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Crítica social

Las cifras insisten: la inmigración no es la solución

Las cifras insisten: la inmigración no es la solución Existe la idea perfectamente equivocada de que la inmigración constituye la respuesta a la incapacidad colectiva de este país para traer el número suficiente de hijos al mundo. Es decir la cifra necesaria para asegurar su viabilidad económica, al tiempo que esto hace sostenible a nuestro sistema público de pensiones. Es una convicción profundamente equivocada como muestran las cifras del Instituto Nacional de Estadística.

En un escenario de baja inmigración la población española en el año 2050 sería de 43,9 millones de habitantes, ligeramente inferior a la actual de 44,2 millones. Algo más de un tercio de esta población tendría más de 64 años, serían jubilados reales o potenciales, mientras que la gente en edad de trabajar se situaría en algo más de la mitad, el 54%.

En estas condiciones el país no sería factible. Habría un número demasiado reducido de personas activas en relación al total, que dado la proporción de inactivos sería prácticamente de 1:1, contando claro está los menores de 16 años. Para situar una referencia la cifra de activos en la actualidad bordea el 70%.

 

Está claro por consiguiente que España entraría antes de aquella fecha en una situación de colapso y empobrecimiento. Tanto es así, que en un reciente estudio sobre las perspectivas mundiales del importante grupo financiero Société General, concluye que la renta por persona en España el 2050 será un 27% inferior a la del año 2005. De hecho este país es el que presenta la peor perspectiva de Europa.

 

Pero si nos atenemos al escenario de alta inmigración con una población total en el 2050 de 53,2 millones de personas, es decir prácticamente diez más que en el escenario de baja inmigración (y esto significa nada menos que casi un 25% más población), las cifras no varían de manera suficiente.

 

Habría un 31% de población mayor de 64 años, en lugar del 33% del escenario de baja inmigración, y un poco más de activos, un 56%, es decir una magnitud que a duras penas superaría la mitad de los habitantes. Por consiguiente el peso que recaería sobre la gente en edad de trabajar para sostener al resto continuaría siendo excesivo.

 

Las cifras siempre son áridas pero tienen la virtud de reflejar con menos distorsiones la realidad. En este caso la realidad es solo una. La inmigración –al margen de otras consideraciones que también existen- no es suficiente.

 

El problema decisivo para el futuro de España, donde se juega su ser o no ser, no es ETA, o la disgregación. Eso son en todo caso riesgos, pero hoy por hoy la liquidación asegurada viene de la mano de la insuficiente natalidad, que convierte a este país en uno de los más inviables de Europa, para no decir el que más.

 

Solo con una recuperación importante del número de nacimientos que nos aproxime a la tasa de reemplazo de 2,1 hijos por mujer podemos encontrar solución. Ese es el poder a largo plazo de Estados Unidos, que disfruta ya hoy de aquella cifra de nacimientos, o de Francia con 2,0 hijos por mujer, o Irlanda con 1,78. Y esa es nuestra gran debilidad: solo 1,28 hijos por mujer.

 

Mientras tanto, los abortos oficiales (la realidad es peor) significan ya uno de cada cinco nacimientos, y subiendo. Porque, hay que subrayarlo España es de los pocos de occidente, junto con Holanda donde el aborto crece. La nuestra es una extraña política de estado.

 

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Forum Libertas, 28 de diciembre de 2007

La inmigración no es la solución, la natalidad sí

La inmigración no es la solución, la natalidad sí ForumLibertas aporta nuevos datos sobre el problema que tiene España a medio plazo como consecuencia del envejecimiento de la población. El dato es relevante:

Pensiones más sanidad y dependencia alcanzarían en el año 2050 la abrumadora cifra del 20% del PIB debido al envejecimiento de la población y a la falta de natalidad. La inmigración no resuelve ni de lejos el problema.

Las diferencias entre un escenario de inmigración alta y otra baja no alteran la cuestión. Por ejemplo en el 2025 la población de más de 64 años será, con un escenario con poca inmigración, del 21,9%, y del 21% con el escenario de alta. La diferencia solo 9 décimas.

Para hacer frente a este gasto se calcula que sería necesario doblar los actuales impuestos del IRPF y el IVA. Solo hace falta detenerse un momento a pensar qué significa en el ámbito personal el “doblar” para darse cuenta de que esto es absolutamente inviable.

 

Para hacer frente a esta situación se proponen medidas relacionadas con la Seguridad Social. En síntesis, siempre son las mismas: cobrar más tarde, a los 70 años se habla ya ahora, y cobrar menos porque se contabilizaría todo el periodo de vida laboral y, por tanto, descendería el valor medio aportado en forma de cuota a la Seguridad Social.

