Blogia

Políticamente... conservador

V de Vendetta: Libertad el 5 de noviembre

"La gente no debe temer a sus gobiernos; los gobiernos deben temer a la gente". Esta lapidaria frase, inspirada en Thomas Jefferson, encabeza la película V de Vendetta, basada en el cómic de igual título, al que ya nos referimos semanas atrás.

 

Como suele decirse en estos casos, la novela gráfica de Alan Moore es mucho más rica en detalles y reflexiones políticas que la película de los hermanos Wachowski. Pero aun así estamos ante una magnifica adaptación, que hará las delicias de los auténticos liberales que disfruten contemplando la heroica batalla entre un individuo y toda la clase política, en medio de una población adormecida y anestesiada.
 
V es un luchador enmascarado que se enfrenta en solitario al Estado fascista inglés para clamar venganza y reivindicar la libertad de su pueblo. En el transcurso de su lucha conoce a Evey Hammond (Natalie Portman), una chica cuyos padres fueron asesinados por el actual Gobierno y que finalmente decide ayudarle.
 
La película es una epopeya de fuego y pólvora contra el armatoste opresor del Estado británico. Tal y como reza una popular estrofa atribuida al referente intelectual de V, Guy Fawkes, un británico católico que el 5 de noviembre de 1605 intentó volar el Parlamento para exigir el fin de las persecuciones religiosas:
 
Recuerda, recuerda
el cinco de noviembre
el complot y la traición recordarás
Por ninguna razón el complot de la pólvora
Debería olvidarse jamás

 
La pólvora de Fawkes y de V pone fin a los símbolos del fascismo estatal reencarnado con el objetivo de movilizar a las personas y recordarles que ellas son las auténticas soberanas de su destino. "El pueblo necesita algo más que un edificio. Necesita esperanza", nos recuerda Evey Hammond en la película. La esperanza de que "la equidad, la justicia y la libertad" trasciendan de las meras palabras, las promesas políticas sin fundamento y los derechos nominales nunca respetados para convertirse en "perspectivas" desde las que poder interactuar y convivir.
 
Si los fascistas británicos han hecho suyo el lema de "Fuerza a través de la unidad, unidad a través de la fe", V contrapone la aliteración que Goethe puso en boca de Fausto: Vi Veri Veniversum Vivus Vici [Por la fuerza de la verdad, mientras viví, conquisté el universo].
 
La fuerza de la unidad se enfrenta a la fuerza de la verdad. El Estado tiene la necesidad de asentarse en una ficción compartida y unificada, en una mentira difundida a los cuatro vientos. De ahí que Adam Sutler, el dictador fascista, esté obsesionado con que "todo el mundo recuerde por qué nos necesitan". Lo importante no es la verdad, sino su apariencia. Y ante esto la respuesta de V no puede ser otra que la destrucción de los caducos símbolos del Estado británico al ritmo de la Obertura 1812 de Tchaikovsky.
 
Se trata de una película realmente liberal y antiestatista que además recordará ligeramente a los espectadores españoles su presente político. No sólo porque el líder fascista tenga un parecido más que razonable a Rubalcaba, sino porque la trama de la película gira en torno a unos misteriosos atentados terroristas, atribuidos de manera oficial a unos confesos "fundamentalistas religiosos", que permitieron inesperadamente a Sutler ganar las elecciones.
 
Sin embargo, como ya hemos dicho, la película no está exenta de errores; la mayoría, por desviarse innecesariamente de la novela gráfica original.
 
El primero es el impresionante progreso económico que experimenta Inglaterra a pesar del yugo de su Estado fascista. Por el escenario desfilan políticos trajeados, pantallas de plasma o ejércitos con un equipaje modernísimo. El problema es que todo esto es irreal: el socialismo no funciona (tampoco el socialismo fascista), ya que no permite practicar el cálculo económico y asignar adecuadamente los recursos. En el cómic, al estar escrito hace 20 años, este error es mucho menos perceptible.
 
El segundo fallo importante de la película es la excesiva humanización y personificación de V. Como ya expliqué en su momento, en la novela gráfica "V no tiene cara, nunca la tuvo. No es nadie. Sólo un huracán de verdad que arrasa con la maquinaria estatista de dominación y abre los ojos legañosos de los ingleses".
 
La película, en cierto modo, conserva esta característica esencial del personaje. Así, por ejemplo, el propio V dice: "Debajo de esta máscara hay algo más que carne. Debajo de esta máscara hay una idea". También Evey nos cuenta que V era "Edmond Dantes. Y mi padre. Y mi madre. Y mi hermano. Y mi amigo. Eras tú, y yo. Era todos nosotros".
 
