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Políticamente... conservador

Necrolatría republicana

La fábrica de mitos más importante del siglo XX no ha estado en Hollywood, sino en la izquierda, o para ser precisos, en el imperio soviético. Algunas veces, y no por casualidad, colaboraron esos dos centros productores de mitologías, pero siempre con los de Santa Mónica en posición subordinada. Quienes mandaban permanecían en la sombra y sus genios creadores no firmaban sus obras. Hoy cualquiera puede saber quiénes eran y cómo lo hicieron, pero no todo el mundo desea obtener el conocimiento que se dispensa en investigaciones como la de Stephen Koch, El fin de la inocencia.

 

 El caso es que por ignorancia de muchos y listeza de unos cuantos, las criaturas de la gran factoría mitológica han seguido rulando sin sus papás. El mito del antifascismo radical del comunismo se urdió para tapar las negociaciones secretas con Hitler y luego el Terror estalinista, y ahí lo ven, con muletas y achaques, pero en pie. Y uno de sus retoños, la visión de la Guerra Civil española y de la II República como paradigma de la lucha entre el fascismo y la democracia, ha reverdecido en nuestro suelo gracias al abono que han ido depositando los artífices del nuevo régimen.

 

En los años previos a la Transición, la República no era tema. Los comunistas, única oposición organizada, andaban con su Reconciliación Nacional a vueltas, que obviamente suponía el entierro del pasado, y los inmersos en grupos marxistas poco ortodoxos pretendíamos la Revolución. La República era sólo una forma más de la democracia burguesa y, por tanto, deleznable. No se lamentaba su desaparición, sino el hecho de que no condujera al triunfo revolucionario. Había sido una oportunidad perdida, sí, pero no para la democracia, sino para la dictadura del proletariado. No había añoranza.

 

Sin embargo, veintitantos años después, el mito republicano florece en las primaveras, y en cualquier estación, que ahora se cultiva en invernadero, como un ramillete de nomeolvides impregnado de lacrimógena nostalgia. El manifiesto que han firmado decenas de personalidades del establishment cultural bajo el título de "Con modestia, con orgullo y con gratitud", equivale a una necrológica en toda regla, con el debido panegírico del cadáver. El mito de la República se ha convertido en una variante del mito del paraíso perdido. Pero es algo más.

 

Para quienes impulsan el revival republicano, se trata de una operación propagandística destinada a deslegitimar la Transición y a demonizar a la derecha actual, por la vía de identificarla con la que apoyó el golpe militar del 36. La fiebre guerracivilista y republicana comenzó a extenderse tras la mayoría absoluta de Aznar en el 2000. La República ha de ser idealizada para más acentuar la maldad de sus enterradores, entre los que nunca cuentan a los propios grupos de izquierda. Y la operación tiene un público rendido entre quienes, ayunos del mito primordial, el del socialismo, encuentran un sucedáneo en el de la República.

 

La nostalgia de la República viene a ser la nostalgia por los sueños frustrados de una izquierda mitómana. Que son sueños fabulados a posteriori, al calor del resentimiento. Una izquierda gobernó en España entre 1982 y 1996, pero no estuvo ni a la altura de sus mitos ni, en general, a la altura. No se puede perdonar que la derecha gobernara con más éxito. Ni permitir que vuelva. La necrolatría republicana encubre el deseo de un régimen que excluya a quienes no se sometan a sus dogmas.

 

 

Cristina Losada

 

 

Libertad Digital, 13 de abril de 2006

La libertad en peligro: las democracias populares latinoamericanas

En el siglo XIX, Lord Acton proclamó que la democracia puede llegar a ser "la mayor amiga de la libertad o su más implacable enemiga". La clave para distinguir una u otra alternativa es especificar los valores que una sociedad determinada aprecia.

Si un pueblo valora la libertad por encima de todas las cosas, entonces obligará a su Gobierno a limitarse, a través de los controles y los balanceos. En ese tipo de comunidad la regla es el respeto por los derechos individuales. Sin embargo, si lo que una población estima más es la "seguridad" –los llamados "derechos sociales"–, entonces no habrá freno a la intromisión del poder político y burocrático, que controlará hasta los mínimos detalles de la vida de cada ciudadano.
 
