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Políticamente... conservador

Derecha política, hoy

Rajoy defiende la Constitución mientras Zapatero se juega España

El presidente del PP, Mariano Rajoy, anunció ayer que su partido presentará un recurso ante el Tribunal Constitucional contra el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña. Para el centroderecha político "se ha modificado el planteamiento del Estado", ya que José Luis Rodríguez Zapatero ha aceptado que España puede estar compuesta de varias naciones; y además estaría en cuestión la igualdad de los españoles, por la erosión de competencias exclusivas del Estado que Maragall, Mas y Carod-Rovira han logrado con los votos socialistas.


Todo esto es verdad. Sin embargo la realidad es, en cierto, sentido, aún más preocupante.

El 35%" de los votos de una región, Cataluña, ha bastado legalmente para cambiar de hecho la estructura territorial del Estado. Zapatero no consiguió ni con el 11-M una mayoría suficiente para reformar el Título Octavo de la Constitución, ni desde luego los principios generales de los Títulos Preliminar y Primero. Pero una triquiñuela formal le permite legislar contra la Constitución desde los nuevos Estatutos, seguro como está de obtener para eso tanto las mayorías caciquiles necesarias en las distintas regiones y, después, el respaldo del Tribunal Constitucional, politizado.

¿Quiere esto decir que Rajoy no tiene nada que hacer con su recurso y que no hay solución para los males del zapaterismo? Una cierta derecha cobarde y acobardada piensa así, desde su pesimismo atávico. Es la misma derecha que, en nombre de sus prejuicios historicistas, aplaudió o se sonrió cuando Zapatero cabalgó en el islamismo para llegar al poder. Siempre hay un carca dispuesto a pensar que no hay solución, o que ésta debe provenir sólo de la Providencia y de sus derivados.

Es verdad que Zapatero ha metido a España en un atolladero más político que jurídico. Ciertamente la idea de una reforma "de hecho" de la Constitución aprovechando una de las muchas fallas del texto de 1978 demuestra que éste, lejos de ser perfecto, fue el resultado de un compromiso en un momento del pasado. Ese momento está ya lejos de la realidad y aquella componenda demuestra que ha envejecido mal. Pero todo tiene solución, y nada es irreversible.

Técnicamente cualquier Gobierno futuro y cualquier mayoría parlamentaria futura podrán deshacer lo que ahora hace Zapatero, o podrán, por elevación, dejar en papel mojado todas las divagaciones estatutarias. Por eso es importante el recurso del PP: porque revela en el PP y en Rajoy una voluntad de no adaptarse al "nuevo régimen" zapateril, y de corregirlo sin piedad.

Diga lo que diga el Tribunal Constitucional, en el siglo XXI España es una nación. Tan plural como se quiera, pero sólo una nación y sólo una soberanía. Zapatero no lucha contra la Constitución, ni los separatistas catalanes quieren destruir la Constitución, ni ETA pide el fin de la Constitución. Todos ellos están unidos contra el ser histórico de España, que es anterior y superior a la Constitución, y que es lo que verdaderamente debe defenderse de la mentira, de las insidias y de la cobardía.

España no existe porque lo diga la Constitución; España es una nación, un Estado, un sujeto soberano y una comunidad histórica mucho antes de existir esta Constitución. Antes al contrario, la realidad nacional de España es soporte inexcusable de la Carta Magna y de la democracia, que si no no existirían. Por esa razón lo que Rajoy debe defender no es la letra, más o menos equivocada en distintos puntos, de 1978, sino su núcleo esencial: un pueblo, una identidad, una nación, una libertad.

Y esto es, como atinadamente señaló Luis Miguez, un patriotismo español no "de la Constitución, sino en la Constitución". Sobre eso hemos de construir.

 

Pascual Tamburri

 

El Semanal Digital, 23 de julio de 2006

Por qué el PP no está a gusto en la calle

Están pasando cosas extrañas en la derecha. Por decirlo en dos palabras: es como si algo no terminara de arrancar en la derecha política. La derecha social lo ve y frunce el ceño. Como el mejor modo de ilustrar la realidad es con la realidad misma, le contaré a usted un sucedido al respecto.


Fue después de la manifestación del miércoles. Desde donde yo estaba, justo detrás del mussoliniano monumento a la Constitución, vi salir a Acebes y a mi amigo García Escudero. Había algo cómico en la precipitación con que las personalidades abandonaban el lugar. Corrían apresurados para ganar sus potentes vehículos oficiales, como si el contacto con el populacho les molestara. Acebes, visiblemente azorado, protegido por la muralla de sus guardaespaldas, respondía a la gente que acudía a saludarlo con un gesto entre afable y distante, como el que se dispensa al servicio. Al mismo tiempo, los sentimientos del pueblo iban girando a medida que los grandes hombres se alejaban: de los gritos de "Bravo" y "Ánimo" se pasaba rápidamente al "Más mala leche" y "Más caña". Cuando los coches partieron a toda velocidad, calle Vitrubio arriba, llevaban tras de sí una comitiva de ciudadanos indignados cuya voz era al mismo tiempo de estímulo y de cabreo. No podría decirse si vitoreaban a los políticos del PP o si los estaban abroncando. Quizás ambas cosas a la vez.