Sin embargo, en la película también vemos a un V vacilante, lacrimoso y dubitativo. Un V que está a punto de abandonar su lucha y sus ideales a cambio del amor. No estaríamos ante un error importante si no se destacara que la existencia y supervivencia de V se fundamenta en sus ideales; de modo que difícilmente unos ideales podrán renunciar a sí mismos y quedarse en el vacío. De nuevo, este conflicto entre amor e ideales dentro de una persona cuya esencia son los propios ideales está ausente en el cómic.
 
Por último, la película tiene una especial fijación en la problemática homosexual, lo cual la lleva en ocasiones a retorcer el argumento original del cómic y a perder coherencia interna.
 
Nota al margen merece la sesgada traducción al español que, con indudables dosis de progresía y brazo izquierdo, se nos ofrece en nuestros cines. De este modo, V ya no reivindica "la equidad, la justicia y la libertad" [fairness, justice and freedom], sino la "igualdad, la justicia y la libertad". Les ha faltado meter la fraternidad para reconvertir a V en todo un revolucionario francés.
 
Obviamente, introducir el valor de la igualdad no sólo desvirtúa el significado original de la película, también el del cómic, donde podíamos leer que la anarquía ha enseñado a V que "la justicia carece de sentido sin libertad".
 
Los fallos no son pocos ni insustanciales, y aún así los críticos conservadores se han afanado en añadir dos más. En su opinión, V es una plasmación del anticlericalismo y del socialismo. Ninguna de las dos acusaciones tiene, sin embargo, demasiado fundamento.
 
Primero, aunque es cierto que V se enfrenta a un obispo ruin y sin escrúpulos, no deberíamos olvidar que estamos ante una Iglesia fagocitada por un Estado fascista que ha dejado de servir a Dios y se ha sometido al poder político. La fe que reclaman los fascistas es la fe en el Estado y en su mentira; para ellos Dios es sólo la excusa trascendente para domeñar al pueblo.
 
Los miembros de la jerarquía, por tanto, no pueden ser más que funcionarios corruptos y ateos que simulan amar a Dios para lograr sus objetivos particulares. Y es que, como el propio Ratzinger ha recordado en numerosas ocasiones:
 
"La Iglesia no debe erigirse en Estado, ni querer influir en él como un órgano de poder. Cuando lo hace se convierte en Estado y forma un Estado absoluto, que es, precisamente, lo que hay que eliminar. Confundiéndose con el Estado, destruye la naturaleza del Estado y la suya propia".
 
La Iglesia contra la que combate V es una ficción religiosa que ha dejado de ser Iglesia y sólo constituye un instrumento más del Estado fascista.
 
La segunda crítica tiene, si cabe, menor fundamento. V no puede ser socialista porque cree claramente en la propiedad privada. Así, cuando Evey le acusa de haber robado al Gobierno, V le responde irónicamente: "El robo implica propiedad. No puedes robar a los políticos. Simplemente lo reclamé".
 
En otras palabras, los políticos no son propietarios porque su propiedad no es legítima, sino que procede de un robo anterior. Lo cual nos aproxima bastante a las teorías liberales sobre la apropiación originaria de impronta lockeana. Pero es que, además, en un momento de la película V le regala a Evey "todo lo que tiene"; lo cual constituye una donación que necesariamente implica propiedad.
 
En definitiva, estamos ante una película sublime que adapta para la gran pantalla un monumental cómic. Los errores que contiene no desmerecen en absoluto una trama depurada, sólida y esencialmente liberal. Una representación ficticia e irreal que esperemos ayude a despertar a todos los españoles engañados por nuestros políticos.
 
Y es que, como decía el padre de Evey Hammond: "Los artistas emplean las mentiras para contar la verdad; los políticos las utilizan para ocultarla".

 

 

Por Juan Ramón Rallo
 
 
V de Vendetta (EEUU, Alemania; 132 minutos). Dirección: James McTeigue. Guión: Andy Wachowski y Larry Wachowski. Intérpretes: Natalie Portman, Hugo Weaving, Stephen Rea, Stephen Fry, John Hurt. Calificación: Visionaria (8/10).

 

Libertad Digital, fin de semana, 22 de abril de 2006

La hegemonía intelectual de la izquierda progresista

Una tipología elemental de lo que se entiende por izquierda progresista se apoya en cuatro o cinco rasgos fundamentales.

1. - La creencia de una existencia en sí de la igualdad humana, cuando los seres humanos sólo somos iguales en dignidad, pero en sí mismos diferentes unos de otros.

2. - La igualdad humana acompañada del rechazo a toda distinción de clase, género o raza.

3. - Hostilidad a todo lo que confiere poder desde el mundo económico, llámese empresas, negocios o mercado.

4. - Desprecio a los sentimientos patrióticos y a todo aquello que huela a militarismo u orden cerrado.

5. - Buena disposición a creer en la buena fe de todos aquellos que hablan de lucha y de liberación.

6. - Sentimiento de culpabilidad por el pasado de su país si ha intervenido en guerras de conquista o colonización.

