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Políticamente... conservador

Derecha política, hoy

La liquidación de la derecha

LA simetría es casi perfecta: a la vez que la izquierda y los nacionalistas reivindican la legitimidad democrática en la II República de 1931 como fuente de la actual del sistema constitucional, se comportan como lo hicieron en aquellos terribles años sus antecesores ideológicos, es decir, con igual sectarismo y con el mismo sentido de apropiación de la democracia. El lema del Partido Socialista de Cataluña para la campaña del referéndum del Estatuto («El PP usará tu no contra Cataluña») es una indignidad guerracivilista y exuda, no ya hostilidad, sino un propósito eliminador del adversario político. Es, además, un eslogan cobarde porque el verdadero protagonista de la negativa al Estatuto catalán es Esquerra Republicana de Cataluña contra la que el partido de Maragall no se atreve a confrontar. Pero el despropósito catalán -que el reclamo sufragista del PSC no hace sino subrayar de manera alarmante- tiene un mismo origen: la negación por parte de la izquierda radical que nos gobierna -que a lo peor no está sólo en el Gobierno sino también en sus aledaños- de la legitimación de la Constitución de 1978 en cuanto su aceptación implique -que lo implica- la superación de determinados episodios históricos en los que la izquierda y los nacionalismos vasco y catalán tuvieron un protagonismo que resulta indeseable a sus sucesores.

La irrupción de la memoria histórica no busca sólo la rehabilitación de los que perdieron la malhadada guerra civil, sino la estigmatización de los que la ganaron y, especialmente, la concienciación colectiva, primero sutil y luego explícita, de que la actual derecha democrática española -representada en el Partido Popular- es la heredera del franquismo. En ese contexto se inscribe también la beligerancia laicista en la que se vincula a la Iglesia con la llamada Cruzada de 1936-39. El espejo de todas las virtudes -«España contempla con orgullo y satisfacción la II República» resultan palabras ya memorables del presidente del Gobierno- estaría en el régimen de 1931 debidamente podado de las adherencias totalitarias que le acompañaron (censura de prensa, detenciones arbitrarias, leyes represivas como la de Defensa de la República) y todas las tropelías serían las perpetradas por los otros que, en versión actualizada, son aquellos que usarán «tu no contra Cataluña».

El desmantelamiento del diseño constitucional del reparto del poder territorial y la alteración de los modelos éticos y cívicos, procesos impulsados desde una visión radical y precipitada, desacompasados de las auténticas necesidades de la sociedad española y sin el grado de consenso necesario para que no generen inestabilidad y enfrentamiento, empiezan a constituir un fracaso. La desagregación de voluntades individuales y colectivas al proyecto -en el supuesto de que lo sea y no consista en una improvisación ideologizada y alentada de un espíritu de exasperada hostilidad- también comienza a ser notorio.

La ruptura de la unidad de mercado distancia a los empresarios de la presente dinámica de decisiones políticas; la desconsideración hacia la sensibilidad moral de una buena parte de la sociedad española, sea en temas de carácter ético, educativo o biogenético, está creando bolsas ciudadanas de resistencia hacia normas legales y reglamentarias que son verdaderas apuestas por las alternativas más radicales y menos ponderadas; la banalidad argumentativa en la justificación de medidas y comportamientos está espantando a los intelectuales liberales de la izquierda española que, o han enmudecido o se muestran -los menos- críticos con el Gobierno; la exhibición libre y sin reproche alguno de la simbología republicana, en unos casos, o independentista en otros, (véanse las imágenes de la final de la Copa de Europa en París, con las gradas repletas de cartelería separatista), se ha convertido en una especie de divertimento sólo aparentemente inocuo pero que va logrando calar en el subconsciente colectivo que comienza a percibir factores de transitoriedad en instituciones permanentes del Estado; en el acaecimiento de grandes estafas o fiascos financieros, como el de los sellos, se trata de responsabilizar a la recurrente herencia recibida; el caciquismo en los medios públicos -y el beneficio que el poder presta a otros privados-, vuelve a generar un discurso férreamente ortodoxo frente al que el discrepante se convierte en carne de eslogan, lema o descalificación.

Todas estas políticas -en general de resultados por el momento desastrosos- convergen en un propósito: deslegitimar el sistema actual para, primero, ir urdiendo otro a la medida de un nuevo eje de poder nacionalista-socialista y, después, establecer las condiciones idóneas para la progresiva eliminación de la alternativa política que representa el Partido Popular. Lo de menos, a los efectos de la tesis que aquí expongo, es que el PP encare esta operación con mayor o menor acierto; tampoco es relevante por lo que se refiere a la cuestión de fondo, el error de incurrir en políticas mediáticas endogámicas y anacrónicas que apelan a las vísceras en vez de hacerlo al intelecto. Lo esencial es concluir que la ultima ratio de las políticas gubernamentales, que el hilo conductor del discurso político del Ejecutivo, de su partido y de los nacionalistas, lo constituyen propósitos de estigmatización histórica de la actual derecha española. La destrucción del lenguaje como un pacto por el que todos entendíamos los mismos conceptos - Nación, matrimonio, familia, legalidad, independencia, Estado, justicia- está en el núcleo duro de una estrategia que se basa mucho más en derruir que en edificar, en eliminar que en acrecer.

El Gobierno no quiere consensos con la derecha española porque el consenso fue el instrumento político e histórico de la transición de 1978. Por eso, no le importa que el Estatuto de Cataluña esté condenado a un respaldo político y popular mucho menor del que dispone el actual; tampoco que las grandes leyes, orgánicas o no, pero de gran alcance social, cuenten con el voto de la derecha española. El consenso es, en estos momentos, un contravalor de la democracia cuando hasta hace muy poco consistió en su gran herramienta de trabajo. Lo que importa al Gobierno y a las políticas que desarrolla no es sólo su resultado, sino sus efectos colaterales que consisten en ir marginando a la derecha por el procedimiento de formular planteamientos estrictamente sectarios.

