes Cabrera, parece que se les ha olvidado que el éxito ideológico y político del laicismo, en la II República, fue de singular virulencia. La Constitución de la República Española, aprobada por las Cortes Constituyentes el 9 de diciembre de 1931, incluía disposiciones que limitaban agresivamente no sólo la libertad de la Iglesia católica sino el mismo derecho fundamental a la libertad religiosa. Sus artículos 26 y 27, en los que se regulaban de forma restrictiva el estatuto jurídico de las confesiones religiosas y la libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión, son la muestra más palpable de una legislación antidemocrática.

 

Y no digamos nada del posterior desarrollo legislativo. El 23 de enero de 1932 se decreta la disolución de la Compañía de Jesús. El 2 de junio de 1933 aparece en escena la ley de Confesiones y Asociaciones Religiosas. Un laicismo que, de forma generalizada, había llegado a la calle y a la conciencia de los ciudadanos permeables a la propaganda izquierdista que insistía, como nos recuerda entre otros Stanley G. Payne, en las maldades del clero y de la Iglesia: opresión de los pobres, posición arrogante de influencia política, perversión y abusos sexuales, sumisión de las gentes ignorantes, abusos históricos, etc.

 

Aunque a quienes pretender volver a escribir la historia se les olvide un dato sustancial, a nosotros no. Como recordó Juan Pablo II dirigiéndose el 14 de enero del 2005 a un numeroso grupo de obispos españoles, esa filosofía laicista "no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esa ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental".

 

No es descabellado pensar que la asignatura pendiente del espíritu democrático de la Segunda República, que ya lo ha dejado de ser, es la del laicismo. Si entonces fue determinante el modelo educativo, y la legislación consiguiente, ahora también. Muestra de ello ha sido la reciente aprobada LOE sin el más mínimo consenso y acuerdo, ni siquiera el de la patronal de los colegios de religiosos, tan esperado, que se han quedado a verlas venir. El laicismo opera particularmente en el ámbito de la educación porque sabe que ahí invierte con rendimientos de futuro. Tampoco olvida lo referido a la familia y a la vida, a la mujer y al tiempo de ocio. Tiene una especial querencia por todo lo que esté relacionado con los procesos de socialización y conformación de la conciencia personal. No debemos olvidar que el laicismo de la Segunda República tuvo la tenaz oposición del catolicismo social, que no sociológico, que le hizo frente. Es lo que ahora, sin duda, necesitamos.

 

 

Por José Francisco Serrano Oceja

 

 

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 20 de abril de 2006.

La izquierda mugre

Había la "izquierda caviar", que era esa tribu de señoritos ricachones que jugaban a la redención del género humano (hoy los tenemos bien acomodados en todos los lobbies presentes, reconocibles o no), y hubo, hay y habrá la "izquierda mugre", que es el rencor, el resentimiento y el odio convertidos en ideología. Ahí lo de ese fulano, Carlos López Aguilar, alias Sorrocloco, hermano del ministro de Justicia; el que ha dicho que a Alcaraz, al que llama "tarado", le tocó la lotería cuando ETA mató a su familia, y que la asociación de víctimas del terrorismo es la "asociación de la venganza talibán"; el que ha dicho, también, que la oposición de los católicos a la adopción de niños por parejas homosexuales es por esos obispos que se excitan imaginando escenas de niñitos violados. En fin, ése: Sorrocloco. El mismo tipo humano que organizaba los paseíllos en la dulce y añorada república del Frente Popular. La izquierda mugre.

La mugre forma parte de la condición humana: la encontramos en cualesquiera tiempo y lugares, en cualesquiera profesiones y oficios, también en cualesquiera ideologías y partidos. En los tiempos nobles y limpios, tiempos de altos principios y anchos sacrificios, la mugre apenas se ve: está confinada en las alcantarillas, oculta, en los corazones mezquinos, bajo la fuerza resplandeciente de la virtud. Pero cuando llegan ciclos bajos, tiempos oscuros –y esto es algo que la historia administra con intensa periodicidad-, la mugre sale a la superficie, se extiende por doquier y todo lo sepulta en su olor. Son esos tiempos en los que se diría que todo el mundo se ha vuelto loco o estúpido; esos tiempos en los que parece inverosímil poder encontrar a cien justos.

No, la mugre no es un rasgo exclusivo de la izquierda, tampoco del socialismo español. Pero ocurre que a veces hay alguien especialmente inclinado a dejar que la mugre aflore, grupos o personas que sienten una rara predilección por lo más bajo y obsceno y ruin, voluntades turbias que, cuando huelen a podrido, no ventilan, sino que se refocilan en el hedor, quizá porque éste, secretamente, despierta alguna veta de su sensibilidad. Hoy tenemos en la plaza pública mucha mugre. Y toda viene de la izquierda.

¿Sorrocloco? No, no, qué va: éste sólo es un pobre… tarado. El problema es la adición: Sorrocloco, más Rubianes, más los adalides progres de la telebasura, más una educación invertida, más la humillación de las víctimas del terrorismo, más la impunidad del poder, más el cachondeo de las detenciones ilegales, más la mentira como instrumento cotidiano de la autoridad pública, más… Más la indiferencia general. Que es ahí, por cierto, donde está el problema. Porque la mugre nunca se extiende si uno barre la calle con regularidad. Pero cuando alguien –una familia, un partido, una sociedad- se acostumbra a vivir con la mugre, es que no merece nada mejor.