En definitiva, el intelectual de izquierda progresista tiende a repudiar el mismo orden social que le permite tiempo libre para estudiar, pensar, enseñar e incitar al cambio.

La paradoja de nuestros días es que por primera vez en la historia existe una hegemonía cultural del progresismo a escala completa, en las universidades, academias, colegios, iglesias, prensa y televisión. Pero al mismo tiempo el proletariado industrial ha desaparecido, dejando de formar parte del imaginario colectivo y la opinión popular se aleja más y más de las ideas denominadas "progresistas".

El fracaso mundial de la socialdemocracia en el poder ha hecho que este pase a manos de los ejecutores de políticas liberales en casi todo el mundo.

La hegemonía intelectual de la izquierda progresista se da en todo el ámbito de la cultura y en la creación de la opinión pública, pero el manejo de los hechos políticos y económicos está en manos de los ejecutores liberales.

El intelectual progresista a través de una hermenéutica de la sospecha siente la persecución obsesiva del poder y de la opresión del discurso tradicional, pues éste se maneja a través de la balanza equilibrada entre orden y libertad o autoridad y espontaneidad popular.

Pero, ¿cómo funciona esta hegemonía? Como un grupo de interés unido por la ideología dominante de la igualdad, que se asegura un cargo rentado en una actividad de servicios respaldada por el Estado.

El intelectual progresista de izquierda adquiere de por vida una renta estable como garantía contra el desastre social.

El obtener una renta por actividades cuyos riesgos no caen sobre sus hombros, hace que su principal preocupación sea conseguir nuevos fondos para alimentar el grupo de interés para asegurar a cada uno de sus miembros la permanencia en el cargo.

¿Cómo reacciona ante la crítica o la disidencia interna? Con el complot del silencio, sostenía Arturo Jaureche. A lo que habría que agregar: Con la demonización y la denuncia de incompetencia intelectual de aquel que piensa distinto.

La crítica a lo políticamente correcto encarnado por el progresismo paga un precio costoso. Criticarlo, sea al enquistado en las universidades como al de las Iglesias, la prensa o la televisión es perder prestigio intelectual por carecer del reconocimiento de los pares que en su mayoría guardan silencio ante el disidente.

La ideología igualitaria es tranquilizadora, se instala y se extiende suavemente en los ámbitos comentados, pero tiene un grave inconveniente la amenaza que representa el talento y la excelencia humana. El músico Salieri al no poder ser más que Mozart, le reclama al crucifijo antes de echarlo al fuego: "Tu me distes la vocación pero no los talentos". Este es el gran drama de la izquierda progresista, la esterilidad en la producción de sentido y en el orden de la investigación. La Universidad de Buenos Aires bajo el rectorado del judeo-argentino Oscar Schuberoff en estos últimos 16 años es el más claro ejemplo de lo que queremos decir: Raleó a los pocos profesores talentosos y no permitió el acceso a ningún sapiente. Hoy el descrédito internacional de la UBA está generalizado.

En el fondo es un ataque sostenido al concepto de mérito y aunque postula apoyar los estándares generales de educación y cultura, lentamente los socava. Porque no cree en la importancia de ningún criterio universal, salvo el de la igualdad de los hombres, es por ello que rechaza viceralmente la larga tradición del pensamiento tradicional que hunde sus raíces en la filosofía griega, la religión católica y el derecho romano.

Este pensamiento tradicional tan íntimamente vinculado a la vida de los pueblos occidentales y especialmente a los iberoamericanos se le torna incomprensible al intelectual progresista de izquierda, porque en las elecciones no cuenta nunca con los votos y jamás sintió el placer de participar de sus fiestas.

La ideología igualitaria lo lleva, irremediablemente, al resentimiento en la moral que tan magistralmente caracterizara el filósofo Max Scheler(1875-1928) "Propio del resentimiento es la falsificación de los valores pues como no puede ver con alegría valores superiores,(los talentos en el genio, las virtudes en el santo y las proezas en el héroe) oculta su verdadera naturaleza bajo la exigencia de igualdad. En realidad lo que quiere es la decapitación de los que poseen esos valores superiores que le indignan". (op.cit.p.188).  

Alberto Buela

 

Altar Mayor, Nº 85 – febrero-abril de 2003

Disturbios estudiantiles franceses

Los disturbios estudiantiles en París nos recuerdan que la educación en instituciones académicas de élite no es suficiente ni para educar en una moral más elevada ni para enseñar algo de economía básica. Ni en este lado del Atlántico ni en el otro. ¿Por qué los alumnos de la Sorbona y otras distinguidas instituciones están ensuciando las calles y atacando a la policía? Porque quieren privilegios en el nombre de los "derechos" y son demasiado ignorantes en economía para darse cuenta que esos privilegios les cuestan trabajos.