 

La otra medida ortodoxa es que el Estado ahorre ahora, pero seguramente llega tarde. La crisis económica en puertas va a representar una disminución de los ingresos del Estado a la vez que el gasto social comprometido ha crecido de manera notable. No parece realista pensar en grandes ahorros en los próximos años, en todo caso éstos ya se tendría que haber generado, cosa que evidentemente no se ha producido.

 

Lo curioso del caso es que en este problema del envejecimiento las medidas económicas nunca tienen en cuenta el factor desencadenante, el de la natalidad. La inmigración no resuelve el problema, pero un aumento sustancial de la natalidad, sí.

 

Si desde ahora se desarrollara una política favorable a la familia y a la descendencia, como la que tienen buena parte de los países europeos como Francia o Noruega, y se incentivara el fin de la cultura antinatalista que impera para volver a celebrar el sentido de la vida, esto cambiaría substancialmente, porque el gran periodo crítico, que se producirá a partir del 2025 y alcanzará el cenit en el 2050, otorga un margen de tiempo justo pero razonablemente suficiente como para empezar a cambiar los parámetros.

 

Aumentar la natalidad significaría por otra parte una inyección económica a largo plazo, aunque a corto representará un mayor gasto en educación, que en buena medida sería compensado porque como consecuencia de la falta de niños el gasto en educación en términos absolutos tiende a descender.

 

Editorial de Forum Libertas, 14 de diciembre de 2007

Zerolo fracasa, la izquierda agrede y un skinhead muere

Zerolo fracasa, la izquierda agrede y un skinhead muere Este lunes por la tarde fracasó estrepitosamente la manifestación convocada en Madrid por la extrema izquierda extraparlamentaria, el Foro Social, el Movimiento contra la Intolerancia y la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos de Vallecas Puente y Villa, en protesta por la muerte del joven skin Carlos J.P. Con el apoyo de todos los medios de comunicación y la presencia de Diego López Garrido, Pedro Zerolo, Gaspar Llamazares e Inés Sabanés, reunir un millar personas (según cifras de la prensa de izquierdas) es, sin paliativos, un fracaso. 

Quizás suceda que los madrileños, y tanto más los vecinos del barrio afectado, no sean tan fáciles de manipular. Carlos J.P. era un skinhead perteneciente a grupos violentos y radicales, militante de las BAF (Brigadas AntiFascistas, un grupo dedicado al "combate callejero") que participó este domingo en una agresión en masa al skinhead Josué E. De la H., que viajaba por el metro de la capital. Efectivamente, se trató de un enfrentamiento entre tribus urbanas, de estética similar, símbolos opuestos e idética carencia de ideas. Ni más ni menos, aunque el muerto esta vez cayó de un lado y no del otro.

 

Un radical violento

 

La muerte del cabeza rapada Carlos J.P. ha sido una gran desgracia, que nunca debe volverse a repetir. Ahora bien, la responsabilidad por su muerte ha de recaer ante todo en los organizadores y financiadores de las tribus urbanas radicales, que con una cómoda etiqueta, "fascistas" o "antifascistas", se creen autorizadas a imponer sin límite sus amenazas y sus agresiones. Carlos tenía un fotolog, curiosamente ya cerrado, en el que expresaba en fechas muy recientes ideas tales como "ERIK VA POR TI T VOI A RAJAR EL KUELLO ATI Y ALA PUTA DE TU NOVIA" o delicadezas del siguiente tenor: "SI NO ERES DE LOS NUESTROS NAVAJAZO POR TUS HUESOS". Al final él, un radical que había hecho del extremismo su entorno vital, fue la víctima.

 

A Carlos le han matado por ser un radical que iba con sus amigos radicales a pegarse con otros radicales casi idénticos. Y además se produjo en el contexto de una agresión masiva, lo que no sirve de excusa al homicida pero sí de condena a todo un sector extremista (también de izquierdas) hasta ahora impune. La excusa que cada uno de estos radicales tenga para llenar de sentido su vida huera me es indiferente. Uno no es patriota o deja de ser progresista por jugar a bandas con una estética u otra. Sencillamente, es un problema psiquiátrico o social, según los casos, pero en modo alguno es, ha sido nunca o puede ser jamás una parte de la lucha por unos principios que superan ampliamente la capacidad de comprensión y hasta de sentimiento de unos u otros radicales. Por la muerte de Carlos es todo un ambiente quien merece la condena.