¿Merece el PP ser abroncado? Veamos: la política de Zapatero ha fragilizado la unidad nacional, ha invertido la posición del Estado ante el terrorismo, ha roto la cultura social con un radicalismo arbitrario y ha dislocado los equilibrios derecha/izquierda en beneficio de los partidos separatistas. El resultado es algo muy parecido a un cambio de régimen. En semejante tesitura, la derecha social se hace una pregunta: ¿debe combatir contra un Gobierno o contra un sistema? Y esta pregunta, en la calle Génova, suscita general canguelo, porque el PP, inevitablemente, forma parte del sistema y no podría sobrevivir fuera de él. Así que el PP está atrapado entre una disidencia de principios y la fidelidad al sistema del que forma parte. Para la derecha política, es una situación angustiosa. Para la derecha social, es exasperante.

Cuando se grita "A por ellos" hay que cuidarse de que el camino haya quedado bien marcado. De lo contrario, la fuerza puede adoptar direcciones imprevistas. Lo que hoy se está viviendo entre los elementos más activos de la protesta ciudadana, que descansa sobre todo en la derecha social, es un impulso de dirección incierta, desconcertada, algo así como una fuerza centrífuga de trayectoria caótica. La culpa de eso no la tiene Rajoy, sino Zapatero. Pero es el PP, si quiere aprovechar la ola, quien tiene que marcar la dirección. De lo contrario, el "A por ellos" se convertirá en un lema de doble filo.

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 14 de julio de 2006

La estética de la derecha

Los progresistas tienen programas políticos, imágenes, recursos retóricos y sentimentales numerosos y elocuentes. En cambio, carecen de ideas. Eso les ha llevado a sustituir el pensamiento político por la estética. Y, lo que es aún más curioso, a creer que tienen la exclusiva en este campo. Están convencidos de que la derecha carece de estética y de que el buen gusto es patrimonio suyo.

Ann Coulter es una escritora norteamericana, autora de monumentales best sellers antiprogresistas como Slander. En la portada de su último libro (titulado Godless) aparece con su imagen habitual: vestida de forma minimalista, con un traje negro como de Armani y su melena rubia. Es algo que tiene la virtud de poner rabiosos a los progresistas. Se trata de un reflejo pavloviano, difícil de explicar. Tal vez notan que Ann Coulter ha entrado en un terreno que creían exclusivamente suyo.

Se lo permiten, en cambio, a Condoleezza Rice. La secretaria de Estado suele desplegar un aparato formidable de trajes, abrigos y complementos de marcas caras. La diferencia reside en que Condoleezza Rice es el poder en persona, mientras que Ann Coulter juega, en política, una carta tradicional en la derecha norteamericana: la del anti-establishment. Por eso los progresistas, que sobre todas las cosas reverencian el poder y lo temen como si fuera de naturaleza divina, se sienten halagados por quien desde las alturas les lanza guiños como ése, que tal vez les permite imaginarse que de alguna manera los todopoderosos los tendrán en cuenta e incluso se portarán bien con ellos.

De forma un poco paradójica –contraintuitiva, como se permiten decir los economistas–, la imagen de Condoleezza Rice es probablemente una de las causas de los rumores que corren por ahí acerca del final de la influencia neocon en Washington y el presunto reblandecimiento de la línea dura en la política exterior norteamericana. Dice tanto de los progresistas como de la derecha. De los primeros sugiere alguna forma de masoquismo. Probablemente están dispuestos a rendirse pronto a quien se apropia de sus códigos estéticos, sobre todo si lo hace con una cierta dureza prometedora de quién sabe qué fantasías un poco turbias. De la segunda, o sea de la derecha, indica que maneja con soltura códigos estéticos que los progresistas consideraban de cosecha propia.

Esto último es una simpleza.

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La derecha norteamericana –la derecha consciente y voluntariamente liberalconservadora– puede reivindicar como propia la estética clasicista, cívica, la de la religión de la virtud republicana que tan bien se expresa en los monumentos de la ciudad de Washington o, en tono menor, en el individualismo ilustrado del urbanismo de Filadelfia y de las mansiones que se construía la generación de los fundadores de Estados Unidos. También forman parte de su estética los rascacielos de Manhattan y Chicago, trofeos de la ambición individualista y la libre cooperación.

Además de eso, la derecha se sofisticó, con plena conciencia de lo que hacía, durante los años 50 del siglo pasado. Bill Buckley y el grupo de la National Review, neoyorquinos puros, utilizaron con inteligencia el humor, el ironía y el sarcasmo para contrarrestar el glamour del radical chic tan característico de la Nueva Izquierda de los años 60. Nadie podrá decir, por otra parte, que Ayn Rand y sus amigos, de la derecha más rabiosamente libertaria, entre los que se contaba un joven Alan Greenspan, fueran gente carente de gusto.

Ahora bien, es verdad que, como demuestra el éxito de Ann Coulter, la derecha norteamericana ha cultivado desde hace mucho tiempo una imagen de rebeldía popular, furiosamente individualista y anárquica. Aquí confluye la estética popular –popular de verdad, sin las ironías del pop art– propia de Wal-Mart y los productos baratos de masas, de un lado, con el culto desinhibido a la preferencia individual, del otro. Es en este punto donde el cliché estético que el prejuicio progresista atribuye a la derecha –es decir, su mal gusto– viene a unirse a la reivindicación que la propia derecha hace de un modelo de sociedad libre.