 

Como otros países de la Unión Europea, Francia tiene leyes que hacen difícil el despido. La izquierda política se ha creído desde hace mucho que esas leyes son una manera de reducir el desempleo. Más importante aún, son ajenos desde hace mucho al hecho que los países con esas leyes, como Francia y Alemania, generalmente tienen tasas de desempleo más altas que los países sin esas leyes, como por ejemplo Estados Unidos.

 

Aunque tarde, algunos funcionarios franceses han comenzado a ver que las leyes de la estabilidad laboral hacen que sea más arriesgado y más caro para un empresario contratar a trabajadores sin experiencia, sin una hoja de servicios, con quienes tendrían muchos problemas a la hora del despido si las cosas no salieran bien. La tasa de desempleo en Francia es del 23% para trabajadores jóvenes hasta los 25 años de edad. Para tratar de luchar contra esa tasa de desempleo tan alta entre jóvenes trabajadores, se han modificado las leyes de estabilidad laboral, para que sea más fácil poder despedir a esos trabajadores que están en su primer empleo.

 

Eso es lo que tiene indignadísimos y enloquecidos a los alumnos franceses por las calles de París. No quieren que los empresarios puedan despedirles después que se gradúen y vayan a trabajar. Los alumnos y sus defensores políticos, que incluyen a los sindicatos, son representados como víctimas. Entre los eslóganes coreados por los amotinados estaba: "No somos carne fresca para el jefe". Aparentemente se les ha escapado el detalle de que muchos jefes no parecen querer contratar esa carne fresca.

 

Un diputado izquierdista ha declarado lo siguiente: "¡Crear discriminación por la edad transgrede derechos fundamentales!"

 

En otras palabras, la gente tiene derecho a que otras personas tengan que seguir contratándoles, quieran o no esas otras personas. El "derecho fundamental" a un trabajo se impone sobre los derechos de otras personas cuando esas personas tienen título de "jefes".

 

El simple hecho que muchos alumnos sólo puedan pensar en términos de "derechos" pero no en términos de consecuencias, muestra una gran deficiencia en su educación.

 

El derecho a un trabajo obviamente no es lo mismo que un trabajo. En caso contrario no habría una tasa de desempleo del 23% entre los jóvenes trabajadores franceses.

 

La ley puede crear derechos iguales para jóvenes trabajadores sin experiencia y para trabajadores más mayores con una hoja de servicios, pero la ley no puede hacerlos igual de productivos en el trabajo o que sus contratos tengan igualdad de riesgo. Ni tampoco causar disturbios hará que los empresarios se inclinen más a querer tener a jóvenes trabajando para ellos.

 

Se estima que el daño hecho por los vándalos –llamados "manifestantes" en los medios, maestros del eufemismo– oscila entre cientos de miles de dólares hasta el millón, por ahora. También han cerrado docenas de universidades, incluso la Sorbona, negándoles una educación a los otros alumnos.

 

La embriagadora idea de los "derechos" y en especial la idea de que mis derechos están por encima del derecho de otras personas cuando esas otras personas pertenecen a una clase sospechosa llamada "jefes" es una faceta demasiado conocida de las ideas modernas sobre el estado del bienestar.

 

El primer ministro francés Dominique de Villepin, que está de acuerdo con la nueva ley laboral, ha visto cómo se hundía su porcentaje de aprobación hasta el 36%. Eso le pasa a uno cuando trata de hacer entrar en razón a gente que prefiere seguir creyendo tonterías.

 

Es economía básica que agregar a los costes de contratar a trabajadores, incluyendo riesgos, tiende a reducir el número de trabajadores contratados. No debería ser novedad para nadie, hayan ido o no a una universidad, que subir costes por lo general resulta en menos transacciones.

 

El hecho que tan profunda ignorancia de economía tan elemental y semejante emocionalismo autocomplaciente estén tan extendidos en destacadas instituciones de educación superior es uno de los muchos fracasos profundamente arraigados en las universidades a ambos lados del Atlántico.

 

 

Thomas Sowell

 

Libertad Digital, 19 de marzo de 2006

 

"La Constitución traicionada" (Libros Libres), nuevo libro de Aleix Vidal-Quadras

La Editorial LibrosLibres ha presentado el jueves 21 de abril de 2006 en Barcelona el nuevo libro de Aleix Vidal-Quadras, "La Constitución traicionada". Presentaron la obra el ex presidente del Tribunal Constitucional, D. Manuel Jiménez de Parga; el vicepresidente tercero del Congreso de los Diputados y ponente constitucional, D. Gabriel Cisneros; y el autor y vicepresidente primero del Parlamento Europeo, D. Aleix Vidal-Quadras.

El ex presidente del Partido Popular de Cataluña, Aleix Vidal-Quadras, publica este mes abril un nuevo libro donde realiza una radiografía completa del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña. En «La Constitución traicionada», Vidal-Quadras anuncia los peligros que puede acarrear la aprobación final del polémico texto. Asimismo denuncia la inconstitucionalidad de dicho Estatuto y analiza punto por punto las vulneraciones orquestadas desde la Generalitat contra la Carta Magna del 78.