Si el PSC apuesta por el indigno lema de «El PP usará tu no contra Cataluña» -tan indigno como el pacto del Tinell que conjuraba a los partidos del naufragado tripartito a no colaborar de modo alguno con la organización presidida por Mariano Rajoy- es porque se está intentando matar dos pájaros de un tiro: transferir a ese partido el eventual fracaso del referéndum catalán y concentrar sobre la derecha española la carga de las frustraciones, históricas y actuales, de la izquierda y de los nacionalismos. Y si así son las cosas, si el consenso ya no es una herramienta primordial de la política española, si el sistema constitucional trae causa del pasado más divisor de los españoles -la República de 1931- , si lo que se pretende, y así sucede, es estigmatizar a la derecha democrática, habrán de comprender la izquierda y los nacionalistas que pronto sea un clamor la reclamación de un nuevo periodo constituyente porque el cerrado en 1978 lo están haciendo fracasar ellos y por el mismo procedimiento sectario y excluyente que utilizaron sus ancestros para hundir la II República.

Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS. Director de ABC

Por qué la derecha es tan frágil

Siempre que planteamos la cuestión de la fragilidad de la derecha, hay un aluvión de opiniones de lectores. En el PP no se enteran de estas cosas, pero la gran preocupación de la derecha social, hoy, no es otra: ¿por qué somos tan frágiles, tan vulnerables? ¿Por qué Zapatero piensa que nos aniquilará sin resistencia?

La derecha, en general, no osa decir su nombre. Incluso el partido que la representa se define "de centro". La derecha no osa decir su nombre porque el término "derecha", en nuestra cultura política, viene afectado por un toque de ilegitimidad. Ser de derechas no está bien visto. Y esto es así porque hace muchos años que quien decide lo qué está bien y mal es la izquierda. Ésta posee el control de la cultura oficial y la mayor parte de las factorías de opinión. Es una batalla que la derecha nunca ha creído necesario librar ni en el franquismo ni en democracia. Hoy cosechamos lo sembrado.

Además, buena parte de la derecha no se reconoce como tal. Existe una realidad objetiva de derecha que, en España, viene compuesta por principios como la unidad nacional, la moral cristiana, la libertad individual y la tradición cultural hispánica. Pero con frecuencia veremos a personas que defienden esas cosas y, sin embargo, no se reconocen "de derecha". ¿Por cobardía? A veces, sí. Pero otras veces es cuestión de escrúpulos. El término "derecha", que designa un conjunto de ideas y principios, señala también a los "poderes tradicionales". Y, claro, uno puede defender ciertos principios, pero siempre será incómodo que te cuelguen la misma etiqueta que al banquero de turno. La querella entre derecha de principios y derecha de intereses es muy vieja, pero siempre ha ganado la de "intereses". Tantas veces ha ganado que, ahora, se ha hecho de izquierdas.

La derecha de intereses agoniza. Quienes tienen el poder –los polancos, los banqueros, todo eso- ya no están en la derecha. Eso nos liberará de servidumbres enojosas. Pero hay que extraer todas las conclusiones oportunas: que el poder ya no sea de derechas quiere decir que el poder no vendrá a socorrernos. Si la derecha no quiere que sus principios mueran, tendrá que actuar, resistir.

Actuar, en una vida pública pacífica, quiere decir marcar unas posiciones, fundamentarlas y defenderlas. La gente de derechas, si quiere que sus ideas sobrevivan, tendrá que dejar de pensar como pasiva "gente de orden" y empezar a moverse, a vivir con conciencia política, a participar en la vida civil, a comprar los libros y revistas de quienes comparten su visión del mundo, a hablar en las asociaciones de padres de alumnos o en los grupos de vecinos. Todo eso no lo va a hacer el PP; lo tiene que hacer la gente. Si no, la apisonadora nihilista pasará sobre ella. Y lo tendrá bien merecido.

 

José Javier Esparza

 