Y lo que la historia ha demostrado contundentemente es que cuando se da prioridad a la "seguridad social", es decir, a tener alimentos, vivienda, trabajo y salud asegurados por el Estado, entonces se pierde la libertad, e, irónicamente, también perdemos la seguridad, porque entonces los derechos individuales son sistemáticamente violados.
 
Al primer tipo de democracia se la conoce con el nombre de "liberal", al segundo como "popular". Y fueron los soviéticos quienes tuvieron la idea de llamar "democracias populares" a los totalitarismos que impusieron en gran parte del mundo. Por ello no es casualidad que en muchas de esas naciones, luego de la caída del Muro de Berlín, resurgieran con vigor las "democracias liberales", especialmente en Europa Oriental. La razón es que, por la experiencia sufrida, esa gente sabía cuánto cuesta –económicamente y en sufrimientos– el "paternalismo" de la casta gobernante.
 
Cuando se pensaba que, tras el derrumbe de los totalitarismos en Europa y en la ex Unión Soviética, ya no quedaba nada por aclarar, las "democracias populares" comenzaron a brotar como hongos en América Latina. Por aquí su mentor fue Alberto Fujimori, en el Perú; luego le siguió Hugo Chávez en Venezuela, y hoy en día se van extendiendo como mancha de aceite por Latinoamérica entera.
 
Tras un titubeo que duró un año, con marchas y contramarchas, finalmente el presidente del Uruguay, Tabaré Vázquez, se integró en este nefasto "clan". Vázquez confirmó el 15 de marzo en Caracas que "Uruguay está en Telesur", el canal multiestatal con sede en Venezuela. La Televisora del Sur es un "medio de comunicación audiovisual hemisférico" creado a instancias de Hugo Chávez. Participan los gobiernos de Argentina (20 %), Uruguay (10 %), Venezuela (51 %) y Cuba (19 %).
 
En el proyecto enviado al Parlamento el Ejecutivo señala que la participación de Uruguay en Telesur se explica por la necesidad de "medios que reflejen visiones comunes desde una óptica latinoamericana". También señala que Telesur contribuirá a que los "habitantes de América Latina cuenten con más opciones a la hora de informarse, lo que tendrá como consecuencia un fortalecimiento del sistema democrático (...) La diversidad y el poder elegir los contenidos de la comunicación son previos para la participación democrática".
 
Como esta película, lamentablemente, ya la vimos, sabemos cuál es el segundo capítulo: perseguir, amedrentar y clausurar a la prensa independiente.
 
En lo que podría ser una señal de advertencia, hace poco Vázquez aseguró que su Administración defenderá y estimulará la "democratización" de los medios de comunicación. Cuando un presidente declara eso, hay que ponerse a temblar.
 
Asimismo, el 26 de marzo los uruguayos debieron darse un chapuzón en esta "democracia popular" que aceleradamente se está imponiendo al país. Ese día hubo elecciones en el Banco de Previsión Social para elegir a los representantes de los activos y de los pasivos en el directorio de dicho organismo estatal. El actual Gobierno dispuso la obligatoriedad de votar específicamente por un delegado, so pena de multa. Así, al mejor estilo cubano, a los asalariados se les obligó a votar por un candidato único que nadie conoce ni sabe mucho de él. Y lo justificaron con el argumento de que así se logra una mayor participación popular en los asuntos comunes.
 
¿Seremos capaces de reaccionar a tiempo, antes de que caiga definitivamente la noche?
 
 
© AIPE
 
Hana Fischer, analista política uruguaya.
Libertad Digital, suplemento Exteriores, 10 de abril de 2006

 


 

Edmund Burke

Edmund Burke (Dublín, 1729, Beaconsfield, 1797) es el padre del pensamiento conservador moderno, especialmente en el mundo anglosajón. Líder intelectual del partido de los “old Whigs”, defensores de la libertad civil y política frente al poder arbitrario del Rey, Burke sobresalió por su entendimiento de Europa como una gran comunidad de naciones con una herencia moral y jurídica común.

