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Políticamente... conservador

Derecha política, hoy

La derecha norteamericana como ejemplo para la española (II)

En la primera parte de esta colaboración mostramos las respuestas que la derecha norteamericana ha venido dando a la permanente propaganda de las izquierdas, es decir las tendencias que se agrupan como enemigas del liberalismo conservador. El caso de la nominación y confirmación del Juez Samuel Alito sirvió en la anterior entrega como paradigma revelador al respecto. No existe mejor ejemplo para comprobar la aspereza moral de esas izquierdas que el teatrillo montado en estas audiencias judiciales contra Samuel Alito por parte de los senadores del Partido Demócrata presentes en el Comité Judicial para la confirmación.
 
El lector interesado podrá leer por su cuenta las formulaciones y preguntas de senadores de la izquierda en el Partido Demócrata como Ted Kennedy, Joe Biden, Chuck Schumer, Dianne Feinstein o Pat Leahy. Cada vez que alguno de estos senadores, presionados por el activismo que los arropa y financia, lanzaba preguntas sobre temas judiciales, Samuel Alito respondía con el conocimiento propio de un juez de prestigio y con la elegancia de un conocedor de la Constitución. Su arrollador y notable conocimiento de la jurisprudencia probó una y otra vez que las negativas calificaciones y los ataques contra su persona y su papel como Juez Federal de Apelaciones resultaban tan maliciosos como infundados. Se trataba de la repetición de la historia con las audiencias del Juez John Roberts el pasado otoño.
 
La actitud de los senadores del Partido Demócrata –los amigos de John F. Kerry a quien José Luis Rodríguez Zapatero apuntó erróneamente como su favorito en las elecciones presidenciales de 2004- revelaba una vez más la enorme falta de ideas y de tacto en el ala más a la izquierda del Partido Demócrata. Para decirlo más claro, estas audiencias, unidas a otros asuntos con los que hemos abierto el 2006, está mostrando a la ciudadanía norteamericana que la izquierda se derrumba cada vez que entra en la batalla de las ideas.
 
Por todo lo que vamos contemplando en la vida política norteamericana, faro y guía de las políticas democráticas occidentales, sería deseable que los senadores y diputados de la derecha española tomaran buena nota de todo esto y que aprendieran a sistematizar un pensamiento verdaderamente ubicado en el liberalismo conservador. Al hilo con las situaciones que vive ahora nuestra España y como respuesta permanente a las falsas alegaciones de las izquierdas, hora es ya de avanzar en esa dirección.
 
En esta segunda parte de  nuestra colaboración haremos énfasis en este particular como invitación a la derecha política española a movilizarse y generar verdadera oposición. Porque cada vez que la derecha ha hecho eso, cada vez que el liberalismo conservador ha hablado claro y ha mostrado sus argumentos se ha evidenciado una claridad de ideas muy superior al desbarajuste de las izquierdas y los secesionismos antiespañoles.
 
Hacia una derecha liberal-conservadora sin empachos
 
Lamentablemente en España nos hemos acostumbrado a escuchar las mismas argumentaciones y frases demagógicas repetidas hasta la saciedad por el socialismo y el comunismo pasando por sus variantes independentistas y los supuestos partidos nacionalistas (mal llamados de “derechas” o “conservadores”) que sobreviven sobre la música anticonstitucional e ilegal del separatismo. A excepción de algunos valientes medios de comunicación, algunos tanques de ideas como GEES y un grupo de comentaristas políticos y periodistas de opinión, el dominio mediático está en las izquierdas gracias al despiste en materia de medios de comunicación de la acomplejada derecha.
 
Va siendo hora, por tanto, de que España y sus políticos de la derecha despierten de ese letargo y se unan a su amplia base social de votantes para llevar a cabo una seria estrategia de acción política, claridad de ideas y respuestas contundentes y menos ambivalentes. Cuando los políticos de la derecha española lo han hecho así, cuando hemos oído y visto a la derecha hablar claro y sin complejos, los resultados han sido claros y la respuesta ciudadana ejemplar. En realidad, la  historia moderna y contemporánea de España es la de la general ausencia de políticos de talla, pero también la de un pueblo español que se siente primero español y después todo lo demás. Cuando a ese pueblo lo pretende raptar un grupo de políticos mediocres, los resultados son los que ahora estamos viviendo.
 
Por eso insistimos en que la derecha política debe reflexionar y moverse adelante, entusiasmar a la ciudadanía y hablar sin lindezas sobre la base de argumentos. El caso judicial norteamericana que expusimos líneas atrás y la contundencia de la respuesta de la derecha norteamericana nos lleva a pensar en la fuerza de los argumentos de la derecha constitucional frente a los actuales hechos judiciales en España y el reciente auto del Juez Fernando Grande Marlaska haciendo frente al terrorismo. Por eso escribimos que la derecha tiene la obligación en España de hablar más claro y representar bien el ideario de su amplia base social. Cuando lo hace, gana.
 
La izquierda norteamericana, como la española, está llena de personajes que jamás pueden ser ejemplo y modelo ni de nada ni de nadie. Más allá de las cuestiones personales –contrastables por el interesado en las hemerotecas y aun en libros y artículos sobre el tema, desde los turbios episodios del senador Ted Kennedy a la X de Felipe González hasta llegar a las minorías independentistas que ahora controlan La Moncloa- lo que se desprende de todo esto es que estamos asistiendo a la desmitificación del libreto de las izquierdas, un libro intelectualmente exhausto.
 
En España estamos convencidos de que el libreto es todavía mucho peor que en el caso norteamericano, porque cualquiera de los políticos de las izquierdas españolas es una absoluta ruina intelectual al lado de los senadores demócratas norteamericanos, incluso de los peores de la nómina. Al menos estos últimos tienen unas pruebas y una historia política que pasar para alcanzar un puesto en la política, particularmente en el Senado. En España, cualquier comadre ocupa escaños y asientos en acción culiparlante como muestra el mismo actual Presidente del Gobierno Español y el equipo que lo rodea.
 
El silencio de estos pasados años del actual jefe de Gobierno en España durante los años de la corrupción, el saqueo de los fondos reservados, Filesa y otros varios escándalos son significativos del verdadero talante de las izquierdas actuales en España. No hace falta que entremos en la cuestión de la preparación y curriculum de nuestros políticos. Hacerlo incluiría también a algunos figurones de la derecha, que no faltan en España. Por eso resulta tan importante sanear nuestra clase política española y salir adelante con lo mejor que hay y a través de ideas claras. Digamoslo claro: si la derecha quiere ganar las próximas elecciones y evitar la quiebra definitiva de España debe actuar desde ahora mismo.
 
Insistimos que el saneamiento de la clase política española no se limita únicamente a los partidos de la izquierda: los del nacionalsocialismo, el comunismo, el independentismo anticonstitucional y otras matracas remuneradas con el erario público español-. El saneamiento pasa por prescindir de una amplia turba de mediocres políticos ubicados en las acequias y lindes del seno mismo del Partido Popular. El reciente caso del senador popular por Melilla y sus nefastas declaraciones resultan por sí mismas razón para cesarlo. No basta que Angel Acebes, el secretario general del partido de la derecha española, lo desautorice. Falta que lo expulsen directamente del partido y lo sustituyan por otra persona más competente. Dicho de otro modo, la derecha debe cortar de raíz la política barata y chulesca, las declaraciones demagógicas y pendencieras.
 
Estamos convencidos también de que entrar en la dinámica propagandística de las izquierdas es fallar en el análisis de la situación e involucrarse en peleas dialécticas que favorecen siempre a las izquierdas al poseer éstas a día de hoy la inmensa mayoría de los medios de comunicación en España. La derecha tiene suficientes argumentos e ideas para desmontar la falsificación de la realidad que Zapatero y sus aliados están planteando en la España de hoy. Para eso, hace falta ideas, reclutar gentes con compromiso, jóvenes emprendedores que desean colaborar para una España mejor. Para eso no sirven tampoco los cuatro nenes de camisa y caballito, como servidor presenció este verano en un supuesto encuentro de Nuevas Generaciones.
 
La nueva generación real de la derecha española pasa por la creación de fundamentos e ideas, conocimiento de la historia política, pasa por leer a los grandes propulsores de la derecha liberal y conservadora. Y pasa, sobre todo, por la creación de un movimiento que entusiasme a la ciudadanía y que genere la búsqueda honesta de fuentes económicas para poder aumentar y producir más y mejores tanques de pensamiento –ampliar los existentes- y establecer nuevos y variados medios de comunicación en la derecha española.
 
En otro lugar hemos escrito ya que cuando el ideario liberal-conservador más avanza y más se fortalece y adelanta es precisamente cuando más claro habla y cuando presenta sin complejos sus ideas, sin medias tintas ni miedo al qué dirán. La supuesta “moderación”, el mal llamado “centrismo”, el “reformismo” casi arrepentido y toda esa bagatela de eufemismos mediadores con las izquierdas delatan un complejo innato en la derecha española-. Algunos de sus políticos de medio pelo parecen ruborizarse y ponerse nerviosos ante cualquier insinuación de las izquierdas al acusarlos, cuando menos, de “fascistas”, “franquistas” y otras mil injurias hechas ya partitura en el desafinada y archisabida opereta de las izquierdas.
 
El reciente caso de las palabras en Bruselas del eurodiputado socialista Yáñez contra la COPE es un caso paradigmático que debería servirle a la derecha para ver el nivel intelectual de sus oponentes políticos. Por eso hay que insistir en la tesis que sostienen estas páginas: que la derecha española debe tomar ejemplo de una vez de las estrategias e ideas de la derecha norteamericana.
 
En primer lugar, la derecha norteamericana no tiene ningún empacho en denominarse de derechas, o sea, liberal y “conservadora”. Sí, es el Partido Republicano donde sus miembros se consideran “republicanos” pero sobre todo “conservadores”. Es un conservadurismo equivalente a lo que nosotros denominamos pare España “liberalismo conservador”, o sea conservar una tradición, una cultura y unas formas de vida dentro del necesario progreso y avance de la humanidad. El lector observará la importancia del verbo conservar. La derecha norteamericana desea conservar su nación norteamericana, no elaborar una quimera a modo de nación de naciones. También la derecha norteamericana busca conservar la libertad individual, la de cada ciudadano, no una libertad impuesta por un Gran Gobierno omnipresente.
 
La derecha norteamericana anhela también conservar su Constitución y reformarla sólo cuando la ciudadanía lo reclame verdaderamente y cuando sea legítima y legalmente apropiado. En esa conservación de la Constitución, los norteamericanos parece que saben bastante más que los españoles, al menos al decir del número comparativo de constituciones usadas en la historia de uno y de otro país. Sigamos. La derecha norteamericana busca también conservar sus tradiciones y su herencia, o sea las de la tradición judeo-cristiana en una apertura a todas las culturas y creencias pero que nunca olvida la raíz occidental del fundamento de su identidad nacional. La derecha norteamericana desea asimismo conservar los valores familiares tradicionales, los del hombre y la mujer como núcleo de la familia. Quiere también conservar la idea del trabajo y la perspectiva del éxito personal y el derecho de todo ciudadano a buscar la felicidad sin imposiciones ni injustas restricciones gubernamentales.
 
Hay más. La derecha norteamericana desea también conservar la igualdad de oportunidades para todos y no el igualitarismo falseado bajo el proteccionismo de un Estado controlador y todopoderoso. La derecha norteamericana busca conservar la seguridad del individuo y la ciudadanía mediante la defensa de los valores constitucionales y la lucha sin cuartel contra los enemigos de EEUU, más allá del cobarde apaciguamiento ante los terroristas. En todo ello y para todo ello, la derecha norteamericana no se esconde y sus políticos tampoco haciendo frente continuamente a la carroña que llega día sí y noche también desde el antiamericanismo internacional y las izquierdas babeantes.
 
Es de este modo, bajo el impulso de un ideario claro que no se tambalea, el modo en que la derecha norteamericana sigue ganando una a una casi todas las elecciones que se han ido dando en los últimos años. Así es como la derecha norteamericana ha ganado siete de las últimas diez elecciones presidenciales. Y así es como desde la fortaleza y claridad de ideas de un Ronald Reagan, la derecha liberal-conservadora sigue moviendo adelante sus ideas. Los políticos de la derecha estadounidense se preparan, estudian, se rodean de equipos de asesoramiento con ideas y talento, cuentan y apoyan a los centros y tanques de ideas que en su mismo pensamiento conservador van dando valoraciones de la situación que favorece el debate de las ideas y la búsqueda de soluciones.
 
Por eso, cada vez que políticos como Howard Dean –el líder de la campaña electoral del Partido Demócrata- o senadores izquierdistas como Ted Kennedy entran en el debate político salen escaldados porque sus argumentos fracasan ante el bagaje intelectual que el ideario de la derecha ha ido perfilando desde hace ya varios años. Tal ha sido el caso del tal Ted Kennedy al enfrentarse al Juez Samuel Alito en estos días de audiencia judicial, según mostramos anteriormente. ¿Debe o no tomar ejemplo la derecha española? En la politización del sistema judicial –que vimos en el caso Alito-, los españoles tienen gran experiencia debido a un sistema democrático que debe ser reformado en varios aspectos, desde la configuración de los tribunales judiciales en España a la cuestión de la Ley Electoral Española que premia a las minorías en perjuicio de las mayorías.
 
Reconozcamos que cada vez que la izquierda en EEUU ha atacado a la derecha en la persona misma del Presidente Bush ha salido escaldada porque la respuesta conservadora no se ha dejado esperar. Se debe esto a que en la vida norteamericana la derecha no se ha acomplejado nunca sino que ha ido creando unas bases y unos fundamentos ideológicos bien enraizados y fundamentados en el respeto a la Constitución y a las libertades. La izquierda busca mostrar lo contrario y cada vez que lo intenta falla estrepitosamente, pese a los apoyos internacionales y los gobiernos errantes como el de la actual España socialista.
 