 

Descanse en paz Carlos: él ahora está físicamente muerto, pero tanto él como sus amigos y sus enemigos están realmente esterilizados y anulados, por una dinámica que aquí y ahora sólo beneficia a quien quiere una juventud inerte y sólo perjudica a quien quiera un país joven, vigoroso y con convicciones. Todo esto es un problema para la nación, y no una solución para otros problemas mucho más reales y profundos. Seguirán llegando generaciones que seguirán siendo seducidas por ese camino sin sentido, un falso activismo que sirve de desahogo a una parte de nuestra juventud que encontraría de otro modo mejores cauces para su generosidad y sus energías. Pero esto ya está dicho, muchas veces. Yo me niego a seguirme siquiera enfadando por tanta basura intelectual y moral.

 

A la espera de lo que diga el juez, ha sido el ataque de una manada de extrema izquierda a un chaval que había hecho de su estética bandera de unas ideas que, sin duda ni matiz, tampoco se defienden así incluso si realmente se tienen. Josué, que al parecer mató a Carlos, vale tanto como su víctima. Ninguno de los dos merece tolerancia, salvo por lealtad personal de sus amigos y familiares, y ambos merecen una solución que desde luego no puede pasar por la reiteración cobarde de los lugares comunes habituales. Mientras tanto, la gente normal, la que no vive para drogarse ni para cultivar su colección de ropa de marca skin, sigue sin solución para sus problemas. Esos mismos problemas que los gobernantes y algunos periódicos camuflan detrás de noticias como ésta.

 

Pascual Tamburri

El Semanal digital, 13 denoviembre de 2007

Balance legislatura II. Algunas reflexiones sobre la respuesta a esta situación

Balance legislatura II. Algunas reflexiones sobre la respuesta a esta situación

En primer lugar, la inminencia y la trascendencia evidente de la batalla política (elecciones de marzo’08) no debe hacernos olvidar que su trasfondo es de naturaleza ético-cultural. Zapatero no habría podido desarrollar estas políticas si no fuera porque ha conectado con la mentalidad de un segmento muy importante de la sociedad española, importante numéricamente y también desde el punto de vista de su influencia estratégica: sector joven, urbano, intelectuales, medios de comunicación, artistas (o sea, es convergente con la deriva de los opinion-makers).

 

El acoso legislativo, cultural y mediático que está sufriendo el mundo católico en España no debe hacernos olvidar que el abandono de la tradición cristiana es un dato consolidado desde hace años en amplios sectores de la sociedad española, más aún, es un fenómeno en expansión. Ciertamente, el Gobierno Zapatero ahonda en este surco y probablemente piensa que es buen momento para rematar la faena y conseguir la definitiva marginación histórica del catolicismo español, pero no olvidemos que la debilidad de éste viene de lejos, y que su incapacidad para articular una respuesta a la altura de las circunstancias tiene mucho que ver en el actual estado de cosas.

 

Creo que es importante desechar la idea de que existe un sustrato católico poco menos que intocable en España, una especie de reserva que nunca se agota y a la que siempre podemos apelar. La des-cristianización de amplios sectores sociales es tan profunda que se ha perdido cualquier familiaridad con los contenidos fundamentales del anuncio cristiano, y los valores que de él derivan se han visto vaciados de su significado original. Ya no basta apelar mecánicamente a tradición católica española (aunque sea ciertamente espléndida) ni al derecho natural (aunque este concepto refleje un valor antropológico irrenunciable) para abrir un nuevo espacio al anuncio cristiano y para defender eficazmente los fundamentos de una civilización que sólo se explica por siglos de educación cristiana. Lo que hace falta es que los hombres y mujeres de esta sociedad secularizada vuelvan a encontrar el cristianismo como un hecho presente y relevante, que responde a sus interrogantes y deseos.

 

Por otra parte, el resto de pueblo cristiano que perdura en España es aún sociológicamente muy apreciable, mucho más de lo que permiten pensar unos medios de comunicación empeñados en reflejar una imagen social despojada de cualquier referencia católica. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: conocemos bien las dificultades actuales para transmitir la fe a las nuevas generaciones en el seno de las propias familias, las parroquias y las escuelas católicas, así como el cansancio en la pastoral y la incapacidad de formular un juicio cultural relevante.

 

Se trata, por encima de todo, de hacer presente la novedad humana del cristianismo cada día, también para esa mayoría de ciudadanos para los que se ha vuelto irrelevante, de modo que puedan medir de nuevo sus aspiraciones y problemas con la propuesta de la fe dentro de la vida cotidiana. Por eso es necesario que el testimonio cristiano cobre una visibilidad de la que ahora se encuentra privado, una presencia viva a través de obras en todos los campos: familiar, empresarial, cultural, educativo…. La misión pasa ineludiblemente por estas presencias allí donde se desarrollan los intereses reales de la gente, y por eso demanda ante todo la libertad necesaria para construir.