El peaje electoral.
En su nuevo libro el político barcelonés analiza también las claves que han permitido que el nacionalismo imponga sus tesis secesionistas en La Moncloa, acusando al actual partido en el poder de estar pagando sus pactos electorales con el famoso tripartito catalán que le dio la llave del gobierno. «Los españoles que deseamos seguir siéndolo, y que aún somos por fortuna mayoría, hemos de entender lo que está sucediendo en este período aciago de nuestra historia común, porque si no sabemos lo que nos pasa, como se lamentaba Ortega, lo que se vecina será mucho peor de lo que imaginamos. Y lo que pasa es que uno de los dos grandes partidos nacionales ha cedido a la tentación diabólica de un trueque fáustico: ha entregado España a los nacionalistas a cambio del poder eterno».

Llamamiento a la responsabilidad ciudadana.

Ahora que el Congreso ha aprobado el Estatuto y que, previsiblemente, también pasará rápidamente por el Senado, la pelota está en manos de la ciudadanía. Es por ello que, en el proceso de reflexión que se abre ante la votación en referéndum por parte de los electores, «La Constitución traicionada» se convierte en una herramienta imprescindible para poder descifrar los recovecos escondidos del nuevo Estatuto y que son desconocidos para la mayoría de los votantes. Ante una decisión tan importante, el ciudadano tiene que disponer de todos los argumentos posibles en sus manos, sobre todo cuando se trata de algo de tanta importancia como puede ser la aprobación de un texto que viene a modificar principios básicos recogidos en nuestra Constitución.

 

Del minimalismo a la nada

Este viernes se estrenan dos películas que tienen mucho en común, así como sustanciales diferencias. Ambas definen con precisión la ausencia de contenidos de nuestra civilización postcristiana, ambas son espejo del nihilismo. Pero una es doliente, Remake, de Roger Gual; y la otra es indolente, Aislados, de David Marqués.

Una premisa pseudofilosófica. Cayó Grecia, cayó Roma, cayeron los imperios cristianos… Según Hegel ésta es la dinámica de la historia: nace con fuerza una civilización, se desarrolla con fruto, y luego decae y muere. Y punto. Ese pueblo -según el idealista alemán- ya no volverá a ser sujeto de la historia. No sé si esto es así, pero lo que es bien notorio es que la civilización occidental moderna ha tocado a su fin. No tiene mucho sentido apuntalar lo que se cae a pedazos por doquier. El futuro es incierto, y los cristianos tendrán que aprender a fecundar una nueva cultura, a dialogar con nuevos modelos históricos. ¿Será el islam? ¿Serán nuevas formas de fascismo pagano? Nuetros hijos o nietos lo verán. Con suerte vendrá una civilización tan hastiada y aburrida que la alegría cristiana pueda extenderse como una mecha de pólvora. No parece razonable ser pesimistas. Cuanto más desprovisto esté el ser humano -y ya empieza a estarlo mucho-, más brillará la novedad de la fe. Pero se necesita muuuucho tiempo. Los procesos son largos y aún queda mucho prejuicio que depurar.

 

Pues bien, en cada una de estas dos películas se da un paso. En Remake se constata el fracaso educativo que desde hace décadas enfanga nuestro presente. Partiendo de los ideales sesentayochistas la película hace un recorrido demoledor por las consecuencias del ilusionismo ideológico. Y nos cuenta cómo los hijos y nietos de aquella generación sólo han heredado desconcierto, inseguridad, desorientación y un profundo hastío vital. El film apunta a la violencia e instintividad como una salida para el deseo humano, tan frustrado y maltratado. “Vivimos en una epidemia global de mierda” es el veredicto final del protagonista.

 

Aislados, la segunda película, ya no hace ninguna reflexión sobre la nada circundante. Ella misma es nada: en el film no ocurre nada de nada. Dos amigos treintañeros, de “vacaciones” en un caserón de Ibiza, pasan el día hablando de cosas vacías y sin sentido: las ensaladas de moluscos, los genitales de los caballos, las pelis de superman, lo buena que estaba la Vanesa del instituto, el nombre que reciben las personas que no tienen olfato. Punto final. No hay absolutamente nada más en la película. Es “cine del absurdo”. Que la gente pague por ver esto prueba que sí que existe una epidemia global de mierda, y que la nada se degusta con complacencia. Afortunadamente, mientras haya un hombre con el corazón encendido y disparado, como el Ícaro de Matisse, habrá esperanza para el resto.

Juan Orellana

Páginas Digital, 21 de abril de 2006

 

 

Consejos para la derecha

Las elecciones norteamericanas del próximo noviembre para el Senado y el Congreso estarán más reñidas que nunca. El analista político Hugh Hewitt recoge, en su reciente libro Painting the map red, las acciones que, a su juicio, puede y debe emprender la derecha para revalidar y hasta aumentar su mayoría en ambas cámaras.