En una sociedad libre quedan identificados capitalismo y democracia: el consumidor es quien decide en el mercado, como el votante decide en las urnas. A los políticos y a los empresarios les toca satisfacer el deseo de unos y otros. Quedan abolidos los cánones estéticos. Tocqueville observó con agudeza que el gran arte parecía ausente de la democracia norteamericana.

Frente a eso, los progresistas se atrincheran en la sofisticación. Ellos siempre están por encima del pueblo. Políticamente, deberían reivindicar el liberalismo, o sea la defensa de las barreras que permiten soslayar la dictadura de las mayorías y, colmo de los horrores, de las masas. Si no fuera porque los progresistas son unos resentidos que odian la libertad, estaríamos ante una reedición de lo que el historiador Louis Hartz llamó en un libro clásico "la tragedia de la tradición liberal en Estados Unidos". (La verdad es que los progresistas olvidaron hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo conocieron, lo que quiere decir la palabra liberal).

Por otro lado, los progresistas tampoco se atreven a elaborar un ideario descaradamente elitista, al modo en que Ortega sublimaba el papel de las minorías selectas. Así que optan por el registro un poco menos comprometido de la estética: el sushi frente a la hamburguesa, Wholesale (una cadena de comidas presuntamente naturales, bastante cara) frente a Safeway, el festival de cine independiente de Sundance frente a las series de televisión, Santa Fe frente a Las Vegas. En las elecciones de 2004 la disyuntiva era clara: por un lado estaban Massachusetts, John Kerry y el queso brie; por el otro, Texas, Bush y los marshmallows.

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Los progresistas tropiezan con un problema insoluble cuando la derecha reivindica al mismo tiempo los dos campos. Bill Buckley solía tocar a Bach –al clavecín– en su piso de la Quinta Avenida, como Condoleezza Rice, para relajarse, toca a Brahms en su apartamento del Watergate. Pero Buckley y Rice saben que detrás tienen una tropa a la que Bach y Brahms les trae al fresco y que piensa que el sushi y el queso brie son, además de absurdamente caros, puro y simple esnobismo. De ahí que la derecha haya recuperado como expresión conscientemente ideológica y política lo que antes era patrimonio de todos, incluido de la izquierda.

Hace cincuenta años los progresistas reivindicaban en las películas, las novelas y la música el culto al esfuerzo, al trabajo, a la familia. La cultura de la izquierda era una cultura popular. Ahora no. Ahora la izquierda considera que lo popular es kitsch. Y como la derecha norteamericana tiene en esto pocos complejos, se ha adueñado de todo el terreno que la izquierda ha ido abandonando.

Un libro de cocina (The Great American Sampler Cook) publicado en 2004 da cuenta de 250 recetas proporcionadas por políticos, incluido el presidente. El plato favorito en las celebraciones de la familia Bush es el taco. Y el pescado, al que los norteamericanos no son, salvo en algunas zonas, excesivamente aficionados, aparece poco. Las recetas son sencillas, baratas y –por decirlo suavemente– alimenticias.

Un libro para niños titulado Help! Mom! There Are Liberals Under My Bed! ("¡Socorro, mamá! ¡Hay unos progres debajo de mi cama!") ha vendido, según The New Republic, unos 30.000 ejemplares. Ha suscitado toda una línea de libros políticos satíricos para adultos. La autora del primero, Katharine DeBrecht, acertó en una veta que venían cultivando, en un tono menos provocador y más divulgativo, Lynne Cheney, la esposa del vicepresidente, y Bill O’Reilly, el muy polémico presentador de la Fox.

La National Review lleva algún tiempo dedicándose a sacar listas de toda clase de cosas clasificadas políticamente, desde ciudades a canciones de éxito. Entre los grandes éxitos populares de derechas de todos los tiempos, según la National Review, figura Gloria de U2 y el Rock the Casbah de los Clash.

Ni qué decir tiene que la popularidad de la música country sigue siendo gigantesca, y ha sido recuperada por grupos que exaltan valores que los progresistas atacan con saña y que la gente de derechas considera suyos: el patriotismo, la lealtad, el sacrificio. Algunos de los grandes éxitos televisivos de los últimos años son series que hablan obsesivamente de ética y de responsabilidad individual. La música religiosa en todas sus facetas –incluido el rock gótico– tiene sus propias listas de éxitos.

Han proliferado, siguiendo el modelo de internet, al mismo tiempo individualista y comunitario, las páginas web dedicadas a encontrar pareja… de derechas. Ahí están Conservative Match, Cowboy Girls o Singles With Scruples. Han tenido un gran éxito las dedicadas a mujeres aburridas de progresistas demasiado arreglados o demasiado mal vestidos (es lo mismo), descorteses, o confundidos e impotentes ante la independencia y la capacidad de iniciativa de las mujeres en la nueva sociedad norteamericana. Según la revista GQ’s, la gente de derechas es mejor que los progresistas en el sexo.

Y por ir algo más allá de la estética, pero no muy lejos si se considera que una de las definiciones de la estética es la posición que cada uno adopta en el mundo, hay incluso fondos de inversiones de derechas.