El Semanal Digital, 19 de mayo de 2006

Dónde está la extrema derecha

Hace ya un tiempo que la prensa viene agitando el fantasma de la extrema derecha en España. La prensa que no ha vacilado en reunir bajo esa denominación a Pim Fortuyn y a Jörg Haider. Claro que resulta que no son lo mismo. La consigna "Holanda para los holandeses" fue la base del desplazamiento electoral de la socialdemocracia por Fortuyn, y tras su asesinato, aún no aclarado, casi toda la información recibida en España lo calificaba ultraderechista. Mucho distaba el gay Fortuyn, que hacía gala de su homosexualidad y era partidario de la eutanasia y de la legalización de las drogas blandas, de ser un ultraderechista. Pero había abierto el debate sobre la inmigración y debía ser castigado. ¿Cómo no abrir ese debate en Holanda, el segundo país del mundo en densidad de población? Era un tipo duro y no se recataba en sus opiniones sobre el islam, al que consideraba "retrógrado" en relación con la homosexualidad desde el momento en que proclamaba que los gays eran aún más inmundos que los cerdos, los más inmundos de los animales.  Decía que era vergonzoso que el clero islámico establecido en Holanda fuera ofensivo con la homosexualidad, y que los musulmanes intentaran imponer costumbres rurales medievales en el país. "¿Cómo puede usted respetar una cultura si la mujer tiene que caminar varios pasos detrás de su hombre, tiene que permanecer en la cocina con la boca cerrada?". No era políticamente correcto, pero tampoco era un ultraderechista. Era esencialmente un populista que había sabido conectar con una porción importante del electorado y había puesto el dedo en la llaga en la cuestión migratoria. Sólo la hipocresía de la UE y los gobiernos de los estados miembros pudo imponer ese rótulo a su memoria. La noción de ultraderecha que se maneja habitualmente incluye, desde luego, a Oriana Fallaci, que dice sin pelos en la lengua lo que muchos europeos piensan:  "Estoy diciendo que, exactamente porque está definida y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de un modo o de otro, pretenden cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros principios, nuestros valores. Estoy diciendo que en Italia, en Europa, no hay sitio para los muecines, los minaretes, los falsos abstemios, el maldito chador y el aún más jodido burka. Y hasta si hubiese, yo no se lo daría. Porque sería como echar a nuestra civilización. Cristo, Dante Alighieri, Leonardo da Vinci, Michelangelo, Rafaello, el Renacimiento, el Risorgimento, la libertad que bien o mal hemos conquistado, la democracia que mal o bien hemos instaurado, el bienestar que sin duda hemos conseguido. Equivaldría a regalarles nuestra alma, nuestra patria". Quien dice que la inmigración es un problema y no una solución es de extrema derecha; quien dice que los nacionalismos periféricos en España son un problema y no una expresión lógica de las diferencias regionales es de extrema derecha; quien dice que la discriminación positiva es discriminación a secas es de extrema derecha; quien dice que el Islam es un problema cuya solución real es vital para Occidente, y que la UE está en plena rendición, es de extrema derecha; quien dice que la religión católica es, al menos, tan respetable como las demás, es de extrema derecha. En suma: todo lo que no es políticamente correcto es de extrema derecha. Y la corrección política, por consiguiente, como solía decir un político que ahora dice que hace joyas, es lo propio de la izquierda, del progreso, del partido y el Gobierno socialistas, y de sus socios. Pues bien: las cosas no son así, y ni ése es el retrato de lo que históricamente se ha llamado (mal) extrema derecha ni quienes lo dibujan lo hacen con honestidad. La extrema derecha no es en absoluto una derivación radical de la derecha: los grandes enemigos del nazismo, empezando por Winston Churchill, fueron gentes de la derecha tradicional, conservadora en las costumbres y liberal en lo económico. El nazismo no fue una hipertrofia del pensamiento de la derecha, sino una hipertrofia de la reacción romántica, nacionalista, estatalista, racista y, atendiendo a cuestiones actualmente relevantes, filoislámica; en la misma medida en que lo fue el stalinismo. Los líderes fascistas de los años 20, 30 y 40 en Europa salieron de las filas de la izquierda, desde Benito Mussolini hasta Jacques Doriot, y el propio Hitler llamó socialista a su partido nacional.  La extrema derecha está histórica e ideológicamente más próxima a la extrema izquierda que a la derecha de toda la vida. En este sentido, vuelvo a recomendar a mis lectores el libro de Jean Sévillia que reseñé en el suplemento de Libros: Históricamente incorrecto. Hoy mismo, la extrema derecha vuelve a encontrarse en la izquierda: ¿quién está liquidando derechos fundamentales? ¿Quién ha abolido la igualdad de los ciudadanos ante la ley mediante la discriminación de género? ¿Quién ha extendido los derechos humanos al reino animal, en la mejor tradición hitleriana, una tradición de discurso ecologista en la cual un mono valía más que un judío o un gitano? ¿Quién ha equiparado la racionalidad política con los sentimientos de pertenencia a un colectivo, sean éstos experimentados por un vasco o por un ario germánico?  ¿Quién hace nacionalismo empresarial, estatalinismo, por encima de la voluntad y la necesidad de empresas como Endesa? ¿Quién hace antiamericanismo activo, amparándose en las supuestas intenciones y la perversidad intrínseca del presidente de los Estados Unidos, retirándose de alianzas militares preestablecidas? ¿Quién hace apaciguamiento político con Irán? ¿Quién se vincula políticamente con los socios de Irán en Hispanoamérica, Castro y Chávez?  Porque lo de Irán no es una broma: hace unos años Rafsanjani recogió todos los votos, conservadores y progresistas, contra Ahmadineyad, tal como Chirac los recogió contra Le Pen: Rafsanjani era el candidato conservador (moderado, decía la prensa española) frente al talibán Ahmadineyad, la derecha frente a la extrema derecha de los ayatolás, extrema derecha con la que simpatiza la izquierda europea, que se frota las manos ante la posibilidad de que alguien se haga cargo de llevar a cabo lo que en su boca ni siquiera aparece: la aniquilación de Israel. Todas estas preguntas llevan a una sola respuesta: la extrema derecha, las políticas de la extrema derecha tradicional, la liquidación de la igualdad ante la ley, la disolución de los derechos del hombre establecidos en 1776 y 1789, el filoislamismo disfrazado bajo mantos transparentes como la alianza de civilizaciones, la promoción de la identidad colectiva como instancia superior a la identidad individual, el antidemocratismo vestido de antiamericanismo (y, ocasionalmente, también de anglofobia), todo eso es el ejercicio cotidiano de las izquierdas en el poder. La extrema derecha está en el Gobierno. Y la derecha tradicional, encarnada entre nosotros por el PP, no atina a decirlo con claridad, y por ello pierde fuerza y poder de convicción. Temo, inclusive, que haya gente en el Partido Popular que se ha tragado la mayor de las mentiras de campaña del PSOE, promovida desde 1993 bajo la especie de un caramelo envenenado: la idea de que uno de los grandes "éxitos" de José María Aznar fue la incorporación en una organización de centroderecha de todos los contingentes hasta entonces dispersos en grupos de ultraderecha. Con lo cual hacían dos cosas: recaracterizar al PP como un partido con serios componentes ultras y justificar la desaparición electoral de grupos minoritarios de la extrema derecha que, a la larga, les iban a servir a ellos.  Hoy por hoy, en España no hay formaciones extraparlamentarias, ni en la derecha ni en la izquierda: sólo hay formaciones que no han conseguido los votos suficientes para dejar de serlo, con votantes desalentados que, si no se abstienen, votan al PP o al PSOE. Es una política general de desprestigio de todo lo que no forma parte del poder del que disfrutan: todo lo que no es socialista o nacionalista regional es ultraderecha. Incluida, por definición, la Iglesia Católica, con contadas excepciones como el cura irlandés al servicio de las mafias terroristas, con quien el Vaticano no se compromete ni se enfrenta. Bien nos iría un acuerdo de nuestros obispos a ese respecto, pero no caerá esa breva.  Un amigo mío, ferviente católico y políticamente muy lúcido, me decía hace poco que las actitudes de la Iglesia, tan frecuentemente erradas en materias políticas, le convencen de la esencia milagrosa y sobrenatural de la institución, porque sólo así se explica que haya sobrevivido dos mil años. Mientras esto sea así, en el discurso oficial la Iglesia seguirá siendo ultra. Por último, la ultraderecha se lleva bien con la ultraderecha. De ahí las alianzas, harto eficaces, del PSOE con ETA-Batasuna, con ERC, con el BNG. Todas estas organizaciones, más o menos desconocedoras de las reglas del juego, y multitud de cuyos miembros no vacilan en considerar tan legítima la vía democrática como la vía armada hacia la conquista del poder, como gustaba de decir Lenin, pertenecen, y no sólo por ideología nacionalista etnicista, sino también por razones éticas y estéticas, a la ultraderecha. Cuando el presidente de la sonrisa boba dijo que el poder no lo cambiaría no mintió. Y es que, como escribía el periodista argentino Ignacio Fidanza hace unos días, a propósito de personajes afines al zapaterismo, el poder no corrompe, sino que delata. Como el alcohol y los años, el poder revela lo peor, y apenas si excepcionalmente lo mejor, de cada alma. Y de cada ideología. Entretanto, no diga usted España, ni mucho menos patria o nación, ni les cuente a sus amigos más íntimos que va a misa, ni sugiera que le inquietaría la posibilidad de que su hija se casase con un musulmán, por aquello de la liberación de la mujer: el aparato de escucha de la ultraderecha no vacilará en señalarlo como ultraderechista.  Por Horacio Vázquez-Rial vazquez-rial@telefonica.net www.vazquezrial.com