 

Es cierto que esta tarea no puede desligarse (y de hecho no está desligada) del servicio a la dignidad humana en todas sus dimensiones: defensa de la vida desde la concepción y hasta la muerte, promoción del verdadero matrimonio y de la familia, lucha contra la pobreza y la exclusión social. El hecho de que estos valores se vean claramente amenazados por las políticas del actual Gobierno socialista plantea al mundo católico un reto que es parte de la misión antes descrita.

 

Este reto se plantea principalmente en la base cultural de estos proyectos, que es la que les permite gozar de un significativo consenso social. La batalla cultural en favor de la vida y de la familia es urgente e inexcusable para el mundo católico, porque es ahí donde existe la oportunidad de un verdadero encuentro con el drama del hombre contemporáneo, para el que Cristo es la única respuesta. Pero además, porque sin empezar a ganar (o al menos a plantar cara) en este terreno, será imposible ganar la batalla estrictamente política, que requiere siempre el realismo de lo posible.

 

Por todo ello, la lucha por la libertad de la Iglesia (no sólo de las instituciones eclesiásticas) debe ser la cuestión principal de este momento. Libertad para construir y, sobre todo, libertad para educar. Porque la novedad que el cristianismo ha traído al mundo sólo puede conocerse y abrazarse a través de un encuentro humano, y sólo puede arraigarse a lo largo de un camino educativo en la vida. Evidentemente, la mejor manera de defender la libertad es ejercerla, y no debemos dar por supuesto que las comunidades cristianas estemos en condiciones de hacerlo, porque hay una debilidad educativa que es evidente en nuestras familias, parroquias, asociaciones y escuelas.

 

Páginas Digital, 2 de noviembre de 2007

Anasagasti, los mártires y el bipartidismo de los "Homo oeconomicus"

Anasagasti, los mártires y el bipartidismo de los "Homo oeconomicus" Una de las cosas que suele aparecer en esta modesta columna es el problema de la crisis de la inteligencia de las elites dirigentes.

Se trata de un tema tratado hace tiempo dentro de la cultura occidental por, entre otros, Julien Benda en su célebre obra La Trahison des Clercs y nuestro José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. Sin embargo, ninguno de estos dos autores, que aducimos como ejemplo, escribieron en nuestra turbulenta época ni tampoco se ocuparon de, lisa y llanamente, la estupidez y la necedad humanas. Así, por ejemplo, Anasagasti ha publicado un texto titulado Santidad, ¿y los curas vascos? en el que explica la muerte, probablemente injusta, de dieciséis sacerdotes vascos en la Guerra Civil española y recrimina al Papa por "el manto de silencio".

 

De acuerdo con Anasagasti, "según la Iglesia católica, el mártir es quien es ejecutado por el mero hecho de ser religioso y quien da la vida por Cristo. No tengo ningún comentario ni reparo que hacer a esta iniciativa pero sí al hecho de que dieciséis sacerdotes vascos asesinados por las tropas sublevadas en 1936 no reciben el mismo trato o, por lo menos, la consideración de si su muerte puede considerarse o no causa de martirio. Les mataron sin más y a pesar de las reiteradas propuestas para que sean recordados nadie dice nada. Y eso que la sublevación del general Franco fue bendecida como una Santa Cruzada". Anasagasti, al que la inteligencia solo se le presupone, no entiende que los mártires beatificados por la Iglesia en octubre son "mártires" porque fueron víctimas de fuerzas políticas que aspiraban al exterminio físico de los representantes de la Iglesia y de lo que ésta representaba; de ahí que les obligaran a blasfemar, a pisar el crucifijo y cosas parecidas.

 

Incluso Anasagasti puede entender que aquél que da testimonio de una idea y se deja matar por ella –en el caso de los curas beatificados, y para más inri, perdonando a sus verdugos- es normalmente considerado por esa idea como "mártir" de la misma, sea cual sea dicha idea. A los curas vascos no se les mató por el hecho de ser curas, ni se les obligó a blasfemar ni a ciscarse en los símbolos de la Iglesia. Por eso los dieciséis curas vascos pueden ser asesinados o incluso mártires de una idea absurda como es el nacionalismo vasco. Pueden ser lo que Anasagasti quiera pero el hecho es que su caso difiere del de los mártires beatificados por la Iglesia. Para entender esto no hace falta ser nacionalista vasco, ni budista ni anarquista, sino simplemente querer comprender, algo que no entiende Anasagasti quizás porque, por su condición de político, jamás le han pedido la cualificación intelectual que en España le piden a cualquier currito –simple mortal- hasta para regentar una taquilla del Metro.

