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Políticamente... conservador

Vidal Quadras dice que la "embestida secesionista" del Estatuto es "inconstitucional"

En su nuevo libro "La Constitución traicionada", el ex presidente del PP de Cataluña  examina las claves que han permitido "que el nacionalismo imponga sus tesis secesionistas en La Moncloa" y acusa al PSOE de "estar pagando sus pactos electorales con el famosos tripartito catalán que le dio la llave del gobierno".

Vidal-Quadras ve su libro como una herramienta útil para "los españoles que deseamos seguir siéndolo, y que aún somos por fortuna mayoría", para entender "lo que está sucediendo en este periodo aciago de nuestra historia común, porque si no sabemos lo que nos pasa, como se lamentaba Ortega, lo que se avecina será mucho peor de lo que imaginamos".  Lo que está sucediendo, según el eurodiputado del PP, es que "uno de los dos grandes partidos nacionales ha cedido a la tentación diabólica de un trueque fáustico: ha entregado España a los nacionalistas a cambio del poder eterno".

Presentado como "herramienta imprescindible" para "descifrar los recovecos escondidos del nuevo Estatut y que son desconocidos para la mayoría de los votantes", el libro pretende ayudar al votante a "disponer de todos los argumentos posibles en sus manos, sobre todo cuando se trata de algo de tanta importancia como puede ser la aprobación de un texto que viene a modificar principios básicos recogidos en nuestra Constitución".

En la presentación, que tendrá lugar en el World Trade Center de Barcelona el próximo día 20, intervendrán el expresidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, y el vicepresidente tercero del Congreso de los Diputados y ponente constitucional Gabriel Cisneros.

Libertad Digital, 16 de abril de 2006

La superstición del cambio permanente

Se ha hablado mucho de lo que dijo Rajoy hace unos días: "Mirar al futuro". Se ha hablado menos de otra cosa que dijo en el mismo acto y que, sin embargo, es más interesante, a saber, que el Partido Popular tiene que "adaptarse a una sociedad en cambio permanente". Es una frase bastante común, poco original, pero muy del gusto de la tecnocracia dominante y, sobre todo, que queda bien en los discursos, porque deja pensar que quien así se expresa es hombre tranquilo y hasta inofensivo, sin ganas de meterse en líos y partidario de dejar a la gente que funcione como quiera.

Ahora bien, la bonancible fórmula pierde un poco de fuste si uno examina a fondo su contenido. ¿Por qué una sociedad ha de estar "en cambio permanente"? Y eso, ¿es bueno o es malo? Por otro lado, ¿quién promueve los cambios? ¿Y en qué dirección? ¿O es que las sociedades cambian solas, al margen de los hombres que las componen? ¿Estamos ante una especie de "animismo sociológico", una fe torda en que la sociedad genera por sí misma sus propios movimientos? Y entonces, ¿adaptarse a una sociedad "en cambio permanente" no sería tanto como renunciar a cualquier acción significativa sobre nuestra vida común?

Eso de la "adaptación al cambio social" viene siendo una constante retórica en el discurso de la derecha política desde hace unos cuantos años. En esa filosofía –y esta vez el término no está mal empleado- hay dos fuentes bastante transparentes.
 
Una es la mentalidad progresista, ciertamente dominante, según la cual la naturaleza de la sociedad –de toda sociedad- es el cambio permanente, la transformación continua, bajo la tácita superstición de que todo cambio es en sí mismo positivo. La otra fuente es el apoliticismo neoliberal, que predica la abstención de los gobiernos en materia de principios colectivos, de razones para vivir juntos, y estigmatiza como "ingeniería social" todo intento de dar forma a la comunidad política según convicciones "fuertes".

El resultado es la apología de la inhibición. Los ocho años de gobierno del Partido Popular han sido letales en este aspecto.

Un partido que se adapta a los cambios de la sociedad es, sin duda, una asociación de hombres tranquilos, y eso siempre inspira sentimientos confortables, pero tal actitud presenta un inconveniente no menor: renuncia expresamente a pilotar los cambios sociales. Lo cual, en la práctica, significa dejar que sea el rival quien marca el tempo y la intensidad de los mencionados cambios. Y si los cambios en cuestión caminan hacia posiciones antitéticas de las que uno mantiene, ¿qué hacemos? ¿Cambiamos de posiciones para "adaptarnos" mejor? Y en ese caso, ¿no dejaremos de ser lo que somos? Y entonces, ¿para qué necesitamos un partido político?

Si el modelo de sociedad que ofrece el PP es la inexistencia de modelo alguno y la mera "adaptación" al modelo ajeno, deberían decirlo más claramente. Más que nada, para que los demás sepamos a qué atenernos.

 

José Javier Esparza

 

El Semanal Digital, 26 de septiembre de 2005

 

La tragedia de la II República (manifiesto)

En la república de 1931 hubo dos tendencias principales. Una aspiraba a una democracia liberal, y la otra venía impregnada de mesianismo revolucionario y, por tanto, de demagogia. La primera la auspiciaron los llamados “Padres espirituales de la República”, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, así como los organizadores del movimiento republicano,  Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura.  La tendencia mesiánica dominaba en la izquierda, desde Azaña, que tenía una concepción despótica (un régimen para todos los españoles, pero gobernado forzosamente  por los autoproclamados republicanos, es decir, los afines al propio Azaña), hasta el Partido Socialista, que tras haber colaborado con la dictadura de Primo de Rivera pasó a exigir la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE; pasando por los separatistas vascos y catalanes,  o los anarquistas, sistemáticamente violentos.

