¿Conservadores contra las cuerdas?
Alberto Acereda es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos y Miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua. GEES.ORG, 8 de mayo de 2006
Propios y extraños se han quedado perplejos ante la cabecera de ABC de ayer. Con el titular “Los partidos de extrema derecha negocian una coalición electoral inspirada en Italia” el periódico de Zarzalejos daba por primera vez, desde la época de Blas Piñar, protagonismo político a la extrema derecha española.
Para muchos Vocento estaría utilizando a esa extrema derecha en la lucha soterrada que se ha declarado en ABC contra Jiménez Losantos. En efecto, ABC estaría jugando con unos partidos en pleno proceso de refundación para mandar un mensaje a la dirección del PP y las élites empresariales de la derecha española para que se deshagan de Jiménez Losantos, ante al amenaza de dar protagonismo a unos partidos que pueden restar un millón de votos al PP.
El propio Jiménez Losantos ha reconocido en varias ocasiones esta realidad potencial de la fuerza de la extrema derecha. No cabe duda que en España existe, al igual que en el resto de Europa, un importe sector de la población que simpatiza con las tendencias de una derecha social, que acoge en su seno tendencias transversales que van desde el catolicismo militante a fórmulas más populistas, que en Polonia han llevado al PIS al poder o en Austria catapultaron a Haider al poder, y que en Francia, con el Front National, llevan años consolidadas. La reciente iniciativa de Alternativa Sociale de la nieta de Mussolini en Italia ha servido al ABC para realizar esta deliberada y calculada alusión a las fuerzas nacionales españolas, no con al finalidad de informar honestamente sobre una alternativa legítima, sino con el ánimo de servirse de esa alternativa para lanzar un ataque subterráneo contra el poder e influencia de la COPE.
Este ABC de Zarzalejos, es evidente que está en contra de las posiciones y estrategias preconizadas desde la COPE por Jiménez Losantos y con esta maniobra pretendería desbordar al alma mater de ese fenómeno mediático en que se ha convertido la emisora episcopal. Y es que son muchos los que, desde ciertas oligarquías empresariales y políticas, miran ya con recelo el poder de influencia sobre las bases de la derecha que está acumulando Jiménez Losantos y ven con buenos ojos esta operación para hacer prescindible la figura del “gran gurú” de la derecha española.
Desde algunas instancias creen que aún pueden jugar con los sentimientos espontáneos del pueblo, pero estos “madrugadores”, que tan bien retrató aquel joven político de tiempos de la República y cuya vida segó la Guerra Civil, aprenderán la lección de que no se puede usar y tirar la sana rebeldía de quienes creen en la sinceridad de un comunicador comprometido o en la necesidad de luchar por su patria.
Editorial de Minuto Digital, 3 de mayo de 2006
En el simbólico año 1998, centenario del “desastre” -- pérdida de las últimas colonias españolas en América y el Pacífico--, los secesionistas catalanes, vascos y gallegos articularon en Barcelona una orientación estratégica hacia una “segunda transición”, desde la democracia a otra cosa. Esa otra cosa consistía en reducir la nación española a un conglomerado de nuevas naciones unidas, sólo y provisionalmente, por algunas conveniencias prácticas muy secundarias. El plan entrañaba liquidar la Constitución e impulsar un proceso de erosión o franco ataque a los derechos ciudadanos en toda España, como el que llevaba años realizándose en Cataluña y las Vascongadas. A ese fin trabajarían conjuntamente los tres separatismos. Invocaban, no por azar, el precedente de 1923, durante la grave crisis institucional causada por la confluencia del terrorismo anarquista, la mala conducción militar en Marruecos y la demagogia desestabilizadora del PSOE. Aprovechando la crisis, los tres secesionismos habían proclamado, también en Barcelona, su decisión de separar a sus regiones de España, apelando a la violencia.
La violencia abierta y directa debía descartarse en 1998. Pero no su uso indirecto, el uso del terrorismo etarra como chantaje para hacer claudicar a la sociedad española. Pues, desde la Transición, la ETA ha sido el verdadero motor de los separatismos y de sus esperanzas de éxito.