 

Desde 1994 el Partido Republicano ha ido ganando fuerza y triunfos en ambas cámaras; el apogeo se alcanzó en los comicios de 2004. Pero la batalla de noviembre tiene difícil pronóstico. Con su bagaje como analista político y comentarista radiofónico, Hugh Hewitt señala en Painting the map red algunas de las claves de esas elecciones y los pasos que la derecha liberal-conservadora debería dar para repetir triunfos y hasta ensanchar la distancia con los oponentes.

 

 

 

Varios analistas –incluidos algunos conservadores– han venido apuntando la más que posible pérdida de congresistas y senadores por parte de la derecha republicana en noviembre. El huracán Katrina, la guerra de Irak, el caso Abramoff, el encausamiento del líder de la mayoría conservadora (Tom DeLay) y la falta de acuerdo en materia migratoria son algunos asuntos que se perciben como susceptibles de producir una notable pérdida de asientos republicanos en el Congreso y hasta en el Senado.

 

 

 

A contracorriente, Hewitt aspira a que la derecha gane las elecciones y pinte de rojo –el color del Partido Republicano– los estados de la Unión. De ahí que trace una suerte de hoja de ruta para incrementar la representación política liberal-conservadora y que el Partido Republicano gane no sólo las elecciones de 2006, también las presidenciales de 2008.

 

 

 

Hewitt propone una táctica ofensiva que haga frente –sin complejos– al fanatismo del ala más radical del Partido Demócrata. Frente a la repetida y pregonada "cultura de la corrupción", demagógicamente utilizada por la izquierda contra la Administración Bush, Hewitt exige una mejor comunicación de los datos y los hechos, incluida la realidad del permanente ataque desde los medios de comunicación contra todo lo que suene a conservador y al Partido Republicano liderado por Bush. 

 

 

 

Frente a la maquinaria propagandística de las izquierdas –agrupadas en grupos promocionados por socialistas de caviar como George Soros o cadenas de televisión como la CNN de Ted Turner–, Hewitt plantea los modos en que la derecha puede y debe entusiasmar a la ciudadanía. Junto a la férrea defensa de los valores del ideario liberal-conservador, el ataque al radicalismo de las izquierdas requiere de la demostración de sus dichos y hechos.

 

 

 

El repaso de los asuntos relevantes, desde los individuales a los sociales, pasando por la defensa de la raíz espiritual judeo-cristiana y el liberalismo económico, se realiza bajo estrategias muy iluminadoras. Estamos ante un libro indispensable para entender los entresijos y retos inmediatos de la vida política norteamericana. Más importante todavía: constituye una valiente apuesta plagada de objetivos y mensajes claros y útiles para la derecha norteamericana y, de paso, para el ideario liberal-conservador transatlántico.

 

 

 

Painting the map red da cuenta de los mensajes que permiten desvelar la farándula que dirige hoy el Partido Demócrata y su paulatina radicalización hacia la izquierda, con el apoyo de grupos y medios de comunicación. Hewitt denuncia el falso pacifismo y la incompetencia para la defensa de la seguridad nacional, consecuente con su rechazo a todo lo militar, del Partido Demócrata; su odio innato a la religión, especialmente al judaísmo y al cristianismo; su intento de manipular el poder judicial; su tergiversación de conceptos tradicionales, como el de matrimonio, para luego atacar a la derecha, así como su voluntad de envenenar el proceso político y liquidar las instituciones, a menos que éstas sigan los mandatos de su sectarismo ideológico.

 

 

 

En su afán por defender los principios liberal-conservadores, Hewitt llega a proponer a los electores de la derecha que no voten más a aquellos representantes que –como el senador republicano Lincoln Chafee– traicionaron a sus representados en la anterior legislatura.

 

 

 

El lector español entenderá que las estrategias aquí trazadas por Hewitt para alcanzar una efectiva campaña electoral se forjan sobre unos valores verdaderamente sentidos, herederos del sano conservadurismo de Ronald Reagan y defendidos hasta el final, lejos del acomplejado "centrismo". Bien mirado, estamos ante un libro muy apropiado, de recomendable lectura y envío urgente a Génova 13.

 

 

 

 Por Alberto Acereda

 

 

Hugh Hewitt: Painting the map red. The fight to create a permanent republican majority. Regnery Publishing (Nueva York), 2006; 256 páginas.

 

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 21 de abril de 2006

 

Populismo latinoamericano: ¿Habrá esperanza?

No hay discusión. América Latina es un desastre con la excepción de Chile, que descartó el populismo cuando tocó fondo en tiempos del socialismo de Allende, y liberó su sistema en tiempos de Pinochet, lo cual parece que no lo aprecian. Eso sí, tampoco descartan la política que él impuso porque saben que de ella se deriva la prosperidad que el resto de América Latina quisiera disfrutar. Ello lleva a muchos a pensar que lo que se necesita es un dictador. Pero no es así; la democracia sí puede funcionar, pero no funciona de cualquier manera.