Steve Milloy, cuenta también The New Republic en su último número, estaba harto de la propaganda progresista y deseoso de pasar a la acción. Creó un fondo de inversión (Free Enterprise Action Fund), con lo que puede intervenir en las juntas de accionistas de las empresas "socialmente responsables", es decir, las que han cedido al chantaje de grupos ecologistas o neosocialistas. En 2005 consiguió inversiones por valor de cinco millones de dólares, aunque no gana mucho (2,8% ese mismo año). Es una acción puramente altruista.

Los progresistas se podrán seguir refugiando en su presunta superioridad estética. Pero una vez que la gente de derechas considera legítima, y suya, cualquier clase de expresión estética, no lo tienen fácil.

Hay que atreverse, claro está.

Por José María Marco

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 11 de julio de 2006.

¿Conservador, yo? Ni hablar. ¡Reaccionario!

Es costumbre decir que, para los viejos, "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero no me convence del todo. Desde luego, los viejos paseamos la nostalgia y la saudade, como fieles mastines, por las calles, pero no creo que sea "cosa de viejos" considerar que el blues es infinitamente superior al rap, o constatar que vivimos tiempos de baja intensidad artística y cultural. Gracias al cable, muchos jóvenes comprueban que las películas de ayer son mejores que las de hoy: Buñuel no puede compararse, sin grosería, a Almodóvar, pongamos.

Tampoco es del todo un consuelo afirmar, como Picasso, que la juventud no es cuestión de años, porque a veces sí lo es. Pero dejemos en la antesala la orteguiana teoría de las generaciones para denunciar, jóvenes como viejos, una agravada, y posiblemente mortal, burocratización de nuestras sociedades, junto a una cobardía generalizada, un pánico ante el riesgo, el esfuerzo, la voluntad, la aventura y, claro, la guerra. Ante esas y otras epidemias, el conservadurismo se queda corto, es ineficaz, y creo indispensable, y pienso no ser el único, reaccionar enérgicamente contra esa cobardía. Reaccionar violentamente contra algo es sinónimo de reaccionario. Además, si Fidel Castro, Sadam Husein y otros tiranos son progresistas, yo, automáticamente, me sitúo en la acera de enfrente, me siento reaccionario.

Esta burocratización cobarde de nuestras sociedades tiene sus delirios costumbristas y sus graves consecuencias políticas. Un país en el que se puede cambiar de sexo firmando ciertos documentos y sin cirugía es un país de locos.

Pero de locos proges, y por lo tanto "santos". La exaltación de la naturaleza "buena" está a la moda, pero se traduce, de un lado, en un burocrático aumento de los impuestos "ecológicos" y, del otro, en la negación de las leyes elementales de la Naturaleza. Porque la naturaleza tiene sus leyes, y de la misma manera que los seres humanos no pueden volar como pájaros, ni correr cien kilómetros a la misma velocidad que cien metros, las parejas de mismo sexo no pueden tener hijos. Ya se pueden inventar todos los artilugios imaginables, e imponerlos por ley, que el hecho natural persiste: para tener hijos es indispensable que un sexo masculino penetre un sexo femenino y se agite como un manhattan. En torno a este acto natural sencillo –y complicadísimo, pero no nos recostemos ahora en los divanes freudianos– las sociedades, desde que el mundo existe, han organizado una serie de ritos, costumbres, hasta sacramentos, que han evolucionado, como todo, como la familia, pero siempre con el acto sexual y el consiguiente parto en el centro. El resto es periferia e ilusión, y quedarse con la periferia, ninguneando el acto sexual imprescindible, es una estafa. La coartada según la cual todas las parejas son iguales, homosexuales o no, constituye una gigantesca mentira, porque si dos mujeres, o dos hombres, pueden hacer el amor hasta desmayarse de placer, no pueden tener hijos.

Y esa desigualad, o diferencia, es natural. Ante ese hecho sólo se pueden hacer trampas, simulacros, caricaturas o sacrilegios; por consiguiente, para tener hijos tienen que robarlos.

La adopción siempre ha sido un problema delicadísimo, con frecuentes fracasos, y se está convirtiendo en un aquelarre que demuestra el desprecio burocrático por los niños, que necesitan las figuras del padre y de la madre. Eso no lo dicen sólo los obispos, también lo dijo Freud, y aunque no lo digan según los mismos conceptos, es lo mismo.

Pero a lo que voy, como reaccionario por indignación, es a denunciar a quienes imponen la falsa permisividad que destruye la privacidad y la convierte en asunto de Estado en nuestras sociedades y al mismo tiempo, por motivos de cobardía política, apoyan a los países musulmanes que encarcelan o fusilan a los maricas, lapidan a las supuestas mujeres adúlteras, mantienen desde hace siglos una jerarquía familiar monstruosamente machista y todo lo demás, que se sabe y se oculta, que se sabe y se acepta.

Mientras en varios países europeos se está imponiendo, de manera autoritaria, la paridad aritmética entre hombres y mujeres, esos mismos países, o sus gobiernos, apoyan a los países musulmanes en que las mujeres no tienen siquiera derecho a conducir un automóvil (¿os imagináis a Rosa Regás sin derecho a conducir?).

Y no se trata únicamente de problemas familiares, o de costumbres sexuales, porque los mismo progres, tratándose de problemas sociales como los ya viejos derechos de huelga y manifestación, libertad sindical, etcétera (terreno éste en el que, en nuestras sociedades, la burocratización hace estragos y obstaculiza el desarrollo), apoyan dictaduras –ya que no hay un solo país arabomusulmán democrático, ni siquiera Egipto– en las que no existe derecho de huelga, ni libertad sindical, ni pluripartidismo –o tan recortado como en las Democracias Populares europeas–, ni libertad de expresión, que está bajo control.