 

 Debido a su confianza en el camino de la tradición a lo largo de la historia, la filosofía política de Burke se aleja de las abstracciones racionalistas y ahistóricas propias de la Ilustración. No propone tanto un programa concreto, capaz de resolver todos los males de la sociedad, sino que defiende el ethos clásico-cristiano, fundamento de la normatividad que el pensador adivina en las tradiciones jurídicas y culturales tanto de su país como de la civilización Occidental. Influido por su conocimiento de la filosofía realista, concibe el derecho natural moral en armonía con las instituciones civiles, pues éstas constituyen un intento histórico de encarnar el primero, según una lógica que une moral personal y moral social.

 

Firme defensor de una política prudencial no ideológica, Burke vio en la Revolución el posible advenimiento de la barbarie y de la subversión de toda ley moral y de toda tradición civil y política, anticipándose a Tocqueville al vislumbrar los peligros del despotismo democrático. En defensa de los principios con arreglo a los cuales había vivido, se enfrentó a la destrucción del orden y la libertad en nombre de una falsa igualdad, sin que en ese combate tratara de mantener privilegio personal alguno.

 

 

“Ningún grupo puede actuar con eficacia si falta el concierto;
ningún grupo puede actuar en concierto si falta la confianza;
ningún grupo puede actuar con confianza si no se halla ligado
por opiniones comunes, afectos comunes, intereses comunes”.
Edmund Burke

 

 

(http://www.fundacionburke.org/burke.html)

 

Revolución (homo)sexual en España

"Revolución sexual en España", titulaba hace unos días la CNN. Es difícil saber bajo qué conceptos pasará Zapatero a la historia, pero ya hay uno que, sin duda, permanecerá: la transformación de la homosexualidad en condición generadora de derechos civiles. Y esto sí que es nuevo.

Muchas civilizaciones, antes que nosotros, han manifestado una tolerancia extraordinaria hacia la homosexualidad. Los griegos, claro: entonces la sodomía no era pecado nefando. Pero también mucho después, ya en tiempos cristianos: la corte versallesca, por ejemplo. O sea que el mundo no ha tenido que esperar a la llegada de Zerolo y ZP para "entender". Ahora bien, nunca nadie antes, en ningún tiempo ni en ningún lugar, había considerado que la homosexualidad pudiera generar derechos civiles, derechos sociales; nunca nadie antes había pretendido deducir de la condición homosexual un estatuto de vida pública.

Ocurre que una sociedad no se organiza según criterios de placer o según criterios de amor, sino según criterios de conservación de la especie y de reproducción del propio modelo social heredado. ¿Suena "reaccionario"? Bien. ¿Podemos imaginar una sociedad organizada según criterios, no de conservación y reproducción, sino de extinción y esterilidad? No, ¿verdad? Sería una sociedad suicida. Pues ahí, mucho más allá de la "libertad de costumbres", está la nuez del asunto. El patrón natural de conservación y reproducción de cualquier sociedad pasa por un varón, una mujer y unos hijos. Patrón natural, sí: hablamos de antropología, no de qué bonito es el amor –que lo es. Y como lo humano es la antropología, y no la simple zoología, la unión heterosexual se eleva a la condición de vínculo jurídico para dar estabilidad a ese mecanismo de conservación y reproducción y, además, proteger a sus protagonistas. Se mire como se mire, una pareja homosexual, por mucho corsé legal que le pongan, ni garantiza la conservación de la sociedad (porque la procreación necesita un elemento masculino y otro femenino) ni garantiza la reproducción del modelo social (porque toda sociedad se compone de mujeres y de hombres juntos). Y por eso a nadie se la ha ocurrido jamás conceder a las uniones homosexuales la misma vigencia social que al matrimonio heterosexual. A nadie, hasta que ha llegado ZP.