Libertad Digital, suplemento Ideas, 16 de mayo de 2006

 

Patriotismo descremado, bajo en calorías

Hay que alegrarse del éxito de crítica y público que está cosechando la plataforma Ciutadans per Catalunya. En una vida pública como la catalana, tan aherrojada, tiene mucho mérito lanzarse al ruedo contra el asfixiante nacionalismo local. Lo que resulta llamativo es que el principal apoyo de este grupo sea la (exigua) derecha mediática. A juzgar por estos medios, la Plataforma sería una sana erupción del mejor patriotismo español contra la hidra separatista. Y, en efecto, el discurso de la Plataforma no puede ser más nítidamente antiseparatista; sin embargo, ¿puede definirse lo suyo como "patriotismo español"?

En todo esto hay una confusión que conviene disolver. Como los nacionalismos periféricos se nos han presentado en forma invasiva y agobiante, con ánimo de regular hasta las etiquetas de la ropa interior, el desafío separatista se está confundiendo con un desafío a la libertad. Y es verdad que ambos desafíos concurren simultáneamente, pero hay que subrayar que ocupan planos distintos. La salvaguarda de los derechos individuales –por ejemplo, que yo pueda rotular el nombre de mi negocio en la lengua que me dé la gana- es una guerra, y la defensa de la unidad nacional –por ejemplo, que no haya más "realidad nacional" que España- es otra guerra distinta. La Plataforma está alineada sin sombra de duda con las libertades públicas, pero su discurso lo mismo podría servir para la nación española que para la francesa… o para una nación catalana respetuosa con la libertad de los individuos. Porque, en efecto, si nuestros nacionalismos no fueran tan opresivos, ¿habría nacido esa Plataforma?

Al fondo hay un problema de tipo filosófico-político. Los medios que se han atribuido el monopolio del patriotismo están subordinando la idea de España a una determinada interpretación de la democracia; una interpretación que se reduce al molde del individualismo liberal y en la que provoca urticaria cualquier cosa que suene a comunidad, a sentimiento colectivo, a pertenencia. Ahora bien, ¿qué es el patriotismo sino un sentimiento colectivo, de comunidad, de pertenencia? Sin una dimensión comunitaria, el patriotismo puede servir para pasar por "políticamente correcto", pero será un patriotismo descremado, bajo en calorías.

Lo que necesitamos es otra cosa. Precisamente el gran pecado de la España constitucional ha sido su incapacidad para construir un patriotismo adaptado a las instituciones democráticas y, viceversa, para edificar una democracia que no se manifieste como abominación del patriotismo. Nuestro país no ha sido capaz de conjugar las libertades individuales y la descentralización del Estado, que son las señas de la Constitución de 1978, con un mínimo sentimiento comunitario que permita a la gente reconocerse en su propio país. El resultado de esa carencia, treinta años después, lo tenemos a la vista: surgen "realidades nacionales" por todas partes mientras que declararse "patriota español" se convierte en algo sospechoso. Tan sospechoso que nadie osa dar el paso crucial: pensar democracia, comunidad y patria al mismo tiempo.

España neurótica.
 José Javier EsparzaEl Semanal Digital, 12 de mayo de 2006

Uno, dos, diez Boadellas: la pesadilla (voluntaria) del PP

La división de la oposición a Zapatero beneficiaría electoralmente y humanamente al actual Gobierno. La única alternativa a un centro derecha popular y plural es la derrota permanente.

12 de mayo de 2006.  Ciudadanos de Cataluña se ha presentado en Madrid. Albert Boadella, promotor del proyecto, ha anunciado que después del referéndum sobre el Estatuto de Zapatero se constituirá un nuevo partido político, que podrá extenderse también al resto de regiones de España. De esta manera, el artista catalán se convierte en el artífice de un "tercer polo" político. Muchos otros, desde Leopoldo O´Donnell a Adolfo Suárez, pasando por Joaquín Costa, han fracasado antes que él en similar aventura.

Francesc de Carreras, Arcadi Espada y Albert Boadella, entre otros, promovieron Ciudadanos de Cataluña como reacción contra la prepotencia nacionalista del gobierno regional de Maragall, de Carod-Rovira y de los comunistas. Era una reacción comprendida y apoyada por muchos, dentro y fuera de Cataluña, tras tres décadas de manipulación nacionalista de las conciencias y de la sociedad. Se trataba de dar voz a la parte de Cataluña que ni siquiera el PP conseguía o quería representar, y de pedir el "no" al proyecto de Estatuto "nacional".

Hay pocas dudas de que muchos catalanes, y muchos españoles de otras regiones, no se sienten cómodos con la España de Zapatero, que es tanto como decir con la ruptura de España diseñada por Zapatero. Y es cierto que esa disidencia no es sólo de derechas, ni sólo de izquierdas, ni de hecho está bien representada por las viejas etiquetas. Ahora bien, si de verdad se va a avanzar en esa dirección los españoles tienen que saber si realmente hay un espacio político libre, si ese espacio político no va a ser cubierto por nadie más y cuáles serían las consecuencias electorales y estratégicas de la aparición de este nuevo sujeto. Porque aunque vivamos en la sociedad de la imagen y de la comunicación, a largo plazo la política se hace con realidades, y conviene afrontar éstas.

¿Hay un espacio político libre?