Pensemos que en los últimos meses a Bush se le ha atacado de mil formas y maneras: con papeles falsificados sobre su servicio militar, con mentirosas acusaciones de ejemplares del Corán lanzados a un retrete en el Ejército, con el intento de hacer de Abu Ghraib un símbolo de la política norteamericana, con las falsas acusaciones sobre Guantánamo, con el Tratado de Kyoto, con Irak, con el escándalo del “lobby” Abramoff, con la supuesta espía Valerie Plame, con las escuchas “ilegales”, con las cárceles secretas de la CIA y los vuelos… Luego con la nominación de John Roberts y ahora con Samuel Alito… Así hasta hoy. Tanto acoso generó, sin duda, un descenso de popularidad del Presidente, normal en EEUU en todas las segundas legislaturas, pero un descenso que ya no es tal con la nueva subida en sus números de aceptación del Presidente y el progreso que es obvio no sólo en lo económico sino también en lo geopolítico.
 
Ninguno de esos casos, ninguno de esos ataques ha hecho doblegarse a la derecha norteamericana ni a la mayoría de sus líderes políticos. Cada vez que la derecha se ha decidido a responder ha acabado venciendo ante las acusaciones. Podríamos ir uno por uno desgranando cada uno de esos ataques y cada vez la derecha ha sido capaz de poner en evidencia a la izquierda y mostrar el talante falso y ridículo de sus ataques. A final de cuentas, a la izquierda le importa poco o nada la seriedad o el rigor de las acusaciones. Simplemente atacan, acusan porque algo queda, quebrantan la presunción de inocencia y luego andan por ahí corriendo y berreando con la Declaración de los Derechos Humanos en la mano, la misma que ellos no respetan como ocurre en los lugares donde las izquierdas suelen gobernar, desde Pekín a La Habana pasando por Caracas... y ahora también ya en Madrid.
 
Esas son las izquierdas, las del cupo feminista y sus amigas que luego callan cuando a Condoleezza Rice la insulta un viejo e impresentable comunista ruso. Pero en EEUU la derecha se lo dice a la cara hasta sacar los colores de estos senadores “progres” que viven del pataleo y la confusión, de la financiación de la extrema izquierda y de bobos útiles como Jimmy Carter. La derecha española debe tomar ejemplo.
 
No resulta muy difícil plantar cara a esas izquierdas que sueñan siempre con subir los impuestos, con manipular a su gusto la judicatura y con organizar lo que se enseña en las universidades y en las escuelas, bajo el guiño de los mequetrefes de Hollywood, tan dados ahora a tildar de primitivo, rudimentario y homófobo al pueblo norteamericano al que le importa un rábano esa historia de amor de dos cowboys en Wyoming. Hablamos de la misma izquierda norteamericana que lleva usando el idéntico libreto durante varios años, del mismo Hollywood que David Victor Hanson ha equiparado con un auténtico terrorismo intelectual en línea con lo que nosotros también describimos aquí hace unas semanas al tratar de Hollywood como arma política.
 
En cualquier caso, la realidad es que las izquierdas sobreviven –tanto en España como en EEUU. Pero sobreviven sobre la premisa fundamental de que el ciudadano medio es idiota, estúpido, ignorante, desinformado, incapaz de saber qué es lo bueno para él, lo bueno para la sociedad y para su país. De ahí que el mensaje sea: nosotros, el Gran Gobierno, cuidamos a los ciudadanos, hacemos una gran infraestructura gubernamental y para eso necesitamos de dinero e impuestos salidos de los ciudadanos. La derecha, en cambio, debe apostar por su idea asentada de que cada ciudadano puede y debe ser lo mejor posible como decisión y mérito individual y jamás bajo los dictados de una banda de burócratas a sueldo público.
 
Para que todo eso ocurra, hace faltan individuos con fuerza, confianza, valor, individuos que se arriesguen a avanzar y a los que, bajo una economía libre y sin trabas, les llegue el premio lógico por sus esfuerzos. Mientras las derechas reales premian el esfuerzo y el trabajo, las izquierdas se convierten en proteccionistas y cercenan el esfuerzo individual y la búsqueda de prosperidad. El problema de la derecha española es que no explica ni repite nada de esto, como tampoco explica que el hecho de ser libres no viene por descontado, sino que la libertad hay que protegerla y cuidarla al calor de la Constitución y al calor de un Ejército de soldados listos para defender España y no reconvertidos en miembros de acciones “humanitarias”.
 
Como sobre la base de las ideas, las izquierdas no tienen argumentos contra el pensamiento liberal-conservador, su solución es el activismo judicial. Por eso tratamos y expusimos la importancia del caso Alito líneas atrás. Y vale recordar que se trata de la misma izquierda norteamericana que quiso dar al traste la confirmación de John Roberts y, antes, con el Juez Thomas –a este último sacándole la falsa historia de acoso sexual contra Anita Hill-. No extraña así que los paralelismos sean interesantes respecto a España. Piénsese por ejemplo cómo en nuestro país el gobierno socialista actual ignora e incumple la Constitución cuando y como le da la gana, manipula el Poder Judicial y altera la Justicia, según muestra el actual Fiscal General del Estado o algunos miembros del Consejo General del Poder Judicial, por dar sólo dos ejemplos. El resultado es que la izquierda, una vez más en la historia de España, acaba quebrantando la estabilidad y la unidad nacional.
 
Por todo cuanto decimos, la derecha española debe salir adelante con fuerza, con explicaciones bien diseñadas sobre la violación del articulado de esa Constitución. Debe mover montañas y acudir a su base social para movilizarla, crear ideas y hacer frente a la manipulación de la democracia española y de la Constitución nacional. Sin embargo, decepciona ver cómo buena parte de los representantes políticos de la derecha en el Partido Popular de Cataluña aparecen medianamente callados, comedidos, se acomplejan y apenas rechistan. Les falta hacer, insistimos, lo que desde hace varias décadas viene realizando la derecha norteamericana: salir al combate de las ideas.
 
En tiempos del presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt, pocos habrían apostado por el éxito de la derecha norteamericana y sus valores. La permanente defensa del ideario liberal-conservador fue dando sus frutos. Cierto es que en 1964 la derecha norteamericana se vio decepcionada al no salir elegido como presidente su candidato Barry Goldwater. Lo mismo ocurrió en 1976 cuando Ronald Reagan tampoco fue elegido. Peor aún, la derecha perdió mucha credibilidad cuando Richard Nixon erró en el caso Watergate, el mismo sobre el que todavía vive el Partido Demócrata en la actualidad. La derecha reconoció sus errores y decidió mejorar sus planteamientos, hablar claro y directo sobre temas y hechos. Al final, tras patéticos años con Jimmy Carter y la vergüenza y humillación en el caso de los rehenes en Irán, la derecha y el pueblo norteamericano tuvo a Ronald Reagan.
 
Para llegar a eso, la derecha pensó, trabajó, peleó ideológicamente dejando claras sus ideas, sus creencias, el fondo constitutivo de su ser político, ese “ser de derechas” del que escribió Germán Yanke para el caso español. Desde diversos frentes, la derecha se metió en el debate político, en la batalla de las mentes y los corazones del pueblo norteamericano. Desde entonces hasta 1994 con el éxito electoral en las dos cámaras de gobierno en Washington. Luego llegó la presidencia de Bush y así hasta hoy. Al final, en el análisis y debate de los temas los días de las izquierdas estaban contados en EEUU y ahora la derecha va viendo ya los frutos de ese esfuerzo.
 
Pensemos por un momento en España lo que se podrá hacer cuando la derecha se dé cuenta, por fin, de que no puede seguir avergonzándose de su pasado. Precisamente porque su pasado histórico es mucho más brillante que el del golpismo de las izquierdas, a pesar de lo que se nos cuente desde la  reinvención socialista y separatista de la historia de España. El pueblo español, y no sólo su base social de la derecha, está falto de ideas claras, necesitado de menos burocracia y menos falsificación política. Al pueblo español hay que explicarle las mentiras del llamado “estado del bienestar”, lo negativo del proteccionismo económico gubernamental socialista, lo falaz de la manipulación de los sindicatos en la vida política, el error de la subida de impuestos, la falsa santificación de la sanidad pública universal, el control de los medios de comunicación, las empresas y los mercados, la falta de libertad en materia educativa, lingüística y legislativa.
 
Para explicar todo eso hace falta empezar de una vez por todas. Sobran políticos de medio pelo y se necesitan verdaderos representantes del pueblo con talento e ideas. En la derecha española hay algunos buenos políticos, pero sobran otros tantos que se han dormido ya en la comodidad de un cargo casi vitalicio. Hay voces interesantes que deben salir a la palestra y no seguir el guión de dirigentes que necesitan ser ya renovados porque han aportado poco o nada a la mejora de la España democrática. Cuesta escribir esto pero hay que hacerlo si realmente España quiere seguir siendo España.
 
El modo de hacerlo es crear nuevos votantes, mostrar y contrastar las realidades, la historia, los hechos, los números, como ya van haciendo algunos comentaristas, diarios y tanques de ideas en España. Por eso, cuando comprobamos la reciente historia de EEUU podemos verificar las enormes diferencias en la política que desarrolló Reagan respecto a Carter, o el mismo Bush respecto a Clinton. No se olvide que mucho de lo que hoy el mundo está sufriendo por obra del terrorismo procede de la mala política de un presidente demócrata –ligado a varios grupos del activismo de las izquierdas- más ocupado en las becarias que en solventar las amenazas a la libertad. Y en España, repasemos y comparemos a Aznar con González o con el mismo Zapatero. No hace falta ser un experto en política para observar dónde estaba España y donde está ahora como nación en el escenario y el concierto internacional.

Todo cuanto decimos sobre la situación actual de la política norteamericana, sobre los avances de la derecha y el paulatino fracaso de la izquierda en EEUU debería ser, a nuestro juicio, un ejemplo a tener muy en cuenta por la derecha española y su principal partido, el Partido Popular. En estos mismos días, Daniel Rodríguez Herrera exponía con claridad la necesidad de utilizar bien los recursos de internet para llevar a cabo la batalla de ideas. Explicaba cómo la derecha norteamericana había logrado que los militantes tuvieran ideas claras sobre el ideario de su partido y las maneras de ayudarlo.
 
Efectivamente, la derecha norteamericana, a través de su órgano, el Comité Nacional Republicano (RNC, “Republican National Committee”), aprovecha cualquier oportunidad para animar a su base electoral y generar entusiasmo. Se proponen y organizan incluso fiestas y encuentros voluntarios en las casas de los afiliados del Partido Republicano para ver al Presidente dar su discurso anual del Estado de la Unión, se favorece la creación de tales encuentros y fiestas, ideas y contactos desde lo local a lo estatal. Incluso se promueven reuniones abiertas de afiliados en restaurantes y grupos para animar a nuevos afiliados. Hay paquetes de ayuda pagados privadamente por el propio comité de la derecha política para la creación de esos encuentros y el impulso del ideario liberal-conservador.
 
Lo mismo cabe decir con la promoción de imágenes e informes para revitalizar los valores de la derecha liberal-conservadora, como el reciente vídeo en Tributo a Ronald Reagan al cumplirse en estos días veinticinco años de su primer juramento como Presidente en 1981. Tal es la democracia vivida y contemplada desde la raíz misma del pueblo norteamericano, de ahí que juzguemos que no resultaría muy difícil iniciar un esfuerzo en esa dirección por parte del Partido Popular.
 
En el caso español, todo esto parece una quimera porque ni los militantes ni los simpatizantes, ni los dirigentes de la derecha española tienen demasiado claro cuáles son sus objetivos y sus estrategias. La habilidad de movilizar a su base social ha sido en España siempre muy superior desde las izquierdas que desde las derechas. Aun así, la iniciativa para recoger firmas en favor de la libertad de expresión para la cadena COPE y las manifestaciones contra el terrorismo y en favor de la Constitución son prueba clara de que la base social de la derecha española está deseosa de un liderazgo claro y contundente.
 
En resumidas cuentas, el caso de las audiencias de confirmación del Juez Samuel Alito al Tribunal Supremo en el Comité Judicial del Senado es un ejemplo que nos ha servido para verificar la labor ideológica de la derecha norteamericana y que debe servir de reflexión para España. Por eso estamos convencidos de que la labor del ideario liberal-conservador norteamericano encarnado en el Partido Republicano debe ser un espejo en el que la derecha política española y el Partido Popular deben mirarse una y otra vez para avanzar. Hay que dejar claros algunos principios y elaborarlos en un verdadero programa. Se necesita hablar más de la fortaleza de España como nación y de la importancia de creer en la libertad y la responsabilidad individual. Hace falta insistir en la igualdad para todos, bajo una justicia equitativa, sin prejuicios de raza, sexo, religión o cualquier incapacidad.
 
Se requiere insistir la importancia del libre comercio, el fomento de la iniciativa individual como fuente de oportunidades, crecimiento económico y prosperidad. Lo mismo en cuanto a la defensa de un gobierno reducido y nada intervencionista, responsable fiscalmente pero que permita que el ciudadano conserve en su bolsillo la mayor cantidad posible del dinero que gana. Estas son algunas de las ideas que hace falta explicar y contrastar en España con lo que las izquierdas predican y luego hacen. Lo mismo decimos en cuanto a la defensa del fundamento liberal-conservador de que la función clave del gobierno es la de velar por la libertad y proporcionar la seguridad de los ciudadanos, así como ocuparse de proveer a los ciudadanos únicamente los servicios básicos que no son ofrecidos por los individuos o por las organizaciones privadas.
 
También la derecha española debe explicar que bajo la Constitución que une a todos los españoles, la nación que llamamos España debe buscar ideas innovadoras para enfrentarse a las dificultades del futuro, valorar y mantener nuestra fortaleza y orgullo nacional, al tiempo que luchamos por la libertad y la paz en el mundo. Y luchar por la paz significa defendernos de quienes nos atacan, incluidos los que quieren romper la nación y violentar la Constitución.  Podríamos seguir. Cerraremos aquí diciendo que se requerirá todavía de mucho tiempo, pero la labor hay que comenzarla inmediatamente, al menos antes de que no quede ya una España que gobernar.