Y cuando hay elecciones son de tipo soviético, con la diferencia de que en la URSS el "voto cautivo" se imponía, después de decenios de totalitarismo, sin necesidad de fusiles, mientras que en Palestina son necesarios para imponer el triunfo de Hamas.

Este delirio absoluto, esa contradicción abismal entre diferentes valores, mitos, teorías y hábitos, sólo se explica por el miedo de nuestras sociedades, que han desertado de todo conflicto, de toda voluntad de defensa, a lo que se añade un odio irracional a los USA.

Estamos en guerra, y aunque se niegue oficialmente, o se rindan algunos de antemano, con "alianzas de civilizaciones" y otras vainas, todos sabemos que es una guerra diferente, de larga duración, terrorista más que militar, en la que puede explotar la bomba en tu taza, mientras desayunas; una guerra que no es únicamente militar, y cuando lo es no tiene frentes ni trincheras, nada que ver con Verdún o Stalingrado; una guerra en la que no sólo están en juego territorios, estados, ejércitos, también lo que desde la Antigüedad constituye el oxigeno, para no decir el alma, de toda sociedad medianamente civilizada: la libertad.

Nunca hemos asistido a una tal colaboración con el enemigo como la actual. Algunos afirman, claro, que su enemigo no es el terrorismo islámico, sino los USA, pero, aparte de ese nutrido puñado de extremistas, los demás pretenden defender la democracia atacando obsesivamente, con los métodos de la propaganda nazi, todo lo que hacen los USA. Todo.

El capitalismo yanqui es malo, el nuestro menos (véase Enron), el ejército yanqui es peor que el nazi, y al lado del "totalitarismo" yanqui países como Siria, Irán o Irak –ayer– serían oasis pacíficos con palmeras.

Todos los atentados, crímenes, torturas y degollamientos se convierten en actos de resistencia. Esto no es sólo propaganda, también se verifican complicidades concretas con el terrorismo, y no es casualidad si el Gobierno ex neo comunista italiano acaba de detener a dos jefes de sus servicios secretos por haber colaborado secretamente con los servicios secretos yanquis, como era su obligación, en la lucha contra el terrorismo.

Con lo cual se demuestra que colaborar con los USA en la lucha contra el terrorismo es un crimen para el Gobierno de ese robot clonado de Prodi.

"Podemos esperar las más calurosas felicitaciones de Ben Laden", declaró en esta ocasión Francesco Cosiga. No le falta razón. Pero Zapatero es peor.

Por Carlos Semprún Maura

Libertad Digital, suplemento Fin de Semana, 7 de julio de 2006.

DERIVAS POPULISTAS: la argentinización de la política española

Arzálluz, aquel que esperaba que otros movieran el árbol para recoger los frutos, nueces me parece que eran, ha hablado claro. Como siempre: no se le puede reprochar al hombre un excesivo silencio. Ha dicho que por ahora acata la Constitución que ni él ni los suyos votaron, pero que en cualquier momento la impugnará y pasará de ella. Como si no estuvieran haciendo eso desde hace rato. Esto se parece a la Argentina. Los brazos políticos de los grupos armados o viceversa son los que marcan la línea. Allá mandan los montoneros. ¿Y aquí?

No sólo los disidentes locales cuestionan el Estado como si fueran gobernadores de provincias argentinas, sino que, en general, la política española se está argentinizando día a día. Se les veía tan bien juntos al presidente de la sonrisa y al pingüino del Plata, que me negué a imaginar su compinchería frente al televisor mirando un partido del mundial: me bastó con la imagen de la rueda de prensa en la que K le regaló a ZP una camiseta de la selección argentina delante de los periodistas, mostrándola como si de un pozo de petróleo se tratara, y los dos pusieron caras de niños tontos, encantados de haberse conocido. Tal para cual.

El de la argentinización de la vida española viene siendo un tema recurrente en los últimos meses. ¿No son acaso Fórum Filatélico y Afinsa una especie de trailer de la película del corralito? ¿No se parece cada vez más el socialismo español al peronismo? ¿No es el antiamericanismo un espacio común? ¿No están olvidando los españoles, como dijo en su día Felipe González, “las cosas de comer”, igual que los argentinos? ¿No dependen ambas economías de productos aleatorios, como las vacas que pueden tener aftosa o el turismo que puede ser ahuyentado por una plaga de medusas? ¿No desatienden ambos gobiernos, con el mismo desprecio, las inversiones en I+D? ¿No hay acaso semejanzas políticas estructurales entre las dos naciones? Veamos.