 

Cabe interpretar la evolución de aquel régimen como la pugna entre esas dos concepciones, la democrático-liberal y la despótico-revolucionaria. Desde muy pronto la segunda desbordó a la primera con agresiones brutales como la quema de  iglesias, bibliotecas y centros escolares,  y una Constitución sectaria, no laica sino antirreligiosa. Tales abusos expulsaron del ideal republicano a una gran masa de la población, representada en la CEDA,  la cual aceptó pacíficamente al nuevo régimen y sus leyes, pero no pudo identificarse con él. Ello debilitó el proyecto de una democracia moderna y pluralista,  donde cupieran todos los españoles.

 

En 1933, luego de dos años de experiencia de gobierno de izquierdas, una amplia mayoría de la población votó al centro-derecha, que llegó al poder pacífica y legalmente. Pero la decisión popular fue rechazada por las izquierdas y los separatismos, los cuales intentaron varios golpes de estado, desestabilizaron al gobierno legítimo y, finalmente, planearon, en sus propias palabras,  la guerra civil. La derecha defendió la legalidad republicana, pese a disgustarle, contra el asalto de las izquierdas, que ocasionó una guerra en octubre de 1934,  con 1.400 muertos en 26 provincias, y enormes daños materiales.

 

Pese a este fracaso, la corriente despótico-revolucionaria, atribuyéndose con pleno fraude la legitimidad republicana, consiguió unirse y volver a la carga. En los comicios de 1936,  repletos de irregularidades, ganó, en principio, en diputados, empatando en votos (si bien los supuestos vencedores nunca publicaron los datos fehacientes de las elecciones). Su victoria originó  un rápido proceso de descomposición social y política, con cientos de muertes, incendios y destrucciones, culminados en el secuestro y asesinato de Calvo Sotelo, uno de los jefes de la oposición, y el intento fallido contra otros. Este crimen, perpetrado por la policía y milicianos socialistas, prueba la extrema degradación de un estado cuyos aparatos de seguridad actuaban como grupos terroristas. La legalidad había sido destruida por completo desde el gobierno y desde la calle, y ello causó la guerra civil; o, más propiamente, la reanudación de ella  después de los episodios de 1934. Vale la pena recordar las invectivas de los “padres espirituales de la república” y de tantas personas sensatas, contra “los desalmados mentecatos”, “los canallas” que habían traído la ruina al régimen y la guerra a España

 

Hoy contemplamos con alarma cómo un presidente del gobierno se declara “rojo”, es decir, afín a la ideología más mortífera y tiránica del siglo XX, en rivalidad con la nazi; y  reivindica los “valores republicanos”,  entendiendo por tales los de la corriente despótico-revolucionaria. Le oímos hablar de “Paz, piedad, perdón”,  pervirtiendo el lenguaje de forma inaudita. Para él, la paz se obtiene liquidando la Constitución; la piedad la dedica a los asesinos y la aparta de sus víctimas;  y el perdón, grotesco perdón, consiste en la legalización del asesinato como forma de hacer política y obtener ventajas inadmisibles. El gobierno actual  está  destruyendo la ley, y por tanto la posibilidad de una convivencia en paz y en libertad en España. Y los ciudadanos demócratas debemos denunciar y frenar este proceso enloquecido.  

 

Pío Moa (en Libertad Digital)

Fundación Humanismo y Democracia: crónica de una muerte anunciada (la de la Democracia Cristiana española).

La profunda crisis experimentada por la democristiana Fundación Humanismo y Democracia, que puede terminar con sus responsables ante los tribunales, es el último acto de una agonía política: la de la Democracia Cristiana española. Debemos preguntarnos, ¿le resta todavía, a esa identidad política, algún futuro?

 

El fracaso político de la Democracia Cristiana española.

 

                En algunas ocasiones hemos reflexionado en torno a las experiencias, enseñanzas y expectativas de los hombres y mujeres que, de manera muy plural, constituyeron las diversas expresiones de la moderna Democracia Cristiana española.

 

                Así lo hicimos al comentar en esta revista electrónica, en su número 49 (septiembre de 2001), un interesante libro de Donato Barba: La oposición durante el franquismo/1. La Democracia Cristiana. 1936 – 1977, (Ediciones Encuentro, prólogo de Javier Tusell y presentación a cargo de José Andrés Gallego, 302 páginas, Madrid 2001. Allí concluíamos que las ideas de la Democracia Cristiana, en muchos aspectos, triunfaron en la transición española a la democracia, para ser desbordadas en los años posteriores; siendo este fenómeno paralelo (y tal vez una consecuencia) de su incapacidad para crear una alternativa unitaria y nacional democristiana que proporcionara rostro a un porcentaje importante de la sociedad española que así lo demandaba. Una auténtica paradoja histórica que concretaba el fracaso político de los democristianos españoles.