 
 
Alberto Acereda es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos.

Colaboraciones nº 778   |  2 de Febrero de 2006

La derecha norteamericana como ejemplo para la española (I)

En varios lugares hemos insinuado la importancia de que la derecha liberal-conservadora española tome buen ejemplo de la norteamericana. La trayectoria de ésta en el último medio siglo debería ser una necesaria hoja de ruta para la derecha española, siempre tan necesitada de sacudirse de sus fobias, su apatía y sus complejos. La encrucijada histórica que vive ahora mismo España como nación soberana bajo el desgobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero y sus aliados separatistas requiere de una profunda y bien diseñada respuesta democrática.
 
La gran base social de la ciudadanía española que votó y sigue votando a la derecha constitucional, o sea a la que en buena parte encarna el Partido Popular, merece -cuando menos- una representación política sin medias tintas y una acción directa de oposición. Sobre las vías democráticas de todo Estado de Derecho, la derecha española a través del Partido Popular debe desafiar con ideas y respuestas claras el permanente desvarío en el que va cayendo la vida política española y la amenaza a la que se enfrenta España como nación y su Constitución como salvaguarda de las libertades y el Estado de Derecho.
 
El liberalismo conservador español está obligado a realizar una oposición directa, eficaz, con estrategias claras y con un objetivo fundamental: recobrar con ideas e iniciativas el gobierno de España en las próximas elecciones generales democráticas. Aquí pretendemos apuntar sólo algunas ideas de la actual realidad política norteamericana que quizá puedan servir de ejemplo a la derecha española sobre la imperiosa necesidad de iniciar con seriedad un proyecto claro, decisivo y con verdadera visión de futuro.
 
Entendemos que las realidades norteamericana y española son distintas y variadas, al igual que las leyes electorales y el proceso político de cada pais. Con todo, en ambos casos late una lucha entre los valores del ideario liberal-conservador y aquellos otros de las izquierdas, generalmente remozados y anunciados demagógicamente, pero opuestos siempre a la auténtica libertad individual y el progreso que proponen –en su raíz- las fórmulas del liberalismo conservador. Dicho de otro modo, los posicionamientos y respuestas de la derecha norteamericana sobre distintas áreas y asuntos de la vida política pueden ayudar a combatir  la demagogia de los partidos que atacan sus valores, en el caso español llámense socialistas, comunistas o nacional-separatistas.
 
En el fondo, las lacras y la maquinaria propagandística de las izquierdas adquieren similares esquemas y contenidos en distintas geografías, incluidos también los EEUU. El supuesto ideario político de las izquierdas en España –si es que de verdad existe tal ideario- puede y debe ser puesto en evidencia por parte de la derecha española, y todo ello en la arena del sano debate de las ideas y a través de los sólidos argumentos procedentes del liberalismo conservador.
 
El caso Samuel Alito
 
En el momento de escribir estas líneas hay un asunto judicial con el que se ha abierto el año político norteamericano que ilustra el camino que la derecha puede y debe tomar en España para avanzar su ideario. El caso ha recibido escasa atención en la prensa general y medios de comunicación europeos y españoles. Nos referimos a las actuales audiencias en el Senado y a la próxima confirmación del Juez Samuel Alito al Tribunal Supremo de los EEUU. Este particular sirve para entender con claridad los modos y maneras en que la derecha norteamericana es capaz de ganar la batalla de las ideas y contrarrestar el sempiterno sectarismo de las izquierdas y el activismo propagandístico de la desinformación.
 
Antes de entrar en los detalles del caso Alito, valoremos lo que 2006 supondrá políticamente para EEUU. Washington tendrá que hacer frente a varias cuestiones importantes, en especial la lucha contra el terrorismo internacional, aspecto que pasa por asentar la paz y la democracia en Afganistán, en Irak, en todo Oriente Medio y buena parte del mundo. La Guerra de Irak seguirá siendo objeto de ataques contra el Presidente Bush, a través de la sarta de acusaciones de supuestos espionajes ilegales, cárceles secretas y otros asuntos tan del gusto de la demagogia del Partido Demócrata y del antiamericanismo internacional.
 
Otro asunto clave es la amenaza nuclear de Irán a Israel y al mundo entero, área que exige también la urgente atención de Europa y de la comunidad internacional, incluida la ONU, si es que ésta quiere empezar a recobrar algo de credibilidad. Otro asunto fundamental será la cuestión de la inmigración y las ideas para solucionar un problema tan largo como urgente que no es exclusivo de un país concreto. Otra cuestión, aunque bastante menor en las prioridades norteamericanas, serán las relaciones que los EEUU deberán llevar a cabo ante la turba de líderes populistas y marxistas en Hispanoamérica.
 
Iniciamos, por tanto, un año que en la política estadounidense y para su gobierno de la derecha resulta importante como año electoral. En noviembre, los norteamericanos tendrán la oportunidad de elegir a muchos de sus representantes en las cámaras del Congreso y del Senado. A ello se unirán también otras varias elecciones locales y estatales de gobernadores, alcaldes y representantes. Las diversas campañas electorales de los diversos candidatos de la derecha norteamericana, su tratamiento de los variados temas y la aplicación de las estrategias deberían servir de ejemplo a nuestros políticos españoles en la derecha sobre cómo hacer frente a los viejos lemas de las izquierdas y cómo debatir sobre problemas y hechos concretos.
 
Comentemos el caso Alito como paradigma de cuanto decimos. El lector avisado sabrá de la importancia del Poder Judicial en todo sistema  democrático y de la necesidad de acabar con el activismo judicial. En el sistema norteamericano los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (un equivalente al español Tribunal Constitucional) son nominados por el Presidente de la nación y deben ser confirmados por el Senado en cargos vitalicios. La importancia de dicho Tribunal radica en ser el lugar supremo y más importante a la hora de definir la constitucionalidad de distintas decisiones judiciales en el ámbito de todo el país. Esos jueces tienen durante décadas gran influencia por sus decisiones, de ahí que resulte fundamental que los nueve miembros de dicho Tribunal se ajusten al verdadero sentido de la Constitución de los EEUU, base de la legalidad de ese país.
 
La derecha norteamericana lleva muchos años defendiendo con uñas y dientes su ideario e intentando asegurar que el poder de dicho Tribunal y sus decisiones vayan parejas a la Constitución: es decir, que la valoración de las distintas legislaciones que llegan al Tribunal se realice sobre la base del articulado constitucional y no sobre las opiniones y preferencias ideológicas de jueces particulares. Al final de la presidencia de Bill Clinton, y al decir de las decisiones del Tribunal Supremo, en EEUU existían cuatro jueces verdaderamente constitucionalistas, otros cuatro de talante activista y un noveno juez que rompía el equilibrio y acababa volcando la balanza a uno u otro lado.
 
Es por eso que, al tratarse de cargos vitalicios nombrados directamente por el Presidente y confirmados por el Senado, la elección presidencial de 2004 resultó tan importante para el futuro del Poder Judicial y la democracia norteamericana. Con la reelección de George W. Bush y tras la muerte del Juez Jefe Rehnquist –de talante constitucionalista-, el Presidente nombró al Juez John Roberts que fue confirmado tras varios días de sesión y audiencia por parte del Comité de Asuntos Judiciales del Senado. Su nominación generó ya desde la izquierda del Partido Demócrata y sus grupos de presión acusaciones permanentes sobre el talante “conservador” de dicho Juez. Con todo, y tras una demostración ejemplar de conocimiento y dominio de la legalidad y la Constitución, Roberts fue confirmado.
 
El pasado otoño y ante la jubilación voluntaria de la jueza Sandra Day O´Connor –la magistrada que precisamente venía siendo el voto que decidía la balanza- Bush se encontró ante la posibilidad de nombrar a una segunda persona para ocupar ese puesto. En medio de las críticas crecientes y presiones por la política de Bush, acosado por los medios de comunicación afines a la izquierda norteamericana, Bush nominó a la abogada Harriet Miers. La base social de la derecha norteamericana y los intelectuales conservadores mostraron abierta y diligentemente su desacuerdo ante tal nominación. Con argumentos convincentes, la derecha norteamericana mandó un mensaje muy claro a su presidente sobre el error de nominar a una abogada desconocida, con falta de experiencia como jueza y de no reconocida tendencia constitucionalista.
 
Bush se dio cuenta de su error y Harriet Miers acabó dimitiendo antes del inicio del proceso de confirmación. La batalla ideológica de la derecha liberal-conservadora norteamericana dio resultado. Tras varias décadas esperando la posibilidad de acabar con un Tribunal Supremo dominado por el fatal activismo judicial y por jueces escasamente constitucionalistas y severamente anticonservadores, los intelectuales de la derecha no dudaron en exponer en los medios de comunicación y en los centros de ideas  la vital importancia de nombrar a una persona de prestigio judicial, comprometido con la verdadera defensa de la Constitución.
 
Con acierto, Bush optó por nominar al Tribunal Supremo al Juez Samuel Alito, cuyas audiencias para la confirmación se están produciendo en el momento de escribir estas líneas y cuya confirmación tendrá lugar a final del mes de enero. Alito, de 55 años, es el nominado con mayor experiencia judicial y que ha sido ya durante quince años miembro del importante Tribunal Federal de Apelaciones del Tercer Distrito. La izquierda, enmarañada en su demagógica maquinaria propagandística se dedicó ha presentar a Alito como hostil a las mujeres, a las minorías, a los niños, al medio ambiente, a la naturaleza, a los animales. Al decir de los senadores del Partido Demócrata, obligados por el activismo de su base social más radicalizada, estábamos ante un auténtico ogro judicial.
 
No han faltado los activistas de la izquierda más radical iniciando campañas destructivas y atroces contra Alito. Esos llamados “defensores” de los derechos civiles, los sindicatos, varias organizaciones y otros grupúsculos antiliberales y anticonservadores afirmaron que en Alito había una filosofía ideológica estrecha que no tenía cabida en el más alto tribunal de EEUU. Manipulando el fondo de sus decisiones judiciales y alterando su currículum, acusaron a Alito de estar en contra de la idea de que todo ciudadano tiene derecho a un voto, de haber sido miembro de la Administración Reagan (como si eso fuera negativo…), así como de ser un racista que favorecía la discriminación racial. A Alito, hijo él mismo de emigrantes italianos, se le acusaba también de ser un gran opositor de los derechos de los trabajadores.
En suma, la izquierda y sus medios de comunicación afines pintaron a un nominado con opiniones personales diferentes a las de la mayoría de la sociedad norteamericana. En la permanente tergiversación de la realidad, se escarbó en la vida personal de Alito y en su pertenencia a una asociación de ex alumnos de la Universidad de Princeton. Falsamente se le acusó de oponerse a la admisión de mujeres y minorías en dicha universidad, así como de varias barbaridades encaminadas a mostrar a un hombre cuyo único interés era socavar los valores de libertad, imparcialidad y justicia. Alito, en fin, significaba el extremismo de derechas y por tanto, se presentaba como otra decisión errónea de Bush y la derecha, alguien que no debía acceder jamás al Tribunal Supremo.
 
En medio de todo ese ruido, las audiencias y las respuestas de Alito a las preguntas de los senadores del Partido Demócrata han ido aclarando las cosas y probando una a una la falsedad de tales acusaciones. Tanto es así que el Juez Alito fue recibiendo, uno tras otro, elogios y apoyos permanentes por parte de la inmensa mayoría de los expertos del sistema judicial norteamericano. En lugar de retroceder, y como es costumbre en todas las áreas de la vida política y la vida pública, la derecha norteamericana, sus analistas políticos, sus comentaristas, institutos y centros de pensamiento, así como algunos medios de comunicación lanzaron una batalla intelectual directa y contundente contra tales acusaciones y contra la izquierda norteamericana.
 
La batalla se inscribía sobre la base de hechos y realidades, no de demagogias ni fanfarronerías. El resultado es que Samuel Alito será confirmado en estos días, coincidiendo con el discurso presidencial del Estado de la Nación. Su confirmación será tan justa como injustos han sido los ataques desde la desesperada izquierda del Partido Demócrata y sus activismos de presión. Es así como Samuel Alito será el Juez número 110 del Tribunal Supremo de EEUU. Su confirmación es el resultado de la fuerza de la derecha conservadora para exigirle a su Presidente la dirección constitucionalista que debe tomar el más alto tribunal de la nación.
 
La confirmación de Alito constituye, en sí, la demostración de que sobre la razón de una necesaria batalla de ideas, la izquierda norteamericana tiene poco o nada que rebatirle a la derecha. La táctica no es otra que mostrar con datos, hechos y claridad los fundamentos que sostienen su ideología y las maneras en que esa ideología revierte en el bien y el progreso de la ciudadanía. En el capítulo judicial, la derecha norteamericana quiere jueces que respeten la Constitución; la izquierda prefiere el activismo judicial de jueces que lean e interpreten a su modo y voluntad esa Constitución. La derecha desea jueces que se centren en la órbita judicial; la izquierda anhela jueces que dicten sentencias desde presupuestos políticos, o sea confundiendo el fondo del Poder Judicial y politizando la labor de los jueces.
 
A la luz de este ejemplo judicial, es posible ver algunas realidades sobre el fracaso de las izquierdas en la arena de las ideas y cómo la derecha norteamericana, lejos de complejos y temores, es capaz de avanzar sus proyectos sobre la claridad de argumentos y la exposición detallada de asuntos e ideas. Según los enemigos de la derecha norteamericana, Alito –como antes los otros jueces nombrados por presidentes republicanos (Scalia, Thomas, Roberts) iban a destruir el “equilibrio” del Tribunal Supremo. Las minorías iban a perder su derecho al voto, Bush se convertiría en un dictador, la derecha era la extrema derecha asesina que aumentaría la pobreza, que permitiría que las niñas de diez años fueran desnudadas para buscar droga en sus genitales… y así barbaridad tras barbaridad.
 