 

Y es que en nuestra época es imprescindible no dejarse arrastrar por el torbellino partidista. Esta es condición sine qua non para ser un hombre verdaderamente libre. Yo he de dar gracias a Dios por no ser de izquierdas y por no ser liberal –ni neoliberal ni paleoliberal tampoco-, algo que me provoca la frecuente sensación de no tener árbol donde ahorcarme pero que también me aporta la tranquilidad de no tener que justificar lo injustificable, solo por el hecho de que lo defienda mi secta.

 

Más concretamente, nuestros amigos de la COPE se empeñan en demostrar que únicamente la "derecha liberal" encarna una alternativa al nihilismo de la izquierda. Desgraciadamente es éste un planteamiento bastante pobre. De hecho el Homo oeconomicus está por igual en la base del liberalismo y del marxismo, las dos formulaciones más importantes de la actual ideología dominante. Para el primero, es el hombre que consume a quien hay que defender; para el segundo, es el hombre productor. Ambos, sin embargo, se mueven dentro de los parámetros de la "alienación económica" porque es el modo de consumo o el modo de producción lo que determina la estructura social. Marxismo y liberalismo comparten también el optimismo antropológico, nacido de su matriz racionalista, por la que los hombres –definidos como agentes económicos- obran siempre en provecho de su mayor interés: en el caso del liberalismo buscan su mayor "bienestar" material y en el caso del marxismo obran en provecho de sus "intereses de clase". No es de extrañar que, dentro de ese optimismo antropológico, el liberalismo y el marxismo aspiren ambos a la desaparición del Estado, el primero mediante la apoteosis del mercado, auténtico garante de la "libertad" económica, y el marxismo mediante la instauración de la sociedad "sin clases".

 

El liberalismo ha supuesto en la historia la reivindicación de la libertad para las nuevas formas de poder que nacen frente al Estado y para los que las manejan, sean estas o no democráticamente elegidas. Hoy, con el marxismo políticamente desarbolado, el liberalismo es la doctrina por la cual la función económica se emancipa de lo político y justifica esa emancipación. Para ello, el liberalismo caricaturiza el poder del Estado denunciando su "ineficacia" –sistemática y sin excepciones- y los "peligros del poder"; de ahí la histeria dogmática frente a cualquier "nacionalismo" económico".

 

Por otro lado el liberalismo se esfuerza por hacer bascular al Estado hacia lo económico, sustrayéndole competencias que van a parar sistemáticamente al mercado, y poco a poco, invertir así la antigua jerarquía de funciones en la cual lo económico estaba subordinado a lo histórico y a lo espiritual. Gracias a esto, una nueva casta económico-financiera –que permanece incuestionada tanto en lo teórico como en la praxis democrática- atrae para sí la sustancia del Estado y secuestra paulatinamente la capacidad de decisión política. El gobierno y el Estado deben exclusivamente mantener la seguridad –sin la cual no hay libertad de comercio- y defender la propiedad económica. El Estado ha de delegar sus funciones en favor de los que verdaderamente entienden las leyes "cósmicas" de la economía, con lo que el poder político del Estado es tan solo un mal necesario.

 

En el liberalismo es el aprendizaje del éxito económico lo que selecciona a los "mejores", de manera que el mencionado éxito económico, injustificable cuando no es la consecuencia de una superioridad espiritual, se confunde con el éxito sin más. Se suprimen aristocracias, estamentos y privilegios y es lo económico el nuevo criterio de selección que instaura una nueva aristocracia del dinero en el lugar del viejo orden.

 

Por supuesto, la igualdad no desaparece sino que encuentra nuevo fundamento en el dinero. Hoy ya no se es rico por ser poderoso, sino que se es poderoso por ser rico. Y el rico aspira al mantenimiento de una jungla económica, justificada desde el liberalismo, donde la libertad equivale a la libertad del zorro en el gallinero, de manera que las desigualdades subsistentes se deben a la imprevisión y a los errores de gestión -del Estado, naturalmente-, pero nunca al mercado convertido en nuevo dios laico.

 

Toda esta cosmovisión subvertida cercena la dimensión espiritual del hombre desde su misma raíz, igual que hace el marxismo, y por eso sirve para explicar que el indiferentismo religioso y el materialismo práctico, así como la crisis social generalizada consecuencia de los anteriores, sienten sus reales en las sociedades occidentales donde el liberalismo se ha transformado –por analogía inversa- en la religión de la época.

 

Constituye un gravísimo problema que el liberalismo y sus derivados, frente a los desmanes de una izquierda nacida dentro de la matriz común revolucionaria, haya secuestrado toda posibilidad de alternativa y se presente a sí mismo como la única salvación posible. Debido a ello la crisis es mucho más profunda de lo que se cree y hace más necesario que nunca reivindicar el factor espiritual de la persona como única tabla de salvación posible. Pero antes, para recuperar la esencial libertad de pensamiento, hay que romper la diabólica tenaza del bipartidismo cerril.