Derecha e izquierda, tal y como se citan hoy en los medios de comunicación españoles, son conceptos inservibles. Existe una gran masa de españoles que no acepta lo que los "progresistas" de Zapatero y Otegi están haciendo con el país: hay una mutación forzada de los valores y de las conductas, se asiste a la construcción de un poder cultural, mediático y educativo cuasitotalitario y se está diseñando la secesión de algunas regiones, en algunos casos cediendo parcelas de poder a una banda de asesinos. Frente a eso, obviamente, hay una resistencia creciente.

Mejor dicho, hay una pluralidad de resistencias. Porque así como la coalición revolucionaria es variada, pero está actuando unida desde antes del 11 de marzo de 2004, quienes se oponen lo hacen desde múltiples y muy diversas posiciones. Sensibilidades más liberales o más tradicionales, más conservadoras o más sociales, de carácter puramente nacional o de matiz regionalista, de origen en la vieja izquierda o en la vieja derecha, católicos y agnósticos, y así sucesivamente: todo y lo contrario de todo, con un punto de unión en la defensa del ser de España.

¿El PP ha hecho los deberes?

Si el proyecto de Ciudadanos de Cataluña ha podido adquirir una dimensión política es porque existe en amplios círculos la idea de que el PP no quiere o no puede reunir en sí toda la pluralidad de voluntades opuestas a Zapatero. Naturalmente, ante una amenaza cierta, si una parte de los amenazados tiene la idea de que el partido de la oposición no quiere ser su voz, su escudo y su espada, es lógico que alguien –en este caso Boadella- piense en dar voz a los que no tienen voz.

¿Es verdad que el PP ha renunciado a abrirse a esas fuerzas nuevas, algunas de las cuales vienen incluso de la izquierda? En algunos burócratas de la política ha podido anidar la idea de que el PP, por ser de "centro", debe mantenerse al margen de ese amplio movimiento social, beneficiándose como mucho indirectamente de él pero sin implicarse en la movilización. Y esa idea, convertida inocente o interesadamente en imagen del PP para muchos de los interesados, es la que sirve de estímulo para un "tercer partido" .

Ahora bien, el PP es mucho más que un partido frígido de diseño, o al menos lo ha sido y tiene los elementos en su naturaleza para serlo con éxito. La derecha históricamente, y el PP también, se distinguido por su capacidad de unir y sintetizar cosas diferentes e incluso aparentemente opuestas en empresas comunes. Zapatero debería ser motivo para que el PP ganase consensos en todas las direcciones, y los articulase en un proyecto renovador y atrevido. Todo lo que ha dicho y hecho hasta ahora Ciudadanos de Cataluña podría caber en una derecha plural; y si no ha tenido su espacio ha sido también por cálculo miope de algún líder de segunda fila, o por consejo errado de algún asesor lejano de la realidad.

Steven Hayward acaba de explicar cómo en el conservadurismo norteamericano caben tradicionalistas, libertarios y neoconservadores, y cómo la unión de fuerzas ha permitido unir pueblo y vanguardias intelectuales. Es un ejemplo de "derecha", en sentido lato, que funciona variada y unida. También lo es Italia, donde el sistema electoral permite canalizar la "unidad en la diversidad" a través de diferentes partidos, cosa que en España es y será siempre imposible. Ambos casos, además, recuerdan contra toda exigencia extremista que ganar elecciones no es suficiente para cambiar el curso de las cosas. El caso regional de UPN es una benemérita excepción histórica y foral que no se va a repetir, y que debe defenderse como tal.

¿Y si sucede lo peor?

El doctor Luis Miguez acaba de explicar aquí cómo, por qué y con qué consecuencias hay distintas fuerzas interesadas en crear una "derecha fuera del PP", sea supuestamente hacia la izquierda, como sería en el caso de Boadella, sea hacia la derecha más rancia. Sólo un iluso puede pensar que con nuestro sistema electoral las consecuencias vayan a ser positivas. A día de hoy la división de la derecha no reportará beneficios a ninguna de las partes resultantes, porque todas ellas quedarán eternamente fuera del poder y eternamente incapacitadas para defender aquello que dijeron querer defender.

Ahora bien, aparte de la derrota electoral cierta, segura e inexorable, la aparición de varias fuerzas en la derecha implicará una decadencia cualitativa de todo el sector político. Incluso si la suma de las partes es superior al todo -cosa más que dudosa- el PP, que seguirá siendo el mayor partido, se privará de muchos valores en alza, personas e ideas que de unirse a un centro derecha libre y plural lo enriquecerían y contribuirían a mejorarlo. La única manera de que el PP se abra al pluralismo es desde dentro; pero si eso no sucede será responsabilidad tanto de quienes prefirieron construir su corralito aparte como de quienes no tuvieron la generosidad de reconocer y potenciar el pluralismo desde dentro. En todo caso, la aparición de nuevas siglas electorales de derecha es una mala noticia para el PP, pero también para el futuro de España. Aún hay tiempo, con buen criterio, de construir pacíficamente una alternativa popular y social al régimen de Zapatero.
 Pascual Tamburri El Semanal Digital, 12 de mayo de 2006

Izquierda nacional y derecha social

Apenas unos 20000 votos han cambiado el gobierno italiano aventurando un giro sustancial en la política doméstica e internacional italiana.

El principio de un hombre un voto que sustenta los sistemas democráticos actuales, desincentiva la participación electoral cuando el resultado es predecible y la incentiva cuando es incierto.

La distribución del voto español, dicen los politólogos que tiene una distribución estadística bimodal, esto es, no hay una bolsa determinante de votantes en torno al centro político –como ocurre en otros países- sino que hay una fuerte concentración en la derecha y en la izquierda. El caso de los nacionalismos complica, no obstante, lo anterior.

La tendencia típica de los partidos de izquierda y derecha españoles ha sido deslizarse electoralmente al centro con mensajes –más que estrategias- de moderación. El resultado es el abandono político del electorado más significadamente de izquierdas y de derechas; un electorado que sólo mantiene el sufragio cuando resulta persuadido por el mensaje del “voto útil”.

Recientemente, ha saltado a los medios de comunicación nacionales la noticia de la posible alianza entre pequeños partidos políticos simplificadamente calificados de “extrema derecha” y que, en rigor, podrían mejor ubicarse en la izquierda nacional y en la derecha social. Sin duda son opciones políticas arriesgadas, que perseveran en la vieja aspiración de socializar la derecha al modo de José Antonio Primo de Rivera o de nacionalizar la izquierda al modo de Indalecio Prieto.