 

Definitivamente, con los sistemas de gobiernos que prevalecen, basados en la arbitraria interpretación de lo que es el "interés general" y la destrucción del derecho individual, no importa quienes sean elegidos para gobernar, por más inteligentes y honrados que sean. El fracaso continuará y la ayuda extranjera es parte del problema, a pesar de sus generosas donaciones.

 

La existencia del derecho individual es indispensable. En América Latina llevamos medio siglo de una confusión entre lo que son derechos y lo que son intereses. Se dice, con razón, que el interés general debe privar sobre el interés particular. Pero eso no es lo mismo que decir que el interés general debe privar sobre el derecho individual. Una cosa son derechos y otra son intereses. Si va a privar la interpretación política del interés general sobre el derecho individual no existirá el derecho individual y un país donde sus mismas leyes violan los derechos individuales será siempre un país miserable.

 

En Guatemala ya ni los padres de familia tienen derecho a educar a sus hijos, pues en aras del "interés general" se los ha arrebatado el gobierno. Ahora, por ley, hasta les enseñarán a los niños a fornicar, aunque sus padres no lo quieran. Cierto, todavía se tiene el derecho a escoger la religión, la esposa y el lugar donde se vive. Pero una persona ya no tiene el derecho de contratar sus servicios bajo los términos que libremente escoge, sino los que dictaron en el Congreso debido a algún tratado. No puede dar su hijo en adopción como le parezca, debido a que otro tratado se lo impidió. Ni siquiera tiene derecho a tener el perro que le dé la gana, ni de quedarse con alguna vasija que algún indígena maya dejó enterrada en lo que hoy es su jardín. Violar derechos individuales es la regla, para lo cual el Congreso promulga leyes aduciendo el interés general.

 

Quienes se oponen a que priven los derechos individuales sobre el interés general argumentan que no hay derechos absolutos, como si alguien estuviera sosteniendo eso. Por supuesto que no hay derechos absolutos. Eso es contradictorio, pues si usted no tiene derechos que otros tienen prohibido violar, entonces usted no tiene derechos. Tener un derecho quiere decir que todos, principalmente el gobierno, tiene que respetarlo. Y esa obligación de no violar el derecho ajeno es, a la vez, el límite del derecho individual. El derecho permite a todos planear su vida con la certeza de que nadie tiene derecho sobre lo suyo, que nadie tiene derecho a usar sus cosas ni su casa ni su tierra sin su permiso, que nadie tiene derecho a botar basura en terreno ajeno y que nadie tiene derecho a confiscar en forma discriminatoria el producto de su trabajo pacífico. Sin esos derechos, la sociedad no prospera. Por ello es que el "interés general" no debe usarse como excusa para destruir el derecho individual. Cuando el derecho individual no prevalece, no funciona la democracia y la prueba de ello es América Latina.

 

© AIPE

 

 

 

Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

 

 

Libertad Digital, 21 de abril de 2006

Conservadurismo, rule of law y defensa de las libertades

En la defensa de los principios conservadores frente al activismo judicial y el uso alternativo del Derecho, la batalla de la cultura jurídica ha sido clave. También aquí el movimiento conservador norteamericano ha plantado cara a la hegemonía de la izquierda, consiguiendo importantes éxitos. Otro ejemplo de tenacidad y lealtad a las propias convicciones.

Una de las características del sistema jurídico anglosajón es la creación judicial del Derecho. Más que la legislación, en EE.UU. son los precedentes los que van creando el ordenamiento jurídico, especialmente cuando son confirmados por el Tribunal Supremo. Esto ha determinado que los Tribunales federales, especialmente el Tribunal Supremo, hayan adquirido una importancia política capital, de modo que –como expliqué en el artículo de 10 de marzo de 2006- con el tiempo los Tribunales norteamericanos se han convertido en el foro de la moral y política en general, de la cultura  en sentido amplio.

Esto ha sido aprovechado por los activistas progresistas, quienes han recurrido a lo que se ha llamado “la seducción política del Derecho”. A su favor han tenido el hecho de que la práctica totalidad de las Facultades de Derecho están considerablemente orientadas a la izquierda, de modo que los juristas de élite han decidido legislar sin pasar por el proceso político. Bien desde la cátedra (divulgando la concepción de la Constitución como un “documento vivo”, cuyo significado varía con el tiempo y cuya determinación corresponde a los jueces) o desde el estrado (“descubriendo” en el texto constitucional nuevos “derechos” –considerando como tales lo que el americano común considera comportamientos erróneos-), la izquierda norteamericana ha conseguido imponer su agenda: aborto, discriminación positiva, matrimonio entre personas del mismo sexo, limitación de la libertad de expresión de los grupos religiosos, etc.