Aquello en lo que España no se parecía a la Argentina, y que para ésta es una suerte cáncer crónico que mantiene al país al borde de la muerte, ya se está logrando aquí, gracias a Zapatero, Maragall, Carod, los múltiples Arzalluces que proliferan en casi todos los partidos vascos: el federalismo delirante y, por supuesto, asimétrico. Leo hoy en la prensa argentina que el gobierno de la provincia de Jujuy (800.000 habitantes, el 30 de ellos con las necesidades básicas insatisfechas) negocia directamente con China la venta de su producción de tabaco, sin pasar por el Estado. En Jujuy, como en otras provincias, la mitad del dinero del Estado se destina a pagar funcionarios. No hay nada de lo que asombrarse: en Sevilla, capital de la realidad nacional andalusí de Chaves, hay veinte mil funcionarios, quinientos de ellos con derecho a coche. Profundizar en el autogobierno, como dicen cínicamente los barones clientelares, significa ser más federales y más asimétricos. Con un Estado garante, empobrecido y mutilado, detrás, para responder de los compromisos locales.

El federalismo es el terreno en el que se mueven los que pretenden impugnar, signifique eso lo que signifique, la Constitución, y que de hecho hacen su vida política como si no existiera, moviéndose en su marco mientras le resulte cómodo pero dispuestos a salirse de él en cuanto algo les pique. El federalismo, en España como en Hispanoamérica, es la palabra a la vez culta y perversamente engañosa, que designa el caciquismo actual. Los sociólogos emplean el término clientelismo. Es un lamentable remanente feudal, el cuerpo renovado del vasallaje, y poco tiene que ver con la democracia.

El poder local es el material de construcción del Régimen psocialista, como lo es en el peronismo y en el priísmo (las relaciones y semejanzas entre el peronismo y el cardenismo, tan disculpado por el interesado asilo que Cárdenas dio a los cerebros españoles emigrados en 1939, aún están poco estudiadas). Si el Partido Popular no gana las elecciones con mayoría absoluta, no podrá volver a gobernar jamás: la trama caciquil es lo bastante fuerte como para sostener al sonriente en su puesto durante largos años. Y no es imposible que los conflictos internos en el PSOE deriven en divisiones formales que repartan el socialismo español entre varias siglas y dentro de dos o tres convocatorias a legislativas estemos eligiendo entre unos socialistas y otros socialistas, que finalmente pactarán gobierno, del mismo modo en que los argentinos de hoy eligen entre un peronista y otro peronista. Lo dijo Perón: “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, y ya pueden ladrarse que, a la hora del poder, se pondrán de acuerdo.

En las dos sociedades, la española y la argentina, el consenso es de izquierdas, se llame como se llame. No importa que los Estados Unidos no tengan un duro invertido en el país, el imperialismo yanqui tendrá la culpa de todos los males: es un enemigo lejano y cómodo. Hay que anotar que el mecanismo mental antiamericano es idéntico al del antisemitismo, y que ambas cosas no son sino dos caras de lo mismo. No importa cuáles sean las consecuencias sociales, la inmigración es buena, enriquecedora y, sobre todo, respetable en su conjunto.

El PSOE de Zapatero promueve la alianza de civilizaciones del ayatolá Jomeini, El Periódico de Cataluña (línea González, ahora desplazada) celebró la llegada al Parlament, no de un diputado musulmán, hijo del lobby local (más caciquismo) sino del islam, y el peronismo llevó al poder al primer presidente nacido en una familia musulmana, Carlos Menem, bautizado, eso sí, porque la Constitución argentina exige que quien ocupe el cargo sea católico.

He escrito hace tiempo, y me ratifico en ello, que el pelotazo felipista tuvo su complemento perfecto en las celebraciones de pizza con champán que caracterizaron el pelotazo menemista, más hortera que si fuera marbellí. González se relacionó muy estrechamente con Menem y con Carlos Andrés Pérez, como ahora con Hugo Chávez, con quien acaba de mantener una charla de cinco horas. Tenían la misma moral. Los de ahora son peores: son las ratas de gimnasio, casi olímpicas, que sobrevivieron al naufragio de 1996 por selección natural (recordemos que Darwin fue preciso: no sobreviven los mejores ni los más fuertes, sino los que mejor se adaptan).

Para que la corrupción prospere (y vaya si prospera, aunque la prensa la trate de ayuntamiento en ayuntamiento para que el fenómeno no se vea en su conjunto), hay que contar con la vista gorda de la policía y de al menos una parte de la judicatura. Grande-Marlaska no confía en Telesforo Rubio, y nadie que no sea Juan del Olmo confía en los encargados de las mochilas del 11-M: son síntomas muy graves. Respecto de los jueces, estamos haciendo un aprendizaje argentino: cualquier argentino que lee en un periódico acerca de un hecho delictivo cualquiera, desde una estafa bancaria hasta un asesinato de notable, pasando por algún desfalco, busca el nombre del juez para saber qué va a pasar: todo el mundo conoce el talante, con perdón, de cada magistrado, sabe si excarcelará a un delincuente o lo condenará, sabe si aplicará la ley o no. Nos acercamos a eso: tenemos un fiscal Pumpido que dice “lo que los jueces tienen que hacer”, una barbaridad política y un gesto de pésima educación, además de una intervención indebida en la independencia de los jueces. Y el público, ya que no la opinión pública, que en una sociedad democrática es un factor activo, sabe esas cosas y se limita cada vez más a la condición de espectador. Los grandes comunicadores hablan de “judicialización de la política” y, en el mejor de los casos, de “politización de la justicia”, pero son perfectamente conscientes de que lo que está ocurriendo es que el delito se ha convertido en el pan de cada día en la política.