Con independencia de que cuaje o no esta alianza y ello pasa por impregnarse de pragmatismo y de buena educación, el acta de diputado puede estar en unos miles de votos. Los mismos miles de votos que podrían encontrarse entre los huérfanos políticos de la izquierda y la derecha.

Un hombre, un voto, puede modificar –a veces- el futuro de una Nación.

José Manuel Cansino
Profesor Titular de Economía Aplicada Universidad de Sevilla
 

Maniobras políticas en las bandas del PP

La batalla mediática entablada entre Federico Jiménez Losantos, el popular periodista de la COPE, y José Antonio Zarzalejos, director del ABC, nos depara en ocasiones episodios de gran interés. En un artículo anterior me ocupaba de la publicidad que Jiménez Losantos le está dando a Ciudadanos de Cataluña, con la intención de azuzar al PP para que no se duerma en la defensa de la unidad nacional y de la Constitución. Pues bien, ahora nos encontramos con una extraña maniobra del ABC para remover las aguas a la derecha del PP.

Quien escuche a Jiménez Losantos sabrá que se opone con vigor a tales experimentos, porque si una parte del voto de la derecha se desplazase a un partido distinto del PP, éste perdería cualquier oportunidad de retornar al poder en un plazo razonable. Cabe pensar que la posición del periodista es poco coherente, porque el mismo argumento valdría para Ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, el PP podría eventualmente pactar con éstos, mientras le sería muy difícil hacerlo con una fuerza situada a su derecha.

Que la aparición de un partido fuerte a la derecha del PP le interesa sobre todo a la izquierda tiene un conocido precedente: la modificación del sistema electoral francés por el difunto Mitterrand para favorecer al Frente Nacional de Le Pen y consolidar de rebote el predominio del Partido Socialista. Con semejante precedente, hay que preguntarse cómo es posible que los poderes fácticos tradicionales del centroderecha español, en pleno desconcierto por el protagonismo adquirido por la base social de este sector político, valoren intentar algo parecido.

La respuesta es que creen que así facilitarán la vuelta al poder de un PP "purificado", conforme al análisis político según el cual "las elecciones se ganan en el centro", que va unido al prejuicio de que el centro de la derecha es la izquierda. Si el PP soltase lastre por la derecha, volvería a la tierra de promisión centrista y competiría con el PSOE por el electorado de éste.

Pero la experiencia francesa es muy ilustrativa. El Frente Nacional le ha quitado tantos votos a la izquierda como a la derecha, y la estrategia diseñada por Mitterrand sólo retrasó el desplome de socialistas y comunistas. Ahora bien, uno de los factores que contribuye a la incapacidad de emprender reformas que paraliza al país vecino es la existencia de un partido que reúne alrededor de un 15% de los votos, pero al que los demás marginan, que se ha demostrado incapaz de trascender el discurso del descontento para construir uno de gobierno y que, al final, sólo sirve de coartada para el inmovilismo de una sociedad decadente.

La alternativa en España a este tipo de maniobras es que el PP se siga esforzando por albergar la pluralidad del centro y la derecha alrededor de unos sólidos principios compartidos.
Luis Miguez Macho El Semanal Digital, 11 de mayo de 2006 