Que se preparen en la CNN: nos esperan jornadas asombrosas.

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 17 de enero de 2005

La sorpresa italiana y el voto católico

En contra de las predicciones y las encuestas a pie de urna (que venían dando una ventaja de cuatro puntos a la Unión, el conglomerado de partidos que apoyan a Prodi) se ha producido un empate que puede bloquear la política italiana.

 

 

 

La diferencia de una sola décima en el primer recuento de la Cámara de Diputados es clave, porque con la nueva ley electoral automáticamente quien gana, aunque sea por una décima, por un voto, se lleva la mayoría de diputados.

 

 

 

Esto es lo que ha sucedido dando la victoria a Prodi, pero este hecho no desvirtúa la división prácticamente por la mitad del electorado italiano.

 

 

 

Los votos de la emigración han dado también una ajustadísima mayoría en el Senado a la Unión. El resultado es tan apretado que el ganador deberá gobernar con un especial cuidado integrador. Ello añade problemas a la situación italiana que atraviesa por un periodo de dificultades económicas tanto en el ámbito privado como el de las finanzas públicas, pero que dada la plasticidad que caracteriza la práctica política italiana, también puede dar lugar a nuevas dinámicas que mejoren las actuales perspectivas.

 

 

 

De hecho, en el fondo del resultado late una añoranza implícita por un gran partido de centro, no entendido como una banal equidistancia, sino como expresión de centralidad política de lo que es la sociedad italiana. Un centro dotado de alas a derecha e izquierda, y que en realidad prefigura lo que en su momento fue la democracia cristiana (DC), el gran partido que a pesar de todas las críticas ha configurado la Italia de la post-guerra, como un país democrático, económicamente competitivo, fundador de la UE.

 

 

 

El resultado de las crisis generadas por las intervenciones judiciales que acabaron fragmentando a la DC, pone de relieve que nada ha substituido a su papel y que sus componentes se encuentran hoy redistribuidos entre el centro-derecha y buena parte del centro-izquierda, como lo acredita el propio Prodi y la Margarita, además de otros grupos menores.

 

 

 

La centralidad política entendida en términos de partido con capacidad para vertebrar el conjunto de la sociedad o, al menos de gran parte de ella y, al mismo tiempo con un proyecto propio y bien definido, más allá del simple márqueting político, constituye el factor determinante de toda la política europea. Van bien aquellos  países en que este objetivo se alcanza.

 


Un factor que es necesario subrayar por su carácter positivo es la elevada participación. Han votado el 83% de los italianos, el 81% en las anteriores generales. Esto demuestra una población muy consciente de sus derechos y deberes. En realidad se trata de las cifras más altas nunca alcanzadas en Europa y, a años luz de las que caracterizan a la política española.

 


Un segundo factor es la importancia del voto católico, que ha resultado determinante a pesar de que los católicos practicantes se sitúan en torno al 30%. 

 

 

 

A diferencia de España, el catolicismo italiano posee un vigor cultural y una presencia en la sociedad civil más allá de los límites de las organizaciones estrictamente religiosas o diocesanas, lo que le confiere una gran capilaridad, o también podría decirse que las organizaciones religiosas y diocesanas poseen tal potencia cultural y sensibilidad civil y política que irradian más allá de lo que son sus límites estrictamente religiosos.

 

 

 

Esta característica se ve favorecida por un fenómeno reciente en Europa y especialmente fuerte en Italia como es el catolicismo cultural o “los católicos agnósticos”, fenómeno que representa, por ejemplo, el  presidente del Senado Marcello Pera. Su apuesta por el catolicismo no nace de la profesión de la fe sino del reconocimiento en esta cultura y en la doctrina social de la iglesia de la mejor respuesta que un país europeo puede tener a su alcance y que mejor puede definir su identidad.

 

 

 

Es curioso que un país de la entidad católica que tiene España esta presencia y este debate sea perfectamente inédito. Pero quizás no debería extrañar tanto dado que la sociedad española, sus elites culturales y políticas han estado ausentes de todos los grandes debates sobre las ideas que se han producido en el mundo occidental después de los años 70 del siglo pasado.