 

Las fundaciones políticas  populares.

 

                También analizábamos el estado de esta expresión política desde la perspectiva y evolución de las fundaciones del entorno del Partido Popular, en el artículo La “macrofundación” de Aznar y los democristianos del Partido Popular (revista digital Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, número 52, diciembre de 2001). Podíamos deducir que la decisiva función de “laboratorio de ideas”, así como la formación y selección de cuadros para ese partido, recaería en la fundación liberal-aznarista FAES, reduciéndose Humanismo y Democracia a la gestión de diversos proyectos de cooperación al desarrollo; lo que acreditaba la pérdida de peso de los democristianos en el seno del Partido Popular y su carencia de un proyecto político propio.

 

A lo largo del mes de julio, venimos asistiendo, particularmente a través de numerosas informaciones publicadas en Diario de Navarra, del último acto de esta agonía democristiana. Al parecer, y desde el propio Gobierno de Navarra, se habían advertido diversas anomalías en la gestión de algunos fondos concedidos a la citada fundación; lo que podría, incluso, constituir indicios de delito. Ricardo de León, antiguo Consejero de este Gobierno, posteriormente Gerente de la Fundación de la discordia y ulteriormente Delegado del Gobierno de Navarra en Madrid, junto a otros nombres bastantes conocidos y conflictivos, se encontrarían en el ojo de huracán. Por cierto, lo que empezó como un “escándalo navarro”, ha empezado a extenderse a otras comunidades, como Madrid, Valencia y La Rioja, donde los socialistas, encantados, buscan exprimir este limón para ver si encuentran, por ejemplo, un supuesto de financiación ilegal del Partido Popular que explotar políticamente.

 

La crisis de la Fundación Humanismo y Democracia.

 

No nos corresponde a nosotros manifestarnos sobre lo realmente acaecido en esa fundación; especialmente en lo que respecta a sus implicaciones legales. Pero sí que podemos reflexionar en torno a las causas de esta evidente decadencia y su pérdida del “norte”.

 

La Fundación Humanismo y Democracia, según veíamos, es el último residuo organizado de una identidad política en lenta agonía. Actualmente, la Democracia Cristiana española carece de cualquier instancia organizativa, medio de comunicación o liderazgo visible. Salvo los catalanes de Unión Democrática de Cataluña (UDC), la única presencia democristiana que quedaba era esta fundación. Nacida como “laboratorio de ideas”, se le agregó la posibilidad de participar en la cooperación al desarrollo; un rico pastel al que cada vez mayor número de comensales, muchos con oscuras intenciones, trataban de hincarle el diente. Con la reordenación de las fundaciones populares del año 2001, Humanismo y Democracia se alejó, todavía más, de la realidad viva de la sociedad y del pueblo del que, remotamente, procedía. Se convirtió, así, en una estructura vacía, sin rumbo fijo, alejada de los ideales de antaño. Aunque algunos patronos lo intentaran, y se también editaran algunos libros interesantes de escasa difusión y mínima distribución, no era fácil que esta entidad se mantuviera fiel a la línea fundadora en sus actuaciones, pues: ¿a quién o a qué servir? Se vivía, pues, en una etapa de crisis…, aunque no faltaran sustanciosos fondos económicos procedentes de diversas fuentes públicas, principalmente.

 

No en vano, su crisis era la de la misma familia ideológica de la que procedía. Así, ¿por qué decayó la Democracia Cristiana en España? Recordemos algunos factores: su desconexión de la base del pueblo cristiano, la falta de apoyo de la jerarquía católica española en momentos clave de su reciente historia, la ausencia de un proyecto claro y unánime de futuro, su propia división interna, la pérdida del sentido de pertenencia eclesial y la crisis de identidad de alguno de los movimientos eclesiales que encontramos en su origen...

 

En este contexto, Humanismo y Democracia, limitándose a mero gestor de proyectos de cooperación al desarrollo, había perdido su auténtica razón de ser. El terreno estaba abonado para una crisis; la que fuera.

 

¿Qué sucederá ahora? Termine, o no, en los tribunales, este hecho constituye una magnífica excusa para que la entidad sea suprimida definitivamente; antes o después… Discretamente, en todo caso. El triunfo liberal-reformista, dentro del Partido Popular, será total. Sobrevivirán, acaso, algunos escasos democristianos en la primera línea del Partido Popular, quienes deberán acreditar, más que ninguno, su adhesión inquebrantable al liderazgo y a las políticas populares. Así las cosas, esos supervivientes, ¿podrán defender un programa democristiano? Divididos, desprestigiados, en número decreciente, perdidas casi todas sus influencias, sin una base militante y social que les apoye, sin ninguna referencia organizada… Poco futuro les espera bajo tal identidad. La Democracia Cristiana, por lo tanto, ha muerto en España. Mientras tanto, un sector social importante –nos referimos a buena parte de ese pueblo católico que en su día depositó en ella sus esperanzas- se reorganiza, se manifiesta, reconstruye su identidad… huérfano de líderes y etiquetas.