Ciudadanos de Cataluña y Vidal-Quadras

Ha llegado la hora de la verdad. El delantero mira fijamente al portero desde el punto de penalti. Depende de su frialdad la gloria de los suyos. No puede huir ni especular, sólo marcar. Cualquier otra cosa, disculpas para plañideras. Ciudadanos de Cataluña ha llegado a este punto.Se acabaron las especulaciones, las quejas, los regates de papel prensa o las amenazas de quienes moralmente se creen superiores a los nacionalistas. Tampoco valen ya las declaraciones de principios ni los manifiestos intelectuales. Si tenían alguna razón de ser, se ha de demostrar en la realidad. Y arremangarse, bajar al fondo de la caverna como los esclavos ilustrados de Platón. Tirar la piedra y utilizar la mano para sostener el asa de porcelana de la taza de té daría la razón a los nacionalistas. Y, lo más importante, han de definir el universo ideológico donde disponer las fuerzas y unir voluntades. Tarea aparentemente sencilla, pero esencial para saber qué somos, qué queremos, cómo queremos conseguirlo, y cuándo. Intentaré pensar en voz alta, plasmar las circunstancias que nos rodean, salir del laberinto. Qué somos Ciudadanos. Con este concepto ya lo he dicho todo, aunque cuando se dice todo en una palabra se corre el riesgo de no decir nada, o que cada cual la amolde a su universo personal y acabe no reconociéndose en ninguno. Sin contar que todos, todos, somos ciudadanos, no sólo los que nos pretendemos denominar así. Ciudadanos remite al concepto de soberanía personal, clave para entender las relaciones políticas, sociales y morales dentro de los Estados de Derecho. Nace con la revolución e independencia americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789, que acabaron con el poder absoluto del Rey; la primera, mediante la independencia de Inglaterra, y la segunda convirtió a los súbditos sin derechos en ciudadanos; o lo que es lo mismo, los hombres dejaron de ser objetos del poder para pasar a ser sujetos de la acción política. Ahora los ciudadanos son la base legitimadora de la nación, y no meros objetos pasivos o súbditos sumisos al poder real. Ciudadanos de Cataluña nace precisamente porque, a pesar de vivir en un régimen democrático formal, una parte de la población no se sentía sujeto de la acción política sino mero objeto, súbdito en la práctica. Desde las instancias institucionales de la Genaralitat, los nacionalistas ponían la identidad, la etnia, la nación por encima del hombre libre o ciudadano. Nada nuevo respecto al Antiguo Régimen que las revoluciones ilustradas borraron de la historia. Buscaron además en los derechos históricos el fundamento de su legitimidad. Era ahora el grupo nacional, la propiedad de la tierra o la pertenencia a la tribu la fuerza moral, frente a los derechos individuales de sus ciudadanos. Identidad frente a ciudadanía. Una aberración tan rancia como el derecho de pernada. De ahí viene la rebelión de Ciudadanos. En lo sucesivo habremos de atenernos a su condición y obrar en consecuencia a la hora de definir el espacio ideológico. Volveré sobre ello. Qué queremos Nuevamente, una pregunta ociosa; pero no nos engañemos: si no se resuelve desde el principio los senderos se multiplicarán, y su disparidad disipará las energías de los protagonistas en la nada. Y si retrasamos su definición sólo aplazaremos el problema y complicaremos su solución. ¿Por qué? Porque el personalismo, la tentación sectaria o la confusión de ideas acabarían cayendo en el error de repartir áreas de decisión y poder entre los grupos enfrentados por la hegemonía ideológica. Como consecuencia, las ideas y las energías más nobles llegadas a Ciudadanos quedarían desplazadas por los venenosos mecanismos de cocina típicos de los partidos burocráticos existentes. Mala cosa. Pan para hoy y hambre para mañana. O peor, vuelo de avestruz incapaz de alzar nunca el vuelo. Lo último que deberíamos permitir; porque la responsabilidad adquirida es de tal naturaleza que su fracaso elevaría el nacionalismo a la posición hegemónica capaz de hundir definitivamente la posibilidad de que en Cataluña se respete la cultura y los derechos de buena parte de la población. Si bien es cierto que en las actuales circunstancias es imprescindible la lucha por los derechos democráticos básicos por encima de las ideologías, no lo es menos huir de los partidos peronistas, donde llegaron a coexistir corrientes de todo tipo, incluidas las de extrema izquierda y extrema derecha, enfrentadas a tiros y que falsearon el propio sistema democrático. Si alguien tiene alguna duda, mire, por favor, la historia de los últimos 50 años de la Argentina.  Por el contrario, es el sistema democrático el que debe garantizar diferentes ideologías a través de partidos diversos, siendo cada uno de ellos a los que corresponde la obligación de tener una mínima coherencia ideológica interna, para hacer propuestas coherentes y contrastables. En casos extremos de debilidad democrática correspondería a los partidos hacer coaliciones, por encima de sus enfrentadas ideologías, para fortalecer o salvar la democracia. Por eso es preciso definir los fines. Ciudadanos ha nacido por un problema específico en Cataluña. Desde la Transición, los partidos de izquierdas, sobre todo el PSC, buscaron los votos de la población obrera catalana no nacida en Cataluña, pero excluyeron sus derechos culturales y sociales. No les fue mejor a los socialistas no nacionalistas nacidos en Cataluña. Con la llegada de Maragall a la Generalitat, también ellos se sienten excluidos, además de timados; les han colado la identidad nacional en sustitución de la lucha por la justicia social. Unos y otros ya no se sienten representados en el "Parlament de Catalunya". Lo han nacionalizado. Y si esto les parece subjetivo, les pondré un dato objetivo: nadie utiliza nunca el español en el "Parlament de Catalunya". Y lo que es peor, están convencidos de que así debe ser, a pesar de que más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña tengan esta lengua como propia.  No es lo peor; la exclusión alcanza a las ideologías. Ha llegado un momento en que si no aceptas el presupuesto del nacionalismo quedas excluido de la vida social y eres visto como un traidor a la Masía. A eso se le llama cosmovisión totalitaria. También esto puede ser subjetivo. Pongamos un ejemplo objetivo: el conseller Huguet pretende erradicar todo vestigio cultural diferente al que se han construido desplazando las muñecas sevillanas y los toros de felpa de los comercios de souvenirs de las Ramblas, o de cualquier chiringuito playero de la Costa Brava, por artesanía con pedriguí catalán. Ya sé que es ridículo el ejemplo, pero precisamente por eso, porque no hay relación racional entre la labor de un ministro del Gobierno de Cataluña y la cutrez de un activista xenófobo del tres al cuarto, por eso, repito, el ejemplo es significativo. Si hasta esto llega el atrevimiento, qué no harán cuando el tema sea trascendental o tengan el poder para hacerlo. Pongan, si no, el ejemplo de este mismo señor cuando amenazó con la guerra civil si Madrid no aprobaba el Estatut. El problema, por tanto, es de exclusión y de recuperación de derechos democráticos previos a toda confrontación de ideas. En el primer caso es preciso rescatar el voto cautivo que vota al PSC creyendo que lo hace al PSOE, y en el segundo generar formas democráticas, o reconquistarlas, para que nadie pueda ser excluido por sus ideas. En este último terreno la ideología sobra. No es una cuestión de izquierdas o de derechas, es de democracia. En el otro, es preciso ocupar el centro izquierda traicionado por el PSC sin renunciar a las simpatías de quienes se sientan sólo liberales. Por una doble razón: porque es el espacio ideológico en Cataluña que no tiene a nadie que lo represente en el Parlamento y porque cualquier otro espacio no aportaría ninguna novedad en el espacio político catalán.  