 

 

 

Parece  como si la reinstauración de la democracia en España hubiera comportado una especie de rutina o inanidad intelectual, una especie de vuelo gallináceo que tiene por ejemplo en los tópicos de Fernando Sabater y las inanidades de Tamayo algunos de sus mejores exponentes.

 

 

Editorial de forum Libertas, 12 de abril de 2006

Presentación del libro de D. Ramiro de Maeztu "Defensa de la Hispanidad", en Bailbao

Fecha: Martes 18 de abril. de 2.006
Hora 19:00
Lugar: Sociedad Bilbaína (C./Navarra,1·Bilbao).
Participa:
D. Adolfo Careaga
Ex-congresista de Coalición Popular por Vizcaya
Presenta:
D. José Luis Orella
Presidente del Foro Arbil

 

La educación vale un capital

La Unión europea, durante la cumbre de Lisboa del 2000, se había propuesto conseguir “la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo”. Cinco años después, ¿cuáles son los objetivos alcanzados?

 

El gasto estatal para la educación en la UE ha crecido en los últimos años, llegando a tocar en el 2002 el 5,2% del PIB, cuota parecida a la de los EEUU (5,35%). De modo que no parece que exista, por lo que se refiere a la escuela primaria, una diferencia sustancial entre Europa y EEUU.

 

Para la educación superior (la que comprende 3º y 4º ESO más el Bachillerato), en los Estados Unidos se gasta por estudiante una cuota dos veces y media superior respecto a los países de la Unión Europea. Además, todo el sistema se basa en la competición y en la diversificación. Existen niveles de estudio (Batchelor, Master, Phd) claramente diferenciados. Para cada nivel existen pruebas de acceso para los estudiantes (como el Sat, al final de la high school) tanto más selectivos cuanto más elevado es el nivel de los cursos. Por ejemplo, para la admisión a los MBA (Master in Business Administration) es necesario preparar el Gmat (Graduate management admission test), concedido por la Priceton, cuya puntuación está muy ligada (casi el 50%) con los contratos de larga duración, lo que significa un fuerte nexo con el mundo del trabajo.

 

La contratación de los docentes se realiza sobre la base del mérito científico y cuenta con retribuciones proporcionales a la capacidad. Su contratación a tiempo indefinido sólo llega después de una larga y rigorosa valoración.

 

No existe el valor legal del título de estudio. Las universidades se diferencian por su calidad y valoración pública, tanto en el plano didáctico como en el científico. Las consideradas mejores reciben más fondos, la mayor parte de las cuales son privadas.

 

La diferencia entre la UE y los EEUU no se produce en la escuela, sino en la universidad, sobre todo en la calidad, más que en la cantidad. Los EEUU concentran recursos, también con la contribución de los privados, para soportar una elite de universidades y profesores, y para formar una minoría meritocrática de estudiantes que reciben una instrucción superior y continúan, con el tiempo, su propia formación. Así, incluso con el riesgo de descuidar a una gran parte de las universidades y estudiantes que se queden a un nivel más bajo, se centra la preocupación en mantener la propia ventaja competitiva.

 

La lógica competitiva y meritocrática no puede ser compartida, pero tiene una profunda racionalidad: el sistema universitario americano constituye una inversión real en capital humano con fuertes retornos, como demuestran los sueldos de los neo-licenciados americanos, que junto a los de sus colegas finlandeses son los más elevados del mundo.

 

Además, las competencias adquiridas se utilizan mejor. De hecho, incluso siendo el número de licenciados en materias científicas más alto en la UE que en los EEUU, los investigadores europeos son numéricamente inferiores a los americanos (para igualar la cuenta se necesitarían 550.000 nuevos investigadores para el 2010, existiendo 1,26 millones –de los que 85.000 son europeos– hoy en los EEUU, frente a los 1,08 millones de la UE).