 

 

José Javier Esparza

 

El Semanal Digital, 20 de abril de 2006

 

ABORTO: LA REALIDAD DEL ABORTO PROVOCADO EN NAVARRA (I)

Según datos oficiales -muy poco conocidos- del Ministerio de Sanidad, durante el año 2004 se ejecutaron en madres procedentes de Navarra un total de 639 abortos provocados. Es una cantidad que va creciendo en los últimos años y que aunque no se realiza en Navarra por la inexistencia de centros abortistas sí cuenta con una importante subvención de dinero público.

Estado civil: La mayoría de las mujeres que abortaron eran solteras (352) y 218 casadas.

Nivel de instrucción: Una gran mayoría de mujeres (483) tenían estudios de segundo grado, mientras que 121 de ellas tenían algún tipo de titulación universitaria.

Tipo de hábitat: más de la mitad de las mujeres censadas vivían entonces en la comarca de Pamplona.

Número de hijos vivos: 333 mujeres no tenían otros hijos cuando abortaron. Sin embargo al menos 527 niños navarros sufrieron durante 2004 el aborto provocado de un hermano menor. (Es curioso el uso en las estadísticas oficiales de la expresión “número de hijos vivos actualmente”. La palabra hijos no se aplica en ningún caso en estos informes del Ministerio a los hijos abortados pero el redactor se ve obligado en este caso a llamar “hijos vivos” a los supervivientes con lo que queda implícito que los “hijos muertos” son los abortados).

Número de abortos voluntarios anteriores: 486 mujeres navarras abortaron durante 2004 por vez primera. El resto, 153, ya habían abortado anteriormente.

Utilización de Centros de Planificación Familiar: de los 639 casos registrados casi la mitad (313) recibieron asesoramiento previo en algún Centro de Planificación Familiar; 292 en centros públicos y 21 en privados. ¿Qué clase de información sobre la realidad y secuelas del aborto se proporciona en esos centros financiados con el dinero de todos los navarros?

 

Navarra Confidencial, 19 de abril de 2006

 

Los católicos ante el gobierno de Zapatero

El Gobierno ha iniciado un proceso dirigido a difundir los extraordinarios progresos que España ha realizado en los dos años de gobierno Zapatero.

 

El balance es, como nos tiene acostumbrados la política de este país, excesivamente triunfalista y faltado de la más mínima racionalidad autocrítica.

 

El acento de lo que presenta el gobierno está situado precisamente en el área menos ideológica, más “estándar” podríamos decir, la economía regentada por Solbes y en la que el propio Presidente del Gobierno y su equipo prácticamente no han intervenido. Este es un rasgo a retener.

 

Es exacto que la economía española ha funcionado bien a lo largo de estos dos años, tanto en términos de crecimiento económico como de su gestión pública, pero también lo es que esta política no presenta ningún carácter singular que la diferencie de la del PP. Al celebrar estos resultados el PSOE está diciendo que la estabilidad en la política económica ha resultado una buena receta, quizás por aquello que con las cosas de comer mejor no jugar.

 

Pero el balance económico omite que este crecimiento no es sano, al contrario de lo que predica el portavoz del PSOE, José Blanco, porque presenta un grave desequilibrio en su balanza exterior y una amenaza por nuestra baja competitividad a partir del momento en que la construcción y el consumo interior por si solos no sean suficientes.

 

En otro plano, son datos positivos el aumento de la ayuda al desarrollo, hasta los 3200 millones de euros y las subidas de las pensiones mínimas, entorno a un 15%, a pesar de que se continúan manteniendo por debajo del límite de subsistencia.

 

También cabe señalar como un factor en el haber, la legalización de más de medio millón de inmigrantes, aunque se pueda criticar la forma como se realizó y el hecho de que por falta de medidas de continuidad, la bolsa de los ilegales continúe creciendo.

 

Los Estatutos de autonomía, y en concreto el de Cataluña, no son señalados en el balance como un hecho destacable, a pesar de que han concentrado una gran parte de la tensión política. Esta omisión es todo un discurso en si mismo.

 

Como lo es la escasa relevancia que se otorga a las leyes que mayor conflicto han provocado entre los católicos: las relacionadas con la reducción del contrato matrimonial a la nada, y el matrimonio y adopción homosexual, la LOE, con sus limitaciones a la clase de religión y al derecho de los padres, y la particularísima Ley de Reproducción Asistida. Precisamente éste es el ámbito donde el equipo de Zapatero ha actuado con absoluta dedicación y prioridad.

 

El resultado es una paradoja: el gobierno exhibe aquello en lo que menos participa de la “filosofía Zapatero” y silencia o sitúa en la penumbra, lo que le es más propio y singular, lo que ha convertido a España en una sociedad anormal en el contexto europeo, occidental y mundial.

 

 

Editorial de Forum Libertas, 19 de abril de 2006.