 

Eduardo Arroyo

El Semanal Digital, 3 de noviembre de 2007

La política rompe tres matrimonios más

La política rompe tres matrimonios más

La política rompe tres matrimonios más

 

Cuando uno ve la dureza y las dificultades de la vida pública, se sorprende de que personas sin convicciones profundas que defender, que podrían tener otros medios de vida, opten por ser políticos profesionales. No lo entiendo la verdad: jornadas sin límite, disgustos y sapos que tragar, y vidas privadas difíciles cuando no arruinadas fácilmente, ¿Vale la pena? Aunque cerca tenemos casos aún más pintorescos, citemos de momento tres ejemplos actuales pero no navarros de matrimonios hundidos de políticos de primera fila.

 

¿Quién no recuerda a Segolène Royal y François Hollande? Quizás sólo la ilusión del poder los mantenía unidos, o quizás la decepción de la derrota los socialistas franceses los dividió para siempre. Lo cierto es que esta pareja, que pudo ser hegemónica en la izquierda europea, se rompió.

 

Ahora bien, a la derecha las cosas no son mucho mejores. Nicolas Sarkozy conquistó, es cierto, de manera aventurera a "su" Cecilia, la original y lejana prima de Alberto Ruiz-Gallardón, pero su unión parecía liquidada antes de acercarse el político a la cima de su carrera, en la presidencia de la República. Tal vez haya habido una reconciliación, o quizás la relación entre los dos no se ajuste a los cánones convencionales. Es difícil saberlo, pero lo innegable es que Cecilia ha formado parte de la campaña política de Nicolas y es parte de su imagen pública. ¿Casualidad? Tal vez.

 

Lo que sin duda no es casualidad, ni era previsible, era la ruptura entre Daniela y Gianfranco Fini. No es lo mismo, aunque lo parezca. El político boloñés, líder de la derecha italiana, conoció a su mujer cuando ambos eran militantes de base de su partido, trabajadores en el Secolo d´Italia, el órgano oficial de prensa. No fue una historia fácil, en un partido jamás confesional pero sí anclado en ciertas convenciones conservadoras, porque Daniela ya tenía un marido, que era Sergio Mariani. En 1988, cuando Fini se convirtió por primera vez en secretario general del partido al morir Giorgio Almirante, la historia se hizo pública, con la noticia nunca explicada pero siempre rumoreada de que Mariani había tenido que ser atendido de un disparo en el hospital. Tampoco era tan extraño, en ciertos ambientes, recurrir a medios contundentes para defender las razones de uno; ciertamente ni Segolène ni Cecilia han sido disputadas de manera tan intensa, pero tampoco ellas han sufrido las agresiones violentas del terrorismo izquierdista y Daniela, esto es cierto, sí.

 

Sin embargo la vida política es dura y puede hacer daño incluso a los más unidos y a los que por definición comparten los más sólidos principios. El tiempo en común es poco, las tentaciones son muchas, otras mujeres y también otras muchas cosas. Ahora se han separado, y tal vez el próximo 3 de octubre, cuando el Real Madrid se enfrente a "su" Lazio, podremos ver a Daniela, como a ella le gusta animando sus colores. No es una mujer derrotada, pero sí debe ser un motivo de reflexión. ¿Merece la pena? Las tentaciones son muchas, y aunque se lleven con cierta discreción, dejan cicatrices a veces imborrables. Si esto le ha pasado a Gianfranco Fini, que es un hombre de una pieza aunque uno no comparta todas sus decisiones y opiniones –y ciertamente yo no lo hago- ¿qué no podrá pasar a políticos más ligeros, frágiles y cercanos?

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 22 de septiembre de 2007

La superioridad moral de la derecha

La superioridad moral de la derecha  

 No digo que los de derechas no estén continuamente infringiendo su código. Pero su código moral es correcto. Bueno, es el único correcto.   Por enésima vez me asalta un tema metafísico de esos que creo ineludibles cuando se mira al futuro. Nos resistimos a aceptar que haya conceptos etéreos que influyen en nuestro porvenir, pero es así: de determinadas concepciones destilan las creencias que orientan la acción política y socia de la humanidad. Durante milenios, en Occidente hemos succionado del cristianismo nuestras normas morales y nuestra concepción del bien y el mal, incluso, sin saberlo, desde que somos laicos. Eso se acabó, y creo que irreversiblemente (a menos que no ocurra un evento como una guerra, que suponga un revolcón moral).