 

La Democracia Cristiana española ha muerto, ¿¡viva la Democracia Cristiana!?

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 95 – 96, julio - agosto de 2005.

HazteOir.org denuncia que el Gobierno inicia una etapa más radical y rupturista

HazteOir.org (HO) considera que, con la marcha de Bono, el presidente del Gobierno se ha desembarazado del último de los elementos incómodos de su partido y "blinda" el Ejecutivo para iniciar su etapa más radical y rupturista.

Según Ignacio Arsuaga, presidente de HO, "el nombramiento de Alfredo Pérez Rubalcaba como ministro de Interior es una mala noticia, y supone un paso atrás en la democracia española". "No olvidemos -añade Arsuaga- que Rubalcaba fue ministro de Interior en tiempos de los GAL y amigo personal de Rafael Vera, y que conoce muy bien todo el proceso de negociación con ETA. No es de extrañar, por tanto, que personajes como el portavoz de la ilegalizada Batasuna, Pernando Barrena, se sientan satisfechos y consideren 'interesante' el hecho de que 'alguien que ha estado en la cocina del proceso desde el principio' ocupe la cartera de Interior".

Para HazteOir.org, resulta inadmisible oír de fuentes de la Moncloa que "Rubalcaba dirigirá, en estrecho contacto con el presidente Zapatero, el proceso de diálogo con ETA". "Los ciudadanos -añade- no queremos un Gobierno que dialogue con asesinos y ceda a sus chantajes. No se puede hablar con los terroristas sin la entrega de las armas y el cese definitivo de la violencia. El alto al fuego no es más que un cebo para presionar al Ejecutivo y alcanzar de él sus reivindicaciones históricas".

Máxime cuando ayer, a través de su boletín interno Zutabe, difundido por la radio televisión pública vasca, ETA exigía como condiciones para mantener su alto al fuego la autodeterminación, la anexión de Navarra y los "territorios" del sur de Francia que asumen como propios, la amnistía total para etarras encarcelados, la expulsión de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad y la desactivación de los cuerpos especiales de la Ertzaintza.

Junto a esto, el presidente de HazteOir.org teme que el control del nuevo ministro de Interior sobre la Comisión de Seguimiento del Pacto Antiterrorista, la Comisión de Secretos Oficiales, las fuerzas de seguridad, la política penitenciaria y el registro de partidos políticos, reste transparencia a la gestión del Ejecutivo en materia antiterrorista y propicie las concesiones que esperan los etarras, con políticas de acercamientos de presos e incluso una posible legalización de Batasuna.

Jueves, 13 de abril de 2006

Memoria histórica selectiva

Coincidiendo con las celebraciones del 75 aniversario de la II República, el Gobierno tripartito acaba de remitir al Parlamento catalán el proyecto de ley del Memorial Democrático. La exposición de motivos señala que esta ley tiene por objeto "desplegar las políticas públicas del Gobierno dirigidas a la acción cívica de recuperación, conmemoración y fomento de la memoria democrática, es decir, del conocimiento de la segunda república, de la Generalitat republicana, de la guerra civil, de la represión de la dictadura, del exilio y de la deportación, de los valores y de las acciones del antifranquismo y, por tanto, de todas las tradiciones de la cultura democrática, con la finalidad prioritaria de estimular la comprensión del tiempo presente". ¿Y las checas? ¿Y el asesinato indiscriminado de religiosos por parte de los republicanos?

 

 

 

Este Memorial Democrático impulsado desde el Gobierno tripartito nace para traicionar nuestra historia y los principios democráticos de la Constitución. Según señala la exposición de motivos de esta ley, "en Cataluña y en España —como si fueran cosas distintas— el sistema democrático actual tiene su origen y se ha construido en el antifranquismo". Nada más falso. Una de las virtudes de la Constitución española de 1978 y de la transición fue la superación de las dos "españas". No se quiso, premeditadamente, mirar al pasado ni pasar cuentas. Los españoles, todos, quisimos construir juntos el futuro. Y no podemos decir, veintiséis años después, que hasta ahora las cosas no nos hayan ido razonablemente bien. Por eso resulta tan injusto para quienes construyeron nuestra democracia, después de cuarenta años de dictadura, que la ley impulsada por el tripartito señale que "uno de los déficits de la transición a la democracia fue la institucionalización de la desmemoria".

 

 

 

El Memorial Democrático del tripartito no incluye a los 2.039 religiosos asesinados por la represión republicana en Cataluña (6.842 obispos, sacerdotes seculares, religiosos y monjas en toda España). El consejero Saura también ha olvidado en su ley del Memorial Democrático los nombres de las 18 iglesias quemadas sólo en la ciudad de Barcelona por los republicanos el 19 de julio de 1936, así como las declaraciones del máximo responsable del Partido Obrero de Unificación Marxista, que afirmó que "la clase obrera ha resuelto el problema de la iglesia, sencillamente, no dejando ni una de pie". El Memorial Democrático del tripartito tampoco subvencionará el estudio y catalogación de las múltiples "checas" de Barcelona que sirvieron para torturar y asesinar a todos aquellos que no pensaban como las "milicias ciudadanas" nacidas con el objetivo de "aniquilar en toda Cataluña los últimos núcleos fascistas existentes", según el decreto de 23 de julio de 1936 firmado por el presidente Lluís Companys. No debemos abrir viejas heridas que quedaron cicatrizadas con la llegada de la democracia y la aprobación de la Constitución, pero si se pretende abrirlas, abrámoslas en canal. Aprovechemos el Memorial Democrático para estudiar y denunciar las barbaridades del franquismo pero también las cometidas por los republicanos.