 

Sesión arriesgada en el Circo de Chaves

Chaves sigue vendiendo entradas para el circo, pero la última sesión del espectáculo es de alto riesgo.
Andalucía, junto con Extremadura, tiene la renta per cápita más baja de España. Una estructura productiva atrasada en la que el sector primario todavía representa más del ocho por ciento. Su industria es de las menos modernas de España y está orientada a sectores de poco valor. La tasa de paro era cercana al 14 por ciento al acabar 2005. Uno de cada cuatro desempleados españoles es andaluz. El empleo entre el 99 y el 2003 se creo, sobre todo, en la construcción: hay poco dinamismo fuera del ladrillo. La cualificación de los trabajadores está por debajo de la media española. A una empresa en Andalucía su plantilla le sale más cara que en el resto de España: los salarios que se pagan son más bajos pero la productividad que se obtiene es menor. En esta Comunidad Autónoma el número de empresas y de trabajadores dedicados a las nuevas tecnologías es la mitad que en el conjunto del país.
En este contexto, la Junta de Andalucía ha practicado una política muy asistencial. Más del 56 por ciento del gasto público en los últimos cinco años ha estado destinado a la producción de bienes de carácter social. A pesar del creciente endeudamiento público no se han puesto en marcha políticas que favorezcan la capacidad competitiva. La dotación de infraestructuras, por ejemplo, sigue por debajo de la media nacional.
El “pan asistencial” de Chaves, que es hambre para mañana, está acompañado de un fuerte adormecimiento de la sociedad civil. Un estudio elaborado por el Centro de Estudios Andaluces, dependiente de la propia Consejería de Presidencia, que se publicó en 2005 con el título Desde la esquina de Europa , concluye que “los andaluces hacen un uso menor de los medios de comunicación que los europeos, limitando su exposición casi exclusivamente a la televisión; además muestran escaso seguimiento y atención hacia la información política en cualquier medio” (pág 15). Sólo dos de cada diez andaluces, según el estudio, lee prensa diaria. Y “además -añade el informe- el perfil sociológico de los que leen más prensa se caracteriza por ser el de personas mayores jubiladas con pocas posibilidades de participación en las organizaciones comunitarias más activas” (pág 15). En esta Andalucía retrasada y asistencialista, además, se ha producido un importante deterioro de la convivencia. La confianza interpersonal está bajo mínimos, lo que hace peligrar considerablemente la prosperidad futura. “Los andaluces confían menos que los españoles, tienden más a pensar que la gente intenta aprovecharse de los demás, y menos a pensar que la gente trata de ayudar a los demás” (pág 16).
Como hay poca faena por hacer, Chaves rompe el acuerdo con el PP para la reforma del Estatuto de Andalucía y la declara “realidad nacional”. Lo hace a pesar de que el 63 por ciento de sus gobernados cree que el mejor modo de definir a la región es con la tradicional expresión de Comunidad Autónoma. Seguramente quiere montar un espectáculo como el de Maragall: debate artificial inducido desde el poder sobre la identidad nacional para distraer de lo verdaderamente importante. Debería ser más prudente porque podría despertar a muchos que ha tenido dormidos con el pan y el circo.
Fernando de Haro

 

Páginas Digital, 19 de abril de 2006

La guerra dual de Irak

Edward Wong y Kirk Semple, del New York Times, informaban desde Irak el pasado día 2. Su artículo de portada, en la columna derecha, incluía esta buena noticia: "Las bajas americanas caen en picado durante los últimos 5 meses". Pero, como siempre que en los medios importantes se trata de las acciones norteamericanas en el extranjero, la parte positiva tenía que ser eclipsada por la negativa; en este caso, por un incremento de las muertes entre árabes sunníes y chiíes.

 

Wong y Semple informan de que tanto sunníes como chiíes están abandonando las zonas de población mixta y agrupándose entre correligionarios, si bien las cifras contrastadas son reducidas. Irak se encamina, según el NYT, hacia una ruptura étnica y sectaria. Al parecer, los iraquíes están demasiado ocupados en asesinarse entre sí como para masacrar americanos.

 

 

 

¿Por qué se produce esta autosegregación en Irak? Por lo mismo, dicen algunos representantes de la mayoría chií, que los chiíes no están satisfechos con el acuerdo de gobierno promovido por los funcionarios norteamericanos en Bagdad. Los chiíes sostienen que EEUU respalda a los vecinos sunníes hostiles a Irak, que están financiando el terrorismo radical sunní. Asimismo, EEUU quiere que los chiíes acepten un compromiso con los sunníes que les oprimieron en el pasado y que aún hoy les matan. A lo largo del mismo fin de semana (1-2 de abril), el Financial Times de Londres citaba a un furioso ayatolá iraquí, Mohamed al Yacoubi: "El embajador americano y los tiranos de los estados árabes están prestando apoyo político a los partidos que han dado cobertura política a los terroristas".

 

 

 

Uno podía esperar no cayera en el olvido el atentado del 22 de febrero contra el santuario chií del Imán Oculto en Samarra, la atrocidad que tan dramáticamente ensanchó el abismo que separa a sunníes y chiíes. ¿A quién hay que culpar de la destrucción del santuario? Como sabe todo el mundo musulmán, el letal culto wahabí de Arabia Saudí –que tiene una larga frontera con Irak y posee un numeroso clero al que repugnan los chiíes– está aterrorizado ante la perspectiva de un Gobierno de mayoría chií en su frontera norte, por lo que está avivando las llamas del conflicto.

 

 

 

¿Y por qué la coalición liderada por Estados Unidos responde a esta situación insistiendo en que el nuevo Gobierno de Irak apacigüe a los sunníes? De nuevo, el ayatolá Al Yacoubi está en lo cierto: porque carecemos de la voluntad de decir a los saudíes, por encima de todo, y, en segundo lugar, a los jordanos, que pongan fin a la incitación, el reclutamiento y el traslado de terroristas a Irak.