 

La ideología cristiana ha ido unida estrechamente al concepto, creo que estoico, de naturaleza humana; como explica C.S. Lewis (el gran filósofo converso), así como hay unas leyes de la naturaleza, hay unas leyes morales con las que nace el ser humano, como demostraría, al parecer, el núcleo moral compartido por todas las religiones. Esto parece bastante acertado, y siempre me ha atraído ese optimismo, según el cual, en nosotros hay unos resortes que saltan cuando actuamos mal; según Lewis eso es una prueba de un Ser superior que ha designado que el ser humano sea ennoblecido sobre los demás seres vivos. Y creo que es convincente cuando critica las explicaciones alternativas (materialismo, panteísmo) por asignar a la naturaleza, sin querer, una intencionalidad de designio inteligente bastante contradictoria con su ateismo.

 

Obviamente, esos impulsos morales se refieren a un ideal inalcanzable, pues en la vida estamos constantemente obrando mal, ya sea en pequeñas o grandes dosis. Nuestra ilimitada capacidad de autojustificación nos lleva a incumplir sistemáticamente esa ley de Dios que, sin embargo, anhelamos cumplir (aún inconscientemente). Somos jueces muy considerados con nosotros mismos. No importa, dice C.S. Lewis: lo que sí importa es que tenemos un ideal noble, y que debemos corregirnos continuamente para intentar alcanzarlo. Yo siempre he creído que hasta el ser más abyecto quiere pensar bien de sí mismo. (Naturalmente, este continuo dialogo entre la mediocridad y el anhelo de perfección solo se resuelve en el más allá.)

 

Pero, a partir de aquí, es cuando surge mi pesimismo, pues me temo que esta noble concepción no cuadra con todos los ejemplos históricos. Quiero decir que si existen esos nobles impulsos son imperfectos y muy elásticos, con gran capacidad de adaptarse a cualquier código o religión. Tenemos el ejemplo del Corán, religión milenaria –que pretende basarse en la nuestra–, y en la que se apoyan miles de millones de islamistas para hacer el mal, o lo que nosotros consideramos el mal: No beben (¡benditos!), pero lapidan a sus mujeres cuando son simplemente sospechosas de adulterio, cortan manos, tienen como fin supremo la guerra santa, etc. Otro ejemplo: estoy rodeado de gente que vive como pez en el agua (o como cerdo en cochiquera) en una especie de religión subproducto de lo que una vez, que yo sepa, fue la primera religión laica: el marxismo (a su vez, hijo de la ilustración). Pese su evidente fracaso, con ella justifican cosas que, si somos decentes, tenemos que decir que están mal: por ejemplo, el GAL o pactar con terroristas. Ya se sabe, el fin justifica los medios.

 

No sé si se dan cuenta por dónde quiero ir: creo que esos famosos impulsos naturales existen, pero no son autosuficientes si no que se diferencian mucho según la religión de la que son deudores. Por muchos años fui un optimista y pensé que la religión no era tan determinante para la moral, sino una fase en la evolución de la cual, una vez cumplido su papel, la civilización se desprendería como una cáscara inútil. Ahora temo que las cosas son distintas, y que el progreso cívico no está garantizado con la inteligencia por sí sola. Eso me lleva a otra conclusión: que la derecha, mientras defienda los valores cristianos, tendrá una superioridad moral infinita sobre una izquierda que no sabe exactamente a qué atenerse, por el simple hecho de que han renunciado a su única fuente marxista y no la ha sustituido por otra. Estoy hablando, repito, de códigos, no de comportamientos. No digo que los de derechas no estén continuamente infringiendo su código. Pero su código moral es correcto. Bueno, es el único correcto. Y, por ello, respecto a España, me parece que lo que hace a diario este gobierno, trasladado a todos sus actos legislativos y ejecutivos (recordemos que ellos y sus electores, según sus creencias morales, lo ven moralmente correcto) es un permanente proceso de desarraigo moral con marchamo de irreversible.

 

Luis Hernández Arroyo

Libertad Digital, 24 de enero de 2007

Cuatro verdades sobre el peligro que nos acecha (que no es sólo ZP)

Cuatro verdades sobre el peligro que nos acecha (que no es sólo ZP)

Y ¿por qué ZP quiere romperlo todo: nación, familia, educación? Porque tiene un proyecto mesiánico. Un proyecto que no empezó con él, pero del que él es agente. Miradle a los ojos.

Mirad a los ojos de Zapatero y tal vez veáis lo que yo veo: un tipo convencido de haber hallado la piedra filosofal. Porque Zapatero tiene un proyecto, y ése es precisamente el problema. Todo lo que estamos viviendo en estos años puede parecer una mezcla absurda de irresponsabilidad y azar, pero no lo es. Al contrario, tiene un sentido. En el zapaterismo han venido a confluir las peores emanaciones de la actual izquierda europea y de la vieja izquierda española. El resultado es de pesadilla. ¿Nos dejarán decir cuatro verdades?