 

El estadounidense no es un sistema determinado por los resultados alcanzados, pero sí ha hecho saltar las alarmas que anuncian un posible declive. Un informe reciente del Council on Competitiveness, organismo creado por la National Academy of Sciences, por la National Academy of Engineering y por el Institute of Medicine, ha dejado entrever posibles motivos de crisis: la competencia creciente de países emergentes como India y China, la fortísimas desigualdades existentes entre las clases sociales y la disminución del rendimiento de los estudiantes y de la capacidad educativa del sistema.

 

Frente a estos problemas, la respuesta sugerida consiste en un incremento de la inversión en capital humano, en especial en la calidad. Junto a estas grandes y selectivas inversiones para el relanzamiento de la investigación, se piden 10.000 becas de 20.000 dólares anuales para los estudiantes de materias científicas dispuestos a enseñar en la escuelas primarias y secundarias, 25.000 becas de estudio cuadrianuales para estudiantes (además de 5.000 para aquellas licenciados) de ciencias e ingenierías, 100 nuevas subvenciones para las mejores universidades destinadas a la creación de nuevos máster o Phd científicos que puedan formar a nuevos investigadores, incentivos a los estudiantes que estén inscritos a cursos científicos y tecnológicos en las escuelas secundarias, programas de actualización continua para 250.000 profesores, y financiación a programas de formación permanente para los científicos e ingenieros que trabajan en empresas o en la universidad.

 

Este programa se convertirá pronto en una realidad, porque éstos son los temas sobre los que los EEUU basan su unidad nacional. Tenemos una demostración en el énfasis puesto por Bush en el tema de la educación y la formación durante su último discurso en la Unión. De cara a esta fuerte apuesta por la creación de una minoría meritocrática, la Unión Europea sencillamente se mantiene sin tomar postura, como en otros tantos campos.

 

 Giorgio Vittadini es presidente de la Fundación para la Subsidiariedad (traducido por Inma Mateos)

 

Páginas Digital, 12 de abril de 2006

 

 

Charles Maurras

La Nef me pidió desempeñar de alguna manera el papel de contra-réplica al recordar algunos de los límites del pensamiento maurrasiano. Con mucho gusto tomo el riesgo sin ignorar que este tipo de ejercicio entraña las mayores posibilidades de dejar descontento a todo mundo: a los maurrasianos, que bajo los ojos de la devoción consideran insuperable la obra de su maestro, y a los anti-maurrasianos, quienes por supuesto no dejan de ver como insuficiente cualquier crítica.

Vayamos directo a lo esencial. Maurras es tenido ante todo como el teórico de la monarquía, a quien con razón se identifica con una gran «familia» a la que él cree poder demostrar la necesidad como se demuestra un teorema. La institución monárquica, a la que él no cuestiona para no negarle sus méritos, ¿representaría, sin embargo, la mejor forma de encarar los problemas políticos de este tiempo? El espectáculo de las monarquías actuales nos conduce a dudarlo. Las que todavía existen en Europa no son más que democracias (liberales) coronadas. Y sobre todo, el estado general de la sociedad es hoy día el mismo en todos los países occidentales, sean repúblicas o monarquías. Este solo hecho nos lleva a pensar que Maurras sobrestimó los poderes de la institución. En lugar de reflexionar sobre las condiciones de formación del vínculo social, sobre la pluralidad de factores en juego en cualquier dinámica social, creyó que lo esencial de los problemas podía y debía regularse desde lo alto. Ése ya no es el caso.

Es cierto que Maurras también dijo que él no quería una monarquía parlamentaria. Pero entonces, ¿qué queda? ¿Una monarquía de derecho divino? Conocemos bien las condiciones. ¿Quién puede creer seriamente que la humanidad occidental puede volver a un régimen de heteronomía del que, para bien o para mal, ya está hoy fuera?