 

 

 

Analicemos ahora otro aspecto del debate. La descripción de la violencia radical sunní en Irak como "insurgencia", que le concede cierta apariencia de legitimidad local, si no un verdadero caché –piense en el Che Guevara, etcétera–, nunca se escucha entre los iraquíes. Los partidarios de las atrocidades sunníes se refieren a sus autores como muyaidines, o yihadistas. Sus detractores y víctimas les llaman exactamente lo que son: terroristas wahabíes. Estos criminales son como aquellos que durante un tiempo fueron denominados, correcta pero incompletamente, "combatientes extranjeros", hasta que quedó claro que la mayor parte eran saudíes.

 

 

 

Los grandes medios, que odian utilizar esa palabra que empieza con W (wahabí), también son reticentes a mencionar la palabra que empieza con S cuando debaten sobre terrorismo global, a pesar del recuerdo imborrable de que 15 de los 19 pilotos suicidas del 11-S eran saudíes. Los medios comparten esa desagradable reticencia con el Gobierno norteamericano.

 

 

 

Este punto aparentemente trivial nos trae a la memoria un fenómeno que dura ya décadas: la paradoja de las "guerras duales"; es decir, guerras que son vistas de manera completamente diferente por, de un lado, aquellos que las viven y, del otro, los medios americanos y la élite política progresista.

 

 

 

– Hoy, lo que los medios americanos llaman en Irak "insurgencia" es, en realidad, una agresión exterior perpetrada por los vecinos sunníes del país. Así lo ven los iraquíes.

 

– No hace mucho, los grandes medios denominaban "guerra civil" a las matanzas cometidas en la antigua Yugoslavia, aunque no se trataba de otra cosa que invasiones serbias de los pobres dominios de las "repúblicas socialistas" adyacentes. Así lo veían las víctimas eslovenas, croatas, bosnias y albanesas.

 

– Antes de eso (y en una reversión del paradigma que, no obstante, refleja la misma ignorancia, arrogancia e influjo ideológico), el conflicto entre sandinistas y contras en Nicaragua era calificado en los medios relevantes como un acto norteamericano de agresión. Realmente era una guerra civil, y nunca fue visto como algo distinto por los nicaragüenses (incluso por los sandinistas, que admitieron en Managua lo que negaban sus amigos izquierdistas de Washington).

 

 

 

La regla de la "guerra dual" es simple: la guerra que viven quienes luchan, huyen, son expulsados, violados o heridos, o mueren, es completamente distinta –no sólo en su dolor e inmediatez, sino en sus causas y contradicciones– de la guerra que se debate en las capitales del mundo. Nicaragua nos brinda un ejemplo palmario del abismo entre ambas realidades; abismo nunca cerrado, al menos en las mentes americanas y europeas.

 

 

 

Pero aquí el paralelo crucial se da entre Irak y la antigua Yugoslavia. En aquél, los árabes sunníes apenas constituyen el 20% de la población. Atormentaron y explotaron a sus vecinos chiíes durante muchas generaciones. Ahora, dado que se ven amenazados por la pérdida del poder, atacan a sus conciudadanos expulsándoles de las comunidades mixtas, al igual que hicieron los serbios con los croatas y los musulmanes bosnios.

 

 

 

Estados Unidos ha venido a liberar Irak, pero insiste en que la liberación incluya ventajas perpetuas para los antiguos torturadores del país. Los líderes de los chiíes, y muchos kurdos (sunníes) –que también acusan la dominación árabe sunní–, se preguntan: ¿qué es esto de la democracia, de la que tanto hemos oído hablar, si no significa el final de los abusos sunníes?

 

 

 

¿Por qué deberían ser ahora los sunníes objeto de tanta solicitud por parte de América y de la Coalición? ¿Por el mero hecho de que son una minoría? Tales miramientos nunca impresionaron a nadie en Occidente cuando el debate se centraba en el destino de los sudafricanos blancos, cuyo legado histórico es el mismo que el de los sunníes iraquíes.

 

 

 

La lógica por la que las fuerzas norteamericanas llegaron a Irak para, en la práctica, proteger a los antiguos opresores del país reproduce la absurda política seguida en Kosovo, donde Serbia asesinó a miles de personas e intentó expulsar a una nación entera de su territorio histórico. Una vez que Naciones Unidas asumió el gobierno de la provincia, las atrocidades sufridas por los albanokosovares fueron súbitamente olvidadas; todo lo que contaba era proteger a los derrotados serbios.

 

 

 

La equivalencia moral entre víctima y criminal es el nuevo imperativo. Lo mismo ha ocurrido en Irak: la terrorífica opresión sufrida por la mayoría chií bajo el mandato sunní ha sido relegada al olvido, ante la urgencia de los representantes americanos y de la Coalición por proteger a los sunníes.

 

 

 

¿Cuál ha sido el resultado de esta política, no sólo en Kosovo, también, y antes, en Bosnia Herzegovina, donde se dejó a los serbobosnios el control de dos tercios del país, según lo estipulado en los Acuerdos de Dayton? En primer lugar, el estancamiento económico. Puesto que los serbios de Bosnia y Kosovo conservan la influencia política, pueden bloquear la privatización y la reestructuración empresarial, necesarias para aliviar problemas como un desempleo del 70%, una educación sin suficiente financiación, la ausencia de legislación laboral y de pensiones.