 

 

 

 

 

 

Daniel Sirera es Portavoz adjunto PP en el Parlamento de Cataluña

 

 

Libertad Digital, 14 de abril de 2006

 

UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL: tres libros importantes.

Van saliendo últimamente algunos libros serios sobre la Guerra Civil, de los cuales paso a comentar tres: El exilio republicano, de Milagrosa Romero Samper, en Ediciones Encuentro; El crimen que desató la Guerra Civil, de Alfredo Semprún, en Libros Libres, y la reedición de Historia del Ejército Popular de la República, de Ramón Salas Larrazábal, en La Esfera de los Libros.

 

 

El primero es el mejor estudio, con mucho, desde los valiosos trabajos de Javier Rubio, y muy oportuno, pues con pocas cosas se ha hecho una labor de falsificación tan sistemática como con el exilio de posguerra. Sobre él se ha fabricado una inmensa literatura lacrimógena, olvidando que, como la misma guerra, fue una consecuencia final de la destrucción de la legalidad por el Frente Popular.

 

 

 

Dentro de la mixtificación imperante, las izquierdas suelen empezar por incluir entre los exiliados a quienes habían huido de las izquierdas –que fueron muchos, en gran parte intelectuales, como aclaró en su momento Gregorio Marañón–, y a otros que habían asentado sus vidas en el extranjero ya antes de la guerra (Picasso, incluido a menudo entre los exiliados, sería un buen ejemplo). Todos por igual figuran como "exiliados del franquismo" en la falaz literatura corriente.

 

 

 

De similar modo, el carácter no democrático del grueso del exilio se manifiesta, además de en sus ideologías, en el arribo y amparo de muchos de sus componentes en regímenes como el PRI mejicano o la dictadura de Trujillo en Santo Domingo. Precisamente, no hace mucho los "republicanos" tributaron un encendido homenaje a la memoria de Lázaro Cárdenas, uno de los gobernantes más corrompidos de Méjico y, desde luego, nulamente democrático. Está bien esa gratitud, a condición de no confundirla con una inexistente "defensa de la democracia".

 

 

 

Milagrosa Romero trata también otro aspecto muy poco confesable de la emigración, ocultado sistemáticamente en la historiografía izquierdista: el de los cuantiosos tesoros robados por el Frente Popular al patrimonio histórico y artístico español y al patrimonio de los particulares, incluyendo entre éstos a la gente pobre que depositaba bienes familiares en los montes de piedad. Se trata de hechos perfectamente conocidos por los testimonios de las mismas izquierdas, salidos a la luz a causa de las disputas por el botín; aunque insuficientemente documentados, a causa de la comprensible opacidad de la gestión.

 

 

 

Por supuesto, debemos distinguir entre el exiliado de a pie y los dirigentes, estos últimos no más demócratas ni honrados –en su mayoría– que cierto enterrador de Montesquieu especialista en la explotación demagógica del exilio, entre otras destrezas.

 

 

 

La segunda parte del libro, más de la mitad de él, trata los avatares políticos de los jefes exiliados hasta la reunión de Munich, en 1962, una historia tan poco edificante, en general, como las anteriores. Y muy mal conocida para la mayoría, aunque merece mucho la pena conocerse. Este libro viene a llenar una laguna importante, y el lector no quedará defraudado.

 

 

 

Dice Alfredo Semprún que su libro sobre el asesinato de Calvo Sotelo "no es de historia, sino un reportaje". Error. Es un buen libro de historia y a la vez un reportaje, no hay contradicción entre ambas cosas. Una manía hoy corriente, confundiendo la pesadez con el rigor, quiere pasar por libros de historia "verdaderos" unos romos y burocráticos estudios, abundantes en citas pero escasos de análisis inteligente.

 

 

 

Semprún no es historiador profesional, en el sentido de que no se dedica profesionalmente a la investigación histórica, ni siquiera en el sentido que le dan los pedantes historieteros progres, según los cuales para escribir autorizadamente sobre el pasado es imprescindible sufrir sus lecciones falsarias –y hoy sabemos hasta qué punto lo son– y sus exámenes sectarios. Pero su reportaje tiene un valor historiográfico muy superior al de tantos enredosos libracos que por ahí circulan. Como contestó Stanley Payne a unas pintorescas observaciones de Tusell:

 

 

 

"Parece, pues sobreentenderse que sólo los profesores pueden tener un pensamiento serio o escribir convenientemente sobre historia. Semejante idea sería particularmente grotesca en países como Inglaterra o Estados Unidos, donde la mayoría de las mejores y más leídas obras de historia no las escriben profesores".