Con todo, el peligro no era grave, pues se trataba de partidos menores, incapaces de alcanzar sus objetivos sin la complicidad de un partido nacional. Es decir, sin la complicidad del PSOE. Y éste, por el momento, parecía inclinarse a colaborar con el PP en la salvaguardia de los dos principios básicos de la convivencia democrática: la unidad de España y las libertades. El año 2000 pareció culminar ese talante con el Pacto Antiterrorista, aunque hoy sabemos que los líderes socialistas lo estaban saboteando ya entonces. Arzallus no ahorraba esfuerzos por convencer al PSOE de que su verdadero enemigo y competidor estaba en la derecha nacional.
Dentro del PSOE y aledaños existían, desde luego, sectores muy coincidentes con Arzallus, fuera por temor a perder influencia política y los correspondientes cargos, al aliarse con el PP, fuera por motivos más ideológicos. Para ellos, nada peor que el Pacto Antiterrorista y por las Libertades. Era preciso liquidarlo o, más precisamente, invertirlo, transformándolo en Pacto Prosecesionista y contra las Libertades. Parece haber sido Juan Luis Cebrián, antiguo colaborador del franquismo, quien diseñó la nueva estrategia. La cual incluía, por fuerza, la complicidad política con el terrorismo etarra, pues éste era y es, debe insistirse en ello, el verdadero motor de todas estas maniobras.
Una estrategia tan inmoral y brutalmente contraria a los intereses y deseos de la gran mayoría de los españoles no podría desarrollarse sin dos instrumentos poderosos: un aparato mediático capaz de distraer, enredar y adormecer a gran parte de la población, y un número de agentes lo bastante corrompidos intelectual y económicamente para aplicar las directrices. De las dos cosas disponen en abundancia. Frente a ello, lo menos que puede decirse del PP es que carece, simplemente, de estrategia. Desconcertado por la audacia y velocidad de la ofensiva contra la España democrática, se bate, cuando lo hace, a la defensiva y con movimientos descontrolados. Y carece de instrumentos comparables a los puestos en acción por la Alianza Anticonstitucional.
Pío Moa
Libertad Digital, 1 de mayo de 2006
El Semanal Digital, 27 de abril de 2006
José María Marco
Libertad Digital, suplemento Exteriores, 18 de abril de 2006
José Javier Esparza
El Semanal Digital, 26 de septiembre de 2005
El fracaso político de la Democracia Cristiana española.
En algunas ocasiones hemos reflexionado en torno a las experiencias, enseñanzas y expectativas de los hombres y mujeres que, de manera muy plural, constituyeron las diversas expresiones de la moderna Democracia Cristiana española.
Así lo hicimos al comentar en esta revista electrónica, en su número 49 (septiembre de 2001), un interesante libro de Donato Barba: La oposición durante el franquismo/1. La Democracia Cristiana. 1936 – 1977, (Ediciones Encuentro, prólogo de Javier Tusell y presentación a cargo de José Andrés Gallego, 302 páginas, Madrid 2001. Allí concluíamos que las ideas de la Democracia Cristiana, en muchos aspectos, triunfaron en la transición española a la democracia, para ser desbordadas en los años posteriores; siendo este fenómeno paralelo (y tal vez una consecuencia) de su incapacidad para crear una alternativa unitaria y nacional democristiana que proporcionara rostro a un porcentaje importante de la sociedad española que así lo demandaba. Una auténtica paradoja histórica que concretaba el fracaso político de los democristianos españoles.
Las fundaciones políticas populares.
También analizábamos el estado de esta expresión política desde la perspectiva y evolución de las fundaciones del entorno del Partido Popular, en el artículo La “macrofundación” de Aznar y los democristianos del Partido Popular (revista digital Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, número 52, diciembre de 2001). Podíamos deducir que la decisiva función de “laboratorio de ideas”, así como la formación y selección de cuadros para ese partido, recaería en la fundación liberal-aznarista FAES, reduciéndose Humanismo y Democracia a la gestión de diversos proyectos de cooperación al desarrollo; lo que acreditaba la pérdida de peso de los democristianos en el seno del Partido Popular y su carencia de un proyecto político propio.