 

 

 

¿Cuál será el resultado probable de tal política en Irak? Anteponer el interés de los sunníes a todo lo demás significa más terror wahabí y más separación, así como obstáculos continuos a la reforma económica y una mayor desintegración social. También significa el reforzamiento de la ideología extremista en Arabia Saudí, y una mayor inestabilidad en Jordania, así como un incremento de las tensiones a propósito de Irán. Apaciguar a los sunníes radicales no les tranquilizará, de la misma manera que no ha calmado en absoluto a los serbios de Kosovo. En vez de ello, les animará a acometer mayores desafíos.

 

 

 

¿Quién respalda la imposición de tales políticas? El reino saudí actúa en todo el mundo musulmán sunní protegiendo a aquellos por los que siente una afinidad pseudorreligiosa. En Kosovo, los serbios cuentan con el apoyo de la presión internacional procedente de Rusia y, en menor medida, China.

 

 

 

¿Queremos, o nos merecemos, un segundo Kosovo en Irak; una tregua llamada "paz" en vez de la libertad del oprimido? ¿Se merecen los iraquíes semejante trato? A quienes estudian la política norteamericana de conciliación con los iraquíes sunníes se les debería recordar que existe una posibilidad todavía peor que un Kosovo II. Sería la repetición de la tragedia de 1991, cuando el padre del presidente George W. Bush rehusó terminar el trabajo de derrocar a Sadam y hubo de hacerse la necesaria limpieza 12 años más tarde. En aquel entonces los chiíes se rebelaron contra Sadam; fueron abandonados por Estados Unidos, y masacrados.

 

 

 

Si Estados Unidos cede una vez más ante la presión de Arabia Saudí y de otros estados gobernados por sunníes –los mismos poderes que salvaron a Sadam de la expulsión definitiva tras la guerra de Kuwait– y niega a los chiíes la oportunidad de consolidar el gobierno de la mayoría en Irak, Bush II podría acabar siendo no mejor que Bush I.

 

 

 

Ese sería el peor escenario de todos. Se ha vertido mucha tinta acerca de que si no luchamos contra el islamofascismo (del que Sadam y Zarqaui representan variantes vagamente discernibles) en Oriente Medio tendremos que hacerlo más intensamente en nuestro propio suelo. Pero hay algo que debería ser obvio: abandonar en Irak será, ciertamente, un incentivo para que nuestros enemigos asalten la nación americana una y otra vez. No nos atacan por lo que hacemos, sino por lo que no hacemos; no por lo que somos: un pueblo fuerte comprometido con nuestros valores, sino por lo que aparentamos ser: débiles, vacilantes y dados a compromisos ilusorios.

 

 

 

Debemos completar lo que hemos empezado en Irak: el gobierno de la mayoría, el pluralismo religioso y la gratificación del espíritu de iniciativa harán más por ese país, y por la región, y por el mundo, que las políticas basadas en la mala fe.

 

 

 

Stephen Schwartz, presidente y fundador del Centro por el Pluralismo Islámico (Washington), la más relevante institución con que cuenta el Islam moderado en el mundo.

 

 

Libertad Digital, suplemento Ideas, 19 de abril de 2006

 

 