A partir de allí, Maurras se deja llevar por una imagen del todo maniquea. Al idealizar el Antiguo Régimen, no ve cómo la monarquía francesa, deseosa de liquidar el antiguo orden feudal, promovió constantemente a la burguesía en detrimento de la aristocracia, cómo contribuyó a edificar un vasto mercado que consagró a esta misma burguesía, ni cómo se empleó para poner en marcha un proceso de centralización política y de racionalización administrativa que la Revolución –como lo demostró Tocqueville– solamente aceleró y agravó.

Paralelamente, hace un elogio ditirámbico de los reyes de Francia, y despotrica en contra de la «barbarie alemana», olvidando que las dinastías merovingia, carolingia y capeta eran todas de origen germánico, y que el nombre mismo de Francia le viene de un conquistador alemán.

 

 

Su referencia al nacionalismo no es menos paradójica. Es en efecto con la Revolución que la nación adquiere su sentido político: el grito de «¡Viva la nación!» es en su origen un grito de guerra contra el rey. Y es también por eso que los primeros contrarrevolucionarios, como el abad Barruel, estigmatizaban el «nacionalismo» de los revolucionarios jacobinos. En Francia, el nacionalismo se formula como doctrina «de derecha» hasta el momento del affaire Dreyfus.

Cuando Barrès recuerda «la querella de los nacionalistas y los cosmopolitas» (Le Figaro, 4 de julio de 1892), él mismo no se coloca todavía entre los primeros, antes al contrario. Maurras invierte esta imagen al sostener que la Revolución fue anti-nacional y de inspiración «extranjera»: «La Revolución –escribe– procede de un esfuerzo del Extranjero y sus agentes». Sobre esta sorprendente afirmación se escritura toda una construcción intelectual donde, sobre la base de un clasicismo grandemente reivindicado, la Revolución –que sin embargo no ha dejado de reclamar para sí el ejemplo de Roma y de Esparta– es reducida a «la obra de la Reforma», mientras que el romanticismo sería la «secuela» natural de la Revolución. Maurras ve la prueba de ello en la influencia «extranjera» de Rousseau, mientras que el autor del Contrato Social, crítico implacable de la filosofía de las Luces a la que también se adherían los hombres de 1789, es muy consciente de la contradicción entre los derechos del hombre y los del ciudadano –él no identifica la voluntad general con la voluntad de todos– no vacila en escribir:

El ciudadano tiene pasión por su patria, el hombre por la humanidad; ambas pasiones son incompatibles [...] Todo patriota es duro con los extranjeros: ellos son sólo hombres, nada ante sus ojos. Este inconveniente es inevitable, pero es lábil. Lo esencial es ser bueno con la gente con quien se vive.

Respecto del romanticismo, Maurras no quiere reconocer más que a las figuras literarias francesas, seleccionadas además sólo por necesidades demostrativas (Lamartine y Musset más que Alfred de Vigny). Pone en el origen una Alemania que detesta –los alemanes, dice fríamente, solamente son «candidatos a la humanidad»– y de la que cómodamente no conoce estrictamente nada. Que el pensamiento político del romanticismo alemán, de inspiración frecuentemente católica, haya sido –con Adam Müller o Joseph Görres, por no citar más que a dos– el principal terreno donde pudo germinar, más allá del Rhin, la crítica de la modernidad liberal, no le implicó visiblemente ningún problema.

Es verdad que hizo incluso la apología de la «universalidad», aunque se cuida de afirmar el valor general de sus propios principios. En el límite, sólo Francia amerita –según el– ser puesta como monarquía, mientras que los demás países merecen más bien ser «metidos a la democracia» para debilitarlos. Maurras, en 1909, se enorgullece de no ser patriota «en favor de la patria de otro». ¿Qué es para él entonces la verdad política? ¿La «política natural» y también la naturaleza humana?

Su denuncia del morbus democraticus, de la democracia como simple ley del número, retoma un estribillo conocido pero poco convincente. Los teóricos de la democracia jamás pretendieron que la verdad podía cobrar voz. La justificación que preveían era de otra naturaleza.