 

 

 

El reportaje histórico de Semprún tiene muchos méritos, uno de ellos el de mostrar el rápido proceso de descomposición social y política sufrido por España tan pronto alcanzó el poder el Frente Popular, en febrero del 36, creándose un doble poder desde la calle mientras el poder presuntamente legítimo vulneraba la ley y amparaba los desmanes y socialistas y anarquistas rivalizaban en demagogia, a veces a tiros entre ellos. Aunque no se lo propone explícitamente, el libro demuestra lo que nadie puede dudar a la vista de los testimonios y de la sucesión de hechos: el Frente Popular, al que es afecto el actual presidente del Gobierno, el "rojo" Zapatero, aniquiló la Constitución republicana hasta extremos inverosímiles, hasta el extremo de que sus propios órganos de seguridad se convirtieron, en buena medida, en grupos terroristas o protectores del terrorismo.

 

 

 

Una pequeña laguna en este excelente reportaje, y sobre la que he propuesto más de una vez una investigación a fondo: la implicación de Prieto en el crimen. No hay pruebas, desde luego, pero todos los indicios apuntan a él con fuerza.

 

 

 

Entre los varios libros esenciales que los profesionales de la desvirtuación histórica han logrado borrar de la universidad hay uno absolutamente clave: la Historia del Ejército Popular de la República, de Ramón Salas, mucho más de lo que su título indica. Para entender la importancia de esta obra conviene advertir que antes de ella las historias de la Guerra Civil apenas habían recurrido a los archivos.

 

 

 

Hugh Thomas había elaborado su libro a base de otros libros y memorias, tratados con algunos prejuicios socialdemócratas pero con inteligente sentido común, lo cual, junto con una visión artística bastante más elevada que tantas otras pedestres historias, le permitió escribir un trabajo que con justicia se ha hecho clásico. Pero sus debilidades de método la condenaban a verse superada antes o después. Salas, en cambio, se apoyó de modo constante en los documentos de archivo, "que suelen escribirse sobre la misma realidad, sin preocupación de imagen ni de lo que vaya a decir la Historia en el futuro".

 

 

 

El resultado fue sencillamente demoledor para las leyendas elaboradas por la propaganda de la Comintern y aceptadas brutamente por una historiografía, incluso de derecha, más interesada en parecer progresista que en la veracidad de sus contenidos.

 

 

 

Pero los intelectuales orgánicos han demostrado poseer una piel de hipopótamo frente a los desmentidos de sus teorías, junto con una elaborada tradición propagandística y una habilidad sobresaliente para adjudicarse fondos públicos. Y gracias a estas dudosas habilidades han logrado neutralizar durante muchos años al "historiador franquista", "militar", "no universitario" y, por supuesto, "no científico", ya que Salas prescindía de la "metodología científica marxista", de rigor en la universidad durante muchos años, y todavía hoy, de modo más encubierto.

 

 

 

Del mismo modo, aplicando la "metodología marxista" en su más cruda acepción, es decir, mediante un sectarismo y una falta de honestidad intelectual apabullantes, han logrado erradicar a otros grandes de la historiografía sobre la Guerra Civil: Bolloten y Martínez Bande, que, concuerdo en ello con Ricardo de la Cierva (otro "erradicado"), forman con Ramón Salas el trío imprescindible para conocer la Guerra Civil.

 

 

 

Debemos felicitarnos de la recuperación de Historia del Ejército Popular de la República, que debiera figurar en la biblioteca tanto de estudiosos profesionales como de aficionados al tema. Al compararla con decenas y cientos de libros escritos posteriormente, apreciamos hasta qué punto la historiografía puede retroceder en lugar de avanzar, un poco como retrocedió la biología en la URSS bajo los auspicios de Lisenko, promotor del materialismo dialéctico aplicado a la agricultura.

 

 

 

Por supuesto, el tiempo pasa, hay nuevas aportaciones y nada es absolutamente definitivo. Por poner un detalle, creo que Salas tiende a minusvalorar algo la impronta soviética, tanto en el ejército como en la política del Frente Popular, la cual quedó determinada por Stalin desde el momento en éste recibió el grueso de las reservas financieras españolas y dispuso de un partido por completo sometido a sus órdenes y que pronto lograría la hegemonía, pese a su pequeñez inicial.

 

 

 

 

 

Milagrosa Romero Samper: El exilio republicano. Encuentro, 2005; 344 páginas.

 

Alfredo Semprún: El crimen que desató la Guerra CIvil. Libros Libres, 2005; 244 páginas.

 

Ramón Salas Larrazábal: Historia del Ejército Popular de la República. La Esfera de los Libros, 2006; 3.572 páginas (5 volúmenes).

 

 

Pío Moa

 

Libertad Digital, suplemento libros, 6 de abril de 2006

¿Qué es metapolítica?

Hace exactamente setenta años, en la Escuela Superior Alemana de Política, el filósofo Max Scheler, la mente más fértil de aquella hora, al decir de Ortega y Gasset, sostenía en su conferencia titulada El hombre en la etapa de la nivelación que: "Y aunque demasiado restringida a la crítica de la cultura, esté madura para la realidad de la vida, de manera que sea capaz también de aparecer en el espíritu de nuestra política, a fin de suplantar a los gobernantes y mantenedores de la presente conducción alemana".