El islam humilla la libertad religiosa de los cristianos

El caso del afgano Abdul Rahman, común a tantos otros de conversos islámicos, evidencia el problema de la violación sistemática de los derechos humanos en el islam. Si la sharía mata a un hombre que cambia de religión, debe ser condenada y no se puede poner como principio inspirador de leyes, en cuanto destruye todo ideal de convivencia y se contradice con la declaración de los derechos humanos de la ONU, aprobada en 1948 por casi todos los países musulmanes.
Abdul Rahman, el afgano que se convirtió del islam al cristianismo, ha sido excarcelado con un “truco” jurídico: se le ha considerado demente y, por lo tanto, incapaz de seguir el juicio. Ha podido así evitar la pena de muerte que la sharía reserva a los apóstatas. Pero su caso es sólo uno entre las decenas de miles cada año. Sólo en Egipto cada año hay al menos 10.000 musulmanes que se convierten al cristianismo. Al mismo tiempo, hay al menos 12.000 que se convierten en musulmanes.
El fenómeno de las conversiones al cristianismo desde el islam inunda todo el Medio Oriente y el mundo. La violencia fundamentalista que caracteriza el mundo musulmán actual empuja a muchos de ellos a preguntarse: ¿viene realmente de Dios una religión tan violenta? ¿Pero qué situación les espera a estos ex-musulmanes? La fuga, el escondite, la inmigración.
Un amigo mío que ha querido bautizarse tuvo que huir de sus amigos universitarios porque un día se dieron cuenta de que tenía un evangelio de bolsillo en su habitación. Cuando empezaron a amenazarlo de muerte huyó, dejando sus estudios universitarios.
La solución encontrada en Afganistán es la mejor solución, pero de compromiso. Debe servirnos para hacernos una pregunta radical: ¿qué tiene prioridad en el islam, los derechos humanos, reconocidos internacionalmente, o la sharía islámica? ¿Y si la sharía está en contra de los derechos humanos, no es hora de que la comunidad internacional la condene? Y si la sharía está inscrita -como dicen los fundamentalistas- en el Corán, es que hay dos alternativas: o el Corán niega los derechos humanos, o se debe volver a leer para limpiarlo de las incrustaciones falsas y violentas.
Islam: ¿política o religión?
Según la ley afgana, Abdul Rahman tenía que ser ejecutado porque es un apóstata. La sharía está basada en el Corán y en la tradición islámica de los hadices (los dichos y los hechos de Mahoma). En el Corán se habla en 14 versos de aquél que reniega de la fe islámica. En siete no hay una alusión al castigo; en los otros siete se alude a un castigo, pero no durante la vida presente, sino en el más allá. En uno se habla del fuego eterno; en otro de la maldición de Dios, de los ángeles y de los hombres; en otro de los casos se habla de un castigo “doloroso”. Sólo en un verso del Coran (llamado “del arrepentimiento”, 9,74) viene prescrito un castigo doloroso.
Según los juristas musulmanes, para decretar la pena de muerte se requiere la decisión (instrucción) explícita del Corán (la hudud). Si no se encuentra en el Corán, se puede basar en los hadices. Uno de estos hadices, uno de estos dichos de Mahoma -uno solo- afirma que se debe ejecutar a una persona por tres tipos de pecado, uno de los cuales es la apostasía.
Históricamente hablando, el término “apostasía” se usa por primera vez, de modo ambiguo, después de la muerte de Mahoma. Algunas tribus árabes ya sometidas (islamo, en árabe) a la nueva fe, se “echaron atrás” (irqed, el mismo verbo que apostasía). Abu Bakú, el primer sucesor, intenta detenerlas, y con el temor de que otras tribus se “echen atrás”, las combate. Muchos de los compañeros del profeta estaban en contra de esta decisión. Pero después de que Abu Bakú devolviera las tribus rebeldes al seno del islam, todos la aprobaron. Desde entonces, este término ambiguo, “echarse atrás, volver atrás”, se aplica a todos aquellos que intentan abandonar la familia del islam.
En el Corán hay algunos versos (cap. II, v. 191-193) que todos usan para estos casos, uno en especial con palabras muy peligrosas: “Matar a los enemigos de Dios dondequiera que los encontréis, expulsarlos de donde os han expulsado a vosotros. Ya que -y aquí viene la palabra peligrosa- la sedición o la subversión es peor que la misma ejecución”. Y en el v.193: “Combatirlos hasta que no haya más subversión o sedición y la religión sea aquella de Dios”. Esta palabra clave, “subversión” (en árabe fifnah), es la palabra usada en todos los casos para justificar la ejecución. En Irán se usa también para combatir a los homosexuales. Ejecutar a un subversivo es considerado “un mal menor” frente a la “subversión” que, difundiéndose, puede llegar a ser un fenómeno peligroso.
Muhammad Chalabi, el jefe de Al Ahzar, decía en los años 50: “No obligamos al apóstata a volver al islam para no contradecir la palabra de Dios que prohíbe cualquier obligación en la fe. Pero les dejamos la oportunidad de volver voluntariamente. Si no vuelve, tiene que ser ejecutado porque es un instrumento de sedición (fifnah) y abre la puerta a los paganos para atacar al islam y para sembrar la duda entre los musulmanes. El apóstata está entonces en guerra declarada contra el islam aunque no levante la espada frente a los musulmanes”. En el islam éste es el pensamiento habitual.
La semana pasada en El Cairo, hablaba con algunos musulmanes del caso de Abdul Rahman. Y ellos me respondían que también los occidentales hacen lo mismo. “Supongamos -decían- que uno de vosotros se haya pasado al enemigo y haya comunicado secretos de estado al enemigo. ¿No lo matáis? ¿No se merece un castigo radical? ¡El apóstata ha traicionado a la comunidad!”. Yo respondía: lo que estáis diciendo tiene que ver con el ámbito político, no con el religioso. Además, nosotros, los cristianos, no estamos muy a favor de la pena de muerte.
Mis amigos musulmanes acababan: “La umma (comunidad) se defiende de los ataques contra el islam”. Yo respondía: “Pero Abdul Rahman no ha hecho daño a nadie. Es un hombre pacífico”. Ellos respondían con las mismas palabras que el jefe de Al-Ahzar: “Aunque no levante la espada, el apóstata es un subversivo”.
Vale la pena señalar:
a) El islam se presenta como un camino con un sentido único: se puede entrar pero no se puede salir.
b) En el mundo islámico la cuestión de la libertad de conciencia no importa para nada.
c) El islam se concibe a sí mismo en términos políticos.
Pero aquí se abre una cuestión enorme: si el islam es un proyecto político, un movimiento que usa también la violencia más extrema, entonces debe combatirse de modo político. Y sobre todo, haría falta no llamarlo más religión -un movimiento espiritual que ayuda al hombre a tener paz. De hecho, en el islam hay una gran ambigüedad que sale a relucir cada vez que los musulmanes hablan en términos espirituales (“islam” significa paz (salam), convivencia, tolerancia, etc.,) y al mismo tiempo actúan de un modo político, justificando decisiones violentas. 
La sharía está en contra de los derechos humanos