Precisamente el sistema de common law anglosajón ha favorecido esta utilización ideológica del sistema judicial. Grupos bien organizados, entre los que destaca la American Civil Liberties Union (ACLU), se han dedicado a litigar para conseguir precedentes judiciales que conllevaran el “descubrimiento” de esos nuevos derechos, incluso mediante el recurso a la construcción artificial de casos. Quizá el más famosos de ellos, hasta el punto de haberse convertido en un punto clave de la política norteamericana de los últimos 40 años, es el de Roe v. Wade, que concluyó en 1973 con la decisión del Tribunal Supremo de considerar el aborto un derecho constitucional de la mujer. Caso paradigmático no sólo porque el aborto y la defensa de la vida constituyen uno de los elementos que explican los cambios electorales de gran parte de los antiguos nichos de votos del partido demócrata, sino porque es un ejemplo perfecto de la orquestación de casos judiciales para conseguir una meta política. Así lo ha dicho la propia mujer cuyo “derecho a abortar” confirmó el Tribunal Supremo en 1973 (después de que naciera su hijo, por cierto).

Ante esta situación, ¿cuál ha sido la respuesta desde el campo conservador?

Por un lado, a partir de los años 70 se dedicaron a fundar despachos de abogados freedom-based de interés público sin ánimo de lucro, como respuesta al activismo ideológico de los tribunales federales y a la creciente influencia política de los grupos similares de la izquierda. Estos despachos plantaron batalla en el frente judicial, en defensa de la libertad de enseñanza, la libertad religiosa y la igualdad ante la ley (en contra de la discriminación positiva, que da trato preferencial a los ciudadanos en función de su raza). A título de ejemplo puede mencionarse cómo, de este modo, en 1973 (año de Roe v. Wade), nació la Pacific Legal Foundation,para defender la libertad en el orden, según los principios de la tradición jurídica anglosajona (imperio del Derecho, gobierno limitado, etc.).

Conforme han ido adquiriendo más importancia los temas religiosos (o incluso meramente referentes al modelo de hombre y sociedad), nuevos actores se han sumado a esta estrategia judicial. Así, en 1990 nació el American Center for Law and Justice (cuyo presidente, Jay Sekulow, ha sido una figura clave en la estrategia de confirmación de jueces propuestos por el Presidente Bush, especialmente John Roberts y Samuel Alito), y en 1999 el Thomas More Law Center.

Pero más allá de la batalla jurídica, volvieron a aplicar uno de los axiomas más verdaderos del movimiento conservador Americano en los últimos 50 años: las ideas tienen consecuencias. Por tanto, al tiempo que trabajaban en las consecuencias, decidieron atajar las causas de las mismas. Es decir, plantearon la batalla de la cultura jurídica, empleando para ello el llamado “originalismo”. Es decir, en lugar del uso alternativo del Derecho, los juristas deben interpretar las normas (especialmente la Constitución) en su sentido original. El nombramiento de Edwin Meese III como Fiscal General en la primera administración Reagan fue decisivo para la consolidación de esta corriente. Una de las ideas fuerzas que Meese ha aportado al debate constitucional norteamericano es que la Constitución no limita únicamente los poderes ejecutivo y legislativo, sino también el judicial. Los jueces, por tanto, no tienen legitimidad para imponer sus preferencias políticas como Derecho.

Pero como decía anteriormente, la mayoría de las facultades de Derecho están tomadas por la izquierda. Lejos de arredrarse, los conservadores decidieron fundar sus propias Facultades de Derecho, como la Ave Maria School of Law (católica) o la Regent University School of Law. Hay que señalar que el mundo académico norteamericano ha tenido que reconocer la seriedad y excelencia de estas iniciativas (en el último torneo universitario de estudiantes de derecho –moot court competition- el mejor de 150 equipos provenía precisamente de Regent).

Esta estrategia ya está dando frutos, y poco a poco también en el mundo jurídico van avanzando las posiciones conservadoras. Lo que hace 20 años era impensable ha sucedido. Más de 100 profesores de Derecho han colaborado en los Comentarios a la Constitución americana publicados por la Heritage Foundation, bajo la dirección del propio Edwin Meese III. Y entre estos más de 100 profesores figuran en pie de igualdad –junto a juristas de las más prestigiosas Universidades del país, como Harvard, Berkley o Columbia- profesores de Ave Maria o Regent.

Todos los analistas coinciden en que sin este trabajo cultural, nombramientos como los de Roberts y Alito para el Supremo (y tantos otros en tribunales inferiores) no hubieran sido posibles.

Una vez más, la experiencia americana demuestra que el coraje, el trabajo a largo plazo y, sobre todo, la fidelidad a los principios, son garantías de éxito para la derecha. ¿Vimos algo semejante en la reciente Convención Popular?

 

Publicado en American Review por Pablo Nuevo López
American Review, 20-04-2006