El lector puede ver estas ideas en las declaraciones, preguntas, insinuaciones y escritos de la izquierda del Partido Demócrata y en su amenaza permanente de bloquear el proceso de confirmación con el llamado “filibuster”, o sea algo filibustero y pirata muy propio de las izquierdas políticas incluidas las de EEUU. Escribimos esto porque el mandato presidencial incluye este derecho del Presidente a nombrar al candidato que mejor considere, de ahí que la derecha norteamericana debió aceptar –aunque no le gustara- las dos nominaciones activistas y extremistas de Bill Clinton en los años noventa, una de ellas la de Ruth Bader Ginsburg, actual jueza del Tribunal Supremo de EEUU, cuyos escritos y posicionamientos resultan absolutamente radicales y heredados de su antigua presencia en sindicatos como la ACLU y en otros grupos del feminismo radical, siempre tan alejados del constitucionalismo.
 
No decimos –porque sería erróneo- que la izquierda en EEUU esté muerta. Si tras varias décadas de asalto a la libertad no ha muerto, dudamos que jamás lo haga. Pero sí puede hacérsele frente aclarando a la ciudadanía las permanentes falsedades y tergiversaciones que se venden como verdades incontestables. Es de esperar que el Partido Demócrata entre de nuevo en su sano juicio y deje atrás la turba de grupúsculos de presión y cabildeos que lo apoyan y presionan. Pero pensemos por un momento en las fallidas tácticas y argumentos de la izquierda norteamericana, puestas en la picota por la rectitud y claridad de ideas del ideario liberal-conservador. El caso Alito es un ejemplo a tener en cuenta.
 
La izquierda norteamericana, variante más suavizada de las otras izquierdas internacionales, revela siempre un idéntico modus operandi: la demonización del enemigo, la conversión de gentes honradas en personajes diabólicos. Thatcher, Reagan, Aznar, Bush… y ahora el mismo Juez Samuel Alito. Es la misma historia con el mismo libreto de destrucción. Eso es lo único que pueden hacer porque su ideario –si existe de verdad- es incapaz de competir intelectualmente con el ideario y la sólida base del liberalismo conservador de la derecha. De ahí surge la arrogancia y el mito creado sobre la mentira de que las izquierdas son intelectualmente superiores.
 
Por eso al Juez Alito, la izquierda le ha llamado veladamente mentiroso, racista, sexista, homófobo… y todo lo imaginable hasta el punto de que la misma esposa del nominado tuvo que salir llorando de la sala de audiencias en el Senado ante los improperios, malignas insinuaciones y ataques a la persona de su esposo por parte de los senadores demócratas, más pendientes de servir a su base radical de izquierdas que a la justicia. Frente a tanta tergiversación, Samuel Alito ha sido elogiado por varios jueces federales y, en ese sentido, fue ya confirmado unánimemente en dos ocasiones anteriores como Juez Federal por votación de todo el Senado.
 
La actitud de la izquierda estadounidense ahora –y particularmente de senadores como Kennedy, Schumer o Biden- confirma la desesperación en que está cayendo esa ideología. La razón no es otra que la batalla intelectual sobre las ideas que la derecha norteamericana viene dando todos los días sobre argumentos sólidos y obras comprobables. Para realizar esa batalla se echa mano de todos los medios legales posibles y de toda una base intelectual de ideas y pensamiento que ejemplifican muy bien varios medios de comunicación y centros independientes y privados. El último número de la revista Weekly Standard es un ejemplo de cuanto decimos, con magníficos artículos realizando un análisis riguroso sobre la cuestión judicial en torno al caso Alito. Lo mismo podemos decir de las páginas del Progress for America Voter Fund, donde se incluyen excelentes vídeos que, para cada caso y acusación, desmontan con ideas las falsedades suscritas por la izquierda.
 
El progresivo triunfo del ideario liberal-conservador en EEUU, mostrado por la claridad intelectual de la base social de la derecha norteamericana, va dejando claro que se recogen los frutos ideológicos en un país que se niega a aceptar los extremismos de unas izquierdas fatídicamente alejadas del espíritu y la letra de la Constitución. Al margen de las notables diferencias, los paralelismos con España resultan más obvios de lo que inicialmente pudiera parecer. De ese particular y de la aplicación del fondo de todo esto al caso español trataremos en nuestra próxima colaboración.


 
 
Alberto Acereda es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos.
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Colaboraciones nº 767   |  25 de Enero de 2006

Ex Roma Lux. Una derecha social, una opción política

José Luis Orella, en el número 65 de Arbil (“Italia, la formación de una Derecha Nacional del MSI a la Alianza Nacional”) ha descrito, por primera vez en español y para españoles del siglo XXI, la historia de la derecha italiana desde la Segunda Guerra Mundial. La apasionante aventura de un Movimiento político nacido de la derrota militar del Fascismo concluye, o culmina –según se quiera ver- con la normalización política de Alianza Nacional, su definición como “contenedor amplio” de una Derecha plural.

Por Aurelio Padovani

Conocemos ya la “Trayectoria política e ideológica de un movimiento”. Tras el Movimiento, o junto a él, o dentro de él –lo veremos- queda una inmensa realidad política, social, cultural, juvenil y económica: Alleanza Nazionale.

En las siguientes páginas, que tratarán de ser breves, se intentará exponer un análisis español sobre la trayectoria de AN en el marco del centro derecha italiano, y específicamente de su dimensión más popular o nacional – popular, programáticamente abierta a un catolicismo social como expresión hoy privilegiada. A continuación se valorarán los puntos de fuerza y de debilidad del proyecto de fondo, y se expondrá la razón de su actual aplicabilidad (o inaplicabilidad) en España. Pero permítasenos empezar con una necesaria digresión general sobre el estado actual de la derecha europea.

1. La derecha europea, entra la marginalidad y la realidad

La sombra de Jean Marie Le Pen es alargada. No nos corresponde aquí hacer una crítica ideológica de su partido y de quienes lo imitan. Pero sí es necesario, al hablar de Italia (con una derecha de origen fascista plenamente legitimada en las urnas y en las instituciones), entender por qué no ha sucedido lo mismo en otros lugares.

No se trata de una cuestión de votos. Votos, en número y en porcentaje, los tiene Le Pen como Fini, o más. Sin embargo, no gobierna, y por consiguiente carece de influencia en las decisiones públicas. En un peculiar círculo vicioso, el Front National no participa en el poder, por no hacerlo no se legitima, y por no legitimarse es inviable como alternativa de Gobierno o como parte de una coalición alternativa de fuerzas. Su única opción es la mayoría absoluta en primera persona, meta problemática, enajenándose así de antemano toda intervención previa en los problemas de Francia. Le Pen denuncia problemas reales y tal vez propone soluciones posibles, pero ha elegido un camino muy difícil: el aislamiento y la marginalidad.

El FN renuncia a hacer política, se mantiene "puro", y por la misma razón se aleja de la realidad social. Incluso si un día lejano llegase a obtener el poder, lo haría en una sociedad irreversiblemente cambiada en muchos sentidos; y esto como alternativa a una acción realista que, sin renunciar al poder futuro, ofrezca soluciones desde ahora.

Le Pen, sin embargo, es tomado por modelo en casi toda Europa. En parte de buena fe, por su indudable éxito electoral. En otra parte por atavismos tribales y doctrinales mal curados, que ven en ese sectarismo, aislamiento y marginalidad la única posible vacuna para defender la “pureza”. ¿Qué pureza? La doctrinal. ¿De qué doctrina? No se sabe bien, o se sabe demasiado bien: una equívoca confusión salpimentada de nazifascismo nostálgico y ciego. ¿Frente a qué enemigos? Frente a las exigencias de la realidad política cotidiana. Le Pen apuesta por este irrealismo con un quinto de los votos de Francia y un remotísimo horizonte de victoria. Sus imitadores, sin ni siquiera eso.

Las últimas noticias nos confirman en estas impresiones. El NPD alemán obtuvo un éxito electoral en el Sarre, y casi entró en el Landtag. En Sajonia lo ha hecho, con el 9% de los votos, y la DVU en Brandenburgo con más del 6%. De vez en cuando la prensa se escandaliza con “amenazas” del mismo tipo, que sólo atemorizan a los nostálgicos de la izquierda y sólo regocijan a un puñado de miopes nostálgicos de la extrema derecha del pasado. Porque, en muchos de estos casos, se ha entrado en la dinámica Le Pen, y por buenas que fuesen las propuestas políticas se colocan automáticamente fuera del juego, sus defensores no pueden (y a menudo no quieren) acceder a responsabilidades compartidas de gobierno. Mantendrán, efectivamente, su pureza ideológica y su virginidad democrática. Pero si esperan, como Le Pen, que se repita para ellos el caso de Hitler en 1933 es que ni conocen la historia real del movimiento nazi ni, en realidad, desean otra cosa que vegetar en la irrealidad.

Dos pruebas pueden aducirse para fundamentar este análisis crítico. Una, el éxito real de quienes, partiendo de premisas similares, se han acercado al realismo político de Fiuggi y han aceptado jugar el juego de la política. Así, Pym Fortuyn en Holanda y Georg Haider en Austria han implicado más cambios reales en sus países y mayores amenazas para el establishment que un cuarto de siglo de Front National. Y la segunda prueba, la diferente percepción del poder local y regional según los casos. En Italia, para Alleanza Nazionale la conquista de alcaldías y regiones y la eficaz gestión desde ellas ha sido decisiva para la legitimación irreversible; en Francia y en otros países o se ha evitado esa tarea o se han dado pruebas de escasa capacidad para el gobierno real. Es el mismo error que Blas Piñar cometió en España al no presentarse a las elecciones municipales de 1979.

Como decía hace unos meses una de las más jóvenes promesas de la vida pública española, “¿Qué es más importante? ¿Una manifestación de CUATRO personas o una corriente dentro de un partido con miles de votos capaz de influir en el rumbo ideológico de éste?“. De hecho, AN influye más en las políticas de su país, en coalición y con menos votos (aunque más movimiento), que el FN. La inoperancia nunca es un camino atractivo para quien quiere hacer algo positivo, y la incapacidad de intervenir en política -léase aislamiento- sólo es una política cuando se aspira con fundamento al poder total. Desde el punto de vista pragmático –el de la Alleanza Nazionale que gobierna con Berlusconi- no hay dudas. Tampoco entre los que opinan lo contrario, alimentados en su camino a la marginalidad por una cierta tendencia suicida a parecer incluso peores de lo que realmente son. Como ha dicho la Süddeutsche Zeitung, Göbbels recomendaba en 1933 a los diputados nazis ser lobos con piel de cordero para destruir el régimen de Weimar; y en cambio los representantes electos de la ultraderecha suelen resultar ovejas (y borregos) con piel de lobo. No sólo en Alemania: la peor combinación posible es una imagen pública radical o poco tranquilizadora acompañada por una marginación política y unida a un desempeño ineficaz, cuando no catastrófico, de los eventuales cargos públicos obtenidos.

En definitiva, como dijo un pensador de referencia del área de la Derecha italiana, "... noi non vogliamo esser mummie perennemente immobili con la faccia rivolta allo stesso orizzonte ... No queremos ser momias con el rostro permanentemente vuelto al mismo horizonte (y a la misma impotencia fáctica, cabría añadir). Está por ver en qué lado están los incoherentes, los apóstatas y los desertores ... Si mañana hay un poco más de libertad en Europa ... desertores y apóstatas habrán sido quienes, en el momento en que se trataba de actuar, se hicieron displicentemente a un lado." Es toda una declaración de intenciones, casi se diría de “centro reformista” o de puro “patriotismo constitucional”, en todo caso un llamamiento al pragmatismo y al realismo, y a la política real del tiempo que corre. Pero este autor no es un peligroso neoconservador yanqui, ni Gianfranco Fini –el amigo del Likud- ni Gianni Alemanno –en “escandaloso” diálogo abierto con el mundo democristiano-. Son las ideas y las palabras de un hombre ya muerto cuando ellos nacieron, y sin embargo tan pragmático en política como puedan serlo ellos. Benito Mussolini.

2. Alleanza Nazionale en el centro derecha italiano

Como recordaba José Luis Orella, Silvio Berlusconi lideró el Polo de la Libertad el 13 de mayo de 2001, cuando logró la mayoría absoluta en unas elecciones generales. Alleanza Nazionale, con un vicepresidente y cuatro ministros en el Gobierno, había logrado un objetivo diez años antes impensable. Cientos de Ayuntamientos, miles de concejales y de consejeros regionales y, además, la presidencia de la región del Lacio para Francesco Storace. ¿Los nietos de Mussolini habían logrado todo?

No todo era, ni es, fácil. A los problemas del día a día político se han sumado los problemas internos de organización, y sobre todo una crisis de identidad en la derecha italiana.

Como ha escrito Pierre Milza, durante años los observadores se han preguntado si la “conversión” de Fiuggi era real. Y la pregunta era absurda para quien conociese honestamente la veta cultural dominante en la derecha italiana, porque la idea de Fiuggi no era en absoluto nueva. Como ha escrito recientemente Gianfranco de Angelis, “ya en 1950 … Julius Evola había entendido lo que iba a suceder, y exhortaba, aprendiendo de la experiencia pasada, a mantener lo esencial y a abandonar lo contingente”. Era real, pero lejos de ser una rendición era una victoria.

Tal es la experiencia del paso del MSI a AN. La transversalidad (la acción social sin complejos históricos) ya había sido teorizada y practicada por las juventudes del MSI, desde los Campos Hobbit de la época de Marco Tarchi hasta las grandes manifestaciones de los 80, encabezadas por los hermanos Augello y el hoy ministro Gianni Alemanno. Eran los discípulos de Julius Evola y de Pino Rauti (¡los radicales, los extremistas!), y esto lo recuerda siempre con orgullo Alemanno. De las dos grandes almas del neofascismo hacia 1990, el nostalgismo historicista era patrimonio del entorno almirantiano, desprovisto de referencias culturales fuera de los autores fascistas de los años 30. Doctrinalmente eclécticos, en definitiva aceptaban el idealismo de Giovanni Gentile, el estatalismo y la socialización corporativa como dogmas. Era el alma conservadora del movimiento, cerrada al diálogo con la realidad; era el MSI de Almirante, y el de Gianfranco Fini, nacido para resistir pero no para vencer.