Una: El zapaterismo es un caso práctico de "ideología de la cancelación". Siniestro palabro, ¿verdad? Pero en realidad es muy sencillo. Hay que cancelarlo todo: patria, familia, moral, educación, identidad, porque todo eso es vestigio de un mundo retrógrado y oscuro. Hay que liquidarlo como se liquidan las existencias de una tienda –por cierre del negocio. Y hay que sustituirlo por unos dogmas nuevos de aliento progresista, "la revolución que nunca pudimos hacer", ahora con la anuencia de unos poderes financieros que ya no se sienten amenazados y que, aún más, están dispuestos a pagar la fiesta. Nihilismo y progresismo terminan siendo una única cosa. Por supuesto, el problema no es sólo nuestro: la "ideología de la cancelación" funciona en toda Europa. Pero sólo aquí se extiende desde el poder institucionalmente y sin resistencia. Todo lo que el Gobierno Zapatero está haciendo en España es pura ideología de la cancelación: un proyecto quizá descabellado, pero coherente, y que se ha convertido en horizonte único de la izquierda radical tras la caída del Muro de Berlín. Si no entendemos esto, no entenderemos nada de lo que vemos a nuestro alrededor.

Dos: A ZP le mueve una alucinación mesiánica, típica de la vieja izquierda española. Porque junto a esa "ideología de la cancelación", la zapateridad recoge, vulgarizada, una vetusta tradición de nuestra izquierda, a saber: que toda la Historia de España es un error gigantesco, que aquí no levantaremos cabeza hasta que haya una revolución como la francesa, que España no será un país digno hasta que la izquierda lo modele y que por eso, en fin, la izquierda tiene una misión providencial. Para esta visión de las cosas, si hay separatismo es porque la unidad nacional ha sido algo funesto, y si hay terrorismo, es porque la vieja España nunca ha sabido entender a los irredentos. La culpa siempre la tiene España, identificada todavía con el Imperio y la Contrarreforma, o sea "la derecha". Poco importa que haya habido revoluciones, constituciones y transiciones: estamos ante una interpretación mesiánica de la Historia que sencillamente prescinde de la realidad. Y así, bajo esta sugestión mesiánica, la disgregación del país no será tal, sino que aumentará la concordia, y el pacto con los terroristas no será claudicación, sino mensaje de paz. Patológico.

Tres: El objetivo supremo del poder, hoy, en España, es aniquilar cualquier vestigio de corte tradicional. Ya sea en la educación o en la estructura familiar, ya sea en la religión o en la identidad nacional, la política del PSOE marcha expresamente orientada al exterminio de todo lo que recuerde a la sociedad "vieja", de todo lo que pueda representar un obstáculo para la sociedad "nueva". Este proceso no ha empezado ahora: lleva muchos años en vigor. Pero sólo ahora se ha convertido deliberadamente en programa de gobierno. Se trata de dar la vuelta al mundo tal y como lo hemos conocido. Así se privilegiará a los transexuales y homosexuales antes que a las familias, a las minorías musulmanas antes que las mayorías católicas, a los que denigran a España antes que a los patriotas, a los terroristas antes que a las víctimas, a los alumnos incapaces antes que a los capaces, a los partidarios del aborto y la eutanasia antes que a los defensores de la vida, y todo ese largo etcétera de inversiones que nos está poniendo el mundo cabeza abajo.

Cuatro: Es urgentísimo tomar conciencia de lo que tenemos enfrente. No es sólo el programa pasajero de un Gobierno elegido por cuatro años. Es un proyecto muy amplio de ingeniería social. Esta gente quiere crear una sociedad nueva edificada sobre tópicos ideológicos considerados como dogmas de fe. Y como son dogmas, poco les importa que sean racionalmente infumables. A la tarea de expandirlos por todas partes se emplean no sólo los políticos, sino también la orquesta mediática afín, los funcionarios de altos organismos internacionales y una nutrida legión de fanáticos semi-ilustrados que creen combatir por el "progreso". Tan fuerte es su presión que no sólo se ejerce desde la izquierda, sino también, con frecuencia, desde la derecha. Hoy mandan. En realidad, llevan mucho tiempo mandando. Va siendo hora de plantear una resistencia.

Simpática nota de un lector: "Es que usted sólo critica, pero no propone soluciones". Respuesta en dos tiempos. Uno: para curar la enfermedad que nos aqueja, es imprescindible conocer antes cómo y por qué se ha contraído. Dos: el tratamiento, con su permiso, a partir de la semana que viene. Pero a más de uno no le va a gustar la receta.

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 10 de noviembre de 2006