Si la sharía ejecuta a un hombre que cambia de religión, entonces debe ser condenada y no se puede poner como base de constituciones nacionales. Si se pone la sharía como principio inspirador de las leyes, se destruye todo ideal de convivencia, y más aún si se pone en contradicción con la declaración de los derechos humanos de la ONU, aprobada en el 1948 por casi todos los países musulmanes.
El artículo 18 de esta declaración dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia o de religión”. Y se precisa: “Tal derecho incluye la libertad para  cambiar de religión o credo y la libertad de manifestar individualmente o en comunidad, en público o en privado, la propia religión o el propio credo en la enseñanza, las prácticas, en el culto o en la realización de los ritos”.
Y bien, observemos las noticias que nos llegan de los países musulmanes: todos los días se viola este artículo. En Indonesia se destruyen las iglesias domésticas; en Argelia se prohíbe manifestar en público la fe; en todos los países musulmanes se condena a muerte a quien invita a otro a dejar el islam. El mundo occidental se felicita por el éxito obtenido en el caso de Abdul Rahman, pero el acuerdo conseguido oculta el problema efectivo: las raíces de la violencia en contra del apóstata se encuentran en el Corán y en la tradición islámica, tanto que se puede hablar de incompatibilidad entre los derechos del hombre y los derechos previstos por el Corán.
La conclusión es que ante el mundo islámico es necesaria una decisión: o decir que los textos de la tradición y del Corán son inaceptables, contrarios a la dignidad humana; o bien se tiene que interpretar el Corán eliminando aquellos aspectos de violencia ligados a las situaciones antiguas.
No podemos seguir callados, o continuar hablando del islam de modo ambiguo, definiéndolo como una religión que “habla de paz y de tolerancia”, escondiendo los versos que empujan a la violencia y a las ejecuciones brutales. Tal actitud ambigua es vergonzosa para quien la tiene y para quien se mantiene callado. 
Occidente no debe callarse
Digo esto por afecto y simpatía hacia los musulmanes. Tantos amigos musulmanes están en dificultad con los textos del islam y no saben qué decir. Si osan criticar los textos, los acusan rápidamente de apostasía y blasfemia. En el mundo árabe e islámico hay decenas de miles de casos: Salman Rushdie, Taslima Nazrin, Sarag Foda (egipcio que murió asesinado por ser un agnóstico que había criticado el islam); Naguib Mahfuz, que se arriesgó a ser ejecutado en el 95 por  apóstata, tanto que debió retractarse. Después está el caso de Nasr Abu Zaid, al cual le han quitado la cátedra universitaria e incluso la mujer, que se ha visto obligada a divorciarse, porque él, condenado como apóstata, no podía tener ya una mujer musulmana. Ambos se han refugiado después en Holanda.
No podemos cubrir todas estas aberraciones diciendo: ¡paciencia, el islam nació muchos siglos después del cristianismo, tiene que hacer aún mucho camino...! ¡Es como decir que el islam es una religión de tontos! En cambio entre los musulmanes hay grandes personalidades, científicos, intelectuales. En realidad, para Occidente ha llegado el momento de decir la verdad para salvar a los mismos musulmanes. Occidente cita cada día los derechos humanos, pero cuando se encuentra con casos como éstos, donde está en juego la ofensa máxima a los derechos humanos, la vida y la libertad de conciencia, los gobiernos occidentales se callan. El caso más típico es el de Arabia Saudí, que viola todos los derechos humanos, incluso los de su pueblo, y nadie dice nada.
Occidente en el mundo islámico ha perdido tanta credibilidad por culpa de actos contra los derechos humanos como las guerras preventivas, las injusticias económicas, la inmoralidad de leyes occidentales, etc... Ha llegado el momento de una decisión: si hay una incompatibilidad entre los derechos humanos y los derechos del Corán, entonces -me sabe mal decirlo- hace falta condenar el Corán; o se debe decir: nuestra comprensión del Corán se enfrenta a los derechos de la persona y de la conciencia, y entonces hace falta cambiar la interpretación. Una cosa es cierta: no podemos quedarnos callados más tiempo. Es precisamente de estos días la decisión de los obispos europeos de dedicar el año próximo al estudio de los problemas del islam en Europa y en el mundo, a las relaciones de la Unión Europea con los países de mayoría musulmana, bajo el aspecto de la justicia internacional y de la reciprocidad. Pero si los países europeos se quedan callados, la “reciprocidad” nunca podrá ser demandada.
Por sí solos los musulmanes no consiguen cambiar. Si Afganistán fuese un estado aislado, sin relaciones con Occidente, Abdul Rahman hubiese sido ejecutado. Los musulmanes con un conocimiento profundo de los derechos humanos son una minoría. El grupo de Amnistía Internacional en Egipto, por ejemplo, edita dos revistas mensuales en árabe, pero no consigue contrarrestar la tendencia fundamentalista. Es necesario que la comunidad internacional intervenga con presiones desde el exterior. En el caso de los derechos humanos no es para nada una intrusión. Hace falta llegar a tomar medidas serias: excluir de la ONU a quien no respeta la carta de los derechos humanos, hacer un boicot económico, etc... Quizás con el boicot algunos países al principio se pondrán aún más duros, pero al final se podrán salvar países y centenares de miles de personas de una terrible opresión.
El problema de los derechos humanos en el mundo islámico no está ligado sólo a la apostasía. También personas que quieren seguir viviendo en el islam son sometidas a presiones sociales inauditas. Un ejemplo: muchas chicas que viven en Egipto hoy se cubren con el velo. Se dice que lo hacen voluntariamente. Pero la presión social es tal que si una chica sale sin velo, todos los vecinos de la casa empiezan a decir: ¿no os avergonzáis? Vuestra hija es una chica sin pudor. Así incluso las mujeres cristianas al final dicen: ¡preferimos ponernos el velo con tal de que nos dejen en paz! La apostasía es la punta del iceberg de un problema enorme: aún hoy en el mundo islámico hay un millar de personas encerradas en una prisión ideológico-religiosa; que les niega sus derechos humanos fundamentales. Esta tortura está alejando a mucha gente de la fe islámica. En Teherán los jóvenes se alejan cada vez más del islam, buscando la verdad en otras religiones: no soportan más esta justificación de la violencia. Quizás es por esto que en Irán los sitios cristianos son censurados u ocultados.
El sufrimiento en el mundo islámico ha crecido con la globalización de la información. Gracias a la televisión, a la radio y a Internet, las ideas de libertad sobre los derechos humanos se difunden y esto aumenta el deseo y la frustración de los musulmanes, que no ven ningún futuro para ellos y para sus familias. Tiene que pasar que quien viva en los países islámicos no sólo encuentre el pan, sino también los derechos humanos. Si Europa no trabaja por esto, todos los discursos sobre la globalización son sólo palabras sin sentido. Callar es una injusticia cometida contra millones de personas. Ha llegado el momento de la denuncia, no para agredir, sino por amor.