La idea que se desprende de esta cita es que el trabajo intensivo en el orden cultural es condición previa y necesaria para la toma del poder político. He aquí la primera acepción de metapolítica, como mera actividad cultural, pero que precede necesariamente a la acción política.

Pocos son los que saben que éste es el antecedente más lejano de la noción de metapolítica que comenzó a manejarse a fines de los sesenta por un grupo cultural francés conocido como nouvelle droite.

Su animador principal va a atribuir, no a Scheler sino al marxista italiano Antonio Gramsci, la paternidad de la idea al sostener explícitamente que: "Gramsci ha mostrado que la conquista del poder político pasa por aquella del poder cultural".

Así pues, la metapolítica en una primera acepción significa la tarea de desmitificación de la cultura dominante cuya consecuencia natural es quitarle sustento al poder político, para finalmente reemplazarlo, y para esto último hay que hacer política.

Y acá surge la paradoja de la nouvelle droite, desde este punto de vista, y es que adoptando esta primera acepción ha querido desarrollar metapolítica sin política. Así lo afirma enfáticamente su fundador cuando sostiene: "Donde nosotros hemos siempre situado nuestra acción es sobre un plano metapolítico o transpolítico, a la vez cultural y teórico, y es ésta una vocación que no sabríamos cambiar".3   Sobre este tema, el politólogo Marco Tarchi observa que la nouvelle droite no lleva a cabo ninguna acción política partidaria, pues considera que los partidos políticos han sido superados en poder e iniciativa por los mega aparatos massmediáticos y que, es allí en donde esta corriente de pensamiento intenta llevar adelante la disputa.

No obstante esta acertada observación, el hecho de autolimitarse y limitar la metapolítica a una tarea cultural sin proyección política, tiende a reducir a esta corriente a una especie de torre de cristal cartesiana en donde la competencia por sutilezas teóricas reemplaza, muchas veces, al compromiso con la realidad política por parte de sus cultores.

Una segunda significación del concepto de metapolítica la encontramos en la convergencia, sobre este tema específico, de las corrientes hermenéuticas y analíticas. La filosofía hermenéutica, al tener la preocupación por la historia de los conceptos que lleva a cabo a través de la reflexión sobre el lenguaje con el rescate del "contexto" de los conceptos políticos en tanto condición indispensable para comprender, converge con la crítica analítica de los conceptos, con la diferencia que esta última tiende a la adopción de un lenguaje conceptual unívoco como el de las ciencias duras.

Manfred Ridel, discípulo y continuador de Leo Strauss, afirma esta coincidencia explícitamente al sostener que: "La metapolítica exige una analítica de los conceptos en el sentido de una reflexión hermenéutica y analítica de las actuales opiniones políticas preconcebidas, que es la que ha de abrir el acceso a una política sin metafísica política".4 

Vemos pues, claramente, como la intención de esta línea interpretativa consiste en intentar la disección de las opiniones políticas preconcebidas a través del análisis del lenguaje político pero sin predicación de existencia, presupuesto metafísico de la filosofía analítica. Esto es, una filosofía sin metafísica.

Se observa en esta segunda acepción de metapolítica una paradoja irresoluta, pues en tanto que hermenéutica sabe que toda interpretación presupone una valoración, y en tanto que analítica, se autolimita al terreno exclusivamente neutral-descriptivo, con el agravante de la suspensión del juicio de valor, como consecuencia de la no predicación de existencia.

Esta concepción de la metapolítica tendiente a eliminar toda metafísica política de la política, no deviene en otra cosa que en la justificación del status quo reinante.

Una tercera acepción de la metapolítica está dada por lo que se denomina tradicionalismo, corriente filosófica que se ocupa del estudio de un supuesto saber primordial común a todos las civilizaciones. Cabe distinguir este tradicionalismo que por definición es ahistórico, de la tradición de un pueblo particular como historia de valores a conservar.

El máximo representante de esta corriente, en este tema, es el italiano Silvano Panunzio quien en su obra Metapolítica: La Roma eterna e la nueva Gerusalemme (Roma, 1979) se ocupa detalladamente de los fundamentos de la metapolítica y su funcionalidad en nuestro tiempo.

Sin embargo, es su continuador el agudo pensador italo-chileno Primo Siena, quien mejor define esta significación de metapolítica cuando sostiene: "Trascendencia y metapolítica son conceptos correlativos, por ser la metapolítica veraz expresión de una ciencia no profana y más bien sagrada; ciencia que por lo tanto se eleva a la altura de arte regia y profética que penetra en el misterio escatológico de la historia entendido como proyecto providencial que abarca la vida de los hombres y de las naciones. Por consiguiente, la metapolítica expresa un proyecto que –por la mediación de los Cielos– los hombres rectos se esfuerzan de realizar en la tierra, oponiéndose a las fuerzas infernales que intentan resistirles".5 

Se desprende de la larga cita precedente que para esta interpretación la metapolítica es el fundamento último de la política y a la vez establece el paradigma en función del cual la política debe actuar. En definitiva, para esta línea interpretativa, la metapolítica es la metafísica de la política.