Pero frente a ellos, o mejor dicho junto a ellos, el Movimiento siguió vivo, siguió siendo joven, y sobre todo aceptó la idea básica del pensamiento evoliano: aceptar la realidad moderna, vivir sin temor en ella, pero no dejarse dominar por ella; asumir su decadencia como premisa para una lucha y una restauración ante todo espirituales. Frente al activismo ciego y a menudo anarcoide, lleno de continuas querellas y decepciones, desde este filón cultural se propuso sucesivamente la importancia de la vida (y de la vía) espiritual, la necesidad de una batalla metapolítica frente a los mitos culturales del adversario, la oportunidad de encarnar esa batalla en pequeñas comunidades (ante todo juveniles), la conveniencia de seleccionar y formar en la contemplación y en la acción a los líderes futuros de un movimiento popular amplio, variado, diverso, abierto pero con una columna vertebral nacional – popular muy perceptible.

Fiuggi primero, y la acción de gobierno de AN después, nacen de la feliz conjunción de dos elementos, tras la “travesía del desierto” de cinco décadas: la masa social missina, devuelta a la política junto a los más inteligentes y menos nostálgicos de sus líderes (Fini a la cabeza) y el proyecto de la minoría que supo mantener a un tiempo las tres líneas esenciales del frente: el contacto privilegiado con la realidad social y política, el nexo con una cultura “de derechas” y la vida comunitaria a pequeña o gran escala (pero en todo caso, espiritualmente fuera “del mundo moderno”: los “jóvenes coroneles” que, dejando a un lado a Rauti, apostaron por Fini.

Desde un punto de vista católico, nunca se valorará suficientemente la acción del malogrado Adriano Romualdi, que hizo posible el tránsito del evolianismo paganizante (“mito incapacitante” según Marco Tarchi) a un reconocimiento desde la fe de la conexión entre la lucha del Movimiento y la defensa de la Iglesia. No es casualidad que la línea interna de AN más abierta al diálogo con el mundo del catolicismo social, al que de hecho pertenece, sea de hecho la Destra Sociale de Gianni Alemanno. La paradoja sólo sorprenderá a los lectores superficiales, o a quienes se hayan quedado anclados en los estériles debates de hace décadas.

¿Qué es hoy Alleanza Nazionale? Es el primer partido de Italia en afiliación y en capacidad militante, es el segundo partido de la coalición de Gobierno en votos y en poder (y sus votos crecen, mientras que los de Silvio Berlusconi decrecen). Es, también, la punta de lanza de una red social, un movimiento, en el que caben las iniciativas más dispares, sindicales, juveniles, ecologistas, deportivas, regionales, feministas y un sinfín más de “frentes”. Esta realidad es el fruto de una intensa vida comunitaria, en la cual los afiliados no se limitan a votar o a desempeñar cargos, sino que viven “en” y “para” el movimiento, dentro del cual toda libertad es posible.

No es, sin embargo, un partido totalitario, porque en él hay debates intensos, a veces feroces, opciones contradictorias y sobre todo una riqueza de discurso impensable tanto en el fascismo como en la derecha liberal. Es, declaradamente, una “derecha plural”, unida por unos valores de fondo pero con expresiones liberales y expresiones sociales, al menos en tendencia. El pluralismo no se define por el origen ni esencialmente por personalismos, sino por diferentes acentos puestos en diversas partes del discurso común. Hay, por otra persona, advenedizos y no pocas personas que buscan hacer carrera, o que en todo caso anteponen la carrera y las necesidades electorales a las cuestiones de fondo. Pero hay un puñado de personas de altísima calidad militante y una red de asociaciones que tiene el propósito declarado de mantener el rumbo y de conjugarlo con las necesidades contingentes.

“Socializar un estilo de vida aristocrático en un estrato social creciente”, la ¿utopía? de Peppe Nanni reiteradamente recordada por Gianni Alemanno. En torno a esa idea, el pluralismo de AN es también “vertical”, de hecho aunque no de derecho, pues la formación y la exigencia no es ni uniforme ni igual para todos. Un hecho observable –no una norma, lógicamente- que permite pensar en un diseño de fondo a largo plazo.

Esa “derecha plural” tiene ciertas ventajas políticas. Habiendo superado la demonización pero no temiendo la claridad, puede afrontar sin temer ningún tema, y sorprender en muchos. En políticas sociales y ambientales, por ejemplo, la “derecha” es más exigente que la izquierda. La “derecha” ha profesionalizado el Ejército y trata de liberalizar la economía, ya que no opera con dogmas sino con principios.

La segunda ventaja viene dada por al relación con el resto de la coalición de centro-derecha. En ella, Forza Italia depende enteramente de Silvio Berlusconi, carece de arraigo social y doctrinalmente oscila del populismo al liberalismo. La Liga Norte, abandonado el separatismo, ha obtenido el federalismo –que AN defiende en nombre del patriotismo y no contra él- y se ha quedado sin más discurso. Además, parte de sus dirigentes proviene a su vez del mundo del MSI, y las convergencias no son imposibles. Los democristianos de derecha se encuentra a gusto con los jóvenes de AN, que hablan su mismo lenguaje –subsidiariedad, valores, familia-. Los socialistas de Gianni de Michelis defienden un socialismo “tricolor” a su vez impregnado del mensaje social de AN. Y, por último pero no menos importante, el 3 ó 5 % de los votos que obtiene la derecha radical neofascista (dos eurodiputados en las últimas elecciones europeas) ha terminada siendo necesario para las victorias electorales de la Casa de las Libertades de centroderecha, tras acuerdos en los que AN ha debido ser el discreto negociador y en los que, sobre todo, se ha reforzado el peso de su componente social.

El lector español, llegado a este punto, dirá: “Muy bien, pero todo esto no tiene nada que ver con España”. Y, acertando, se equivocará.

3. Virtudes y defectos de un modelo ¿exportable?

El pluralismo interno de AN, y la existencia de una coalición y no de un partido en el centro derecha italiano marcan una gran distancia con España. Tal vez sea más llamativa la diversidad reconocida y aceptada que el mero tecnicismo de la forma jurídica. En el fondo todo es mucho más sencillo de lo que puede parecer, porque en el seno de un Movimiento es natural el pluralismo; eso sí, un pluralismo jerárquico, como apunta Marcello de Angelis en “Area” de octubre de 2004: “Que los nuestros sean los más honorables y que nos devuelvan el orgullo de ser ciudadanos de nuestro país. Hecho esto, que nos pidan cualquier sacrificio: estamos dispuestos a volver al combate”. Así, el pluralismo no se acepta como un mal necesario (“Hemos de unirnos para vencer”) sino como un bien en sí mismo (“unidos venceremos, y los mejores hombres, con las mejores ideas, deberán dirigirnos”).

La aceptación de la diversidad interna no carece de problemas. Para empezar, entró en contradicción con el “alma” totalitaria del post fascismo, con su estilo caudillista tan del gusto de los nostálgicos, de Almirante y de los dirigentes veteranos. Aún hay tentaciones en ese sentido. Pero ser diversa y variada ha permitido a AN ser grande y serlo sin fracturas, y además –sobre todo- relacionarse con flexibilidad dentro y fuera de la coalición de Gobierno, con una ductilidad que ni siquiera los más optimistas esperaban y que desde luego Berlusconi no puede igualar pero que necesita.

Naturalmente, AN tiene muchas de las ventajas y algunos de los defectos de los partidos totalitarios del siglo XX. Se basa en la convivencia humana, y tiene una base irreductible en todo momento y circunstancia. Genera militancia, lo que confiere al partido una apariencia muy superior a sus limitados medios económicos. Tiene una organización democrática, pero hay un lenguaje y un estilo internos totalmente propios; no es un partido de votantes, ni de dirigentes, sino una genuina comunidad popular. Con varios problemas, y el primero es que su gestión y gobierno requiere energías muy superiores a las de un clásico partido de burócratas con cargo y con sueldo.

AN es, de hecho, el centro de la coalición de Silvio Berlusconi, que sin su presencia (votos e influencia) no existiría. La ya añeja cuestión del futuro (“¿Qué pasará cuando Berlusconi se retire?”) de momento no se plantea, y AN ha mostrado una inesperada unidad en la lealtad. Es, por un lado, la apuesta personal de Gianfranco Fini, que se legitima a la sombra de Berlusconi y que aspira al poder sólo en un remoto porvenir; pero es también el camino de toda AN, que ha evitado así, conscientemente, el destino inútil y marginal de toda la derecha radical de los demás países. Es más: incluso en Italia, la derecha radical, sus pequeños partidos y sus votos (cientos de miles, por lo demás) se revelan políticamente operaqtivos precisamente porque la Casa de las Libertades se les abre a través de AN. Una Derecha que ha sabido permanecer unida y centrada, venciendo elecciones –no hay efecto Irak en Italia- sin perder su variedad. Tal vez, precisamente, porque los aprentes defectos sean virtudes.

4. España en el horizonte

Mientras tanto, en España, parece vivirse en otro planeta político. Las personas que en Italia formarían la Casa de las Libertades, y Alleanza Nazionale, y su Destra Sociale, y todo su espectro político y humano, están básicamente en el Partido Popular. Dirigentes, cuadros, cargos, militantes, afiliados, votantes y simpatizantes: todos ellos. Negarlo es negar la evidencia. Sin embargo, el PP no es heredero de las mismas tradiciones políticas, y se limita a hacer política, a participar en elecciones y a gobernar, sin tener un idéntico sustrato social, cultura y juvenil, por ejemplo. Es un partido burocrático y mucho más rígido, que contiene básicamente la misma diversidad que la Casa de las Libertades, pero que no la evidencia y no se sirve de ella para obtener consensos. Antes bien, en ocasiones trata de reprimirla, no siempre con acierto y no siempre con éxito. En el entorno popular cabe lo mismo que en la Casa de las Libertades, y de hecho es algo evidente, pero hasta ahora eso no se ha formalizado y no se ha empleado. Quien seguramente sí lo ha intuido (y lo ha evidenciado en su selección de colaboradores) es José María Aznar.

Fuera del PP, en una marginalidad que ni el más pequeño partido ultra italiano imagina en su peor pesadilla, hay un radicalismo que sueña con un “modelo Le Pen”. En España, efectivamente, la CTC, el PADE, DN, las cincuenta Falanges y los herederos de Blas Piñar no cuentan nada a efectos políticos prácticos, ni electorales. Hay, además, descontentos de los compromisos y tibiezas del PP, cuando no de sus errores, pero esto fomenta más la abstención que la carrera hacia el abismo. Como ha escrito un destacado analista gallego al respecto: “sí hay un sector de opinión que a veces ha hecho el mismo efecto que en Italia MSI/FT y la Lista Mussolini, que es el católico. Por eso la protesta contra el aborto no deja de ser significativa. Es un camino por el que, a diferencia de otros, esa gente sí puede adquirir cierta relevancia política y electoral. Pero la manera de abordar el problema político que supone ese voto de protesta es, evidentemente, que dentro del PP haya gente que lo represente, de manera que se le tenga en cuenta de alguna forma. Es la vía Destra Sociale, en definitiva, que es coherente con los principios, pero también constructiva y políticamente útil.”

Lo que algunos no pueden comprender, y esto parece por desgracia irreversible, es que utilizar el PP para hacer política no significa asimilarse sin más al amorfo centrismo reformista y liberal. Significa, por el contrario, luchar por la libertad dentro del PP, de tal manera que el pluralismo deje de ocultarse, y de que quepan en ese mundo desde los gallardones hasta los simpatizantes de Familia y Vida. Ya están allí, en realidad, y lo importante es que adquieran –con formas diferentes por necesidad a las italianas- su peso específico. Y que esto no es una ilusión vana lo demuestran los hechos del segundo mandato del PP con mayoría absoluta, y la vida del PP después del 11 M: dentro del PP hay sensibilidades cercanas a la de Alleanza Nazionale que han dado lugar a medidas concretas de gobierno. Hay un tímido despertar, en puntos concretos, de iniciativas culturales, sociales, mediáticas, juveniles y de voluntariado que refuerzan el peso de lo católico y de lo social en el entorno del PP, sin caer en la vulgaridad centrista.

Esa doble opción (o reforzamiento del pluralismo en el PP atendiendo a las bases militantes o deriva lepeniana de alguna consideración) va a tener en los próximos meses tres piedras de toque. Hay tres temas capaces de movilizar, simultáneamente, a la derecha social española en porcentajes muy apreciables. Si el PP sabe gestionar la cuestión separatista, el debate moral y el problema de la inmigración sin ceder a la corrección política de la izquierda, o al menos respetando y amparando las posturas más ortodoxas en su propio seno, no habrá jamás espacio para un Le Pen español (estéril por lo demás, como se explicaba más arriba). El precio, por supuesto, será un cierto nivel de cambios de hecho, aunque no de derecho, en la vida de la derecha española, una relativa convergencia con Italia.

Esto se basa en suponer buena fe a todas las partes, y sobre todo que la derecha española de 2004 será más inteligente que la francesa de los 80. En todo caso, incluso si funcionase un Le Pen espàñol, del que tanto se habla en estos días, sería un error de bulto, porque ¿qué ha conseguido Le Pen en 30 años? Muy bien, el 12, el 15, el 18 % .. ¿y? Las cosas no han cambiado, no ha participado en política, no ha tenido espacios sociales e institucionales; y por otro lado se ha aislado, ha favorecido sucesivas victorias de la izquierda, y en suma ni ha avanzado hacia la conquista del poder ni ha construido partes sanas de la sociedad que resistan mejor lo que se nos viene encima. Una "derecha plural" que deje espacios de libertad es la única opción a largo plazo.