A lo largo del mes de julio, venimos asistiendo, particularmente a través de numerosas informaciones publicadas en Diario de Navarra, del último acto de esta agonía democristiana. Al parecer, y desde el propio Gobierno de Navarra, se habían advertido diversas anomalías en la gestión de algunos fondos concedidos a la citada fundación; lo que podría, incluso, constituir indicios de delito. Ricardo de León, antiguo Consejero de este Gobierno, posteriormente Gerente de la Fundación de la discordia y ulteriormente Delegado del Gobierno de Navarra en Madrid, junto a otros nombres bastantes conocidos y conflictivos, se encontrarían en el ojo de huracán. Por cierto, lo que empezó como un “escándalo navarro”, ha empezado a extenderse a otras comunidades, como Madrid, Valencia y La Rioja, donde los socialistas, encantados, buscan exprimir este limón para ver si encuentran, por ejemplo, un supuesto de financiación ilegal del Partido Popular que explotar políticamente.
La crisis de la Fundación Humanismo y Democracia.
No nos corresponde a nosotros manifestarnos sobre lo realmente acaecido en esa fundación; especialmente en lo que respecta a sus implicaciones legales. Pero sí que podemos reflexionar en torno a las causas de esta evidente decadencia y su pérdida del “norte”.
La Fundación Humanismo y Democracia, según veíamos, es el último residuo organizado de una identidad política en lenta agonía. Actualmente, la Democracia Cristiana española carece de cualquier instancia organizativa, medio de comunicación o liderazgo visible. Salvo los catalanes de Unión Democrática de Cataluña (UDC), la única presencia democristiana que quedaba era esta fundación. Nacida como “laboratorio de ideas”, se le agregó la posibilidad de participar en la cooperación al desarrollo; un rico pastel al que cada vez mayor número de comensales, muchos con oscuras intenciones, trataban de hincarle el diente. Con la reordenación de las fundaciones populares del año 2001, Humanismo y Democracia se alejó, todavía más, de la realidad viva de la sociedad y del pueblo del que, remotamente, procedía. Se convirtió, así, en una estructura vacía, sin rumbo fijo, alejada de los ideales de antaño. Aunque algunos patronos lo intentaran, y se también editaran algunos libros interesantes de escasa difusión y mínima distribución, no era fácil que esta entidad se mantuviera fiel a la línea fundadora en sus actuaciones, pues: ¿a quién o a qué servir? Se vivía, pues, en una etapa de crisis…, aunque no faltaran sustanciosos fondos económicos procedentes de diversas fuentes públicas, principalmente.
No en vano, su crisis era la de la misma familia ideológica de la que procedía. Así, ¿por qué decayó la Democracia Cristiana en España? Recordemos algunos factores: su desconexión de la base del pueblo cristiano, la falta de apoyo de la jerarquía católica española en momentos clave de su reciente historia, la ausencia de un proyecto claro y unánime de futuro, su propia división interna, la pérdida del sentido de pertenencia eclesial y la crisis de identidad de alguno de los movimientos eclesiales que encontramos en su origen...
En este contexto, Humanismo y Democracia, limitándose a mero gestor de proyectos de cooperación al desarrollo, había perdido su auténtica razón de ser. El terreno estaba abonado para una crisis; la que fuera.
¿Qué sucederá ahora? Termine, o no, en los tribunales, este hecho constituye una magnífica excusa para que la entidad sea suprimida definitivamente; antes o después… Discretamente, en todo caso. El triunfo liberal-reformista, dentro del Partido Popular, será total. Sobrevivirán, acaso, algunos escasos democristianos en la primera línea del Partido Popular, quienes deberán acreditar, más que ninguno, su adhesión inquebrantable al liderazgo y a las políticas populares. Así las cosas, esos supervivientes, ¿podrán defender un programa democristiano? Divididos, desprestigiados, en número decreciente, perdidas casi todas sus influencias, sin una base militante y social que les apoye, sin ninguna referencia organizada… Poco futuro les espera bajo tal identidad. La Democracia Cristiana, por lo tanto, ha muerto en España. Mientras tanto, un sector social importante –nos referimos a buena parte de ese pueblo católico que en su día depositó en ella sus esperanzas- se reorganiza, se manifiesta, reconstruye su identidad… huérfano de líderes y etiquetas.
La Democracia Cristiana española ha muerto, ¿¡viva la Democracia Cristiana!?
Fernando José Vaquero Oroquieta
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 95 – 96, julio - agosto de 2005.