Hemos visto tres claras acepciones de la noción de metapolítica, en primer lugar, aquella de la nouvelle droite que pretende hacer metapolítica a secas; esto es, sin política. En segundo término, tenemos la postura analítico-hermenéutica que aspira a realizar metapolítica sin metafísica política. Y por último, tenemos la posición del tradicionalismo esotérico que intenta hacer metapolítica como metafísica política.

Ante este cuadro, forzosamente sucinto, de la polémica en torno al medular concepto de metapolítica, cabe preguntarse si las posturas son contradictorias, complementarias o si, en todo caso, existe la posibilidad de ofrecer otra acepción.

Existe una cierta coincidencia entre las dos primeras corrientes en cuanto a que la metapolítica es una reflexión crítica acerca de los preconceptos de la política. En tanto que la diferencia entre ambas se encuentra en la relación entre metapolítica y política. Así, mientras la nouvelle droite niega toda relación, la analítica-hermenéutica afirma que "abre el acceso a la política". Se da en esta comparación una coincidencia metodológica y una disidencia de carácter funcional.

Si comparamos ahora, estas dos corrientes con la tercera, no existe ni siquiera una coincidencia de carácter metodológico, dado que el tradicionalismo no se propone un acceso metódico al saber metapolítico, sino que se limita a proponer un paradigma metapolítico –la ciudad primigenia como ciudad espiritual o civitas Dei– a la actividad política. Y si bien hay una cierta coincidencia con la corriente analítico-hermenéutica en cuanto a que las dos otorgan funcionalidad política a la metapolítica, ambas entran en flagrante contradicción puesto que una propone una política sin metafísica en tanto que el tradicionalismo alienta una metafísica política.

Conclusión

Sin pretender agotar el tema y al mismo tiempo evitar caer en un sincretismo acomodaticio nosotros proponemos la siguiente acepción de metapolítica.

Como su nombre lo indica en griego thá methá politiká, la metapolítica es la disciplina que va más allá de la política, que la trasciende, en el sentido que busca su última razón de ser, el fundamento no-político de la política. Es una disciplina que tiene una doble cara, es filosófica y política al mismo tiempo.

Es filosófica en tanto que estudia en sus razones últimas las categorías que condicionan la acción política de los gobiernos en turno, pues, "entiende la política desde las grandes ideas, la cultura de los pueblos, los mitos movilizadores de la historia".6 

Y es política, en cuanto busca con su saber crear las condiciones "para suplantar a los gobernantes y mantenedores de la presente conducción", según palabras de Max Scheler.

Como disciplina filosófica exige un método y éste puede ser el fenomenológico-hermenéutico, realizando la epojé (puesta entre paréntesis) de las opiniones pretéritas, preconceptuales o ideológicas, para intentar una descripción eidética (de los rasgos esenciales) lo más objetiva posible de los "hechos mismos". Para, en un segundo momento, pasar a la interpretación del lenguaje político.

Hasta aquí coincidiríamos en parte con la segunda corriente, pero la metapolítica, para nosotros a contrario sensu que ésta, no puede quedarse en un mero juicio descriptivo, sino que por su doble carácter de filosófica y política está obligada a emitir juicios de valor intentados. Y esto último, la emisión de juicios de valores, en la crítica cultural, no conformista y contra corriente al discurso massmediático del establishment es el mérito más significativo de la nouvelle droite.

En cuanto a la tercera acepción, la tradicionalista, creemos que la misma se vincula mucho más estrechamente, tanto por su saber iniciático y esotérico como por su propuesta paradigmática, a una teología política que a una disciplina reflexiva y esotérica como la metapolítica.

Además, la metapolítica en cuanto disciplina bivalente no es un pensamiento simplemente teorético sino que exige abrirse a la acción política como productora de sentido dentro del marco de pertenencia o ecúmene cultural donde se sitúa el metapolítico.

Resumiendo nuestra propuesta, tenemos una disciplina cuyo objeto es doble. Es filosófico (se ocupa de los fundamentos no-políticos de la política) y político (se ocupa de la proyección político-social de dichos fundamentos). Que puede utilizar con provecho el método fenomenológico-hermenéutico, pero que por su carácter de bivalente está obligada a emitir juicios de valor (prácticos) y no solamente juicios descriptivos (teoréticos). Al tiempo que por su propia índole exige el acceso a la política.

 Notas

1 M. Scheler, Metafísica de la libertad, Buenos Aires, Nova, 1960, p. 189.

2 A. de Benoist, Orientations pour des années décisives, París, La Labyrinthe, 1982, p. 12.

3 Benoist, op. cit., p. 12.

4 M. Riedel, Metafísica y metapolítica, Buenos Aires, Alfa, 1976, p. 8.

5 P. Siena, "La metapolítica y el destino superior de nuestra América romántica", Conferencia en III Encuentro Iberoamericano de Metapolítica, Viña del Mar, agosto de 1995, p. 2.

6 J. A. Vásquez Márquez, "Encuentro de la América Románica", Revista Ciudad de los Césares, núm. 44, Santiago de Chile, 1996, p. 33.

Alberto Buela

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 26, noviembre de 1999