5. Epílogo para (algunos) españoles

Hay un aspecto esencial del proyecto de Alleanza Nazionale y de su derecha social que a día de hoy, y por un futuro previsible, no se da en España. Ya se ha sugerido más de una vez cómo la situación institucional, el sistema de partidos, la dinámica social y los fundamentos ideológicos son compatibles, en más de un sentido, con la difusión del estilo y del mensaje de A.N. también en esta otra Península. Es algo que, incluso, puede estimarse que ya ha comenzado a suceder, como se apuntaba, o que puede suceder de inmediato. También sabemos que, en el área católica convencionalmente situada “a la derecha del PP” (importa poco si dentro o fuera de él) la tentación irrealista, nostálgica y en definitiva lepeniana compite ya con un realismo minoritario pero doctrinalmente superior de matriz italiana.

Pero la derecha social italiana, además de su historia y de su enorme ventaja en todos estos terrenos –que serían sólo diferencias circunstanciales no esenciales- tiene en su núcleo, como se ha visto una dinámica movimentista/comunitaria y una vanguardia militante, viva y rejuvenecida, imbuida de un estilo y de una dedicación que van mucho más allá de la política. Ese manípulo de personas son la minoría dirigente y la razón de ser de la derecha social en Italia. En España, hoy, no se da la conjunción de personas que permita pensar en nada similar.

Sin duda hay personas convencidas de las virtudes de esta línea de acción social y política, pero falta una vanguardia de tales características. Puede ser una cuestión de estilo, de azar, de voluntad o de comodidad individual. Puede también deberse a una conjunción negativa entre la tradición institucionalista, providencialista, mesiánica y pasiva de la derecha española, los vicios públicos y privados de la ultraderecha local y los evidentes atractivos de la vida contemporánea –incompatibles con una acción de vanguardia militante, salvo que ese Movimiento ya disponga, como en Italia, de una pequeña vida social autónoma. Pero lo cierto es que, salvo que se recuperen proyectos ahora mismo congelados, en España se puede dar la paradoja de disponer de todos los elementos objetivos necesarios para la consolidación de una derecha social y fallar precisamente el elemento subjetivo. Cuestión tal vez de pocas personas, que tal vez sí existan y sí estén preparando el trabajo remoto: ese horizonte comunitario, espiritual, ético y metapolítico que explica el éxito y el porvenir de A.N. sería el primer punto en el orden del día de una A.N. española. Sin él, cualquier imitación no pasará de ser un intento de construir la casa por el tejado. Casi tan lamentable –¡casi! Porque es preferible un militante que yerre que uno que se retire sin más a la vida privada- como la recurrente, estéril y esterilizante imitación de Le Pen, racionalmente menos atractiva e intelectualmente menos sugestiva, además.

Hemos de quedarnos, sin embargo, con la llamada a la esperanza, y a la militancia (¿católica o postfascista? ¿Patriótica o social? ¿Importa eso realmente?) de Nicoletta Liguori en “Area”: “En el siglo XX hemos vivido y oído contar muchas historias, muchas vicisitudes a las que habríamos preferido poner sordina; pero no ha faltado el valor a quien era consciente de tener tareas importantes que desempeñar. Cada uno con su Cruz, como dice un refrán … Como ha dicho el Papa, no hay que temer: si la Iglesia ha superado los terribles “ismos” del siglo pasado, y está aún más viva y presente, es por la constancia y la perseverancia de los suyos. ¡Levantaos, marchemos!

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, número 86, octubre de 2004

La “Nancy” y la bandera

Mientras la bandera de España no comparta espacio con la gitanilla de plástico y la “nancy” legionaria encima del TV, la derecha social no tendrá rango político significativo en nuestra Nación. Mientras cualquier reivindicación de trabajadores despedidos no esté orlada con la bandera nacional junto a los carteles mentando a la progenitora de los dueños; la transversalidad que necesita la derecha social será sólo un desideratum de sus mentores sólo cercano cuando el partido de la selección nacional comienza, siempre lejano el resto del tiempo. Quizá ahora la novedad para la transversalidad deportiva sea Fernando Alonso. Nada más.
La Nación es un espacio de solidaridad. El trabajador despedido injustamente sólo puede buscar el amparo de la Justicia si la Nación-Estado es lo suficientemente fuerte como para hacer cumplir el Derecho que le asiste. El enfermo crónico, el impedido para trabajar, sólo puede encontrar el sustento sin recurrir a la beneficencia, en la caja de solidaridad que sus compatriotas hacen realidad con su esfuerzo y cotizaciones. El ciudadano al que sorprende la necesidad o el desastre en el extranjero sabe que puede encontrar auxilio en la legación diplomática de su Nación que, en caso extremo, está dispuesta a defender por la fuerza la vida de cualquier compatriota donde quiera que esté.
El separatismo y la izquierda están rompiendo la caja de solidaridad sin que la bandera de España ondee un primero de mayo salvo excepciones honrosas. Deporte a un lado, la bandera de España es extraña e incómoda en las casas en las que suena el despertador a las seis de la mañana.
Es inútil buscar una explicación única a este sentimiento antinacional, por otra parte tan ausente en el contexto internacional donde el trabajador y el empresario se reconocen en ese espacio común que es la Nación aún desde posiciones políticas diferentes.
Significados políticos contemporáneos reconocieron su fracaso en la socialización de la derecha y en la españolización de la izquierda. Posiblemente sea demasiado común ejemplificar el primer caso en José Antonio Primo de Rivera y el segundo en Indalecio Prieto. Sin embargo, la cuestión no puede resolverse de manera tan expeditiva, al menos, en el primero de los personajes.
En las fuentes ideológicas de Falange Española, nótese que deliberadamente rehuyo la denominación de fascismo español, está sin lugar a dudas el fascismo italiano. En este sentido, si puede asumirse que el fascismo una vez en el poder, sienta las bases de lo que hoy podría ser la derecha social, sólo fue después de resolver –a favor del primero- la polémica entre Federzoni y Farinacci. De manera no muy diferente, si el franquismo incluso posterior a la derrota del Eje, también puede aceptarse como referente en la praxis política, para la derecha social, sólo es tras imponerse la visión de Girón de Velasco sobre la de Ramiro Ledesma en el papel otorgado a los sindicatos.
En definitiva, hablamos de un ejercicio de la solidaridad a partir de una filosofía paternalista ejercida por el Estado, totalitario primero, sólo intervencionista al final. Pero en cualquier caso, si el Estado era la mano visible de la solidaridad, repudiado éste por el cambio de régimen, a todos sus símbolos se les ha practicado la lapidación pública en una sociedad mediática que da al traste con la transversalidad de la bandera de España por ir en el cesto común de lo que arde en la pira.
Pero entre las fuentes ideológicas del falangismo, está también la aportación soreliana; la revisión del marxismo hasta su profunda crítica por su falta de dimensión espiritual. Si esta lectura se hubiera impuesto sobre la del Estado-tutor, la solidaridad se hubiera ensanchado dentro de la idea orteguiana de Nación-empresa –asumida también por José Antonio- y, posiblemente, hubiera conformado un orden político diferente cuyo futuro no hubiera estado ligado a la vida del General que ganó la Guerra Civil.
Mientras prosiga la lapidación pública, metódicamente repetida, de los símbolos del régimen anterior, mientras la izquierda sustente con éxito la disociación entre la Nación y la solidaridad, para quedarse con la segunda y mientras la bandera no encuentre un hueco en la TV de plasma junto a la “nancy” legionaria, todo será perseverar a la espera de mejores tiempos en los que cualquier currante puesto de patitas en la calle grite la dudosa reputación de la progenitora de su jefa con una bandera de España en la mano.

José Manuel Cansino

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006

La necesidad de una derecha social

La creciente influencia del relativismo en todos los sectores de la sociedad, y los agresivos ataques deshumanizadores contra la familia, el matrimonio y los no nacidos, proyectan la necesidad de articular un nuevo movimiento social que defienda a la persona. Un proyecto que sea moderno, social y moral, que presente sin miedo un modelo valórico donde los perseguidos de hoy encuentren el hogar político que buscan. Esos perseguidos forman en la actualidad una masa social que ha demostrado a través de cuatro mastodónticas manifestaciones, tener el control de la calle. El elemento nutricio del que se alimenta la acción cultural que va dando forma a esa “arcilla” social, que los fallos del gobierno y de la oposición va depositando en sus manos, es el catolicismo. La necesidad de una estructura de principios que sustente una superestructura económica social, está dando protagonismo a una nueva intelectualidad católica, acreedora del pensamiento comunitario, e independiente de siglas políticas. Ese nuevo demiurgo católico va proporcionando un sostén ideológico, a través del comunitarismo, a una base social divorciada del liberalismo individualista imperante en el partido de la oposición; pero añadiendo unos cimientos morales a una sociedad que se ve atacada y constreñida por las nuevas medidas del gobierno.

 

Los triunfos del PiS en Polonia, el protagonismo de la UDI en la oposición chilena, y el aumento de la importancia de las enseñanzas económico-sociales en el Polo de la Libertad italiano y en la CDU-CSU alemana, van marcando un camino abierto hacia las formaciones de derecha social y popular, sustentadas en una base moral, totalmente alejadas del reformismo centrista y el relativismo ideológico. El futuro en España va a estar en manos de la coherencia, como la que protagoniza la formación católica, AES, que ha dirigido varias querellas y concentraciones contra los bufones que se han mofado de la religión católica en diferentes medios. Y el reconocimiento a robinsones, como Eugenio Nasarre, en el parlamento nacional y Jaime Mayor, en el europeo, que han elegido la fidelidad a la conciencia, antes que al partido.

 

José Luis Orella

 

El Foro de Intereconomía, marzo de 2006

 

¿Transversalidad?

Cuando el Muro de Berlín cayó en 1.990, no sólo se derrumbaron ladrillos ni espacios físicos de aislamiento sobre una de las Naciones más antiguas de Europa y que tan injustamente había sido separada tras la ocupación de 1.945. Con el Muro quedaban inerte toda la cosmovisión de esa izquierda que se amparaba en el anticapitalismo y que se había sostenido satelizada por las fuerzas de infiltración soviética en Europa. La Quinta Columna había sido desarmada en aquel abrazo que se produjo ante nuestros ojos por la población alemana que se reencontraba.

Fue el momento en que se afirmó el “Fin de la Historia” por Francis Fukuyama. Parecía que la versión de un occidente capitalista, liberal y partitocrático se iba a adueñar sin discusión alguna por todo el planeta. El tiempo se encargaría de desilusionar a los amantes del libre mercado sin fronteras. En las cavernas infectas de los movimientos antiglobalización, de las ONG subvencionadas por Estados con el sentido de la Soberanía extraviado, y con un populismo indigenista-racista creciente en América del Sur, fue creciendo la contestación. La Izquierda ponía viento en sus velas y añadía a todo ello la defensa del Islamismo, que traían los inmigrantes, como instrumento contracultural contra los valores judeo cristianos, romanos y griegos que han conformado Occidente.

Crecía una forma de hacer política, en la izquierda, que agrupaba bloques de tendencias. Heterogénea, maleable, pero eficaz. Mientras, al otro lado, la mal denominada Derecha (bautizada así misma ya como centro reformista) rechazaba todo discurso que no fuera el monolítico liberalismo atlántico. En España, la izquierda, tras su derrota en 1.996, se articuló sin descanso en esa dinámica. El Partido Popular en sus ocho años renunció a la creación de un tejido heterogéneo de apoyos y Cultura, consolidándose como brutal maquinaria electoral. Así perdió el Poder. Así murió la época de los Bloques de mayorías absolutas. De la defensa de los valores abandonados y que habitan en esa mayoría silenciosa de, al menos, dos millones de católicos, por alternativas emergentes, hablaremos la semana que viene.

Carlos Martínez-Cava Arenas

 

Minuto digital (27/02/06)

 

La Derecha americana y el gobierno de la nación

La creación de una cantidad enorme de medios de comunicación y de fundaciones culturales conservadoras y alternativas (aunque en alguno de sus componentes, sólo en parte) a la seudocultura imperante ha permitido la profundización y reflexión sobre las propias raíces culturales y religiosas y ha echado los cimientos del edificio cultural conservador que ha derrotado la hegemonía del totalitarismo políticamente correcto. Asimismo ha servido como punto de referencia para aquellos políticos más sensibles a los cambios culturales de la sociedad para adaptar (por convicción o interés) sus programas a las nuevas corrientes de pensamiento que poco a poco iban conquistando la mayoría de la opinión pública. De aquí el fenómeno Bush y el de su América profunda, cristiana, patriota y conservadora.  

Es común oír en los medios de comunicación que la administración Bush es presa de un grupo de «halcones» sin escrúpulos, denominados «neoconservadores». O bien que la connection existe desde hace mucho tiempo, y que Bush y sus pretorianos neocon han aprovechado la ocasión para extender la hegemonía de EE.UU. en el mundo. Se llega incluso a afirmar que el 11-S fue propiciado por esta corte de «neoimperialistas» para legitimar un “golpe de Estado mundial”....

 

Ex trotzkystas, luego ex progresistas anticomunistas, vinculados a Israel, los neocon tendrían en sus manos las riendas del mando estadounidense. Una suerte de Estado en el Estado impenetrable e invencible.

 

“La cuestión de fondo es que una política exterior expansionista es la marca del neoconservadurismo. Así al menos consta en la publicación, de noviembre de 1979, del ensayo Dictatorship and Double Standards de Jeanne Kirkpatrick en las páginas de la revista mensual Commentary, uno de los hauts lieux de las publicaciones neocon, editado por el American Jewish Committee de Nueva York. Tras la lectura de aquel ensayo, el presidente Ronald W. Reagan nombró a su autora embajadora de EE.UU. para las Naciones Unidas.

 

El descarado globalismo de los neocon, de hecho, choca, mejor aún, se contrapone al espíritu substancialmente aislacionista típico de la “Old Right” conservadora y libertarian, actualmente defendido por los denominados “paleoconservadores” y “paleolibertarian”. “[...] Los “paleoconservadores” y los “paleolibertarian” son una minoría; organizada y coherente, pero sin dejar de ser una parte minoritaria de la opinión pública estadounidense. Y de la Derecha. Exactamente como los neocon”.