Un estado de civilización donde los hombres, en tanto personas individualmente consideradas, designan por libre elección a los detentadores de la autoridad, y donde la nación controle al Estado, es de suyo un estadio más perfecto –escribe Jacques Maritain. Pues si es verdad que la autoridad política tiene por función esencial dirigir a los hombres libres hacia el bien común, es normal que los hombres libres mismos elijan a quien tiene la función de dirigirlos.

La misma obsesión antidemocrática, que lo lleva a abrigar cierto comunismo dictatorial –«Quitad la democracia; un comunismo no igualitario puede adquirir desarrollos útiles» (Mis ideas políticas)– conduce también a Maurras a decir que «el anarquismo es la forma lógica de la democracia», lo que habría sorprendido mucho a Aristóteles o a Pericles.

En fin, pone con razón a la democracia y al liberalismo como términos intercambiables. A propósito de las «divagaciones de la democracia liberal», escribe también: «Todo lo que se pregona en su honor jamás hará que el poder del hombre pequeño sea para elegir a su papá y su mamá [...] Este punto norma todo». ¡Vaya! Este punto no norma nada, comenzando por la cuestión de saber qué debe pasar cuando el «hombre pequeño» se vuelva grande.

Se podrían puntualizar otras cosas. Habría que empezar por la célebre «política por principio», palabra de orden frecuentemente mal comprendida, ya que Maurras señaló muchas veces que debía ser tomada en su acepción estrictamente cronológica, mientras que en el orden de los fines es a la economía a la que debe atribuirse el lugar más alto. La economía –escribe Maurras– «es más importante que la política. Debe llegar después de la política, igual que el fin llega después que el medio». ¿No es esto lo que enuncia precisamente la teoría liberal? ¿Y qué decir de un autor que ve, en la guerra civil, a justo título «la más atroz de todas», pero que al mismo tiempo, y frecuentemente en términos de una violencia extraordinaria, no deja de denunciar una «anti-Francia» interior?

Sus discípulos soberanistas, finalmente, parecen haber olvidado lo que también escribió en Mis ideas políticas: «Ni implícita ni explícitamente, aceptamos el principio de la soberanía nacional, pues, al contrario, hemos opuesto a este principio el principio de la soberanía de la salud pública, o del bien público, o del bien general». El historiador de las ideas se encuentra, a final de cuentas, demasiado confundido como para conceder a Maurras el lugar que se merece. Por un lado, ocupa evidentemente un lugar eminente, del que dan testimonio a la vez el considerable papel que tuvo y la perdurable influencia que ejerció. Más aún, Maurras constituye uno de los raros ejemplos de un hombre que supo ser, a la vez, pensador, jefe de una escuela de pensamiento y animador de un movimiento político que marcó profundamente su tiempo. Y al mismo tiempo –nos atrevemos a decirlo– no es un gran teórico político, un teórico como pueden ser Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Tocqueville o Marx. En filosofía pura, en sociología pura, en economía pura, sus conocimientos frecuentemente son débiles. Lo mejor de él, su crítica al contractualismo, al parlamentarismo y al individualismo liberal fue formulada de manera mucho más rigurosa en cantidad por otros autores.

Interrogado en 1909 acerca de la mejor manera de despertar y de cultivar entre los niños el amor a la patria, él responde: «Haciéndolos aprender muchos versos de La Fontaine». A este respecto, Maurras permanece sobre todo como un literato y un hombre de finales del siglo XIX. Es fundamentalmente un escritor –y un escritor a considerar: sus poemas son sobre todo admirables.

Esto no disminuye evidentemente ninguna de sus cualidades ni –repitámoslo– su importancia, que frecuentemente se ha subvalorado. Más allá de sus errores y de sus juicios a veces injustos, su valentía, su desinterés, su exigente pasión, su extrema sinceridad, su tenacidad y la increíble suma de esfuerzos que supo desplegar en el curso de su vida, merecen respeto. Hay en Maurras algo muy propio, más exactamente heroico. No hay muchos hombres públicos de los que se pueda decir tanto.

Alain de Benoist

Traducción de José Antonio Hernández García

 

(Texto publicado en la revista católica La Nef , 2003)