Cuando se habla de sueños, de soluciones obvias a cosas que hay que resolver, ya que eso es lo que se sueña, la gran fórmula argentina es: “No se va a poder”. Habría que hacer una limpieza en la Suprema Corte de Justicia para que no esté al servicio del ejecutivo, sí, pero no se va a poder. Habría que impedir que los diputados y senadores se aumenten sus ya sustanciosos sueldos y sus delirantes pensiones, sí, pero no se va a poder. Habría que limitar los poderes de los gobernadores provinciales, sí, pero no se va a poder. Porque la Suprema Corte se reforma a sí misma, los diputados y senadores no representan a nadie más que a sí mismos, y los gobernadores, horca y cuchillo. Lo saben los argentinos, lo están aprendiendo los españoles de la era Zapatero: no se va a poder. Habría que llevar agua a Valencia y a Murcia, sí, pero no se va a poder. Habría que resolver el problema de los macroprecios de la vivienda, sí, pero no se va a poder. Habría que poner a los terroristas en vereda, sí, pero no se va a poder. Carod (y la clase política y social y cultural en la que se ha infiltrado) quiere el agua, toda el agua, para Cataluña y contra los demás, que no son más que españoles; da pena ver al promotor de un plan hidrológico, al que legó su nombre, el plan Borrell, en plena amnesia diciendo que esos planes son perjudiciales y que lo que hay que hacer es desalar, que es lo mismo que preparar la salinidad de las costas para que las medusas prosperen y los viejos obreros y tenderos europeos jubilados empiecen a viajar al Caribe en vez de venir a España. El partido del ladrillo sigue gobernando y hasta tiene plaza en el nuevo Banco de España, que de una vez por todas será del partido y no de la nación. En cuanto a los terroristas, también tienen poder, tanto que el presidente se sentará con ellos a dialogar, aunque no de precios políticos, no: jugarán al mus, que dicen que Otegui es bueno en eso y ya hemos visto las señas discretas que hace Chapote.

No se va a poder. Como en la Argentina. Socialismo o muerte. ¿Hay elección?

vazquez-rial@telefonica.net

www.vazquezrial.com

Libertad Digital, suplemento Ideas, 5 de julio de 2006

Derecha en desazón

En momentos de oscuridad e incertidumbre, cuando nadie sabe qué rumbo tomar, es inevitable enzarzarse en discusiones sobre el método. A falta de una meta bien definida, se espera que el dibujo del camino nos aporte la respuesta. Al final, siempre ocurre lo mismo: la discusión sobre el camino hace que los caminantes se asesinen entre sí. Ahí tenemos a la derecha política entregada a sus eternas querellas fulanistas, a los nuevos inquisidores de Génova echando aceite de ricino en las bocas más valientes para que "no chirríen", a los (dos) medios de comunicación más relevantes de la derecha dándose de navajazos, a los barones autonómicos del PP compitiendo por ver quién orina más lejos en las reformas estatutarias. Es desolador.

En semejante paisaje, surge la cabeza inquieta del táctico sutil e invariablemente nos propone un acto de contrición. La derecha está arrinconada –nos dice- porque la izquierda ha logrado arrojarla a los confines del sistema. Por radical y montaraz, por no haber sabido plegarse al ritmo de las cosas, la derecha ha perdido el paso. Solución: seamos dúctiles, posibilistas, flexibles como el junco.

El junco, efectivamente, es flexible: se cimbrea bajo el viento. El problema es que el viento sopla desde la izquierda. El gran error de estos arquitectos de la derecha sutil es su punto de partida: cavilan desde la culpabilización de sus propias posiciones, desde la deslegitimación de la derecha, esto es, juegan con las reglas que les marca el enemigo. De puro sutiles, de puro buscar el hilo conductor que les permita trepar por la tela, pierden de vista a la araña gorda, gordísima, que aguarda con las mandíbulas abiertas. Creen que han descubierto la clave del enigma: que la derecha avance con voz queda y pasos apagados, como pidiendo perdón por existir, para así llegar al centro de la tela. Pero eso supone aceptar que la derecha es culpable, que su derecho a la existencia es inferior, una suerte de dádiva que la araña le dispensa –exactamente lo que la araña necesita para aniquilar al intruso.

Lo que nuestra derecha necesita no es un discurso sobre el método, sino un discurso sobre los fines. Si los fines no están claros, toda metodología es superflua. El valor del Discurso del método cartesiano no reside en el método propiamente dicho, sino en que Descartes sabía muy bien dónde quería llegar. El método, en política, es algo necesariamente cambiante, un arte de supervivencia. Pero si se renuncia al discurso sobre los fines –para no parecer radical, para no enojar a la araña-, entonces se abandona el campo a la ambición del enemigo.

Rajoy, todo sea dicho, ha dado pasos acertados al plantear un horizonte concreto de reformas constitucionales y estabilización del Estado. Lo que hace falta es que todas las voces de la oposición hablen con la misma tonalidad y que su mensaje llegue al ciudadano. Y en esa tarea la sutileza suele ser un obstáculo.
 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 4 de julio de 2006.

ESPAÑA SIN RUMBO

“El primer deber patriótico de cada generación que adviene a la vida nacional consiste pues, ante todo, en ser fiel a la esencia de la patria. Y se es fiel a la esencia de la patria cuando a un mismo tiempo se la conserva y se la empuja hacía nuevas formas futuras”.