(publicado por Asia News. Traducido por Cristina Torres)

http://www.paginasdigital.es/ 18 de abril de 2006


 
 

¿Cuál es el país del debate?

¿Es realmente EUA una sociedad fundamentalista y fanática y Europa el paraíso del debate intelectual?

Dice el cliché que los Estados Unidos son una sociedad inmovilista y fanatizada, dominada por los fundamentalistas protestantes y donde el disidente es condenado al ostracismo. En claro contraste, Europa sería el paraíso del debate intelectual, el lugar en el que la libertad de expresión campa a sus anchas y se generan las ideas que hacen avanzar el mundo. Una mirada, aunque sea superficial, a la realidad, tanto norteamericana como del Viejo continente, nos convencerá de que una vez más el cliché está equivocado. De hecho es precisamente todo lo contrario.
¿Quién osa en Europa a cuestionar las teorías darvinistas? (nada importa que ya ningún “evolucionista” sostenga lo mismo que Darwin, el padre fundador merece un respeto sacrosanto) ¿Quién se atreve en Europa a cuestionar el modelo educativo de escuela única y mixta? ¿Alguien puede defender en nuestros países el derecho de los padres a, si así lo desean, escolarizar a sus hijos en casa sin ser tomado por un loco peligroso y asocial? ¿Se puede hablar en España de los daños psicológicos infligidos por el aborto a las mujeres que se someten al mismo sin ser tildado de oscurantista? Y no digamos nada si a uno se le ocurre sacar a colación los estudios, serios, que afirman que someterse a un aborto incrementa la probabilidad de padecer cáncer de pecho. Prefiero ahorrarme la lluvia de epítetos que caería sobre semejante hereje. Podríamos seguir incidiendo sobre cuestiones tan dispares como el futuro energético o sobre el papel de los clásicos en la educación superior; descubriremos que mientras en Europa quien disiente de las posiciones oficiales es condenado al silencio cuando no directamente descalificado, en Estados Unidos existe un verdadero y a menudo rico debate intelectual.
Así, las teorías del Diseño Inteligente ganan cada día más adeptos entre la comunidad científica; en el ámbito educativo la diversidad de posibilidades permitidas es sencillamente deslumbrante: homeschooling, charter schools, cheque escolar… Los estudios en torno a lo que supone el aborto están en la avanzadilla de la investigación científica y la promoción de energías renovables independientes del petróleo es una de las grandes apuestas de la actual administración norteamericana. Otro de los tabúes intocables en Europa pero muy seriamente cuestionados en Estados Unidos es lo que se conoce como el “calentamiento global”. Más allá del mito, comprensible y un modo de cristalizar los miedos de una humanidad desorientada, lo cierto es que la teoría del calentamiento global causado por la inconsciencia del hombre industrializado hace aguas por varias vías. El periodista especializado Alan Caruba titulaba recientemente un artículo como “Is Global Warming Getting Colder?” donde cuestionaba mucho de lo sostenido por los agoreros del desastre climático. Allí precisamente recordaba lo evidente para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad ecológica: el deshielo de partes de Groenlandia no es un signo de catástrofe sino de vuelta a lo que fueron aquellas tierras hace un milenio. En efecto, cuando los vikingos arribaron a las costas de Groenlandia la llamaron tierra verde (green land) precisamente porque era verde y no blanca. Hacia principios del siglo XV los hielos avanzaron hasta cubrir la mayor parte de la superficie de Groenlandia; la actual retirada de los hielos no supone un fenómeno nunca visto causado por la acción malévola del hombre, sino una repetición de un ciclo natural ya observado con anterioridad. Pero esto no se puede decir en Europa, al menos en voz alta. En España tesis como las de Caruba te convierten en objeto de burla o incluso te condenan al ostracismo. ¿Dónde habíamos quedado que había espacio para el debate real?
Publicado en American Review por Jorge Soley Climent
American Review, 18-04-2006