 

En la opinión pública norteamericana, conviven direcciones político-culturales – o, mejor, sensibilidades – que son patrimonio explícito de las mentalidades de los “paleo”, ideas que éstas culturas hacen coherentes. Lo mismo vale para aquéllas sensibilidades que los neocon convierten en una doctrina o incluso en una ideología.

 

Luego, el 7 de abril de 2003, ha llegado el artículo Unpatriotic Conservatives, publicado en National Review (NR) por David Frum. En el mismo, toda la Derecha contraria a la guerra de Iraq era acusada de traidora, y la acusación era de importancia capital sobre todo en razón del autor y de la cabecera que la alojaba. Frum, de hecho, neocon doc de ascendencias culturales mixtas, había cesado recientemente de ser uno de los speechwriter destacados de Bush, inventor (parece) de la expresión «eje del mal» para indicar los países cómplices del terrorismo internacional contra los cuales los EE.UU. decretaban guerra total a partir del famoso discurso presidencial de enero de 2002. Y NR, fundada en 1955 por William F. Buckley jr. como “casa común” de los conservadores, parecía, guiada por Frum, vender definitivamente el alma al neoconservadurismo.

 

Pero no es así. Pasadas algunas semanas, el fascículo del 16 de junio de NR ha vuelto a mezclar las cartas, dedicando incluso la portada a la demolición de la idea de una hegemonía neocon sobre la Administración Bush y sobre el movimiento conservador. Del ataque se ha encargado Ramesh Ponnuru – con el largo artículo Getting to the Bottom of This “Neo” Nonsense -, uno de los cuatro senior editor del semanal, opinionista destacado de la cabecera.”[...] La Doctrina Bush ¿es sólo la vieja idea globalista del presidente Demócrata Thomas Woodrow Wilson en salsa neocon, tanto que la actual Administración USA no sería otra cosa más que una máquina de guerra neoconservadora? Demasiado simplista, dice Ponnuru. Antes que nada porque ignora las profundas diversificaciones internas del mundo (pequeño) neocon, haciendo la etiqueta talmente genérica que la reduce a la insipiencia. En segundo lugar porque en el universo neocon actualmente sobresalen con nitidez los “neo-neoconservadores” [1].

 

Siguiendo con el relato del periodista y estudioso del conservadurismo americano, Marco Respinti, veamos ahora quiénes son en realidad los neocon o, como algunos prefieren llamarlos, los neoconservadores jacobinos: “En este pequeño pero aguerrido ejército forman William Kristol, Robert Kagan, Max Boot, Michael A. Ledeen, Lawrence F. Kaplan y Norman Podhoretz. Viejas lanzas junto a otras más jóvenes. William Kristol – hijo de Irving Kristol, el primer intelectual ex trotzkysta que reivindicó con orgullo la etiqueta neocon -, ya miembro destacado del equipo del vicepresidente Republicano Dan Quayle en tiempos de Bush padre, es el combativo director de The Weekly Standard, substancialmente el órgano oficial de aquella corriente del Partido Republicano que estudia como neocon y que hoy se pone indiscutiblemente a la cabeza (periodística) de los neoconservadores.

 

Kagan, ex Departamento de Estado, es director del US Leadership Project del Carnegie Endowment for International Peace y autor de Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial(Taurus, 2003). Boot es Olin Senior Fellow para el National Security Studies del Council on Foreign Relations de Nueva York. Ledeen, titular de la Freedom Chair de la American Enterprise Institute for Public Policy Research (AEI) de Washington, ha sido definido por Ted Koppel (37 años de militancia en la red de televisión ABCNews) un hombre del Renacimiento en la tradición de Maquiavelo. Kaplan, ya director ejecutivo de The National Interest – el periódico de política exterior fundado por Kristol padre -, actualmente es senior editor de The New Republic, donde se ocupa de política exterior y de asuntos internacionales”. [...] Podhoretz es, con Kristol padre, el otro iniciador histórico del neoconservadurismo: actualmente senior fellow al Hudson Institute de Indianápolis y de Washington, desde 1960 a 1995 ha dirigido Commentary.

 

Si no es la afinidad generacional, ¿qué es lo que los hace a todos neocon? Según Ponnuru, el sueño de una nación estadounidense que juegue el papel de “potencia progresista revolucionaria” a nivel mundial. Añadiendo que es difícil encontrar un antecedente histórico. A no ser la Francia de la década de los noventa del siglo XVIII, jacobina.

 

Pero tampoco los neocon son un monolito. Ledeen proyecta una América dispuesta a librarse de todo aquello que encuentre en su camino. Kristol jr. lima la idea, considerando que la construcción de un imperio sea la única garantía para los intereses nacionales. Kagan, con desencanto que tiene algo de militar, se plantea menos cuestiones teóricas y más cuestiones prácticas. Con esta respuesta: cualquier alternativa es peor de la hegemonía estadounidense. Y si Kristol y Kagan desprecian olímpicamente la Doctrina Wilson, Boot la reivindica abiertamente. Pero Eliot A. Cohen, el tercer mosquetero junto a Kristol-Kagan, se inclina por una orientación de política exterior inspirada en la virtud de la prudencia. Que Kristol y Kagan contemplan bastante menos”[2].

 

Junto a los anteriores exponentes del pensamiento neocon cabe añadir un nuevo subgrupo surgido en los últimos lustros y que, aún teniendo una visión de la política exterior norteamericana “intervencionista” (aunque quizás al contrario de los neocon anteriormente citados éstos entienden la “exportación de la democracia” como categoría política de participación popular al poder independientemente del régimen político y sistema cultural y religioso imperante (esto es, como oposición a todo tipo de totalitarismo ya sea religioso que político) y no como mera exportación de la “democracia americana” – siempre y cuando los neocon a la Kristol entiendan como tal su proyecto de “potencia progresista revolucionaria” ya que se dan muchos matices y distingos doctrinales), se diferencia de los neocon “clásicos” por su compromiso religioso: me refiero a los denominados “teoconservadores” (theocon).

 

Un ejemplo de su postura cristianamente militante, que los diferencia claramente de la postura agnóstica o cuando menos tibia de los neocon, lo tenemos en la polémica con Kagan surgida a raíz del libro escrito por el biógrafo del Papa Juan Pablo II (y destacado líder de los theocon católicos) George Weigel The Cube and the Cathedral: Europe, America, and Politics Without Gods (Basic Books, Nueva York). En él afirma que Bush y la Casa Blanca tienen un problema Europa, del cual por otra parte es necesario que se ocupen ya que la alianza con la Unión Europea (contra toda hipótesis aislacionista) es indispensable para Estados Unidos. En este tema – según Weigel – Kagan tiene mucha razón (esto es, en su crítica al giro “pacifista”, “renunciatario”, “multiculturalista” que le lleva a buscar continuos compromisos diplomáticos y a renunciar a todo uso de la fuerza para afirmar sus legítimos derechos e intereses y, por lo tanto, a una afirmación clara de su identidad y de su papel en el mundo ante los antiguos enemigos (comunistas) y los nuevos (fundamentalismo islámico), emprendido por el continente europeo tras la Segunda Guerra Mundial – fenómeno que caracteriza como “Maternidad de Venus” frente a la “Paternidad de Marte” que caracterizaría a los norteamericanos por su mayor disponibilidad a no guardar la cabeza bajo el ala de la cultura y la diplomacia y a hacer uso del derecho a la legítima defensa armada). Lo que ocurre es que Kagan no centra del todo la cuestión porque no va a la raíces auténticas del problema.

 

¿Por qué Europa se cobija en la utopía pacifista? El trauma de las dos guerras mundiales no es para Weigel una explicación suficiente. Él afirma que el problema es anterior y tiene profundas raíces religiosas. Europa – a diferencia de los Estados Unidos, donde (al menos fuera de las grandes metrópolis) la mayoría de la población sigue frecuentando las Iglesias – ha sufrido un profundo proceso de descristianización – claramente evidenciado por el suicidio demográfico (si nacen pocos niños, es necesario importar inmigrantes, en su mayoría islámicos) – el cual le ha quitado nada menos que la voluntad y las razones para luchar, e incluso para identificar a los enemigos.

 

Aquéllos que «políticos» como Zapatero indican como los valores morales de Europa – paz, justicia, igualdad y solidaridad – son sólo melífluos eslóganes relativistas que esconden, según Weigel, el rechazo a pensar el mundo en términos de valores.

 

La sola política no será suficiente, por tanto, al presidente Bush: los Estados Unidos tienen que buscar en Europa interlocutores dispuestos a plantearse el tema de las raíces cristianas. ¿En quién piensa el theocon? Más que a un acercamiento a Chirac, Weigel piensa en Benedicto XVI (del cual es amigo), a un reforzado, en su identidad cristiana, Partido Popular Europeo, y a varios líderes de las nuevas democracias del Este ex soviético [3].

 

Bien, tras este excursus en el subgrupo de los theocon, consideremos ahora (siempre acompañados por el guía que nos hemos elegido para este viaje, Marco Respinti) las relaciones de los neocon con la Administración Bush.

 

“A favor el “imperio americano” se declaran David Frum (investigador para el AEI, donde dirige estudios sobre la Administración Bush jr.), Charles Krauthammer (ex speechwriter del Demócrata Walter Mondale en las presidenciales de 1980, editorialista de The Washington Post y opinionista de The New Republic) y Joshua Muravchik (otro investigador del AEI), autor de un libro revelador desde su título, Exporting Democracy: Fullfilling Americas’s Destinty. Los tres, sin embargo, se desmarcaron de la intervención militar en Kósovo en los tiempos de Clinton.

 

En la Administración Bush jr., los más vinculados a los neocon parecen ser el vicesecretario a la Defensa (actual presidente del Banco Mundial) Paul Wolfowitz (más que el titular del Miniesterio, Donald H. Rumsfeld) y John McCain, senador por Arizona que en las primarias de 1999-2000 apostó por la imagen del soldado-patriota para conseguir la nominación republicana, actualmente presidente de la Comisión para el Comercio, la Ciencia y los Transportes del Senado. Ni Wolfowitz ni McCain, de todos modos, han suscrito la más famosa «cruzada» neocon de finales de los noventa del siglo pasado, que sirvió para dividir entre amigos y enemigos de estos últimos: las sanciones comerciales a la China comunista. Y Wolfowitz ha asimismo defendido públicamente que Bush padre hizo bien, en 1991, cuando paró el avance de las tropas americanas en Iraq.

 

Definir neocon Condoleezza Rice sería una superficialidad. Entre los “halcones”, en cambio, es a menudo citado el vicepresidente Dick Cheney, pero se trata de otra incorrección. Experto insider de la política washingtoniana, suma en su persona el conservadurismo típico de la provincia estadounidense y las querencias por el big business.

 

De vez en cuando vuelven a asomarse algunas figuras importantes de la Administración Bush padre. El general Brent Scowcroft y James A. Baker III, por ejemplo, el primero Consejero para la Seguridad nacional de Ford y de Bush padre, el segundo ministro del Tesoro con Reagan y Secretario de Estado con el padre del actual presidente. Nadie les llamaría neocon. Mas bien, decifra Ponnuru, encarnan el más rígido pragmatismo, la mera defensa del status quo que es motivo de anatema para conservadores y neocon.

 

A medio camino entre conservadurismo y pragmatismo a la Scowcroft-Baker se ubica el viejo zorro de la política norteamericana Henry Kissinger (nunca ausente de los escenarios que cuentan – sobre todo republicanos - aunque no esté presente) y Faared Zakaria, editorialista de Newsweek y autor de The Future of Freedom: Illiberal Democracy at Home and Abroad. Ya sea Zakaria que Kissinger han dado su apoyo a la guerra de Iraq, pero difícilmente cumplen los requisitos del perfecto neocon. Zakaria está entre aquellos que defienden que, antes de convocar elecciones en un país que no está acostumbrado a la democracia, sea necesario asegurar la certeza del derecho y operar reformas económicas estructurales que permitan el pleno y maduro funcionamiento de las instituciones representativas. Por ello es catalogado – él, nacido en India en el seno de una familia de musulmanes practicantes – como “realista”.

 

No está de acuerdo Gary J. Schmitt, “halcón”. Secreario del Comité para la Liberación de Iraq, Schmitt es el director ejecutivo de The Project for the New American Century, el think tank que está pensando cómo reorganizar el liderazgo estadounidense en el mundo, apoyado por los análisis de Kaplan, Kagan y Kristol.

 

Desenmarañar la geografía de los lobbystas del nuevo poder de los EE.UU. es difícil, pero para Ponnuru ya sea neocon ya sea «paleo» semplifican demasiado. En los Estados Unidos, quien desde la Derecha se ha interesado más o menos temáticamente de política exterior nunca se ha identificado sin más ni con uno ni con otro campo y, observa el opinionista, “la mayor parte de los conservadores se ha demostrado “realista”, favoreciendo políticas exteriores basadas en la simple valoración del interés nacional”.

 

De ello es un icono el senador de Arizona Barry M. Goldwater (1909-1998), clamorosamente derrotado en las presidenciales de 1964, pero capaz de dar aquél decisivo giro político que incluso generó la ilusión de un Partido Republicano desde siempre de derechas. Goldwater fue el primer político estadounidense que entendió cuánto era necesaria una “casa común” de la Derecha para apuntalar y aguantar el choque del reto político y que por tanto eligió rodearse, como asesores a varios niveles, de exponentes del mundo conservador varios y distintos los unos de los otros. O bien de “autoridades naturales” de aquél cuerpo social y cultural, así como de sus «representantes» más o menos «formales». Por ejemplo, el tradicionalista Russell Kirk [4] (autor de algunos discursos de Goldwater), Frank S. Meyer [ teórico del «fusionismo» entre tradicionalismo y Libertarianism, esto es, de la búsqueda de las fuentes comunes de las distintas «almas» que conforman la Derecha americana] William A. Rusher (editor de NR), Ayn Rand (teórica del anarco-capitalismo ateo y super-individualista), Milton Friedman (Nobel de Economía), William F. Buckley (fundador y director de NR), L. Brent Bozell (católico tradicionalista, autor del libro- programa de Goldwater, El verdadero conservador, de 1960), Gerhart Niemeyer (filósofo de la política, colaborador del Departamento de Estado) y Harry V. Jaffa. Por otra parte, fue precisamente NR a lanza la idea de «Goldwater for President».