Sin embargo nos encontramos en una tesitura político social en la que no solo no se conserva la esencia nacional, sino en la que ni siquiera sabemos hacía qué futuro nos encaminamos. Y es que difícilmente podemos confiar en ese futuro cuando se va negociar el mismo con terroristas y se gobierna con el apoyo, y por supuesto influencia, de separatistas.

Lo único que sabemos a ciencia cierta es que se ha creado una coalición entre separatismos e izquierda que desea romper con el pasado. Al menos con cierto pasado. Una ruptura con el régimen constitucional que nació del franquismo. Porque si en algo están de acuerdo los miembros de esta coalición es, paradójicamente, en mirar hacia atrás, en devolvernos a la II Republica, contrariamente a la propia realidad histórica que como realidad temporal es irreversible. Conformes en vencer hoy a la media España que les venció ayer, nos han embarcado en una serie de reformas sobre las que ni ellos mismos están de acuerdo ni saben hacía donde nos van a llevar. La alianza del PSOE con el separatismo parece que quiere desterrar del poder para siempre a la derecha española, pero es que junto a esa derecha, el proceso que han puesto en marcha estos juramentados amenaza con llevarse por delante a España misma.

Pero tampoco desde la derecha se fija un norte para trazar rumbo a esta España desorientada. Los caminos de los españoles parecen que discurren por lugares diferentes a los que transita su clase política. La alta abstención en la consulta del estatuto catalán demuestra ese divorcio entre política y ciudadanía. Pero es que tampoco los ciudadanos tienen claro rumbo nacional alguno. Disfrutan del bienestar económico que tanto esfuerzo costó lograr, pero olvidan el sacrificio de las generaciones pasadas por legarnos las bases de ese bienestar, que se podría perder si no aprendemos las lecciones del pasado.

Y es que la miserable situación a que llegó España en 1936 no se puede entender sin las constantes discordias civiles que durante todo el siglo XIX y primer tercio del XX impidieron el trabajo armónico de todos los españoles en pos del progreso.

Y es que hoy de nuevo la brecha de la discordia se abre paso en la sociedad, precisamente porque no hemos sabido conservar las virtudes de la unidad nacional, virtudes olvidadas que sin duda deben volver a marcar el rumbo de la sociedad española.

Editorial de Minuto Digital, 29 de junio de 2006

La guía en la tormenta, y 5: el paso decisivo

9 de junio de 2006.  ZP nos ha metido en la tormenta: una nación que promueve su propia disolución, un Estado convertido en rehén político del terrorismo, una sociedad que se autodestruye entre la general indiferencia. De nada sirve añorar los viejos tiempos del consenso, retroceder hasta los cimientos de un sistema, el de 1978, que ya ha muerto. Para salir de la tormenta hace falta un mapa nuevo.

Los trazos de ese mapa están claros. Para detener la disolución nacional: terminar el Estado de las Autonomías, delimitar definitivamente las competencias del Estado y las comunidades, reformar la ley electoral y eliminar el privilegio de las minorías nacionalistas. Para defender la autoridad política de la nación frente al terror: retomar todas las medidas de presión judicial, política y social precisas para combatir al terrorismo, aislar a quienes lo protegen y, más aún, cegar sus expectativas últimas, es decir, hacer imposible la autodeterminación del País Vasco. Para regenerar el tejido social y detener el nihilismo: reformar la educación según un principio de excelencia, defender la familia, afirmar principios de esfuerzo y sacrificio, no sólo de placer y beneficio.

Este mapa podría ser igualmente abanderado por la derecha o por la izquierda, cada cual desde su respectiva tradición. Pero ambas, izquierda y derecha, parecen prisioneras del lugar que les ha correspondido en el Sistema del 78. La izquierda, en lo nacional, está en la disipación, y en lo social, en la disolución; la derecha, en lo nacional, está en la contención, y en lo social, en la inhibición. Es como si no tuviéramos escapatoria. Y sin embargo, para salir de la tormenta es preciso dar el paso.

Como alguien tiene que dar el paso, y como la situación es la que es, la iniciativa corresponde a la derecha: es ella la que, por estar en la oposición, puede plantear una reorientación general, clausurar el sistema del 78 y refundar nuestra realidad colectiva. Por encima de fulanismos y riñas de pasillo, ese es el mapa que necesita el PP para ser realmente alternativa. Y tiene que enseñárselo a los ciudadanos para que éstos, democráticamente, puedan sancionarlo. Muchos millones de españoles –por ejemplo, los que se han manifestado en estos últimos dos años- están deseando decir sí a una refundación de este carácter.

Por supuesto, nada se logrará sin conflictos. Todo el programa preciso para salir de la tormenta exigirá, en uno u otro momento, entrar en conflicto con los vencedores del sistema del 78, aquellos mismos que, con su victoria, lo han destruido. La palabra conflicto amedrenta a muchos, pero ¿qué estamos viviendo hoy sino un profundo, interminable conflicto? Toda política es conflicto. Y aquí se trata, simplemente, de reivindicar que frente a la voz dominante haya otra voz; que frente a la ruptura ejecutada por ZP, camino de la tormenta, haya una alternativa de cielo despejado. Es el momento.

(Ya, ya: habrá quien, por pavor al conflicto, preferirá dejar que todo se descomponga. Bien: que lo diga).
 José Javier Esparza 

El Semanal Digital, 9 de junio de 2006