Buena parte de los presupuestos liberales y no nacionalistas de Ciudadanos ya los representa el Partido Popular de Cataluña: tratar de ocupar ese espacio sería redundante y dividiría fuerzas. Sin contar que, en dos telenoticies y cuatro titulares de prensa, la propaganda nacionalista los habría convertido en los progres/pijos del PPC. Mal negocio.  Y, sobre todo, el espacio electoral más alienado seguiría cautivo del PSC. Es preciso captar las especiales circunstancias de acoso moral a que ha sido sometida la sociedad catalana por el nacionalismo, y sobre todo el mundo obrero cercano al partido socialista, para darse cuenta del complejo ideológico que este mundo soporta ante la menor insinuación de pertenecer a la cosmovisión española representada por el PP. Es tal el repudio, es tan eficaz el estímulo conductista, que sólo si nace un partido sin complejos alrededor de su universo ideológico es posible ganar su confianza y ayudarles a comprender la alienación que nos tortura. Sólo así podrían recuperar su autoestima, reencontrarse con una cultura española de la que no deben avergonzarse y descubrir el tocomocho del nacionalsocialismo. Y, de paso, que la sociedad catalana pueda votar por partidos constitucionalistas de izquierdas y de derechas donde España deje de ser el Hombre del Saco en que la han convertido los nacionalistas. Ese centro izquierda, no obstante, habría de alejarse de las veleidades sectarias de la izquierda histórica, abandonar su superioridad moral nunca demostrada y recuperar el espíritu ilustrado que le llevó a querer cambiar el mundo. O, dicho de otro modo, mantener su lucha por la igualdad y la justicia social e incorporar principios del liberalismo político imprescindibles para defender la libertad individual frente a la alienación colectivista, la identidad nacional o cualquier otra nacionalización de la ciudadanía.  Si no queremos contradecir lo que llevó a Ciudadanos a formarse y reivindicarse con tal nombre, es preciso estar tan cerca del Manifiesto de Euston como alejados del indigenismo maoísta de Evo Morales. Para hacer posible el acuerdo es imprescindible que Alejo Vidal-Quadras vuelva a liderar el Partido Popular de Cataluña. Puede que sea el líder que posea mayor voluntad de combatir y tenga más claro el peligro actual del nacionalismo identitario. Con él se acabarían de cuajo todas las luchas intestinas y sectarias que se adivinan tras la variopinta variedad de intereses ideológicos de los Ciudadanos. Quienes se han acercado a Ciudadanos huérfanos de un liderazgo nítido en el PPC, volverían raudos con Alejo, y quienes en Ciudadanos confían toda su suerte al terreno abandonado por la izquierda habrían de afilar sus capacidades para hacer la labor pedagógica y el activismo necesario para llegar a las bases del PSC. Y, mientras tanto, buena parte de las posibles discordias nacidas del afán por controlar la línea ideológica de Ciudadanos se disiparía.  El liberalismo de Alejo Vidal Cuadras garantizaría a unos el discurso político de Ciudadanos en el PPC, y Ciudadanos garantizaría al resto el discurso social que el centro izquierda representaría. Con un partido de Ciudadanos situado en el centro izquierda en el Parlament, buena parte de los problemas actuales se evaporarían de golpe. Su sola presencia obligaría al PSC y a Iniciativa per Catalunya a recuperar un discurso social abandonado, respetar el bilingüismo y alejarse de la obsesión identitaria nacionalista. De lo contrario, su base social obrera, inmigrante y castellanohablante lo abandonaría, y la catalanohablante no nacionalista le pediría cuentas. Saben que su discurso actual de traición a sus bases sólo se sostiene con la manipulación y el control de los medios de comunicación de masas. Eso se acabaría con tres diputados de Ciudadanos en el Parlament.  Ahora bien, si Ciudadanos sólo ha de ser un parche para devolver el alma democrática a Cataluña, podríamos estar cometiendo un error histórico. Ciudadanos ha de ser un proyecto español. El virus nacionalista que se inició en Cataluña está infectando a otras comunidades, y amenaza carcomer todo el cuerpo social de España. Mientras hubo dos partidos constitucionalistas, el problema se enmascaró; con el PSOE trapicheando con los nacionalistas, todo se puede ir al traste, al menos en la medida en que ahora lo conocemos.  Buena parte de la culpa la tiene el sistema electoral español, que prima a las minorías regionales frente a los partidos estatales. Faltos de mayorías absolutas, uno u otro, no sólo el PSOE, han cedido más de la cuenta. Es preciso crear un partido bisagra, el tercer partido nacional que dé apoyo tanto a uno como a otro en temas de interés nacional sin pedir nada a cambio. Cómo queremos conseguirlo Somos ciudadanos, queremos un partido de centro izquierda español; ahora debemos saber cómo queremos conseguirlo. Para empezar, deberíamos huir de cualquier hábito o costumbre de los partidos al uso. Ha de ser un partido fresco, dinámico, que incorpore internet como herramienta útil para discutir, elaborar y tomar decisiones colectivas, lo que hasta ahora sólo se hacía en reuniones de dirigentes alejados del control de las bases, y muchas veces contra ellas.  Las ideas han de sustituir al sectarismo de los grupos, los proyectos han de anteponerse a los liderazgos emocionales; listas abiertas siempre; limitación de mandato a dos legislaturas y de forma generalizada a todos los cargos políticos; estricto cumplimiento de las promesas electorales y publicación sistemática de las cuentas del partido. Las formas, así, se convertirían en el alma misma de Ciudadanos, porque en democracia muchas veces son más importantes que el contenido mismo.  Estamos hartos de comprobar cómo la incoherencia, la mentira, la venta, la manipulación o el sectarismo de un dirigente de derechas tienen su réplica en su homólogo de izquierdas. Parece como si lo único importante fuera conseguir el poder, si no se tiene, o conservarlo a costa de cualquier cosa, si se detenta. Pongan ustedes mismos los ejemplos. Creo que sería tan extravagante actuar decentemente en política que podría llegar a ser rentable. Y si no lo fuera, al menos nos respetaríamos a nosotros mismos. Que no es poco. Con presupuestos de este tipo, es preciso que desde ahora mismo denunciemos toda práctica sectaria, cualquier intento de agrupar voluntades para hacer del partido una finca particular o al servicio de otras formaciones. No importa con qué coartada ni en qué coyuntura. Se transige en lo poco y se acaba justificando todo. Si no se denuncia desde el principio, en menos que canta un gallo sólo nos diferenciaremos del resto en el nombre. Quiero hacer especial hincapié en tener especial cuidado en detectar y erradicar aquellos proyectos que pudieran estar jugando a favor del Partido Popular o del Partido Socialista. Hay muchas disculpas razonables para hacerlo, por unos o por otros, pero no sería el proyecto de Ciudadanos, sino la decisión maquiavélica de estas formaciones para abortar su posibilidad. Repito, no importa con qué disculpas o coyunturas, hemos de tener el carácter y la personalidad suficiente para no dejarnos engatusar por sus cantos de sirena.  Quien quiera trabajar en Ciudadanos ha de perder toda esperanza de puentearlo. Han de quemarse las naves, claramente, sin tapujos ni disculpas. Si algún día se pudiera o se quisiera colaborar con esas formaciones, u otras, sería de partido a partido, con la autonomía propia de una formación independiente. Y cuándo  ¿Cuándo queremos empezarlo? ¿Hasta cuándo podemos esperar? Son las circunstancias las que lo están retrasando, pero el cuándo es obvio. Hoy mejor que mañana. Y vamos con mucho retraso. El referéndum del Estatut está a la vuelta de la esquina, las elecciones también, y en Ciudadanos todavía se está con si son galgos o podencos. ¿A quién beneficia esto? Desde luego, al proyecto de Ciudadanos ¡no! Por Antonio Robles  antoniorobles1789@hotmail.com Libertad Digital, suplemento Ideas, 10 de mayo de 2006