 

El senador de Arizona, ha sido el hombre que ha convertido el “fusionismo” en la “doctrina oficial” del conservadurismo político norteamericano y de aquellos sectores del Partido Republicano que han elegido imitarlo, acercándose al “movimiento” [conservador] y a su “pueblo”.

 

Y el conservadurismo definido por el “fusionismo” y por el goldwaterismo, opina Ponnuru, es el que hoy (pero también ayer) caracteriza a NR, la más antigua, leída y autorizada voz mediática de la Derecha. NR flirtea desde hace tiempo con los neocon, y a veces parece acostarse con ellos, pero – dice Ponnuru desde sus mismas páginas – reivindica el “realismo conservador”. Y “su poder real consiste en el hecho que la mayor parte de los conservadores – electores comunes y funcionarios públicos – tienden instintivamente a ponerse de su parte”. El realismo representado por NR, por otra parte, se sitúa en las antípodas del pragmatismo a la Scowcroft-Baker y “el núcleo del realismo conservador en política exterior se cifra en la prudencia más bien que en la ideología”. Lo cual nos conduce a la doctrina de Russell Kirk, padre histórico del conservadurismo, nada neocon y por lustros pilar de una NR que un adversario irreducible del neoconservadurismo como Patrick J. Buchanan recuerda con nostalgia. Pero que quizás está volviendo, si la línea Ponnuru se impone.

 

Y en política exterior realismo significa flexibilidad. Depende de lo que está en juego y del escenario internacional. Así, el neoaislacionista Buchanan no puede ser acusado de querencias neocon si y cuando aconseja una política de contención armada de Irán, que si no es el “Delenda Carthago” auspiciado por Ledeen, tampoco es el indiferentismo predicado por otros.

 

Para Ponnuru, sin embargo, la guerra al terrorismo ha congelado el debate interno. Y ciertamente no a favor de los neocon. Actualmente los EE.UU. están comprometidos “en una guerra para proteger un interés nacional vital: la seguridad física de nuestros compatriotas”. Cualquier otro wilsonismo no viene a cuento. Pero, sobre todo, no explica ésta política exterior americana.

 

Una (media) ratificación – nada sospechosa – viene precisamente de Buchanan, que no pierde ocasión para evidenciar y subrayar las diferencias entre Bush y los neocon. Si el comienzo del idilio lleva la fecha de enero de 2002, el comienzo de las gestiones para el divorcio coincidiría con la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad. La belicosidad neocon contra Damasco, muy aguda en la víspera, ha desaparecido de repente. No se ha hecho nada contra Teherán >[salvo declaraciones del presidente Bush y de algún que otro miembro destacado de su gobierno n.d.t]. Y Richard Perle, “halcón donde los haya”, ha visto redimensionado su propio papel público desde cuando, en marzo de 2003, ha dimitido de la presidencia del Defense Policy Board (asesor del Pentágono) a consecuencia de un escándalo por conflictos de interés. Ni los groseros ataques de Newt Gingrich contra Colin Powell, acusado ante el público jubilante de la AEI, de appeasment hacia Siria, han sido recogidos por el presidente. Grupo de presión, una vez agotada la presión los neocon parecen que vuelven a ser sencillamente un grupo más.

 

Una cosa es segura. Bush es lo que es sin necesidad de transformarlo en un neocon. A veces sus valoraciones se acercan a las de los neocon, a veces no. Los neocon son poderosos – en determinados momentos algunos poderosísimos -, pero van y vienen en las simpatías del poder.

 

¿No será, entonces, que, más que rehén de los neocon, la política exterior de los presidentes Republicanos que tienen puesta la vista en el mundo conservador sea en realidad domadora de aquéllos (los neocon)? ¿Permitiéndoles bailar a las órdenes del presidente de turno, incluso dejándoles rugir para que se ilusionen, salvo luego encerrarlos en una jaula cuando ya no sirven?

 

¿Y, por tanto, si todo esto es verdad, si NR y Ponnuru son lo que son, si además de NR existen otros “representantes” del mundo conservador (el semanal Human Events, el Intercollegiate Studies Institute de Wilmington en Delaware, The Heritage Foundation de Washington, etc.), quizás significa que, utilizados los halcones para espantar a los buitres, el poder político que ha elegido dialogar con el “movimiento” [conservador] y con el “pueblo” [asimismo conservador] haya propiciado (indirectamente, o bien “inadvertidamente”) el artículo de Ponnuru, cuya publicación precisamente en NR tiene un alcance y un peso no comunes?

 

Si así fuera, sería una señal inequívoca del hecho que los neocon parecen muy poderosos cuando sus ideas políticas coinciden con las de la Casa Blanca, más débiles cuando el presidente decide actuar por su cuenta. Lo que no se debe hacer, por tanto, es hacerlos coincidir siempre y a la fuerza” [5].

 

Conclusión

 

A muchos podrá asustar la sopa de corrientes, grupos y subgrupos de la que se alimenta el mundo conservador norteamericano (una auténtica red de cosmovisiones unidas en su oposición al progresismo imperante y políticamente correcto). Sin embargo, considero interesante dar a conocer tal compleja realidad no sólo porque desmonta todos los falsos mitos acerca de un presidente Bush “rehén” (y/o miembro) de la “secta” belicista neoconservadora (mostrando, en cambio, el sano pragmatismo del político con convicciones que se inclina por una u otra opción según las exigencias del bien común y la seguridad nacional e internacional), sino sobre todo porque nos alecciona acerca de cómo hemos de actuar para ganar la hegemonía cultural, condición sine qua non, para la reconquista de una homogeneidad cultural y religiosa natural y cristiana.

 

En efecto, la creación de una cantidad enorme de medios de comunicación y de fundaciones culturales alternativas (aunque en alguno de sus componentes, sólo en parte) a la seudocultura imperante ha permitido la profundización y reflexión sobre las propias raíces culturales y religiosas y ha echado los cimientos del edificio cultural conservador que ha derrotado la hegemonía del totalitarismo políticamente correcto. Asimismo ha servido como punto de referencia para aquellos políticos más sensibles a los cambios culturales de la sociedad para adaptar (por convicción o interés) sus programas a las nuevas corrientes de pensamiento que poco a poco iban conquistando la mayoría de la opinión pública. De aquí el fenómeno Bush y el de su América profunda, cristiana, patriota y conservadora.

 

¿Para cuándo, pues, una corriente cultural transversal de opinión paleo-theocon en España y en Europa que traducido al europeo significaría tradicionalismo realista y sanamente pragmático?

 

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Ángel Expósito Correa

 

Notas:

 

[1] Cfr. “USA a.D. 2003, fra neocon e realpolitik”, Marco Respinti, “Il Domenicale”, Milán

 

[2] Ibídem

 

[3] http://www.cesnur.org/2005/mi_05_14a.htm

 

[4] http://revista-arbil.iespana.es/(59)amos.htm

 

[5] “USA a.D. 2003, fra neocon e realpolitik”, Marco Respinti, “Il Domenicale”, Milán

Junio de 2005: la derecha social española en busca de su espacio político.

      El pasado mes de junio de 2005 ha sido testigo de un hecho sin precedentes en las últimas décadas: la manifestación multitudinaria, en las calles españolas, de una moderna derecha social que busca construir su identidad y su espacio político.

                El pasado mes de junio de 2005 pasará a la Historia reciente de España como el tiempo en el que la derecha social española manifestó inequívocamente su existencia, reafirmó una identidad colectiva, salió a la calle y exigió ser escuchada.

                Tres manifestaciones multitudinarias sucesivas han acreditado la existencia y configuración de unos sectores sociales ausentes de nuestras calles y plazas en las últimas décadas españolas, al menos en tales números, como un sujeto colectivo público provisto de una identidad y movido por unos valores precisos; una circunstancia de indudable trascendencia política.

                Ya con motivo de la celebración de la primera de tales manifestaciones, la del 4 de junio convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en contra de la negociación con ETA, el coordinador de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, realizó un significativo juicio que explica muchas cosas: “se trata de una manifestación de la derecha política”, dijo al referirse a quienes habían secundado dicha convocatoria días antes. ¿Quiere decir, con ello, que la que denomina “derecha política” no es pueblo?, ¿carece, entonces, de toda legitimidad para manifestarse?, ¿acaso sus planteamientos y exigencias no tienen derecho a expresarse por el supuesto pecado original político de “ser de derechas”?

                En las últimas décadas, básicamente, las calles españolas han estado ocupadas, en la expresión colectiva de las manifestaciones políticas multitudinarias, por la izquierda y los nacionalistas; salvo que nos remontemos veinte años atrás, unos tiempos en que la extrema derecha lograba sorprendentes éxitos callejeros que se traducían, invariablemente, en estrepitosos fracasos electorales, que terminaron por hundirla.

                Lo visto en el mes de junio ha sido otra cosa. La magnífica articulista progresista Paloma Pedrero, muchos de cuyos textos difícilmente pueden hacer propios los lectores conservadores del diario La Razón, en su escrito del sábado 25 de junio afirmaba también, con la lucidez que le caracteriza, que “Una parte importante de este pueblo tiene un pensamiento conservador y hay tres asuntos que, mal tratados, les patean el alma: la familia, el territorio y su Dios, tres asuntos importantes que el Gobierno actual, como es obligación de los gobiernos, no ha tenido la delicadeza de considerar a la hora de hacer su política social”. Se trata de un análisis muy acertado que nos servirá de partida, y también de conclusión, para las siguientes precisiones.

1.        Los asistentes a las tres convocatorias no han sido exactamente los mismos sujetos sociales. En la del 4 de junio, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, predominaban los sectores conservadores, si bien no fueron pocos los progresistas y socialistas presentes. En buen número acudieron muchos movilizados por el Partido Popular. Pero también, los que lo hicieron a impulsos procedentes desde una instancia generalmente bastante crítica con el mismo: un grupo de combativos comunicadores de Cadena COPE, en el que destaca Federico Jiménez Losantos, quien cuenta con diversos apoyos y estructuras que difunden sus postulados (el diario electrónico Libertad Digital, la revista de pensamiento La Ilustración Liberal, diversas páginas web…). También acudió mucho ciudadano “cabreado”, “harto”, que rabiaba por poderlucir los colores nacionales…

2.        El sábado 11 de junio fue el Partido Popular el gran protagonista de la movilización efectuada en Salamanca en defensa de la unidad del Archivo de la Guerra Civil todavía allí ubicado. Con todo, fue una verdadera demostración de su –hasta ahora- inédita capacidad de movilización y de la existencia de unas bases dispuestas a algo que no se habían molestado prácticamente nunca en hacer: salir a la calle y dar la cara.

3.        El Foro de la Familia, avalado especialmente por algunas organizaciones próximas a la Iglesia católica, ha logrado, el 18 de junio, un éxito callejero inimaginable meses atrás. El apoyo decidido de algunos obispos, que apostaron decididamente por la misma, ha contribuido a su éxito. Varios miles de nacionalistas catalanes, socialistas cristianos del partido SAIN…, una plural manifestación social que no puede despacharse con unos simples adjetivos simplificadores, cuando no despectivos. También concurrieron muchísimos simpatizantes del Partido Popular. Pero, por la buena recepción entre los manifestantes de los contenidos de algunas pancartas, y otros diversos materiales distribuidos entre los mismos, no es aventurado afirmar que entre muchos de todos ellos estaba muy vivo un sentimiento crítico ante un Partido Popular que ha decepcionado, con su práctica política concreta, a los electores más sensibilizados con la situación de la familia y la defensa efectiva de la vida.

Por ello, debemos insistir: sociológicamente, no existe una total correspondencia entre los asistentes a las tres manifestaciones. Pero las mismas indican, desde nuestro modesto entender, una serie de hechos:

1.        Se está configurando una plural derecha social que comparte un ideario conservador en su concepción de España, la familia, la defensa de la vida y el orden político; si bien algunos sectores son más sensibles que otros a las políticas sociales.

2.        Esa derecha social no encuentra completo acomodo en el seno de un Partido Popular que notoriamente mira hacia el centro izquierda; es decir, hacia las tendencias sociales aparentemente en ascenso y que valora como el campo de batalla electoral por excelencia. Y más, cuando cree tener cautivos a los votos católicos.

3.        El Partido Popular, electoralmente y en este inédito indicador social de las movilizaciones ciudadanas, cuenta, como uno de sus activos más sólidos, con los amplios sectores de esa derecha social que todavía cree que este partido todaía puede representarle. Debemos preguntar a los dirigentes del Partido Popular, ¿qué otros sectores sociales articulados, dinámicos, con identidad colectiva y arraigo ciudadano, pueden movilizarse en apoyo de las posturas de su partido, cada vez más aislado social y mediáticamente?

4.        Ese sentimiento de desamparo, expresado por esos cientos de miles de manifestantes y tambien –previamente- con motivo del referéndum al proyecto constitucional europeo en España, ya ha sido captado por otras instancias: nos referimos a los minúsculos y plurales partidos políticos que, de momento sin fortuna, centran su estrategia de crecimiento en una progresiva sintonía con los sectores más dinámicos y vivos que se han manifestado a lo largo de este mes.

Por todo ello, ese mes ha sido muy importante: por lo expresado y acaecido, pero también por el potencial existente. Una realidad que deberá ser correctamente analizada y encauzada, mediante las respuestas políticas más adecuadas, si no se quiere desaprovechar esta nueva ilusión colectiva.

 Fernando José Vaquero Oroquieta

(Publicado en Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica Nº 95 – 96, julio – agosto de 2005).